LA CONCIENCIA COMO FUENTE DE CREACIÓN

INTUICIÓN, INSPIRACIÓN Y REVELACIÓN

Por Bruno Rosario Candelier

A Carmen Sofía Comprés,

Labradora de la conciencia sutil.

Ataviado de sombra,

el ocaso se lleva en sus alforjas

una brizna de luz

que revienta en el amanecer

con la gestación de la alborada.

Así es la vida de la conciencia,

que atiza el misterio de lo eterno

bajo el fuero de la sensibilidad estremecida”.

(BRC)

Llenar vacíos

sentir aquello en la piel que nos limita

razón y pudor

trivialidades frente a la verdad

La urgencia de saber

lo que jamás entenderemos

y aun así existir”.

(Keila González Báez)

   En el ámbito de la conciencia, el sujeto contemplativo vive el mundo que le depara su interioridad y, en ese estado de ensimismamiento y reflexión, las palabras orillan ese fuero entrañable que opera como sustituto de la realidad circundante. Para el sujeto visionario su mundo interior es su realidad, que los creadores canalizan en su obra al revelar lo que experimentan en la mente donde fluyen sus vivencias. De la experiencia de la conciencia nace la capacidad teorética, de la que proceden el pensamiento filosófico, la especulación metafísica, la cavilación teológica y la creación poética, así como el mito, la religión, la mística y el arte con el fascinante aderezo de la belleza y el sentido.

   Pensamos el mundo en función de la sensibilidad y la conciencia. La coparticipación en esencia de lo viviente, mediante una interconexión cósmica de lo uno y lo múltiple, da cuenta de la función primordial del Universo en la integración de elementos y funciones de la materia y el espíritu, de sustancia y energía, de efluvios y fenómenos que revelan el poder de la conciencia en la interioridad de las cosas. La unificación de ese proceso cósmico en el que participan todas las criaturas de la Creación en un propósito universal, armonizado y coherente, los opuestos se concilian en función de la unificación cósmica, que la conciencia asume y recrea, proceso que también experimenta en su fuero interior.

 La conexión de la conciencia individual con la conciencia cósmica confirma que hay sensibilidades que tienen como fuente creativa la vivencia de sus mundos interiores bajo la fragua de su conciencia, que el Interiorismo promueve como opción creadora. Por tanto, podemos hablar de la conciencia como realidad, de la conciencia que conoce la realidad circundante, que reflexiona sobre su propia naturaleza, con la certeza de su existencia real, que tiene su fuero distintivo. Se trata de la intuición metafísica de la propia conciencia.

La conciencia como fuente de creación

   Conviene distinguir la diferencia entre “consciencia” y “conciencia”. Aunque ambos términos tienen la misma etimología (del latín cum, ‘con’, y scire, ‘saber’), se trata de dos palabras diferentes, ya que “consciencia” significa ‘darse cuenta’, mientras “conciencia” alude al ‘órgano del conocimiento’. Por tanto, puedo decir: “Tengo consciencia de que poseo conciencia”, es decir, sé que poseo una capacidad intelectual para conocer, pensar el mundo, pensar que pienso y pensar lo que pienso, lo que entraña el ejercicio intuitivo y reflexivo de la conciencia. Pensar es un acto de la conciencia para procesar el sentido de fenómenos y cosas. La energía de la conciencia opera por un impulso de la materia y del espíritu a favor de su realización y crecimiento. Por tanto, se vincula a todo lo que existe.

   A pesar de la complicada naturaleza de nuestra mente, los intelectuales y poetas saben conceptualizar y formalizar lo que acontece en los niveles profundos de su conciencia, que recrea cosas y fenómenos como reflejo de la experiencia sensorial y metafísica, que se despliega en la mente contemplativa. La sensorialidad de las cosas, con su virtualidad estética y espiritual, impacta en la sensibilidad y la conciencia. La cosa contemplada se interioriza en la conciencia, que perfila el sentido y la valoración de lo existente.

   Algo atisba nuestra mente cuando se siente apelada por sí misma, por el fuero entrañable de la mismidad, por fenómenos interiores que se forjan en el hondón de la sensibilidad y la conciencia como una secreta apelación sentida en el fuero de la experiencia interior o bajo la vivencia de la conciencia expandida.

   La conciencia tiene una percepción de sí misma, de las cosas circundantes y de los efluvios de la Creación. La intuición, la inspiración y la revelación son medios de activación de la conciencia. Pensar la conciencia ayuda a entender lo que pasa en el mundo, a valorar el sentido de cosas y fenómenos, a ponderar los efluvios cósmicos. El mundo que conocemos ha sido percibido y procesado por el poder de nuestro cerebro, órgano de nuestra conciencia. Los conductos nerviosos del cerebro procesan los datos de cosas, ideas y fenómenos naturales y sobrenaturales que clasifica para su comprensión. Los datos sensibles, físicos y metafísicos, hacen sentir, pensar, crear. Conocemos, reflexionamos, predecimos, reconstruimos las cosas mediante las ideas que las representan en nuestra conciencia. Intuimos, imaginamos, recordamos, descubrimos, inventamos, creamos. Canalizamos apelaciones, gustos, emociones, deseos, motivaciones, conceptos, imágenes. Nuestras decisiones dependen de nuestras intuiciones y vivencias, que perfilan ideales y proyectos. El cerebro fragua todo lo que concitan y activan sus neuronas: miedo, angustia, obsesión, delirio, anhelo, sueño, pena, nostalgia, placer, amor, odio, ira, culpa, fracaso, triunfo, vacilación, creencia, desdicha, felicidad, entusiasmo. Y todo lo formula nuestra mente en imágenes y conceptos sobre el sentido de fenómenos y cosas.

   Los poetas no saben cómo explicar la naturaleza de la conciencia, pero tienen una clara comprensión de los fenómenos de la mente en función de sus vivencias entrañables y del poder intuitivo de su talento creativo. Con razón dijo Sigmund Freud que los poetas habían conocido el inconsciente mucho antes que él cuando se percató de ese fenómeno mental.

   La realidad de la conciencia y la conciencia de la realidad son dos perspectivas diferentes. Estamos situados en una realidad, y de esa realidad forjamos un modelo en nuestra mente para entenderla y explicarla. Por tanto, nuestra mente construye un modelo de la realidad para establecer un vínculo comunicativo. Cuando queremos que otros entiendan la realidad que concebimos, nos valemos de conceptos o imágenes, ya que tenemos una idea de la realidad aun cuando cada observador tenga una percepción diferente de la misma realidad.

   La experiencia sensorial y la experiencia trascendente son dos niveles de conciencia diferentes, pero esos dos niveles se complementan haciéndose uno en la interioridad del contemplador durante el estadio en que se experimentan la emoción estética y la fruición espiritual, que la imagen poética formaliza en la escritura.

Ciertamente la cosa contemplada se interioriza en la conciencia; pero también la conciencia se puede hacer cosa contemplada si se asume como fuente de creación. Son dos aspectos diferentes; la realidad externa y la conciencia interna en su interacción profunda o, lo que es lo mismo, la conciencia de la realidad y la realidad de la conciencia.

   La realidad verbal es un estatuto diferente de la realidad sensible. Usamos las palabras para interpretar la realidad de las cosas o la realidad verbal que creamos con las palabras, por lo cual para entender la realidad construimos un modelo verbal que la representa, y ese modelo tiene dos vertientes: el modelo del concepto y el modelo de la imagen, las dos vías con que cuenta el intelecto para reproducir la realidad o expresar una representación mental de la realidad. A la representación de la realidad le damos forma y sentido, para que los lectores perciban nuestra percepción de la realidad o nuestro modelo de la realidad. Los animales posiblemente tienen una idea de la realidad, pero no pueden darle forma a su idea de las cosas porque no tienen la manera de darla conocer. Solo los seres humanos tienen la capacidad de dar a conocer el modelo que crean de la realidad. Quiere decir que el modelo del concepto y el modelo de la imagen son dos creaciones humanas que hacen posible la comprensión y la expresión de nuestra percepción del mundo.

El modelo del concepto lo elaboran científicos, pensadores, pedagogos, historiadores, sociólogos, intérpretes que dan cuenta en términos intelectuales, de cómo es la realidad; en cambio, el modelo de la imagen lo forjan los artistas que se valen de las formas expresivas, como pintura, música, literatura, arquitectura, que plasman con su lenguaje el modelo de la realidad que tienen en su mente. Por esa razón, una cosa es la realidad y otra cosa es la idea o la imagen que tenemos de la realidad, ya que son dos aspectos diferentes que hay que distinguir al hablar de la realidad, o al hablar de la interpretación de la realidad. Ahora bien, la pregunta que muchos se hacen es la siguiente: ¿qué es la realidad? o ¿cuántos tipos de realidades hay? En general, podemos hablar de la realidad real, la realidad imaginaria, la realidad trascendente, la realidad de la conciencia y la realidad virtual.

   En principio se podría decir que la realidad es una sola, aunque es infinita, pero como hay tantas maneras de enfocarla o asumirla, hago esta clasificación para abordarla: la realidad real la captan nuestros sentidos físicos, con los que vemos, olemos, oímos, saboreamos y tocamos; la realidad imaginaria la creamos con la imaginación, inventando mundos fabulosos; la realidad trascendente comprende la realidad intangible que está más allá de lo sensorial y comprende la vertiente interna, esencial y metafísica de lo existente; la realidad de la conciencia es la realidad interna que tiene su sede en nuestra mente, por la cual podemos hablar de la conciencia con implicaciones sutiles; y la realidad virtual está por encima de nuestras facultades perceptivas, en su ámbito electromagnético.

   Todo lo que existe, coparticipa de la integración cósmica desde el origen y nunca dejará de existir. Todo lo que existe ha estado desde siempre en el seno de la Esencia cósmica. Lo que existe, ha emanado de la Esencia originaria, que es la Divinidad y, en tal virtud, existe desde y para siempre. Todo es emanación de la Esencia infinita. Nuestra conciencia es parte de la Conciencia Cósmica, que es la Conciencia Divina. Por tanto, nuestra conciencia es una emanación de la Conciencia infinita. Ya dijo Heráclito que todo viene del Todo y todo vuelve al Todo. Como todo lo que existe, somos parte de la realidad cósmica y todo lo que acontece en mi conciencia está registrado en la conciencia misma del Universo.

   Con nuestra conciencia concebimos, creamos y expresamos imágenes y conceptos. Esas operaciones intuitivas y reflexivas nos distinguen de los animales, que tienen conciencia perceptiva, pero carecen de conciencia reflexiva.

   A veces sucede que no percibimos la realidad como es sino matizada por creencias, ideologías, obsesiones, ilusiones, sugestiones y otras variantes del pensamiento, la imaginación y la memoria, que modifican la percepción de la realidad; por eso la mente, que es la estructura individual del cerebro, condiciona la percepción de la realidad y por ende cada sujeto tiene una visión particular de la realidad. Aunque todos los hombres tenemos una conciencia, no todos tenemos igual percepción de la realidad, como se evidencia en los neuróticos, psicópatas, fanáticos y supersticiosos, ya que tienen una visión deformada de la realidad.

   Hay quienes tienen una visión alterada o expandida de la realidad, como también hay diversas interpretaciones de la realidad, como las divisiones que provoca la política, la religión y el deporte, entre otras expresiones ideológicas, sociales y culturales, es decir, cada sujeto tiene una visión particular del mundo; por esa razón no podemos imponer nuestra visión como la verdadera, ya que todas son válidas. Desde luego, una visión realista y persuasiva de la realidad, merece una más amplia aceptación. La realidad es una y múltiple a la vez, y viene moldeada por el matiz de nuestra percepción. No es lo mismo una visión científica de la realidad, que una visión poética o metafísica. Son visiones diferentes. El científico tiene una visión de la realidad diferente del artista o el filósofo.

   Auscultar los estratos profundos de la conciencia ayuda al conocimiento de uno mismo y al conocimiento del mundo, del que ya los antiguos pensadores de la India, Egipto y Grecia tenían en valoración teorética. Pasar de la ponderación de la realidad a la valoración de la conciencia es un paso que entraña una honda reflexión.

El fuero de la conciencia creativa

   Podemos hablar de una vertiente creativa de la conciencia. Tenemos un conocimiento de la realidad, una valoración de las cosas y una idea de la conciencia, la que podemos asumir como tema de creación. Es una manera de entroncar la propia conciencia con la conciencia universal. Algunas personas pueden vivir un mundo afincado en su realidad peculiar compartiendo el fuero de la conciencia con la cantera de la realidad circundante, es decir, tienen la capacidad para abstraerse del “mundanal ruido”, crear un espacio interior, a modo de burbuja o de una celda o concha (como un caracol) que les permite apartarse del mundo, meterse en sus adentros, vivir la realidad de su conciencia y hacer de ella la realidad del mundo, como si esa fuera su mejor manera de vivir la vida.

   Obviamente, tenemos la capacidad para saber que existimos y pensamos, para pensar el mundo, conceptualizar sobre fenómenos y cosas y, desde luego, para pensar que pensamos y pensar lo que pensamos. Es decir, para asumir el fuero de la conciencia como fuente de vivencias, de reflexión y de creación. ¿Cómo se logra? Abstrayéndose de las menudencias circundantes, aislarse del mundo y vivir en un estado de retiro espiritual, para lo cual es preciso tener vida interior, que es la vida de la conciencia. La mayoría de la gente vive una vida intrascendente y vacua, ya que emplean su tiempo en hablar bagatelas o jugar dominó; no han desarrollado la capacidad para reflexionar, para meterse dentro de sí mismos y vivir lo que fray Luis de León llamaba “vida retirada”, como los monjes en su convento, que se retiran del mundo social para entregarse a la meditación religiosa, aunque los creadores y pensadores, como escritores, músicos, científicos, estetas, filósofos, tienen la capacidad para retirarse del mundo circundante e internarse en su mundo interior, el de la conciencia.

Normalmente los contemplativos suelen profundizar su vida interior ya que tienen la capacidad para apartarse del mundo y vivir al margen de las manifestaciones sociales. Los que padecen el estado patológico de la locura también se aíslan del mundo circundante, ya que se separan de la realidad y viven su mundo, pero no tienen la capacidad para ir y venir, es decir, para entrar y salir del fuero de la conciencia; en cambio los poetas, los científicos, los filósofos y creadores, tienen esa capacidad para entrar en su mundo interior, auscultarse a sí mismos, aislarse del mundo circundante y vivir en esa torre de marfil, en esa burbuja interior, en una vida retirada donde encuentran una gran satisfacción porque viven a su gusto el caudal de sus percepciones intuitivas.

   El mundo de la realidad estética está fraguado a partir de vivencias e intuiciones gracias a la capacidad de la conciencia que tienen los creadores de poesía metafísica. Al vivir en su mundo interior, los poetas viven “el mundo ideal” del que hablaba Platón, y viven la certeza de sus intuiciones, inspiraciones y revelaciones. Esa certeza viene fraguada por las experiencias intelectuales, espirituales y estéticas.

En atención a la estética de la interioridad y la estética de la conciencia, el Interiorismo postula internarse en ese mundo interior de la conciencia, al que tienen acceso los poetas, para aprovechar su fuero interno, ese espacio entrañable de la interioridad donde pueden encontrar la sustancia de la creación. Por eso algunos creadores pueden hacer de la conciencia una fuente de creación. Poetas, narradores, dramaturgos, músicos, arquitectos suelen crear una realidad interna (estética, metafísica y simbólica) para vivir el ámbito de la realidad estética, el mundo de la realidad metafísica o el fuero sutil de la conciencia.

   Cuando nos distraemos (a veces la mente necesita distraerse), nos salirnos de la realidad y vivimos en un espacio interior, en un mundo que no es el circundante. Ustedes pueden estar atendiendo a lo que les estoy diciendo y pueden distraerse, olvidarse de lo que estoy comentando y entonces la mente se aparta y procura distraerse. Esa divagación pueden aprovecharla para construir una interpretación de la realidad con un poco de inteligencia y de capacidad creadora.

   El tema de la conciencia entraña el pensamiento y el acto de reflexionar con el lenguaje de la conciencia, que se manifiesta en diversas formas. Cuando pensamos, pensamos en palabras, que traducen nuestros conceptos o nuestras imágenes de las cosas. Las dos formas principales del lenguaje de la conciencia son el concepto y la imagen. El concepto refleja el lenguaje de la conciencia; la imagen proyecta el lenguaje de la sensibilidad. Es, pues, la imagen el lenguaje de la sensibilidad, y el lenguaje de la conciencia es el concepto. Por eso cuando pensamos, pensamos en conceptos o pensamos en imágenes, aspecto clave para entender el arte de la creación literaria.

Podemos formalizar la imagen a través de los datos sensoriales de las cosas, que captan nuestros sentidos, es decir, se manifiesta a través de lo que se ve, se toca, se oye, se huele, se saborea o, lo que es lo mismo, mediante los sentidos físicos de nuestra sensibilidad. La imagen es una expresión sensible; por eso los poetas tienen que imprimirle sensorialidad a sus imágenes porque con la sensorialidad les dan vida a sus imágenes, una forma de lograr que el lector se sensibilice. Un ejemplo de sensorialidad es el poema “La sangre derramada”, de Federico García Lorca, donde manifiesta una sensibilidad desgarrada ya que está conmovido por la muerte de un amigo, y canaliza en imágenes lo que está sintiendo, y al canalizar en una imagen sensorial lo que siente, hiere la sensibilidad del lector, y el lector va a sentir algo parecido a lo que conmovió la sensibilidad del autor. Esa es la clave de la creación poética, que postula fraguar figuras literarias en imágenes sensoriales que sensibilicen la sensibilidad, más que el pensamiento mismo; por eso los poetas cuando piensan, piensan en imágenes, mientras que los no poetas, cuando piensan, piensan en conceptos. El concepto es para reflexionar, porque entraña una idea de las cosas, y la imagen es una expresión icónica que proyecta la dimensión sensorial de lo viviente.

   Esta explicación es oportuna porque el problema de quien trabaja el tema de la conciencia es darle forma sensible a una vivencia reflexiva, distanciada de la realidad material, pues se trata de una vivencia interior, sutil y trascendente. La conciencia es la dimensión esencial de la interioridad ya que es el poder mental para pensar, articular el sentido de las cosas y testimoniar lo que percibimos, y, como fuente de creación, algunos contemplativos acuden al pozo de su conciencia, que asumen como su verdadera realidad, que alternan con la realidad real y la realidad imaginaria. Con la realidad de su conciencia articulan un mundo de vivencias, como cualquier fenómeno de la realidad real. Hay autores de poesía, como Noé Zayas, Ramón Antonio Jiménez o Carmen Comprés, que saben formalizar su mundo interior desde el fuero de su conciencia, porque tienen la capacidad de hacer una creación en virtud del poder intuitivo de su inteligencia sutil.

   Los poetas metafísicos logran una conexión con su mundo interior y, en virtud de su condición especial para hacer de su conciencia un estado creativo, plasman en imágenes lo que conciben. No se trata de una invención o una especulación imaginaria, porque se fundan en la experiencia de su conciencia. Los poetas tienen una intuición de la realidad que plasman con el lenguaje de la poesía, y algunos poetas, en ese estado de conciencia profunda, dicen que un aliento superior les dicta sus poemas. Sostienen que hay una fuerza exterior que le sopla un contenido, como un dictado de las musas. En ese estado interior, en ese momento de vivencia y contemplación, pueden sentir un contenido, una luz interior que les permite identificar su intuición y poner en palabras lo que experimentan en su conciencia porque no es un soplo que dicta la imagen, como dicen algunos, sino que tienen una especie de revelación donde pueden apreciar el contenido que les llega a través de la imagen. Cuando me llega una idea, muchas veces tengo que levantarme de madrugada a escribir lo que concibo, pero si no me levanto a escribir al otro día no me acuerdo de nada.

   La energía de la conciencia, la energía interior de la cosa y la energía del Universo se activan cuando entran en contacto. Esa relación de energías hace que se potencie la capacidad creadora; eso es importante subrayarlo para valorar el poder de la conciencia a la luz de la presencia energética. La creación es el foco de una energía, y la energía está presente en todo lo que hacemos; por consiguiente, el acto mismo de creación es energía; la palabra es energía; la fuerza del Universo es energía: nosotros somos energía. Esa es la grandeza de la potencia interior de la conciencia. En nuestra cultura no nos enseñan a ponderar el poder de la conciencia, de tal manera que nuestra mente tiene la capacidad para hacer que las cosas se pongan a nuestro servicio incluso en la enfermedad. Hay dolencias que se curan con el poder de la mente, y hay una percepción de la realidad que se hace más clara cuando se activa la energía de la conciencia.

   Cuando nos disponemos a crear, activamos la conciencia y, desde luego, se despliega la energía creadora mediante la energía interior del lenguaje. Normalmente el escritor se dispone a escribir cuando siente una particular apelación, es decir, una llamada que nace de su interior y le impulsa a crear y eso es la energía de la conciencia. Es importante ponderar ese poder de la conciencia cuando intentemos instalarnos en el fuero de nuestra conciencia para reflexionar y darnos cuenta de que desde nuestra atalaya mental tenemos la capacidad para pensar el mundo y testimoniarlo bajo nuestra perspectiva. Si lo hacemos según la pauta literaria podremos articular imágenes y conceptos con el aliento que edifica y estimula, generando una emoción estética y una fruición espiritual, lo que puede concitar una actitud de identificación y de transformación, porque la obra genuina atiza el espíritu y estremece la sensibilidad.

   Todo cuanto acontece va hacia su destino inexorable, apuntando hacia el centro de la irradiación cósmica, hacia la eternidad: comienza con un viaje a la interioridad del ser, que es la conciencia, mediante una relación entre ondas y partículas, energía y materia, lo que explica el vínculo entre seres y cosas, y el destino común que nos apela y aguarda. Lo que somos, lo que buscamos, el sentido que afirma nuestra existencia ontológica y la esencia trascendente subyace en lo que hacemos. De ahí que la conciencia finca la certeza de su existencia como fuente de creación para entender el mundo y entender la trascendencia. Son, pues, tres niveles de conciencia desde la conciencia misma: la conciencia de la realidad que nos envuelve; la conciencia de la conciencia que se contempla a sí misma; y la conciencia superior de la trascendencia.

   Quien experimenta un arrebato místico entra en sintonía con una fuerza divina, establece una conexión con la Divinidad y todo se disminuye en la presencia de lo divino. En el estado metafísico, la realidad que cobra fuerza es la presencia de una energía universal que alienta tu conciencia. En el ámbito de la realidad metafísica coparticipan la realidad estética, la realidad de la conciencia, la realidad cósmica y la realidad mística. En la realidad metafísica el sujeto entra en conexión con la energía que la integra. El primer nivel de conexión es estético, fundado en la sensorialidad, pero una vez que profundiza, salta al nivel metafísico. Cuando la realidad impacta en la conciencia, ya no operan solo los sentidos físicos, sino los sentidos metafísicos, indispensables para acceder a los niveles profundos de la realidad. En ese estadio de la conciencia en que el sujeto vive ese mundo que es su realidad, ocurre un fenómeno muy peculiar, que es el desarrollo, desde la misma conciencia del sujeto visionario, lo que he llamado el “cordón espiritual umbilical”, que conectan con la esencia del Cosmos y con la fuente de la Divinidad. En el caso de Jiménez, Comprés y Zayas ya sabemos que su modo de vida se funda en su estancia en su propia conciencia, y ¿cuál ha sido su logro? Que en su estado de conciencia, que para ellos es su realidad, pueden interpretar el fluir de ese mundo interior y lidiar con este mundo exterior, siendo para ellos la verdadera realidad el ámbito de su conciencia, aunque esta realidad concreta la asuman como si fueran mundos paralelos. En la medida en que la conciencia se va expandiendo, puede establecer relaciones con diversos niveles de la realidad, ya que la conciencia entra en relación con otras realidades, con otros modos de existencia espiritual. La función del artista contemplador es traducir la experiencia de su conciencia, revelar las vivencias que experimenta y seguir profundizando en su vínculo con la totalidad.

   Cuando formulé la estética del Interiorismo tuve la intuición de que el planteamiento básico de la Poética Interior se fundamentaba en la concepción de la realidad real, la realidad imaginaria y la realidad trascendente, aspectos sustanciales para comprender la línea distintiva de nuestro movimiento. Y desde el principio privilegié el tema de la conciencia como fuente operativa de reflexión y creatividad. En la valoración de la realidad trascendente hemos ponderado la realidad de la conciencia, que podemos asumir como eje de sí misma, como fuente de creación y medio de articulación con lo existente.

   Es difícil racionalizar situaciones que operan a nivel profundo de la conciencia. Pero algo atisba nuestra mente cuando se siente apelada por sí misma, desde ese fuero entrañable de la interioridad en virtud de fenómenos que se experimentan en el fluir de la conciencia como una secreta apelación a la que unos seres privilegiados, poetas, iluminados y místicos, tienen acceso desde la experiencia trascendente o desde la vivencia de su conciencia.

   La experiencia sensorial y la experiencia trascendente son realidades o dos niveles que se entrecruzan y se complementan haciéndose uno, como han intuido poetas y psicoanalistas, al interiorizar su propia conciencia durante ese singular estadio en que se fusionan la emoción estética, la fruición espiritual y la experiencia de lo trascendente, que la imagen poética formaliza en la escritura, el cuadro o la partitura musical. Si la cosa contemplada se interioriza en la conciencia, también la conciencia se hace cosa contemplada cuando el contemplador la asume como fuente de reflexión o de creación. Son dos perspectivas diferentes; la realidad y la conciencia, o lo que es lo mismo, la conciencia de la realidad y la realidad de la conciencia. La conciencia como fuente de creación implica la conciencia de una singular certeza, ya que podemos asumir la conciencia como una realidad donde el sujeto contemplativo se puede colocar en su interior y, desde ese estadio, o como se ha enseñado en el Interiorismo, desde el interior de la cosa y desde la conciencia misma establecer la conexión con el propio ser y el ser de la cosa, para intuir verdades y certezas que van más allá de lo que captamos e interpretamos de las apariencias de las cosas.

Instalados en el fuero de la conciencia, como lo han hecho Ramón Antonio Jiménez, Carmen Comprés, Noé Zayas, José Acosta, Fausto Leonardo Henríquez, Iki Tejada, Quibian Castillo, Mikenia Vargas y Jennet Tineo, se puede asumir la propia conciencia como fuente de creación, de inspiración y de revelación para entender, desde su realidad interior, la certeza de una vivencia como conciencia trascendente.

   En otras ocasiones he hablado de la conciencia creativa, de fenómenos de conciencia, de la realidad de la conciencia mediante la cual constatamos intuiciones y certezas, como las que tienen los creadores de poesía metafísica, y los iluminados y contemplativos. En esa reflexión de la conciencia, el sujeto que se ausculta a sí mismo, piensa su conciencia y se introduce dentro del fenómeno, como observador de su propia conciencia, que es diferente del observador de la realidad. Para el visionario de su propia conciencia esa es su realidad, con la que experimenta vivencias y percibe su propia conciencia, la de sentir y estar inmenso en esa realidad interior, la realidad de su conciencia, que asume como fuente de creación. ¿Por qué piensa su conciencia como piensa cualquier realidad? Porque se trata de una dimensión de su psiquismo, que algunos creadores saben manejar para entender el mecanismo de su conciencia y asumirla como refugio para escapar de las agresiones externas o de la realidad del mundo con la que no se acoplan y, en ese fuero interior de la conciencia, encuentran una concha protectora y experimentan vivencias y experiencias que les permite entender la realidad sutil de sus vivencias y la realidad mostrenca del mundo circundante, que no suele ser afín a los contemplativos que se sienten mejor en la recámara de su conciencia. Esos creadores se sumergen en su mundo interior para entender el mundo que los demás conocen; y en ese fuero interior experimentan sutiles experiencias como la certeza de la fe, entendiéndose a sí mismos y entendiendo “el mundo” que recrean en su interior a la luz de lo que les dicta su percepción de cosas y fenómenos con su conciencia de lo trascendente. Por eso la percepción de la realidad viene tamizada por la conciencia, de tal manera que la realidad no se capta como es sino fraguada como la asume la conciencia. Y como la realidad es cambiante, también lo es la conciencia, de tal modo que lo que pensamos ahora, si no lo plasmamos como lo percibimos en un determinado momento, puede cambiar esa percepción porque la conciencia no es estática sino dinámica. Pero esa es una faceta para especialistas de la neurología, pero para nosotros, que la enfocamos como fuente creativa, apreciamos la obra con sus peculiares ondas estéticas y espirituales.

 

Instalación en el interior de la conciencia

   El ideario interiorista de la creación sugiere la contemplación de lo viviente mediante la instalación del sujeto contemplativo en la interioridad de las cosas y en el espejo de la conciencia, en la que se conjugan la conciencia interior y la conciencia trascendente. Es importante dirigir la contemplación hacia la interioridad, porque allí reside la esencia de cuanto es. De ahí el rol de la conciencia, clave para la elaboración de nuestras intuiciones.

   En el poema “Contemplación”, de La música de la vida, Ramón Antonio Jiménez dice que “el silencio cierra un círculo para que yo pueda escucharme dentro”, con lo cual alude al acto de la conciencia, a la capacidad para auscultarnos a nosotros mismos, ya que cada uno puede pensar que piensa y pensar su propio pensamiento. Esa posibilidad está a nuestro alcance porque contamos con el poder interior de la reflexión y la sensibilidad espiritual: “Dentro de ella/ las cosas están hechas de luz/ No hay horizonte en su orbe diminuto/
ni prisa en su mirada sin ribera
”, expresa Jiménez en un poema de La música de la vida (p. 179) con el que alude a la conciencia espiritual.

   Pensar en la conciencia ayuda a que nos demos cuenta de que somos una realidad diferente de otras realidades, incluidos los fenómenos de conciencia y de autoconciencia, dependiente de la memoria reflexiva. La poesía metafísica inspirada en la conciencia permite colegir lo que sucede en la mente de su autor. Por eso la creación poética enseña sobre la mente tanto como cualquier tratado psicológico porque los poetas han intuido la conciencia al usarla como fuente creativa.

   El planteamiento original del pensador francés Henri Bergson, en su Introducción a la metafísica, enseña que para pensar y crear el sujeto creador ha de instalarse en el interior de la cosa (1), posición que deben asumir filósofos y poetas a la hora de reflexionar o de crear imágenes y conceptos, que el poeta experimenta al crear una obra original y auténtica. Al dirigir su percepción de sí mismo y de las cosas desde la fuente de su propia interioridad, certeza que usufructúa como su vida misma, cuando expresa lo que revela la certeza, testimonia lo que vive o experimenta. Ya decía Evelyn Underhill que lo que el filósofo argumenta y el artista intuye, el místico lo experimenta (2). Usar la conciencia como fuente de creación, de reflexión o de gestación de una verdad existencial, es asumir la conciencia como una realidad independiente de cualquier otra realidad.

Como fuente de creación, el tema de la conciencia lo hemos manejado en el Interiorismo asumida como centro reflexión y creación, sabiendo que se puede enfocar como certeza vivencial y como realidad creativa, es decir, entendida la conciencia como fuente de vivencias y medio de creación, desde la misma conciencia, no solo para entrar o salir de su fuero entrañable o usándola para colocarse en el interior de las cosas, sino para vivir esa certeza, la certeza de la conciencia, como una realidad per se, como fuente de reflexión, ensimismamiento y creación. La vivencia de la conciencia concita el hecho de vivir y experimentar fenómenos interiores en el fuero de la conciencia, que para los sujetos con sensibilidad trascendente y creatividad metafísica, es una realidad tan real como el mundo interior en que a menudo desenvuelven sus cuitas entrañables. Ese mundo interior es sin duda subjetivo ya que está en la interioridad del sujeto, en su intimidad profunda, aunque para el propio contemplativo es un estado natural como lo puede ser la imaginación para quien la asume como fuente alternativa de la realidad sensorial. Desde luego, en esta consideración hablamos de la conciencia como una realidad, con la certeza de su existencia como fuente vivencial, reflexiva y creativa. En los sujetos con conciencia contemplativa y conciencia trascendente, su conciencia se convierte en la realidad privilegiada de su vida, ya que en ese fuero experimentan intuiciones, inspiraciones y revelaciones.

   La intuición atrapa el sentido de fenómenos y cosas. La inspiración despierta las verdades de la propia conciencia. Y la revelación capta verdades del más allá. Desde esas laderas apreciamos la valoración del mundo visible y lo invisible, que como el volcán, entraña una erupción interna, fraguando, concitando o develando verdades profundas. El espíritu de lo viviente se hace sutilmente sensible en la conciencia. Y el poeta lo plasma en su creación. Cada cual recibe en su momento un rayo de luz para entenderse a sí mismo y comprender las cosas trascendentes de la existencia y, alguna vez, esa iluminación llega a través de la llama fulgurante del misterio o mediante la gracia súbita de una revelación divina. Cuando recibimos el impacto de una realidad diferente a la ordinaria (que puede ser a través de una vivencia gozosa, una experiencia dolorosa o una fruición iluminada), se podría experimentar la singular sensación de advertir una verdad vivencial y metafísica, como le aconteciera a Vicente Aleixandre cuando escribió: “…tu luminosa aurora que en negro/ rompe y, como sol dentro de mí, / me anuncia otra verdad. / Que tú, profunda, ignoras. / Desde tu ser/ mi claridad me llega toda de ti…” (“Cueva de noche”)”.

La búsqueda de la verdad, como de la belleza y la bondad, eran para los antiguos griegos los ideales espirituales de la conciencia humana, por lo cual a esos valores inherentes al humanismo trascendente sumaban el sentido de armonía, emoción y fruición. En tal virtud, la dimensión estética, en el ámbito de la realidad metafísica y el fuero de la experiencia metafísica, conduce a la elevación espiritual, lo que indujo a Platón decir que la belleza culmina en Dios. De ahí que la emoción estética genera la fruición del espíritu, la más alta meta de la creación artística y de toda belleza, cauce y destino del sentido estético, el sentido cósmico y el sentido místico.

   Encontrar esos sentidos es la labor de la conciencia, con cuya intuición atrapa la verdad de las cosas. Por eso escribió Henri Bergson que la creación entraña internarse en el alma de las cosas, desde la conciencia misma: “Experiencia significa conciencia; pero, en el primero, la conciencia se expande hacia afuera, y se exterioriza con relación a ella misma en la exacta medida en que percibe cosas exteriores unas a otras; en el segundo, entra en ella, se recobra y se profundiza. Sondeando así su propia profundidad, ¿penetra más en el interior de la materia, de la vida, de la realidad en general?”. Luego plantea el pensador francés: “La materia y la vida que llenan el mundo están también en nosotros; las fuerzas que obran en todas las cosas las sentimos en nosotros; cualquiera sea la esencia íntima de lo que es y de lo que se hace, nosotros como ello. Descendamos entonces al interior de nosotros mismos: cuanto más profundo sea el punto que toquemos, más fuerte será el impulso que nos volverá a la superficie. La intuición filosófica es ese contacto, la filosofía es ese impulso. Vueltos al exterior por una impulsión venida del fondo, reuniremos la ciencia a medida que nuestro pensamiento se ensanche al esparcirse. Es necesario, pues, que la filosofía pueda vaciarse sobre la ciencia, y una idea de pretendido origen intuitivo que no llegara, dividiéndose y subdividiendo sus divisiones, a abarcar los hechos observados en el exterior y las leyes por las cuales la ciencia los liga entre sí...”. Luego especifica: “Pero filosofar consiste precisamente en situarse, por un esfuerzo de intuición, en el interior de esa realidad concreta…” (3).

   Henri Bergson enseña que la intuición metafísica se obtiene “por la reflexión del espíritu sobre el espíritu”, y añade: “Porque no se obtiene de la realidad una intuición, es decir, una simpatía espiritual con lo que ella posee de lo más íntimo, si no se ha ganado su confianza por una larga intimidad con sus manifestaciones superficiales” (Ibídem, p. 94).

   Si hablamos de los niveles de acceso a la realidad o de los individuos cuya conciencia horada diversos niveles de la realidad, el sujeto contemplativo o la persona que entra en diferentes niveles de conciencia, como han enseñado pensadores y estetas del fenómeno místico de la talla de san Juan de la Cruz, Evelyn Underhill y Nikos Kazantzakis, implica penetrar el hondón de las cosas y de la propia conciencia. Se trata de la capacidad de percepción de diversos niveles de la realidad, que pueden modificar la conciencia. En efecto, poetas interioristas como Conny Palacios, Gustavo González Villanueva, Helena Ospina Garcés, fray Pablo de Jesús, Juan Miguel Domínguez, Teodoro Rubio, José Nicás, Gonzalo Melgar, José Félix Olalla, Carmen Soler, José Luis Vega, Luce López-Baralt, Pedro José Gris, Ramón Antonio Jiménez, Oscar de León Silverio, Iki Tejada, Sally Rodríguez, José Frank Rosario, José Acosta, Noé Zayas, Carmen Comprés, Carmen Pérez Valerio, Ofelia Berrido, Freddy Bretón, Tulio Cordero, Fausto Leonardo Henríquez, Jaime Tatem Brache, Guillermo Pérez Castillo, Ángel Rivera Juliao, Miguel Solano, Sélvido Candelaria, Eduardo Gautreau de Windt, Jit Manuel Castillo, Lissette Ramírez, Roberto Miguel Escaño, Andrés Ulloa, Juan Santos, Jennet Tineo, Quibian Castillo, Mikenia Vargas y otros, experimentan vivencias en la realidad de su conciencia e, inmersos en esa realidad interior, comulgan con el caudal metafísico o místico de su interioridad y, desde el fuero de su conciencia, entran en conexión con otras realidades. Se trata de una perspectiva para entender la sensibilidad trascendente desde la poesía metafísica (4). Y es de tal magnitud esa realidad que algunos poetas no pueden lidiar con la realidad externa, la que llamamos realidad real, de tal manera que dan la impresión de que la realidad sensorial no es su realidad, sino otra realidad, ya que su verdadera realidad es la veta interna y metafísica de su conciencia. Por eso en sede literaria hay que hablar, además de la realidad real y la realidad imaginaria, de otras realidades complementarias, como la realidad estética, la realidad metafísica, la realidad de la conciencia, que los creadores cultivan con el caudal de sus vivencias, y esas realidades, como la realidad de la conciencia que privilegian los contemplativos, fecunda su creación.

   Ramón Antonio Jiménez, Carmen Comprés y Noé Zayas, tres poetas de alta calidad literaria, hacen de la realidad de su conciencia lo que en un contexto físico se describe como compartimientos estancos, que alude a diferentes planos y vertientes de la realidad que se pueden alternar, como se pasa de una habitación a otra en una vivienda. En la interioridad del sujeto contemplativo hay diversos compartimentos y sus protagonistas pueden pasar del ámbito de la memoria al de la imaginación, y del ámbito de la sensibilidad al de la espiritualidad; son diferentes estancos en su mundo interior y, dentro de esa subjetividad, está la conciencia, como están la memoria, la intuición y la imaginación. Autores como Zayas, Comprés y Jiménez alternan su estancia en ese mundo interior, aunque a veces se disparan hacia la imaginación o hacia mundos invisibles, pero regresan, y vuelven y entran, y cuando les toca participar en diferentes circunstancias, saben dejar a un lado el encanto de ese fuero entrañable para compartir su deber en el mundo real de su cotidianidad inexorable. Pero eso cuesta un esfuerzo que a veces hasta físicamente hace daño, porque uno de los primeros puntos que afecta a la persona del poeta que vino al mundo con ese don, a partir de su experiencia, suelen decir que “nadie los entiende” porque viven “otra realidad”, la realidad de su conciencia.

   Se trata de capturar y expresar la voz que susurra bajo la sombra del misterio en una oleada de efluvios subconscientes que claman, desde el fondo de la sensibilidad y la conciencia, por un aliento mayor, por una llama de luz, una onda de lo Alto, que la palabra poética formaliza en sus imágenes y símbolos. El siguiente pasaje de la poeta hondureña Dilma Ponce así lo revela en imágenes inspiradas en sus vivencias entrañables: “El misterio es mi vida, mi silencio y mi todo... esta nada que me invade y me llena de voces, cielo y luz, sombra y nada,  como si en el espacio en que floto una mano me esperara, un beso, el fuego de unos labios y el latir de un volcán, ese calor me envuelve, un ala se posa en mi espalda y un color irresistible pinta mi piel del color que había soñado...” (5).

   Esa ´otra realidad´ conforma una realidad diferente de la realidad real. Es una vertiente fundamental para ciertos poetas, no solo para entenderse a sí mismos o nosotros entenderlos a ellos, sino para calibrar su vivencia y dimensionar su obra, concebida y ejecutada como como medio de liberación, ya que hay situaciones en que la creación poética actúa como logoterapia, es decir, como curación mediante la palabra. A este respecto, conviene tener una diferencia clara de la realidad estética y la realidad metafísica, pues los creadores de poesía suelen convivir con esas dos instancias en su interioridad, y los poetas metafísicos y místicos se manejan en ese mundo sutil, en esa ´otra realidad´, en función de sus vivencias.

   Ramón Antonio Jiménez, Carmen Comprés y Noé Zayas han confesado que mientras hacen su labor habitual tienen la certeza de estar al mismo tiempo en otra parte haciendo otra cosa. Hay una parte suya, esencial y entrañable, que está del otro lado o en su propia interioridad, mientras la otra parte, tal vez la no esencial, la física y mudable, está de este lado resolviendo asuntos perentorios o viviendo a su modo la vida.

   Desde luego, la poesía hace su trabajo: la poesía revela lo que el poeta experimenta. Entonces, esos poetas tienen la certeza de su vivencia, convencidos de que su creación lo reconcilia con el mundo, con la certidumbre de estar del otro lado de esta realidad, aunque le corresponde estar aquí con su familia y su trabajo asumiendo responsabilidades del mundo de la realidad real, de la persona física que tiene que tener en cuenta la realidad que le ha tocado vivir. La no correspondencia con esta realidad le genera crisis y conflictos porque, cuando están en su mundo entrañable, no quieren regresar al mundo circundante sino vivir la realidad de la conciencia, pero al aceptarla como una vertiente diferente y alternativa, entienden que no debe haber pugna, que quien está del otro lado le sirve al que está de este lado. Por eso hablo de compartimentos estancos en la realidad interior.

El lenguaje de la conciencia

Para los creadores que saben instalarse en el interior de su conciencia, escribir no es inventar mundos fabulosos ni especulativos, sino testimoniar vivencias que experimentan en el fuero de su conciencia. Los creadores disponen de tres poderosas virtualidades para crear: fuerza interior, experiencia espiritual y sentido metafísico: “Fuerza interior” es la energía interior de la conciencia, con la fe en la propia potencia creadora y en los dones recibidos para vivir una vida interior, profunda y luminosa. “Experiencia espiritual” implica usufructuar, mediante el caudal de vivencias e intuiciones, un singular conocimiento del mundo y una sabiduría metafísica para hacer de la inteligencia y la sensibilidad una fuente de verdades trascendentes con el disfrute de la belleza sutil. “Sentido metafísico” es la dimensión esencial que asumimos como expresión intangible de la otra realidad.

Con el sentido estético, el sentido cósmico y el sentido místico, tres niveles de la dimensión de lo viviente, son las vertientes que encauzan el hallazgo de la conciencia y la intuición el lenguaje del yo profundo para canalizar nuestras apelaciones interiores y lograr el desarrollo metafísico de vivir la certeza de la conciencia con la emoción que entusiasma y la fruición que embriaga.

   El lenguaje de la intuición o lenguaje de la metafísica, que es el lenguaje de la conciencia, es el medio para captar y transmitir la voz interior del sujeto contemplativo. En imágenes del inconsciente se refleja la profundidad de la conciencia cuando el poeta expresa la certeza de su verdad. La poesía que ausculta el fondo de la conciencia revela los laberintos de la mente y activa ideas, expresiones icónicas y emociones subterráneas mediante imágenes, símbolos y arquetipos que la mente perfila y la palabra revela en su misteriosa forma del lenguaje de la intuición. La poesía de la conciencia es una emanación estética del fuero interior de la mente y del inconsciente que la palabra revela.

   Pensar es un acto de la conciencia, que procesa datos, fenómenos y cosas en busca del valor y del sentido. La energía de la conciencia opera por influjo de la materia y el espíritu a favor de su cultivo y crecimiento. Al enfocar la experiencia y la conciencia, escribió Henri Bergson: “En ambos casos, experiencia significa conciencia; en el primero, la conciencia se expande hacia afuera, y se exterioriza con relación a ella misma en la exacta medida en que percibe cosas exteriores; en el segundo, entra en ella, se recobra y se profundiza. Sondeando así su propia profundidad, ¿penetra más en el interior de la materia, de la vida, de la realidad en general?”. Y de inmediato formula la siguiente precisión: “La materia y la vida que llenan el mundo están también en nosotros; las fuerzas que obran en todas las cosas las sentimos en nosotros; cualquiera sea la esencia íntima de lo que es y de lo que se hace, nosotros somos ello. Descendamos entonces al interior de nosotros mismos: cuanto más profundo sea el punto que toquemos, más fuerte será el impulso que nos volverá a la superficie. La intuición filosófica es ese contacto, la filosofía es ese impulso. Vueltos al exterior por una impulsión venida del fondo, reuniremos la ciencia a medida que nuestro pensamiento se ensanche al esparcirse” (6).

   Un estado especial de la conciencia vinculado a un arrebato o éxtasis, es una especie de vínculo espiritual entre dos almas. Me refiero a esos estadios de soledad, cuando vivimos momentos de intimismo en los cuales podemos sentir dentro, con la capacidad para tener y recrear vivencias. El sujeto puede compartir con su interior y evocar fenómenos y vivencias para hacer una creación. Se puede recrear un estado de ensimismamiento para vivir un momento singular o inducir ese estado de la conciencia con un fin creativo, para escribir, pintar o componer música. Eso es diferente al estado especial de la conciencia que se opera involuntariamente, cuando se trata de un arrebato o de una experiencia mística. Cuando uno entra en esa burbuja, uno se aísla del mundo. Hay una energía que nace de uno y una energía que nace de la cosa… Entonces hay un contagio de energías, la energía personal y la energía extra-personal. Eso es algo similar a lo que acontece con los amantes, que algo sutil y cautivante los envuelve…Así entran en comunión. La energía de la conciencia entra en comunión con la energía de la cosa, y en esa coparticipación de la conciencia fluye la vida interior y se atiza la sensibilidad trascendente.

Es bueno hacer esa radiografía de la mente para entender que estamos llamados a darnos cuenta de la mente que percibe. Los creadores interioristas estamos llamados a conocer y experimentar esa conexión, porque el Interiorismo postula la creación de una literatura que penetre en el fuero de la conciencia y en la esencia de la cosa, para lo cual hay que ponderar el poder de la conciencia y ver la manera como la conciencia se conecta con la realidad, mediante la unión de esas dos energías, la energía de la conciencia y la energía de la cosa. Así el sujeto creador experimenta un estado especial diferente de la vida cotidiana. No es igual sentarse a ver televisión o compartir socialmente, que vivir el silencio y auscultarse a sí mismo para ponderar lo que distingue el interior del yo. Es decir, se puede hablar de la realidad de la conciencia como fuente de creación, de reflexión y de ensimismamiento. El estado de concentración y contemplación es un momento ideal para la soledad creadora (“soledad sonora”, según san Juan de la Cruz), fundamental para la vivencia y el disfrute del espíritu. A esa plenitud de la conciencia, con la sensación de una singular presencia, concita una dimensión espiritual a modo de una cópula con la energía de lo viviente. Esa experiencia interior puede contribuir al crecimiento de la conciencia.

A veces el lenguaje de la intuición quiere expresar determinadas vivencias, como una veta en el pecho a punto de estallar, como una llama que flota en el vértice de una ola quebrada por el coqueteo de una luz con la sombra, plena de sensaciones y misterio, cuajada de aromas de luna, entre paraíso y espanto, donde el fluir de la mente resulta inapresable mientras afuera llueve o se siente el latido del viento o el parpadeo de un estrella lejana... y en el hondón de la sensibilidad, distante del runrún que distrae, es preferible flotar en el ámbito intangible, impregnado de una onda magnética que envuelve una estela de colores y ternura, y las sensaciones reproducen la danza que rutila estrellas derretidas en el pecho y polen de nardos en el alma, con el abrazo que se vuelve lumbre de rosa consentida o susurro de gaviota embriagada, y tras dejar que los sentidos fluyan, el beso de la luz corteja el ocaso inminente tras el éxtasis fraguado en la sombra redimida.

Pues bien, para los creadores que viven la realidad de su conciencia, los poemas no son palabras para justificar una expresión ya que los poetas metafísicos escriben para revelar un trance donde viven la verdad de su vivencia, la realidad de su existencia, de tal manera, que lo que creían que era real dejó de ser percibido como tal, y cuando hablamos del momento en que Ramón Antonio Jiménez, Carmen Comprés o Noé Zayas, en sus cotidianas tareas, son apelados por la conciencia, responden al llamado porque saben que su verdadera realidad es la que mora en su interior profundo.

Sabemos que un cuerpo físico no puede hacer dos cosas a la vez, pero en términos de conciencia suceden mundos diferentes, pues los poetas, al ejecutar una labor material o conducir su vehículo, sienten que del otro lado hay otra cosa, lo que se evidencia cuando estructuran el poema de su verdad interior.

   En otra ocasión dije que en los creadores genuinos hay tres indicadores de su dotación intuitiva y creativa, que son:

  1. Conciencia trascendente, canal de percepción y valoración para apreciar el sentido de lo viviente, como fuente de intuición, inspiración y revelación.
  2. Dotación lírica y simbólica o cauce de imágenes y figuraciones, mediante las cuales encauzan pasiones, visiones y obsesiones.
  3. Intuición metafísica y mística, a través de la cual canalizan la onda misteriosa de la conciencia profunda, desde la seña peculiar de su mundo interior hasta los efluvios de la trascendencia, para dar forma y sentido a cuanto experimentan en el hondón de su interioridad.

   Por mediación de la lírica metafísica, la intuición canaliza las vivencias de la conciencia o las emanaciones de la Creación y, en algunos casos, la revelación del Misterio.

   La energía que mana de la conciencia, de las palabras y las cosas, con la potencia que brota de la sensibilidad profunda o de la cantera cósmica, se revela y resurge con belleza y sentido. Tenemos un nivel de conciencia de la energía, que no es la de los minerales, ni de los animales y las plantas. El conocimiento del mundo genera certezas, verdades de vida o verdades metafísicas que descubre nuestra intuición. Una verdad metafísica se revela a partir de una vivencia que impacta la conciencia, mientras una certeza de la conciencia es la convicción de un hallazgo intelectual que edifica o ilumina. Por eso hay certezas que son verdades de vida. La verdad de vida es una intuición vivencial, mientras la certeza es una intuición conceptual, dos vertientes diferentes del conocimiento metafísico de lo viviente.

Creación bajo el fuero de la conciencia

   Conviene hallar la clave que sintonice la frecuencia del espíritu, desde la materialidad que nos conforma, para ascender a los planos de una conciencia superior y trascendente. A eso aspira el Interiorismo, ideal y meta que entienden y asumen los que han desarrollado su intuición metafísica. En esa ruta irrevocable hacia la luz hay meandros y obstáculos, pero quien ha comenzado ese derrotero, advierte que no hay retorno con éxito. En su creación poética, los poetas prueban diversas cogitaciones, como el ejemplo de José Acosta, que ha experimentado una entrañable comunión con el Ser de lo viviente y lo que expresa, tiene una dimensión edificante y luminosa. Territorios extraños da cuenta de la otra ladera de lo real, que su lírica asume y encauza mediante la reflexión de la conciencia. Su palabra cifra la instancia que da estatuto de entidad al ámbito interior de la conciencia:

Esta ventana está abierta hacia sí misma

anillo entre dos sombras

túnel por donde regresan mis ojos

a mi rincón de sangre.

Esta ventana no está abierta a nada

no hay un chorro de humanidad

hirviendo entre sus párpados

ni un camino rodando en su distancia

ni el olor a presencia de algún pájaro.

Esta ventana no está abierta a todo

no tiene un hombre hundido en su estatura

no tiene una lámpara empujando las tinieblas

no tiene un gato dormido en su misterio

ni una voz trepando los espacios.

Esta ventana está abierta hacia su ventana

hacia su solitaria humanidad

en la pared de un algo.

Esta ventana está abierta hacia sí misma

hacia la inocente realidad de su existencia.

(BRC, La lírica metafísica, S. D., Búho, 2011, p. 416)

   En “Viaje al ocre”, Noé Zayas ausculta la propia conciencia al intuir que la configuración orgánica del cerebro tiene la misma organización cuántica del Universo. Navegar en lo seco es, en esencia, una descripción poética de una concepción metafísica y cuántica de la mente humana. Al experimentar escenas y vivencias que orillan el fuero del subconsciente, el poeta acude a la imagen arquetípica que su lírica recrea en términos sensoriales, con las compulsiones interiores de su sensibilidad profunda:

En el viaje a su interior sintió el delirio.

Soñando lo invertido: Delirio del que debió ser y no fue

la infancia real: Refugio del que ha muerto

alguien dejaba desangrar su espada en el polvo ocre

del yermo de los huesos

La cosecha ha de sembrarse aún;

los bordes de la casa permanecen, el patio humedecido

¿Y si mi sangre nunca mengua?

Colocar las cayenas sobre la boca de los muertos:

Así parecíamos menos.

Otras eran las ciudades, los linderos, los lloros y los sacrificios

¡Oh cabeza que tengo, que no es mía y soporta mi yelmo!

¡Oh atrio de ruinas donde cambió mi sexo!

El que es polvo descansa en el sueño de su carne

No permanecer, no crear camino hacia lo invertido:

Sea breve la muerte del que danza en el tacto de la hiena,

del que humedece de exquisita bebida su memoria.

(Noé Zayas, Navegar en lo seco, Ángeles de Fierro, 2009, p. 14)

 

   En “Un tigre duerme”, Iki Tejada entra en comunión con su propia conciencia desde la cual se conecta con el alma de lo viviente, al tiempo que da cuenta de una singular conexión con la Energía Espiritual del Numen en una sorprendente creación de alto vuelo lírico, metafísico y simbólico. Al hacer de la palabra “tigre” un retrato simbólico de la conciencia profunda, entraña una crítica a quien no sabe olfatear en su interioridad el sentido de la vida y el mundo:

Rabiosos bosques

y voces de remotos soles

despertaron al tigre.

Pero como el mar

lleva en sus ojos la noche

sin salir de la fuente.

Abierto a la entrega

el poderoso animal es un niño

en su seno materno.

Solo nosotros con espanto buscamos

la salida de un claustro

donde eterna corre una fuente.

(BRC, La lírica metafísica, p. 350).

 

La escritura poética refleja el talante de la sensibilidad y el perfil de la conciencia. Comparar dos formas existenciales diferentes por sus sensibilidades, por lo que expresan o por la manera como utilizan el lenguaje para canalizar sus conflictos interiores, permite colegir los rasgos individuales, peculiares de cada uno y diferentes del proceder común. Cada cual asume un trayecto para plasmar su propio desarrollo y alcanzar no solo verdades de vida, sino la certeza de la conciencia, como la han logrado Ramón Antonio Jiménez, Carmen Comprés y Noé Zayas. Sin duda que existen en cada sujeto niveles de evolución, según la experiencia que se acumula en la conciencia -por el conocimiento adquirido, por el dolor experimentado, por la fruición disfrutada- por lo cual la conciencia se expande y logra nuevos niveles de desarrollo que van modificando y transformando la propia conciencia. En los citados poetas, hay un desarrollo intelectual, emocional y espiritual.

   Escribió Carmen Comprés unos versos de inspiración metafísica con los cuales alude a la conciencia espiritual:

Se alzaron violentas sus alas
hacia el refugio último
Estancia que vislumbro
y que no llega
A mí
que de entre tus cosas
soy tú mismo

(C. C., Poema y variaciones, S. D., Amigo del Hogar, 2007, 64).

Los iluminados del Oriente creen que el mundo circundante está supeditado al mundo de la conciencia, razón por la cual quien tiene dominio de su energía interior puede controlar el mundo exterior y de esa manera tener una más adecuada percepción y una valoración adecuada de sí mismo. Según esta concepción el significado del mundo depende de la energía interior de la conciencia, que explica la causa de las cosas y percibe el poder de lo viviente. El desarrollo espiritual revela una expansión de la conciencia donde ya no hay lugar al cuestionamiento y la duda, para manejar certezas que afirman la verdad y la convicción de sus vivencias. En Ínsula presentida, Fausto Leonardo Henríquez asume la conciencia como centro de su ensimismamiento reflexivo:

Sangro infancia, avanzo en el estremecimiento.

Mi conciencia abre su mañana.

Me desgarra el origen. Se pudre la noche.

Ay manos que me tejieron, oh ternura

perdida en el Edén.

Sopla en mi nariz tu nombre

para que renazca en el vientre el alba.

   En otro pasaje de su obra, en su cavilación, la persona lírica parece entrar y salir de su mundo interior, grávido y sublime, bajo el aletazo del misterio insondable:

Arrojo mi cuerpo

al precipicio absoluto

donde el Ser olisquea mi esencia.

Huele a tierra mi alma,

a horno, a descarnada penumbra.

Existo como barro y ángel.

Taño mi lira,

atrapado por la profundidad

de mi conciencia.

Estuve aquí auscultando el paso

de quien enciende

las llanuras de los lagos.

Me arrojo a la nada

y existo como libélula de luz.

(FLH, Ínsula presentida, S. P. Sula, Ateneo Insular, 2004, 83).

      En algunos de sus poemas, Sally Rodríguez aborda el estado del ser desde la reflexión de la conciencia con el lenguaje del yo profundo hasta adentrarse en una metafísica de la sensibilidad en comunión mística con lo viviente. Es su manera estética, metafísica y simbólica de enlazar la propia sensibilidad con la energía cósmica. Creación poética única que integra la pureza lírica, la irradiación simbólica y la reflexión de la conciencia, como se aprecia en “Abierta está la noche en mí”:

He vuelto a mi ventana y a la noche

a enroscarme hacia dentro

Ya no pienso

pero existo sí en pobreza

de labio que ha callado

¿Quién fue golpeado

quién rueda reducido a un llanto?

Abierta está la noche en mí

Yo me cierro y contengo

El oleaje que me devuelve siempre

Oh Señor abriré esta ventana

para que salgan estos pájaros.

   Carmen Pérez Valerio busca la relación entre el ser y la cosa, el vínculo entre las criaturas y los elementos y, desde luego, el nexo entre lo humano y lo divino. Entiende nuestra poeta que la intuición poética le ayuda a tomar conciencia de la entrañable urdimbre de la realidad y a tomar una posición estética, metafísica y simbólica. Se trata de fomentar una actitud de compenetración entrañable desde la conciencia con la realidad. Prevalida del lenguaje y la memoria, Pérez Valerio se abraza a lo viviente y toda ella es integración y entrega mediante una relación empática, como pauta la estética interior. Cuando nuestra poeta recrea lo que su sensibilidad despierta con su acento, fluye lo que su percepción distingue a la luz de sus antenas interiores, que se enervan en contacto con las cosas haciendo de su creación la expresión de su sensibilidad profunda (8):

Vibro en el fluir de estos pétalos

Surco su forma

y un sinfín de voces hieren

la conciencia tímida del recuerdo

El dolor el silencio

Este caminar por lugares espaciosos

El desencuentro   pasos   más distancia

La angustia de vivir precipitándose

hacia esa otra verdad

La verdad del olvido y el abandono

del no ser y tener la certeza

de este latir constante

de tantos seres repetidos en la memoria

cabalgando sueños para desembocar

en la hondura de tus ojos inciertos

por donde asciendo sin comprender

porqué se deshojan las mariposas.

(CPV, Rumor cotidiano, SD, Búho, 2003, 49)

   Desde nuestra conciencia podemos establecer una relación con la conciencia cósmica, como lo ha hecho Reina Lissette Ramírez, en Sorbos de café. Habiendo usufructuado esa relación entrañable desde su conciencia con el alma de las cosas, testimonia lo que experimenta su interioridad cuando vive esas emociones singulares en su contacto con el mundo. Esa es una faceta de su talento creativo, que se manifiesta con aliento cósmico, intuitivo y erótico en “Esquizofrenia”: “Si mal no recuerdo, esta cabeza que poseo (sí, porque es mía, únicamente mía), tiene muchas navajas o reflejos de luces, parece contener clavos o espinas; pero no sé qué diablos está punzando hasta hacerme sangrar por dentro. Enloquezco con todos estos sonidos modernos del dolor, y me lo digo casi suspirando, ya sin aire, susurrando bien discreto: es un mal registro de las células madre o una falla arquitectónica del corazón…” (9).

   Tiene Quibian Castillo la singular cualidad del artista impregnado de la sensorialidad que cautiva los sentidos y la hondura que subyuga la conciencia. La poesía de este creador interiorista, revela que se sumerge en el pozo de su conciencia para asumir la energía espiritual de lo viviente. Receptor de una voz procedente de la cantera infinita, en Estallido de la carne entra al reino de la poesía y se solaza con la veta metafísica y simbólica del creador que atisba el lenguaje del yo profundo mediante el concurso de la lírica metafísica, por lo cual escucha voces y gemidos de la extraña ladera que apela su conciencia:

Voces, gemidos allá fuera,

quizá era el viento soplando fuerte

frente al espejo,

pero mi voz interna era remota.

(QC, Estallido de la carne, SD, Búho, 2014, 11- 12)

   La verdad de la conciencia, que no siempre se corresponde con la comprensión de la realidad, se vincula al arte que cultivamos, al modo de vida que llevamos. Ciertamente hay niveles de la conciencia, como también de la sensibilidad. No siempre el desarrollo de esas dos facultades va parejo. Los poetas que asumen la creación con plena conciencia de su poder intuitivo saben que al escribir el producto de su experiencia, no inventan ni recrean lo que escriben, sino que expresan el testimonio de sus intuiciones y vivencias. Hay escritores con la capacidad para escribir creaciones imaginarias totalmente inventadas, pero cuando un escritor funda su escritura en sus experiencias se nota la autenticidad en su expresión. Para los efectos literarios, valoramos los aspectos estéticos y la dimensión espiritual, conforme pauta el ideal interiorista; por esa razón le pongo atención a ese aspecto porque cada creador tiene la posibilidad, no solo de desarrollarse como escritor, sino de desarrollar su espíritu y elevar su conciencia. En esa dimensión tiene importancia la creación fundada en intuiciones y vivencias. Conny Palacios, Ramón Antonio Jiménez, Carmen Comprés, Noé Zayas y Ofelia Berrido han dado el testimonio de que su obra no es un producto libresco ni imaginario, sino el resultado de una vivencia. Pensando en el desarrollo de la conciencia, aspecto que el Interiorismo privilegia, le ponemos atención a la literatura como forma estética y expresión espiritual, pues asumimos la escritura con sentido trascendente.

El trasfondo creativo de la conciencia

Hay poetas con una simbología interior que alude al inconsciente. Carl J. Jung hablaba de la “intuición introvertida”, la que percibe los procesos internos de la conciencia. Y hay imágenes que reflejan ese mundo interior de la conciencia. Según George Bataille, para la intuición las imágenes del inconsciente tienen la misma categoría que los objetos o las cosas puesto que reflejan la zona oculta de la mente humana y en consecuencia esas imágenes proyectan la faceta que no perciben los sentidos físicos. Convocan bestias, pájaros y fantasmas que simbolizan miedos, traumas y frustraciones, como lo ha hecho Jaime Tatem Brache, que al nombrarlos, los conjura, y, al conjurarlos, libera la mente de sus pesadillas, neurosis y obsesiones. De esa manera la poesía funciona como logoterapia en función de catarsis liberadora. La experiencia impacta la conciencia ya que participa de un proceso de crecimiento y desarrollo. En ese proceso confluyen el pasado y el presente, el plano real y el plano evocado, y un recuerdo de la infancia se torna vívido en la memoria, con una impronta indeleble, y cuando la memoria recrea lo sentido y lo vivido, aflora el caudal de las vivencias como acontece en los poemas de evocación nostálgica.

   El lenguaje y la memoria reabren la compuerta del inconsciente con el poder revelador de imágenes, símbolos y mitos. La poesía revela la experiencia subjetivada en la conciencia, y el lenguaje simbólico formaliza esas vivencias entrañables. La memoria juega un rol en la evocación nostálgica en cuya recuperación participan la imaginación, la pasión y el lenguaje. Por eso, cuando no estamos seguros en el mundo exterior, nos refugiamos en el mundo interior, y el fuero de la mente se convierte en el alcázar de la propia seguridad. Eso es lo que hacen poetas, pintores, músicos, contemplativos, y cuantos se sienten atrapados por la garra del miedo. Por eso en Hamlet, William Shakespeare escribe: “Prefiero encerrarme en una cáscara de nuez, a soñar horrores”. El sujeto se convierte en observador de su conciencia, al aislarse del “mundanal ruido” y refugiarse en la “escondida senda” por la que han optado los iluminados y los sabios, como dijera fray Luis de León.

   Hay versos, dramas y relatos inspirados en vivencias de la conciencia, como los poemas de Rainer María Rilke, el teatro de Clara Janés y la narrativa de Nikos Kazantzakis, que proyectan fenómenos interiores, al tiempo que orillan temas esenciales del espíritu humano. Es una manera de abordar lo que el contemplativo experimenta en su interior cuando lo subyuga la verdad de la intuición, la llama de la inspiración o el aliento de la revelación. El fuero interior de la conciencia se puede explorar reflexiva o poéticamente. Entraña el procedimiento de concentrarse en la intimidad de sí mismo, pensar la propia conciencia cuando el sujeto entra en comunión con lo viviente y describir lo que acontece en el hondón de la interioridad. Solo la alta poesía logra ese cometido. Es oportuna la reflexión de José Silié Ruiz al respecto: “El tiempo me ha enseñado que se necesita un talento y una sensibilidad muy superiores para desempeñar ese oficio tan complejo de poeta. Es una especie de lucha con el mundo y con las gentes para sondear el drama interior de la conciencia: allí se templa un alma que piensa, en medio de fuegos devorantes y abismos vertiginosos, que suelen derivar en las producciones más excelsas para el espíritu humano, la poesía” (7).

Los autores que han experimentado raptos de conciencia y éxtasis espirituales tienen una espiritualidad ejemplar y obras que debemos estudiar. Por eso los interioristas no solo valoramos la dimensión estética de la obra, sino la veta esencial y trascendente, según lo han ilustrado con sus obras ejemplares autores, como san Juan de la Cruz, fray Luis de León, santa Teresa de Jesús, Rabindranath Tagore, Rainer María Rilke, Paul Valery, Enrique Zinkiewich, Vicente Aleixandre, Jorge Luis Borges, Karol Wojtyla, Clara Janés, Francisco Matos Paoli, José Luis Vega, Luce López-Baralt, entre muchos otros, que enseñan la manera de asumir la realidad y el modo de profundizar en la conciencia.

   El trasfondo conceptual y espiritual de la escritura trascendente es fruto del desarrollo de una búsqueda pautada por sus inclinaciones intelectuales, estéticas y espirituales. Dan testimonio de lo que viven en el fuero de su conciencia. Son autores que viven en ese “otro mundo” del fuero de la interioridad y la trascendencia.

   Los escritores que asumen la conciencia con el rigor pertinente tienen un gran desafío para entender el sentido del silencio, el susurro de las plantas, la voz de otras esferas, el lenguaje del yo profundo. Se trata de asumir la realidad de la conciencia, no como una especulación imaginaria, sino como una realidad que el propio contemplador sabe aprovechar para su obra. Es cuestión de asumir la conciencia para comprender nuestra naturaleza intuitiva, imaginativa y reflexiva.

   El ensimismamiento del ser en su recámara interior, el lenguaje del yo profundo, la huella del inconsciente en la creación, los fenómenos de conciencia y la revelación trascendente mediante la captación de voces y mensajes forman parte de la temática de la conciencia. Los autores con consciencia de su poder interior, instalados en ese plano de la conciencia donde las cosas operan en su esencia, tienen una visión en diferentes tiempos y planos, en una confluencia en que las cosas procuran su integración con la Esencia infinita.

   En mi libro La intuición cuántica de la creación formulé unos planteamientos teóricos que contribuyen a entender la realidad y a tomar conciencia de sí mismo, cuando enfocamos la relación existente en todo lo viviente. La intuición capta la verdad sin el proceso de raciocinio, mediante un vínculo especial con la esencia de lo viviente o con la propia conciencia. El poeta que se ausculta a sí mismo puede escribir desde adentro, desde el otro lado o desde ambas perspectivas, ya que todo es lo mismo, todo es un solo tiempo, todo es un solo sentido, todo es una sola esencia. El Universo propicia las condiciones para que en nuestro cerebro se articulen los mecanismos interiores que permiten crear imágenes y símbolos de la experiencia fraguada en la conciencia.

Crear una obra mística y metafísica implica un proceso de gestación que pasa por un estadio ascético y contemplativo. La poesía de Ramón Antonio Jiménez, Carmen Comprés y Noé Zayas ha sido una fuente de inspiración para reflexionar sobre el tema de la conciencia. En la obra de esos interioristas hay una angustia metafísica canalizada en una metafísica de la conciencia, que su lírica expresa. Esa vertiente interiorista, quizás la más profunda y trascendente después de la mística, le da al Interiorismo la permanencia en la historia de las letras dominicanas y la repercusión en las letras hispanoamericanas.

   Jiménez, Comprés y Zayas tienen la capacidad de estar dentro de su fuero entrañable y ese es su modo de percibir la realidad, que no la abordan desde afuera sino desde adentro; por eso podemos hablar de una realidad a nivel de conciencia, en un estado de conciencia donde su verdadera realidad es su interioridad. Ese mundo en que viven es su realidad. Por eso, este mundo no lo entienden como lo entienden los que viven en el plano de la realidad sensible, ya que el mundo que manejan es su estado de conciencia.

   Desde luego, estoy enfocando conciencia metafísica, la conciencia mental y espiritual, no la conciencia mística. Los psicólogos que tratan el aspecto terapéutico de esos estados de conciencia hablan de “estados expandidos de conciencia”, para no confundir el estado “alterado” de conciencia con el estado “alucinado” de conciencia, ya que la visión expandida es real, no ilusoria, como también es real la experiencia mística.

   En el estado metafísico el sujeto se integra a una energía universal mediante conexiones espirituales con la conciencia cósmica. En eso se diferencia de la realidad estética que es un estadio previo que viven los artistas. Hay una vivencia estética que no alcanza el nivel de la experiencia metafísica. En el ámbito de la metafísica podemos apreciar varios niveles: la realidad estética, la realidad metafísica y la realidad mística, que son diferentes niveles para determinados sujetos. La metafísica está en conexión con la energía cósmica y la mística está en conexión con la energía divina. La experiencia mística es transformante, no así la experiencia metafísica o la experiencia cósmica, y mucho menos la experiencia estética. La experiencia metafísica procura el conocimiento de la esencia profunda. La experiencia mística busca la vivencia de la esencia divina. Por eso, mientras el metafísico indaga, el místico disfruta. Desde luego, se puede tener una experiencia mística sin haber pasado por una experiencia estética, una experiencia cósmica o una experiencia metafísica.

   Hay determinados factores que tienen que darse para que operen esos niveles en la persona. Hay un proceso de humanización, como el desarrollo de la sensibilidad trascendente, pues si esa compuerta de la sensibilidad espiritual no se despliega, no se logran los altos niveles de la interioridad y la trascendencia. Ciertamente, la realidad de la conciencia es una realidad autónoma, independiente de otras realidades de las que he hablado, de tal manera que este es un planteamiento fundamental en el Interiorismo ya que el aporte esencial de la estética interiorista -ya lo dijimos en el V Congreso del Movimiento Interiorista celebrado en Santo Domingo en 2010- cuando sostuvimos que la consciencia de la propia conciencia era determinante para la comprensión de la realidad profunda. Nuestra manera de conocer la realidad es a través de los sentidos, pero ese conocimiento de la realidad también impacta la conciencia. Cuando la realidad impacta a la conciencia, ya no operan solo los sentidos físicos, sino los sentidos metafísicos, que tienen que despertarse en la persona para poder acceder a esos niveles profundos.

   Si enfocamos el fuero de la conciencia puedo entenderme a mí mismo y al mundo que me rodea desde ese estado de reflexión y ensimismamiento. La realidad concreta es como un obstáculo que opaca la percepción de la otra luz. “Qué descansada vida/ la del que huye del mundanal ruido/ y sigue la escondida senda/ por donde han ido/los pocos sabios que en el mundo han sido”. Cuando el contemplativo sale de su refugio interior, la realidad sensible tiene vertientes que lo desconciertan. La “otra realidad”, la luminosa, la esencial, la trascendente, domina su verdad y su ideal. Aquí entra un concepto que hay que desarrollar para entender esto. ¿Saben ustedes cuál es? En ese estadio de la conciencia en que el sujeto vive su mundo, que es su realidad, en ese ámbito luminoso y sutil, ocurre un fenómeno peculiar, que se desarrolla desde la misma conciencia del sujeto visionario, ya que cuenta con lo que he denominado “cordón umbilical espiritual”, el canal del espíritu para conectarse con la esencia del Cosmos y con los efluvios de la Divinidad. En mi libro La belleza y el sentido aparece la clave para entender el vínculo de lo existente con la Esencia de la Creación.

   Desde una óptica creativa podemos entender los conceptos científicos y humanísticos para apreciar lo que ocurre en un estado de conciencia y de lo que ocurre en el movimiento de la materia, que entraña la vida. José Luis Vega, Conny Palacios y Juan Miguel Domínguez lograron la compresión de lo viviente a la luz de la conciencia mediante la conexión del sujeto desde el fuero de su conciencia con la realidad de lo viviente. Se trata de vivir un estado de conciencia plena, que obras como Sínsoras, Radiografía del silencio e Íconos del agua viva, ilustran esos fenómenos interiores en su expresión más pura.

   Las vivencias que han experimentado Ramón Antonio Jiménez, Carmen Comprés y Noé Zayas en su momento fueron tormentosas y hasta riesgosas en términos de su propia salud, pero el poder de la poesía los salvó. Esos creadores tienen vivencias en este mundo y en el otro también, y saben alternar esos dos mundos paralelos, y cada uno lucha a su modo por estar o salir de uno o de otro lado, con la certeza de que no están locos.

   La convicción de conocer y vivir el fuero de la conciencia da un sentido a la existencia y un perfil a la creación. En la medida en que la energía interior de la conciencia se expande, se produce la conexión con la realidad y con otros modos y mundos de existencia espiritual. En esa potencia de la conciencia hay que apreciar, en el plano intelectual, la vinculación de la conciencia con lo teológico, lo místico, lo filosófico, lo lingüístico, lo histórico y lo literario, ya que todo se ensambla. Entonces tenemos que enfocar todas esas vertientes para tener una comprensión abierta y amplia. Comunicar la experiencia de la conciencia, vivir ese estado a plenitud, dar cuenta de lo que experimentan esos creadores en su conciencia acentúa la vinculación con la totalidad.

   Cuando se está en silencio, recogido en su recámara interior, se puede vivir momentos de infinito en los cuales sentirse dentro de uno, y en esa burbuja sutil habitar algo especial, ver detalles que tal vez otros no ven, tener intuiciones sobre vivencias metafísicas o místicas. Si se tiene desarrollada la sensibilidad trascendente, en cualquier momento el contemplativo puede compartir consigo mismo y hacer una creación inspirada en sus vivencias. Ese estado de ensimismamiento se puede provocar para vivir un estadio singular o producir ese estado con un propósito creativo. Hay un contagio de energía, la energía personal y la energía de la alteridad. La energía de la conciencia entra en comunión con la energía de las cosas, lo que genera estados especiales de conciencia, pero hay que tener una dimensión espiritual para experimentar esa experiencia.

Estamos llamados a tener consciencia de lo que hacemos, a darnos cuenta de lo que creamos porque en Interiorismo postula la creación de una literatura que penetre en la esencia de las cosas y para lograrlo hay que entender lo que es el poder de la conciencia, y ver de qué manera se conecta con la realidad, uniendo esas dos energías (la energía de la conciencia y la energía de la cosa) para que el sujeto contemplativo experimente un estado especial en el que puede vivir un momento diferente de la vida cotidiana porque no es igual al hecho de sentarte a ver televisión o escuchar música, o conversar con otra persona, que dialogar consigo mismo. Se puede hablar de la conciencia como una realidad, de la conciencia como fuente de creación, de reflexión o de ensimismamiento. Se siente una sensación de coparticipación con el espíritu porque es una convivencia con una presencia espiritual, una cópula con la propia energía, una fusión con la energía cósmica.

   Cuando presenté el poemario Voy hacia mi casa, de Pedro José Gris, dije lo siguiente: “Esta peculiar obra poética de Pedro José Gris entraña un salto de la conciencia y comprende un viaje al interior de sí mismo... Esa es la razón por la cual al internarse en la dimensión profunda de su vivencia o en el fuero de su conciencia, se hace difícil y complicada su intelección. Desde luego, esta obra tiene la particularidad de que simbólicamente comporta una combinación de realidad y ficción, de vivencia y reflexión, de razón y de intuición, por lo que el autor, para conseguirlo, acude a referencias de la vida moderna y la tecnología actual, pues este es un dato peculiar de esta obra, que hace alusión a la realidad virtual, la realidad metafísica y la realidad real, tres realidades que se fusionan y se combinan admirablemente en esta obra poética de Pedro José Gris. Implica, por tanto, un salto a un universo singular que explica un yo metafísico ya que el poder de la creación que entraña el Logos de la conciencia reclama una inserción en el centro mismo de la interioridad de la mente a la luz de las verdades reveladas que de alguna manera concitan su sensibilidad y su conciencia” (10).

   Entiendo como conciencia esa dimensión de la mente que almacena, reflexiona, crea, produce imágenes y conceptos, como una realidad diferente de la realidad que conocemos, ya que para algunos creadores el fuero de la conciencia es más importante que la realidad circundante.Esos poetas de la conciencia articulan en su interior una correlación con la cosa, piensan en el tiempo, en su angustia, en su vivencia, en su relación con la naturaleza. Su obra es fruto de esa dinámica de la conciencia. Podríamos decir que en este estado de conciencia, en ese nido interior (hay un estado de conciencia que solo existe dentro del trance), se alienta la creación metafísica y mística. Por eso Carmen Comprés habla del “rayo mágico” en el que todo se da sin poder asirlo. Desde el fuero de su conciencia, la poeta expresa: “Y siendo mi propia espectadora en reflexión profunda, alzo mi alabanza. Pero hay otras sendas que sigilosas asoman…Albriciada de luz en la infinita ansia de pisar los umbrales de la noche insondable, veo en sus reconditeces ocultar la Grandeza Divina que todavía me está vedada. Aun así, esto que está dentro y más allá de mí misma, palpita de vida. Lo que en pugna por nacer luz, en alas de plata vadea la superficie del espumoso semblante hasta alcanzar ese aire ligero que arranca de cuajo el velo que cubre los espejos y han de darme el rostro ansiado que aun navega en el silencio”.

   Carmen Comprés tiene una voz que le habla y, en ese tenor, es de las pocas que ha penetrado el plano de la conciencia asumiéndola como fuente de creación. Por esa razón siente que nadie la entiende. La gran poesía tiene una parte vedada, una zona de misterio. Los poetas metafísicos atrapan la vertiente inédita de las cosas, la dimensión sutil de la trascendencia y la hondura intangible de su propia conciencia, de tal manera que algunos dan con la clave para atrapar intuiciones profundas o el secreto para orillar otros mundos. Como dijera William Blake, saben “ver un mundo en un grano de arena”, es decir, pueden contemplar el cielo de todos los mundos.

   Conny Palacios nos contó que una vez, cruzando un puente, sintió que cruzaba a otro espacio, que de pronto se sintió inmersa en una realidad extraña y dejó de ser ella y sintió que era la flor, el río, los árboles, y de repente le dieron ganas de quitarse la ropa y correr, era que algo le llenaba infinitamente, fue un encuentro cósmico pues sintió que ella era todo y sintió la presencia divina consigo; esa experiencia cambió su perspectiva de vida.

   Para quienes asuman la creación como fuente de contacto con la Esencia infinita, la poesía es una religión, y dichosos los que han llegado a ese concepto. Eso implica una entrañable compenetración consigo mismo, pues creadores como Jiménez o Carmen Comprés, viven inmersos en su interioridad, y cuando salen del fuero de su conciencia donde protagonizan singulares experiencias, se codean con emanaciones de la Esencia infinita bajo el ámbito sutil de su experiencia trascendente. Se trata de una verdad que entraña la certeza de la conciencia con la vivencia de la belleza sublime, vivencia que culmina en Dios. Es una manera de armonizar con su mejor yo, de sintonizar las formas secretas en una conexión profunda y permanente con la esencia del Universo. En definitiva, se trata de una conexión con lo profundo, desde la conexión de su conciencia con la conciencia cósmica, semejante a la gota que retorna al mar y se unifica con su origen.

   Sorprendidos por lo que les ha sido revelado, los poetas sienten que un comando superior a su autodominio asume el control de sus sentidos y les es dable ver visiones y oír voces. “Oír voces” es un fenómeno de la conciencia que la ciencia no tiene manera de explicar, puesto que supera la capacidad ordinaria de la conciencia humana. Pero aunque la ciencia lo ignore, hay fenómenos de la conciencia experimentados por poetas, místicos y profetas en estado de vigilia en algunos o en estado de sueño en otros, a cuyo través reciben mensajes, casi siempre indescifrables por su procedencia de la cantera infinita.

   En “Nosotros”, Mikenia Vargas plantea la búsqueda o la explicación de la conciencia como una dualidad que equilibra nuestro ser. La certeza de esos dos polos que forman la conciencia mental y la conciencia espiritual concilian el equilibrio de nuestra vida como creadores inmersos en dos ámbitos, la realidad física y la realidad metafísica:

En el último quejido
de mi angustia acógeme.
Siembra en mis verdades
la otredadde tu existencia
confusa     cierta   permanente
Y en el destello de tu dualidad,

cual polo que equilibra y que separa,
divagar por siempre
desde mi propio ser a esta realidad
.
(Correo electrónico a BRC, 21-2-15)

   En esa línea de creación, centrada en una metafísica de la conciencia, figuran los poetas fundamentales del Interiorismo, desde Ramón Antonio Jiménez hasta Jennet Tineo, cultores de una fecunda y auspiciosa poética de la conciencia. Así, en “Conozco de la noche”, enviado al suscrito por correo electrónico el 18 de enero de 2015, la joven autora reflexiona sobre el enigma de la naturaleza desde la percepción de su conciencia:

Conozco de la noche

el relámpago del fuego consumido

el círculo de tiza donde se para la lluvia

Conozco de la noche los ojos de luna

descubierta, mal herida

y aterrizada en suspensión sobre las nubes

espesa  y oscura cueva del espacio

lugar que nos convoca

almas del origen ignorado

mal aventurero de los cielos

hombres y mujeres desaparecidos

rostros solares y de tiempo

conozco de la noche su privilegio

su oscuro don de astro apagado

¿Crece en su útero celeste el miedo o el amor?

Porque es la noche el infinito útero,

el ciclo pasivo donde todo finge su muerte

las creencias descreídas

vibran sutilmente invadiendo la materia

y lo sé, puedo verlo con los ojos interrumpidos

y lo sé, lo sé todo

pero la noche vuelve a despertarme

hacia el sueño.

   En imágenes del inconsciente, aflora la profundidad de la conciencia cuando los poetas expresan la certeza de su verdad. La poesía que ausculta el fondo de la conciencia revela los laberintos de la mente y activa vivencias y emociones soterradas mediante el concurso de símbolos y arquetipos que el inconsciente perfila y revela en su misteriosa forma del lenguaje de la conciencia, que es el lenguaje de la intuición metafísica. La poesía de la conciencia es una emanación del yo profundo que la palabra revela.

   De ahí la importancia de la vida interior de la conciencia, índice y expresión de una espiritualidad metafísica o mística. Si a la sensibilidad estética se suman la hondura de la conciencia metafísica y la hermosura de la conciencia mística, señales son de una singular dotación que enaltece a quien tiene esa triple condición de la mente esclarecida. Por eso la sensibilidad espiritual, con la sabiduría que aporta la inteligencia sutil y la fruición que fragua la sensibilidad trascendente, inspiran hermosas creaciones que fecundan la llama del Espíritu y la conciencia trascendente. La búsqueda del creador inmerso en la fragua de la conciencia estética, la conciencia cósmica y la conciencia mística es una hermosa vía para encauzar la más alta aspiración humanística de la sabiduría y el amor a la luz de la verdad que edifica y la belleza que cautiva.

Bruno Rosario Candelier

Encuentro del Movimiento Interiorista

Santo Cerro, Rep. Dominicana, 28 de febrero de 2015.

Notas:

  1. Henri Bergson, Introducción a la metafísica, Buenos Aires, Leviatán, 1956, pp. 29 y 132ss.
  2. Henri Bergson, Ob. cit., p. 69.
  3. El tema de la conciencia lo hemos tratado en muchos encuentros literarios del Movimiento Interiorista y, en particular, el suscrito lo ha enfocado en varios de sus ensayos críticos, como se puede apreciar en el Logos en la conciencia (Santo Domingo, Academia Dominicana de la Lengua, 2008) y en otros ensayos.
  4. Carta a Bruno Rosario Candelier, fechada en San Pedro Sula el 21 de febrero de 2009.
  5. Henri Bergson, Ob. cit., pp. 132-133.
  6. José Silié Ruiz, “¿Y para qué sirve un poeta?”, en Hoy, 18 de enero de 2015, p. 8A.
  7. Bruno Rosario Candelier, La lírica metafísica, Santo Domingo, Búho, 2011, pp. 353ss.
  8. Reina Lissette Ramírez, Sorbos de café, San Francisco de Macorís, Papiros, 2013, p. 37.

Acerca del autor


Bruno Rosario CandelierNació en Moca el 6 de octubre de 1941. Filólogo, ensayista, crítico literario, narrador, educador y promotor literario. Es licenciado en educación por la Universidad Católica Madre y Maestra y doctor en filología hispánica por la Universidad Complutense de Madrid. Preside la Academia Dominicana de la Lengua y es miembro de la Academia Norteamericana de la Lengua Española.

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