HISTORIA DE GRUPOS, TENDENCIAS Y GÉNEROS

EN LA LITERATURA DOMINICANA CONTEMPORÁNEA 1960-2000

Por Bruno Rosario Candelier

La Generación del 60

   A partir de 1960 y, sobre todo, después de la caída del gobierno de Trujillo, emergió la Generación del 60, compuesta por narradores, poetas, dramaturgos, ensayistas, historiadores, periodistas, oradores y críticos literarios con una floración de entusiasmo que activó la creación literaria, propició un nuevo impulso al cultivo de las letras e incentivó la gestación de varios grupos literarios.

Los grandes escritores dominicanos del siglo xx lograron, en la segunda mitad de esa fecunda centuria, el mayor influjo de sus obras y muchos publicaron valiosas creaciones literarias. Me refiero a autores de la talla de Max Henríquez Ureña, Domingo Moreno Jimenes, Joaquín Balaguer, Juan Bosch, Flérida de Nolasco, Andrés Avelino, Carlos Federico Pérez, Manuel A. Amiama, Tomás Morel, Emilio Rodríguez Demorizi, Pedro Troncoso Sánchez, Manuel del Cabral, Rubén Suro, Mario Bobea Billini, Héctor Incháustegui Cabral, Pedro Mir, Alfredo Fernández Simó, Hilma Contreras, Franklin Mieses Burgos, Aída Cartagena Portalatín, Manuel Valerio, Rafael Américo Henríquez, Mariano Lebrón Saviñón, Pbro. Oscar Robles Toledano, Freddy Prestol Castillo, Rafael Herrera, Manuel Rueda, Freddy Gatón Arce, Antonio Fernández Spencer, Antonio Zaglul, Lupo Hernández Rueda, Máximo Avilés Blonda, Víctor Villegas, Rafael Valera Benítez, Luis Alfredo Torres, Alberto Peña Lebrón y otros.

   Algunos de esos prestantes autores fueron mentores de los grupos literarios que surgieron en la etapa posterior a la revuelta de abril de 1965. La existencia de los grupos literarios se produce en los países con un notable desarrollo cultural mediante la participación de sus escritores en las actividades organizativas, creativas y promocionales. La organización de grupos literarios auspicia un espacio adecuado para compartir inquietudes y motivaciones, promover la obra literaria y desarrollar la creatividad espiritual y estética. La literatura dominicana ha contado con numerosos grupos literarios, algunos de los cuales han seguido determinadas tendencias estéticas. De hecho, la mayoría de nuestros escritores, del pasado y del presente, han formado parte de alguna agrupación literaria. Todos se inscriben en una generación histórica y algunos suscriben una determinada tendencia estética.

El concepto de Generación se aplica en literatura al conjunto de intelectuales y escritores que surgen en un momento determinado con una misma motivación conceptual o bajo una inspiración y un rumbo definido en su ejercicio creativo. En el marco de una generación surgen promociones literarias o conjuntos de escritores que aparecen cada cierto tiempo. Dentro de una generación surgen también grupos literarios que constituyen una organización de escritores para llevar a cabo una tarea creadora o promover las artes y las letras.

Promociones y grupos literarios. Los integrantes de la Generación del 60 crecieron bajo el influjo de los escritores arriba citados. En sus creaciones literarias se instrumentaron de las técnicas más actualizadas y de las orientaciones intelectuales y estéticas predominantes en los centros culturales de Europa y América para testimoniar la realidad social y cultural dominicana con la meta del desarrollo en libertad. Varios factores concurren en la gestación de una generación literaria. Entre esos factores figuran guerras, alteraciones sociales y grandes cataclismos provocados por las transformaciones que impactan en la marcha de los acontecimientos y en la gestación de la obra artística o científica. Asimismo, influyen la aparición de ideologías o corrientes de pensamiento como elementos de una nueva cosmovisión y el surgimiento de grandes liderazgos que influyen con su pensamiento. En toda generación hay mentores que inspiran la creación de las letras.

Hans Jeschke plantea una serie de factores que determinan la aparición de una generación literaria. Esos factores son: 1) Un contexto histórico; 2) Un contexto ideológico; 3) Un acontecimiento aglutinante; 4) Un modelo literario compartido; 5) Mentores o guías intelectuales que actúan como inspiradores. Cada cierto tiempo, digamos cada diez años, hay cambios notables en la vida histórica, social, demográfica, académica y cultural de un país. Se trata de los rasgos que marcan el sello de una época, con expresiones peculiares en sus manifestaciones socioculturales. Esas etapas vienen marcadas por costumbres, estilos de vida, maneras de actuar y de sentir, corrientes de pensamiento y expresiones de la sensibilidad que se manifiestan en la diversión, la valoración de la ciencia y las humanidades, el desarrollo del comercio y los gustos implantados por la moda y algunas circunstancias socio-culturales, según estemos en tiempos de paz o de guerra, de progreso o retroceso, de crisis o estabilidad.

   Bajo el liderazgo intelectual de Marcio Veloz Maggiolo, Ramón Francisco y Federico Henríquez Gratereaux, los integrantes de la Generación del 60 fueron Ramón Emilio Reyes, Carlos Esteban Deive, René del Risco, Miguel Alfonseca, Antonio Lockward Artiles, Juan José Ayuso, Frank Moya Pons, Jeannette Miller, Iván García, Miguel Guerrero, Bruno Rosario Candelier, Fernando Pérez Memén, Santiago Estrella Veloz y otros. Los escritores de la Generación del 60 se caracterizaron por escribir una obra nacionalista y de contenido social; con características particulares: creencias y posiciones sociopolíticas como tema literario; el uso del versolibrismo en poesía y las técnicas renovadoras en narrativa; el desdén por temas subjetivos y espirituales, en algunos casos; el rechazo de los procedimientos surrealistas, considerados evasivos, en algunos sectores; la inquietud formal mediante la incorporación de nuevos procedimientos expresivos; enfoque de lo dominicano como expresión de lo nacional con temas, motivos y personajes inspirados en la realidad sociocultural local, desde la asunción de un lenguaje llano y directo; preferencia por procedimientos realistas para optar por la expresión de lo nacional y ponderación de la dimensión estética de la creación mediante el uso de los nuevos procedimientos compositivos. Esta generación de escritores tuvo en los suplementos literarios de la prensa nacional su principal órgano de publicación. Las obras de sus principales integrantes son las siguientes: Marcio Veloz Maggiolo: El sol y las cosas, El buen ladrón, El prófugo, La vida no tiene nombre, Nosotros los suicidas, Los ángeles de hueso, De abril en adelante; Ramón Francisco: La patria montonera, Odas a Walt Whitman; Federico Henríquez Gratereaux: La feria de las ideas, Un ciclón en una botella; Miguel Alfonseca: La guerra y los cantos, Arribo de la luz; Juan José 648 Literatura dominicana contemporánea. Grupos, tendencias y géneros literarios, 1960-2000 Ayuso: Bienaventurados los cimarrones; Carlos Esteban Deive: Magdalena, Las devastaciones; Ramón Emilio Reyes: El Testimonio; Antonio Lockward Artiles: Espíritu intranquilo, Los poemas del Ferrocarril Central; Bruno Rosario Candelier: Lo popular y lo culto en la poesía dominicana, Ensayos críticos, La imaginación insular; Iván García: Más allá de la búsqueda; Jeannette Miller: Fórmulas para combatir el miedo; Santiago Estrella Veloz, Igual que antes, etc. Con los aires de libertad y crecimiento económico, en esta generación literaria surgieron varios grupos literarios en Santo Domingo y en diferentes poblaciones del país. Los grupos que han tenido una presencia significativa son: Grupo Amidversa de Pimentel. Casi en las postrimerías del régimen de Rafael Trujillo, un grupo de poetas de Pimentel celebraban reuniones con lecturas en común, debates intelectuales, análisis de textos, estudio de autores y tendencias hasta cuajar, en 1961, en la agrupación literaria Amidverza (Amigos de la Verdad y la Belleza), cuyo órgano literario los identificaba. Capitaneados por Manuel Mora Serrano, esos inquietos muchachos de provincia constituyeron un fenómeno aldeano, inusual y sorprendente, al consagrarse al cultivo de las letras, a pesar de las condiciones adversas de la época y del medio. Procuraban la conjunción de lo popular y lo culto; revelaciones originales; cultivo de metáforas deslumbrantes; ahínco en las raíces tradicionales, campesinas y folklóricas; ahondamiento de los logros de la tradición literaria nacional y contactos con los escritores nacionales de todas las tendencias. Sus dos principales integrantes, Manuel Mora Serrano, con Juego de dominó y Francisco Nolasco Cordero, con Caricias de Lumbre, tendrían luego una activa vida literaria. Grupo El Puño. La Generación del 60 inspiró en Santo Domingo varios grupos literarios, el primero de los cuales se llamó El Puño. Encabezado por Ramón Francisco, cobró fuerza después de la revuelta de abril de 1965. Sus miembros celebraban reuniones en la residencia de su coordinador, donde leían y comentaban sus creaciones y desataban sus inquietudes intelectuales y estéticas. Tertuliaban sobre temas culturales, políticos, artísticos y literarios y, en sus creaciones, procuraban expresar lo dominicano con una actitud de denuncia mediante un lenguaje transparente, un sentimiento patriótico y una vocación creadora bajo un criterio de fidelidad al ideal estético de la literatura. Formaban el grupo Ramón Francisco (Odas a Walt Whitman, La patria montonera); Marcio Veloz Maggiolo (La vida no tiene nombre, Los ángeles de hueso); René del Risco (El viento frío, En el barrio no hay banderas), Miguel Alfonseca (La guerra y los cantos); Juan José Ayuso (Bienaventurados los cimarrones); Iván Historia general del pueblo dominicano 649 García (Más allá de la búsqueda); Jeannette Miller (Fórmulas para combatir el miedo); Enriquillo Sánchez (Pájaro dentro de la lluvia). Taller Literario de Licey al Medio. Formado en 1966 por Bruno Rosario Candelier en la Escuela Normal de Licey, de la provincia de Santiago, constituyó el primer grupo literario del país que se dio a conocer con el nombre de taller, creado para cultivar la creación poética entre sus miembros, enfatizando el estudio de los autores nacionales y el uso de la lengua literaria. En este grupo se formaron José Enrique García, Belarmino Díaz, Luis Ernesto Mejía y otros. Con el propósito de promover la creación literaria entre sus integrantes, celebraban sus reuniones con un plan de estudio y de análisis de obras. Periódicamente, el director del grupo invitaba a intelectuales y escritores a dictar conferencias a los estudiantes del grupo y del plantel escolar para incentivar la formación intelectual. Grupo La Isla. Integrado por creadores bajo la conducción de Antonio Lokward Artiles, hacia 1967 sus miembros acudían a la literatura con una actitud cuestionadora y una tendencia nacionalista para dar un testimonio de denuncia y de protesta contra las injusticias, una forma de canalizar inquietudes y rebeldías mediante un arte de intención social y una literatura comprometida. Este grupo celebró en 1971, en la UASD, un importante congreso literario que, con el nombre de Congreso de la Joven Poesía, contribuyó a la renovación de los estudios literarios desde una visión científica de la literatura. Integraron este grupo Antonio Lockward Artiles, Norberto James, Andrés L. Mateo, Wilfredo Lozano y Fernando Sánchez Martínez. Grupo La Máscara. Hizo una activa vida cultural y literaria hacia finales de la década de 1960 y sus miembros se instrumentaron de la palabra para formalizar un testimonio social, intelectual y estético. Integraron este grupo Héctor Díaz Polanco, Freddy Ginebra, Aquiles Azar y Lourdes Billini. Grupo La Antorcha. Dirigido por Mateo Morrison, a partir de 1967 unos jóvenes poetas asumen la creación literaria como alternativa en la lucha por la esperanza viendo en la poesía una antorcha para encender su utopía. Entre sus integrantes figuraban Soledad Álvarez, Enrique Eusebio, Rafael Abreu Mejía, Johnny A. Gómez y Fernando Vargas. El Grupo de la Joven Poesía. A finales de los años 60, varios poetas procedentes de diversos grupos y tendencias integraron la Joven Poesía, cuya 650 Literatura dominicana contemporánea. Grupos, tendencias y géneros literarios, 1960-2000 producción poética revela una preocupación social y una inquietud intelectual, con una orientación ideológica progresista, que se tradujo, en el plano artístico, en la intención de llegar al pueblo. Sus creaciones se inspiraban en la tradición realista de la literatura nacional enfocando temas elaborados con sentido crítico. Postulaban una línea socio-realista con compromiso social mediante lenguaje directo con humor e ironía; desmitificación de los valores establecidos; actitudes y temas urbanos y populares, con las frustraciones colectivas; rebeldía contra el statu quo mediante un léxico bélico y una actitud crítica. Sus integrantes fueron Andrés L. Mateo: La otra Penélope, Pisar los dedos de Dios; Norberto James: Sobre la marcha, La provincia sublevada; Mateo Morrison: Aniversario del dolor, Visiones del transeúnte; Alexis Gómez: Oficio de postmortem; Federico Jóvine Bermúdez: Huellas de la ira; Enriquillo Sánchez: Sheriff on ice cream soda, Convicto y confeso; Tony Raful: La poesía y el tiempo, Gestión de alborada, Abril, nacen alas delante de tus ojos, Visiones del escriba; Enrique Eusebio: Desde la presencia del mar hasta el centro de la vida; Soledad Álvarez: Primer canto a la ternura; Radhamés Reyes Vásquez: El imperio del grito, etc. Grupo de Escritores del Cibao. Integrado por narradores, poetas y ensayistas de varias poblaciones cibaeñas: (Alberto Peña Lebrón, Bruno Rosario Candelier, Sally Rodríguez y Pedro Pompeyo Rosario, de Moca; José Enrique García, Rafael Castillo y Pedro José Gris, de Santiago; Pedro Camilo y Emelda Ramos, de Salcedo; Héctor Amarante, Orlando Morel y Cayo Claudio Espinal, de San Francisco de Macorís; Manuel Mora Serrano y Francisco Nolasco Cordero, de Pimentel). Orientado por Manuel Mora Serrano y Bruno Rosario Candelier, los miembros de esta agrupación desarrollaron una fecunda actividad literaria. Antes de cristalizar en libros, publicaron en revistas y suplementos culturales. Celebraban jornadas literarias mediante tertulias y encuentros informales. Desde el año 1974 sus participantes asumieron el cultivo literario, el interés por el lenguaje y la vanguardia artística del país, con obras avaladas por premios literarios nacionales e internacionales. Características: 1. Reacción contra la inmediatez localista en procura de la universalidad. 2. Interés por el lenguaje a favor de un desarrollo depurado de la literatura. 3. Asunción de una actitud crítica avalada por las orientaciones teóricas. 4. Rigor formal mediante técnicas, estilos y recursos apropiados. 5. Revalorización de lo dominicano en sus diversas manifestaciones socio-culturales, folklóricas y literarias, tanto de la cultura viva del pueblo como de la cultura intelectual. 6. Integración de logros aportados por las diferentes tendencias y corrientes. 7. Planteamiento de una actitud humanista Historia general del pueblo dominicano 651 y trascendente. 8. Profundización de la línea imaginativa con el acento en lo maravilloso (lo fantástico, lo mágico y lo mítico) como expresión viva de nuestra cultura. 9. Valorización de las vertientes de la crítica, la teoría y la ficción. 10. Síntesis de los logros clásicos y modernos, imbricados a la propia realidad socio-cultural. Autores y obras: Manuel Mora Serrano: Juego de dominó, Goeíza, Decir samán; Bruno Rosario Candelier: Ensayos críticos, La imaginación insular, La creación mitopoética; Francisco Nolasco Cordero: Tracaveto, Tu sombra 3; Cayo Claudio Espinal: Banquetes de aflicción, Utopía de los vínculos; Héctor Amarante: Retrato, Ritos; José Enrique García: Meditaciones alrededor de una sospecha; Pedro José Gris, Las voces; Rafael Castillo: La viuda de Martín Contreras y otros cuentos; Emelda Ramos: El despojo o por los trillos de la leyenda; Sally Rodríguez, Luz de los cuerpos; Pedro Camilo, Cuentos; Orlando Morel, Ciguapapoesía. Organizaciones y tendencias estéticas El Grupo Literario Octavio Guzmán Carretero. Fundado y dirigido por Bruno Rosario Candelier en Moca, emergió al escenario literario el 21 de marzo de 1979. Motivado en el propósito de formalizar, a través de la literatura, un ideal de creación, sus miembros celebraban reuniones y tertulias mediante un plan de trabajo para la formación intelectual, el estudio de los escritores establecidos y el análisis de sus creaciones, entre los cuales figuraron, en diversas promociones, Pedro Ovalles, Iki Tejada, Sally Rodríguez, Eugenio Camacho, Artagnan Pérez Méndez, Carmen Comprés, Basilio Belliard, Fari Rosario y Rosalba Escaño. El Taller Literario César Vallejo. Fundado por Mateo Morrison hacia octubre de 1979 en la Universidad Autónoma de Santo Domingo con intención socio-realista, aglutinó a numerosos jóvenes con inquietudes literarias, algunos de los cuales se convertirían en líderes intelectuales, como José Mármol, Rafael García Romero, Franklin Gutiérrez, Plinio Chahín, Miguel D. Mena, Tomás Castro, César Augusto Zapata, Dionisio de Jesús, Juan Freddy Armando, José Carvajal, Miguel Collado, Julio Cuevas, Ilonka Nacidit y otros. En los dos decenios finiseculares hay varias vertientes, entre las cuales están los galardonados con el Premio Siboney (Manuel Marcano Sánchez, Rafael García Bidó, Juan Carlos Mieses, Manuel García Cartagena…); los miembros 652 Literatura dominicana contemporánea. Grupos, tendencias y géneros literarios, 1960-2000 de diversos grupos literarios: el Atalaya, de Constanza (Julio Adames); La Matrácala, de La Vega (Pedro Antonio Valdez), el Círculo de Mujeres Poetas, de Santo Domingo (Chiqui Vicioso, Carmen Sánchez, Sabrina Román, Carmen Imbert Brugal, Dulce Ureña, Mayra Alemán, Miriam Ventura) y el Grupo de Mujeres Creadoras (Ángela Hernández, Irene Santos, Marianela Medrano, Aurora Arias, Nelly Ciprián y Mayra Gutiérrez). Paralelamente a las tendencias estéticas, figuran voces claves del quehacer intelectual, como Jacinto Gimbernard Pellerano, José Alcántara Almánzar, José Israel Cuello, Cándido Gerón, Edgardo Hernández Mejía, Hamlet Hermann, José Miguel Soto Jiménez, Jesús de la Rosa, Carmen Heredia, Pedro Conde, Orlando Gil, Nelson Minaya, Marino Berigüete, Celsa Albert, Freddy Bretón Martínez, Miguel Franjul, Mario Emilio Pérez, Ivelisse Prats de Pérez, Bienvenido Álvarez Vega, Mario Bonetti, Juan Aulio Ortiz, Orlando Inoa, Tony Raful, Odalís Pérez y otros. El Grupo Literario de la Pucmm, de Santiago, fundado en 1980 por Bruno Rosario Candelier, del que egresaron Pedro José Gris, Juan la Mur, Zaidy Zouain, Sally Rodríguez, Oscar de León Silverio, Anelsa Vásquez, José López Larache, Virgilio López Azuán, Luis R. Santos, Fernando Cabrera y otros. El Círculo de Estudios Literarios Azuanos. Grupo que integraron Virgilio López Azuán, Emilia Pereyra, Bernardo Silfa y Otto Milanese. Estos narradores y poetas han testimoniado la realidad doliente del Sur del país, con su naturaleza agreste, su nostalgia y su dolor. Emilia Pereyra potenció su nombradía con su novela Cenizas del querer, finalista en el Concurso Planeta de Barcelona. Virgilio López, con Incendios del agua, mantiene viva la tradición cultural y literaria en esa importante zona sureña. El Grupo Luciérnaga de La Romana. A principios de los ochenta se formó en La Romana el grupo Luciérnaga integrado por narradores y poetas que asumieron la creación literaria con un sentido regional en busca de lo dominicano. Posteriormente formaron el Colectivo de Escritores Romanenses integrado por Frank Núñez, Avelino Stanley, Isael Pérez, Daniel Johnson Benoit, Gabino Severino y Miguel Ángel Gómez. Los grupos de San Pedro de Macorís. San Pedro de Macorís fue en el pasado una mina de creadores literarios y aportó al país importantes figuras nacionales. En los últimos años un renacer literario puja en la Sultana del Este con Miguel Phipps, Robert Berroa, Benito Ángeles Nieves, Simeón Historia general del pueblo dominicano 653 Arredondo, Rafael Ramírez Sepúlveda, Ana Teresa Martínez, Justiniano Estévez Aristy, Alfonso Trinidad, Julio Rafael Anglada y Ramón Perdomo. El Ateneo Insular tiene en esa localidad oriental el Grupo Literario Freddy Gatón Arce, que coordina Ana Teresa Martínez. El Taller Literario Minerva Mirabal, de Salcedo, formado en 1981 por Emelda Ramos, lo integraban Pedro Camilo, Jaime Tatem Brache y Zaida Corniel. Este grupo puso ahínco en el estudio de los clásicos, énfasis en la valoración de los autores nacionales y análisis de sus producciones poéticas con una vocación de fraternidad entre sus miembros. El Colectivo de Artistas de Santiago, formado en 1984 por Fernando Cabrera e integrado por Jim Ferdinand, Manuel Llibre, Puro Tejada, Máximo Vega, José D´Laura, Ramón Peralta, Dionisio López Cabral, Sara Pérez y Ruth Acosta. Procuraban restablecer la tradición literaria en Santiago. El Grupo Litera, de la Alianza Cibaeña, de Santiago, fue creado en 1985 por José Acosta, Cabral de la Torre, Pedro Pablo Marte, Enegildo Peña, Abersio Núñez y Andrés Acevedo. El Grupo Literario Yocahú, de San Francisco de Macorís, constituido en 1990 por Noé Zayas, lo integraban Juan Gelabert, Ramón Antonio Jiménez y Víctor Saldaña. Buscaban hacer de sus sueños una cantera de creación con un ideal centrado en la búsqueda del hombre interior. Entre sus rasgos fusionaban lo telúrico, lo surrealista y lo metafísico. El Grupo de Narradores de Santiago, formado en las postrimerías de los 90 por Máximo Vega, lo integraban José Adolfo Pichardo, Rosa Silverio y Altagracia Pérez. Y el Grupo Ondina, de Santiago, integrado por mujeres bajo la coordinación de Silvia di Franco. Al mismo tiempo surgieron en Santo Domingo otras agrupaciones de diversas tendencias, como el grupo Juan Sánchez Lamouth, con Nicolás Mateo; el Cardúmenes, con Roberto Sánchez; el Manuel del Cabral, con Frank Martínez, y La Carretilla, de Intec, que coordinó Maricécili Mora Ramis. El Colectivo de Escritores Hábeas Corpus, de Santo Domingo, publicó una antología con ese mismo título en 1986 y lo integraban Rafael García Romero, Tomás Castro, Carmen Sánchez, Juan Freddy Armando, Franklin Gutiérrez y Edwin Disla. 654 Literatura dominicana contemporánea. Grupos, tendencias y géneros literarios, 1960-2000 Destacables son los prestantes autores independientes,2 entre los cuales figuran los miembros de la Academia Dominicana de la Lengua (Mariano Lebrón Saviñón, Federico Henríquez Gratereaux, Bruno Rosario Candelier, Lupo Hernández Rueda, Rafael González Tirado, Marcio Veloz Maggiolo, Carlos Esteban Deive, Ramón Emilio Reyes, Víctor Villegas, Nicolás de Jesús Cardenal López Rodríguez, Ricardo Miniño Gómez, Andrés L. Mateo, Manuel Núñez, Manuel Matos Moquete, José Enrique García, Pedro Vergés, Guillermo Piña-Contreras, Juan José Jimenes Sabater, Dennis R. Simó, Ana Margarita Haché, Franklin Domínguez y José Rafael Lantigua) y de la Academia Dominicana de la Historia (Emilio Cordero Michel, Frank Moya Pons, Carlos Dobal Márquez, Manuel García Arévalo, Bernardo Vega, José Chez Checo, Mu-kieng Adriana Sang, Roberto Cassá, Juan Daniel Balcácer, Amadeo Julián, Wenceslao Vega, Eugenio Pérez Montás, José Luis Sáez, Jaime de Jesús Domínguez, Francisco Antonio Avelino, Américo Moreta Castillo, Franklin Franco, Raymundo González, Ciriaco Landolfi, José del Castillo, Rafael Emilio Yunén, Hugo Tolentino Dipp, Euclides Gutiérrez Félix, Juan Ventura, Héctor Lachapelle Díaz, Adriano Miguel Tejada), con valiosos libros de su especialidad. A principios de los 90 surge en Santo Domingo el Grupo de la Metapoesía, dirigido por Jorge Piña, de orientación psicoanalítica. Bajo la inspiración del Interiorismo, el Ateneo Insular formó en 1991 en Santo Domingo el Grupo Literario de Literatura Infantil y Juvenil Pedro Henríquez Ureña, coordinado por Oscar Holguín-Veras e integrado por Lucía Amelia Cabral, Aída Bonnelly de Díaz, Eleanor Grimaldi, Margarita Luciano, Brunilda Contreras, Rafael Peralta Romero, Carol Cárdenes y Leibi Ng. El Ateneo Insular formó también el Grupo Javier Angulo Guridi, con Manuel Salvador Gautier; el Franklin Mieses Burgos, con Valentín Amaro y Gahston Saint-Fleur; y el Manuel Valerio, con Eduardo Gautreau de Windt. La Generación del 90 Los factores que gestaron la Generación del 90 son los siguientes: como contexto ideológico, la crisis de las ideologías; contexto histórico, la caída del socialismo; contexto social, la crisis económica bajo el neoliberalismo y, como acontecimiento aglutinante, la frustración colectiva, la falta de horizonte y la Historia general del pueblo dominicano 655 disolución de paradigmas. Esos factores produjeron una reconsideración de los ideales de la existencia y, frente a la necesidad de una propuesta cónsona con la naturaleza humana, se produjo un repliegue interior, con una ponderación de los valores trascendentes y una vuelta a la identidad y la espiritualidad como alternativas contra el vacío, la soledad, la falta de horizonte y el apremio de una vida fincada en ideales inspiradores. La generación literaria de 1990 la conforman autores que comienzan a publicar en esa década, sin importar la edad, aunque la mayoría está integrada por jóvenes. Esa generación surge sobre los escombros de los ideales frustrados de los proyectos de renovación social y la pérdida de valores morales y espirituales. Ante ese cuadro sociocultural, la Generación del 90 tiende a la introspección recalando en la propia interioridad con énfasis en la identidad cultural, los valores interiores y la dimensión trascendente. Los integrantes de esta generación se sintieron apelados por la identidad interior, lo que demandaba actitudes metafísicas con la profundización en la búsqueda del sentido. Sus escritores tuvieron como motivación el sentido de la existencia. A los hombres y mujeres de esta generación les correspondió vivir un mundo en el que se cuestionaban las utopías, se subvaloraban los ideales y se despreciaban la creatividad y la participación solidaria, frente al contraejemplo del dinero fácil, las acciones indecorosas, la falta de fe con la consecuente mengua del entusiasmo, hecho que se acentuaba con la urgencia de los reclamos materiales al tiempo que se aupaban el vacío, la apatía, la falta de horizontes y estímulos orientadores para la búsqueda de alternativas creadoras. Las últimas promociones literarias del siglo xx fueron partícipes de esa herencia que contribuía a socavar los valores y creencias en los cuales nuestros antepasados fundaban sus vidas. Con el desarrollo de la tecnología y los medios de la comunicación, el ser humano se ha sentido menos vinculado a los valores interiores y en su lugar se instauran otras apelaciones, aunque el sentimiento frente al horror vacui, la soledad y la angustia hacen que el hombre reflexione, pondere el sentido de la existencia e indague el sentido de la trascendencia. De ahí que muchos intelectuales y creadores de esta generación tienen clara conciencia de la búsqueda trascendente, hecho que motivó la búsqueda de la identidad. Las características de esta generación las sintetizo en los siguientes rasgos: 1. Conciencia de que la creación literaria reclama disciplina y formación profesional, ya que sus cultores están llamados a desempeñar un rol en la creación de la cultura, los valores espirituales y el desarrollo de las artes y las 656 Literatura dominicana contemporánea. Grupos, tendencias y géneros literarios, 1960-2000 letras. 2. Valoración de la participación grupal y el intercambio de motivaciones e ideales para cumplimentar los requerimientos de la vocación artística, fortalecer la vocación creadora y potenciar el desarrollo de la literatura. Entre los factores que contribuyen a vigorizar el trabajo intelectual y estético hay que señalar, como elementos negativos, una mayor competencia en asuntos extraliterarios que afecta la dedicación y la consagración al trabajo creador, como la demanda económica, las numerosas tentaciones para la vida fácil y la diversión, la preeminencia de reclamos sociales, pero en su aspecto positivo hay que señalar la facilidad para conseguir el libro o la información por la vía moderna de comunicación, como el internet y el correo electrónico. 3. El desarrollo creciente de la tecnología y la concurrencia multidisciplinaria, que favorecen un mejor desenvolvimiento académico, formativo y documental, propicio para el trabajo creador. 4. Con la aparición del Contextualismo y el Interiorismo, el Cibao se convirtió en epicentro intelectual de la Generación literaria del 90, que hizo de San Francisco de Macorís, Salcedo, Moca, La Vega, Santiago y Puerto Plata, comunidades con un prestante liderazgo cultural. Los líderes literarios de la Generación del 90, Cayo Claudio Espinal y Bruno Rosario Candelier, actuaron secundados por importantes creadores de la región, como Pedro José Gris, José Frank Rosario, Iki Tejada, Pedro Antonio Valdez, Julio Adames, Sally Rodríguez, Ramón Antonio Jiménez, José Acosta, Tulio Cordero, Rafael Hernández, Henry Santos Lora, Pedro Camilo, Carmen Comprés, Artagnan Pérez Méndez, Oscar Holguín-Veras, Carmen Pérez Valerio, Pedro Ovalles, Jaime Tatem Brache, Manuel Llibre, Víctor Saldaña, Rafael P. Rodríguez, Jim Ferdinand, Guillermo Pérez Castillo, Ángel Rivera Juliao y Roberto José Adames, entre otros. 5. Los grupos literarios han jugado un rol significativo en la Generación del 90, entre los cuales hay que citar: el Grupo Atalaya, de Constanza, con Julio Adames; el Federico García Godoy, de La Vega, con Rafael Hernández; el Grupo de Escritores de Santiago, con Fernando Cabrera; el Virgilio Díaz Grullón, de Santiago, con Enegildo Peña; el Domingo Moreno Jimenes, de Santiago, con Carmen Pérez Valerio; Narradores de Santiago, con Máximo Vega; el Manuel Valerio, de Santo Domingo, con José Frank Rosario; el Chery Jimenes Rivera, de Monte Cristi, con Vidal Adolfo Cabrera; el Franklin Mieses Burgos, de San Francisco de Macorís, con Ramón Antonio Jiménez; el Virginia Elena Ortea, de Puerto Plata, con Guillermo Pérez Castillo; el Flérida de Nolasco, de La Romana, con José López; el Octavio Guzmán Carretero, de Moca, con Pedro Ovalles; y el Manuel del Cabral, de Constanza, con Roberto José Adames. Historia general del pueblo dominicano 657 Los nuevos movimientos literarios Un movimiento literario se funda en una tendencia estética que comparten diversos creadores para hacer una obra conforme los principios inspirados en un ideal de creación. La tendencia literaria se fundamenta en una orientación estética y suele prohijar una corriente literaria como variante de un movimiento. Por ejemplo, el Indigenismo es una corriente del Romanticismo, que es el movimiento literario inspirador. Cuatro tendencias estéticas vieron la luz en los últimos decenios del siglo XX: El Pluralismo de Manuel Rueda, la Poética del Pensar de José Mármol, el Contextualismo de Cayo C. Espinal y el Interiorismo de Bruno Rosario Candelier. El Pluralismo En 1974 irrumpió el Pluralismo, movimiento literario de vanguardia creado por Manuel Rueda en la capital dominicana. Las reacciones de adhesión y de rechazo surgieron de inmediato y hubo firmantes del Manifiesto Pluralista, que avalaron la propuesta de creación ilustrada en Con el tambor de las islas. Diferentes suplementos literarios dieron cabida a los textos de la nueva poética, como el suplemento cultural de El Nacional, en el que aparecieron las «Bases teóricas del Pluralismo», cuyo creador dio a conocer sus postulados en conferencias, charlas y tertulias. Características: 1. Creación de una corriente literaria integradora que aúna diferentes aportes técnicos de la Modernidad. 2. Elaboración del bloque poético o pluralema para la expresión de la multivocidad. 3. Superación del verso lineal, mediante un bloque que integra formas aleatorias de lecturas e interpretación. 4. Empleo de recursos experimentalistas. 5. Incorporación de diferentes formas musicales, cromáticas, gráficas y verbales. 6. Adecuación de la formalización literaria a una veta temática enraizada en la tradición nacional, desde el folklore hasta la expresión erudita. 7. Uso de la lengua en su potencia creadora, desde los recursos onomatopéyicos hasta sus connotaciones simbólicas. 8. Acopio de la palabra como «célula polisémica» en la que un término genera su contrario, mediante motivos y contramotivos. 9. Recreación del mito y de los recursos imaginativos del decir poético. 10. Poética generativa a partir de la cual una palabra genera asociaciones y aleaciones sonoras, sintácticas y semánticas. 658 Literatura dominicana contemporánea. Grupos, tendencias y géneros literarios, 1960-2000 Autores y obras pluralistas: Manuel Rueda: Con el tambor de las islas, Las edades del viento; Cayo Claudio Espinal: Banquetes de aflicción, Utopía de las vínculos; Alexis Gómez Rosa: Pluróscopo; José Enrique García: El fabulador; Enrique Eusebio: Consignas y subversiones. Poética del Pensar En la década de los 80 cobra fuerza la promoción poética que emerge al inicio de esa década en la capital dominicana bajo la orientación de José Mármol. Con el nombre de POÉTICA DEL PENSAR emergió al escenario literario una vigorosa promoción de creadores que articularon una nueva tendencia estética con todas las características de un movimiento literario. Es la línea dominante de la llamada Generación de los 80, que en realidad es una promoción literaria surgida con la crisis de los valores, el cuestionamiento a los postulados socializantes y la frustración de expectativas y utopías. Los integrantes de esta promoción se han replegado en sí mismos para buscar respuestas a sus inquietudes existenciales, pero al no secundar los valores trascendentes de la espiritualidad, aumenta su angustia, que se traduce en desgarradores testimonios reflexivos de sus estados de conciencia. Centrada en una creación poética de inspiración existencialista, los miembros de esta promoción de intelectuales encabezados por José Mármol y Plinio Chahín fincan su visión literaria en el lenguaje mismo con la consiguiente reflexión sobre el hombre y su obra mediante la exploración de motivos de corte introspectivo y tono angustioso, con los temas de la soledad, el miedo, la angustia, la muerte y el horror vacui enfocados con los recursos imaginativos de la palabra y la onda estética y simbólica de su creatividad. Ahondan en el pesar, la angustia existencial y la crisis de conciencia. Admiradores de J. L. Borges, Fernando Pessoa y Constantino Cavafis, son analíticos y reflexivos sobre temas de la cotidianidad, con el humor y el desgarro, al tiempo que ponen la fe en la creación literaria como fuente de realización personal. Entre las obras de su líder principal, José Mármol, se destacan Encuentro con las mismas otredades, La invención del día y La Poética del Pensar. Integrantes: José Mármol, Plinio Chahín, Dionisio de Jesús, Médar Serrata, Miguel D. Mena, Tomás Castro, Miguel Collado, Adrián Javier, Rafael García Romero, Ramón Tejada Holguín, René Rodríguez Soriano, José Bobadilla, Fernando Cabrera, José Alejandro Peña, Juan Manuel Sepúlveda, Martha Rivera, León Félix Batista, César Zapata y otros. La Generación del 90 del siglo xx vio el nacimiento de dos nuevos movimientos literarios. El Contextualismo, de inspiración pluralista y orientación Historia general del pueblo dominicano 659 experimental bajo el modo de ficción imaginaria, fue creado en San Francisco de Macorís por Cayo Claudio Espinal; y el Interiorismo, de inspiración clásica y orientación mística bajo el modo de ficción trascendente, fue creado en Moca por Bruno Rosario Candelier. El Contextualismo Movimiento experimentalista que aspira a implantar una nueva modalidad estética fundada en una teorización sobre el quehacer poético. Esta nueva pauta creadora pretende una ruptura con las poéticas prevalecientes. El creador de este movimiento, Cayo Claudio Espinal, había ampliado el abanico poético hacia los dominios imaginarios y trascendentes con Acontecen neblinas, pero cuando apareció el Pluralismo se alió a ese movimiento con su poemario Banquetes de aflicción. Mediante «La mampara», el poeta asume la idea de contexto (razón por la cual el suscrito denominó contextualista su poética), como confluencia de planos y niveles y al advertir que el texto, como la realidad, tiene múltiples facetas y texturas, cada una de ellas revela la peculiar condición que hace de su suma una realidad compleja, diversa y contradictoria, intento que podría ofrecer nuevas posibilidades expresivas. Sin embargo, el aliento estético se ve sofocado por los endosos contextualizadores. La apelación para decidir entre «la aventura y el orden», según los términos de Guillaume Apollinaire, esa lucha en que se han debatido algunos creadores entre la tradición (orden) o la renovación (aventura), polariza la ruta de la imaginación. Aunque la experimentación no alienta el placer estético, entendemos que debe haber creadores que se casen con la vanguardia y que indaguen senderos expresivos con nuevos caminos formales para enrumbar la literatura hacia la modernidad. Desde luego, la gran literatura de todos los tiempos es aquella que aporta, desde el trasfondo espiritual de su búsqueda, un nuevo sentido al cultivo de la belleza y el flechazo del misterio bajo la motivación profunda de la inspiración creadora. Como aliado del Pluralismo, Banquetes de aflicción, de Cayo Claudio Espinal, representó la primera variante pluralista significativa, con la angustia metafísica como trasfondo. Con la técnica plural cobra potencia la multivocidad y, en consecuencia, el lenguaje poético se carga de una propiedad mágica: multiplica sus sentidos, preña de misterio la significación y no se agota en una lectura su caudal de connotaciones. En Cayo Claudio Espinal la pluralidad formal se asocia a una pluralidad conceptual, puesto que su máxima aspiración es dar con la fórmula que explique la condición infinita del 660 Literatura dominicana contemporánea. Grupos, tendencias y géneros literarios, 1960-2000 hombre, según su visión poética. De ahí su interés en penetrar en la esencia de la naturaleza, en la lucha que libran los seres para ser y existir, con el fin de superar el conflicto entre la vida interior y la exterior, la confrontación de los contrarios que subyace a su creatividad. Cayo Claudio Espinal alcanzó notoriedad con «Acontecen neblinas», publicado en El Nacional en 1975 y con tres libros de corte pluralista: Banquetes de aflicción, Utopía de los vínculos y la obra contextualista Comedio, de 1993. En Banquetes de aflicción, Espinal se da a conocer como un joven poeta maduro, no solo por la densidad de sus planteamientos filosóficos, sino por la forma de asumir los influjos del Surrealismo, las huellas culturales de autores griegos como Platón, Eurípides y Homero, los ecos nutrientes de poetas modernos como William Blake, Artur Rimbaud y Rainer María Rilke y de los nacionales Rafael Américo Henríquez, Franklin Mieses Burgos y Manuel Rueda, con un arsenal cultural de Oriente y Occidente, que se remonta a la cultura persa y la hindú y desciende a las raíces folklóricas nacionales, entroncándolos al mito criollo de la ciguapa y algunos elementos de la fauna y la flora dominicanas. En «La mampara», que el suscrito dio a conocer en Coloquio, el suplemento literario de El Siglo, el 14 de octubre de 1989, Cayo Claudio Espinal se propuso ampliar el texto con nuevos contextos, para lo cual: a) busca mecanismos de asociación con el concurso de diferentes disciplinas (artísticas, científicas y filosóficas); b) crea una idea del universo en su heterogeneidad y multivocidad; c) aplica la teoría de la desconstrucción (Derrida, Greimas, Wittgenstein); d) trabaja la confluencia de géneros, discursos, corrientes, creencias y teorías; e) usa los recursos del metatexto y la metapoesía, con superposiciones espaciotemporales, motivos delirantes y reflexiones sobre la creación poética. En su intento de crear varios planos que se modifiquen o se complementen, añade formas y sentidos por la vía de contextos o yuxtaposiciones referenciales por lo que se acentúa, sin embargo, la parte conceptual no poética en menoscabo de la dimensión estética mediante el empleo de un lenguaje técnico y especializado de la corriente experimentalista que acentúa el papel de la inteligencia en detrimento de la sensibilidad. Por esa razón, a esta tendencia se le puede objetar que su poética constituye: a) una variante del Pluralismo; b) un predominio de lo conceptual en detrimento de la vivencia estética; y c) un rejuego verbalista mediante vacuos entretenimientos experimentalistas que actúan como retruécanos de la conciencia. Integrantes: Cayo Claudio Espinal, Comedio; Manuel Llibre, Serie de senos; Víctor Saldaña, Sombra de nada y Pastor de Moya, Cuentos. Historia general del pueblo dominicano 661 El Interiorismo Movimiento literario creado y orientado por Bruno Rosario Candelier bajo un nuevo modo de ficción trascendente. Esta nueva tendencia estética, impulsada por el Ateneo Insular, la organización de escritores y grupos literarios que promueve la Poética Interior, ha implantado una nueva sensibilidad mediante el cultivo literario. Esta tendencia literaria promueve el enfoque de la realidad trascendente, testimonia el impacto de lo real en la conciencia y procura la intuición de verdades profundas mediante la expresión de la belleza trascendente y el cultivo de los valores interiores a favor de una visión espiritual y estética. El Movimiento Interiorista aglutina a los escritores con vocación por la interioridad y la trascendencia con el fin de potenciar la creación literaria hacia dimensiones profundas y esenciales. La opción estética del Interiorismo induce a que cada escritor se encuentre a sí mismo y se instale en el interior de la cosa mediante la contemplación de lo viviente para hacer la obra que formalice la voz interior, los efluvios de la realidad trascendente y la dimensión interna y mística de lo real, de manera que pueda hallar su propio camino interior y orillarlo desde su propia sensibilidad con el concurso de la intuición, el lenguaje, la memoria y las vivencias para testimoniar su peculiar percepción del mundo mediante la expresión de la verdad poética, que es siempre personal y la canalización de la voz universal, como legado de la sabiduría cósmica. El creador interiorista se instala en el interior de la cosa para atrapar su valor y su sentido, bajo los siguientes principios: a) enfoque de la realidad trascendente para testimoniar la dimensión interior de lo existente con el sentido de hechos, fenómenos y cosas; b) canalización de la reacción interior que lo real produce en la conciencia; c) objetivación de la faceta esencial de lo real mediante la imagen que evoca o sugiere su rasgo sustancial; d) interiorización y coparticipación de la vertiente interna y mística de lo viviente en procura de la verdad profunda y la belleza sublime. Como estética literaria de introspección y trascendencia, el Interiorismo revela la verdad subjetiva de las cosas expresada como certeza de la conciencia mediante el lenguaje de la intuición. La Poética Interior recupera el sentido originario de la creación: postula que las cosas son conocibles en su interioridad y esa dimensión entrañable la asume como sustancia de la creación; enfatiza que la creación literaria ha de fundar una realidad estética, interior y profunda, que es igual y distinta de la cosa que la inspira, que convierte en sustancia de la creación literaria; y confirma que la obra del creador produce en la conciencia una verdad o sabiduría que entusiasma, ilumina y edifica. 662 Literatura dominicana contemporánea. Grupos, tendencias y géneros literarios, 1960-2000 El Interiorismo procura crear una literatura profunda y trascendente mediante: 1. Instalación del sujeto creador en el interior de la cosa para asumir su esencia, su sentido o su valor. 2. Ponderación del impacto del mundo circundante en el interior de la conciencia. 3. Identificación sensorial, intelectual, afectiva y espiritual con lo viviente. 4. Expresión de los valores interiores, como empatía universal, ternura cósmica, soledad sonora y silencio contemplativo. 5. Creación o revelación de la verdad profunda y la belleza sutil. 6. Exaltación de los valores universales, como la verdad metafísica, la belleza sublime o el bien supremo. 7. Aplicación de los poderes interiores (intuición, memoria, reflexión, aliento creativo y visión amorosa del Mundo). 8. Canalización de la voz interior y la voz universal. 9. Sentimiento de pertenencia a la Totalidad. 10. Convicción de nuestro vínculo entrañable con la Fuerza Espiritual del Universo. Para lograr una creación interiorista es necesario: 1. Tomar conciencia de la instalación del sujeto creador en el interior de cosas y fenómenos para asumir interiormente lo contemplado. 2. Articular, en una visión integral y armoniosa, formas, procedimientos y valores plasmados en las grandes creaciones de la literatura universal. 3. Recrear el entusiasmo lírico que transmite una visión amorosa, original y auténtica de nuestra percepción singular del mundo en su dimensión esencial, interna y mística. 4. Asumir un tono empá- tico para establecer un vínculo de identificación intelectual y emocional con la cosa. 5. Elaborar la imagen interior que fusiona lo sensible y lo intangible para la percepción de la realidad trascendente. El Interiorismo es el primer movimiento literario dominicano que ha logrado una proyección internacional en Latinoamérica y Europa. Con el apoyo del Ateneo Insular, tiene una red de grupos y escritores aglutinados bajo un plan de acción cultural. Es la primera organización de escritores que ha fundado quince grupos literarios en el país y otros tantos en el exterior. Sus creadores sesionan periódicamente en diferentes poblaciones del país y celebran sus convivencias literarias con un sentido de crecimiento, armonía y creatividad. Integrantes: Bruno Rosario Candelier, Pedro José Gris, José Frank Rosario, Iki Tejada, Sally Rodríguez, Ramón Antonio Jiménez, Tulio Cordero, José Acosta, Guillermo Pérez Castillo, Carmen Pérez Valerio, Ángel Rivera Juliao, Johanna Goede, Manuel Salvador Gautier, Pura Emeterio Rondón, Emilia Pereyra, Oscar Holguín-Veras, Artagnan Pérez Méndez, Rafael García Romero, Teresa Ortiz, Carmen Comprés, Roberto José Adames, Jaime Tatem Brache, León David, Joifre Pimentel, José López Larache, Miguel Solano, Isael Pérez, Emilia Pereyra, Ofelia Berrido, Bárbara Moreno, Arsenio Díaz, Rosa Julia Vargas, Fausto Leonardo Henríquez, Minelys Sánchez, Valentín Amaro, Historia general del pueblo dominicano 663 Leopoldo Minaya, Eduardo Tavárez Justo, Eduardo Gautreau de Windt, Fari Rosario, Farah Hallal, Gahston Saint-Fleur, Sélvido Candelaria, Henry Santos Lora y otros. Desde su fundación en 1990, el Ateneo Insular ha fomentado la formación de grupos literarios, como el Octavio Guzmán Carretero, en Moca; el Salomé Ureña y el Virginia Elena Ortea, en Puerto Plata; el Chery Jimenes Rivera, en Monte Cristi; el Juan de Jesús Reyes, en Mao; el Domingo Moreno Jimenes, en Santiago; el Franklin Mieses Burgos, en San Francisco de Macorís y Santo Domingo; el Federico García Godoy y el Rubén Suro en La Vega; el Máximo Avilés Blonda, en Jarabacoa; el Manuel del Cabral, en Constanza; el Javier Angulo Guridi y el Manuel Valerio, en Santo Domingo; el Flérida de Nolasco, en La Romana; el Freddy Gatón Arce, en San Pedro de Macorís; el Tomás Morel, en San José de Las Matas; el Hilma Contreras, en San Francisco de Macorís y otros en el exterior que funcionan en calidad de Correspondientes del Movimiento Interiorista del Ateneo Insular Internacional. El Interiorismo ha estimulado la gestación de autores fundamentales en las letras dominicanas, entre los cuales figuran Pedro José Gris, José Frank Rosario, Tulio Cordero, Iki Tejada, Sally Rodríguez, Carmen Comprés, Manuel Salvador Gautier, Pura Emeterio Rondón, Julio Adames, José Acosta, Guillermo Pérez Castillo, Emilia Pereyra, Nelson Minaya, Jaime Tatem Brache, Pedro Camilo, Rafael García Romero, Ramón Antonio Jiménez, Roberto José Adames, Blas Jiménez, Carmen Pérez Valerio, Ángel Rivera Juliao, Ofelia Berrido, Fausto Leonardo Henríquez y Leopoldo Minaya, entre otros. Autores y obras: Bruno Rosario Candelier: El sueño era Cipango, La búsqueda de lo Absoluto, El Movimiento Interiorista, La pasión inmortal, Poesía mística del Interiorismo y otras. Pedro José Gris: Las voces, Salmodia de los saltos; José Frank Rosario: Entre el polvo y la ceniza; Ramón Antonio Jiménez: Crónica circular, Apología del insomnio, La presencia del miedo; Oscar de León Silverio: Nostalgia de lo Eterno; Iki Tejada: Un latido en el bosque; Julio Adames: Huéspedes en la noche; León David: Parábola de la verdad sencilla; Tulio Cordero: Si el alba se tardara, Latido cierto, La sed del junco, La noche, las hojas y el viento; Johanna Goede: Aún no sé qué nombre ponerle; Ida Hernández: Viajera del polvo; Carmen Sánchez: Descalza entre piedras; Roberto José Adames: Antología del suicidio; José Acosta: Destrucciones; Carmen Pérez Valerio: Rumor cotidiano; Ángel Rivera Juliao: Ángel de luz, Memoria de la sal; Guillermo Pérez Castillo: Insondable acecho; Manuel Salvador Gautier: Serenata, Balance de tres, Celebración de la primavera, El asesino de las lluvias; Emilia Pereyra: Coctel con frenesí; Fausto Leonardo Henríquez: La isla presentida; Jaime Tatem Brache: Rituales de la lluvia; Ofelia Berrido: El Sol secreto. 664 Literatura dominicana contemporánea. Grupos, tendencias y géneros literarios, 1960-2000 El Interiorismo tiene el mérito de aglutinar decenas de grupos literarios creados bajo su inspiración estética con la mayor matrícula de integrantes en el territorio nacional y, sobre todo, constituye el primer movimiento literario dominicano que ha alcanzado una proyección internacional, razón por la cual la nueva acepción que este movimiento ha aportado al ánfora del lenguaje ya ha sido registrada en varios diccionarios, incluido el de la Real Academia Española, lo que le acredita el reconocimiento como tendencia estética de nuestra lengua, categoría que avala el aporte de su formulación estética y el legado literario de sus creadores. Las dos grandes tendencias estéticas finiseculares, el Contextualismo y el Interiorismo, aglutinaron a los mejores creadores de la Generación del 90. Sin embargo, valiosos integrantes de esa generación optaron por una orientación ecléctica y abierta a diferentes influjos estéticos, como Nan Chevalier, Basilio Belliard, Modesto Acevedo, Homero Pumarol, Rita Indiana Hernández, Frank Martínez, Máximo Vega, Eloy Alberto Tejera, Pedro Antonio Valdez y Ángela Hernández, entre otros. Géneros literarios: narrativa, poesía y teatro El auge de la novela La creación de la novela, el género literario que mejor da cuenta de la realidad histórica y cultural de un país en virtud del caudal de referencias antropológicas, lingüísticas y sociográficas en cuya temática aflora lo nacional, lo popular y lo culto, responde al desarrollo material y social de un país y en las últimas décadas del siglo xx se ha intensificado con el avance de las técnicas novelísticas, la cosmovisión de los autores con su peculiar sensibilidad y la invención de la imaginación aliada a la idiosincrasia de nuestro pueblo. Las novelas importantes de nuestro pasado literario, como las de Pedro Francisco Bonó, Manuel de Jesús Galván, Francisco Gregorio Billini, Federico García Godoy, Tulio M. Cestero, Juan Bosch, Alfredo Fernández Simó, Ramón Lacay Polanco, Manuel A. Amiama y Julio Vega Batlle en la primera mitad del siglo xx, alimentaron las creaciones novelísticas de autores contemporáneos como Carlos Federico Pérez, Freddy Prestol Castillo, Marcio Veloz Maggiolo, Carlos Esteban Deive, Ramón Emilio Reyes, Ángel Hernández Acosta, Aida Cartagena Portalatín, Pedro Mir, Virgilio Díaz Grullón, Manuel Mora Historia general del pueblo dominicano 665 Serrano, Pedro Vergés, Diógenes Valdez, Andrés L. Mateo, Ricardo Rivera Aybar, Julia Álvarez, Bruno Rosario Candelier, Manuel Matos Moquete, José Enrique García, Emilia Pereyra, Manuel Salvador Gautier y Ofelia Berrido en la segunda mitad de la vigésima centuria, mediante la creación de novelas que reflejan al hombre y el paisaje dominicanos con sus rasgos lingüísticos, su talante cultural y la realidad histórica y social. La novela dominicana tiene, según mi valoración teórica, tres grandes tendencias en su trayectoria creativa: • La tendencia histórica, con tres corrientes: a) Novela indigenista (Enriquillo, de Manuel de Jesús Galván, y Toeya, de Virginia de Peña de Bordas); b) Novela costumbrista (Baní o Engracia y Antoñita, de Francisco G. Billini y Medalaganario, de Jacinto Gimbernard Pellerano); y c) Novela histórica (Guanuma, de Federico García Godoy y El sueño era Cipango, de Bruno Rosario Candelier). Con ese sentido del pasado, la tendencia histórica cuyos lineamientos programáticos fueron prestigiados por Walter Scott y que en nuestro país aplicó ejemplarmente Manuel de Jesús Galván en Enriquillo, ha sido la tendencia dominante en la evolución del género en las letras dominicanas. • La tendencia social, con tres corrientes: a) Novela socio-realista (La Mañosa, de Juan Bosch y Tiempo para héroes, de Manuel Salvador Gautier); b) Novela socio-política (Over, de Ramón Marrero Aristy, y Cuando amaban las tierras comuneras, de Pedro Mir); c) Novela criollista (Guazábara, de Alfredo Fernández Simó y Tracaveto, de Francisco Nolasco Cordero); y d) la vertiente existencialista (En su niebla, de Ramón Lacay Polanco y Nostalgia de la nada, de Teté Robiou). • La tendencia experimental, con tres corrientes: a) Novela urbana (Lucinda Palmares, de Diógenes Valdez y La ciudad herida, de Carlos Federico Pérez; b) Novela vanguardista (Los ángeles de hueso, de Marcio Veloz Maggiolo, y Goeíza, de Manuel Mora Serrano) y c) Novela cosmopolita (Escalera para Electra, de Aída Cartagena, y Mutanville, de Arturo Rodríguez Fernández). • La tendencia interiorizadora, que gestó la vertiente identidista con Julia Álvarez en De cómo las chicas García perdieron su acento y la vertiente mística impulsada Bruno Rosario Candelier con El sueño era Cipango. Esas tendencias y vertientes novelísticas se entroncan con sus respectivas generaciones literarias: la tendencia histórica, con la Generación Romántica de 1870; la tendencia social, con la Generación Socio-Realista de 1930; la 666 Literatura dominicana contemporánea. Grupos, tendencias y géneros literarios, 1960-2000 tendencia experimental, con la Generación Mágico-Realista de 1960 y la Tendencia Interiorizadora, con la Generación Identidista de 1990. Por su entronque con la realidad social,3 el novelista es el escritor que da el testimonio más completo de su tiempo, al explorar los secretos de la intrahistoria o bosquejar la radiografía espiritual de su sociedad. Según Georg Lukács, la novela responde a una búsqueda «demoníaca» de los verdaderos valores que transforman el mundo degradado, de manera que el héroe se comporte como ser antagónico respecto a la realidad que cuestiona o rechaza.4 Si la novela es un reflejo de la madurez sociocultural de un pueblo, el novelista capta la realidad en sus expresiones antropológicas, sociales, psicológicas y culturales. El novelista toma en cuenta aspectos que a menudo margina el historiador, el periodista o el sociógrafo, pues como dijera Alberto Zum Felde, «la intrahistoria no la escriben los historiadores sino los novelistas».5 La intrahistoria comprende lo que no se ve, lo que subyace en la base de hechos y conflictos que, al menos para el novelar que ausculta el trasfondo de la historia, es más importante que lo que se ve. Desde el punto de vista del modo de ficción, la novela dominicana ha oscilado entre el modo realista y el modo imaginario, con una ocasional incursión del modo trascendente.6 Hasta la fecha el tercer modo de ficción, el modo trascendente o metafísico, solo cuenta en la novelística dominicana con cuatro novelas adscritas al ámbito de la realidad trascendente: Frondas alucinantes de Alfredo Fernández Simó, El sueño era Cipango de Bruno Rosario Candelier, La mosca soldado de Marcio Veloz Maggiolo y El Sol secreto de Ofelia Berrido. El novelista ha de pensar como narrador, en cuya virtud crea mundos imaginarios, escenas narrativas ficticias, personajes inventados. Si corresponde al poeta pensar en imágenes sensoriales, el novelista ha de crear mundos imaginarios a través de los cuales formaliza hechos, personajes y ambientes que concibe su ficción, que mediante la estructura del género, organiza obsesiones y proyectos, funda tramas y vivencias, coordina hechos y apelaciones creadoras. El novelista nutre su ficción en los fondos dramáticos de los conflictos profundos, razón por la cual ha de ahondar en las raíces de los acontecimientos que afectan a la sociedad. Pero como nos advierte Lionel Trilling: «[…] somos criaturas de la época, criaturas del sentido histórico, no solo como lo fueron siempre los hombres, sino en un nuevo sentido desde los tiempos de Walter Scott.7 La realidad sociográfica dominicana pautó en el pasado la primacía de la novela tradicional con el predominio de la sociedad rural y, con el auge de la sociedad urbana en los tiempos contemporáneos, la primacía de la novela moderna. La modernidad en la novelística cuenta con un valioso precursor Historia general del pueblo dominicano 667 en la figura de Ramón Lacay Polanco, que aplicó por vez primera en la novelística dominicana recursos modernizantes del novelar, al introducir el Existencialismo en las letras dominicanas con las novelas Hombre de piedra y En su niebla. Corresponde, sin embargo, a Marcio Veloz Maggiolo, como líder de la vanguardia novelística dominicana, el título de introductor de la experimentación novelística con El buen ladrón, La vida no tiene nombre, Los ángeles de hueso, De abril en adelante y Materia prima, entre otros títulos. Los 70 implantan definitivamente la ruptura de los viejos moldes narrativos con Escalera para Electra, de Aida Cartagena Portalatín; Anadel, de Julio Vega Batlle; El Masacre se pasa a pie, de Freddy Prestol Castillo; Lucinda Palmares, de Diógenes Valdez; Cuando amaban las tierras comuneras, de Pedro Mir; Carnavá, de Ángel Hernández Acosta; Mutanville, de Arturo Rodríguez Fernández; Currículum de Efraím Castillo; Solo cenizas hallarás (Bolero), de Pedro Vergés; Goeíza, de Manuel Mora Serrano y Tu sombra 3, de Francisco Nolasco Cordero. El proceso de desarrollo de nuestra novelística ha visto la gestación de cuatro ciclos narrativos significativos: • El ciclo de la montonera (La Mañosa de Juan Bosch, La Cacica de Rafael Damirón, Guazábara de Alfredo Fernández Simó). Las novelas de las revoluciones montoneras cobró impulso al inicio del régimen político ejercido en el lapso de 1930-1961 cuyo gobierno aplasta los levantamientos armados que protagonizaban las revoluciones montoneras y decapita a los caudillos revolucionarios que se levantaban contra los gobiernos establecidos (Desiderio Arias, Ciprián Bencosme, Juancito Rodríguez) y, desde luego, se aúpan las novelas que combaten los levantamientos armados y contribuyen a sostener el status quo del ré- gimen establecido (Enriquillo de Manuel de Jesús Galván, Guanuma de Federico García Godoy, La sangre de Tulio Cestero, La Mañosa de Juan Bosch). • El ciclo de la caña (Cañas y bueyes, de Francisco Moscoso Puello; Over, de Ramón Marrero Aristy; El terrateniente, de Manuel A. Amiama). El ciclo sobre las novelas de la caña, que florece al principio del régimen tiránico como una reacción interna contra la explotación que las leyes amparaban en desmedro de los asalariados de los ingenios azucareros. La novela de la caña inspiró después La vida no tiene nombre, de Marcio Veloz Maggiolo y Tiempo muerto, de Avelino Stanley. • El ciclo de tema bíblico (El Buen Ladrón, de Marcio Veloz Maggiolo; Magdalena, de Carlos Esteban Deive y El testimonio, de Ramón Emilio 668 Literatura dominicana contemporánea. Grupos, tendencias y géneros literarios, 1960-2000 Reyes). Este ciclo crea un novelar inspirado en temas y personajes bí- blicos, que surge en los finales del gobierno de Trujillo, constituye un vehículo, indirecto y traslaticio, de denuncia de los abusos del régimen dictatorial mediante un procedimiento simbólico que, al tiempo que formulaba subrepticiamente una denuncia, evitaba que peligrara el pellejo de sus autores porque esas novelas se situaban en tiempos de Jesús y, por tanto, los males apuntados eran los del Imperio romano. Esas tres novelas son obras ejemplares por la dimensión espiritual de su contenido y la caracterización de sus personajes, ubicados en la Galilea del Nazareno. Son novelas inspiradas en la Biblia y denuncian los asesinatos y la prepotencia de las autoridades imperiales y a través de esa denuncia condenaban sutilmente los atropellos del régimen que sus autores conocían vivencialmente. • El Ciclo del dictador desarrolla hechos y actitudes bajo la dictadura, directa o indirectamente (En tiempos de las mariposas, de Julia Álvarez; Ritos de cabaret y Uña y carne, de Marcio Veloz Maggiolo; La balada de Alfonsina Bairán, de Andrés L. Mateo; Juro que sabré vengarme, de Miguel Holguín-Veras; Domini canes, de Bernardo Vega; Al cruzar el Viaducto, de Artagnan Pérez Méndez; Musiquito, de Enriquillo Sánchez; Tartufo y las orquídeas, de Diógenes Valdez; Bienvenida y la noche, de Manuel Rueda; Toda la vida y Tiempo para héroes, de Manuel Salvador Gautier. • El ciclo de novelas del dictador cobra fuerza con la generación de escritores que surgieron tras la caída de Trujillo, ya que tiene no solo distancia y perspectiva para enfocar la naturaleza de ese régimen político sino que, además, sus autores están libres del miedo que inspiraban sus secuaces y verdugos, lo que les permitió escribir libremente sobre la realidad de un despotismo despiadado. Esas novelas enfocan al dictador desde el dominio omnipresente de su figura todopoderosa hasta las secuelas en la población que producía esa manera de ejercer el poder. Los autores de esas novelas, lo mismo si sufrieron las penas del exilio (Julia Álvarez con En el tiempo de las mariposas, Manuel Salvador Gautier con Toda la vida) o si fueron beneficiados por el régimen (Manuel Rueda con Bienvenida y la noche, Virgilio Díaz Grullón con Los algarrobos también sueñan) condenan, mediante la ficción, la realidad nefasta que la dictadura prohijó. Después del régimen de los 30 años, autores que vivieron la época publicaron novelas con el tema del dictador, como La ciudad herida, de Carlos Federico Pérez; Papaján, de Francisco Nolasco Cordero; Los algarrobos también sueñan, de Virgilio Díaz Grullón; Bienvenida y la noche, de Manuel Rueda y Historia general del pueblo dominicano 669 otras. En pleno régimen dictatorial se habían publicado algunas novelas sobre la dictadura, como Cementerio sin cruces, de Andrés Francisco Requena o Trementina, clerén y bongó de Julio González Herrera, que circularon con más profusión tras la caída del Jefe. La década de los 90 del siglo xx vio un florecimiento del ciclo del dictador como tema central o tema de trasfondo con la presencia del caudillo gobernante en la vida social del pueblo dominicano y las implicaciones emocionales de la dictadura en la psicología colectiva sofrenada por el miedo. El tema de la dictadura enfoca los efectos del régimen en la conducta de los personajes o las reacciones emocionales de la gente ante el poder avasallante. La producción de novelas es imparable. Autores de promociones precedentes, como Manuel del Cabral (El presidente negro); Juan Bosch (El oro y la paz), Aida Cartagena Portalatín (La tarde en que murió Estefanía); Freddy Prestol Castillo (Pablo Mamá); Joaquín Balaguer (Los Carpinteros); Virgilio Díaz Grullón (Los algarrobos también sueñan) y de las promociones contemporáneas, como Teté Robiou (La nostalgia de la nada); Marcio Veloz Maggiolo (Biografía difusa de Sombra Castañeda, La mosca soldado o El hombre del acordeón); Andrés L. Mateo (La balada de Alfonsina Bairán, El violín de la adúltera); Pedro Peix (El brigadier o La fábula del lobo y el sargento) y Diógenes Valdez (Tiempos revocables) remozan el cultivo de la novela. Otras novelas importantes por la historia que narran, como Escalera para Electra de Aida Cartagena, De abril en adelante de Marcio Veloz Maggiolo o Cuando amaban las tierras comuneras de Pedro Mir, parámetros de la modernidad, sin embargo flaquean por el exceso de experimentación o por ignorar la ley de la transformación, fundamental entre las leyes novelísticas. El hecho de que en 150 años de historia del género, apenas 10 o 12 novelas complementan cabalmente las exigencias del género, revela el precario desarrollo de nuestra novelística y manifiesta el porqué no hemos podido colocar una novela dominicana en la competencia internacional.8 Varias novelas impactan por la asunción de una temática vinculada a la realidad social, como El Masacre se pasa a pie, de Freddy Prestol Castillo; Solo cenizas hallarás (Bolero), de Pedro Vergés; Cuando amaban las tierras comuneras, de Pedro Mir; Balance de tres, de Manuel Salvador Gautier o El hombre del acordeón de Marcio Veloz Maggiolo. Aunque hay muchos novelistas, los escritores dominicanos con una sólida ejecutoria novelística son Marcio Veloz Maggiolo, Roberto Marcallé Abreu y Manuel Salvador Gautier. Hay novelas importantes por su historia en sí misma y la forma de conducirla, como Las devastaciones, de Carlos Esteban Deive; Materia prima, de 670 Literatura dominicana contemporánea. Grupos, tendencias y géneros literarios, 1960-2000 Marcio Veloz Maggiolo; La balada de Alfonsina Bairán, de Andrés L. Mateo o El testimonio, de Ramón Emilio Reyes. Mientras La vida no tiene nombre, de Marcio Veloz y El terrateniente, de Manuel A. Amiama, ubican sus historias en el Este del país; Carnavá, de Ángel Hernández Acosta; Pablo Mamá, de Freddy Prestol Castillo y Los Carpinteros, de Joaquín Balaguer, reviven el ámbito cultural sureño de la tierra dominicana. En cambio, novelas como Goeíza, de Manuel Mora Serrano; El rastro de Caín, de Rosa Julia Vargas, y Al cruzar el Viaducto, de Artagnan Pérez Méndez, se desarrollan en el Cibao. En las letras dominicanas actuales hay un impulso del novelar con autores consagrados y bisoños. Citamos los nombres de Eduardo Álvarez (El Fuerte de la Navidad); Tirso Toribio (La muerte de Jacinto Mendoza); Sueko (Rapto); Andrés L. Mateo (La balada de Alfonsina Bairán); Frank Núñez (La brega); Manuel Rueda (Bienvenida y la noche); Bruno Rosario Candelier (El sueño era Cipango); Avelino Stanley (Catedral de la libido); Máximo Vega (Juguete de madera); Rafael Peralta Romero (Residuos de sombra); Manuel Salvador Gautier (Tiempos para héroes, Serenata, El asesino de las lluvias); Edwin Disla (Vida de un tormento, Período de sombras); Manuel Matos Moquete (Los amantes de abril); José Enrique García (Una vez un hombre); Efraim Castillo (Guerrilla nuestra de cada día); Luis R. Santos (Un amante discreto) y Miguel Solano (Las lágrimas de mi papá). Los novelistas de la Generación del 90, animados por la búsqueda de la identidad, han tenido una importante presencia en la diáspora dominicana en los Estados Unidos de América con Julia Álvarez (De cómo las muchachas García perdieron el acento, En el tiempo de las mariposas, En el nombre de Salomé); Viriato Sención (Los que falsificaron la firma de Dios) y Tomás Modesto (Los cuentos de Mount Hope). La voz de la mujer se ha destapado en la novelística criolla con los nombres de Carmen Imbert Brugal (Distinguida señora), Emelda Ramos (El despojo); Emilia Pereyra (El crimen verde, Cenizas del querer, Coctel con frenesí); Martha Rivera (Se me olvidó tu nombre), Mélida García (Laberinto); Ofelia Berrido (El Sol secreto) y otras. Lo que no tenía nuestra novelística del pasado, que ya lo tiene en el presente, es un pensamiento fraguado en sus alforjas narrativas. Carecimos de una visión del mundo expresada en la novelística nacional. Lo que los alemanes llaman Weltannschauung, ese horizonte conceptual o filosófico a través del cual canalizamos verdades profundas en la manera de asumir e interpretar la realidad, tuvo una débil presencia en nuestras novelas anteriores. Ciertamente las novelas constituyen un canal de la dianoia, es decir, una expresión de las ideas que mueven las corrientes intelectuales o las motivaciones Historia general del pueblo dominicano 671 que subyacen en la intrahistoria, veta copiosa de las narraciones de largo aliento. La cosmovisión refleja el soporte ideológico de la condición humana, ámbito privilegiado del novelar que muchos de nuestros novelistas no han sabido aprovechar narrativamente. La cosmovisión entraña la búsqueda de un sentido del pasado, con el trasfondo conceptual que sustentan la acción, la conducta de los personajes o la filiación de los acontecimientos. Además del plano de la historia y el plano sociocultural, en la novela hay un plano simbólico y otro filosófico que comprenden el sustrato más hondo de la novela y a menudo motivan la creación de mundos imaginarios que dan cuenta de la rebelión del narrador, de la realidad nefasta que rechaza o cuestiona y del mundo ficticio o utópico que propone como antídoto del mundo degradado que adversa. Ya hay varias novelas que reflejan, mediante su cosmovisión, un planteamiento filosófico o espiritual profundo, como Las devastaciones, de Carlos Esteban Deive; Goeíza, de Manuel Mora Serrano; El sueño era Cipango, de Bruno Rosario Candelier; El reino de Mandinga, de Ricardo Rivera Aybar; La mosca soldado, de Marcio Veloz Maggiolo; Génesis si acaso, de Ángel Garrido; El Sol secreto, de Ofelia Berrido; Al fin del mundo me iré, de Avelino Stanley y Ubres de novelastra, de Federico Henríquez Gratereaux, por cuanto reflejan un cuerpo conceptual que las sustenta, paralelo al sustrato sociográfico y cultural con su fotograma histórico, epocal y ambiental, desde su dimensión social y estética. También están Bonaparte Gautreau Piñeyro, con la novela Al final del arco iris; Roberto Marcallé Abreu con Cinco bailadores sobre la tumba caliente del licenciado, Espera de penumbras en el viejo bar; Manuel Mora Serrano con la novela mágico-realista Goeíza; Diógenes Valdez, con Lucinda Palmares. La Universidad Católica Madre y Maestra publicó en 1966 Anadel, de Julio Vega Batlle. En las nuevas promociones de novelistas figuran G. C. Manuel, Pedro Peix, Manuel Salvador Gautier, Pedro Camilo, Avelino Stanley, Frank Núñez, Luis R. Santos, Sueko (Orlando Suriel), Miguel Holguín-Veras, Julia Álvarez, Emilia Pereyra y Ofelia Berrido entre otros. El canon de la novela dominicana presenta las siguientes características: La aparición de la novela dominicana es el producto del desarrollo material, social y cultural del pueblo dominicano pautado por los procesos históricos, razón por la cual carecemos de novelas en la época colonial. El desarrollo de la pequeña burguesía es el factor propicio del novelar dominicano, desde El montero, de Pedro F. Bonó, primer novelista dominicano, hasta La mosca soldado de Marcio Veloz Maggiolo, el primero en el rango de la calidad. La novela 672 Literatura dominicana contemporánea. Grupos, tendencias y géneros literarios, 1960-2000 dominicana revela facetas históricas, sociográficas y antropológicas con su perfil socio-cultural, ratificando al novelista como vocero de la sociedad. El molde clásico del género, en el que predominan las historias narradas, está presente en la mayoría de las novelas dominicanas, desde Enriquillo de Galván hasta El Sol secreto de Ofelia Berrido. El género novelístico ha seguido las estéticas y corrientes en boga, a menudo con cierta arritmia o retraso en el tiempo aplicando alternativamente principios románticos, modernistas, criollistas, socio-realistas, surrealistas, existencialistas, mágico-realistas e interioristas. Las más importantes novelas nacionales fincan su temática en las tragedias que han afectado a la población dominicana en sus respectivos tiempos y circunstancias, desde Guanuma, de Federico García Godoy hasta La mosca soldado, de Marcio Veloz Maggiolo. El empleo de la novela como vehículo de edificación moral, filosófica o didáctica (como Tertulia de los solterones, de Emilio Rodríguez Demorizi; Domini canes de Bernardo Vega; Anadel de Julio Vega Batlle y Medalaganario, de Jacinto Gimbernard) apuntala el valor documental. La aparición tardía de la novela dominicana ha propiciado la vuelta al pasado en la asunción de temas y motivos de nuestra vida colonial de los más importantes narradores nacionales. Los ciclos temáticos que registra la novelística dominicana, como la novela de las revoluciones, la novela de la caña, la novela bíblica o la novela del dictador, refuerzan el cultivo del género en sus procesos de diversificación y desarrollo. El clima cultural ha condicionado el desarrollo de un género literario tan complejo y exigente como la novela que representa el más alto desarrollo literario de un país. La circunstancia de que nuestra novelística registre tantos novelistas de ocasión, sin la adecuada preparación o sin la vocación para emprender con rigor y perseverancia el cultivo de la novela ha producido obras con historias carentes de garra narrativa vigorosa o formas débiles en la aplicación de técnicas. La novela tradicional responde al predominio de la población rural y la moderna, a la primacía de lo urbano, que se ha correspondido con el desarrollo de la burguesía nacional, siendo generalmente pequeño-burgueses los cultores del género novelístico. Las prácticas vanguardistas de la experimentación narrativa, si bien son saludables para la apertura del género cuando se emplean con mesura, confirman el mimetismo del escritor en cuanto a la aplicación de técnicas y recursos. Con las excepciones de Marcio Veloz Maggiolo, Roberto Marcallé Abreu y Manuel Salvador Gautier, nuestros novelistas carecen de una fecunda Historia general del pueblo dominicano 673 ejecutoria que avale la consagración al género de más largo aliento. Autores que han dedicado su vida al cultivo de la poesía o el ensayo han sorprendido con la publicación de una novela, como Pedro Mir con Cuando amaban las tierras comuneras, Manuel del Cabral con El presidente negro, Manuel Rueda con Bienvenida y la noche. La obra novelística de nuestro novelista más eminente, Marcio Veloz Maggiolo, pone de manifiesto la veta creativa de la identidad y la memoria. Como dije en su oportunidad, hay un tipo de memoria, que llamo memoria vicaria, mediante la cual el recuerdo ajeno despierta la memoria propia y, en su defecto, permite aprovechar la experiencia ajena y convertirla en materia para la creación literaria, como sucede con la memoria histórica que permite husmear en el pasado hasta convertirla en fuente y sustancia del novelar. La memoria vicaria no ha sido explotada, como recurso creativo, en la novelística dominicana, como lo ha hecho el autor de La mosca soldado. Los grandes problemas nacionales sectorizados en las zonas regionales del país han gravitado en la novelística criolla, razón por la cual ha predominado la tendencia histórica con el inexorable modo de ficción realista, pero con el advenimiento del Movimiento Interiorista ha comenzado la aparición de novelas inspiradas en el modo metafísico de ficción. Las novelas dominicanas más representativas son: Enriquillo. de Manuel de Jesús Galván; La sangre, de Tulio M. Cestero; La Mañosa, de Juan Bosch; Over, de Ramón Marrero Aristy; Guazábara, de Alfredo Fernández Simó; En su niebla, de Ramón Lacay Polanco; Escalera para Electra, de Aída Cartagena Portalatín; Solo cenizas hallarás, de Pedro Vergés; Las devastaciones, de Carlos Esteban Deive; Lucinda Palmares, de Diógenes Valdez; Goeíza, de Manuel Mora Serrano; El reino de Mandinga, de Ricardo Rivera Aybar; En el tiempo de las mariposas, de Julia Álvarez; El asesino de las lluvias, de Manuel Salvador Gautier; La mosca soldado, de Marcio Veloz Maggiolo y Memoria del horror hermoso, de José Bobadilla. En fin, en tanto narrador que ausculta la voz de su pueblo, la impronta epocal y la huella de la intrahistoria, el novelista se nutre de realidades, auxiliándose de la tradición, el lenguaje, la memoria, la imaginación y la pasión. El sentido etimológico del epos griego, base de la épica que anima la «narración verbal» o la «palabra narrante» de la epopeya cuya evolución desembocó en el novelar moderno como enseña Wolfgang Kayser, despierta la curiosidad histórica por los orígenes, inclinación que subyace la vocación de novelista y lo motiva a escribir aventuras y pasiones. Lo que una historia de aventuras y pasiones puede aportar ha de estar engarzado al sueño de la sociedad, motivo de creación novelística. Ya no 674 Literatura dominicana contemporánea. Grupos, tendencias y géneros literarios, 1960-2000 son la experimentación de nuevas formas ni la violencia contra la estructura tradicional del género lo que estimula la imaginación del novelista: son historias plenas de vitalidad persuasiva, el aliento de vidas completas, los valores que sustentan la existencia humana, el horizonte de ideales que sacuden la modorra espiritual y los hallazgos de intuiciones que hacen del novelar una fuente de reflexión con un alto contenido trascendente. El sentido del pasado subyace en los hechos del presente para que surquemos con reveladora certidumbre las veredas del presente. El cuento y el relato Hay tres clases de cuentos: el cuento maravilloso (cuento de hadas), el cuento folklórico (cuento de caminos) y el cuento literario (cuento erudito). De esos tres tipos de cuentos, las últimas dos modalidades se han desarrollado en la República Dominicana. El cuento folklórico llegó al país con los conquistadores españoles, de manera que tiene una impronta hispánica, aunque al aclimatarse al medio local sufriera variantes según las condiciones socioculturales. Los cuentos de caminos, casi siempre relatos porque narran más de un hecho, fueron las primeras manifestaciones narrativas que conoció nuestro pueblo, mucho antes de que se creara en el país la primera narración de factura culta. Mientras José Ramón López es el más importante representante del cuento tradicional en la tendencia realista, Fabio Fiallo lo es en la tendencia fantástica de corte modernista. Si José Ramón López es realista y Sócrates Nolasco es naturalista, Juan Bosch, que llevará el cuento dominicano a su máximo desarrollo literario, es al mismo tiempo criollista, socio-realista y mágico-realista, líneas que seguirán los cuentistas de su generación y que de alguna manera siguen su magisterio, como los demás cuentistas de los años treinta y cuarenta del siglo veinte. Justamente Bosch opera el salto entre el cuento tradicional y el moderno, siendo el más alto representante de la tendencia realista, como Virgilio Díaz Grullón lo fue para la tendencia fantástica del cuento moderno. En los años cuarenta y cincuenta Julio Vega Batlle, Hilma Contreras y Tomás Hernández Franco cultivan el cuento surrealista. Virgilio Díaz Grullón, que comienza como realista en Un día cualquiera, se vuelca hacia la tendencia fantástica cuya mejor creación es Más allá del espejo. En la década de los 60 se cultiva una tendencia neo-realista, como la de René del Risco y Armando Almánzar. En los 70 y 80 la línea real fantástica de Pedro Peix, Marcio Veloz Maggiolo y José Alcántara Almánzar cobra fuerza. Los cuentos que aparecen con el patrocinio de Casa de Teatro en los últimos treinta años representan Historia general del pueblo dominicano 675 las diferentes tendencias, con nombres establecidos o principiantes, como Manuel Rueda, Arturo Rodríguez Fernández, Armando Almánzar, Rafael Castillo, Pedro Peix, Diógenes Valdez, José Alcántara Almánzar, Rafael García Romero, Ángela Hernández y Pedro Camilo, entre otros. A pesar de que el cuento, en principio, enfoca conflictos, no floreció entre nosotros el cuento psicológico, que introdujera en Santo Domingo Ángel Rafael Lamarche; sin embargo, fue el cuento de orientación criollista, enraizado en la problemática social, el que tomó la delantera y la primacía por la maestría con que Bosch lo cultivó. En sus cuentos ocupan atención prioritaria el drama del campesino humilde, el enfrentamiento del hombre con la Naturaleza y la explotación de amos contra peones. A pesar de que en la narrativa boschiana hay aspectos psicológicos y fantásticos, mágico-realistas y criollistas, es la lí- nea socio-realista la dominante en su ficción. En un cuento como «Los amos», se aprecia el trato cruel e injusto que recibe el campesino pobre, representado por el peón que simboliza al hombre explotado y maltratado que aún en las peores condiciones (enfermedad, desvalimiento, incapacidad) debe servir al amo a costa de su propia vida. La objetividad con que se narra este y los restantes cuentos de Bosch, el manejo diestro del lenguaje y la forma de emplear recursos y procedimientos logran persuadirnos no solo de su verosimilitud sino de su conceptuación con su valiosa dimensión estética y social. Los cuentistas que se desarrollaron bajo la sombra de Bosch, como José Rijo, Freddy Prestol Castillo, Ramón Marrero Aristy, Ramón Lacay Polanco, Néstor Caro, Ángel Hernández Acosta, Hilma Contreras, Eurídice Canaán, Aida Cartagena Portalatín, Virgilio Díaz Grullón y la restante cuadrilla de narradores contemporáneos, entre los cuales figuran las más jóvenes promociones, escriben o narran según el patrón estructural del cuento. Entre los narradores importantes de la promoción del 70 figuran Diógenes Valdez, José Alcántara Almánzar, Arturo Rodríguez Fernández, Andrés L. Mateo, Rafael Castillo, Roberto Marcallé Abreu, Pedro Peix y Bonaparte Gautreaux Piñeyro. Autores como José Alcántara Almánzar, autor de La carne estremecida, Callejón sin salida, Las máscaras de la seducción y Testimonios y profanaciones, Diógenes Valdez, con El silencio del caracol, La pinacoteca de un burgués, Todo puede suceder un día, y Manuel Rueda, con Papeles de Sara y otros relatos, le han dado una alta categoría al género corto de la narrativa. Otros autores importantes, como Armando Almánzar, Aída Bonnelly, Pedro Peix, José Enrique García, León David, Emilia Pereyra y Ángela Hernández han sido fecundos y ejemplares en el cultivo del cuento. Esos creadores tienen la sensibilidad artística para captar y expresar los fenómenos del mundo interior de sus personajes, que plasman sus vivencias imaginarias en imágenes narrativas. 676 Literatura dominicana contemporánea. Grupos, tendencias y géneros literarios, 1960-2000 Enmarcados en la línea de creación de los grandes narradores hispanoamericanos (José María Arguedas, Juan Rulfo, Julio Cortázar, Jorge Luis Borges, Alejo Carpentier, Gabriel García Márquez), estos narradores dominicanos cimentan su mundo narrativo en una materia real-imaginaria proveniente de la realidad sociocultural dominicana y, obviamente, del mundo de sus propias experiencias, obsesiones y vivencias. Continuadores de la mejor tradición latinoamericana, enrumban sus narraciones hacia una literatura bajo los tres grandes modos de ficción. En gran parte de los textos narrativos dominicanos, los personajes se hallan dominados por una sensación de fracaso, de miedo, de soledad, donde el narrador asume el punto de vista de sus personajes a través de hechos, actitudes, creencias y comportamientos propios de sujetos de capas sociales urbanas, populares y barriales identificables en pueblos y ciudades de países subdesarrollados como Santo Domingo. Con una variada artillería narrativa en la que están presentes la imbricación de planos y puntos de vista, retrospecciones y evocaciones, superposiciones espacio-temporales, aunados a cierto costado de crítica social, los nuevos narradores presentan un cuadro sociográfico de la realidad dominicana: Personajes signados por la vorágine de un mundo conflictivo, atrapados en la angustia derivada de una precaria realidad material y espiritual, con hechos perfilados por una ausencia de moral en un mundo que aporta la materia narrativa a su ficción mediante la cual proyectan sus matices humanos, lingüísticos, psicológicos y culturales, en una conformación de personajes con trazos firmes y vigorosos, sobre todo jovenzuelos inmersos en la desesperación, la violencia y el desgano con una formalización narrativa en un lenguaje coloquial impregnado de expresiones populares. Entre los cuentistas de los 80 se destacan Rafael García Romero, Rafael Castillo, René Rodríguez Soriano, Ramón Tejada Holguín, Rafael Peralta Romero, Ángela Hernández, Juan Manuel Prida Busto, Luis Arambilet, Mélida García, Osiris Madera, Eric Simó y Fernando Valerio Holguín, entre otros. Entre los autores consagrados que publicaron sus cuentos en los últimos cincuenta años figuran Juan Bosch, con Cuentos escritos en el exilio, Cuentos escritos antes del exilio y Más cuentos escritos en el exilio; Hilma Contreras, con Entre dos silencios; Ramón Lacay Polanco, con No todo está perdido; Virgilio Díaz Grullón, con Crónicas de Altocerro, Más allá del espejo y De niños, hombres y fantasmas; Manuel del Cabral, con Cuentos cortos con pantalones largos; Marcio Veloz Maggiolo, con Seis relatos, La fértil agonía del amor y Cuentos, recuentos y casi-cuentos; Aida Cartagena Portalatín, con Tablero; Manuel Rueda, con Papeles Historia general del pueblo dominicano 677 de Sara y otros relatos; Carlos Esteban Deive, con Museo de Diablos; Pedro Mir, con La gran hazaña de Límber y después otoño. Varios autores alcanzaron notoriedad con libros de cuentos, como Armando Almánzar, con Límite e Infancia feliz; Efraim Castillo, Viaje de regreso; Miguel Alfonseca, El enemigo; Mario Emilio Pérez, El miedo cerró las puertas; Roberto Marcallé Abreu, Las dos muertes de José Inirio, Sábado de sol después de las lluvias, El minúsculo infierno del señor Lukács, Cinco bailadores sobre la tumba caliente del licenciado, Espera de penumbras en el viejo bar, Ya no están estos tiempos para trágicos finales de historias de amor y Alternativas para una existencia gris; José Alcántara Almánzar, Viaje al otro mundo, Callejón sin salida, Testimonios y profanaciones y Las máscaras de la seducción; Arturo Rodríguez Fernández, La búsqueda de los desencuentros; Santiago Estrella Veloz, Igual que antes; René del Risco Bermúdez, En el barrio no hay banderas; Ángel Hernández Acosta, Otra vez la noche; Lucía Amelia Cabral, Hay cuentos que contar; Pedro Peix, Las locas de la Plaza de los Almendros y La noche de los buzones blancos; Diógenes Valdez, El silencio del caracol; Rafael Castillo, La viuda de Martín Contreras y otros cuentos; Aída Bonnelly de Díaz, Variaciones; Pircilio Díaz, Una manera extraña de morir; José Enrique García, Contando lo que pasa; y Rafael García Romero, con Ruinas, Los ídolos de Amorgos y La sórdida telaraña de la mansedumbre. En la narrativa cobran fuerza narradores de diversas edades y tendencias, como Pedro Antonio Valdez, Julio Adames, José Frank Rosario, Luis Martín Gómez, Eugenio Camacho, Pastor de Moya, Luis Toirac, Osiris Madera, Eric Simó, Mélida García, Máximo Vega, Luis R. Santos, José Acosta, Rita Indiana Hernández, Martha Rivera, Emilia Pereyra, Ángela Hernández, Juan Manuel Prida, Luis Arambilet, Manuel Salvador Gautier, Ofelia Berrido y Miguel Solano. Están también la colección de Cuentos premiados de Casa de Teatro (1977- 2000), cuyo concurso ha incentivado el cultivo de la narrativa y la poesía. También han tenido su incidencia los concursos patrocinados por la Secretaría de Educación primero y después por el Ministerio de Cultura, así como los concursos literarios de la Alianza Cibaeña, de Santiago, Renovación, de Puerto Plata, Radio Santa María de La Vega y Universidad Central del Este, de San Pedro de Macorís. La creación poética El género poético ha sido el más cultivado en las letras dominicanas en toda su historia. Durante todo el siglo xx hubo una significativa producción 678 Literatura dominicana contemporánea. Grupos, tendencias y géneros literarios, 1960-2000 poética en cantidad y en calidad, en todas las tendencias y vertientes de esa singular forma creación, que en la dimensión lírica ocupa el más alto peldaño en obras representativas. Mediante la intuición, la memoria y las vivencias, los poetas canalizan la más honda creación estética que ausculta el sentido sutil de lo viviente, los hallazgos de la conciencia o la revelación de verdades de la cantera del infinito que, aunadas a la belleza y el misterio, la poesía mitificante, metafísica y mística formaliza con el lenguaje de los símbolos y la forma estética de la expresión. Las tendencias poéticas dominantes en la segunda mitad del siglo xx responden a la orientación estética del Postumismo, La Poesía Sorprendida, Independientes del 40 y la Generación del 48, cuyos integrantes siguieron vigentes algunas décadas después de su tiempo de gestación, así como los movimientos posteriores, como el Pluralismo, la Poética del Pensar, el Contextualismo y el Interiorismo, han dominado el escenario de la creación poética. Los creadores de poesía de la Modernidad respondían al modelo de creación establecida por los poetas de la Poesía Sorprendida (Franklin Mieses Burgos, Antonio Fernández Spencer, Manuel Rueda, Manuel Valerio, Mariano Lebrón Saviñón, Freddy Gatón Arce) con una estrategia poética combinada mediante fórmulas simbolistas, surrealistas y creacionistas; también de los Independientes del 40 (Manuel del Cabral, Pedro Mir, Héctor Incháustegui Cabral, Tomás Hernández Franco, Octavio Guzmán Carretero, Francisco Domínguez Charro, Alfredo Fernández Simó, Chery Jiménez Rivera y Carmen Natalia), con una preocupación por el hombre y el paisaje dominicanos, expresada en una poesía de tendencia social y a veces de protesta, que pone su evidencia de un lado en la esencia de lo dominicano siguiendo en cierto modo la tradición de Domingo Moreno Jimenes. Por otra parte combaten y denuncian las injusticias sociales con estilos y tendencias muy distintos: directo y reflexivo en Héctor Incháustegui Cabral y Octavio Guzmán Carretero: lírico y social en Pedro Mir y Chery Jiménez Rivera; real-imaginario con trasfondo metafísico en Manuel del Cabral, Tomás Hernández Franco y Alfredo Fernández Simó.9 Valiosas obras de autores mayores se publicaron después de la caída de Trujillo, como Poemas de una sola angustia, de Héctor Incháustegui; Contracanto a Walt Whitman, de Pedro Mir; La espada metafísica, de Manuel del Cabral; Por los mares de la dama, de Manuel Rueda; Por ahora, de Lupo Hernández Rueda; Geografía de una inquietud, de Chery Jiménez Rivera o País de vendimia, de María Luisa Sánchez. Historia general del pueblo dominicano 679 Aunque a mediados del siglo xx La Poesía Sorprendida ya no existía como grupo, sus antiguos integrantes seguían activos e influyentes con una creación poética inspirada en una sólida tendencia literaria: 1) Cultivo del modo subjetivo en la poesía; 2) potenciación de los procedimientos imaginativos (simbolistas, creacionistas y surrealistas); 3) apertura y trascendencia con el lema «Poesía con el hombre universal»; 4) rigor formal a la expresión de temas eternos como el dolor, la soledad, la muerte y el amor; 4) divulgación de los movimientos poéticos renovadores, como el Simbolismo, el Surrealismo y el Creacionismo; 5) valorización de la tradición de la gran poesía de todos los tiempos y culturas, mediante la reproducción de sus creaciones (clásicos españoles principalmente). Este grupo tenía una tendencia hacia la subjetividad, unida a la preocupación por la perfección formal.10 Autores como Domingo Moreno Jimenes, Manuel del Cabral, Héctor Incháustegui Cabral, Franklin Mieses Burgos, Melba Marrero de Munné, Antonio Fernández Spencer, Mariano Lebrón Saviñón, Freddy Gatón Arce, Aida Cartagena Portalatín, Manuel Valerio, Manuel Rueda, Hilma Contreras y Héctor Pérez Reyes dieron a la estampa importantes obras líricas en la etapa democrática. Freddy Gatón Arce publicó Poblana, Magino Quezada, Retiro hacia la luz, Son guerras y amores, Y con auer tanto tiempo, El Poniente, Estos días de Tíbar; Aida Cartagena Portalatín, La tierra escrita; Antonio Fernández Spencer, Obras poéticas; Manuel Rueda, La criatura terrestre, Con el tambor de las islas, Por los mares de la dama, Las edades del viento, Congregación del cuerpo único; Mariano Lebrón Saviñón, Tiempo en la tierra. El grupo de la Generación del 48, con la revista Testimonio (1964-1966), potenció su influjo cultural en los ambientes literarios. Sin desdeñar la tradición, esta agrupación constituye una síntesis en la evolución poética dominicana, en tanto sus integrantes asimilaron la inquietud humana del Postumismo y la preocupación formal de La Poesía Sorprendida, para expresar en lenguaje simbólico las tendencias de su tiempo, el ansia de libertad, la sed de justicia y los valores esenciales del hombre. Se ha señalado en este grupo la tendencia a la introversión mediante el lenguaje subjetivo como consecuencia del régimen político de la época.11 Sus principales integrantes, como Lupo Hernández Rueda, publicaron Santo Domingo vertical, Crónica del Sur, Por ahora, Con el pecho alumbrado; Máximo Avilés Blonda, Cantos a Elena, Centro del mundo, Del comienzo a la mitad del camino y Los profetas; Víctor Villegas produjo Diálogos con Simeón, Charlotte Amalie, Juan Criollo y otras antielegías, Poco tiempo después y Muerte herida. Los nuevos autores que surgieron después de los 60 engarzaron a su creación el enfoque de lo humano universal y lo dominicano en particular. 680 Literatura dominicana contemporánea. Grupos, tendencias y géneros literarios, 1960-2000 Con el advenimiento de la Generación del 60 y las promociones siguientes finiseculares, la poesía dominicana se acopló a las corrientes neorrealistas, existencialistas, mágico-realistas, subjetivistas, experimentalistas e interioristas con el endoso de la realidad natural, las vivencias psicológicas y los estados de conciencia propios de la mentalidad sociocultural moderna. Después de la breve irrupción del Pluralismo y las corrientes de vanguardia, que no prosperaron, se volvió al patrón clásico y a las formas de creación acopladas a las tendencias estéticas establecidas de las letras universales. El propio Manuel Rueda, después de aupar su proyecto experimentalista, renunció a su propuesta al advertir, con su lúcido talento crítico, que los fueros renovadores carecen de sentido si no están avalados por un contenido trascendente, un encanto inherente y una forma hermosa afín a la belleza, la verdad y el misterio, los polos convocantes de la creación poética. Los creadores de poesía, conforme a las pautas estéticas de la Clasicidad y la Modernidad, adecuaron su creación poética a las fórmulas líricas establecidas de amplio consenso espiritual y estético. Así lo han evidenciado las obras de Marcio Veloz Maggiolo, Ramón Francisco, Juan José Ayuso, Soledad Álvarez, José Enrique García, Pedro José Gris, Radhamés Reyes Vásquez, José Mármol, Plinio Chahín, José Frank Rosario, Dionisio de Jesús, Medar Serrata, Freddy Bretón, Tulio Cordero, Fernando Cabrera, José Acosta, León David, Sally Rodríguez, Julio Adames, Ángela Hernández, Carmen Sánchez, Carmen Comprés, Iki Tejada, Ángel Rivera Juliao, Soledad Álvarez, Chiqui Vicioso, Armando Almánzar Botello y Jaime Tatem Brache, entre otros. Obras poéticas fundamentales, publicadas en el último medio siglo: son La criatura terrestre, de Manuel Rueda; Retiro hacia la luz, de Freddy Gatón Arce; Los profetas, de Máximo Avilés Blonda; Por ahora, de Lupo Hernández Rueda; Las voces, de Pedro José Gris; Banquetes de aflicción, de Cayo Claudio Espinal; El fabulador, de José Enrique García; Luz de los cuerpos, de Sally Rodríguez; Huéspedes en la noche, de Julio Adames; Entre la voz y el fuego, de Freddy Bretón; La sed del junco, de Tulio Cordero; Un latido en el bosque, de Iki Tejada; Viajera del polvo, de Ida Hernández; Destrucciones, de José Acosta; Entre el polvo y la ceniza, de José Frank Rosario; Temblor de árbol, de Teresa Ortiz; Ángel de luz, de Ángel Rivera Juliao; Será otro azul, de Carmen Comprés; Rituales de la lluvia, de Jaime Tatem Brache; y La isla presentida, de Fausto Leonardo Henríquez. El género teatral El teatro ha tenido una presencia significativa en la presentación de obras de autores dominicanos, entre los cuales se han destacado Manuel Rueda, Historia general del pueblo dominicano 681 Héctor Incháustegui Cabral, Máximo Avilés Blonda, Franklin Domínguez e Iván García. Manuel Rueda dio a conocer La trinitaria blanca, Vacaciones en el cielo y El rey Clinejas. Héctor Incháustegui Cabral publicó Filoctetes, Prometeo e Hipólito. Máximo Avilés Blonda tiene una producción dramática significativa, como Las manos vacías y Yo Bertolt Brecht. Franklin Domínguez dio a conocer Se busca un hombre honesto, Lisístrata odia la política, Los borrachos y varias más. Iván García publicó Más allá de la búsqueda, Fábula de los cinco caminantes y Los tiranos, entre otras. Mariano Lebrón Saviñón es también autor de tragedias y comedias, como Cuando el otoño riega las hojas, Mirtha Primavera y Don Pedro el Cruel. Carlos Acevedo publicó Los clavos, Gilgamés y Sísifo. Juan Carlos Mieses incursionó en la dramaturgia con La cruz y el cetro y Mu-kieng Adriana Sang, con Yo soy Minerva. Figuras importantes en el género dramático son Giovanni Cruz, Haffe Serulle y Jimmy Sierra. Este último ha escrito libretos para filmes y telenovelas. Otros autores de teatro son Carlos Castro, Sabrina Román, Reynaldo Disla, Ángelo Valenzuela y Máikol Ronzino. Los grupos culturales han inspirado la creación y puesta en escena de obras teatrales de autores criollos y extranjeros, con la participación de Franklin Domínguez, Iván García, Danilo Ginebra, Teófilo Terrero, Yanela Hernández, Rafael Villalona, Delta Soto, Rómulo Rivas, Elvira Taveras, Yamilé Scheker, Carmen Rosa Hernández, Juan Grullón, Edilí y Elvira Grullón, entre otros. El Teatro Rodante ha impulsado la vivencia teatral con Salvador Pérez Martínez, Monina Solá, Víctor Pujols y Roberto Salcedo, entre otros. La mujer ha tenido una participación activa y fecunda en el quehacer literario. Si antes fueron significativos los nombres de Virginia Elena Ortea, Melba Marrero de Munné, Virginia de Peña de Bordas, Aida Cartagena, Eurídice Canaán, Hilma Contreras, María Ugarte, María Prodoscimi y Marianne de Tolentino, en el presente tienen una notoria relevancia figuras de la talla de Emilia Pereyra, Ángela Hernández, Soledad Álvarez, Pura Emeterio Rondón, Ofelia Berrido, María José Rincón, Carmen Pérez Valerio, Johanna Goede, Emelda Ramos, Sally Rodríguez, Carmen Comprés, Ana Margarita Haché, Celsa Albert, Carmen Heredia y Margarita Cordero, entre otras. Otros géneros y autores Paralelamente al desarrollo de los géneros literarios, importantes obras de temas sociales, históricos, educativos, políticos y jurídicos han visto la luz pública bajo la firma de José Miguel Soto Jiménez, Jesús de la Rosa, Rafael Emilio Yunén, Rafael Darío Herrera, Fabio J. Guzmán, Jottin Cury, Orlando Inoa, Rafael Ciprián, Juan Bartolo Domínguez, Euclides Gutiérrez Félix, 682 Literatura dominicana contemporánea. Grupos, tendencias y géneros literarios, 1960-2000 Carlos Salcedo, Edwin Espinal, Ignacio Nova y Juan Bolívar Díaz, autores que han hecho una valiosa contribución en el área de sus conocimientos. Valiosas figuras del quehacer intelectual dominicano testimonian sus creaciones, además de sus libros, en publicaciones periódicas, como Aristófanes Urbáez, José Báez Guerrero, Miguel Guerrero, Xiomarita Pérez, Fernando Casado, Julio César Castaños Guzmán, Josefina de la Cruz, Héctor Amarante, José Alcántara Almánzar, Jacinto Gimbernard, Jorge Tena Reyes, Hamlet Hermann y León David. Entre los autores jóvenes que han editado libros importantes sobresalen Alejandro Arvelo, Fernando Cabrera, Noé Zayas, Víctor Saldaña, Puro Tejada, Ramón Peralta, Alejandro González, Sarah Leyla Puello, Rey Andújar, Lissette Ramírez, Patricia Minaya, Fari Rosario y Farah Hallal, entre otros. Un capítulo importante de la literatura dominicana es la obra escrita fuera de nuestra frontera geográfica. Desde los años 90 del siglo pasado hasta el presente se han destacado en las letras de ultramar, especialmente en los Estados Unidos, los escritores dominicanos Julia Álvarez, Silvio TorresSaillant, Daissy Cocco de Philippis, Viriato Sención, Franklin Gutiérrez, Tomás Modesto Galán, Esteban Torres, José Carvajal, Miguel Ángel Fornerín, Berta Graciano, Manuel Ossers, Clara Jorge, Junot Díaz, José Frank Rosario, Teonilda Madera y Leopoldo Minaya. Y en Europa, Altagracia Pérez, Dunia de Windt y Bárbara Moreno García. Una faceta clave en la literatura de un país es la crítica literaria.12 En las letras dominicanas, los grandes maestros del género de la labor exegética, en la primera mitad del siglo xx, fueron Pedro Henríquez Ureña, Federico García Godoy, Max Henríquez Ureña, Flérida de Nolasco y Joaquín Balaguer. Y en la segunda mitad de la pasada centuria, los más importantes críticos literarios han sido Antonio Fernández Spencer, Héctor Incháustegui Cabral, Ramón Francisco, Bruno Rosario Candelier, Diógenes Céspedes y José Alcántara Almánzar. Obras importantes de la ensayística dominicana publicadas en este período son De literatura dominicana siglo XX, de Héctor Incháustegui Cabral; Historia de la cultura dominicana, de Mariano Lebrón Saviñón; Caminando por la literatura hispánica, de Antonio Fernández Spencer; Rutas de nuestra poesía, de Flérida de Nolasco; Literatura dominicana 60, de Ramón Francisco; La feria de las ideas, de Federico Henríquez Gratereaux; Lo popular y lo culto en la poesía dominicana, de Bruno Rosario Candelier; Lenguaje y poesía en Santo Domingo en el siglo XX, de Diógenes Céspedes; Estudios de poesía dominicana, de José Alcántara Almánzar; La conjura del tiempo, de José Rafael Lantigua y La cultura de la lengua, de Manuel Matos Moquete, etc. Historia general del pueblo dominicano 683 Importantes historiadores y sociógrafos dominicanos, como Juan Bosch con Composición social dominicana, Frank Moya Pons con La Española en el siglo XVI, Hugo Tolentino Dipp con Biografía de Gregorio Luperón, Roberto Cassá con Historia social y económica de la República Dominicana y Manuel Núñez con El ocaso de la nación dominicana, entre otros, han influido en la concepción de valiosas obras de autores literarios actuales. Tras la ausencia de Testimonio, del grupo del 48 y Eme-Eme, de la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra, cuatro revistas mantienen el interés por las letras: Mythos, de Rosa Julia Vargas; Vetas, de Clodomiro Moquete; Caudal, de Carlos Enrique Cabrera y País Cultural, del Ministerio de Cultura. La literatura dominicana tiene un valioso caudal de creaciones de ensayos, poesía y ficción en las diversas tendencias, modalidades y vertientes intelectuales y estéticas de autores representativos que plasman el talento y la idiosincrasia imaginativa y espiritual de este singular enclave antillano del Caribe insular para honra de las letras americanas.

Notas:

  1. Hans Jeschke, en La Generación del 98, Madrid, 1954, pp. 20 y ss.
  2. El concepto «independiente» lo aplico a escritores que no forman parte de organización o grupo literario, aunque desde la perspectiva de una estética, no hay escritores independientes, puesto que todos aplican o secundan una poética o principios estéticos correspondientes a una tendencia literaria, aunque sus autores lo ignoren o lo nieguen, como suele ocurrir.
  3. T. S. Eliot, Sobre la poesía y los poetas, Buenos Aires, 1959, pp. 52 y ss. Sostiene este crítico literario que la madurez de una literatura no solo es el reflejo de la madurez de la sociedad y de la lengua de un país, sino que también refleja la madurez del espíritu y la madurez del estilo.
  4. Georg Lukács, Teoría de la novela, Barcelona, 1971, pp. 103-105. También Arnold Hauser, Historia social de la literatura y el arte, t. III, Madrid, 1969, pp. 131 y ss. Y Wolfgang Kayser, Interpretación y análisis de la obra literaria, Madrid, 1973, pp. 89 y ss.
  5. Alberto Zum Felde, La narrativa hispanoamericana, Madrid, 1964, p. 10.
  6. Bruno Rosario Candelier, Tendencias de la novela dominicana, Santiago de los Caballeros, 1988, pp. 213-216. En mi obra Poética interior, Santiago, 1992, pp. 29 y ss enfoco la existencia del modo de ficción trascendente, que amplía la concepción tradicional del modo de ficción realista y el modo de ficción imaginaria, propuesta de Northrop Frye, en Anatomía de la literatura, Caracas, 1977, pp. 40 y ss.
  7. Lionel Trilling, La imaginación liberal, Buenos Aires, 1956, p. 217.
  8. Bruno Rosario Candelier, Valores de las letras dominicanas, Santiago, Pucmm, 1990, pp. 169 y ss.
  9. Manuel Rueda y Lupo Hernández Rueda, Antología panorámica de la poesía dominicana contemporánea 1912-1962, Santiago, 1972.
  10. Lupo Hernández Rueda, La Generación del 48, Santo Domingo, 1998, p. 39ss.
  11. Franklin Gutiérrez, Diccionario de la Literatura Dominicana, Santo Domingo, 2004, p. 269.
  12. Emilio Carilla, El Romanticismo en la América hispana, Madrid, 1967, t. II, p. 62.

Acerca del autor


Bruno Rosario CandelierNació en Moca el 6 de octubre de 1941. Filólogo, ensayista, crítico literario, narrador, educador y promotor literario. Es licenciado en educación por la Universidad Católica Madre y Maestra y doctor en filología hispánica por la Universidad Complutense de Madrid. Preside la Academia Dominicana de la Lengua y es miembro de la Academia Norteamericana de la Lengua Española.

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