EL MOVIMIENTO INTERIORISTA

Por María José Rincón

   Un movimiento literario se caracteriza por reunir a una comunidad de creadores que fincan su lenguaje y su temática en un terreno labrado por similares presupuestos estéticos. La plasmación de estos principios no es consciente en la mayoría de los casos. ¿Cuáles son las causas que motivan la génesis de un movimiento literario? Circunstancias vitales similares, una comprensión cercana de la historia, la tradición, la creación literaria; y la presencia de un elemento aglutinador y motor que encauza e impulsa estas energías fundadoras en un determinado momento histórico. En este contexto podemos valorar la presencia cultural del Movimiento Interiorista en el cultivo de las letras.

   La piedra fundamental del edificio creador interiorista la constituyó la fundación del Ateneo Insular que, como organización literaria, juega el papel de cauce y motor de impulsos creadores. Esta orientación creativa y formadora le da una trascendencia cultural y social a la visión poética del Interiorismo. Su estructura orgánica nos habla de su vocación por llegar a los jóvenes creadores para impulsar su tarea y contribuir al desarrollo de sus respectivas comunidades. La tendencia poética le sirve de criterio modelador, tanto en las orientaciones temáticas, como en el lenguaje y los recursos técnicos. Para conocer de los postulados de esta estética del Movimiento Interiorista nada mejor que la imagen clásica, pero tan reveladora, del espejo propuesta por Bruno Rosario Candelier, el creador del Interiorismo, quien abre su texto teórico en Poética Interior: “Cuando el hombre se inclinó sobre la superficie del agua para beber, se produjo un hecho que repite toda criatura pensante en circunstancias diferentes y es el de abrevar el misterio de la propia imagen, y esa contemplación del yo exterior da lugar a meditar sobre el propio ser y sobre la naturaleza de la reflexión y con ella en la del ser que reflexiona sobre el mundo y sobre lo que emana de su propio mundo interior”. La imagen del espejo habla por sí sola: el descubrimiento del sujeto provoca la interiorización. Es el encuentro consigo mismo y, a través de sí, con el otro, con el mundo. No se trata sólo del encuentro, sino de la fructífera y tantas veces dolorosa búsqueda de la “íntima urdimbre humana” de la que nos habla Rosario Candelier. Esta expresión del camino, de la búsqueda y, por fin, del encuentro, acerca a los poetas del Ateneo Insular al modo y a la esencia místicos. Los creadores de la Poética Interior reflejan en sus obras ambos momentos, desvelando así sus claras conexiones con la poesía metafísica y mística de todos los tiempos, como el hecho mismo de emplear la imagen del camino para reflejar el proceso interior. Ramón Antonio Jiménez: “Golpear con fuerza/la prisión del mundo/conjurar/ con los párpados apretados/la vulgaridad de los sentidos/(...)/y vivir es dejar de ser/avanzar por túneles oscuros”. La experiencia mística es inefable.  El poeta lucha por atraparla con la palabra en toda la intensidad del instante. En los poetas interioristas hay la conciencia del creador, la conciencia de que es su facultad de crear con palabras la que le da el ser a lo buscado. Es la magia de la palabra y de la creación. A pesar de su conciencia de lo inefable, el interiorista no abandona su labor irrenunciable, y es como resultado de esta lucha que hallamos poemas donde nos topamos con el instante de la unión, del encuentro trascendente, con sus imágenes de fuego, luz cegadora, enajenación, abandono. A través de varios poemas recogidos en la Antología vamos a develar con ellos el misterio del encuentro, cargado de paradojas que son expresiones de la intensidad de la vivencia. Arturo del Valle, en "Sueño tangible", hace decir a Barranco: "Jubiloso quise tactar su luz intangible, que besaba con besos insonoros. Nos quedamos entonces en silencio, en un éxtasis profundo, imantados por el fulgor de una visión divina (...). Entonces sentí la embriaguez plena, la sedación rotunda y entrañable".

UN PUNTO DE VISTA INTERIOR

Por Tulio Cordero

   Una tarde húmeda abandonaba Él una aldea, rodeado de gentes hambrientas. Un ciego exaltado interrumpió el cortejo: “¡Maestro; Maestro!”. Y Él: “¿Qué quieres que haga por ti?”. Y el ciego: “¡Que vea, Señor, que vea!”.

   En la introducción a la Divina comedia de Dante, Tomás Carlyle dice: “El hombre bien dotado será el que vea el punto esencial, y deje aparte todo lo demás como superfluo”. Entre el tumulto y la confusión, aquel ciego supo distinguir primero la voz esencial. Y luego le fue dado el don de la visión. La meta última de todo itinerario interior o todo proceso creativo es, precisamente, “la visión”; es decir una “conciencia total iluminada”. Se trata de una meta in fieri: la búsqueda no cesa aunque se haya avistado la luz.  Cuando se es un joven escritor, no advierte uno que las palabras vienen después, que son ellas las últimas invitadas al banquete. Primero están los desposorios con la inmensidad vital, el sagrado silencio y el adentrarse con humildad en “la interior bodega”. En una palabra, primero está el éxtasis. Después, viene el terrible problema de decir lo experienciado en las propias espesuras interiores. Y es entonces cuando la “verdad estética” de quien se predique escritor o poeta puede aparecer como mímesis, nunca como substancia última. Porque la Verdad es indecible. Puede develarse en gloriosas epifanías para huir en seguida dejando a su paso sólo los toscos andrajos de sus destellos. Por eso, cuando creemos que vemos, y cuando pronunciamos eso que vemos, ese acto nos sabe a gloria. Pero de estos destellos de luz a las oscuridades turbadoras no hay mucho trecho: van de manos a lo largo de nuestra andadura interior. Ello explica que muchas veces a la visión extática le siga la ceguera o la incertidumbre. Es decir, en el decurso de la vida, la confusión y la luz casi siempre andan entreverados.

   Ver un poco, tan sólo un poco y me basta. Pero yo no sé por qué insistir. El que ve no hace más que sufrir. A más luz, más dolor. La ceguera, es decir la apatía y liviandad vital, aparta del camino, donde la sombra, dulce y mansa, anestesia los bríos del alma. Y esto parece bueno. La luz, en cambio, es una condena. Una condena a amanecer eternamente contando las caracolas que las espumas iniciales donan. Una condena a hurgar en los resquicios semidesnudos del alma. Una condena a descubrir nuevas luciérnagas y repartir sus destellos. Una condena a detenerse en el camino, bajar de la cabalgadura, curar al samaritano y preguntarle quién lo ha herido y por qué. En fin, una condena a no dormir jamás. Porque dormir es la muerte, y no es honesto morirse mientras se está vivo.

   Un muchacho imberbe era yo, escaso de pan y flores, cuando quise adivinar de dónde los caminos interiores venían y a dónde iban. Porque eran hartas las noticias del viento. Y un día cualquiera de esos primeros verdores de adolescencia, me desperté con las ganas irresistibles de deletrear el aleteo nervioso de una libélula o de otear en el horizonte cualquier leve sonrisa recostada en una ventana triste. Y brotaron en manojos las palabras que fueron los versos primeros. En ese tiempo, ya empezaba a procurarme amigos para el camino -Antonio Machado, Pedro Mir, Rabindranah Tagore, Manuel del Cabral, Domingo Moreno Jimenes, Pablo Neruda, Antoine de Saint-Exúpery, Emily Dickinson...

   Un buen día tuve la suerte de tropezarme con otro amigo, don Bruno Rosario Candelier. Esbelto él, de cálido mirar, y de un hablar discreto, pero firme y entusiasta. Me habló de lo que yo ya buscaba que él y un grupo selecto de iniciados, “interioristas” ellos, parecían haber ya encontrado: No me detuve yo para esperarte /ni tú para encontrarme. /Y fue así como sucedió, /asidos de polen, /de pétalos y alas... Habiendo entrado yo en este nuevo ámbito, sentí que podía atravesar ese ancho lago en mi propia barca. Ya había escrito el poemario Latido cierto (1986) y Si el alba se tardara (1989).

   Y brotó de este ambiente, del Interiorismo hablo, La sed del junco (1999), donde afirmo que La ira de esta noche se ha calmado (...). Después de tantas lunas tormentosas/ estos vientos/ por fin/ transitan suaves (...). ¡Descanse este velamen y venga el gozo pleno! Ahora sólo busco/ no buscar ya más nada. En el mismo poemario añado: “Esta sed se hace honda/ Esta sed no se calma”. La “sed” es un pre-existente omnívago: la sed está antes que el agua y se ahonda con ella. Por eso existir es desear. Por supuesto, la sed es de luz: ¡que vea, Señor, que vea!, porque la oscuridad es mucha aún. A tientas, toda moción adquiere su semántica en esta búsqueda, la búsqueda “del punto esencial”, que Carlyle dice. En La noche, las hojas y el viento (2008) mi aspiración era el deseo de caminar hacia la transparencia, hasta el silencio. En el caso de la realidad, ver ese punto esencial depende del grado de sensibilidad.

   Por ejemplo, un ser insensible y con todas las necesidades básicas materiales resueltas, al elevar la vista al firmamento creerá ver siempre un cielo azul impecable, decorado de nubes blancas y perezosas, ajenas a los caprichos del viento -la violencia y dureza de la vida, los grotescos olores de los callejones o las surrealistas y truculentas transacciones en las relaciones humanas le parecerán un decorado del que se puede prescindir en el conjunto del “impecable paisaje”. En cambio, a una persona “despierta” le dolerán los vericuetos de una sociedad poblada de triquiñuelas, con sus larvadas u obvias formas de violencia y en donde la sobrevivencia es un doloroso parto cotidiano.

   Aquí el punto esencial significará un punto de luz, o la posibilidad de vida y esperanza ante lo grotesco del paisaje humano; ante el dolor y la crueldad de una existencia que se vive como fatídico círculo vicioso. Significará el develamiento del mal y el pronunciamiento de que vivir con dignidad es posible. En este nivel de sensibilidad, el saber equivale al compadecerse, por medio de una palabra y de una acción concreta.

   La poesía y la escritura pueden echar la semilla al viento. Siempre habrá tierra fértil y disponible para una posterior cosecha. El punto esencial es aquello que se atisba detrás de la madeja complicada de la realidad cotidiana; y es también aquello que se sueña como posibilidad de provocar cambio y verdor en un poco atractivo paisaje. Ves la posibilidad en una materia informe, atisbas orden en la confusión, ves al Espíritu Creador aletear sobre el caos primordial, ves la pureza en el vulgar cieno. No negamos lo grotesco y absurdo de la realidad; no. Es sólo que privilegiamos, como enseña el Interiorismo, el sueño posible conjurado y arrojado sobre esta realidad desde unos ojos y una voluntad creativa que se resisten a aceptar el caos como la última palabra sobre la creación o este mundo que se nos ha dado como tarea existencial. ¡Que vea, Señor, que vea! /Adentro, debajo de la piel del alma, /puedo encontrar una razón /para arrancarle al cielo una estrella /y ponerla al lado de tus sueños.

EL VALOR DEL MOVIMIENTO INTERIORISTA

Por Emilia Pereyra

   El surgimiento del Movimiento Interiorista se produce en un momento clave. Aparece en el instante en que se da una búsqueda del hombre y la mujer por encontrar verdades que no han sido respondidas a lo largo de años, a pesar de que el materialismo y numerosas corrientes filosóficas y religiosas han intentado dar respuestas. El mundo ha cambiado y prevalece el desconcierto. No nos sentimos seguros. Nadie sabe, con certeza, hacia qué derroteros nos conduce el devenir.

   Existe una explosión tecnológica que ha transformado la industria y que coloca en estadios sorprendentes la comunicación y la transmisión de información. No obstante, abundan la miseria y las injusticias. No hemos conseguido construir sociedades felices, donde los seres humanos coexistan armónicamente. La muerte, las enfermedades, el crimen, los conflictos y los intereses particulares nos agobian al final de la centuria que, como todos observamos, ha parido muchos avances y muchas taras. En consecuencia, en medio de este desconcierto muchas “verdades” son cuestionadas. Por ejemplo, se ha puesto en tela de juicio que sólo debamos apelar a la razón para modificar la realidad circundante, para crear un mundo distinto, más confortable. Millones de personas enfocan sus esfuerzos hacia la exploración de su interior. Apelan a la intuición para seguir hacia delante en un espacio cada vez más desorganizado. Buscan respuestas dentro de ellos mismos. La meditación, la reflexión, empiezan a proveer tranquilidad a los más avispados. La civilización occidental nos ha enseñado a respetar y a rendir culto al respecto racional y a negar y desprestigiar la intuición.  Procedemos de un sistema educativo, de una cultura que nos ha enseñado a santificar la abundancia mal repartida, a temer a Dios, antes que amarlo y a estar siempre preparados para atacar y hacer la guerra. En pocas palabras, hemos sido estimulados a ignorar nuestros más sanos sentimientos. Esto ha ocurrido con mayor énfasis en la crianza de los hombres, que, en aras de cultivar una aparente fortaleza, deben continuamente ahogar su voz interior, esa que, sin embargo, conservamos todos, aunque con mayor o menor potencia.

   Obras maestras han sido creadas gracias a que, quien ha sido el canal, ha dejado que se transmita libremente la energía creativa. La película Amadeus nos enseña que Mozart componía música perfecta en cuanto a la técnica. Su música, prodigiosamente inspirada y aún insuperable, brotaba con gran facilidad y de manera espontánea. Desde la más temprana infancia del genio, las notas musicales llenaban su interior hasta rebosar.

   A mí, que valoro completamente la libertad en la creación, y que creo en la búsqueda incesante de maneras de expresión literaria, me parece un gran acierto que el Interiorismo proclame que no pretende constituirse en una coyunda que ahogue la sensibilidad o comprima el talante personal, como ocurre con algunos movimientos estéticos cerrados. Es todo lo contrario. A mi modo de ver, el Interiorismo es una nueva puerta que se abre, un punto de partida y una orientación novedosa que encauza por nuevos rumbos creadores. Y llega oportunamente, cuando parecería que quedan pocas posibilidades creativas, pocos trillos que descubrir.

   Nos dice Bruno Rosario Candelier, presidente del Ateneo Insular y creador del Movimiento Interiorista, que la Poética Interior procura inteligir el interior del ser y el acontecer, auscultar la subjetividad propia para captar el aliento soterrado del inconsciente y la sustancia de los sueños, visiones y utopías, y prestar atención al dictado inaudito de la revelación. Todo creador tiene un impetuoso torrente interior que se ve en la necesidad de exteriorizar. Eso lo sabe y lo siente quien crea. Mientras pueda permitir que su savia más profunda fluya libremente probablemente su aporte sea mayor, más verdadero y más sincero y por tanto más trascendente.

   En la narrativa tenemos que ir prestándoles cultura a los personajes. Aportar lo que tenemos dentro, transformar la realidad con estos ingredientes nos conducirá a realizar obras más creativas y de mayor profundidad. Si somos capaces de auscultarnos podremos dotar de profundidad nuestros valores, textos y personajes. Cuando vamos a escribir, muchas veces no nos preguntamos nada. Lo hacemos como un ejercicio irreflexivo. Pero ocurre que poder escribir con algún acierto es un privilegio. Un don. Una responsabilidad. Por tanto debemos ejercerlo en base a determinadas reflexiones estéticas y filosóficas. Lo más juicioso sería que consultáramos con nosotros mismos, con nuestra imaginación, con nuestro mundo íntimo, con el cúmulo de experiencias que grandes cultores han guardado para nosotros. Habría que preguntarse qué tenemos, qué vamos a decir, cómo podemos trascendernos, qué podemos aportar, qué buscamos y qué queremos.

  La puesta en servicio de los sentidos interiores -la intuición, el sentido común, la imaginación, la memoria sensible y el instinto- a favor de la creación literaria nos hará realizar producciones permeadas por una mayor sensibilidad, enriquecidas con enfoques inusuales. La Poética Interior propone el empleo de técnicas interiorizantes como el diálogo interior, para establecer un diálogo consigo mismo, la reflexión interior y la introyección meditativa, para traducir la impresión de la vivencia interior. No se trata de reflejar fielmente la realidad como si fuésemos cámara fotográfica. Lo que distingue a un escritor de otro no es sólo su estilo, la técnica que utilice, el dominio artesanal del oficio. Más importante que todo eso es que sea capaz de dotar su obra de una experiencia humana, de una visión de la sociedad distinta, de un enfoque nuevo. Cada cual habrá de buscar sus tópicos. Pero debemos tener en cuenta que tenemos una amplitud de temas que podemos abordar tomando en cuenta los postulados del Movimiento Interiorista que nos ayudarían a enriquecerlo. Por ejemplo, la alineación, los efectos de la cibernética, la soledad que producen las mega-ciudades y los estilos de vida actuales, el desarraigo sentimental de millones de nuestros coetáneos, etc. Nuestras narraciones, nuestras poesías pueden reflejar expresiones de la imaginación, invención pura y un enfoque profundo de la mujer, de los adolescentes, de los envejecientes y de todo el que pueble el planeta. Bien podemos escribir para buscar, para experimentar, para indagar, pero desde perspectivas más profundas, más próximas al alma, a la intuición.  El escritor de una época se distingue del escritor de otra época porque tiene una percepción diferente del mundo. El creador se nutre de lo que acontece en su entorno social y los fantasmas y los temores que lo acosan son precisamente los de los años que le ha tocado vivir.  Sabiendo esta realidad, sin renunciar a la búsqueda del pasado para conocer la trayectoria y la experiencia humana, debemos tener los sentidos alertas para ver, oler, palpar, intuir, imaginar y profundizar todo lo que nos rodea. Por eso, creo que no es errado que propongamos que echemos miradas sobre nuestras vidas, que reflexionemos sobre el misticismo, el pensamiento mágico, la intuición, la soledad, la corrupción y la frivolidad imperantes y otros temas. El mundo de hoy nos permite explorar una realidad más compleja. Las circunstancias del hombre actual son entreveradas y por tanto la interioridad de los seres humanos es muy compleja. Poder volcarla hacia el exterior, extraer lo más noble de lo que llevamos dentro es también un reto del arte. El Movimiento Interiorista nos oferta importantes herramientas.

VIVENCIA ESTÉTICA

EN LOS ENCUENTROS DEL INTERIORISMO

Por Sérvido Candelaria

   Un elemento que nunca deberá ser pasado por alto cuando se estudie el Movimiento Interiorista es la maestría con que lo ha orientado su creador y conductor, don Bruno Rosario Candelier. Y no me refiero a su capacidad extraordinaria para plantear conceptos teóricos a base de los cuales pueden, quienes se arropan bajo este manto estético, producir la belleza por medio de los sentidos. Tampoco me refiero a su tenaz labor de promoción y captación de escritores para que promuevan en sus creaciones los postulados de esta escuela y tendencia literaria. Al punto que me refiero es al acto de mostrar por medio de la práctica del quehacer grupal los elementos que han de definirnos, algo que se manifiesta por la insistencia del maestro en permear nuestras conciencias con determinados conceptos.

   Para nosotros es conocida la palabra logos. Por su amplia preparación en filología, muchos deben manejar sus aristas. Lo que es común en la misma proporción a todo quien haya participado en alguna velada interiorista es el perseverante martilleo con que el doctor Rosario Candelier trata de ablandar nuestra coraza asimilativa para que absorbamos no solo los pormenores etimológicos y semánticos de este vocablo, sino su significado esencial en cuanto a que “el logos encierra la esencia del espíritu en cuya virtud el hombre piensa, habla y  crea”.

  Yo creo que esta loable tarea es ya, de por sí, un extraordinario mérito para el creador del Interiorismo porque nos pone en el camino para desarrollar la conciencia humana, propiciar la capacidad reflexiva y fecundar la vida del espíritu. Son pocos los encuentros y los trabajos que en ellos presenta nuestro guía, en que no trate este concepto. Rosario Candelier enseña que el logos canaliza la esencia de la sabiduría universal archivada en la memoria cósmica. Ese concepto lo han asimilado muy bien y lo han vivenciado en los encuentros del Ateneo Insular los interioristas Pedro José Gris, Ramón Antonio Jiménez Oscar de León Silverio, Sally Rodríguez, José Frank Rosario, Iki Tejada, Tulio Cordero, Carmen Pérez Valerio, Guillermo Pérez Castillo, Carmen Comprés, Ángel Rivera Juliao, Manuel Salvador Gautier, Ofelia Berrido, Rafael Peralta Romero, Emilia Pereyra, Miguel Solano, Fausto Leonardo Henríquez, Jennet Tineo, Melania y Pura Emeterio Rondón, Noé Zayas, fray Pablo de Jesús, Eduardo Gautreau, Rafael Hernández, Roxana Amaro, Gisela Hernández, Quibian Castillo, Eddy Sosa, fray Jit Manuel Castillo, Roberto Miguel Escaño, entre otros.

   ¿Qué es en realidad una vivencia estética? Sin muchos aspavientos podríamos llegar a la conclusión de que es el estado de trasmutación en que se sumerge el ser al pasar por una experiencia artística ya que por estética se entiende la reflexión sobre el arte hecha desde el terreno de la filosofía cuya finalidad es analizar el momento de la recepción o interpretación de la obra artística. Es decir, la vivencia estética no debe ser una aventura aislada y pasajera, ni mucho menos mosaicos de percepciones; tienen que ser experiencias modificadoras de nuestras actitudes que nos hagan replantear el concepto de la belleza que, antes de vivirla, teníamos sobre la creación de una obra. Voy a hacer un deslinde entre las vivencias estéticas experimentadas durante los pasados diez años en los encuentros interioristas en que he participado, tomando como referencia, por un lado,  el contenido de las obras que se someten a consideración y, por otro, el roce personal con los autores que las producen. Sin lugar a dudas que ha de sufrir una metamorfosis en su apreciación artística quien se encuentra ante los postulados de una “tendencia estética que revela la verdad subjetiva de las cosas expresada como certeza de la conciencia mediante el lenguaje de la intuición”, según sostiene Rosario Candelier. Esa para mí es la primera vivencia de un interiorista, acostumbrados como estamos a apreciar la belleza literaria a través de obras elaboradas bajo los tradicionales cánones de ficción mimética y mítica. De hecho creo que quien no puede asimilar esta vivencia no logra pasar jamás por el tamiz que representa la inserción en el Interiorismo y de ahí las veleidades y dudas tan conocidas entre nosotros. Pero una vez logramos insertarnos en la dinámica planteada por los preceptos que nos rigen y empezamos a entrar en contacto con la obra de los creadores interioristas, las vivencias estéticas se van acumulando de tal forma que vamos a dar con un ser desconocido en lo profundo de nuestra esencia. Así se refrescan “los poros del alma” en el lenguaje místico de la conciliación con el Todo, según fray Pablo de Jesús: “Ahora que está pasando la noche/ y que está sonando el canto desgarrador/ del pavo real enamorado, /cae la lluvia de la negrura íntima,/ refresca hasta los poros de mi alma, /y en la cama del amor, /por fin apaciguado, /duermo contigo, oh Altísimo, duermo dentro de Ti”. O cuando hacemos un descubrimiento tan limpio como la verdad poética de Ramón Antonio Jiménez: “Después del resplandor del lirio/la palabra es sombra”.

   Pero si el contacto con estas creaciones nos inmuta hasta el punto de replantear nuestra actitud ante la obra de arte, no es menos importante la conmoción que puede producir en nuestro ser la relación con sus artífices. Ya he planteado que el Movimiento Interiorista me parece más que una simple corriente estética, una forma de vida. Soy uno de los que pueden dar fe sobre la apertura de criterios para componer o expresarse en este movimiento literario. Inclusive entre los mismos poetas que se dedican a cultivar una vertiente específica dentro del Interiorismo (la mística, por ejemplo), es fácil detectar la diversidad de criterios en cuanto al concepto que se tiene del hombre y su rol en la sociedad, así como de las variadas formas en que pueden manifestarlo. Y esto es mucho más notable si lo ampliamos a la extensión del grupo, donde Pedro José Gris puede contrastar y coincidir con la eclecticidad de Manuel Salvador Gautier sin que ello cree una subordinación o rechazo de uno hacia el otro; o donde la sagacidad interpretativa y el buen juicio intuitivo y didáctico de Carmen Pérez Valerio interpelan sin crear ruptura la pasión de Ramón Antonio Jiménez; o donde el juicio estético del narrador Rafael Peralta Romero se puede amalgamar con la verticalidad de la poeta Carmen Comprés; o donde el profundo escrutinio de misterios de Ofelia Berrido hace causa común con la llana y sistemática capacidad apreciativa de Pura Emeterio Rondón; en fin, donde todos, asiduos y eventuales, en un momento determinado, podemos despojarnos de nuestros intereses creativos particulares y sentarnos en derredor de la hoguera metafísica que nos convoca y aglutina, para hurgar nuestros adentros en busca de la causa común: desentrañar el misterio de la belleza y el sentido creado a través de la palabra por medio del lenguaje intuitivo que nos proporcionan nuestros poderes interiores. Este es, entre otros aspectos, uno de los grandes aportes que va a legar a la historia literaria el Interiorismo de Bruno Rosario Candelier.

LA NARRATIVA INTERIORISTA

Por Ofelia Berrido

   Como representación es una literatura plena de sentido que presenta al hombre y la mujer en los extremos de la vida, mostrando sus derrotas y victorias; las pasiones y los deseos más destructivos; la decadencia de épocas terribles donde el tiempo se esfumó en un vivir sin sentido; la angustia del ser atado a una existencia dolorosa cargada de sufrimiento; la miseria material y la podredumbre del hombre sin valores; las frustraciones y el horror más desgastante; y por otro lado, el desapego liberador, la felicidad, la paz de la realización y el goce de la plenitud. La narrativa interiorista busca en las profundidades del ser y devela todos aquellos secretos ocultos en su interior.  Es el resultado de la manifestación plena del escritor en estado creativo, su conciencia y su fragilidad frente a la realidad que le tocó vivir. El quehacer de la narrativa interiorista no es exponer la condición humana, sino trascenderla. En el pasado existieron escritores que abordaron este tipo de literatura, representantes del más puro interiorismo aun antes de existir esta estética literaria que creara Bruno Rosario Candelier, el forjador del Movimiento Interiorista. Es Bruno Rosario Candelier quien le da forma y cauce a la literatura interior; la describe, define y promueve como una literatura transcendente.

   Para el escritor interiorista la obra que escribe está animada por una intención que resulta de una fuerte experiencia íntima que se canaliza como una necesidad imperiosa. Su pluma se manifiesta en el objeto creado guiada por un sentimiento colmado de energía: receptáculo de la abarcadora y misteriosa fuerza que es la belleza. El narrador percibe los objetos que captan su atención, atesora su valor e impacto inicial, es decir, la  emoción  y  sensación  inmediata que le provocan y  luego  los convierte en forma; en el colorido de las descripciones; en el sonido del ritmo del logos; en ese yo distinto de su yo; el objeto convertido en sujeto en foco de sentimientos y de imágenes con los cuales acoge el llamado de concebirse y concebir el universo. La función estética inducida por fuerzas ignotas es sin duda la acción fundamental del escritor; ella mora en el acto de la creación. El lector  sensible es izado hacia las alturas de lo puro y lo bello por el conocimiento que allí encuentra; entonces queda impactado y no vuelve a ser el mismo.  Y es que la conciencia del artista tiende a la integración, a una toma de posesión de la realidad y su enriquecimiento: a una afirmación de lo humano. Y cuando las condiciones en que se realizó una obra de arte han pasado y se han perdido con  los siglos, la obra perdurará como un testimonio siempre válido a los ojos de los lectores a través del tiempo. 

   El Interiorismo nació en 1990 en Moca, bajo la inspiración y guía del pensamiento estético de Bruno Rosario Candelier. El autor interiorista cree firmemente que el hombre tiene un propósito superior que guía su existencia y, que la verdad, los secretos y los misterios están ahí para ser develados. Tiene la certidumbre de que la verdad lo libera. Intuye y sabe, a través de experiencias personales profundas, que esa verdad está oculta dentro de nosotros mismos.

   Los interioristas abrigan una vocación de acceder a niveles superiores de conciencia. Tienen la convicción de que estamos compuestos de la misma sustancia de las  piedras, de las plantas y de los animales. Y es que la sustancia universal: una chispa de luz, de energía diminuta y eterna lo forma todo. Somos todo y estamos en todo. Somos UNO.

     Revisemos además un fragmento de la novela Un árbol para esconder mariposas del laureado escritor interiorista Manuel Salvador Gautier. En la escena del recibimiento de Tian, dice: “Yo soy el hijo del cielo, el hijo de la tierra, el hijo del agua. Yo soy la transparencia del aire, la espesura del monte, el fragor de la cascada. Yo soy la clemencia de los espíritus, el portador del ruego. Yo vengo  del  fin del mundo a postrarme a tus pies”.

    Las novelas, cuentos y dramas interioristas tienen la influencia de tres ejes primordiales: la visión del autor sobre una época que busca imponerse en su obra; la visión individual  del creador; y la visión interiorista que lo seduce y conforta. La literatura interiorista está creada por artistas de la palabra que sienten la necesidad de encontrar la esencia de las cosas; de conocerse a sí mismos, unirse al Todo y esto dota su obra de un sello especial que permite al lector ponerse en contacto con la verdad oculta en el alma humana y lo hace a través de las voces y las obras de escritores que usan como materia prima el logos. Si bien Bruno Rosario Candelier propugna porque todo escritor del Movimiento Interiorista conozca y domine las técnicas del buen escribir, afirma que son muchos los buenos escritores que realizan la técnica a través de la intuición.

   En el Interiorismo se utiliza el recurso de mostrar de la realidad lo que nos envuelve y nos sublimiza; y del hombre, todo aquello que lo mueve desde adentro: su dolor, su angustia, su frustración, su ansia de cambio y trascendencia. Aurora, personaje de la novela El sueño era Cipango, de Bruno Rosario Candelier, afirma: “Habéis entendido mal el sentido de lo humano. Además de las biológicas, tenemos inclinaciones intelectuales, morales, estéticas y espirituales. No podemos fragmentarnos como están los hombres: unos con el signo del dinero en la frente; otros, con el signo de las armas, y los menos con el del amor que está en la Cruz”. Rosario Candelier, autor que posee el poder de la motivación en todo lo que escribe, en su novela utiliza una premisa como esta: la lucha por lo material no da sentido a la vida, solo lo espiritual satisface al alma. Denota el interés del autor por mostrar lo que considera grandes verdades. El fin del personaje principal surge de sus propias acciones.

   Veamos el lenguaje de El inapelable designio de Dios, de Emilia Pereyra: “Un destello mágico nos tocó unos segundos, a pesar de los embates del dolor y la melancolía.  Casi persuadida, a punto de tomar el teléfono, marcar y dejar que mi voz fuera escuchada por Rafael, no iría esa noche ni nunca más, porque  algo inexplicable, tal vez una impetuosa y demencial  tristeza, sacudía mis cimientos”.

   Leamos una muestra de la novela El Sol Secreto, de quien suscribe. El padre de la protagonista, Felipe, le escribe a su madre desde el manicomio y le dice entre otras frases duras: “Para que tengas una idea de lo que  es mi vida, te cuento: mi día, día igual a cada otro, día de días.  Días sin principio ni fin, días  sin sol ni luna, día tras día, iguales días, días sin tiempo, tiempo sin días, ausencia de días.  Mis días en este cuarto blanco como la espuma del mar, como las nubes, como la nieve, como el espacio entre letras, como los canvas sin obra, blanco como todo lo que miro, blanco como las páginas del libro por escribir. En este espacio blanco, en este vacío de vida; pudiera SER, pero la mano inquisidora de “la norma” me tiene controlado”.

BRUNO ROSARIO CANDELIER:

DEL LOGOS AL INTERIORISMO

Por Manuel Matos Moquete

   A la manera de un griego antiguo, durante largos años, en Moca, su pueblo natal, Bruno Rosario Candelier ha vivido un retiro admirable y ejemplar fascinado con la lectura, la creación y la promoción de los valores más genuinos de la cultura, los cuales no son otros que los esenciales y permanentes legados de la humanidad universal. Desde la década del setenta, Rosario Candelier ha sido en nuestro país el orfebre de los temas clásicos en la reflexión humanística y el estudio de la literatura dominicana.

  Si otros autores han descollado con éxito en el estreno de temas traídos y llevados por la contemporaneidad, en busca de tópicos y orientaciones de actualidad, como son la postmodernidad y la literatura light, Rosario Candelier ha hundido sus miradas en lo trascendente, buscando reinterpretar lo esencial del pensamiento para insertarlo en nuestra realidad.

   El logos en la conciencia es una obra en la cual Bruno Rosario Candelier da continuidad a una búsqueda de lo trascendente cuya propuesta había sido esbozada en textos anteriores y que sirve de fundamentación a la Poética Interior, que se caracteriza por enfatizar la realidad espiritual en los seres humanos y en las manifestaciones del Cosmos, desde tres perspectivas: la mitopoética, la metafísica y la mística. Es lo que Rosario Candelier sugiere, cuando traza la ruta nocional que va de Heráclito de Éfeso al Evangelio de san Juan. A partir de esos caminos conceptuales surcados por la etimología de la palabra logos se han ido labrando las diversas imágenes de los seres humanos y han surgido los diversos humanismos en tanto que grandes sistemas que se han encargado de elaborar diversos conceptos.

   ¿Hacia cuál concepto de logos nos dirigimos en esta época marcada por el predominio de la imagen en contraposición a la palabra, de la ausencia de sistema de pensa­mientos y de valores espirituales, asentada en el predominio de lo sensual, lo casual, lo instantáneo y lo fútil, a imagen y semejanza de la  tecnología de la información y la comunicación: instrumental, desechable y  esencialmente lúdica y hedonista? Por el momento no tenemos respuesta a esa pregunta cuya satisfacción será obra del futuro. Por ahora solamente tenemos seguridad en el pasado de la palabra logos, perspectiva desde la cual parte Bruno Rosario Candelier en sus obras para la construcción de la Poética del Interiorismo. En la Poética Interior existe complacencia en la creencia en el logos. En este autor todo va con todo. Esa noción atraviesa sus obras literarias. El logos en la conciencia es un eslabónde la búsqueda de lo trascendente, cuya propuesta había sido esbozada en textos anteriores. En la obra El ideal interior, el autor plantea tres enfoques de que se vale la creación literaria, y en general el ser humano, puesto que en su concepto toda poética es también una filosofía y una teología, de aproximación a la realidad: la  realidad real, la realidad imaginaria y la realidad trascendente. Desde esa visión se construye una nueva poética en República Dominicana, la Poética Interior, que se distingue de otras dos opciones fundamentales en nuestras letras: el Postumismo, que parte de la realidad material y es literatura mimética y testimonial; y la Poesía Sorprendida, cuyo punto de arranque es la realidad onírica, dando cabida a la reproducción del universo mítico y al mundo de la imaginación. Sin embargo, el Interiorismo parte de las búsqueda de la espiritualidad en sus manifestaciones y tendencias, tanto de índole metafísica y mística sin excluir ningún pálpito, afirma Rosario Candelier, de la “interioridad humana y la de los acontecimientos y fenómenos”.

   En la construcción de esa poética de lo trascendente, la reflexión empren­dida por Bruno Rosario Candelier se inspira de múltiples autores y bebe en las fuentes fundamentales de la espiritualidad de la civilización occi­dental y la oriental. De ahí el redescubrimiento del pensamiento helénico y la exploración de un conjunto de conceptos anejos, tales como logos, cosmos, numen, que desde los presocráticos fueron formando el pensamiento, la espiritualidad y los componentes de la conciencia humana.

   En su obra Poesía mística del Interiorismo (2007), Rosario Candelier sitúa el amplio campo de la trascendencia: la contemplación, la búsqueda del sentido y la divinidad: “El ámbito de la trascendencia es un espacio en el que se mueven con­templativos, metafísicos y místicos. La búsqueda metafísica es una operación intelectual centrada en la exploración del sentido. La búsqueda mística es una vivencia espiritual centrada en la unión con lo divino”. Así podemos darnos cuenta de que la Poética Interior integra un humanis­mo múltiple, en el que intervienen todas las posibilidades de lo trascendente. Por eso, cuando se refiere al logos, base de la reflexión metafísica en Occidente, o a la mística, cuyo punto de partida es el logos cristiano que es sinónimo de Verbo, en el evangelio de San Juan, el autor no se limita, aunque sí se centra, a esos dos paradigmas de la civilización occidental, sino que su búsqueda se encamina a descubrir y recuperar todas las manifestaciones de la trascendencia o del interio­rismo, términos equivalentes en su obra. En ese sentido, es preciso entender la poética del Bruno Rosario Candelier que se plantea en esta nueva obra, como un eslabón de un todo amplio y diverso, cuyo núcleo no es ni el Logos, ni el Verbo, sino la dimensión espiritual o trascen­dente, lo cual se nutre de diversas procedencias culturales y de manifestaciones lejanas y cercanas, pasadas y actuales, antiguas, clásicas, modernas y post modernas.

   Esa idea reveladora de la ilimitada amplitud de la Poética Interior, queda expresada en otra obra del autor, El vínculo entrañable (2008), en la que se ofrece todo el menú del Interiorismo: “El Interiorismo ofrece varias opciones para el que busca la interioridad de las cosas, para el que le atrae el ámbito metafísico o para el que anhela asumir y expresar la dimensión espiritual, interna y mística de lo viviente”. Lo esencial es eso: lo interior de cosas y fenómenos. Esa idea se expone en esa misma obra cuando se refiere a la estética del Interiorismo: “En tanto estética literaria, el Interiorismo revela la verdad subjetiva, interior y profunda de las cosas, expresadas con la certeza de la conciencia mediante el lenguaje y la intuición”.

   El Movimiento Interiorista no es sólo dominicano sino que se ha expandido a diversos países de América e incluso de Europa, y que para su mejor codificación y expansión cuenta hoy con una definición propuesta por Rosario Candelier para el Diccionario de la Real Academia Española, la cual podrá leerse hoy y en la posteridad. Este movimiento literario busca, mediante el lenguaje, poner de manifiesto la presencia de la divinidad en la naturaleza. O esta definición consignada en el Diccionario de la lengua española: “Interioris­mo: Movimiento literario fundado en la República Dominicana, que expresa el impacto de lo real en la conciencia, la dimensión metafísica de la experiencia y la belleza sutil con belleza trascendente”. Con esa definición, tendremos Interiorismo para siempre en la historia de la literatura dominicana e hispanoamericana, y a Bruno Rosario Candelier en la memoria colectiva no solo de los adeptos a ese movimiento sino del pensamiento y la cultura de nuestra patria.

EL INTERIORISMO LITERARIO

Por Pura Emeterio Rondón

   El Diccionario de la lengua española define Interiorismo como “Movimiento literario fundado en la República Dominicana, que expresa el impacto de lo real en la conciencia, la dimensión metafísica de la experiencia y la belleza sutil con belleza trascendente”. En diversos textos, el creador del Interiorismo, Bruno Rosario Candelier, lo ha definido en los siguientes términos: “Movimiento literario dominicano de finales del siglo XX que expresa mediante el lenguaje de la intuición el impacto que lo real produce en la conciencia, la dimensión interna y mística de lo viviente y la belleza sutil con sentido trascendente”.

   Dicho movimiento ha sido ampliamente expuesto, primero por Bruno Rosario Candelier, su ideólogo y principal orientador, con el conocimiento intrínseco y la autoridad que le confieren su carácter de fundador y creador; luego por integrantes del movimiento, como Pedro José Gris, Carmen Pérez Valerio, Tulio Cordero, Ofelia Berrido, Guillermo Pérez Castillo, María José Rincón y otros investigadores acuciosos, dominicanos y extranjeros, que se han ocupado de la estética del Interiorismo aportando nuevos elementos que contribuyen a su mejor comprensión.

   Numerosas antologías donde pueden leerse textos de integrantes del Interiorismo en distintas etapas, en sus 25 años de existencia, ilustran su naturaleza. El Interiorismo estudia y promueve el conocimiento y el análisis de obras y escritores que abordan la dimensión interiorista y que precedieron al movimiento. Es admirable la cantidad de trabajos realizados por Bruno Rosario Candelier. Nombramos los dedicados a san Juan de la Cruz, fray Luis de León, Emily Dickinson, Rainer María Rilke, Francisco Matos Paoli, José Luis Vega… Entre los dominicanos analizados bajo esta perspectiva tenemos a Domingo Moreno Jimenes, Manuel del Cabral, Manuel Valerio, Franklin Mieses Burgos, Máximo Avilés Blonda, Sally Rodríguez, Freddy Bretón, Tulio Cordero, Carmen Comprés, Manuel Salvador Gautier, Ofelia Berrido, Emilia Pereyra... Este cúmulo de estudios limita la pretensión de decir algo nuevo sobre el Interiorismo, sobre el cual Bruno Rosario Candelier dice: “Como movimiento literario, el Interiorismo viene a engrosar el Realismo trascendente, orillado previamente por el Iluminismo, el Mis­ticismo y el Trascendentalismo. El Interiorismo, pues, propugna por la auscultación de la interioridad del hombre y las cosas, propósito que se propone alcanzar mediante una de las siguientes vías: el mito, como expresión del lenguaje del yo profundo, según la pauta griega; la mística, como contemplación y búsqueda de lo Abso­luto, según la mística española; y la metafísica, como búsqueda del sentido, según la tradición universal. O simplemente explora la interioridad humana y la interiori­dad de cosas, acontecimientos y fenómenos”.

   La interdependencia entre el Interiorismo y el Ateneo Insular también es una realidad. En palabras del creador de ambas instancias, “la trascendencia que funda y justifica la Poética Interior del Ateneo Insular es el nombre que identifica los principios del movimiento literario”. La búsqueda interior es un retorno a lo clásico insertado en lo moderno,  como dice Bruno Rosario Candelier: “La recuperación del ideal clásico con fundamento cosmopoético, metafísico y místico persigue potenciar las imágenes eternas…”.

   El Interiorismo constituye un referente de primer orden en el quehacer literario dominicano desde su aparición en 1990. La llamada de atención hacia el cultivo del espíritu supone no solo un enriquecimiento notable en las letras del idioma, por su renovación  y la creación de nuevas obras,  sino una forma de respuesta a un mundo tambaleante por la fuga gradual de los valores que en otras épocas brindaron sustento. Ante el mundo que vivimos compulsivamente materialista e inmanente, la propuesta interiorista de Bruno Rosario Candelier y su grupo contribuyen a la apertura de nuevas posibilidades. A estos dos aspectos mencionados debemos agregar el carácter plural del grupo, donde caben jóvenes y adultos, mujeres y hombres. Su constancia ejemplar, hecha realidad gracias al carácter de honda convicción y tercamente firme de Bruno Rosario Candelier. Enfatizo este carácter plural, tolerante y abierto, porque establece un contraste significativo en un país tan atomizado y lleno de sectas de toda índole, en perjuicio de su desarrollo integral. Es muy digna de imitar la postura tolerante de Bruno Rosario Candelier, que a todos acoge, hasta a sus enemigos declarados. Por eso me identifico con el retrato que de él hace Fausto Leonardo Henríquez: “Anoche, cuando leía la Antología de la Mística, afianzó defini­tivamente en mí el concepto que tengo de tu persona, a saber, que eres un hombre de Dios. Intelectual, humanista, un “misionero” de vida interior, defensor de lo esencialmente importante en la vida. Tú hablas y escribes por la gente del mundo, como un teólogo laico con convicciones profundas de los valores del espíritu y la trascenden­cia. Dios te necesita ahí, en el mundo secular, ahí en tu sacerdocio “laical”, porque ni yo de cura convenzo tanto en mi discurso a los intelectuales, poetas y escrito­res con quienes he deparado, como tú con parsimoniosa elocuencia en una sesión, coloquio o conferencia magistral”. Pienso al Movimiento Interiorista a partir de categorías relacionadas con el campo de los estudios literarios: desde la teoría de la recepción y desde la perspectiva de los movimientos literarios. Entiendo estos movimientos como corrientes o tendencias que a lo largo de la historia se han propuesto dinamizar e innovar la creación del arte literario.

   Un movimiento literario reúne a escritores que comparten objetivos estéticos comunes. Se desarrollan durante un periodo específico de tiempo y pueden circunscribirse a una región determinada. El movimiento literario puede consistir en la  creación de un grupo de autores que desean formar parte de un conjunto y que se reconocen como integrantes de algo compartido. En ocasiones redactan un manifiestoparasentar los principios del movimiento en cuestión. En otros casos, el movimiento literario es una invención de los críticos que, al advertir características comunes entre diversos escritores, los agrupan en una determinada categoría. Esto lleva a que, en ocasiones, los propios autores renieguen de su pertenencia al movimiento.  Ubico al Interiorismo dentro de este tipo de movimiento por considerar que su vertiente más importante radica en descubrir una estética determinada, estudiarla, analizarla en obras literarias del presente y del pasado. La estética que el Interiorismo persigue y promueve constituye un redescubrimiento o la ubicación y sistematización de una corriente, veta, eje o tendencia estética cuyo origen se pierde en los tiempos de la historia de la literatura universal. El Interiorismo redescubre y valoriza, privilegiando una manera permanente de hacer literatura, la cual no tiene fecha histórica ni espacio geográfico particular, sino absolutamente universal. Y esta particularidad se convierte en una mirada, una  perspectiva de lectura, o sea, una forma  de  recepción. Y este es el principal aporte del Movimiento Interiorista a la literatura.  Comparo al Interiorismo con el Neoclasicismo y el Renacimiento, porque ambos movimientos, con plena conciencia, retomaron valores y expresiones del pasado, releyéndolas a la luz de la sensibilidad de la época, produciendo obras de originalidad. En ese sentido, el Interiorismo cumple una misión en un mundo donde pese a los espiritualismos y en medio de ruidos descomunales adolecen del cultivo de sentidos interiores abiertos a lo trascendente y a vivencias profundas, que conecten con el propio mundo interior o el ajeno. Esta sola posibilidad justifica la existencia del Interiorismo, al tiempo que le acredita un lugar permanente en la historia de la literatura dominicana y más allá.

Acerca del autor


Bruno Rosario CandelierNació en Moca el 6 de octubre de 1941. Filólogo, ensayista, crítico literario, narrador, educador y promotor literario. Es licenciado en educación por la Universidad Católica Madre y Maestra y doctor en filología hispánica por la Universidad Complutense de Madrid. Preside la Academia Dominicana de la Lengua y es miembro de la Academia Norteamericana de la Lengua Española.

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