Por Luis Quezada Pérez

 

BRUNO ROSARIO CANDELIER: La historia que se cuenta en El Sorato de Magdala está vinculada con dos parejas de épocas diferentes: una pareja cibaeña de nuestro tiempo y la pareja clásica de la etapa inicial del Cristianismo, Jesús de Nazaret y María de Magdala. La relación espiritual que hubo entre Jesús y María Magdalena, como la que hubo en la pareja cibaeña, es el tema que el autor plasma esta novela epistolar, primera novela que se publica en nuestro país con esa modalidad escritural. Y los dos narradores, Aurora y Barranco, desarrollan mediante intercambio de cartas el núcleo de la trama narrativa. Vamos ahora a cederles la palabra a dos notables intelectuales dominicanos, el teólogo Luis Quezada y la historiadora de arte Laura Gil, para que nos den la valoración que ambos tienen de esta novela.

LUIS QUEZADA: Los escritores tienen un problema debido a que sus creaciones literarias no las producen en el momento preciso y oportuno porque no lo andan buscando tampoco. Entonces, la pertinencia y la relevancia de una obra salen en el momento en que ni es pertinente ni es relevante, pero ese no es el caso de El Sorato de Magdala. No sé si Bruno Rosario Candelier lo hizo, como dicen los abogados, con premeditación y alevosía, sacar esta novela en este momento porque la iglesia está reivindicando, después de 2000 años de mantenerla invisible, a una mujer que es la mujer por antonomasia del primer siglo de la Cristiandad, María Magdalena. Ninguna mujer es más citada en los textos canónicos que María Magdalena. Quizás la madre de Jesús podría tener más citas, pero María Magdalena era una gran seguidora de Jesús. Entonces, me parece que en este momento, hace 30 años, el primero que la comenzó a reivindicar fue el Papa Juan Pablo II en una exhortación apostólica que se llama Mulieris dignitatem (A la dignidad de la mujer), y ahí nombra con un título clásico que viene de la antigüedad, María Magdalena: la apóstol de los apóstoles, porque eso fue María Magdalena. No es una coincidencia el hecho de que los cuatro evangelios canónicos la ponen como la primera testigo de la resurrección. En una sociedad judía en donde la opinión de la mujer valía menos que nada, pues la mujer no tenía calidad, la mujer siempre era infantil; no tenía calidad para ser testigo en un juicio. Su testimonio no valía. Entonces, hace 30 años Juan Pablo II la reivindica que, por cierto, no sé si con premeditación y alevosía, Bruno incluye a Juan Pablo II en un pasaje de esta novela. Y, en segundo lugar, hace 3 años, el papa Francisco acaba de dar un palo exigiéndole a la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe, que litúrgicamente el recuerdo de María Magdalena deje de ser memoria y se convierta en fiesta con el mismo rigor con que se celebra la fiesta de los demás apóstoles. El 22 de julio celebramos a María Magdalena, ya no como memoria, sino como fiesta. Hago toda esta perorata inicial porque la novela de Bruno ha salido en el momento más preciso y oportuno, como ha sido la publicación de El Sorato de Magdala.

   Lo primero que voy a resaltar es el hecho de que es un invento de la creatividad literaria de Bruno. Yo he buscado en los diccionarios de la Real Academia Española a ver si existe la palabra sorato. No existe. Es un invento de la imaginación fecunda de Bruno Rosario Candelier. Segundo, la novela es una extrapolación del siglo primero y el siglo XXI. El narrador juega con dos parejas: una pareja que es del siglo primero, que es María Magdalena y Jesús de Nazaret; y, en el siglo XXI, Aurora y Barranco. Precisamente la novela va a cifrar en dos mocanos el protagonismo; dos mocanos campesinos de una región de Moca llamada Villa Trina, en una sección llamada Los Bueyes; de ahí es la muchacha protagonista de la novela, que se llama Aurora. Un nombre que no es el nombre, según la novela no es su nombre de acta, sino que es el nombre que ella a sí misma se dio el día que radicalmente cambió su vida, y les voy a decir cómo Bruno presenta ese momento: Entonces, él escoge a una muchacha, Aurora, el nombre es extremadamente importante… Bruno tiene una obsesión con el nombre de Aurora que, no sé si eso brota de su inconsciente, porque ya en El sueño era Cipango aparece Aurora. Bruno es un novelista de los orígenes; es un novelista genesíaco. Las tres novelas que nos ha regalado son novelas genesíacas. Por ejemplo, El sueño era Cipango es una relación genesíaca de nuestra Dominicanidad, con las raíces hispánicas. Después publicó, una novela que habla sobre los orígenes de la Mocanidad: El degüello de Moca, aquel hecho trágico que ocurrió el 3 de abril de 1805, cuando pasaron las tropas de Cristóbal y Dessalines, y asolaron la villa de Moca en el templo de Nuestra Señora del Rosario, donde hicieron una masacre dentro del templo, y Bruno lo narra con una narrativa sumamente ágil. Esa faceta de su talento creador es una de las cosas buenas que tiene la narrativa de Bruno, que se lee con seguidilla. Ahora se va más lejos: a los orígenes del Cristianismo; y se va a la pareja bíblica del Cristianismo del siglo primero, que son María Magdalena y Jesús de Nazaret, y la hace cruzar con una pareja de campesinos mocanos: Aurora y Barranco, que son de Los Bueyes, Villa Trina. Ella de Palo Seco y él de Pedregal. Es una novela epistolar, es decir es un texto cuya estructura son 82 cartas que se mandan dos personas. La estructura epistolar para una novela, pienso que pudiera ser aburrida, pero, ¿cuál es la magia? Son cartas que empiezan desde el 3 de enero del 2001 hasta diciembre de ese mismo año (lo cual no sé si es una coincidencia o diosidencia el hecho de que las cartas estén escritas en el 2001, ya que en esta fecha hubo un corte dramático de la historia de la contemporaneidad nuestra por lo ocurrido en las torres gemelas). La cuestión es que la magia está en hacer la primera novela epistolar y, en segundo lugar, hacerlo con una técnica, una agilidad y creatividad literaria que yo les pago a ustedes si comienzan y leen la primera carta y ver si no les da seguidilla…

   Entonces, ¿cuál es la diferencia entre las dos parejas que se cruzan, hecha con una maestría, la del siglo I y el siglo XXI? Que en la pareja del siglo I hay una relación tan cercana, tan íntima, que difícilmente dos seres humanos de ambos sexos hayan tenido una relación tan cercana, con la que Bruno juega magistralmente, y lo puedo decir como teólogo, juega magistralmente con dos cosas fundamentales que son una delicia de la novela: el amor humano y el amor sagrado. Cuando digo amor humano, digo el amor carnal, instintivo, pasional de todo hombre por una mujer y de toda mujer por un hombre; y ese amor carnal difiere del amor sagrado. Entonces, en esa primera pareja del siglo I, quién convence a quién de qué tipo de amor elegir es Jesús. Magdalena y Jesús se miraron a los ojos, y es esa mirada cautivante (porque María Magdalena se acercó a Jesús como un hombre galante, un hombre apuesto, un moreno barbudo, melenudo, tostado por el sol, un gigante, un galileo con su nariz torcida como son los galileos), y, María Magdalena se acerca en pos del amor humano y, es la mirada cautivante de Jesús de Nazaret la que le transforma ese amor humano en amor sagrado. Pero en el otro caso de la pareja del siglo XXI, entre Aurora y Barranco, que son los protagonistas de la novela, ¿quién creen ustedes que transforma a quién? Aurora transforma a Barranco. Barranco se enamora entre las tripas de Aurora. Cuando Barranco la ve en una librería por primera vez, nace una relación en ese carteo que tiene un juego exquisito (a veces tienes que hacer un discernimiento, y Bruno tiene la magia de tirar una línea casi invisible entre el amor humano y el amor sagrado), porque él juega mucho en la novela con El cantar de los cantares. El texto bíblico dedicado al amor tiene la magia de no saber en dónde comienza el amor humano y dónde comienza el amor sagrado; es el único libro de la Biblia que no menciona por ninguna parte a Dios y está hablando de Dios desde el principio hasta el final, pero no lo menciona. Entonces, El Cantar bíblico hace una simbiosis entre el amor humano y el amor sagrado. El Cantar de los cantares es la magia de todas las publicaciones de la Biblia. Jorge Luis Borges dijo una vez que él con gusto sacrificaría toda su producción literaria por haber sido el autor de El cantar de los cantares. ¿Cuál es la relevancia y pertinencia que tiene la producción de Bruno, hoy? Está en que María Magdalena es la mujer que hoy, los que somos creyentes, estamos reivindicando para reivindicar una muchedumbre invisible durante 2000 años que existe en la Santa Madre Iglesia Apostólica: las mujeres. Tan invisible que hoy los exégetas han descubierto algo insólito. En su último libro, antes de morir, Raymond Brown, exégeta de primera magnitud mundial, acaba de decir lo siguiente (resumo en tres palabras una obra de 900 páginas). Primero: “Hoy tengo muchas dudas de que el evangelio de Juan lo haya escrito Juan”. Pero esa duda le llegó tarde porque los exégetas sabemos que Juan era semianalfabeto; entonces el griego y el texto literario que tiene el evangelio de Juan es demasiado exquisito para que lo escriba un semianalfabeto: así que queda descartado que el evangelio de Juan lo haya escrito Juan. Segundo: “Cada vez sospecho más que el evangelio de Juan, el discípulo amado no era un hombre, sino una mujer”. Siempre se ha dicho que el discípulo amado era Juan, el que recostó en la Última Cena su oído en el pecho de Jesús, diciendo “Dime quién es el barbarazo que te va a traicionar”. Y Él le dijo: “A quien yo le moje el pan, ese es”, y le mojó el pan a Judas que, por cierto, las dos figuras más desacreditadas en dos milenios, y que tenemos que reivindicar son Judas Iscariote y María Magdalena. Estamos hablando de María Magdalena, pero hay que destacar que Judas no es traidor. Es decir, si hay algo claro entre nosotros los biblistas es que Judas no traicionó a Jesús. La prueba de que no lo traicionó fue que se suicidó, y nadie que traiciona se suicida. Entonces, María Magdalena era la discípula amada. Leonardo da Vinci, que era un genio y no era ningún pendejo, a quien pone al lado del Maestro, recostándose de Jesús, es un rostro femenino. Todos los cuadros de la Última Cena están mal pintados, porque Jesús la celebró en la casa de Marcos, en el aposento alto como dicen los evangélicos, con los 12, los discípulos y las discípulas, porque Jesús, algo grande que hizo fue no hacer diferencia entre hombres y mujeres. Era el único caso de un rabí que no hizo diferencias entre discípulos y discípulas; de hecho, los rabinos no tenían discípulas, sino solo discípulos. Juan el Bautista, que fue quién introdujo en el profetismo a Jesús, tuvo discípulos, no tuvo discípulas; sin embargo, Jesús nunca se separó de las mujeres, y esa es una reivindicación que hay que hacer hoy. Pero además, a María Magdalena, a pesar de haberla hecho invisible, la hemos desacreditado diciendo que era el “cuero” más grande del siglo primero, porque en ninguna parte de la Biblia dice que María Magdalena era prostituta. María Magdalena vivía en un pueblecito que se llama Magdala, que queda en la parte occidental del lago de Galilea, y es verdad que en Magdala, donde había mucho tráfico comercial y de negociantes porque es una zona pesquera, los biblistas y los historiadores del siglo I, que yo creo mucho en ellos, coinciden en que María Magdalena vivía de salar pescado. En Magdala las mujeres vivían de salar pescado porque no existían refrigeradores. Es posible que en algún momento María Magdalena haya sido cortesana de personas de la alta clase. Hay una tradición apócrifa que dice que María Magdalena tenía un negocito de prostitución ahí en Magdala, y de Magdala se mudó a Cafarnaúm, lugar de mayor tráfico masculino para levantar el negocio, y se mudó a una zona de tolerancia en el pueblo de Cafarnaúm que se llamaba “La calle de los jazmines”. Se llamaba así porque en Israel se obligaba a que las mujeres de vida alegre llevaran un frasco colgado al cuello con fragancia de jazmín, y olían a jazmín, es decir, que si usted sentía el olor a jazmín en una mujer, es porque era prostituta, así como en la Edad Media a la mujer de la profesión más antigua del mundo se le obligaba a poner una rama en la puerta de su casa, y es de ahí de donde proviene la palabra “ramera”. Entonces, aunque esa tradición de que ella ejerció en la calle de los jazmines la prostitución, dicen los apócrifos, y lo dice Gerald Tasan, que Magdalena vivía de salar pescado. Lo único que dicen los canónicos es que Jesús le sacó 7 demonios, 7 espíritus impuros, según dice el Evangelio de Lucas. José Saramago que era ateo de pura cepa, o como dice Buñuel, “ateo por la gracia de Dios”, porque desde el punto de vista epistemológico el ateísmo no es más que un cortocircuito con la roca del ateísmo, que es la roca del mal. Si existe Dios y existe el mal, si existe el bien y existe el mal, entonces uno de los dos no existe, y sabemos que el mal existe; entonces Dios no existe. Ese es el argumento, es decir, el que no ha sabido integrar la roca del mal y saber que Dios es el anti-mal, como dice muy bien Andrés Torres, que me parece que es el que mejor ha trabajado la teología del mal en Repensar el mal, una de sus obras de hace unos pocos años. Saramago, que no era ningún pariguayo y era ateo por la gracia de Dios, dijo: “¿Por qué siempre dicen que Jesús nada más le sacó siete espíritus impuros a María de Magdala, pero no dicen que también le despertó a la Magdalena siete ángeles? Siete ángeles que yacían en la estructura inconsciente de su personalidad. Entonces, yo hice un trabajo del que ahora solo quiero mostrar el esquema, y lo llamé “El Sorato de Magdala: un acercamiento en siete aproximaciones”. En lo personal, entre las novelas de Bruno Rosario Candelier, he llegado a la conclusión de que la mejor es El Sorato de Magdala. Una novela epistolar de inspiración bíblica y ha sido un gran acierto suyo escribir esta novela entre dos protagonistas que se comunican a través del género epistolar.

   Para mí, humildemente me atrevo a decir, y no lo digo porque él está aquí, tres cosas: en primer lugar, que hasta el sol de hoy, no creo que haya un cauce literal más profundo en la literatura dominicana que el Interiorismo, movimiento literario creado precisamente por Bruno Rosario Candelier. El Interiorismo ha trascendido las fronteras de la Dominicanidad y la Mocanidad, y ha llegado a otro plano. En segundo lugar, Bruno ha rescatado a través del Interiorismo tres cosas que para mí son vitales, como son: la dimensión mítica, la dimensión metafísica y la dimensión mística, que son las tres aproximaciones que hice a esta novela. Hoy muchos estamos rescatando la dimensión mítica de la humanidad porque hoy, con nuestros aires de modernidad, crearon nuestros complejos de superioridad poniendo en el pedestal a la diosa razón. Todos los que estamos aquí somos hijos de la modernidad. Hemos puesto en el pedestal a la diosa razón. Pues déjeme decirles que la diosa razón fue destronada por los mismos modernistas. La mayor escuela de la modernidad del siglo XX, en 1930 sacó el manifiesto de la modernidad, y en esa época destronaron a la diosa razón con este planteamiento: “Todo exceso de racionalidad es un déficit de racionalidad”. Entonces, el rescate del Interiorismo que está haciendo Bruno desde el pensamiento mítico universal de la mitología griega a la mitología hindú, la mitología azteca, maya, etc., (abran los ojos porque el mito no era de cuando teníamos los pantalones cortos; el mito es parte de la estructura seral de nosotros como seres humanos). Nosotros somos seres mitómanos. Segundo, el rescate que hace el Interiorismo de la metafísica. Bruno es un apasionado de los pensadores presocráticos; él está rescatando a los presocráticos y quién rescata a los presocráticos está rescatando lo mejor del pensamiento de la humanidad. Tercero, en esta novela ustedes van a disfrutar del rescate místico del Interiorismo. Bruno no solo se agarra de los grandes místicos, san Juan de la Cruz, santa Teresa de Jesús y otros. Bruno, con mucha premeditación y alevosía, pone al inicio de la novela una frase de Tagore que resume la esencia del libro. Dice Rabindranah Tagore: “Un día vendrá cuando te cantaré en la aurora de otro mundo. Te vi una vez en la aurora de la tierra y te amé siendo hombre”. Es decir, ahí está rescatando a Barranco, que se enamora entre los huesos de Aurora, y Bruno, que no es ningún tonto y todo lo que hace es con premeditación y alevosía, en la solapa del libro consigna esa frase de Tagore. Yo digo que el que lee esto ya sabe por dónde va la novela. Pone un párrafo que aparece en la carta 60 entre las 81 cartas que configuran esta novela, que empiezan el 3 de enero del 2001 hasta diciembre del mismo año. En la carta número 60 del 2 de septiembre del 2001, Bruno Rosario Candelier consigna en la solapa del libro la esencia de su novela en las siguientes palabras: “Según la tradición conservada en nuestro Sorato, María Magdalena se sintió espiritualmente desnuda ante el resplandor de aquella purísima Llama que descubría el interior de su alma como un rapto indescriptible, y aseguraba la hebrea que Jesús la tomó por sus brazos, y al erguirse, emergió otra María ante la mirada sutil y transformante del mismísimo Jesús. Jamás hombre alguno la había mirado con una mirada de amor sagrado, como la miró Jesús” (Bruno Rosario Candelier, El Sorato de Magdala, carta 60, 2 de septiembre de 2001)”.

   En la aproximación bíblica que hago desde el punto de vista de la exégesis, que la reivindicación que está haciendo la Iglesia Católica por María Magdalena va a pasos acelerados y, quienes más hemos contribuido a eso somos los biblistas. En el capítulo 2 de Génesis, cuando Dios habla que va a crear a Eva, dice: “Hagamos a un igual frente a él”. Entonces ¿qué es la mujer? El igual frente a él. Eso es una “galleta” a los 2000 años de masculinismo o de machismo de la iglesia; porque nosotros tenemos una Santa Madre Iglesia Católica, Apostólica y Romana que se llama la Santa Madre Iglesia. “Madre”, pero dirigida por hombres, y donde toda la tradición de los profetas bíblicos desde Isaías desde el siglo Vlll antes de Cristo, Yahveh se compara más con una mamá que con un papá: “Aunque una madre se olvide de sus hijos, yo no me olvido de ti, Israel”, dice Yahveh en el capítulo 52 de Isaías. Pablo, que es una gran figura, dice: “Ya no hay esclavos, no hay judío ni griego, esclavo ni libre, hombre ni mujer, porque todos somos uno en Cristo Jesús”.

   En fin, esta magnífica novela de Bruno Rosario Candelier ha salido en el momento preciso y oportuno para reivindicar a María Magdalena, que la hicimos a propósito invisible, igual que como hemos hecho a más de la mitad de la humanidad, que son también las madres de la otra mitad.

Luis Quezada Pérez

Presentación de El Sorato de Magdala

Santo Domingo, Feria del Libro, 27 de abril de 2019.

 

VALORACIÓN DE EL SORATO DE MAGDALA

DE BRUNO ROSARIO CANDELIER

 

Por Laura Gil Fiallo

   Lo primero que he podido notar, leyendo la novela El Sorato de Magdala, de Bruno Rosario Candelier, es el punto de vista de la narración, es decir, el tipo de contenido es intelectual, es una novela en donde no solo vemos la interacción de algunos personajes, sino que a través de la interacción entre los personajes se evidencia una serie de ideas donde encontramos referencias desde los postulados estéticos del Movimiento Interiorista, liderado precisamente por el autor de la novela, hasta todo lo que es la tradición de la estilización del amor en la cultura occidental, con alusiones a las características del amor del Platonismo y el Neoplatonismo, y también hay que relacionarla con el contexto contemporáneo y la importancia que ha cobrado la mujer en el siglo XX a través del feminismo; y la reivindicación de la feminidad, de la espiritualidad y la Divinidad de lo femenino. Entonces todo esto narrado en una estructura con las características de una novela epistolar y también una serie de capítulos organizados en varias partes que, si ustedes ven los títulos desde el primero, “Encuentro”, hasta los últimos como “Transformación”, “Destino” y “Determinación”. También esa misma estructura nos va mostrando que es un proceso de evolución y crecimiento espiritual.

   Con respecto al contexto sociológico tenemos que decir que, a nivel de la literatura de masas, hemos asistido recientemente al fenómeno del Código da Vinci, síntoma cultural de que hay una reivindicación de lo femenino como un componente de lo sagrado que el autor ha abordado desde el punto de una reivindicación de la figura de María Magdalena. Sabemos que María Magdalena aparece en los Evangelios como una figura importante porque es a la primera que se le aparece Jesús después de la resurrección, por lo que me vienen a la mente un montón de imágenes del “No me toques, porque todavía no he subido a mi Padre”, que precisamente se está obrando en una transformación en Jesús por lo que no puede ser tocado por el mundo físico porque está trascendiendo a una forma de existencia puramente espiritual. La primera testigo de esto va a ser precisamente María Magdalena.

   Nos encontramos en la cultura occidental donde, incluso las personas que no son creyentes. forman parte de la cristiandad. Estamos inmersos en una cultura donde el primer libro impreso fue la Biblia de Gutenberg y donde el Cristianismo le ha dado forma a una serie de características y de valores que, incluso en la ética de muchos no creyentes en la ética cristiana, tienen presencia. Entonces, en ese contexto se ha puesto el énfasis de algunos símbolos bíblicos, aunque también hay otros que están ahí, que no se les ha dado tanta importancia; una es la representación de Dios a través de tres figuras masculinas de la Santísima Trinidad, y hay algunas corrientes esotéricas y místicas que han hablado de que el Espíritu Santo (y aquí tenemos desde teólogos bizantinos como Leonardo Böf, por ejemplo) sería una figura femenina. Entonces se ha tratado de integrar una figura femenina a una simbología que parece que es básicamente patriarcal. Sin embargo, recuerden ustedes que aun en el génesis bíblico el tema de la androginia divina está presente porque Dios crea al hombre a su imagen y semejanza, e inmediatamente dice: “Macho y hembra los creó”, o sea que, lo que es a imagen y semejanza de Dios es la pareja. Este pensamiento se desarrolla en el renacimiento con Nicolás de Cusa que defiende una concepción de lo divino que es la coincidencia de los opuestos, coincidentia oppositorum; entonces, hay un simbolismo básicamente patriarcal, pero también hay algunos elementos de integración de lo femenino. En el Antiguo Testamento, por ejemplo en Oseas, Dios se autodefine como una madre Israel; no habla de padre sino que emplea una metáfora del amor materno. Entonces, esta incorporación de la vivencia de lo sagrado femenino va a ser muy importante en nuestra época. También llegamos a tener la convicción de que nadie es totalmente masculino o totalmente femenino, sino que se trata de algo de que todos los elementos humanos están en el hombre y en la mujer, pero en un orden y en una proporción diferente en su estructura, pero todos están ahí. La representación del Yin y Yang (el Yin se representa con un puntito blanco), pero el Yang tiene un puntito negro, es decir, cada uno tiene algo del otro. Carl Gustav Jung ha llegado más lejos diciendo que el inconsciente de la mujer es masculino y el inconsciente del hombre es femenino, el anima; por dentro, el hombre tiene todos estos componentes femeninos.

   Yo he notado en los personajes de la novela de Bruno Rosario Candelier que a veces se da un mecanismo de proyección, donde lo que se está viendo no es a la mujer como tal, y ella misma se queja, le agradece al personaje masculino; le agradece que la idealice, pero le da hasta miedo porque esa no es ella, sino que se está refiriendo al arquetipo. También me llamó la atención aquel momento en que ella le dice con tanta humildad que las mujeres, a veces autocompensan la falta de lectura con la intuición, cuando en realidad estamos en un mundo donde todos los estudios arrojan que las mujeres leen más que los hombres. Los hombres leen más libros técnicos, pero hay más consumo de literatura por parte de las mujeres, y las carreras profesionales como la enseñanza, el derecho y la medicina están siendo monopolizadas por las mujeres. Sin embargo, el arquetipo que encontramos en el Libro de la Sabiduría del Antiguo Testamento, lo femenino es la sabiduría que trasciende el entendimiento, es la que trasciende al intelecto, la que trasciende al lenguaje; entonces, no se identifica a la mujer concreta, sino al arquetipo femenino con ese conocimiento. Probablemente tenga que ver con la amabilidad que desarrollan las madres para leer el lenguaje corporal porque tienen que saber lo que siente un niño que no sabe hablar y que, por lo tanto, es prerracional. Sin embargo, también hay que recordar que la que enseña a hablar es la madre. Hay un poema de Rainer María Rilke, bellísimo, que dice que la madre es la que sabe el nombre de las cosas y la que puede tranquilizar al niño porque es la que sabe por qué crujen los pasillos y que no es nada temible lo que está ocurriendo; entonces el inicio de la racionalidad y el lenguaje pero también la trascendencia del más allá de ese lenguaje, los límites de tu lenguaje, que son también los límites de tu mundo; pero también ese pensamiento racional hay que seguirlo subiendo, hay que trascenderlo; hay que seguir subiendo por esa escalera porque ese es el momento mítico del conocimiento. Todos estos elementos son interesantes para comprender en profundidad esta novela, El Sorato de Magdala, una novela como tal, estructurada con todas las características que requiere el género novelístico, pero al mismo tiempo creo que es una especie de manifiesto de los valores que defiende y que cultiva el Interiorismo, y una reflexión sobre lo que es el amor en Occidente, y el juego de lo masculino y lo femenino en la cultura occidental.

   Son muy significativos los nombres en esta novela epistolar. No sé si ha sido de una forma deliberada o inconsciente… En nombre de Barranco nos evoca algo profundo pero también terrestre, y Aurora (fíjense que se ha puesto de moda ponerles a las niñas el nombre de Génesis, haciendo relación de la mujer con el origen y la relación con la maternidad) alude al nacimiento del Sol. A lo largo de la novela he notado también que en el comienzo de los capítulos también hay una alusión a la naturaleza y al momento del día; hay mucho vocabulario que tiene que ver mucho con el tiempo, y entonces estamos viendo una novela en la que los arquetipos platónicos que existen más allá del tiempo se encarnan en estos personajes. Entonces, siempre al principio el narrador habla del crepúsculo o de la aurora. Es el crepúsculo o el comienzo del día, y también la naturaleza aparece, no en el sentido de que traen los textos del Romanticismo, sino con el tiempo, ya que tiene que ver con la mujer, las religiones antropológicas con las diosas madre, que siempre son cultos de la fertilidad y la naturaleza. Entonces hay un momento en que la joven se retira al campo a recuperar sus fuerzas y a nutrirse; entonces hay esta oposición dicotómica entre lo femenino y lo masculino, entre lo temporal y lo atemporal, entre la cultura y la naturaleza, los cuales son hilos conductores que están a lo largo de la novela. También es interesante ver que la relación entre los personajes es de discípula y maestro, que es como retomar la relación de Cristo con Magdalena; pero también, como decía Jung que hay cuatro estadios en la evolución espiritual, tanto del hombre como de la mujer que tiene que ver con cómo se relaciona con su inconsciente. El alma masculina es lo primero que se puede personificar en la figura de Eva, que es la madre de la humanidad, pero es la feminidad más instintiva. Sigue personificándose en figuras como Helena de Troya y simboliza el erotismo en que la sexualidad está mediatizada por la cultura. Luego está la Virgen María, la cual la vemos como una guía del paso a la trascendencia, pero al final de cuentas es el eterno femenino que nos atrae a lo Alto, y ya es el logro absoluto del conocimiento espiritual, el conocimiento superior ligado a la trascendencia. Lo mismo pasaría con el hombre, que comienza siendo la masculinidad más animalizada y luego pasa a ser la figura del héroe que ya tiene unas características de valentía, arrojo, abnegación, sigue con el maestro y termina cuando ya no puede tener una personificación, en el sentido estricto, porque trasciende y es el sentido de la vida. Hay un fragmento de la novela donde habla precisamente de que el amor nos lleva al sentido, es decir, a través del amor llegamos al sentido de la vida, es decir que, al igual como pasa en el banquete de Platón, nos encontramos con un amor que tiene una dimensión gnoseológica. Hay un refrán que dice “amor no quita conocimiento”, y aquí es todo lo contrario; el verdadero conocimiento profundo llega a través de la purificación espiritual por el amor.

En esta novela de Bruno Rosario Candelier vemos un lenguaje bastante refinado. Veo que hay ciertos resabios de lo que es el amor cortés; al final de la Edad Media comienza esa estilización por el amor y esa vinculación en la corte de Leonor Aquitania, la reina de los trovadores, en donde el amor propiamente se confunde con la poesía. En el amor cortés siempre hay un obstáculo; hay incluso ese mito de los amantes que duermen sin tocarse con una espada en el medio, y entonces aquí hay un retraso de la consumación física prácticamente hasta el final que, precisamente permite que se vaya produciendo esa ascensión, que si lo físico hubiere estado satisfecho desde el principio, pero en realidad no se llega a movilizar esa energía para lograr incluso integrarla finalmente.

En el amor neoplatónico, cuando hay esa recuperación de los textos de Platón en el Renacimiento, nos vamos a encontrar con algo que presenta una oposición: el amor sacro y el amor profano. La joven está pensando en consagrarse a una institución o movimiento, es que el Sorato de Magdala, que me recuerda el Priorato de Sion, pero “Sorato” viene de soror, que significa ‘hermana’: entonces es una hermandad femenina, y ella está oscilando entre darle cumplimiento al amor humano o consagrarse absolutamente a este Sorato que, exige de ella, primero, servir a través del amor, después de un servicio social y también de tratar de alcanzar la santidad.

   Les recomiendo que busquen datos sobre un cuadro que se llama “El amor sacro y el amor profano”, las dos imágenes de Venus que conciben los poetas del Renacimiento argüidos del Neoplatonismo. Siempre hay una confusión entre los espectadores; yo siempre me divierto mucho con mis alumnos cuando les digo que adivinen cuál es el amor sacro y cuál el amor profano, entre una que está muy bien vestida y otra desnuda que está con una lámpara señalando hacia el cielo y mirando persuasivamente a la otra, y todo el mundo dice que, naturalmente, el desnudo es el amor profano. Pues no; es todo lo contrario. El que está despojado de cosas mundanales, que está tratando de atraer hacia sí al profano, pero recordando que el amor profano también es santo, y esto es algo característico, más que del Platonismo, del Cristianismo. En el Cristianismo el matrimonio es un sacramento, y el cuerpo es un templo; entonces, por eso mismo no se puede profanar. Entonces ese juego entre el amor sacro y el amor profano va a tener un desenlace; al final hay una consumación del amor profano, pero después hay un retiro y una consagración plena al amor sacro.

   Esta novela de Bruno Rosario Candelier, El Sorato de Magdala, un libro lleno de referencias literarias; es un libro donde aparece la alusión a la sensibilidad y a la belleza. La belleza es una esencia, y la belleza también es mencionada por un mecenas poeta, Lorenzo Médici, cuando trata de hacer una definición renacentista sobre el amor, y lo define como un apetito, un deseo de belleza, pero no de una belleza meramente física, sino de una belleza física que encarna la belleza espiritual y la simboliza, y también es un deseo de fertilidad, un deseo de engendrar en la belleza.

   Entre las referencias literarias naturalmente veo que el autor conoce desde hace mucho tiempo la poesía de Rainer María Rilke; la consumación de la vida humana está en el lenguaje, porque al ser invisible las cosas y convertirlas en poesía, llevándolas a su esencia, es cuando captamos su carácter profundo que es perdurable: entonces la transición del tiempo a la eternidad es posible a través del lenguaje y sobre todo del lenguaje poético que no es más que una expresión de ese soplo del espíritu que toma la forma del amor. Entonces aquí todos los contrarios se trascienden, se hermanan, y la dicotomía inicial, que le da carácter en un mundo encarnado, se trasciende y en la eternidad se hace uno.

 

Laura Gil Fiallo

Presentación de El Sorato de Magdala

Santo Domingo, Feria del Libro, 27 de abril de 2019.

 

   Luis Quezada: El mayor símbolo que tiene el Apocalipsis es la mujer. Los dos grandes antagonistas del Apocalipsis, en el capítulo 12, que está la mujer embarazada y parturienta, esa no es María, es el pueblo de Dios. En la expresión bíblica, el pueblo de Dios se simboliza con una mujer embarazada y parturienta que va a traer el parto de la nueva tierra y el cielo nuevo. En el capítulo 17 aparece la mujer embriagada y perversa, que chorrea sangre por la boca y que se ha bebido la sangre de los mártires, y esa mujer es la que representa al Imperio Romano. Es decir, los dos grandes símbolos del Apocalipsis son femeninos, pero digo más: para un teólogo, el mayor símbolo del Apocalipsis es la ruah, es decir, el espíritu, que es femenino. Solamente en español ruah es masculino, porque en hebreo es femenino. Los italianos tienen un adagio que dice “el que traduce traiciona”, y ese es un gran problema que tenemos con las traducciones bíblicas. Todas las traducciones traicionan; entonces, por ejemplo, ruah es femenino en hebreo, al pasar al griego se convierte en pneuma, que es neutro: al pasar al latín se convierte en spíritus, que es masculino, y de spíritus para a espíritu en español, que sigue siendo masculino.

   Lo que ha dicho Bruno, de que un artista, un escritor cuando escribe, lo hace de una manera inconsciente, y es la verdad porque es del inconsciente que se expresan cosas que su talante estético concibe y expresa, y la persona no se da cuenta que lo está expresando. Yo descubrí que si uno lee con atención los siete apartados en que el autor estructura la novela, puede apreciar su grandioso significado. La novela está dividida en 7 apartados, los cuales llama: 1. Encuentro, 2. Revelación, 3. Derrotero, 4. Propósito, 5. Transformación, 6. Destino y 7. Determinación. Yo me dije -no sé si Bruno se ha dado cuenta, pero él ha diseñado en esas siete palabras un camino existencial que yo lo expresé en una frase utilizando las siete palabras: la vida es un encuentro donde se produce una revelación entre dos o más personas y deciden transitar juntos un derrotero, fraguando para ello un propósito que les permitirá realizar una transformación que marcará su destino si lo viven con verdadera determinación. Bruno Rosario Candelier ha diseñado con esas siete palabras un verdadero camino existencial.

   En la contraportada de El Sorato de Magdala doy una explicación de su contenido:   La historia narrada en esta novela epistolar, vinculada con María Magdalena, fusiona realidad y ficción a través de una relación amorosa con implicaciones morales, estéticas y espirituales. La dramática experiencia de una mujer de nuestro tiempo, por la circunstancia espiritual que la iluminó, fue redimida de un oscuro pasado cuya culpa expió transformando su conciencia y consagrando su vida a un ideal de servicio a la iglesia que el divino galileo fundó para la redención de la humanidad. La experiencia que marcó la vida de la heroína bíblica la vivió la protagonista criolla de esta novela, que el narrador recrea en cartas compartidas en las cuales aflora una visión espiritual y el sentimiento del amor tras el impacto de una experiencia cardinal y la determinación de una mujer que se enroló al movimiento religioso del Sorato de Magdala como entrega de una transformación.

   Entre disquisiciones intelectuales, estéticas y espirituales fluye una onda mística que atraviesa la narración del novelista dominicano, que se suma a la novelística dominicana de corte bíblico, en la que se alternan el amor, la filosofía, la historia, la estética y la espiritualidad, que el arte del novelar fecunda y potencia, abriendo un nuevo cauce a la novela histórica, mística y bíblica. En El Sorato de Magdala se entrecruzan una historia de amor, el singular personaje bíblico de María Magdalena y una visión mística del mundo bajo la inspiración del ideario estético del Interiorismo.

   Esta obra fictiva, que se remonta a los orígenes del Cristianismo, contrasta el sentimiento que desmaya los sentidos a favor del crecimiento de la conciencia trascendente. Al expresar la protagonista su reacción ante la demanda del amor humano (“Cuando nos besamos, yo te besé con el sentimiento del amor sagrado, mientras tú me besabas con el fuego de la pasión carnal”), enfatiza su ternura en un lenguaje diáfano, que el narrador comparte a la luz de sus intuiciones y vivencias, alternándose el amor erótico y el amor sagrado, que el autor formaliza a través del género epistolar en esta novela histórica de inspiración mística, interiorista y bíblica.

Bruno Rosario Candelier

Acerca del autor


Bruno Rosario CandelierNació en Moca el 6 de octubre de 1941. Filólogo, ensayista, crítico literario, narrador, educador y promotor literario. Es licenciado en educación por la Universidad Católica Madre y Maestra y doctor en filología hispánica por la Universidad Complutense de Madrid. Preside la Academia Dominicana de la Lengua y es miembro de la Academia Norteamericana de la Lengua Española.

Email: Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.