Por Bruno Rosario Candelier

 

El vasto misterio de la noche

se confunde con tu semblante pálido”.

(Dinápoles Soto Bello)

 

A Rosario Granados y Jorge Rincón,

Cultores de la ciencia que edifica y complementa.

   Me complace participar en la presentación de la primera obra poética de Dinápoles Soto Bello (1) que, para los que no lo conocen, probablemente sea una sorpresa saber que él, como profesional de la física, asume la metafísica para canalizar su poesía como una forma de creación y una vía de testimonio de sus intuiciones y vivencias, como realmente se puede apreciar en este libro de poemas publicados en Hojas del camino.

Dinápoles Soto Bello tiene la singular dotación de que es el único poeta dominicano que es al mismo tiempo físico y metafísico, y esa es una distinción exclusiva del poeta banilejo, pues no conozco ningún poeta dominicano que sea físico y metafísico a la vez, como es nuestro agraciado amigo. Porque como físico, Soto Bello cultiva el estudio de la naturaleza; y como metafísico aborda el arte de la creación poética, de manera que en su creación hay datos indudables de esa doble vocación de nuestro escritor. Y, además, en su categoría de científico creyente cultiva la espiritualidad, de la que su obra lírica da evidencia con alto sentido de la trascendencia.

   Decir que Dinápoles Soto Bello es un físico-metafísico indica que ama la naturaleza, ama la poesía y ama la espiritualidad. Cuando ustedes lean los poemas publicados en este libro se van a dar cuenta de que efectivamente esos atributos están armoniosamente combinados en la creación poética del ilustre banilejo aplatanado en Santiago porque esos atributos forman parte de la sensibilidad y la conciencia de este poeta interiorista. Y esa peculiaridad es determinante en la obra de creación, porque todo el que escribe, se manifiesta a sí mismo, expresa lo que mueve su sensibilidad y canaliza lo que hay en su conciencia; y entonces esas dos vertientes del saber, en las que nuestro poeta funda su creación, como son la física y la metafísica, están presentes en la cosmovisión, la espiritualidad y la creación poética de Dinápoles Soto Bello.

   Ya este buen hombre tiene 50 años como docente en la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra, y cuando me jubilé de esta universidad como profesor, creía que yo era uno de los profesores con más tiempo de ejercicio en esta prestigiosa institución docente porque duré 5 años como estudiante y 35 años como profesor; pero al saber que Dinápoles tiene 50 años como profesor, imagínense ustedes lo que eso significa para nuestro querido poeta, ¡50 años de docencia!, signo de una larga vida y de un singular aporte en este centro académico. Fue en los años sesenta del siglo pasado cuando lo conocí en esta universidad. Él había venido desde Baní, donde nació y se crió; y supe luego que a él le gustaba la poesía. Un día el propio Dinápoles me lo manifestó con cierta alegría y también con cierto temor porque él sentía que ejercía el oficio de poeta de manera marginal en su carrera de científico de la física, y la poesía era una actividad estética, metafísica y simbólica en la que él incursionaba con cierto atrevimiento, aunque con indudables condiciones espirituales. Esa sensación suelen tenerla quien entiende que la poesía es algo “muy especializado”, o que esa vocación es para gente muy inteligente o para alguien altamente dotado para el arte de la creación literaria. Pues bien, yo les digo que no es así. La poesía, como cualquier arte, como la espiritualidad o como la creatividad, es para todo el mundo porque es una manifestación del espíritu y del genio creador que todos llevamos dentro, y el espíritu forma parte de nuestra esencia distintiva. Y recuerdo también que un buen día Dinápoles, sabiendo que a mí me gustaba el cultivo de la espiritualidad, sobre todo a partir del momento en que concebí la creación del Interiorismo como movimiento literario que le prestaba atención a la dimensión espiritual de la trascendencia, él tuvo la gentileza de obsequiarme una obra de Henri Bergson, Introducción a la metafísica, donde el pensador francés aborda la metafísica y, desde luego, la intuición como vía de conocimiento y de creación. Es una obra clave para conocer la intuición, concepto que tiene singular presencia en el ideario estético del Movimiento Interiorista, del que nuestro poeta forma parte (2) y, además, tiene una alta presencia y una enorme significación en el acto de la creación, y ese detalle, el aspecto intuitivo de su creatividad, se manifiesta en el talento creador y en la obra poética de Dinápoles Soto Bello.

   De los poemas del libro Hojas del camino (3), me llamó poderosamente la atención el titulado “Tiempo muerto”, en el que hay una frase que retrata de cuerpo entero la sensibilidad y la conciencia de Dinápoles Soto Bello. Oigan lo que describió este agraciado autor en ese hermoso y edificante poema de su inspiración: “Paisaje y conciencia:/dos soledades confundidas/en una sola mansedumbre”.

   Pues bien, “paisaje y conciencia” son dos palabras claves para la definición de la cosmovisión y la personalidad física y metafísica de Dinápoles Soto Bello: el concepto implicado en el vocablo “paisaje” se vincula a la física, y la idea que entraña la palabra “conciencia” se asocia a la metafísica. La elección de dichos vocablos fue un acierto intuitivo, lexicológico y literario de parte de nuestro poeta al elegir esas dos palabras. ¿Saben por qué? Porque el concepto “paisaje” alude a la sensorialidad, pues refiere lo que un ambiente refleja, dato que capta el sentido de la vista, que es uno de los cinco sentidos corporales con que contamos para captar la dimensión sensorial de lo existente. La sensorialidad de las cosas tiene que ver con la física porque alude a lo material o a la materialidad de lo existente. Entonces, esa palabra tiene esa representación física respecto a la naturaleza de lo viviente. Y la palabra “conciencia”, al referirse al poder interior de la mente, alude a la espiritualidad, es decir, a la dimensión metafísica y trascendente de la interioridad humana y a los fenómenos invisibles de la realidad intangible. Por consiguiente, esas dos palabras (“paisaje y conciencia”) retratan la vocación física y metafísica de Dinápoles Soto Bello: “Paisaje y conciencia: dos soledades confundidas”, ¿confundidas en qué? (“en una sola mansedumbre”). Entonces esas palabras, claves en la poética de Dinápoles, confluyen “unidas en una sola mansedumbre” y, en tal virtud, tienen una connotación de alta espiritualidad; probablemente el autor no tuvo plena conciencia de lo que estaba diciendo, pero sí tuvo una alta intuición para articular lo que su sensibilidad percibía. Al decir “confundidas en una sola mansedumbre” está aludiendo a la orientación espiritual de los antiguos taoístas chinos, que enfatizaban esa disposición del espíritu humano para aceptar el fluir de lo viviente como enseña la mística del Tao, que sugiere no ejercer oposición contra nada, tener una actitud abierta y comprensiva para sentir y percibir el fluir de la naturaleza y adaptarse a lo que suceda en la forma como acontezca: “Confundidas en una sola mansedumbre”. Pero al mismo tiempo esa frase hace pensar en la posición cosmológica de los antiguos pensadores presocráticos, que también hablaban de “mansedumbre” como una forma de enseñarle a la gente que hay que acoplarse al dictado de la naturaleza, que era la vocación suprema de esos contemplativos griegos que fueron, casualmente, los primeros en articular una visión del mundo a través de la naturaleza por cuya contemplación descubrieron las leyes de la naturaleza, que la actual ciencia de la física cuántica ha certificado. Entre esos contemplativos descollaba Heráclito de Éfeso, el primero en el mundo occidental en concebir un concepto clave para interpretar lo que esencialmente somos los seres humanos. Ese concepto lo plasmó en la palabra Logos. Ese pensador presocrático decía que el Logos de la conciencia era la mayor dotación que ha recibido el ser humano, y esa dotación viene directamente de la Divinidad, razón por la cual sostenía que con el Logos encarnamos la clave de una energía sagrada. Esa energía sagrada se manifiesta creadoramente a través de la palabra y de un modo especial a través de la palabra poética. Pero al mismo tiempo, esa “mansedumbre” de la que habla Dinápoles evoca la orientación teológica del Cristianismo porque, ¿no recuerdan ustedes lo que decía Jesús cuando enseñaba que había que ser manso (“manso y humilde de corazón”, leemos en el texto bíblico), expresión con la que hace referencia a mansedumbre del espíritu. Por tanto, el poema de Dinápoles Soto Bello, “Tiempo muerto”, es un poema profundo, luminoso y revelador de una concepción del mundo y de la vida humana centrada en un principio espiritual a la luz de una orientación humanística en la que se conjugan ciencia y arte, vida y trascendencia, materia y espíritu, entrelazados y compenetrados desde el fluir de lo viviente hacia los efluvios de lo divino mismo. En “Tiempo muerto”, nuestro poeta revela la concepción física y metafísica de su conciencia espiritual, las dos anclas en las que ha conducido su existencia en el camino de su vida:

Presencia vegetal del silencio.

Ceros absolutos.

Infinito total.

Paisaje y conciencia:

dos soledades confundidas

en una sola mansedumbre.

Mismidades holladas en el instante,

apretadas de vacío,

suspendidas

del punto solo de la realidad inmóvil.

El hombre está ahí

quieto en su espacio fijo

de geometría dormida.

Sus ojos abiertos no son más

que dos absortas circunferencias en exilio…

El tiempo no respira ya.

Cadáver cósmico en la tarde.

   En esas facetas de la realidad cósmica, figura la vertiente de la física, que alude al mundo de la naturaleza, es decir, a la sensorialidad de lo viviente, a todo lo que acontece en el mundo; y figura también la vertiente de la metafísica, que alude a la espiritualidad y la trascendencia, es decir, a la condición excelsa de la inteligencia de los hombres para sentir la dimensión interior y trascendente de fenómenos y cosas. Eso es lo que concibe y expresa Dinápoles Soto Bello cuando crea esa singular expresión con su intuición poética: “Paisaje y conciencia:/dos soledades confundidas/en una sola mansedumbre”.

   Naturalmente, hay que tener talento creador para fundar una visión del mundo y una percepción de fenómenos y cosas desde sus propias intuiciones y vivencias, como lo hace el poeta banilejo radicado en la ciudad del Yaque. En todos los poemas que hay en este poemario, que el autor divide en tres partes, se aprecia el recorrido de su vida desde su juventud hasta la madurez. Y en ese recorrido está el mundo, están plasmadas sus vivencias entrañables y las experiencias que nutrieron su sensibilidad, que forjaron su conciencia y que convirtieron a Dinápoles Soto Bello en un autor que siendo físico es al mismo tiempo metafísico, como lo revela esa compenetración material y espiritual de su ser con el ser del mundo. Justamente, cuando nuestro poeta pone su alma en conexión con el alma de lo viviente experimenta esa comunión entrañable con el mundo y a ratos la emoción se extrapola a su conciencia al experimentar un estremecimiento de fulgores. Se vuelca la sensibilidad del físico entrelazada a su conciencia metafísica; su ser se hace uno con el ser del mundo y se compenetra con la espiritualidad del metafísico que convive en Dinápoles Soto Bello, y entonces la potencia creadora que hay en el poeta se manifiesta a través de la palabra, justamente para testimoniar sus percepciones entrañables, su definida visión del mundo y la hermosa faceta espiritual, que es la expresión más profunda y valedera de su sensibilidad interior. Eso es hermoso apreciarlo en un creador como Dinápoles que despliega ante el mundo todo su ser, que anhela compenetrarse con lo viviente y quiere hacernos sentir justamente lo que él siente entrañablemente: esa vivencia espiritual, ese sentimiento de identificación con lo viviente, y esa luz que le llega de lo Alto y que de algún modo lo ilumina y hace que su talento creador se plasme en cada uno de sus poemas, como confiesa en una suerte de oración y testimonio de un corazón enamorado de lo humano y lo divino, como efectivamente lo manifiesta el poeta en su poema “Ruego”, donde se aprecia la huella mística al modo de Amado Nervo, el acento emocional según el talante de Pablo Neruda y la compenetración interior de un Manuel Valerio:

Perdóname, Señor, por haberla amado tanto,

si a veces por mirarla me olvidé de tus ojos;

si mis versos son pena, si mis penas son llanto,

perdóname, Señor, vengo hacia ti de hinojos…

Yo busco entre tus brazos el sueño del olvido,

y busco en tus palabras la luz de mi esperanza.

Señor de los consuelos: recógeme en tu nido,

y no le digas nunca lo que mi voz no alcanza.

Era como una aurora, casta como una flor;

en su espíritu el mío encontró sus esencias;

acunaban sus ojos un profundo fulgor

¡y en su voz candorosa encontré mis cadencias!

Fue su amor de mi cielo rutilante lucero;

me entregó son sus labios la pasión más sentida,

y llagando sus labios con el fuego primero,

en medio del placer me olvidé de tu herida…

Tú que curas enfermos, la tempestad serenas,

al pecador perdonas, ¡inúndame de luz!

Porque ahora que llevo el peso de mis penas

comprendo lo infinito del peso de tu Cruz…

Dormía en sus cabellos la flor de la leyenda;

eran sus manos pálidas huerto de mi llanto;

mas ahora, ¡oh Cristo!, te la doy como ofrenda.

Perdóname, Señor, por haberla amado tanto.

   En la creación poética de Dinápoles Soto Bello, como en toda genuina creación, el fondo postula una forma, y ya sabemos no hay forma valedera sin sentido. Toda creación postula una forma de expresión afín a la naturaleza de su contenido. Dios creó el mundo bajo el ordenamiento de unas leyes cósmicas que articulan el fluir de lo viviente en su naturaleza peculiar. Y acopló en las cosas materiales una huella del aliento divino. Hojas del camino no es sino una muestra de esa configuración física y espiritual de lo viviente.

El hombre creó el lenguaje con el que plasma su creación científica y artística, que intuyó en la observación de la realidad o le fue revelada a través de imágenes y símbolos que la palabra formaliza en su expresión estética, científica o simbólica mediante el caudal de conocimientos, intuiciones y vivencias a la luz de las percepciones y las valoraciones de fenómenos y cosas, que la sensibilidad atrapa y la conciencia perfila y revela.

   Dinápoles Soto Bello canaliza su vocación física y metafísica en una creación estética y simbólica como es su creación poética para dar con el sentido del mundo y la razón de la existencia humana en una suerte de reflexión del discurrir de lo viviente, como se ve en “Poema del hombre”:

Mira a tu alrededor. Contempla los viejos muros,

las calles polvorientas, las multitudes tormentosas

arremolinándose en las orillas de tu silencio…

Mira tu rostro envejecido,

tus manos color tiempo,

tus viejas ilusiones vagabundas

resolverse en estatuas de la nada…

¡Oh humano! Tu pecho se encendió

anhelando lejanos hemisferios,

inaccesibles meridianos

imposibles infinitos…

Tus velas conocieron

todos los puertos de la Tierra;

tu corazón voló,

ávido de vida, de viento, de estrellas,

más allá del tiempo y del espacio…

Humano: En el confín de tu destino

se quiebran las horas de los días

y te duele el pesar de los minutos,

el ruido del agua cuando llueve,

el resplandor extraño de la aurora

después de tus noches de bohemia…

   Quienes cultivan el arte de las humanidades (poesía, filosofía, mística) les conviene nutrirse de alguna disciplina científica (física, biología, antropología) para canalizar su visión del mundo en su creación estética, metafísica y simbólica. La búsqueda del hombre interior forma parte de las indagaciones metafísicas de Dinápoles Soto Bello, según revela en “Vigilia 3”, donde manifiesta la apelación cósmica de la conciencia ante la majestad del Universo y el esplendor de la Creación, tendencia que canaliza en hermosas y sugerentes imágenes poéticas:

Medianoche.

Hora cósmica, imponente,

erigida en tranquila llama vertical

cima del tiempo,

el punto más alto de la noche…

Desde la ventana

respiro las cosas plenamente.

El silencio se resuelve en estrellas

sobre la ciudad dormida,

mientras el espacio avanza

sus estalagmitas flotantes…

Desasimiento cósmico,

completa suspensión de la memoria;

fosforescencia onírica de la materia…

   El mundo está lleno de cosas, conceptos y palabras. Con el lenguaje expresamos nuestra concepción de la realidad, así como cuanto sentimos y vivimos. Y cuando pensamos, lo hacemos en conceptos o en imágenes, que nuestra creación canaliza mediante el lenguaje. Y esa creación tiene un contenido, una forma y un sentido, dimensiones que manifiestan lo que capta la intuición, lo que atrapa la inspiración o lo que dona la revelación. Y cada autor tiene su manera personal de expresión, por lo cual hablamos de la voz personal, la voz de las cosas o la voz universal. En “Poema del hombre” nuestro poeta reflexiona sobre el proceder en la vida, al tiempo que ausculta su conciencia en pos de la verdad que edifica con la belleza que conmueve:

¡Cuántas veces no escuchaste

el torbellino apasionado de tu sangre!

¡Cuántas veces no sentiste

la rebelión incontenible de tus células,

la rabiosa locura de vivir!

Y nada pudo detenerte…

ni los atávicos principios,

ni los tentáculos sociales,

ni lógicas, ni dogmas…

Te entregaste al ardor,

a la inquietud, al deseo…

Tus ojos se llenaron de barro,

te bebiste la noche de tus sueños

se cubrió tu frente de crepúsculos,

y en la inmensidad de tu nostalgia,

de tu desesperación,

de tus lágrimas,

prismas de soledad

dividieron el tiempo…

   El poemario Hojas del camino representa el camino de la vida y también el camino de la trascendencia en la visión física y metafísica, lírica y simbólica de este valioso creador interiorista cuya obra celebramos y nos congratulamos con el afortunado autor por todo lo que nuestro poeta expresa, canaliza y sugiere en estos versos consentidos y reveladores de su sensibilidad física y su intuición metafísica que su palabra encarna y revela en las imágenes y símbolos de su luminosa vocación poética.

Bruno Rosario Candelier

Presentación de Hojas del camino

Santiago, PUCMM, 10 de mayo de 2019.

Notas:

  1. Dinápoles Soto Bello nació en Baní en 1941 y reside en Santiago. Cursó estudios de ingeniería civil en la Universidad Autónoma de Santo Domingo; en el Instituto Tecnológico de Monterrey, México (Licenciatura en Ciencias Físico-Matemáticas, 1966) y en Caen, Francia (Maestría en Ciencia Física, 1970-1972). Y asistió a cursos de perfeccionamiento tanto en nuestro país como en Francia y en Alemania. Ha participado en seminarios, paneles y congresos con charlas y conferencias sobre temas de su especialidad. Es autor de textos para la enseñanza universitaria y ha publicado artículos en revistas nacionales e internacionales. Es miembro de la Academia de Ciencias de la República Dominicana, de la que recibió dos distinciones: Premio Nacional de Ciencias (1992) y Laudatio Académica (2007). Es profesor emérito de la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra (PUCMM). Ha participado en coloquios poéticos, y poemas suyos se han publicado en el Listín Diario. Es miembro del Grupo literario “Domingo Moreno Jimenes”, del Ateneo Insular en Santiago, bajo la dirección de Bruno Rosario Candelier, creador del Movimiento Interiorista, en cuya antología poética aparece antologado. En la PUCMM impulsó la tendencia de poesía físico-matemática, con estudiantes y profesores cuyas contribuciones se publicaban en la revista Magister de física, matemática y sus aplicaciones.
  2. En la antología poética El Interiorismo: Doctrina estética y creación literaria (Moca, Ateneo Insular, 2001), escribí sobre Dinápoles Soto Bello lo siguiente: “Natural de Baní, reside en Santiago de los Caballeros, donde imparte docencia en la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra. Ingeniero en física, estudió en México y Francia. Articulista de temas científicos, investigador de las ciencias físicas y matemáticas, brillante expositor, participa también en recitales poéticos y actos literarios. Forma parte del Ateneo Insular a través de su integración al Grupo literario Domingo Moreno Jimenes en la ciudad del Yaque. Su vocación metafísica la canaliza en poesía para dar con el sentido del mundo y de la existencia humana. La búsqueda del hombre interior forma parte de sus indagaciones metafísicas, como se puede apreciar en su producción poética. Miembro de la Academia de Ciencias y del Movimiento Interiorista del Ateneo Insular”.
  3. Dinápoles Soto Bello, Hojas del Camino, Santo Domingo, Amigo del Hogar, 2019.

Acerca del autor


Bruno Rosario CandelierNació en Moca el 6 de octubre de 1941. Filólogo, ensayista, crítico literario, narrador, educador y promotor literario. Es licenciado en educación por la Universidad Católica Madre y Maestra y doctor en filología hispánica por la Universidad Complutense de Madrid. Preside la Academia Dominicana de la Lengua y es miembro de la Academia Norteamericana de la Lengua Española.

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