PRESENTACIÓN DEL

 DICCIONARIO DEL ESPAÑOL DOMINICANO
 EN LA UNIVERSIDAD CATÓLICA DE LA VEGA

Palabras de Rafael Hernández Figueroa

   En el coloquio que iniciamos en este mismo momento, se nos ha conferido el gran honor de presentarles a ustedes este instrumento de la cultura dominicana, producto de un esfuerzo de cinco años de labor continua de un equipo de especialistas de la Academia Dominicana de la Lengua. Se trata del primer producto formal en un diccionario sobre el uso de la lengua española en la República Dominicana auspiciado desde la Academia Dominicana de la Lengua con el apoyo de la Fundación Guzmán Ariza Pro Academia Dominicana de la Lengua.

   Ya una serie de estudiosos habían realizado aportes valiosos en este mismo sentido, pero nunca se había llegado al nivel de extensión, rigor y profundidad que hoy exhibimos aquí. En los años 40’s del pasado siglo XX, el académico de la lengua Manuel A. Patín Maceo, con la aprobación de la Academia, publicó su obra Dominicanismos, que podría tomarse como el antecedente de este Diccionario del español dominicano. Más tarde, Emilio Rodríguez Demorizi, en su obra lingüística Del vocabulario dominicano, recogió los significados de muchos vocablos, o sea, hizo un estudio priorizando lo semántico de una serie de términos y expresiones criollas, pero sin los estudios gramaticales y lexicográficos correspondientes, ni ninguno de los enfoques y recursos técnico-lingüísticos aplicados en el DED.

   Un diccionario se define generalmente como la reunión por orden alfabético de las palabras de un idioma o de una ciencia. Se trata, de un estudio del léxico o vocabulario de una lengua; pero de igual forma estudia las voces, los modismos y giros utilizados por un escritor. Es un auténtico banco de datos.

   Hay diccionarios especializados, es decir, manuales prácticos, tales como diccionarios de sinónimos y antónimos, de dudas e incorrecciones del idioma, etimológicos, de la lengua, entre otros, según su función y uso. También los hay generales, tesauros, de autoridades, enciclopédicos, de ciencias, etimológicos y de modismos, entre otros.

 

   En el caso que nos ocupa, la Academia Dominicana de la Lengua reunió a un equipo de lexicógrafos de la institución, que ha producido una obra altamente didáctica desde el punto de vista lexicológico, en cuanto a la morfología y la sintaxis de los vocablos tratados; además, de desentrañar la etimología y/ analogía de las palabras. Este instrumento de nuestra lengua, el DED,  contiene aclaraciones sobre la entrada o lema de cada uno de los términos o palabras; las acepciones, sentidos o significados en que pueden tomarse; las locuciones y frases hechas con dichas palabras; ejemplos que concretan el significado de la palabra y el sentido que les han dado los diferentes escritores en sus obras, además de la definición.

   Mucha gente se estará preguntando el porqué de un Diccionario del español dominicano. Sucede que ninguna lengua en uso está muerta o aislada, sino que es un ente dinámico, que crece en la misma medida en que se expande a regiones lejanas, donde va adquiriendo un uso particularizado por un lado; y, por otro, que entra en contacto con otras lenguas y/o dialectos, que están más en consonancia con la idiosincrasia de la población de ese segmento de hablantes. Entonces, una lengua como la española, no solo crece, sino que se enriquece con los aportes que hacen las diferentes regiones y/o naciones que la han asumido o a donde ha sido trasplantada. Y es como dice el Dr. Bruno Rosario Candelier, en el primer párrafo de la presentación de este Diccionario, donde expresa: “Si el secreto de la palabra encierra la clave del conocimiento, el sentido de nuestras voces comprende el alma de nuestra cultura. El valor formal y conceptual del léxico de un pueblo abre un horizonte intelectual afín al conocimiento del mundo, que los vocablos de la lengua registran y los diccionarios definen”.

   Los dominicanos, como los hispanoamericanos, hemos sido creativos, pero sin llegar a construir un dialecto funcional; por lo tanto, lo que hemos hecho es ajustar a nuestra cultura, a nuestro nivel de comprensión y conceptualización, imágenes y significantes, que entre otros elementos, le dan un sabor criollo y hasta folclórico a nuestro habla.

   En este Diccionario hay una condensación de los términos, giros y expresiones, acuñados por la nación dominicana en su devenir histórico, en acción e interacción con otras naciones y culturas. De esta manera se ha generado un sincretismo lingüístico, dentro del conjunto de nuestro sincretismo cultural o transculturación. Además, se han creado miles de palabras, voces, giros, expresiones, por lo que en esta obra hay 10,903 lemas, 14,054 acepciones. 4,250 expresiones y frases, cuyas lematizaciones secundarias ascienden a 3,887.

   Por ejemplo, a mí me cuestionaron si había visto una “perrita” y respondí que no, que no había visto perro alguno, pero al poco rato fue encontrada, y simplemente se trataba de un “cachimbo” (pipa) hecho de arcilla. De igual manera hemos sido testigos del habla rural donde sobreviven algunos arcaísmos de la lengua española, como “truje”, “treigo”, “aguaita”, “asina”, “fierro”, “tixeras”, entre otros vocablos que se mantienen vigentes en la zona montañosa de La Vega.

   Hasta aquí mi breve introducción, que concluyo para dar paso a otra temática y a otros participantes.  ¡Muchas gracias!

Palabras de Ramón Antonio Jiménez

   Me llena de satisfacción comparecer ante tan distinguido público y participar en un hecho tan trascendente para las letras dominicanas como es este en el que nos disponemos a presentar el Diccionario del español dominicano.

   Cuando Umberto Eco expresa: “Todo texto es una aventura en busca del sentido”,  dice con ello que la comunicación es solo posible si los interlocutores comparten el mismo código o sistema de elementos sígnicos.

   La comunicación lingüística es una conducta privativa del hombre, con ella saltamos en el tiempo y nos separamos de los demás animales. En el ser humano el lenguaje ha trascendido las necesidades primarias, vinculadas a la reproducción, la alimentación, la protección. Hemos convertido nuestra existencia en un hecho complejo. Por lo que en nosotros están también otras necesidades: buscamos respuestas a inquietudes que nos apelan, conjuramos el miedo a nuestra naturaleza finita en el tiempo, pretendemos encontrar respuestas a fenómenos y realidades en un ejercicio de interrogantes propias del animal pensante que somos, así como buscamos el sentido último de nuestra existencia. Creamos la cultura, la que, en la larga línea del tiempo, nos ha llevado a hacer filosofía, ciencia, religión, deporte, política, arte.

   Si conceptualizamos el lenguaje como la facultad de todo ser vivo para comunicarse con sus iguales, considerando los medios y modos para cada criatura, según su naturaleza o especie, significa esto que el lenguaje es una constante a todos los niveles de la naturaleza. A la luz de la zoosemiótica, el lenguaje de los demás animales es universal, de modo que los miembros de cualquier especie, sin que importe su procedencia,  comparten el mismo código, por lo que uno de nuestros perros callejeros puede comunicarse plenamente con un pastor alemán acabadito de llegar en primera clase. En el lenguaje  humano no es así; en él, a lo largo de la historia, se han generado, por razones geográficas, históricas y culturales las lenguas, constituyéndose cada una en una realidad psicosocial, lo que significa que cada lengua es un sistema, un código  exclusivo que responde a la percepción de la realidad de cada cultura. Cuando muere el último hablante de una lengua, dice Manuel Matos Moquete, citando a Octavio Paz,  con él también muere la cultura de la que esa lengua era la expresión o la dimensión más especial. No es un ejercicio serio estudiar una cultura al margen de su lengua, ella es la cultura misma. Por eso dijo Jorge Luis Borges: “Las palabras son símbolos que postulan una memoria compartida”.

   La lengua se hace operativa en la medida que los miembros de la comunidad de hablantes se empoderan del código o sistema que le da cuerpo. De modo que es importante considerar las competencias que sobre los aspectos o dimensiones de la lengua tienen sus usuarios. Hay lenguas que son habladas en una sola sociedad, lo que facilita la cohesión lingüística, y con ello la fortaleza cultural, lo que es favorable para la comunicación eficaz. Sin embargo, hay lenguas que son habladas por más de una población, y en cuanto estas son disímiles, culturalmente hablando, van formalizando, cada una por su parte, propuestas en el uso diario, creando giros, connotando semánticamente vocablos, generando términos fruto de su dinámica social que va edificando una dimensión léxico-semántica no compartida en los demás territorios lingüísticos de la misma lengua.

   Somos parte de una vasta población que comparte la misma lengua, la que viniera en la proa de crujientes embarcaciones hinchadas sus velas por la ambición, surcando la niebla de la aventura, en los labios de marineros ebrios de lunas en el azul del trópico y que dicen habernos descubierto. Sería digno creer que nos conquistó la dulzura de la lengua, más que la espada y que, como en el Cratilo de Platón, las palabras parecen enunciar la esencia de lo nombrado. Hay un ritmo que enamora en nuestra lengua. Quisiera yo también creer ahora que no éramos tan lerdos y que no fue por el asombro de espejitos y cuentas menudas que cambiamos nuestro oro, sino por las palabras. Ella son imágenes sonoras, energía creadora donde las cosas son en plenitud, en la arquetípica presencia de la matriz dorada de lo trascendente.

   ¿No es acaso nombrar las cosas un acto creativo, hacerlas saltar de la noche del caos de la nada, distinguirlas y situarlas en su natural condición de identidad? Todo cuanto no es nombrado se hace confuso y distante. ¿Qué eran las cosas antes de que el hombre las nombrara? Nombrar es un ejercicio performativo. Cuando decimos árbol, lo estamos creando en nosotros; decir noche, es crearla; decir mar es también diferenciarlo y darle categoría de ser en nosotros. Las cosas son en plenitud cuando las pensamos. Y aun el hombre antes de ser nombrado simplemente existía, no era.

   En Octavio Paz (El árbol y la lira, 1982), hay un lugar próximo a esta parte: “El hombre es hombre gracias al lenguaje, gracias a la metáfora original que le hizo ser otro y lo separó del mundo natural. El hombre -continúa diciendo el citado autor-  es un ser que se ha creado a sí mismo al crear un lenguaje. La palabra es el hombre mismo. Por ella, el hombre es una metáfora de sí mismo. La palabra es nuestra única realidad o, al menos, el único testimonio de nuestra realidad”.

   En la palabra está el poder, no solo la creación, sino también la transformación y la permanencia. Ella, como el verbo del dios brahmánico, crea, sostiene y transforma. Ser es pensarse como realidad única e irrepetible, establecerse en el espacio que nadie más puede ocupar. Cuando el hombre fue capaz de autodeterminarse a través de la palabra, se creó a sí mismo. O como dijera Paz: “El hombre está hecho de palabras”. Es de palabras que hacemos las cosas con vocación de eternidad. Recreamos la realidad, testimoniamos nuestras vivencias, creamos mundos, a veces no tan ideales, porque en ellos somos más bellos y verdaderos. Y si es cierto el mito de la libertad, tendría que ser en ella, sobre todo en la literatura, la que Borges define como un sueño dirigido.

   Igual que ha sucedido en los países con los que compartimos el español, a fuerza de historia, cultura, circunstancias geográficas y aspectos sociales, hemos ido contorneando nuestra morfología de identidad que nos distingue del vasto universo hispanohablante.

   Visto esto, podemos hablar de un español dominicano, como un orbe con dimensiones privativas que le caracterizan y merecen ser determinadas, estudiadas y situadas en el epicentro de nuestra cultura, en cuanto perfilan nuestra identidad, por lo que es derecho nuestro no solo decir que existimos, sino que somos, porque a fuerza de las palabras nos hemos creado a imagen y semejanza de nosotros mismos.

   Cada hablante de nuestro español, cada estamento social, formula, consciente o no, propuestas que pueden ser ponderadas por otros grupos de usuarios que participan en la dinámica comunicativa. De modo que son creadas nuevas palabras o ingresan a nuestro acervo lexicográfico términos a los que les otorgamos otro sentido, o desdoblamos los ya existentes en nuestro registro y cobran a partir del contexto, valor polisémico u homógrafo, es decir, un significado distinto y paralelo al conocido. Y así vamos enriqueciendo el plano léxico de nuestro español. Esto refiere el aspecto vivo de la lengua porque ella es la cultura misma.

   Evidenciamos en los actos comunicativos expresiones o niveles en el uso de la lengua vinculados a los estratos sociales, grados académicos, edades, ocupaciones, que exponen su arsenal lexicográfico, poniendo de manifiesto la competencia creativa para adaptar y acuñar vocablos. Y cuando estos son aceptados y empleados por un sector amplio de nuestros hablantes durante un tiempo necesario (mínimo diez años) para que se establezcan como elementos que participan con un valor semántico en los actos de habla de sus usuarios, son validados a fuerza de la costumbre, vale decir, del uso, como células lexicales del organismo de nuestra lengua. “Todas las palabras, dice Jorge Luis Borges, en algún momento fueron neologismos”. Y luego pasaron a ser “símbolos que cifran una memoria compartida”. Y es así: aun las palabras que escuchamos por  primera vez y nos resultan vulgares, triviales o rudas, mañana podrían estar en una muchedumbre de labios que las acuñan y establecen, por lo que tienen que ser consideradas por los lexicógrafos que son los que formulan los diccionarios. Y se hace luego indudable su derecho a un espacio en nuestra cultura, porque ellas están ya diciendo parte de lo que somos.

   Esto lo ha considerado la Academia Dominicana de la Lengua, institución que en interés de evidenciar  nuestro español como el color de nuestra identidad, ha publicado, después de un trabajo de cinco años, el primer Diccionario del español dominicano, con lo que está legitimándolo como el referente por excelencia de lo que anhelamos, tenemos y hacemos, que en suma es lo que somos, como cantera de una riqueza que la historia nos ha legado.

   Se ha inventariado la constelación de vocablos de nuestra lexicografía y han sido dispuestos con el rigor y los criterios de su dimensión semántica y contextual para  formalizar este aporte en el que están todas las palabras de nuestro español, voces de las que estamos hechos. Se trata de la obra más representativa de la Academia Dominicana de la Lengua desde su fundación en 1927, en virtud de su aporte. Y es válido precisar  que es una de las pocas academias del mundo hispanohablante que ha hecho semejante aporte a favor de su país para dar cuenta de su sentido de ser.

    La obra que nos convoca fue concebida para unificar criterios en el campo de la lexicografía, por lo que responde a un interés didáctico, ya que considera todos los aspectos de lugar, dándole  esquematización y formato que facilita la aprehensión de su contenido. En él se enfatizan de modo ordenado, mediante una lengua accesible para el promedio de la población de hablantes, vocablos genuinamente dominicanos (de tipo léxico y semántico), en una 744 páginas, palabras típicas y propias de nuestra media isla. También gentilicios, nominaciones de plantas y criaturas nativas y endémicas, acepciones y locuciones representativas del uso de nuestro español; aunque no se limita solo al léxico local.

   Se consignan además en el consabido texto, los préstamos que han abocado en derivaciones populares o cambios en el sentido, es decir, en construcciones lingüísticas que terminan constituyéndose en metáforas peyorativas, en recursos que por su composición arriban en aspectos léxicos novedosos. Tienen también espacios en esta suerte de inventario de vocablos genuinamente dominicanos, los que no son de uso regular en el español estándar o general; me refiero a las palabras que no existen fuera de nuestro español y que no son usadas en contextos fuera de nuestro solar lingüístico y mucho menos con el valor semántico con que los dominicanos las usamos, lo que nos diferencia de los casi quinientos millones de hispanohablantes con quienes compartimos la lengua española.

  El equipo que trabajó en la elaboración de este diccionario consideró también las palabras en desuso, que por inflación lingüística o por haber cesado la realidad a que aludían, han pasado a formar parte del registro pasivo, quedando en la memoria de la cultura como una realidad latente.

   Damas y caballeros, la Academia Dominicana de la Lengua, fruto del  trabajo de un equipo de académicos y colaboradores, bajo la dirección del doctor Bruno Rosario Candelier, director histórico de la susodicha institución, presenta ante ustedes el Diccionario del español dominicano.

 

Palabras de Bruno Rosario Candelier

 

   La presentación del Diccionario de español dominicano (DED), en este hermoso escenario de esta Universidad Católica Tecnológica del Cibao (UCATECI), en esta ciudad de La Vega, tiene el propósito de darles a conocer a ustedes, profesores y estudiantes de letras de esta espléndida ciudad cibaeña, el más importante aporte que ha hecho la Academia Dominicana de la Lengua (ADL) al estudio y la difusión del léxico que distingue la variante dominicana de la lengua española en América, y lo digo porque los trabajos lexicográficos anteriores a esta publicación carecen del rigor metodológico y la pauta lexicográfica que hemos aplicado en la confección de este código de nuestra lengua.

   En este diccionario aparecen las voces y las expresiones que usan los hablantes dominicanos, es decir, el rasgo distintivo de su vocabulario en su expresión léxica y las peculiares acepciones y connotaciones en su dimensión semántica, con las atribuciones que les han asignado los hablantes dominicanos a su lenguaje, razón por la cual acudimos a voces y frases de la oralidad y de textos escritos, principalmente de la narrativa de autores dominicanos, así como a ediciones gráficas de publicaciones periódicas nacionales y a ediciones electrónicas de autores dominicanos.

   Cuando ustedes consulten este libro se van a dar cuenta de que hay una obra bien articulada, fruto de una labor de equipo y de un trabajo especializado en la disciplina del lenguaje. Y podrán apreciar las diferentes fuentes de aprovisionamiento que usamos para expurgar el conjunto de voces que figuran en las páginas de este Diccionario.

   Cuando asumí la dirección de la Academia Dominicana de la Lengua concebí varios proyectos, el primero de cuales era confeccionar un diccionario de dominicanismos con las voces y frases que usamos los dominicanos en nuestro lenguaje hablado y escrito. Naturalmente, el primer paso fue seleccionar al equipo que laboraría en esta tarea lexicográfica. Conocía a los miembros de nuestra institución con formación lingüística y, particularmente, con vocación por la lexicografía y la disposición para colaborar, ya que para trabajar en la confección de un diccionario hay que tener conocimientos lexicográficos, pues la lexicografía es la disciplina del lenguaje que enseña a hacer un diccionario, y de inmediato pensé en María José Rincón, académica de la lengua y experta en lexicografía, para que asumiera la coordinación de esta obra. Como rama de la lingüística, la lexicografía aporta el método y las pautas especializadas para definir una palabra. A menudo nos parece que definir una palabra es algo sencillo, pero no es así, ya que hacer una definición con propiedad, corrección y claridad supone un conocimiento del lenguaje y unas destrezas idiomáticas que hay que saber manejar. Hay palabras que podríamos definir con facilidad, como “puente” o “día”, pero hay otras que, aunque podemos despacharlas con un sinónimo, dan trabajo definirlas, como “mujeriego” (´picaflor´) o “canero” (´juerguero´), y para lo cual se necesita un conocimiento del lenguaje y una experiencia en el manejo de las palabras, es decir, una formación en el área lexicográfica y una inclinación hacia el estudio de la lengua y, en particular, de los vocablos del español dominicano. Como dije, pensé en María José Rincón, a quien designé coordinadora del equipo que trabajaría en esta labor y tuve la suerte de contar con el apoyo de Fabio Guzmán Ariza, abogado y estudioso del lenguaje residente en Santiago, que previamente había constituido la Fundación Guzmán Ariza Pro Academia Dominicana de la Lengua y, además, es un escritor y un intelectual preocupado por los asuntos de nuestro lenguaje.

   Cuando iniciamos los trabajos para la confección de este diccionario, al principio realizamos varias reuniones para planificar en conjunto y en detalle la realización de este proyecto lexicográfico, lo que implicaba precisar aspectos concretos, delimitar las áreas de colaboración, saber qué palabras íbamos a incorporar, qué metodología seguir, cómo determinar si una palabra entraba al lemario de términos o quedaba fuera del lexicón. Es decir, una tarea de esa naturaleza implica aspectos específicos que no se ven, como acontece en todas las actividades de envergadura, ya que muchas de las cosas que hay que realizar no se aprecian a simple vista, pero hay que hacerlas. Una vez conformado el equipo de trabajo, realizamos varias reuniones en Santo Domingo, donde está la sede de la institución, y también en Santiago, porque en el Cibao residimos tres de los integrantes del equipo lexicográfico de la ADL, que son Fabio Guzmán Ariza, ya citado, el profesor Domingo Caba Ramos y quien les habla. Contamos también con la colaboración intelectual de Roberto Guzmán, lingüista dominicano residente en Miami; y la de cuatro mujeres  residentes en Santo Domingo: las españolas Teresa Melián, María Dolores Jiménez y Yolanda Garisoain, y la dominicana Ruth Ruiz, que trabajaron bajo la coordinación de María José Rincón. A mí me correspondió la supervisión general y la revisión de las definiciones.

   En la definición de las palabras procuramos precisión, rigor y objetividad a la luz del conocimiento del lenguaje y de la lexicografía. Desde luego, el dato primordial era saber si una palabra debía entrar al diccionario por su condición de “dominicana”. Es decir, había que saber si una palabra, por su configuración léxica o su impronta semántica era un vocablo criollo en su mejor sentido. A un español le resulta más fácil que a un dominicano detectar un vocablo del español dominicano, ya que puede determinar, por contraste, si es una palabra dominicana o de la lengua general. Tengan presente que nuestra lengua viene de España y, por ende, el mayor caudal de voces de nuestro vocabulario tiene origen hispánico. Entonces, las españolas que realizaron el trabajo de acarreo de voces dominicanas nos dieron una gran ayuda en la tarea de detectar las palabras y expresiones dominicanas cuando se dedicaron a leer el conjunto de obras de autores dominicanos que previamente habíamos seleccionado para identificar su uso en los textos literarios. De unas 300 obras de narradores dominicanos, especialmente textos de narrativa de ficción, escogimos los ejemplos para mostrar las ilustraciones pertinentes. En la narrativa literaria aparece la mayor cantidad de voces y expresiones dominicanas, aparte de la oralidad, que es la fuente primordial. Cuando los vocablos procedían del uso oral, los redactores del Diccionario creábamos ejemplos que sirviesen de ilustración de esas voces criollas.

   La narrativa es una fuente literaria muy importante porque los narradores suelen poner en boca de sus personajes, casi siempre de extracción popular, voces y frases criollas, que confirma el uso de las formas de nuestro lenguaje. Los poetas rara vez usan palabras locales. Un poeta dominicano, como Domingo Moreno Jimenes, que inicialmente se dio a conocer como criollista, usaba palabras y expresiones dominicanas en atención a su vocación nacionalista para identificar el dato criollo y los vocablos de nuestro lenguaje. Pero, en general, es la narrativa, dentro de los diversos géneros literarios, la que suele emplear con mayor frecuencia frases y términos del habla local, por lo cual la narrativa es el ámbito de la escritura donde se registran las voces de una comunidad, de un país o de una cultura. El trabajo de las lectoras que colaboraron en el identificación de términos y expresiones buscaba el vocablo criollo y la expresión idiomática de nuestro lenguaje. Esa labor de expurgo, como se le llama en sede lexicográfica a esa tarea, facilitó el trabajo porque nos dio seguridad de que tal o cual vocablo era de factura criolla, o tal o cual significado era una creación semántica dominicana y, al mismo tiempo, entresacaban ejemplos para mostrar el uso de una palabra o de una expresión en pasajes narrativos que ilustraban casos concretos. Cuando ustedes consulten este diccionario se van a dar cuenta de que hay muchos ejemplos tomados de libros de autores dominicanos para demostrar no solo la existencia de determinados vocablos, sino el uso concreto de una palabra y, sobre todo, la significación de determinadas acepciones de una palabra o una expresión.

   Una sola palabra puede tener dos o más acepciones, que se manifiestan en sus significados y connotaciones. Las acepciones son las variantes de significados que una palabra registra en el uso y que el diccionario registra, define y ejemplifica. Hay palabras que solo tienen un significado; otras, en cambio, tienen dos y más acepciones con sus respectivos significados. Esa multivocidad idiomática se manifiesta en significados variados, lo que se hace constar, como lo hicimos, con la identificación de un ejemplo que ilustrara su uso, que tomamos de una obra literaria o elaboramos los redactores de este Diccionario. Los redactores del DED (María José Rincón, Fabio Guzmán Ariza, Domingo Caba, Roberto Guzmán y Bruno Rosario Candelier), somos académicos de la lengua con disciplina literaria y formación lingüística. Procuramos consignar una ilustración pertinente sobre el uso de los vocablos con ejemplos oportunos que evidenciaran el tipo de palabra criolla. Cuando no encontramos el ejemplo escrito, los redactores lo inventamos.

   La particularidad de este diccionario radica en que es un inventario de voces dominicanas. En ese tenor, hubo dos aspectos a los que les pusimos particular atención en función del criterio lingüístico que establece que una palabra puede ser de factura local o de la lengua general, es decir, puede ser una creación de una forma léxica o de un nuevo significado. Palabras como “parejero” (´ostentoso´) o “enculillado” (´enfurecido´) son creaciones léxicas dominicanas. Y voces de la lengua general que en nuestro lenguaje tienen un significado diferente, como “epíteto”, que en el español general es un ´apelativo valorativo´, en dominicano es un ´apelativo ofensivo´; o “guapo”, que en España significa ´hermoso´, en República Dominicana equivale a ´valiente´. Una palabra de la lengua española, con su grafía y su significado, en nuestro lenguaje puede tener un sentido diferente del consignado en la lengua general. Como los ejemplos anotados, hay centenares de vocablos en nuestro idioma, que en la variedad idiomática de cada país americano tiene un significado peculiar. “Cachucha” es un ´gorro´ en el lenguaje dominicano, pero en el español de Argentina es un vocablo tabú. Por eso hablamos de la variedad dominicana de la lengua española en América, como se puede hablar de la variedad colombiana, hondureña o puertorriqueña, etc. Es decir, en las palabras del español dominicano hay voces con peculiaridades léxicas y semánticas. A ese fenómeno los lingüistas les llaman, respectivamente, “creación léxica” y “creación semántica”: en el primer caso alude a la formación de una nueva palabra y, en el segundo caso, a una nueva significación para la palabra existente, cuando se trata de una palabra de la lengua española con un sentido diferente al de la lengua general. Por eso hablamos de dominicanismos léxicos y dominicanismos semánticos, de los cuales este Diccionario da cuenta con abundante ilustración. Esos rasgos diferenciales se pueden apreciar en este código lexicográfico y al mismo tiempo muestran al estudioso de nuestro lenguaje cuáles son las palabras del español dominicano con esa peculiaridad léxico-semántica.

   En este Diccionario aparecen también las voces creadas por influjo del inglés, como “flaicito” (´lanzamiento cercano´) o “cloche” (´embrague´); voces provenientes del francés, como “calimete” (´sorbete´) o “rotí” (´carne de vaca asada´); así como términos procedentes del “patois” haitiano, como “mesié” (´señor´) o “luá” (´espíritu´). También conservamos palabras del lenguaje patrimonial de nuestra lengua, como “hornalla” (´dispositivo metálico para el fogón´ o ´instrumento para cocer alimentos´) o “lumbrera” (´persona brillante´); y voces creadas por nuestros hablantes, como “chaúcha” (´comida´) o “aguajero” (´jactancioso´). También voces del habla popular con el gracejo de nuestro lenguaje, como “tumbarrocío” (´pajarillo silvestre´) o “maipiola” (´celestina´); voces heredadas de los primeros pobladores que habitaron estas tierras, como “canoa” (´bote´) o “changüí” (´curiosidad´); y voces que nos legaron nuestros antepasados españoles, como “alpargata” (´chancleta´) o “alberca” (´piscina´).

   Una vez, en una reunión de directores de Academias de la Lengua celebrada en Santiago de Chile, una de las académicas presentes le dice a un colega suyo que tuvo que venir a la reunión con su “guagua” al hombro y que la dejó en el salón contiguo. Yo me pregunté cómo pudo entrar una guagua al salón. Luego me enteré que en Chile la palabra “guagua” significa “bebé”, pues aquí todos sabemos que “guagua” en República Dominicana alude a un vehículo para servicio público de pasajeros. Con este ejemplo ustedes pueden apreciar lo importante que es conocer la lengua española y, sobre todo, los aspectos semánticos que perfilan la variante de una lengua, como los muestra este Diccionario respecto al español dominicano con la peculiaridad de su vocabulario. Con el conocimiento de nuestro vocabulario tenemos un mejor dominio de nuestra lengua.

   Los escritores saben por instinto que las palabras que usan los pueblos en su comunicación ordinaria forman parte de su bagaje cultural. Por ejemplo, Juan Bosch usaba en su narrativa voces del lenguaje popular dominicano, como lo hacen también los escritores de nuestra América, especialmente los que ponen especial empeño en identificar la idiosincrasia, el talante y el rasgo peculiar de la cultura de sus respectivos pueblos, que se manifiesta en el vocabulario de sus hablantes. Eso se puede verificar en los grandes narradores de Hispanoamérica. Narradores como Salvador Salazar Arrué (Salarrué), de El Salvador; Juan Rulfo, de México, o Alejo Carpentier de Cuba, eran escritores con una alta conciencia de su lengua y una cabal identificación con la cultura de sus pueblos y en tal virtud son ejemplos de autores que conocen la idiosincrasia de sus hablantes, como lo manifiestan en el lenguaje de sus personajes. Hay un caudal de voces mexicanas en la narrativa de Rulfo, como hay voces salvadoreñas en los cuentos de Salarrué y voces cubanas en la novelística de Carpentier, y esos narradores eran autores que mantenían un contacto con hablantes de sus pueblos o se internaban tierra adentro en los parajes del interior de sus países, y libreta en mano, al escuchar una palabra o una expresión del habla coloquial, las anotaban, lo que les permitió escribir una narrativa impregnada del aliento cultural de sus respectivos pueblos. Muchos otros narradores también han hecho uso de ese procedimiento para lograr un matiz autóctono, un aliento de pueblo, un perfil distintivo con el lenguaje de su narrativa, y nada como el vocabulario popular para lograr esa identificación con el habla vernácula.

   En esta obra tratamos de identificar el mayor caudal de voces dominicanas. Se nos quedaron algunas pero habrá una segunda edición para incorporar las que faltaron. Las que aparecen en este libro están definidas con rigor, propiedad y corrección, que son atributos que requiere una buena definición. En tal virtud, esta obra llena un vacío en la lexicografía dominicana y constituye un valioso documento para conocer nuestra cultura. El Diccionario del español dominicano ha sido saludado por varios académicos españoles y americanos como una obra ejemplar en la confección de un diccionario.

   En la introducción se explica el procedimiento aplicado, es decir, se da cuenta de cada paso realizado según la macroestructura y la microestructura de su ejecución. Ha satisfecho las expectativas que muchos tenían sobre esta obra lexicográfica. Los que laboramos en su confección estamos satisfechos con el resultado porque hicimos un trabajo ajustado a la pauta establecida por la ciencia del lenguaje.

   En la actual etapa del desarrollo intelectual, científico, artístico y tecnológico, no podemos improvisar en la tarea a la que nos dedicamos. Tenemos que tener un conocimiento de la materia que atañe a la actividad que asumimos en cualquier área del saber. Los intelectuales, académicos y escritores, que son los hablantes cultos, tienen conciencia de su lengua, como la deben tener los profesores de lengua y literatura que tienen que adiestrarse en el conocimiento de la lengua para ejercer con provecho la materia que enseñan y el saber que cultivan.

   Me preguntaba un estudiante, antes de iniciar esta actividad, de qué manera podemos identificar una nueva voz y qué hacer para que sea tomada en cuenta y sea incorporada al vocabulario de nuestra lengua. Le dije que normalmente la Real Academia Española, para incorporar nuevos vocablos al diccionario académico, suele esperar (entre cinco y diez años) de manera que el uso le dé vigencia y validez a una nueva palabra. En el sector juvenil surgen nuevos vocablos y es un hecho que muchas voces que inventan los jóvenes se pierden con el paso del tiempo. Entonces, una palabra de reciente creación no conviene registrarla por el riesgo de su desaparición. Por esta razón la comisión lexicográfica de la RAE suele aguardar un lapso de tiempo prudente para certificar el uso de una palabra, es decir, toma en cuenta la vigencia de un vocablo entre los usuarios de la lengua para registrarla en el diccionario oficial de nuestra lengua. Y es lógico que se haga de esa manera porque ustedes se imaginan lo que supone registrar una palabra y que al poco tiempo desaparezca del uso. Hay palabras que han desaparecido, y algunas voces desusadas están registradas en el diccionario porque aparecen en obras literarias. Si una palabra desaparece del lenguaje oral, pero ha sido utilizada por un escritor, hay que registrarla porque si alguien la lee en una obra literaria, al encontrarse con esa palabra lo más natural es que vaya al diccionario a consultar su significado. A las palabras que han desaparecido del lenguaje común se les llaman “voces obsoletas” o “voces arcaicas”, como “aguaitar” (´observar´) o “vuesa merced” (´su señoría´), pero se registran por su uso en obras literarias.

   Uno de los objetivos que persigue este diccionario es justamente concitar en el lector, en nuestros hablantes, en nuestros profesores y estudiantes, la conciencia de lengua. El hablante que se preocupa por conocer el significado de las palabras, por pronunciar correctamente los sonidos de la lengua, por combinar adecuadamente unas palabras con otras al formar oraciones según las pautas sintácticas, es alguien que tiene conciencia del lenguaje. Los profesores de cualquier rama del saber tenemos que sembrar en nuestros estudiantes una conciencia por la lengua para que aprendan a identificar y respetar el tesoro idiomático que hemos recibido de nuestros mayores, hermoso don que hemos heredado como el fundamento de nuestra cultura, que es el lengua, para que hagamos el mejor uso posible del más preciado atributo que nos distingue a los humanos, que se manifiesta en la palabra. En virtud el Logos del que hablaba Heráclito en la Antigüedad griega, dotación que encarna la energía interior de la conciencia en cuya virtud podemos pensar, hablar y crear, podemos formalizar el más elevado atributo entre los bienes recibidos de la Divinidad, que es el don de la palabra, que nos distingue de las demás criaturas de la Creación. En atención a esa dotación espiritual podemos testimoniar nuestra percepción del mundo y resaltar el encanto de lo viviente haciendo un uso creativo del lenguaje. Para hacer un uso creativo del lenguaje, para emplear con propiedad y elegancia la palabra, tenemos que conocerla y estudiarla, y uno de los propósitos de este Diccionario es mostrar lo que distingue a la cultura dominicana, que es su lenguaje, cifrado en el vocabulario y en la expresión de sus formas idiomáticas.

Bruno Rosario Candelier

Presentación de nuestro Diccionario

UCATECI/ADL, La Vega, 2 de agosto de 2014.

   Alfredo Rafael Hernández Figueroa. Nació en La Vega el 25 de julio de 1945, donde cursó sus estudios básicos y medios. Estudió artes visuales en la escuela de Bellas Artes de su ciudad natal y la licenciatura de educación en la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD), de la que es egresado como profesor en Artes Plásticas y en Educación con una maestría en Ciencias Sociales. Ha laborado en la formación de docentes, tanto en la Pontificia Universidad Católica “Madre y Maestra” de Santiago, como en la Universidad Católica Tecnológica del Cibao, en La Vega, donde labora actualmente. Ha participado en múltiples exposiciones colectivas de artes visuales a nivel local, nacional e internacional. Desde 2003 coordina el Taller Literario “Federico García Godoy” del Ateneo Insular en La Vega. Es miembro correspondiente de la Academia Dominicana de la Lengua.

   Siente especial predilección por la investigación histórica y pedagógica. Entre los trabajos de investigación figuran sus investigaciones sobre la fundación de la Academia Dominicana de la Lengua, con el rescate de sus primeros boletines en el Archivo General de la Nación (AGN). Además, realizó una investigación sobre el habla popular del municipio de La Vega y sobre la agrupación artístico-cultural de “Los Nuevos”. Entre sus publicaciones están Visión general el carnaval de La Vega (2001), Las artes visuales en La Vega (2003), La Vega, 25 años de Historia, 1861-1886 (dos tomos, 2007), Guido Despradel Batista: Obras” (2010) dos tomos sobre la vida y la obra de investigación y divulgación de ese pensador dominicano para el Archivo General de la Nación, del cual es investigador. Algunos de sus cuentos han sido publicados en la Antología del Ateneo Insular y en periódicos locales. Ha dictado conferencias sobre la cultura y las letras veganas, su historia y sus personajes en diferentes escenarios.

   Ramón Antonio Jiménez. Natural de Valparaíso (Naranjo Dulce), sección del distrito municipal de Jaya, San Francisco de Macorís, República Dominicana. Nace el 17 de enero del año 1962, hijo de Domingo Jiménez y Dolores Pérez.

   Licenciado en filosofía y letras, realizó un diplomado en educación artística integral. Y cursó maestría en lingüística, en la Universidad Autónoma de Santo Domingo, en la que es profesor de las cátedras de español y literatura. Formó parte del taller literario “Yocahu”, de San Francisco de Macorís, es miembro fundador y dirigente nacional del Ateneo Insular, órgano del Movimiento Interiorista, a cuyo ideario estético se abraza en su permanente ejercicio de búsqueda del sentido trascendente, realidad que le apela, valida y justifica la existencia. Es promotor cultural y corrector de estilo de la editora Ángeles de Fierro, director de la editora Manjú J&P, ensayista, narrador, poeta y miembro correspondiente de la Academia Dominicana de la Lengua.

   Ha publicado: Melancolía (1984); Crónica circular (1997); Nociones de arte (1998); Apología del insomnio (2001); La presencia del miedo (2003); Manual práctico para la acentuación (2004); La estación del viento (2006); Lengua española I (2006); Manjú (2007); Tocan a la puerta (2008); El Tao (2009), Conversando contigo (2010) y Contracanto a Gris (2012) y La Música de la Vida: Media antología personal (2014).

   Bruno Rosario Candelier. Filólogo, crítico literario, ensayista, profesor, novelista, orientador estético y promotor cultural (Moca, República Dominicana, 1941). Licencia­do en educación por la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra, de Santiago, y doctor en Filología Hispánica por la Universidad Complutense de Madrid, España. El doctor Bruno Rosario Candelier es director de la Academia Dominicana de la Lengua, miembro correspondiente de la Real Academia Española y de las Academias Norteamericana, Filipinas y Puertorriqueña de la Lengua Española. Presidente del Ateneo Insular y creador del Interiorismo, forma y orienta grupos literarios. Dirigió el Suplemento Cultural “Coloquio” de El Siglo y fue director general de Bellas Artes.

   Ha presentado ponencias en congresos internacionales de academias, universidades y ateneos en España, Portugal, Estados Unidos, México, Honduras, Costa Rica, Argentina, Colombia, Panamá y Puerto Rico. A través del Ateneo Insular promueve actividades culturales en todo el territorio nacional y en el extranjero. Ha publicado los siguientes libros: Lo popular y lo culto en la poesía dominicana, La imaginación insular, Tendencias de la novela dominicana, Ensayos lingüísticos, Valores de las letras dominicanas, El sentido de la cultura, El sueño era Cipango, El Interiorismo, La creación cosmopoética, Poesía mística del Interiorismo, La pasión inmortal, El ánfora del lenguaje, La fragua del sentido, El Logos en la conciencia, La mística en América, La lírica metafísica, En el ameno huerto deseado, La intuición cuántica de la creación y El lenguaje del buen decir, entre otros libros.

   Fue galardonado con el Premio del Institu­to de Cultura Hispánica, de Madrid, por Lo popular y lo culto en la poesía dominicana; con el Premio Siboney de ensayo, por La creación mitopoética; el Premio Nacional de ensayo, por Tendencias de la novela dominicana y el Premio Nacional de Literatura por su trayectoria como escritor. En su condición de director de la ADL, preside las comisiones lingüísticas de la institución y colabora en la revisión de los materiales léxicos, gramaticales y ortográficos destinados al Diccionario panhispánico de dudas, el Diccionario de americanismos, la Nueva gramática de la lengua española, la Ortografía de la lengua española y el Diccionario de la Real Academia Española. Co-redactor del Diccionario didáctico avanzado, de SM, de Madrid; del Diccionario de americanismos, de ASALE; y del Diccionario del español dominicano.

 

Acerca del autor


Bruno Rosario CandelierNació en Moca el 6 de octubre de 1941. Filólogo, ensayista, crítico literario, narrador, educador y promotor literario. Es licenciado en educación por la Universidad Católica Madre y Maestra y doctor en filología hispánica por la Universidad Complutense de Madrid. Preside la Academia Dominicana de la Lengua y es miembro de la Academia Norteamericana de la Lengua Española.

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