MÍSTICA DE LA ESPERANZA
EN LA POÉTICA DE KAROL WOJTYLA

Por Bruno Rosario Candelier

A Bogdan Piotrowski,
Que encauza la onda sutil de lo divino.
Las aguas de los ríos manan
hacia abajo;
el torrente del lenguaje monta
hacia la cima
.

(Karol Wojtyla, Poemas, p. 23)

Resumen introductorio

   Karol Wojtyla fue un eminente Ministro de la Iglesia y un sobresaliente cultor de la palabra, y en su fecunda trayectoria religiosa ocupó el trono de San Pedro con el nombre de Juan Pablo II. Teólogo, místico y poeta, su lenguaje no solo proyecta la dimensión estética y espiritual de una sabiduría teocéntrica, sino la energía edificante de una vigorosa cosmovisión y el aliento trascendente de una sensibilidad impregnada con la savia de la pureza seráfica y la llama que ilumina la conciencia.

   Tiene Karol Wojtyla una enjundiosa obra poética de inspiración mística con una enseñanza que advierte que, ante una situación bochornosa y denigrante, el hombre cuenta con opciones alternativas, como la fe y la creación poética, de tal manera que en el arte del poetizar el poeta polaco aprecia una opción de esperanza, que la fe en el más allá certifica y el fuero de la realidad estética resguarda con su concha protectora.

   Poesía, fe y esperanza son la tríada salvadora que el poeta polaco propone como alternativa a un mundo degradado, que viene a ser una triple propuesta de la sensibilidad, la inteligencia y la voluntad del sacerdote-poeta para no sucumbir ante la opresión y el escarnio, lo que formuló de manera brillante desde el cauce de la palabra, el aliento de la fe y la opción de la esperanza, que su lírica mística encarna y expresa de manera edificante y ejemplar.

   En la palabra poética del poeta polaco se aprecia un doble vínculo de conexión con el cielo y la tierra: hacia abajo, con la tierra, en tanto canal que nos vincula a la historia y la cultura vernácula, ahonda en las raíces del pasado y se hace índice expresivo en el lenguaje mediante la voz que atrapa y expresa los fluidos del terruño, el trasfondo de voces y expresiones autóctonas, la voz profunda de la sensibilidad y la conciencia como genuina manifestación del alma de los pueblos, que los escritores canalizan en poemas, narraciones y teatro; y hacia arriba o, según el epígrafe de esta ponencia, hacia la cima, con el cielo o la cantera infinita de la trascendencia, en tanto Logos que conecta con los efluvios de la Creación conforme intuyeran los antiguos pensadores presocráticos y los contemplativos orientales, para crear puentes hacia el infinito, cuyos efluvios canalizan los poetas místicos y metafísicos mediante el cordón umbilical de la conciencia, encauzando el hallazgo de la intuición y los mensajes de la revelación.

   La esencia del poetizar de Karol Wojtyla tiene una meta superior, que va más allá de la dimensión estética y la fruición espiritual de sus luminosos y reflexivos versos.

Mística cristiana y poética de la esperanza

   La mística cristiana tiene como fundamento la convicción de que a través del mensaje de Cristo el hombre se conecta con la esencia espiritual de la vida divina. La “inefable deiformación” de que hablaba Dionisio el Areopagita, que san Juan de la Cruz llamara “deificación por participación”, es una vía para articular la participación divina en el hombre, justificación de la mística cristiana, que en palabras de Baldomero Jiménez Duque, se explica así: “Él [Cristo] da en nosotros testimonio de que somos hijos, cristos, de que somos redimidos, endiosados” (Rom., 8,16; Gal., 4, 6). Y al enfatizar la dimensión esencial de la mística cristiana, agrega: “Místicamente, el alma aspira en Dios la misma aspiración de amor que el Padre aspira en el Hijo y el Hijo en el Padre, aspiración que es el mismo Espíritu Santo” (1).

   Pues bien, las cautivantes intuiciones de Karol Wojtyla plasmadas en su creación poética proyectan la honda dimensión de la voz interior de la conciencia, la voz entrañable de las cosas y la voz universal de la sabiduría cósmica.

Nuestra existencia tiene un alto destino, hermoso y trascendente, cuyo derrotero podemos encauzar mediante luminosas reflexiones que orienten la conducción de la vida, el rol de la conciencia y el sentido de la creación. En la trayectoria existencial del místico poeta, como en la de cada cristiano, la vida se puede vislumbrar como un viaje desde uno mismo hacia la eternidad. Cada cual tiene su propia ruta, con sus peculiares condiciones y circunstancias, su singular historia y sus apelaciones intelectuales y espirituales. En ese tránsito físico y metafísico, la mente intuye un cauce que la poesía, el arte, la religión, la filosofía y la espiritualidad ayudan a perfilar, como se aprecia en la emoción estética, la experiencia religiosa y la vivencia mística. Cada uno tiene su punto de contacto con el Universo y una misión vinculada a la esencia infinita y al destino final que a todos nos aguarda. Quien tiene conciencia de sí mismo y de los dones recibidos, puede vivir una vida plena y con sentido. Para ese fin se nos han dado las condiciones y los atributos para alcanzar el más alto estadio en el desarrollo de la espiritualidad. Por tanto, nuestra creación ha de dirigirse hacia la consecución de una grandeza espiritual, como sugieren los versos del ilustre poeta polaco. La lírica mística del Papa poeta se orienta hacia la consecución de ese objetivo. Pocos logran esa alta meta, que la palabra hace propicia mediante el cultivo de los valores interiores y la conciencia trascendente (2).

La cultura polaca se distingue en el ámbito europeo por su visión trascendente y su clara expresión de la conciencia espiritual, de la que Karol Wojtyla fue un cabal ejemplo. Esa dimensión espiritual en la vida interior del dignatario polaco marca su pensamiento, su trayectoria pública y su poesía. Este ilustre sacerdote-poeta sufrió el régimen comunista, opresivo y lacerante, pero su reciedumbre espiritual y su vocación de trascendencia en su dimensión religiosa y poética le permitieron sobrevivir y luchar contra la ignominia que pretendió ahogar la cultura polaca. La expresión serena y radiante de su alma luminosa, índice de la condición espiritual de su interioridad y la hondura trascendente de su conciencia mística, fluía en su pensamiento y su creación.

   Karol Wojtyla fue un testigo de la doctrina católica y un cultor de la mística de la esperanza. En su obra aflora el valor de la fe, el alcance de la trascendencia y el sentido de la mística cristiana. Según el místico polaco, la esperanza cristiana ilumina la experiencia vivencial y la conciencia espiritual del hombre. La esperanza es heraldo de la fe, que atiza la idea de una vida trascendente. La fe se activa ante la convicción de la misericordia divina. De ahí la justificación de la esperanza. Como hombre iluminado, Wojtyla vivía el misterio que alienta la esperanza de la vida eterna, fundamento del sentido de la fe en la trascendencia. El creyente es un testigo de la esperanza, como lo fue el Pontífice polaco. Por eso la búsqueda de lo divino, fundamento de la mística, es una manifestación de la esperanza sobrenatural. La esperanza, ya se sabe, da la certeza a un ideal y sentido a una fe en la Trascendencia.

La esperanza nace de la convicción, que la fe impulsa y alienta. Cuando Karol Wojtyla se sentía agobiado por las adversidades políticas de una situación bochornosa, acudía a la poesía, no tanto por el refugio que ofrece en el fuero de la realidad estética, sino por el aliento redentor que entraña el reino de la palabra en el ámbito de la libertad y la de utopía que lo aproximaba a la esperanza.

   El poeta polaco auscultó su propia voz interior, que la intuición atrapa en el hondón de su sensibilidad y la conciencia; la voz de la tierra, que el aliento telúrico revela a través de sus fluidos y elementos; y la voz universal, que los efluvios del Cosmos encauzan con su sentido trascendente.

   El esteta que hay en el académico polaco proyecta en sus escritos el sentimiento que embarga su sensibilidad concitada por la Belleza sutil y el sentido del Misterio (3).

   La suerte del Cirineo le llega a todos alguna vez, no ya con el Crucificado, sino con cualquier alter ego del Creador en cualquier circunstancia que la vida depara. El paraíso está a nuestro lado, y no lo advertimos.

   El corazón del hombre mide la temperatura emocional y espiritual del mundo. Dicta los acentos. Pronuncia lo que mana de su corazón y capta los efluvios de la Creación.

   La perspectiva del enfoque, así como las actitudes y las apelaciones pautan el rumbo de nuestras acciones y de nuestra creación. Por eso la sentencia del Mitrado poeta: “Lanzado sobre una planta / un rayo de luz revela un fondo desconocido”. Dolores y anhelos atraviesan genes y herencias que nuestros actos canalizan y perfilan.

   La esperanza a que alude el mitrado poeta tiene un fundamento sagrado. La visión sagrada del mundo, desde la esperanza, explica la vocación de trascendencia.

   La sociedad moderna ha perdido la esperanza porque no tiene un ideal de vida, ha menguado su fe y carece de la motivación espiritual y trascendente. Dice el texto bíblico: “La esperanza que no se ve es mejor que la esperanza que se ve” (Rom. 8, 24).

Ante una realidad dolorosa, según nuestro poeta polaco, el hombre se mueve entre dos apelaciones ineludibles: el amor y la cólera. Se trata de dos fuerzas en tensión de los sentidos que concitan la sensibilidad y la inteligencia, al tiempo que pautan el discurrir humano, conforme se aprecia en los poemas de Karol Wojtyla (4):

Cólera y amor guían al hombre.
Nunca en él se agotarán,
nunca cesarán en la tensión de las espaldas,
en el gesto secreto del corazón.
Amor y cólera nacen uno de otro,
se complementan uno a otro,
soldados a una misma palanca
que une el movimiento y el pensamiento
en un círculo indestructible
.
(Karol Wojtyla, Poemas, p. 10)

   Entiende el sacerdote-poeta que la intuición, fraguada por el pensamiento que concita el Logos que nos enaltece, ahonda en el ser de las cosas y ausculta su esencia distintiva y, con ella, la razón de su existencia, su función y su sentido. Advierte del peligro que acecha a una vida sin sentido, que es lo mismo que decir, sin esperanza:

Cuando dices que se sufre ante los cambios esenciales,
que el hombre acabará por despertarse en su tarea,
tienes sin duda razón (¡y cuánta!)
pero de lo que más sufre el hombre, creo,
es de la falta de visión
.

   En “Resistencia de las palabras ante el pensamiento”, el poeta ausculta el sufrimiento que humilla, duele y desconcierta, sugiriendo que la palabra contiene la pauta que puede liberarnos del escarnio, el desconcierto y la opresión:

Si sufre por falta de visión
debe abrirse entre el espesor de los signos
un camino hasta llegar al centro,
ese peso que madura como un fruto en la palabra.
¿Es el peso que Jacob sentía sobre sí,
cuando cayeron sobre él las estrellas,
ojos lánguidos de sus ovejas?
(Karol Wojtyla, Poemas, p. 16)

   El sentido de lo viviente se empata a la organización del mundo, cuyo ordenamiento se vincula al Todo. La plataforma cuántica de la Creación da pie a la esperanza, ya que todo lo que existe, tiene un fin. El poeta se sitúa ante la realidad de las cosas y hace su reflexión estética, metafísica y simbólica. Sabe que cuenta con la fuerza de su pensamiento y el mundo que lo circunda. Evoca a Jacob, el personaje bíblico, para articular lo que mueve su conciencia. Conocedor de la tierra por su condición de pastor, tiene ante sí su rebaño de ovejas y el campo en que se mueve. Entre el hombre y el paisaje o entre el hombre y las criaturas media un caudal de símbolos comunicantes. La luz de la tarde se esconde en los ocasos y, con la partida de su fulgor luminoso, adviene el misterio que implica la noche sombría. Jacob experimenta un extraño rapto que lo deslumbra y enajena. Sofrenado en su conciencia ante el arrebato anonadante y aturdido en sus sentidos, la realidad se le revela en su asombro infinito:

Jacob era pastor.
No desconocía ninguna de las fuerzas
de la tierra.
Se apoyaba en ellas en forma que su ciencia
se acrecentaba en él sin esfuerzo,
presente en su pensamiento,
aún sin saber cómo expresarla.
De pronto, como la noche cerraba poco a poco
los ojos de su rebaño, de los camellos,
y después los de los niños y las mujeres,
Jacob se quedó solo con su ansia de saber.
Sintió que alguien lo arrebataba y comprendió
que no podía hacer nada.
Alguien -él mismo- abrió
hasta lo recóndito de su conciencia,
como lo habían hecho
(y sin embargo en otra forma)
el niño, la oveja o el objeto;
sin destruirlos, sin apartarlos,
tomando, por el contrario, todo en Él;
pero en ese Alguien todo temblaba:
el niño, la oveja y el objeto.
Jacob también temblaba,
pues jamás la realidad se había revelado
en forma tan repentina.
Se doblegó bajo el peso para que los pensamientos
pudieran recobrar su ordinario equilibrio
.
(Karol Wojtyla, Poemas, p. 17)

   Entonces el poeta ahonda en su discurrir metafísico, lírico y simbólico. Siente que el pensamiento puede adentrarnos en las cosas y acude al poder de la mente para entender lo que las cosas son. En ese singular maridaje del discurrir consciente a la luz de los datos que la realidad aporta, se suman las vivencias que la sensibilidad experimenta bajo el fluir de lo viviente. Y en su hondura pondera lo que la intuición ausculta ante el esplendor del mundo:

En vano quieres acallarlo,
como el niño que acaba de despertarse:
no des la espalda al esplendor de las cosas,
¡caro pensamiento, sigue maravillándote!
¡Palabras vanas! ¿No te das cuenta?
Es por el pensamiento como llegas
tan dentro
del esplendor de las cosas,
y en ti mismo debes abrirles
siempre mayormente, el espacio
.
(Karol Wojtyla, Poemas, p. 19)

   Precisa el pensamiento una percepción clara de las cosas para capturar su mensaje y sentido. Por eso el poeta crea la imagen del conductor que, en medio de la lluvia, advierte que “solo los parabrisas capturan el infinito”. Como dijera George Bernanos, “el pueblo que espera”, está emocionalmente vinculado a la Divinidad, con fe firme y confianza plena en su destino, que concita la búsqueda mística y la esperanza salvadora.

   La ausencia de esperanza sume al sujeto en el abismo, que hunde en la frustración y el desconsuelo. Porque hay trascendencia, hay esperanza, hay metafísica y hay mística. De ahí que un hombre de fe y, con mayor razón, un hombre de iglesia y de convicción mística en la trascendencia, como Karol Wojtyla, fecundara con su sabiduría, su amor y su mística cristiana, la metafísica de la esperanza, la más alta expresión de la dimensión espiritual de la trascendencia.

   Por eso ante el abismo que hunde, hace un llamado para superar la postración o a adversidad, y el aliento de ese llamado viene de lo Alto y lo siente la conciencia. La lucha de las conciencias, dice Karol Wojtyla, está registrada en alguna capa de los acontecimientos que, a su vez, nutre la sabiduría universal del Numen cósmico. Entonces el aliento del amor y la convicción de la esperanza pautan el destino, mediante el concurso de la esperanza, como lo sugieren estos versos lúcidos y reveladores:

Ya que conocimos una nueva esperanza,
vamos atravesando
este tiempo en la búsqueda
de una tierra nueva.
Y a ti, vieja tierra,
fruto del amor de las generaciones,
te elevaremos con el amor que sobrepasa al odio
.
(Karol Wojtyla, Poemas, p. 28)

   Hay, en efecto, búsquedas y encuentros que impactan y trascienden. Hay miradas cuyo rayo de luz llega al corazón e ilumina la conciencia. Es la mirada de amor que subyuga los sentidos; la mirada de esperanza que alienta el corazón y cautiva el alma; la mirada de amor, que es la mirada mística, la mirada esperanzadora, como se infiere de estos luminosos versos del Pontífice poeta:

Entonces extenderé todo mi cántico,
comprenderé hasta su última nota.
Extenderé mi cántico atento
a tu vida entera,
mi cántico lleno del Hecho
tan simple y claro
que, visible y secreto,
se inicia en todo hombre.
Y el Hecho se hizo carne en mí,
se manifestó en el cántico,
se presentó entre los hombres,
y escogió en ellos su morada
.
(Karol Wojtyla, Poemas, p. 36)

   La vivencia del paraíso se vive primero en la propia interioridad. Antes que el abismo del ser, dijo Karol Wojtyla, aflora el abismo del pensamiento. Dios y el Universo enmarcan la vida y el destino que apela y determina. En tal virtud, seremos en el más allá lo que aquí somos porque el estadio venidero se va gestando desde ahora. Todo tiene continuidad. Todo se suma y se acumula. Lo que se siembra en esta vida, se cosecha en este estadio de la existencia y en la venidera.

   Si da trabajo descubrir la verdad, más difícil es eliminar el error y superar la falsedad. Pero el amor hace posible descorrer el velo que oculta la verdad y empaña la belleza. Lo que subyuga al corazón propicia la gestación de la sabiduría, la esperanza y la luz:

No hay sitio pues para el corazón
ni para el pensamiento,
solo el instante que explota
en mí, como la cruz
.
(Karol Wojtyla, Poemas, p. 47)

   En “Cántico del esplendor del agua”, el iluminado poeta polaco vislumbra lo que las aguas reflejan, como símbolo mitigante de lo Eterno. En imágenes deslumbrantes y apropiadas al sentido del poema, el poeta ausculta el misterio al que alude:

La fuente está aún lejos.
Esos ojos fatigados y ojerosos son el signo
de que las aguas sombrías de la noche
corren por las palabras en tu plegaria.
(Nuestras almas están áridas, cuán áridas).
La luz del pozo palpita de lágrimas,
un soplo de sueños
-piensan los transeúntes-
las habrá hecho surgir.
El pozo brilla de hojas que pasan en tus ojos.
Su verdor reflejado vela tu rostro
en la profundidad reluciente
.
(Karol Wojtyla, Poemas, p. 51)

El aliento de la esperanza y el ideal de trascendencia

   En la metafísica del sentido, que es una suerte de metafísica de la esperanza, el mitrado polaco asume el fuero de lo sagrado proveniente del Altísimo y enseña que desde Su sabiduría infinita, Dios conoce todo sobre nosotros, en cuyo pozo, según su reveladora imagen, se refleja lo que somos. Así se ve en “Recuerdo de este encuentro”:

Ver así dentro de uno mismo,
nadie se atrevería.
Él sabía todo en otra forma,
sin apenas levantar los ojos.
Él, gavilla de sabiduría.

 

Como ese pozo,
desde donde da en el rostro
la claridad del agua,
él tenía un espejo,
sí, como ese pozo, de brillos profundos.
Él no tenía por qué salir de sí mismo,
ni aún levantar la vista.
Me veía. Me tenía en Él.
Me conocía profundamente, sin esforzarse,
haciendo que surgiera en mi interior la vergüenza,
el pensamiento largo tiempo escondido.

 

Como si hubiese vibrado al ritmo de mis sienes,
Él llevaba sobre sí mi fatiga inmensa,
en forma tan dulce.
Sus palabras eran simples.
Con ellas me rodeaba como un rebaño de ovejas.
Su voz hacía surgir en mí
pájaros dormidos que dejaban el nido.

Sabía completamente mi secreto, mi falta.
¡Cómo debía herirte todo,
cómo debía pasarte! 
(Ese manar de pensamientos, esa losa de plomo que cae).
Tú callas pero yo sé, yo que discerní tus palabras,
que mi sufrimiento en ese instante
no era de la magnitud del tuyo.

 

El amor quisiera vivir hoy ese dolor,
quitártelo, extenderlo, como cinta cortante.
Demasiado tarde: hoy todo dolor que de Ti proviene,
al avanzar se transforma en amor.

¡Qué hallazgo, qué bueno saberlo!
Sin embargo, Tú ni siquiera alzaste la vista,
me hablaste con esos ojos en los que se reflejaba
la claridad profunda del pozo
.
(Karol Wojtyla, Poemas, pp. 53-54)

   Dice el poeta polaco que el pozo de la Samaritana nos ha unido en la búsqueda de lo divino (5). Ciertamente, el sentido traslaticio de la sed es una apelación simbólica que invita a buscar la fuente de lo divino en la propia interioridad. A modo de una visión apocalíptica, ese hermoso poema parece vislumbrar el discurrir del hombre en la tierra con sus miserias y sus sueños, con sus potencialidades y anhelos, y advierte que nuestra grandeza radica en la partícula divina que encarnamos interiormente. El pozo cuyo reflejo lo ilumina es también índice y señal del vacío que inquieta, así como de lo que anhela y espera, como canta en el enjundioso poema “Cántico del esplendor del agua”:

Desde aquel entonces, del fondo de ese pozo
del que vine a sacar un cubo de agua,
el esplendor se ha fijado en mis pupilas.

He sacado de él tantos conocimientos,
he descubierto un vacío inmenso,
el mío, en el reflejo de ese pozo.

Todo está bien. Yo no sabría tenerte en mí.
Pero tú ahí permaneces,
como en el reflejo del pozo
permanecen las flores y las hojas
recogidas por mis ojos asombrados,
llenos de luz, un poco tristes
.
(Karol Wojtyla, Poemas, p. 57)

   Después de explayar, con el lenguaje de la poesía y el lenguaje de la mística, la carga que agobia la existencia, en “El nacimiento de los confesores”, el poeta vislumbra el aliento que redime de la postración y el cautiverio, para superar una existencia tormentosa, que la fe aguarda de la Divinidad, a cargo de la esperanza:

Espera. Ten paciencia. Que te atraiga hacia mí,
de todos los lechos de los ríos, de todos los torrentes,
de toda fuente de luz, de toda raíz de árbol,
de todo espacio de sol.
Y todo aquel sobre de mí,
el horror, la esperanza, y su doble peso,
la transparente profundidad al fin alcanzada;
nadie puede pretender que simplifico
.
(Karol Wojtyla, Poemas, p. 69)

   La experiencia de la vida enseña que el odio es tan poderoso como el amor. La diferencia estriba en que, mientras el odio destruye, el amor edifica. Muchos de los poemas de Karol Wojtyla reflejan la dura realidad a la que el hombre común debe enfrentarse, pero también la actitud resuelta de una voluntad para enfrentar situaciones adversas y denigrantes. Recuérdese los avatares que le correspondió sobrellevar al propio Karol en la Polonia sometida a la dictadura avasallante y su lucha como hombre de iglesia para defender su opción de libertad, su doctrina religiosa y sus principios espirituales. De ahí que su lírica sea no solo de denuncia, sino de una propuesta salvadora, de una esperanza terrenal y ultraterrestre. Desde luego, como creyente firme y decidido, el poeta místico no se conforma con describir la amargura que lo abate, sino que abre una salida salvadora con el concurso del aliento celestial que lo redime:

Ciertamente nos llevan manos invisibles
aunque podemos, no sin gran esfuerzo,
sostener la barca
cuya historia, a pesar de los fondos escarpados,
traza la ruta
.
(Karol Wojtyla, Poemas, p. 63)

   Convencido del destino que a todos nos aguarda, Juan Pablo II enseñaba que hay que confiar en la palabra divina y esperar en Su promesa redentora. La suya era una convicción que pasó la prueba del infortunio en los aciagos días de su juventud. Su obra fue una clara muestra de que la fe nutre y acrecienta la esperanza, como lo plasmara en su creación poética, en su predicación evangélica y en su testimonio de vida.

   En “La esperanza más allá del fin”, el poeta entiende que “la esperanza se yergue/en todo sitio al que la muerte somete”. Una manera de decir que, donde la destrucción opera, florece la esperanza. “La esperanza es el contrapeso de la muerte”, concepto que alumbra la idea de una nueva vida, la vida de la resurrección, según enseña la doctrina que da fundamento a nuestra fe. El yo experimenta una transmutación mediante la apuesta “por la esperanza”, que el pasaje pascual lo confirma “unido a la más profunda inscripción de mi ser”. Por eso escribió el Santo Padre Juan Pablo II con la certeza de su convicción y la fuerza de su visión profética:

Siempre a tiempo, la esperanza se yergue
en todo sitio al que la muerte somete.
La esperanza es el contrapeso de la muerte,
en ella el mundo mortal revela de nuevo su vida.

Así estoy inscrito en Ti por la esperanza,
-fuera de Ti no puedo ser-
si pongo mi “yo” por encima de la muerte,
si lo arranco al campo de la destrucción,
es porque ese “yo” está inscrito en Ti,
como en el Cuerpo
que ejerce en mí su poderío
y sobre cada cuerpo de hombre,
para edificar de nuevo mi “yo” de sus restos
sobre el campo de la muerte,
con un contorno por completo diferente,
entre todos fiel,
en donde el cuerpo de mi alma
se vuelve a unir al alma del cuerpo,
para que mi ser -que reposaba sobre la tierra-
repose para siempre sobre el Verbo,
y que todo dolor se olvide,
azotado el corazón por un Viento repentino,
sacudiendo los bosques de la fronda hasta las raíces.
He aquí: ese viento,
lanzado por tu mano, se vuelve silencio
.
(Karol Wojtyla, Poemas, pp. 79-80)

   El hecho de esperar no anula los factores que contradicen la esperanza, como el miedo, la duda, el odio. Porque la esperanza existe contra toda esperanza, como sugería Dante Alighieri en el canto final de La divina comedia. Lo sabe el Pontífice poeta que vivió estados de opresión y vio rostros desesperados, corazones miedosos, hombres incrédulos y almas vacías por ausencia del amor. Y aún así creía en la esperanza y, en consecuencia, trabajaba para superar la indolencia y la impiedad.

   En “Al principio está el temor” habla sobre los miedos que invaden nuestro interior. Ante el caudal de dudas, resentimientos y desesperación, el poeta suplica a la Energía Sagrada que le enseñe a actuar con la fuerza que se contrapone al miedo. Al advertir la transformación física, habla del dolor y la opresión que subyuga y aplasta; sin embargo, dice que toda la angustia que nos arropa nos hace más humanos y, si lo malo nos aplasta, lo bueno siempre propicia una resurrección. Aunque el alma “tiene su propio miedo”, sin embargo “no contradice a la esperanza”:

Deja obrar en mí al misterio, enséñame a actuar
en el cuerpo que sacude el miedo
como mensajero de la caída,
igual al gallo que canta
-deja obrar en mí al misterio, enséñame a actuar
en esta alma abrumada por la angustia corporal
y que teme en su sitio-
que teme también por su propio miedo:
por la maduración,
por los actos cuyo rastro permanecen
en el espíritu humano,
por la profundidad en la que esta alma fue sumergida,
aun por lo divino…
El alma tiene su propio miedo,
que no contradice a la esperanza.
(Karol Wojtyla, Poemas, p. 77)

   Al sentir la onda de la vida superior más allá de la muerte, en su reflexión estética y mística, el poeta polaco pondera la mirada del alma como el lenguaje de la trascendencia, al articular lo humano a lo divino (6):

Tu cuerpo morirá, resurgirá.
Vida confirmada, más allá de la vida.
(Intentando comprender esto
a partir de las luchas mortales de los eslavos,
déjame mirar con la mirada del alma, mi alma,
vuelta de entre las almas de mis wislanos, mis polacos).
La mirada del alma es lenguaje,
es verbo, reciprocidad de la palabra.

Llamemos bautismo a ese momento preciso
(en donde Dios surgió de las suturas del mundo,
de los meandros del destino del hombre)
en donde habla Mieszko,
en donde Mieszko puede responderle
.
(Karol Wojtyla, Poemas, p. 89)

   La vida humana fluye entre la duda y la esperanza, enseña el poeta polaco. En su sentimiento místico de lo viviente, su anhelo entraña una búsqueda del sentido, que es lo mismo que decir una búsqueda de lo trascendente. Su poetizar se vuelve reflexivo al meditar sobre la condición humana ante su lucha en la tierra. Búsqueda del sentido bajo el sentimiento místico de lo viviente, también lo es de la llama que cautiva y el aliento que enciende la chispa de la conciencia.

   Mediante la imagen del árbol, el místico de Cracovia simboliza el discurrir de la vida del hombre. Sabe el poeta que la muerte física de nuestro cuerpo no contradice la permanencia del alma más allá de este estadio de esta existencia ya que somos la continuación de los que nos precedieron en el tiempo y también que perviviremos en los que nos releven, pues todos confluiremos en el seno del Padre que nos prohijó:

 

En la historia, el cuerpo humano muere
a menudo más pronto que el árbol.
El hombre persiste más allá de la muerte,
en las catacumbas y las criptas.

El hombre permanece, él que se va,
en aquellos que vienen.

El hombre permanece, él que llega
en aquellos que se han ido antes que él.

El hombre permanece, allende de aquellos
que se van y que vienen, en él mismo y en Ti.

La historia de los hombres, mis semejantes
busca el cuerpo que Tú les vas a dar.

En esta historia, cada quien pierde su cuerpo y se va hacia Ti
Al dejarla, cada quien es más grande que la historia
de la cual formaba una ínfima partícula,
ese fragmento de siglo,
esos fragmentos de dos siglos fundidos en una vida
.
(Karol Wojtyla, Poemas, p. 82)

   Por eso cree nuestro poeta que el pasado es un lugar de nacimiento, no de muerte. De ahí la significación del dolor, la angustia y el amor en el desarrollo humano, y el sentido de la esperanza en la forja de su más hondo anhelo, que es la vocación de eternidad. Por eso nuestro poeta tiene el concepto de que la muerte es portadora de esperanza.

   Los que aguardamos la esperanza de la resurrección contamos con las sabias palabras de los Padres de la Iglesia, entre los cuales tenemos a Juan Pablo II cuya lírica, además de su pensamiento teológico, ausculta y enaltece el sentido de lo Eterno.

   Por el fulgor de su palabra, la diafanidad de sus actos, la piedad de su mirada y su voz de esperanza, Karol Wojtyla fue paradigma inspirador de quienes procuran actitudes y conductas mediante el influjo de una irradiación espiritual a la luz del ideal cristiano. Solo quien tiene una gran fe navega en el mar de la esperanza con la confianza del derrotero final. La esperanza cristiana no es una ilusión del intelecto, ni una invención de la imaginación; tiene fundamento real y la fe que la inspira es la salvaguarda de ese aliento redentor.

La poesía expresa la voz interior de la conciencia, la voz que nos conecta a la Divinidad a través del Logos que la palabra formaliza en el lenguaje y en el arte de la creación poética mediante sus imágenes y símbolos. En los poemas de Karol Wojtyla hallamos la voz de la Creación, la que corteja el trayecto del hombre hacia su derrotero inexorable, como muy bien lo plasma el Pontífice polaco que hizo de la poesía la más honda concreción de la Belleza que fulgura y del Misterio que enajena.

Bruno Rosario Candelier

Congreso Internacional sobre Juan Pablo II
Cracovia, Polonia, 3-5 de noviembre de 2014.

Notas:

  1. Baldomero Jiménez Duque, “Mística”, en Castillo Interior: Teresa de Jesús y el siglo XVI, Ávila, Centro Internacional de Estudios Místicos, 1995, p. 38. Cfr. Obras completas del Pseudo Dionisio Areopagita, Madrid, BAC, 1995, p. 149.
  2. Cfr. Juan Pablo II, El umbral de la esperanza, New York, Alfred A. Knopf editor, 1994, 258pp.
  3. Karol Wojtyla nació en Wadowice, Polonia, el 18 de mayo de 1920. Murió en el Palacio Apostólico del Vaticano el 2 de abril de 2005. Doctor en Teología con una tesis sobre la fe centrada en el pensamiento místico de san Juan de la Cruz, escribió poesía, teatro y ensayo, amén de las Cartas Pastorales durante su Pontificado. Fue obispo y arzobispo de Cracovia y cardenal de la Iglesia Católica desde 1967. Sumo Pontífice de la Iglesia desde 1978 hasta el 2005.
  4. Todas las citas poéticas consignadas en este estudio proceden de la obra de Karol Wojtyla, Poemas, México, Editorial Jus, 1990.
  5. El Santo Padre, que condujo la nave de San Pedro con el nombre de Juan Pablo II, dio singulares notaciones de santidad, espiritualidad y amor místico, y recorrió, como dijera nuestro Cardenal López Rodríguez, “los caminos del mundo evangelizando a todos y dando elocuente testimonio de amor a las innumerables naciones que visitó” (Cardenal Nicolás de Jesús López Rodríguez, “El Papa Juan Pablo II”, Listín Diario, 10 de mayo de 2014, p. 9A).
  6. Bogdan Piotrowski, en Mousike (Bogotá, Universidad de La Sabana, 2008), al explorar el contenido semántico de ese hermoso vocablo griego, interpretó el caudal de voces y sentidos inherentes al poemario juvenil de Karol Wojtyla, que del sentimiento de la belleza escaló el sentimiento de lo divino mismo.

 

   Bruno Rosario Candelier. Doctor en Filología por la Universidad Complutense de Madrid. Lingüista, crítico literario, ensayista, profesor, novelista, orientador estético y promotor cultural (Moca, República Dominicana, 1941). Tiene una licencia­tura en educación por la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra, de Santiago, donde fue profesor de lengua y literatura. Director de la Academia Dominicana de la Lengua, miembro correspondiente de la Real Academia Española y de las Academias Norteamericana, Filipinas y Puertorriqueña de la Lengua Española. Presidente del Ateneo Insular y creador del Movimiento Interiorista, forma y orienta grupos literarios. Dirigió el Suplemento Cultural “Coloquio” del periódico El Siglo y presidió la Dirección General de Bellas Artes. Ha presentado ponencias en congresos internacionales de academias, universidades y ateneos en España, Portugal, Francia, Italia, Estados Unidos, México, Honduras, Costa Rica, Panamá, Colombia, Perú, Chile, Argentina, Puerto Rico y República Dominicana. A través de la Academia de la Lengua y el Ateneo Insular organiza actividades culturales en diversos escenarios del territorio nacional. Entre sus libros publicados figuran:Lo popular y lo culto en la poesía dominicana, La imaginación insular, La creación mitopoética, Tendencias de la novela dominicana, Ensayos lingüísticos, Valores de las letras dominicanas, El sentido de la cultura, El sueño era Cipango, El Interiorismo, La creación cosmopoética, Poesía mística del Interiorismo, La pasión inmortal (De la vivencia estética a la experiencia extática), El ánfora del lenguaje, La fragua del sentido, El Logos en la conciencia, El pensamiento creativo, La mística en América, La lírica metafísica, En el ameno huerto deseado, La intuición cuántica de la creación y El lenguaje del buen decir, entre otros.

Fue galardonado con el Premio del Institu­to de Cultura Hispánica, de Madrid, por Lo popular y lo culto en la poesía dominicana; con el Premio Siboney de ensayo, por La imaginación insular y La creación mitopoética; con el Premio Nacional de ensayo, por Tendencias de la novela dominicana; y recibió el Premio Nacional de Literatura por su aporte como escritor. En su condición de director de la Academia Dominicana de la Lengua coordina las comisiones lingüísticas de la institución y colabora en la revisión de los materiales léxicos, gramaticales y ortográficos destinados al Diccionario panhispánico de dudas, el Diccionario de americanismos, la Nueva gramática de la lengua española, la Ortografía de la lengua española y el Diccionario de la Real Academia Española. Es co-redactor del Diccionario didáctico avanzado, de SM; del Diccionario de americanismos, de ASALE; y del Diccionario del español dominicano.

Acerca del autor


Bruno Rosario CandelierNació en Moca el 6 de octubre de 1941. Filólogo, ensayista, crítico literario, narrador, educador y promotor literario. Es licenciado en educación por la Universidad Católica Madre y Maestra y doctor en filología hispánica por la Universidad Complutense de Madrid. Preside la Academia Dominicana de la Lengua y es miembro de la Academia Norteamericana de la Lengua Española.

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