VOZ POÉTICA DE TULIO CORDERO
HOMENAJE AL SACERDOTE Y POETA INTERIORISTA

MOVIMIENTO INTERIORISTA
ATENEO INSULAR
2014

LA SENSORIALIDAD MÍSTICA
EN LA LÍRICA DE TULIO CORDERO
Por Bruno Rosario Candelier

A Francisco Jiménez Güílamo,
Quien atesora la gracia que ilumina.

   En este Encuentro Literario en honor de Tulio Cordero nos convoca una atractiva temática para los poetas del Movimiento Interiorista: la poesía mística, que nuestro homenajeado ha cultivado con singular esmero y piadoso fervor. El fenómeno de la poesía tiene implicaciones profundas y trascendentes cuando se enfoca su vertiente mística, como la del sacerdote y poeta interiorista nativo de San Juan de la Maguana.

   Percibo tres importantes facetas en la creación poética de Tulio Cordero. La primera tiene que ver con la sensorialidad, ya que hay una manifestación variada y cautivadora en su expresión lírica y estética, porque Tulio tiene una particular vinculación con la naturaleza, con las expresiones físicas del mundo circundante, de tal manera que los datos sensoriales de las cosas impregnan su sensibilidad, y eso es una particularidad de su persona ya que tiene una sensibilidad altamente caudalosa, abierta y profunda, como quien despliega una serie de antenas perceptivas para captar y expresar las señales del Universo, las variopintas señales sensoriales y suprasensibles, las sensaciones de las cosas en sus colores, sus sabores, sus olores, sus sonidos y su textura, que nuestro poeta asume con una actitud empática y tierna hacia lo viviente, como efectivamente se manifiesta en su poesía.

   Cada uno de los poemas de Tulio Cordero es una expresión sensorial de la manifestación caudalosa de lo viviente; algo sorprendente porque cómo un ser humano puede tener una sintonía tan luminosa y fecunda con la sensorialidad de las cosas; una sintonía tan honda y abierta que uno se pregunta si no se sentirá abrumado pues hay personas que están asediadas por las variadas gamas de las cosas, como si las cosas lo persiguieran por una apelación misteriosa que se opera entre la sensorialidad del contemplador y las manifestaciones de las cosas. Parece que las mismas cosas llaman su atención, como si no fueran seres inocentes o ajenos a la comprensión del mundo en virtud de una extraña y armoniosa relación entre los seres y las cosas.

 

   Entonces yo veo en Tulio Cordero una sintonía especial, una sintonía sensorial muy luminosa, física y metafísicamente, lo que se manifiesta en su creación poética. Imagino que a la hora de escribir vuelca toda su sensibilidad para captar y expresar lo que ha recibido en su contacto con el mundo, en su contacto con las cosas. Ese es el primer rasgo significativo en su creación poética.

   Hay personas que tienen una sensibilidad abierta como la de Tulio Cordero, pero no son poetas, aunque disfrutan y se llenan del caudal de lo viviente; pero Tulio es poeta. Entonces ahí surge una pregunta: ¿Cómo convertir en poesía lo que recibe de la realidad? Nuestro poeta lo logra porque conoce el lenguaje de la poesía. La poesía se escribe con un lenguaje diferente al lenguaje ordinario con el que nos comunicamos; es como si dijéramos que la poesía usa otra lengua dentro del mismo idioma. Por eso la mayoría de las personas no entienden la poesía porque no tienen el conocimiento del lenguaje poético, de la técnica de la poesía. El gran problema de los maestros de letras de nuestro país es su desconocimiento del lenguaje de la poesía y por esa razón no pueden enseñar en qué consiste la poesía ya que se quedan en la periferia. La poesía tiene un lenguaje especializado que conocen los poetas y los que han estudiado ese lenguaje; pero Tulio Cordero no tuvo que estudiar ese lenguaje porque vino al mundo con el don de la creación poéticas y, al recibir el don de la poesía, recibió el lenguaje de la creación poética, un lenguaje que tiene una estructura, unas imágenes, unas coordenadas estéticas y estilísticas, que de un modo misterioso conocen los poetas sin la necesidad de estudiar ese lenguaje. Ese es uno de los fenómenos más extraños y misteriosos en el mundo del saber, pues los poetas asimilan el lenguaje de la poesía sin estudiarlo porque cuando escriben en imágenes despliegan su modo de conocer el mundo, porque cuando piensan, no piensan en conceptos como pensamos los que no somos poetas, sino que piensan en imágenes y traducen en imágenes sensoriales lo que sienten y piensan.

   El segundo aspecto en la obra poética de Tulio Cordero, el del simbolismo, está ejemplarmente plasmado en su lírica porque domina el lenguaje de la poesía. Vamos a ver un ejemplo del libro Hilo de fuego, que tiene el título “Este poco de luz”:

Sobre la piel del suelo
descansa el rocío aún.
Casi un fantasma de luna
en el azul se apaga.
En mi pupila, la llama,
los pájaros y el viento.
Y este poco de luz
que por debajo de mi puerta entra
será mi alimento en este día que empieza.

   Ahí alude a lo que dije al principio, al caudal sensorial que copa su poesía, que un lector con sensibilidad lo percibe. Como poeta, Tulio Cordero sabe impregnar su creación de la gracia poética, porque la poesía es una gracia, un don sagrado, un aliento supremo que reciben algunos seres privilegiados. Quien recibe ese don es un ser afortunado porque es una gracia para expresar las cosas poéticamente. Tulio es un ser privilegiado porque vino a la vida con el don de la poesía, como se aprecia en “Deseo”:

Dedos míos tocan el lado azul
de tu forma y tiemblan.

Es el dolor enhebrado a mis huesos.
Es el hambre, la carencia
de un pan elemental
como el abrazo o el aroma
de azahares en la noche.

 Plexo interior que palpita
por una voz furtiva y muda que no cesa.

Ofrenda de unas manos
que han vuelto de tocar
el témpano y el ascua
y que ansían que alguien pose sobre ellas
un tibio gorrión recién nacido
.

   Esa imagen da la dimensión poética, perfil que logran los poetas porque saben canalizar, a través de la forma expresiva lo que sacude su sensibilidad, lo que inunda su interioridad porque desde su sensibilidad, que ponen en contacto con el mundo para lograr sentirse entrañado al Universo, penetra en su interior y allí crean esa realidad estética o esa realidad metafísica, y entonces Tulio da un salto que apreciamos en él, porque además de la sensorialidad y, además de la dimensión poética, hay otro aspecto, vamos a decir un problema que para Tulio no lo es, como lo es para quien tiene que enfrentarse a la creación sin tener la herramienta intelectual y espiritual para lograr la comunicación, la empatía entre la palabra y la sensibilidad y su conciencia. ¿A qué me estoy refiriendo? A ese nivel de creación que es un estadio superior a la creación poética, como es la dimensión mística, que tiene otro lenguaje también. La lírica mística tiene un lenguaje todavía superior al lenguaje poético. ¿Saben ustedes por qué? Porque tienen que articular su concepción del mundo y su percepción de la realidad sensorial y articularlas al lenguaje de la mística. Primero articularlas al lenguaje de la poesía y después al lenguaje de la mística. ¿Saben ustedes cuál es el lenguaje de la mística? Es el lenguaje de los símbolos. Entonces los poetas saben usar una serie de palabras con un valor semántico que no significa lo que dice el diccionario sobre esas palabras. Palabras como “gorrión”, “junco”, “escarabajo”, “paloma”, “viento”, “hojas”, etc., cuyos significados abordan el símbolo místico. Se trata de una palabra concreta, una palabra objetiva, no puede ser una palabra extracta ni puede ser un sustantivo que no se corresponda con una cosa, y eso lo han hecho todos los místicos poetas que en el mundo han sido; es decir, cuando los poetas usan esas palabras les da un valor simbólico y hacer eso quiere decir que les asignan una connotación espiritual en su uso y su sentido.

Esa connotación simbólica es lo que le permite a Tulio Cordero asignarle una matización mística a su creación poética porque esos símbolos aluden a la espiritualidad y aluden, específicamente, a la Divinidad o a una expresión de la Divinidad porque cuando habla de paloma, con la paloma alude, simbólicamente, al Espíritu Santo, o a una fuerza superior vinculada directamente a la divinidad, y esa es una virtualidad poética que le da mayor valor a la creación de Tulio Cordero porque su poesía ya no es mera poesía, su poesía es poesía mística y es poesía mística porque encarna la búsqueda de lo divino, y acontece que en Tulio Cordero eso le sale de una manera natural, eso es admirable en él, esa expresión mística no es forzada. Aun las expresiones simples en Tulio Cordero contienen una connotación de hondura, de trascendencia; no es expresión de una pobreza estilística, sino la expresión de una honda capacidad intelectual y espiritual, ya que en una expresión simple sabe trasmitir una hondura intelectual y una significación simbólica. Pero el que no tiene esa capacidad para apreciar una expresión simbólica en los vocablos que él cita no va a captar la trascendencia del poema. No creo que esa sea en Tulio una gracia correlativa a la gracia sacerdotal que lo adorna, porque para ser poeta místico no hay que ser sacerdote ni monje. Desde luego, Tulio Cordero tiene el triple don ya que es poeta, es sacerdote y es místico, pero su condición mística no es porque sea sacerdote; su condición mística es porque él logró compenetrarse desde su sensibilidad y conciencia con el amoroso sentimiento hacia lo divino mismo. Entonces el ser poeta y místico confluyen esas dos vertientes en su creación con una belleza sorprendente y debe tener plena conciencia de esos dones porque además de poeta es un intelectual con capacidad teorética y capacidad reflexiva.

   Al hablar de los símbolos y la correlación entre la poesía y la mística usando palabras y expresiones que tienen un valor simbólico especial, a mí me parece que en el caso especial de Tulio lo más importante no es que el símbolo ya sea una expresión que alude a un asunto místico porque ese símbolo se ha usado en la tradición mística de la literatura universal; por el contrario, Tulio reinventa esos símbolos y los rehace desde las manifestaciones cotidianas, desde las expresiones comunes y corrientes de la vida, que las convierte en símbolos y me parece que es una de las facetas creativas más importante que tiene la poesía de Tulio, desde el punto de vista simbólico en su relación mística, porque al usar la palabra “junco”, la característica que le reconocemos a ese arbusto, él la convierte en un elemento que trasciende y que interpretamos. ¿Saben por qué acontece eso en Tulio? Por qué Tulio tiene la capacidad de ver en las cosas sencillas, en las variadas manifestaciones sensoriales del Universo, una señal de lo divino mismo y, en tal virtud, tiene la capacidad de asignarle un atributo místico.

   Estimo que esa actitud de aprovechar una vivencia relacionada con la esencia misma de las cosas y de ver en cada elemento de la naturaleza algo que va más allá de la simple apariencia de las cosas es ya una actitud mística. Nuestro poeta ve en todo lo existente una expresión de lo sagrado porque tiene una cosmovisión teofánica, tiene esa actitud centrada en lo divino, y esa actitud, esa percepción de las cosas como expresión de lo divino le resulta connatural a su sensibilidad, dispuesta para sentir y amar las cosas como expresión de la Divinidad. Desde luego, esa disposición de la sensibilidad no se puede provocar si no se tiene, pues hay que sentir las cosas, no creerlas, sino sentirlas como expresión de lo divino. Esa sensibilidad mística, que nace en Tulio Cordero de una manera natural, concita esa visión sagrada de la realidad, o mejor dicho, esa percepción sagrada de la Divinidad; por eso ese respeto que él siente hacia las cosas y ese amor que él experimenta por todo, por las bestias, las plantas, los hombres; por todo lo existente. Hay en su actitud interior una mirada mística, y esa mirada se produce en función de esa apelación sagrada, de esa percepción sacra de lo existente, pues él percibe como sagrado todo lo existente porque él siente que es expresión de lo divino, que es creación de Dios. Entonces, a veces no tiene ni que crear el símbolo porque no es que toda su poesía sea simbólica. Hay una parte simbólica y otra que traduce ese sentimiento de lo divino que él experimenta cuando entra en contacto con las cosas.

   Al entrar en contacto con las cosas lo más importante es poder aprovechar desde una actitud poética las propiedades de las cosas para que hablen de esa otra realidad; y creo que es ahí donde está la grandeza poética de Tulio, esa manera de aprovechar las propiedades que tienen las cosas sencillas y corrientes, que me hablan de lo que fluye de ellas. Por eso digo que crear símbolos en el sentido de convertir las cosas en símbolos es una manera de interpretar las propiedades que las cosas tienen y, sobre todo, la connotación mística de lo viviente. Y, desde luego, sus convicciones y su sensibilidad posibilitan esa tendencia de su creación poética. Miren este ejemplo titulado “No sé”:

Ahora que la lluvia ha cesado,
veo solo pedazos de luna
esparcidos por estos charcos.
Y siento el deseo de alzarme
sobre este sombrío ramaje
para tocar lumbre verdadera.
Tal vez podría encontrar de nuevo
la Voz que dijo que me amaba.
Toco la corteza de las cosas
y advierto el enigma de Sus huellas.
Miro de nuevo el reflejo
de esa luna que no quema
y enmudezco.
Yo no sé a dónde me conducirán
esos pedazos de lumbre que me arrojas
.

Miren qué manera tan luminosa y cautivante de escribir… Hay que sentir eso y es necesario haber sido sacudido desde lo profundo de sus entrañas para escribir así. Yo me imagino que su sensibilidad es un pozo de sensaciones, y su interioridad un veta de emociones estremecedoras. Tulio Cordero tiene un régimen interno, una brida para sus sentidos; y ustedes pueden estar seguros de que él se embriaga con el manantial de sensaciones que le proporciona su sensibilidad y con esas sensaciones y emociones calza estos poemas que no son más que el brote de intuiciones y vivencias sumamente estremecedoras, similar a lo que acontece después que el vaso se llena de todo el caudal y se desborda; entonces el producto literario es el desbordamiento de esa sensibilidad para suerte nuestra porque sentimos la emoción estética a través de sus versos y también la fruición espiritual en la hondura de su lírica mística.

   Al acercarnos al lenguaje místico de Tulio Cordero en su hermoso poemario antológico Hilo de fuego entraña apreciar la mirada del poeta, hilo conductor de su propuesta poética y mística. En un primer aspecto se puede enfocar la relación entre mística y poesía como una expresión de quienes cultivan el arte del decir poético, ya que, como dijera el propio Tulio Cordero, para transmitir su experiencia de la vida, lo que le impacta del mundo circundante, su experiencia del misterio y su inclinación espiritual, es una manera de acercarnos a la experiencia más honda y luminosa de la espiritualidad. A partir de esa coordenada se puede apreciar la dimensión de los símbolos como una vía que nos conecta con la experiencia misma y que nos invita a los lectores a descubrirnos a nosotros mismos en ese punto de contacto con la Divinidad o con las emanaciones de la Divinidad. El anhelo del poeta es crear y comunicar esa singular vivencia del espíritu por lo cual acude a los símbolos, que comunican o intentan comunicar esa singular relación con la vertiente secreta y entrañable de las cosas de manera que nos conectan a nosotros mismos con la experiencia del poeta, y a partir de ahí podemos apreciar el símbolo de la mirada en el contexto de nuestra cultura, que lo rescata en su esencia y en su ser profundo. Entonces la mirada de Tulio nos vincula a la tradición mística de Occidente que usa el símbolo para expresar la relación y la transformación en Dios, operación que acontece en el proceso místico, y luego ver cómo esos elementos sensibles se concretizan en sus poemas dando la impresión de un encuentro sorpresivo, pues el misterio elige y sorprende en un encuentro que te atrapa mediante una relación que supera la corporeidad; en fin, un encuentro que también revela una mirada diferente a la naturaleza de las cosas.

   En su lírica vemos a Tulio Cordero en actitud contemplativa, disfrutando la sensorialidad de la naturaleza, buscándose en ella, olfateando la huella de lo divino, tratando de penetrarla para captar su voz y su sentido. El poeta se ha encontrado consigo mismo a través de su voz interior, que nutrido en la voz de todas las cosas del Cosmos, en los efluvios de la Creación, pues él ha logrado vincularse con la conciencia cósmica y se ha integrado a ella y ha sido uno con ella, de manera que interpreto que Tulio Cordero es uno de los pocos poetas interioristas que ha logrado instalarse en el interior de las cosas y desde sus vivencias entrañables ha sabido cantar la emoción que sacude su sensibilidad.

   Cuando los iluminados y místicos deciden hacer silencio, le niegan a la humanidad una fuente de iluminación. Yo espero que Tulio Cordero, en ese proceso de crecimiento espiritual, siga iluminando y compartiendo su experiencia del mundo desde el hondón de su interioridad y de todas las cosas con las que entra en conexión. El itinerario que recorremos en busca de las cosas es una manera de ir hacia la eternidad, una fuente que no está fuera de nosotros sino dentro. Cuanto hacemos o pensamos, es un ejercicio para enlazar lo que está afuera con lo que está adentro. Su creación poética ha sido un punto de iluminación, ya que ha contribuido a esclarecer la interpretación divina. Una obra literaria bien hecha abre espacios, caminos de interpretación y eso es lo hermoso porque aun cuando se trate de la obra de un escritor con una visión plena de la vida siempre ofrece atajos, vertientes y caminos que iluminan y que uno mismo cada vez que la lee descubre nuevas facetas, pero en el caso particular de Tulio Cordero llama la atención la autenticidad y la naturalidad con que escribe, lo que se logra cuando el autor funda su creación en sus propias intuiciones y en sus propias vivencias. Los escritores que han logrado una obra significativa en el mundo ha sido porque han fundado su creación en esa clave fundamental de la creación, la de inspirarse en sus intuiciones y vivencias, acudir a ese pozo profundo de la interioridad desde donde, como ya he dicho, está todo, desde donde el propio creador puede asumir el caudal interior de su inspiración, sobre todo si tiene, como tiene nuestro admirado poeta, un cordón umbilical espiritual que lo conecta con la esencia del Universo y con la fuente de la Divinidad. No se sabe cómo un escritor puede lograr eso, ni cómo puede desarrollar ese potencial interior en función de ese vínculo, que desde su ser profundo establece con la sustancia de lo viviente, pero hay quienes lo han logrado y Tulio es un caso singular en ese aspecto porque lo ha logrado de una manera ejemplar y luminosa, según lo manifiesta su obra poética. Se da una compenetración sensorial, intelectual y espiritual que su palabra plasma, reflejo de que efectivamente está en él, puesto que no es una recreación, ni una invención, ni una especulación, sino una realidad; en él hay esa conexión con las cosas, y esa conexión con el infinito. Entonces la cantera infinita, que es el Universo, fluye en él, ya que tiene la suerte de dominar el lenguaje de la lírica, el lenguaje que le permite a él convertir en imágenes poéticas su percepción de las cosas, porque el lenguaje que él usa no nos sirve a ninguno de nosotros. La maestría que un escritor puede lograr no nos sirve a nosotros para imitarlo. Ese es el error de muchos aprendices y alumnos, que creen que con seguir a un escritor pueden lograr la creación de una obra. Lo que puede servirnos a nosotros es la lectura de una obra porque nos enseña lo que debemos hacer para lograr la creación. No se trata de imitar, ya que no debemos imitar a ningún escritor aunque ciertamente se comienza imitando. Ya dijo Aristóteles que todo el que se inicia en el arte lo hace imitando a otro, pero se imita al comenzar porque el lenguaje de la escritura hay que conocerlo. La mayoría de los seres humanos no sabe escribir, porque es difícil. Es reducido el número de escritores porque es un talento que requiere cultivo, razón por la cual la creatividad se queda en un número reducido de personas. Siempre ha sido así, aún en los países que en el pasado ocuparon un lugar ejemplar en la historia de la literatura, como Grecia, porque desarrollar esa potencialidad, que todos recibimos, requiere disciplina, cultivo y dedicación. El don de la escritura es un don en potencia, pero ese don hay que desarrollarlo y por eso se cultiva. El concepto que quiero subrayar ahora es el de que lo que ha logrado Tulio Cordero no es una receta que podemos copiar. ¿Qué es lo que podemos aprender de la obra de Tulio Cordero? El camino para llegar, y cada uno tiene que descubrir su propio camino, y hay que descubrirlo en función de la propia sensibilidad, de la propia inteligencia, en función de nuestras apelaciones y gustos. lo que cada uno debe descubrir es el camino para encontrar el sendero de su propia interioridad, para lograr la relación que desde nuestra sensibilidad podemos establecer con las cosas, con la esencia de lo viviente, que Tulio lo ha logrado y por esta razón su obra fluye de una manera natural porque su escritura no se ha forzado, ya que es como una chorrera que nace de él, y sale de un modo espontáneo porque logró sintonizar su propio ser con el ser del mundo; su propia esencia con la esencia de las cosas; su propia energía con la energía interior de lo viviente y con la energía interior de la totalidad, que es como la Divinidad se manifiesta en el mundo. Entonces el lenguaje va a ser el instrumento de creación para canalizar esas vivencias y esas intuiciones que constituyen la fuente primordial de la creación. Las lecturas ayudan, son necesarias porque hay que nutrirse y hay que enriquecer la visión del mundo con las informaciones que adquirimos cuando leemos, para dotar de un bagaje cultural nuestra propia visión y nuestra propia percepción del mundo. Se podría escribir sin necesidad de leer, es cierto; si se hace uso de la intuición se puede escribir sin leer, pero quien lee puede dotar a su escritura de un horizonte mayor, de un alto horizonte cultural y entonces le puede dar a su obra una mayor riqueza intelectual y espiritual. Lo importante siempre es que cada uno descubra desde su sensibilidad lo que le conecta con el mundo. Cada uno tiene un vínculo con lo real. Ese vínculo se nos dio para tener una relación con las cosas y ese vínculo lo establece nuestra sensibilidad. Lo que hace nuestra intuición es penetrar en el interior de las cosas para poder captar lo que las cosas dicen, la voz de las cosas, y si esa conexión se hace a partir de la contemplación, del silencio, de la reflexión, entonces, puede lograrse un acoplamiento con la sensorialidad de las cosas y con la espiritualidad de lo viviente, como lo ha logrado Tulio Cordero, que es un modelo en ese aspecto. Para ver cómo lo ha hecho Tulio Cordero, que ha creado su propio modelo en función de su propia sensibilidad, veamos su poema “Silogismo infantil”, que revela una intuición mística de la sabiduría universal:

El mar es enorme.
El caracol, pequeño
Mas en el laberinto del caracol
está toda la sinfonía del mar inmenso.
Yo, que te contemplo,
soy solo el caracol de Tus misterios
.

    En el poema “Lilas sobre el Ozama”, revelador de un sentimiento de piedad universal, Tulio Cordero abre su sensibilidad y su conciencia, que vibran en sintonía son la realidad doliente del que sufre:

De lila los manteles sobre el Ozama.
Es domingo y limpias vienen las calles:
la inmundicia ha bajado
a bañarse en estas aguas.
Así es siempre que llueve:
La lluvia desvela nuestras llagas.
Es domingo y lilas pasan calladas.
Hace días que Yolanda está así,
como esas lilas.
Raquel es un baúl de girasoles.
Cocuyo de día es la boca de Maura.
Y Moisés quiso morirse
con toditos sus dientes de nácar.
Es domingo y es claro que el Sol
está de nuestro lado.
Una yola aparece y tiembla el verde.
Un pescador tira la red y espera.
No da nada la muerte que el río es.
No pasa nada.
Solo manteles de lilas sobre las aguas
.

 

   La capacidad de sintetizar la realidad, alcanza en Tulio Cordero una singular dimensión, esa marca tan auténtica de su poder; en pocos versos, y en palabras tan precisas, tan exactas, tan evocadoras para expresar esa realidad, es como ponerte el mundo en la palma de las manos. Al interiorizar las cosas empiezas a interpretarlas desde la conciencia cósmica. Ya no es él que está cantando sino el susurro de una voz universal. Así lo refleja la musicalidad del poema, el ritmo de sus palabras, como si las cosas mismas cantaran a través de las palabras del poeta; por eso no hay tropiezos, no sobran vocablos, no faltan versos, ya que las cosas cantan a través de Tulio. Eso es lo que puedo percibir y hacia allá es adonde tenemos que encaminarnos los que hemos abrazado el ideario estético del Interiorismo para instalarnos en el interior de las cosas, de manera que sea la voz de las cosas la que cante a través de nosotros.

   Tulio Cordero percibe el fluir de la realidad a partir de la luminosidad de lo viviente. Percibe también la dimensión extrasensorial que pertenece a otro plano; entonces, desde ese plano percibe también otras emanaciones sensitivas, como la música de lo celeste. Hay quienes tienen una sensibilidad predominantemente auditiva y otras son visuales, y otras olfativas, y táctiles, y gustativas; es decir, toda la gama de la sensorialidad está en uno, pero hay una faceta que predomina según el tipo de sensibilidad; entonces, vamos a ver qué tipo de sensibilidad es la de Tulio Cordero. Nuestro poeta ha dicho que tiene un olfato muy desarrollado, ya que puede oler cosas y recordar a las personas por el olor, pero en su sensibilidad predomina el juego de la luz y de la sombra, el juego de lo que penetra desde la otra mirada.

   En el Encuentro Literario celebrado en honor de Tulio Cordero en el Ateneo Insular, el 23 de agosto de 2014 en el Centro de Espiritualidad “San Juan de la Cruz”, el sacerdote y poeta interiorista reveló que su padre tenía una propiedad a la que le pasaba un riachuelo y, de vez en cuando, iba a llevarle la comida a su padre, pero un día dijo que eran demasiados hijos y que allí no podrían estudiar, y decidió, como dueño de familia, irse con su familia a la capital. El joven Tulio hasta los trece años le preguntaba a su padre que cuándo volverían al campo. A lo que él le respondía con una mentira piadosa: “Pronto”, hasta que un día le dije: “¿Verdad que no vamos a volver al campo? Y se quedó callado, y no volvimos al campo, pero todo esto del barrancolí del que hablo en mi poesía, está todavía zumbando en mi conciencia, como fluyen también el riachuelo, el verde del campo, la belleza del silencio, y mientras los trabajadores de la tierra estaban allá, yo me sentaba en una sombra con la belleza del silencio, en la soledad profunda, y todo eso marcó una huella en mi sensibilidad. Yo no sabía que en el futuro iba a escribir, pero recuerdo que en séptimo curso la profesora leyó un poema de Fabio Fiallo y me le acerqué a la profesora y le dije que algún día yo escribiría algo parecido, a lo que ella me dijo: “No seas tonto, siéntate”. Entonces me quedé callado, y déjenme decirles algo, pues todos los poemas míos del bachilleratos se perdieron, me lo robaron en una mascota, pero salvé dos o tres reconstruidos en este libro”.

   Veamos este poema que se llama “Colofón”:

Podría ser mi última silaba,
por eso la escribo desnudo.
¡Que no me ofrezcan excusas
de parras inasibles!
Estoy harto de máscaras.
Después de todo,
si amo con mayúsculas en vano ocultaría
las sombras de mis simas.
Amar también es eso, que el otro te posea
con sombras y silencios.
Esto será simple: el miedo que sonríe.
Las puertas engañosas sin manubrio.
La mano de cualquiera posada en mis espejos.
Será simple:
Él que te mira porque me miras.
(¡Ya nos veremos!).
Pero yo sé que lo más terrible
será cuando Él me inquiera sobre ti.
Te suplico que entonces me mires
como ahora Él lo hace.

   A través de los poemas de Tulio Cordero se aprecian datos de la experiencia visual, como también de la experiencia humana, y eso lo convierte en un elemento espiritual; la parra del poema entraña una experiencia visual, en una experiencia humana, y al mismo tiempo se transmuta en una experiencia espiritual. El poema del Ozama es una experiencia visual, se siente el río, ve las lilas que bajan pero al mismo tiempo a través de esa mezcla de experiencia visual que tiene del río, la transforma en crítica social al decir que el río baja con los despojos y esa es una manera de hacer una crítica social. Todas esas cosas el poeta las convierte, entonces, en un problema espiritual. Uno de sus poemas favoritos es “Bumerán”, inspirado en la frase de Pedro Salinas (“Quiero sacar de ti tu mejor tú”), hecho en una estructura tríptica, en silogismo clásico: tesis, proposición e hipótesis definitiva:

 

Tesis:

Soy tan débil como una espina.
Y más débil aun
que la libélula dormida
en el ámbar milenario.

 

Proposición:
Rompe esta solidez aparente
y te verás en el espejo
de la luz que me arrojas.

 
Hipótesis definitiva:
Lo que amas en mí
es todo lo que eres y que ocultas,
justo porque insistes en mirarme.

 

Bruno Rosario Candelier

Encuentro del Movimiento Interiorista
Centro de Espiritualidad San Juan de la Cruz
Moca-La Vega, Rep. Dom., 23 de agosto de 2014.

 

TULIO CORDERO: POÉTICA SAPIENCIAL

Degustación del sentimiento de lo bello

Por Fausto Leonardo Henríquez

   Me propongo en estas líneas mostrar cuatro fragmentos de la obra poética de Tulio Cordero. Cada fragmento abarca uno de sus libros. Pero esto tiene una dificultad, la fragmentación de cada una de esas partes será siempre parcial e incompleta. Cuando queremos explicar en pocas palabras un libro que hemos leído, una película que vimos, un concierto, un viaje, nos esforzamos por explicar a nuestros interlocutores nuestras experiencias lo mejor que sabemos, pero no cabe duda de que siempre se nos escapan detalles, a menudo importantes. Con esta advertencia suelto anclas.

Latido cierto, 1986. La palabra no es la herramienta para la construcción del poema, sino lo que late en ella, la poesía. La palabra en sí misma puede ser empleada en otros géneros, pero no es más que un cascarón sin vida. «Como brizna seca / es la palabra sola» (La Palabra). En cambio si la palabra tiene vida, sustancia, aliento, nacerá el poema. La palabra en sí misma podrá tener un significado, pero no tendrá poesía. Para la creación poética es necesario que haya algo más que palabras, una ‘latido cierto’, una fuerza secreta que aflora. Es preciso que haya algo anterior a ella, que exista una sustancia que acaba en la obra, que es el poema construido con las palabras.

En la obra de Cordero hay sueños inconclusos, sombras, anhelos, caminos por recorrer, certezas de un amanecer claro, radiante. El amanecer esperado que augura Latido cierto no presagia muerte, como en la película The Town de Ben Affleck, sino una luz serena, pacífica. Todo ello forma parte de un espectáculo esperanzador.

La espiritualidad cristiana sirve al poeta para aliñar la brevedad de sus versos, que se agrandan con la emoción casi súbita de sus composiciones. En esta misma línea, Carmen Pérez Valerio en su ensayo “Latido cierto, hacia la poética del Ser”, subraya: «La poética de Tulio Cordero intenta resumir el sentido cristiano de la vida. El hombre frente a un universo coherente, cargado de sentido y de símbolos trascendentes».

La vida interior del poeta aflora con naturalidad en la obra. La llanura de sus versos abisma océanos insondables. «Te escuché, serpeado arroyuelo travieso […] Me hiciste, me nombraste sin decirme tu nombre» (Claridades traviesas). «Herido llegué a tus playas […] Y cascadas celestes me cantaban» (Mendigo).

A veces el poeta conduce al lector hacia espacios y criaturas humanizantes, como si sus propias vibraciones fueran también la secreta armonía del alma. «El búho despertó la Vigilia. / Mirar en la oscuridad es existir […] Ver en la oscuridad / es dar cuenta de la existencia» (Adagiosa).

Una constante en la poesía conjunta de Tulio Cordero es que canta lo sencillo de la vida, lo que siente la persona, cualquier persona. Él pone voz a lo que el común de la gente percibe de ordinario. No busca una poesía complicada, sino más bien hacer de lo complicado algo sencillo. Ahí reside su gracia. El célebre poeta José María Pemán, con su obra De la vida sencilla, podría ser un ejemplo claro del estilo que Cordero pretende imponer, no sólo en esta obra, sino en las subsiguientes. «Tres casitas en el río –verde Ozama– Espejo de la mañana […] ¿Vas a lavarte la cara? –No. Primero a luchar el pan / y la esperanza» (Voz del eco diminuto).

Cordero inicia e impulsa su poética con el objeto de sobrevolar, que no huir, la soledad, el dolor. Él supera la realidad, para lo cual intenta despertar en el infinito, caminar sin volver la vista atrás. «Querer regresar / es querer convertir en sueño / lo que aún no se ha vivido» (Para caminar).

En Latido cierto hallamos de forma seminal una poética de la sabiduría, a la manera de los Proverbios. Esta es una característica fundamental, no sólo de este poemario, sino de toda la poesía de Cordero. Este primer libro contiene las suficientes esporas para brotar en los sucesivos poemarios. En la poética sapiencial el lector puede espigar sentencias que estimulan las emociones y la virtud. «Ponte en pie y anda / que atardece a cada instante» (Tu equipaje). «Me palpo polvo / sin el hálito preciso: bestia feroz o gorrión frágil» (Pródigo). «Yo necesitaba música para calmar mi hastío, / y oí tu voz de fuego […] ¡Ay! ¡Me vieron al alba / tus ojos de rocío» (Ellos se dicen al amanecer). «Y cuando libere estas aguas / que tú aprisionas para mí / levantaré alto / el hueco de estas manos / para que todos beban» (Manifiesto).

Si el alba de tardara, 1989. La novedad de este poemario reside en lo bello, acentuado en lo pequeño. A este propósito Kant, en su ensayo El sentimiento de lo sublime y lo bello” dice: “Lo sublime, conmueve; lo bello, encanta […] Lo sublime ha de ser siempre grande, lo bello puede ser también pequeño”. La poesía de Cordero, que a veces apunta a lo sublime del misterio de Dios y de la vida, tiende a poner de relieve el sentimiento de lo bello, es decir, el sentido universal de la belleza, desconceptualizada. A este tenor dice tácitamente Kant en su ensayo Juicio crítico: “Lo bello es lo que agrada universalmente sin concepto”. Es gracias a ese sentimiento de lo bello que Cordero hila con hilo invisible los más sutiles sentimientos con la destreza de un artista de fábulas. «Hoy he amanecido / con la ventana alegre / y la esperanza herida» (Pequeña queja). «Soy tan débil como una espina» (Búmeran). «¿Te sirve de algo / mi corazón cansado? / Corre vulnera esas rejas y ¡róbalo a prisa!» (Oferta).

Hay en la poesía de Tulio Cordero una impronta de mística urbana. Quiero decir con eso que el poeta es un contemplativo activo. José Alcántara Almánzar, en su ensayo “Si el alba se tardara, las pulsaciones del amor” afirma con rotundo acento: «No hay un ápice de beatería en los versos de Cordero. De principio a fin, su libro ofrece una plácida visión del mundo desprovista de ingenuidad, una alegría de vivir que no ignora ni desdeña la cara odiosa de la realidad social […] Es un amor que se expresa en cada momento del día, a pleno sol o en la penumbra del anochecer y en los silencios; las frutas maduras, el rumor de las calles, las vigilias y los bostezos, las flores y los pájaros y los harapos, el mar, la brizna de hierba».

Se constata en Si el alba se tardara la presencia divina en la vida cotidiana. Es la presencia urbana de Dios, que fluye espontáneamente, porque forma parte vital del autor. A eso es a lo que he llamado mística urbana. Iván García, cautivado por este poemario de Tulio Cordero lo dice en el prólogo a la primera edición: «Ciertamente, debajo de sus palabras, como levantadas por el imperceptible vientecillo de la tarde, descubro algo muy distinto y a la vez muy familiar; algo que de muchas maneras, hemos olvidado; pero que permanece allí como un tesoro; como una reserva espiritual; como una esperanza».

La ciudad, la vida misma, con sus dramas y sus fatigas es también el lugar de Dios. «Le dije: “Ahora eres un jilguero / en nuestro salterio”» (Hice lo que pude). «Las voces que oigo por las calles / poseen la frecuencia exacta de la tuya» (Conjuro inútil). «El misterio sencillo / y un secreto de yo no sé que ruina: “sosiega tus aspavientos / para dejarme gustar”» (Itinerario). «Y el olor del asfalto en mis calles veladas […] he ahí el suspiro / el bostezo aferrado al cielo raso / ¿vale la pena vivir si no se muere Algo?» (Drama en un acto).

En definitiva, Tulio Cordero construye el poema concienzudamente, como una fábula, cuyo sentido se desvela al final. Aquí reside uno de los elementos claves de su poética. Su mística urbana evolucionará hacia una poética de la sabiduría, como ya aparece manifiesto en Latido cierto. ¿En qué se fundamenta esta afirmación? En la tácita construcción de poemas que sugieren al lector significados diversos y reflexivos. Por ejemplo: «A veces piensa usted –merced a la claridad que alude a la retina– que no es hondo / el ojo del agua que fascina en su sosiego […] No se vaya a engañar usted / por la simpleza / ensaye a tocar fondo» (Ensaye a tocar fondo). «El mar es enorme. / El caracol, pequeño. / Mas en el laberinto del caracol / está toda la sinfonía del mar inmenso. / Yo, que te contemplo, / soy sólo el caracol / de tus misterios». (Silogismo infantil). «Y somos aquella florecilla / que aún no se ha tocado / ese oculto manantial aún no removido» (Camino a la capilla).

La sed del junco, 1999. Este tercer poemario consolida la trayectoria de Tulio Cordero. Bajo el influjo perenne de la tradición cristiana más antigua, el poeta fundamenta su oficio. En La sed del junco hallamos a un poeta consciente de su destino, de lo que quiere, pero sobre todo de aquello que lo concita e induce al amor, a vivencias cada vez más auténticas y profundas. «Sostenme tú / con tu voz de paloma […] Y ámame / con tu centro zaherido, / saltamontes de hiel y trigo» (Búscame).

El estilo del poeta Cordero es musical, andante presto. Diría que tiene algo de la tradición oriental de los haikús de Bashoo, acaso de Machado, Lorca o Valente. «Un nenúfar que se abre / en el fondo muy hondo. // Que se cierra / y se abre en aguas de un limpio pozo. // Un nenúfar muy quedo / que se abre y se cierra / en el fondo muy otro. // En tu fondo el silencio / en mi fondo tu fuego / (y el nenúfar risueño)». (Imagen crepuscular). Machado escribe: «Del reloj arrinconado, / que en la penumbra clarea, / el tictac acompasado / odiosamente golpea. // Dice la monotonía / del agua clara al caer: / un día es como otro día; hoy es lo mismo que ayer». (Hastío). Lorca: «Verde que te quiero verde, / verde viento, verdes ramas. / El barco sobre la mar / y el caballo en la montaña. / Con la sombra en la cintura / ella sueña en su baranda, / verde carne, pelo verde, / con ojos de fría plata. / Verde que te quiero verde». (Romance sonámbulo). Valente: «En lo que queda / después del fuego, / residuo, sola / raíz de lo cantable» (Quedar). Bashoo: «Visión en sombras. / Llora una anciana sola, / la luna como amiga.» // «El viejo estanque; / la rana salta; / plop».

Donde Tulio Cordero alcanza cuotas de belleza muy altas, es decir, la simplicidad más estremecedora es en su poema “Esta sed”: «Si es cierto / que en este manantial has de venir a encontrarme / entonces date prisa. –Cántaro no tengo / y me dan miedo / estos montes inhóspitos / y estas bestias hambrientas. –Tú sabes que yo sé / de muchos pozos / pero ignoraba el tuyo. –Ven que mis manos se abrasan y esta se sed se hace honda. –Esta sed no se calma».

Otros poetas, que en seguida cito, también se han visto concitados por la sed de vivas aguas. «Mas de esta agua es preciso que bebas / antes que tanta sed en ti se sacie» (Dante, Par XXXI). «Sed de Dios tiene mi alma, de Dios vivo: / conviértela, Cristo, en limpio aljibe / que la graciosa lluvia en sí recibe / de la fe. / Me contento si pasivo / una gotita de sus aguas libo» (M. Unamuno, Incredulidad y fe). «¡Ay del que llega sediento / a ver el agua correr / y dice: la sed que siento / no me la calma el beber» (A. Machado). «Di, ¿por qué acequia escondida, / agua, vienes hasta mí, manantial de nueva vida / de donde nunca bebí?» (A. Machado). «Inútil al fiebre que aviva tu paso; / no hay fuente que pueda saciar tu ansiedad, / por mucho que bebas,/ el alma es un vaso / que sólo se llena de eternidad» (A. Nervo). «Por qué tenías sed. / Al que la catarata de Dios le irrumpe por todas las venas; porque tenías sed aún. Entrégate a la sed. (Cómo me has agarrado) (R.M.Rilke).

Tulio Cordero es un poeta cristiano, con sensibilidad cristiana. Su formación humanista y teológica le permiten dar a su obra un aire cuya originalidad consiste en plasmar una poética sapiencial. A mi juicio, la poética sapiencial de Codero es inimitable, porque es su sello de identidad más propio. Chateaubriand decía, respecto a los auténticos escritores: «L’écrivain original n’est pas celui qui n’imite personne, mais celui que personne ne peut imiter».

La belleza de la sabiduría fluye en todos sus libros, si no, otra muestra antológica: «¿Es cierto que al junco / le llega el agua al corazón? –(Silencio). / Siempre húmedo y fresco, / su corazón sería / como luz que permanece. / Sólo el corazón siente la sed. / Nada obliga el poseer algo. / Sólo el ser poseído / es cosa formidable. / ¿Y si se ausenta por un instante la llama? / Él sabe los secretos del viento. Él es el arúspice fiel / de la noche y sus misterios. / No podría ser desleal y cambiadizo. / Entonces, ¿es el Junco poseído? / No lo sé». (Querría ser junco).

La poesía de Tulio Cordero no encierra una filosofía poética, sino una poética sapiencial. Filosofía y poesía, ya lo decía Platón, son incompatibles. Hay una «discordia entre filosofía y poesía: pues hay aquello de la “perra aulladora que ladra a su dueño”» (Rep. 607d). De José Mármol se ha dicho que posee una “poética del pensar”, en alusión a una poética asociada al filosofar. Toda poesía encierra, es verdad, un pensar y un pensamiento, pero no es ella en sí misma el ejercicio del filosofar. El caso de Tulio Cordero dista de la presunción discordante de una poética filosófica o de una filosofía poética. La de Tulio Cordero es una poesía de la sabiduría, trabajada con imágenes sensibles, sapienciales, imágenes que, sin separarse de la realidad apuntan a la conquista del lado bello, interior, de la vida y de la naturaleza. Porque «la poésie, c’est tout ce qu’il y a d’intime dans tout» (V. Hugo, Prefacio de 1822).

La sed del junco es un poemario para corazones inquietos, insaciables; para almas que buscan la fuente originaria y que sienten deseos ardientes de amor. Un amor que «es el agua que no sacia la sed del junco, –al decir de Ida Hernández Caamaño en el prólogo al libro– es la necesidad que no puede contenerse y que en Tulio Cordero tarde o temprano va a brotar en forma de poesía, de un aliento verbal que contamina».

La noche, las hojas y el viento, 2008. Nuevamente se constata en este cuarto poemario aquella afirmación kantiana del sentimiento de lo bello del que se ha apuntado arriba en Si el alba se tardara.

Un impulso irresistible hacia lo bello domina toda la obra. Una nueva realidad, fabulada, poética, metafórica, cobra forma en este sugestivo universo de apretada síntesis. El poeta crea y habita esa realidad que él puede oír, palpar, sentir. «Tiembla la llama azul / de la vela en la mesa. / ¿Eres tú que te asomas?».

Estamos ante una poesía sonora, líquida, de pocas palabras y de mucha intensidad. Lo que en sus anteriores poemarios era epigramático, ahora es un punteo sonoro de palabras engarzadas con precisión de relojero. «Va el agua desnuda / por la piedra desnuda. / Miedos se espantan solos / si el Búho deja la noche / dormir su largo sueño». «Llevo enredado el rumor de las norias en mi alma».

Los símbolos alteran la lógica del razonamiento, el significado común de las palabras. El poeta se sirve de diversos símbolos: La noche, la luna, el búho, el escarabajo, la noria, el agua, la brisa, el viento, etcétera, para ensanchar la comprensión simbólica de cada poema. Ahí radica su genio. Esta intencionalidad secreta del artista es fundamental. «Un escarabajo / que lame el piso / con la prisa del tiempo». «Agua que albea mi pecho, / tu voz. Fuego que se deslíe sobre el mar, / tu aliento».

La poética sapiencial cristaliza en toda su potencia en La noche, las hojas y el viento. Ahora se puede decir sin ambages que la poesía de Tulio Cordero es, ciertamente, la expresión de una mística de la sabiduría. «He vuelto a ser / la Oruga que ama / su feo caparazón, / y la Luz que espera». «Crisálida: Un largo nacimiento / sólo para librarse / de una inútil envoltura. / Ella piensa que muere, / pero nace».

Hay en la poesía de Tulio Cordero, remarcamos, una ‘épica de lo sencillo’. Este rasgo ya aparece desde el primer poemario, Latido cierto. El poeta contempla como un monje sufí la callada moraleja de las cosas y lo traduce con un lenguaje enternecedor. Ahí descansa su gracia poética, su genio creador y su acierto. Tal vez a esto se refiere Iván García cuando leyó Si el alba se tardara: «Lo primero que siento es como un alivio que casi provoca las lágrimas».

Un alma sensible no puede menos que sentirse atraída por la frescura simple de las imágenes con las que el poeta comunica sus experiencias interiores. «Me mira / el agua trémula que la luna es. / Me mira y le pregunto: –¿Cuánto dura un instante? –Una eternidad ­–me dice. –¿Y qué es la Eternidad? –¡Este instante!». «Una hoja duerme / sobre su propia sombra. / Sin más ropaje que su desnudez. / Tirita.». «Esta noche el viento / no quiere jugar con las luciérnagas, / ni contar nada a los lagartos».

El poemario (La noche, las hojas y el viento) revela la autoconciencia creadora del poeta, es decir, la pasiva acción de soñar el mundo, de proyectar la realidad deseada y posible. El poeta interpreta el lenguaje de la poesía y urde la obra con palabras e imágenes. Él poeta sabe que tiene una función, una misión dada desde fuera. Se siente responsable de llevar a cabo el dictamen divino de la poesía: «Se me ha concedido este oficio de dar la bienvenida a los amaneceres […] Alguna voz lejana me trae este oráculo: “no tiene voz la noche, / sólo oídos».

Hörderlin, considerado por Heidegger en su ensayo sobre La esencia de la poesía, ‘poeta de poetas’, hace de telón de fondo del pensamiento de Cordero: «Es derecho de nosotros, los poetas, / estar en pie ante las tormentas de Dios, / con la cabeza desnuda. / Para apresar con nuestras propias manos el rayo / de luz del Padre, a él mismo. / Y hacer llegar al pueblo envuelto en cantos / el don celeste». Platón en obra Ion remarca que el poeta debe estar poseído, endiosado para poder transmitir la voz misteriosa, divina de las Musas. “Los buenos poetas, por una especie de predisposición divina, expresan todo aquello que los dioses les comunican”.

En conclusión, análogamente a Hörderlin, Tulio Cordero escribe para revelar el dictamen de los oráculos, de la divinidad. Lo cual quiere decir que estamos ante un verdadero poeta. En esta línea afirma Bruno Rosario Candelier en su ensayo La gracia mística de Tulio Cordero, publicado en La mística en América: «Como poeta, Tulio Cordero siente que su tarea no es nombrar las cosas, como hizo el primer hombre, sino vislumbrar a su Creador». En efecto, Cordero, de pie ante Dios, ante la realidad y tormentas de la vida, de la urbe, ante el caudal del río Ozama, está siempre presto para atrapar la voz secreta, la callada sustancia de la naturaleza y los acontecimientos cotidianos para transmitir, adornado en versos cautivadores, el don celeste, el lenguaje misterioso de la belleza y de la poesía.

Fausto Leonardo Henríquez

Encuentro del Movimiento Interiorista

Sociedad La Progresista, La Vega, 23 de agosto de 2014.

POESÍA Y MÍSTICA EN LA LÍRICA
DE TULIO CORDERO
Por Juan Santos

   Hablar de la poesía de Tulio Cordero es volcarnos en lo hondo del ser, es una mirada solitaria a nuestro origen, es comunión con el misterio divino que nos vive, es búsqueda y encuentro. Así lo expresa en estos versos el poeta:

…búscame Tú
con tus ojos de rocío…
…mírame y cuídame Tú
que conoces ya todos los olvidos…
Búscame,
Tú que sabes de memoria las puertas…
Y ámame con tu centro zaherido…

   Según nos expresa en un análisis de la obra “Hilo de fuego”, el Dr. Bruno Rosario Candelier afirma que “La lírica mística supone 3 tipos de sensibilidad: estética, cósmica y mística”; yo las valoro en la poesía de Cordero, desde aquel que contempla y advierte en el silencio una presencia en todas las cosas, un reflejo de una parte de sí mismo. Esa presencia se permea desde la realidad material a la realidad trascendente del poeta. En el poemario “La noche, las hojas y el viento” se hace evidente esta afirmación:

 

Sobre el pináculo de este día
Cuelga su halo el azul.
Se postra.
Todas las gotas de agua en mil fuentes salpican.
Y el miedo se repliega.
¿Eres Tú que te acercas?

   La dimensión estética de los versos, la visión cósmica y mística de este poeta contemplativo, se manifiesta en lo profundo del afluente creativo que se expresa en lírica de su aliento poético como experiencia viva de sus vivencias espirituales y cósmicas. Tulio Cordero nos presenta una mirada mística de un Dios que todo lo habita, que todo lo aguarda, que se acerca al encuentro con nuestro yo, desde una flor, desde la noche o también desde la luna.

   La poesía mística de este exquisito creador, reclama la luz divina de esa presencia y pretende ser salvado de las sombras terrenas que lo habitan. En este poema así se advierte:

Callad de una vez por todas
o hablad y explicadme.
o tal vez salvadme de esta sombra feroz
de esta sustancia abismal…

   Todo poeta interpreta acorde a su sensibilidad el mundo que vive, pero los poetas místicos, aquellos que contemplan la vida como cantera de su quehacer poético, lo expresan desde esa dualidad trascendente entre el ser espiritual y la carne. La lírica de Tulio Cordero encarna el dolor de quien vive honda todas las experiencias del ser frente a Dios. Veamos estos versos que cito:

Espinas me tocaron y no supe
Y dura esta noche y no dejas Tú que yo te toque
¿Aún no olvidas que ayer
Verdores míos desvíe de tu mirada?

   La experiencia espiritual de plena pureza y dulzura de este poeta es el origen del que emanan los destellos de la divina presencia que comulga con su alma y con todo en la tierra. Así lo afirman los versos que cito:    

La tierra es toda tuya
Y Tú eres Ella
Tú las simientes
Tú los símbolos
Tú el éter y el abismo
Tú el engranaje que no cesa
Y Tú el regaño sonriente
Que a todos
Él nos diera

   Tulio Cordero se sabe finito, pero conoce que lleva consigo una pizca de todo cuanto existe y de alguna manera se sabe en todas ellas. Así lo expresa en uno de sus versos del poemario “Si el alba se tardara” cuando dice:  

El mar es enorme…
Yo, que te contemplo
soy solo el caracol
de tus misterios…

   En otro poema confirma la necesidad imperecedera de su alma por alcanzar la divinidad. Cito unos versos que lo expresan, cito:

 

En mi jardín
Todos por ti esperamos
Ven. Desvístete en él.

Este poeta nos afirma que “todas las búsquedas nacen de la misma sed…” y sí, el poeta procura hacernos consciente de que esta sed es: sabernos uno con todo; saber que somos recipientes de un torrente puro de luz; y saber que nos volcamos a lo viviente y nos entrelazamos con este hilo de fuego… de Tulio Cordero.

Juan de Jesús Santos

Encuentro del Movimiento Interiorista
Centro de Espiritualidad “San Juan de la Cruz”
La Torre, Rep. Dominicana, 24 de agosto de 2014.

EL GOZO INTERIOR EN LA LÍRICA DE TULIO CORDERO

 

Por Roxana Amaro

 

“¿Qué es el hombre dentro de la naturaleza? Nada, con respecto al Infinito. Todo, con respecto a la Nada. Un intermedio entre la Nada y el Todo" (Blaise Pascal).

   En su carta a los Gálatas, San Pablo enumera doce virtudes que han de cultivarse para lograr el camino a la perfección y los llama los frutos del Espíritu Santo, por cuanto son bienaventuranzas inspiradas por el Espíritu que hacen que Dios posea al alma del Hombre en su plenitud. Estas virtudes son: Caridad, Gozo, Paz, Paciencia, Longanimidad, Bondad, Benignidad, Mansedumbre, Fidelidad, Modestia, Continencia y Castidad (Gálatas 5: 22).

   Al profundizar en el significado de los tres primeros de estos frutos citados, Caridad, Gozo y Paz, encontramos que el Gozo, al igual que la Paz, son efectos de la Caridad y esta a su vez es “una de las virtudes teologales que consiste en amar a Dios sobre todas las cosas, y al prójimo como a nosotros mismos”. (Diccionario de la Real Academia Española - DRAE). En cuanto al Gozo (del latín gaudium), algunos estudiosos de San Pablo lo definen como “una profunda alegría espiritual que el Espíritu Santo infunde en los corazones de quienes son poseídos por Dios”. Santo Tomás de Aquino, por ejemplo, expresa que “al acto de la caridad se sigue siempre el gozo; pues todo amante goza en la posesión del amado, y la caridad tiene siempre presente a Dios”. Desde esta óptica, se entiende la Paz como un estado de ánimo que infunde tranquilidad, sosiego, reposo en el corazón de una persona. Es también un estado de reconciliación entre dos o más personas luego de haber experimentado una situación de discordia.

   Leer la poesía de Tulio Cordero es, en cierto modo, acercarse a la Caridad, al Gozo y a la Paz, porque al hacerlo se experimenta un deleite especial, una complacencia que sólo pueden vivenciar quienes se dejen acompañar por este exquisito poeta hacia un mundo profundo, donde la sensorialidad se confabula con los elementos de la naturaleza invitando a la contemplación y al disfrute jubiloso del mundo exterior para, de esta manera, avistar el umbral interior. Cuando se corresponde a esta invitación con madurez espiritual e intelectual, se advierte en sus versos una lírica mística de una dimensión tan elevada que cada poema suyo amerita una lectura sosegada, con un tiempo y un espacio propios del poema y que el lector descubrirá por sí mismo. De ahí que no debe leerse a este autor deprisa, ni superficialmente, ni mecánicamente, ni mucho menos con la avidez del lector voraz que generalmente lee un poema tras otro. No. Es necesario darse tiempo para disfrutar cada poema suyo y así leerlo y releerlo, meditarlo, asimilarlo, interiorizarlo, y de este modo dejarse tocar por la dulzura luminosa de sus versos.

   La poesía de Tulio Cordero es suave, serena, dulce; cargada de Mansedumbre, Fidelidad y Modestia, como los frutos del Espíritu. Cada uno de sus versos es una amorosa invitación a recorrer el gran Jardín de la Vida y a perderse en él hasta encontrar el propio jardín interior. Su poesía es gota de rocío mañanero que humedece el alma y descorre las cortinas del amanecer a la vida misma, pues a través de sus imágenes, que reflejan la búsqueda de la Divinidad, el lector tiene la oportunidad de enfrentarse a sí mismo como Ser humano en su búsqueda espiritual. Sin embargo, el reto del lector no es descubrir la Divinidad en la poesía de Tulio Cordero, porque es evidente que está allí representada, omnipresente, aleteando y perfumando cada palabra, cada frase, cada pensamiento escrito. El verdadero reto del lector es percibir en la poesía de Tulio Cordero al Hombre en pos del encuentro con la Presencia y descubrir la consustancialidad que los une.

   No en balde dice Bruno Rosario Candelier que Tulio Cordero “posee la voz lírica y mística más pura y elevada, no sólo del Interiorismo, sino de las letras dominicanas y americanas”, pues sus versos no son como estruendo de olas cuando rompen en la playa, ni como lluvia tempestuosa que inunda y empapa, ni caudal furioso que ruge y devasta a su paso. Cuando se lee a Tulio Cordero se escucha el sonido tierno del agua mansa y fresca que canta al Espíritu y baña de luz al alma, porque su poesía es melodía acompasada en la sinfonía de la vida.

   A lo largo de su producción literaria, este cultor de la poesía mística da cuenta de su incesante búsqueda interior reflejada, entre otros elementos, en el uso constante de la sed como símbolo alegórico de su imperiosa necesidad del anhelado encuentro místico, como se evidencia en esta hermosa muestra en su poema “Esta sed”:

Si es cierto
que en este manantial
has de venir a encontrarme,
entonces date prisa.
Cántaro no tengo y me dan miedo
estos montes inhóspitos
y estas bestias hambrientas.
Tú Sabes que yo sé de muchos pozos
pero ignoraba el tuyo.
Ven,
que mis manos se abrasan
y esta sed se hace honda.
Esta sed no se calma.

   Pero no solo el término sed explota el poeta como símbolo místico; se vale simplemente del nombre de las cosas para, a través de las cosas mismas, canalizar sus anhelos de búsqueda interior: brisa, crepúsculo, frío, lágrima, noche, fuego, sombra, piedra, camino, cielo, nube, arroyuelo, cascada, viento, luna, jardín, espinas, río, cansancio, hambre, soledad, silencio, latidos, árbol, hojas, entre muchos otros símbolos, porque Tulio Cordero se inspira en la naturaleza para hacer vibrar su lira mística, se interna en la naturaleza para encontrar su camino interior, se embelesa en la naturaleza buscando en cada elemento la presencia de la Presencia, se encuentra a sí mismo en la naturaleza tratando de enlazar su propia energía a la energía cósmica de la Divinidad. En Claridades traviesas, el poeta canta: Toda una noche / anduve rastreando tu mirada. / Arrimé el oído / al suelo desnudo / y te escuché: / el día creciendo / entre fuego y sombra, / entre piedra y piedra / de ocres caminos / y flor de caña al viento.

   A través de su lirismo místico se aprecia cómo Tulio Cordero conjuga armoniosamente su vertiente humana con su vocación sacerdotal, su contemplación mística y su creación estética, pues sus huellas literarias dan fe de una profundidad y una madurez de pensamiento humanístico propio de quienes han cultivado ampliamente su intelecto y su espíritu. En su poema Búscame, expresa vivamente su anhelo no sólo de buscar, sino de ser buscado: Búscame Tú / con tus ojos de rocío. / Llámame Tú / con tu voz de paloma. / Sostenme Tú / con tus manos de espigas.

   Desde su condición humana, Tulio Cordero es también artista y no solamente de la palabra. En su Adagioda, este cantor místico evidencia su condición de músico de formación académica; se vale de términos propios del lenguaje musical y juega con las palabras y las hace suyas para acompañar la melodía del canto hondo de su alma apasionada. En esta muestra, todas las palabras escritas en cursivas pertenecen a la terminología musical y el poeta las convierte en nuevas formas de expresar su sentir frente a la belleza abrumadora del Misterio, a través de la contemplación de la naturaleza física como sendero en pos de la dimensión metafísica. Con el permiso del autor, me he permitido cambiar a letras cursivas otras palabras que no aparecen como tal en el poema original y subrayarlas, a fin de que el lector pueda identificarlas mejor:

Se inclinó el árbol
ante la brisa calma.
Con abbandono
volvió al instante
donde lo puso el día.
El Búho
despertó la vigilia.
“Mirar en la oscuridad
es existir” – se dijo.
Planearon las hojas viejas.
Crujieron sotto voce,
Aleteo de un silencio di-fuso.
Un gorjeo distante convocó a la tarde
que marchó a despertar
otros crepúsculos.
Y hormigas
y cigarras
y ranas
y luciérnagas
se unieron en acorde formidable
- disonancia perfecta
Sobre el pentagrama,
Aleteo de un silencio redondo.
El Búho miraba
Con maestosa mirada.
“Ver en la oscuridad
es dar cuenta de la existencia” – pensó.

   La poesía de Tulio Cordero es indiscutiblemente vibrante, exquisita, trascendente. En su poema Hilo de fuego, cuyo título enmarca también el título de su antología poética editada en el 2012, el autor nos regala uno de sus más hermosos y profundos poemas, cargado de imágenes místicas:

Hilo de fuego es
el abismo
que tus pies danzan.

 
Una cigarra muda
liba el rocío
de estas lágrimas.

 Espesuras sin límites,
tus ojos
que me prestas.

Mis manos ya olvidaron
el arte que lastima.
Por eso
tiemblan sobre el rocío
Y bailan entre cayenas.

Sobre un hilo de abismo,
y el viento a las espaldas,
el agua es fuego
y el cielo espada.

 Pero yo no sé ya
ni mentir ni herir.

Y eso me basta.

   Leer la poesía de Tulio Cordero es sentir sus versos rozar el alma desnuda y desear volar con ellos hacia el más alto Cielo. Y debo confesar ingenuamente que cuando termino de leer alguno de sus poemas, aspiro sus palabras lentamente, cual perfume exquisito de la más fragante rosa, y cierro mis ojos, y no me atrevo a abrirlos durante un largo rato, no sea que me descubra a mí misma levitando en pleno éxtasis. Su poesía es una puerta abierta para todo aquél que desee adentrarse en la auscultación del Misterio Infinito. Su poesía me hace acercarme a la Caridad, al Gozo y a la Paz.

Roxana Amaro

Encuentro del Interiorismo
Moca, R. D., 23 de agosto de 2014.-

 

Acerca del autor


Bruno Rosario CandelierNació en Moca el 6 de octubre de 1941. Filólogo, ensayista, crítico literario, narrador, educador y promotor literario. Es licenciado en educación por la Universidad Católica Madre y Maestra y doctor en filología hispánica por la Universidad Complutense de Madrid. Preside la Academia Dominicana de la Lengua y es miembro de la Academia Norteamericana de la Lengua Española.

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