LA CREACIÓN POÉTICA DE ALBERTO PEÑA LEBRÓN

 

Por Bruno Rosario Candelier

 

A Luis Quezada Pérez,

Fervoroso promotor del saber que edifica.

   Alberto Peña Lebrón publicó en 1953 una singular obra poética que habría de convertirse en cauce de una nueva perspectiva creadora para la agrupación literaria a la que se articuló este poeta mocano nacido en Estero Hondo, desplegando en su creación un conjunto de atributos y de aspectos conceptuales de una nueva visión lírica y estética, que vamos a puntualizar en este acto en honor del ilustre integrante de la Generación del 48 (1).

   En primer lugar quiero destacar el grado de interacción de Peña Lebrón con diferentes grupos y movimientos literarios, especialmente su notable participación como miembro del grupo de la Generación del 48 en el desarrollo de su formación literaria en beneficio de la literatura dominicana y, en particular, para la historia de la literatura mocana.

   El rol de orientador literario ha sido algo entrañable en la vida y la obra de Alberto Peña Lebrón. Con un concepto profundo de la vida y una diáfana valoración de la literatura, el sentimiento de la majestad de la palabra ha guiado en él el estudio de la lengua y el cultivo de las letras. Prevalido de un pensamiento diáfano con un lenguaje preciso y elocuente, escribe una prosa ejemplar desde el punto de vista de la gramática y la ortografía.

   El sentido de la verdad profunda y la belleza sutil conforman la dimensión de su sensibilidad espiritual y estética. Con una mirada contemplativa para apreciar la vertiente inédita del mundo y el significado profundo de fenómenos y cosas, que ha plasmado en su creación poética, la lírica de Peña Lebrón refleja un espíritu sutil y selecto para captar el trasfondo de las pasiones humanas, el significado de la soledad y la angustia y, desde el aletazo del misterio, el sentido de la creación poética.

   Poseedor de una sensibilidad profunda para auscultar las palpitaciones de la vida y la voz entrañable de fenómenos y cosas, ha sabido dirigir su mirada hacia los avatares bulliciosos del hombre y su mundo, y ha podido desplegar sus pupilas luminosas por el silencioso cielo de la noche, como se puede apreciar en algunos de sus versos.

   En el año de gracia de 1956, obedeciendo a circunstancias profesionales y personales, Alberto Peña Lebrón decide instalarse en Moca, hecho que para nuestro pueblo fue un acontecimiento singular porque hubo de convertirse en el orientador literario de todos los grupos, poetas y escritores que han asumido el cultivo de la literatura en Moca, ya que su trabajo de orientación y su labor de colaborador de la formación literaria ha sido determinante para todos los que hemos asumido el arte de la creación y de la interpretación. Desde luego, instalado en Moca, nuestro poeta fue impregnado por el aliento fecundante de la lumbre de la Mocanidad.

Recuerdo que la primera vez que lo vi fue saliendo del templo del Sagrado Corazón de Jesús y desde entonces hemos mantenido una estrecha amistad, y debo dar el testimonio de que su orientación fue fundamental para entender lo que era la poesía, para potenciar esta singular vocación literaria con el rigor con que la he asumido y justamente por su orientación certera, luminosa y edificante, los que comienzan a trillar el camino del arte o de la ciencia necesitan el estímulo y la pauta de quien ha cursado con provecho el vasto sendero de las humanidades. De tal manera que la labor intelectual que ha realizado Peña Lebrón en diversos escenarios culturales del país le acreditan el título de mentor literario, es decir, alguien que orienta, enseña y estimula con el conocimiento que aporta, con su formación intelectual y estética, con la cosmovisión y la filosofía que funda su creación y, desde luego, con la disciplina que lo ha caracterizado mediante el dominio del lenguaje, cultivado y adquirido bajo una actitud sagrada hacia la palabra, lo que justamente confirma la categoría de mentor, que ha sido de alta significación para muchos, especialmente para los jóvenes poetas que han recibido su espaldarazo indefectible, tan importante para quien se inicia en el cultivo de la palabra. En ese rol orientador fue significativa y aleccionadora su participación y su presencia, no solo en el grupo al que él se integró con plena vocación, como fue la Generación del 48, sino en las otras agrupaciones literarias en las que ha participado, como el Ateneo de Moca y el Grupo de Escritores del Cibao.

Puedo dar el testimonio de que, para la vida intelectual del Ateneo de Moca, la presencia de este valioso literato fue determinante, como lo fue también para el Grupo de Escritores del Cibao (1974-1984), en el que se integraron escritores, narradores y poetas de Santiago (José Enrique García, Rafael Castillo, Pedro José Gris); de Moca (Alberto Peña Lebrón, Bruno Rosario Candelier, Pedro Pompeyo Rosario y Sally Rodríguez); de Salcedo (Pedro Camilo y Emelda Ramos); de San Francisco de Macorís (Héctor Amarante, Cayo Claudio Espinal y Orlando Morel); y de Pimentel (Manuel Mora Serrano, Francisco Nolasco Cordero y Elpidio Guillén Peña). En esas reuniones literarias los participantes pudimos apreciar, entre sus varias virtudes, una cualidad altamente significativa en Peña Lebrón, como escritor, como persona, como ciudadano, que él también insufló en los poetas de la Generación del 48. Esa distinción consistía fundamentalmente en una actitud de armonía, solidaridad y comprensión, que se manifestaba en cuanto hacía o decía, y ese sentimiento de fraternidad y entendimiento entre los propios compañeros, es uno de los atributos que distinguía a los integrantes de la Generación del 48, y es una virtud cardinal en Alberto Peña Lebrón, que nuestro poeta y cultor de la palabra ha sabido trasmitir a todas las agrupaciones y personas con las cuales participa, comparte o convive.

   Probablemente el aspecto más relevante en el quehacer intelectual y literario de Peña Lebrón es su contribución, en la gestación de la creación poética, de la concepción de la poesía como centro de reflexiones y cauce de la conciencia a la luz de lo que permanece y trasciende. Peña Lebrón es el precursor en nuestra lírica del ensimismamiento reflexivo de la conciencia, canalizado en el arte de la creación poética en las letras dominicanas.

   Una de las características que señaló José Enrique García en su ponencia fue la de ponderar la creación poética de Peña Lebrón como la obra que aportó a la Generación del 48 el tono distintivo de esa valiosa agrupación literaria. El hecho de acudir a la poesía con la convicción como la asumió Peña Lebrón, la de un creador con una alta concepción de la palabra, con una clara concepción del arte de la creación poética, y desde luego, con una sólida formación intelectual y estética, constituye una manifestación de lo que he llamado la conciencia trascendente del homenajeado en este acto. Desde sus primeros años como creador, se puede apreciar esa actitud reflexiva, esa disposición intelectual y emocional, esa concepción de la vida y la literatura que en su caso particular se manifestó en el hecho de asumir el yo poético desde la perspectiva de su conciencia, y al asumir el yo poético desde el fuero de la conciencia, le ha permitido crear una especie de burbuja estética, crear lo que en la literatura se llama una “realidad estética” y una “realidad metafísica”, para dar cuenta de lo que perciben los sentidos del conjunto de las manifestaciones de la realidad natural, social, histórica y cultural. El poeta ha sido como una esponja que asimila lo que acontece en el mundo circundante, pero a él le duele lo que aguijonea al espíritu humano; sufre las injusticias y calamidades humanas, porque en él predomina la dimensión espiritual de una conciencia trascendente, y entonces, recoge para sí, para el disfrute de sus vivencias entrañables en el fuero de su conciencia lo que acontece en el mundo circundante, y en ese arrebatamiento interior de su espiritualidad da el testimonio del estado opresivo y doliente que condena al ponderar las acciones que menguan el comportamiento humano.

En varios de sus poemas se puede apreciar ese planteamiento y, a mi juicio, un poema sorprendente es el titulado “Medianoche”. Como integrante del grupo de poetas de la Generación del 48, esta promoción se distinguía en la literatura dominicana por expresar el repudio a la realidad nefasta de la política imperante de entonces, que era el régimen de Trujillo, y se valían de lo que en literatura se llama símbolos para expresar de manera subrepticia su forma de pensar y de sentir sin necesariamente tener que aludir de un modo directo a la dolorosa situación imperante. Pero al mismo tiempo, mediante la creación de símbolos el autor podía expresar lo que sacudía su sensibilidad, la faceta perversa de realidad política, el tormento que emanaba del hondón más entrañable de la sensibilidad y la conciencia, y cuando alude al a conciencia nunca la cita por su nombre sino mediante símbolos y metáforas que aluden a ese fuero de la mente. Cuando el poeta dice “todo se acerca,/ girando en esta lóbrega morada” alude a la conciencia; En “Medianoche” escribe:

Este punto celeste, este ropaje de sombras que caen

en el silencio, limitando lo incierto y el reposo;

esta duda, iniciando su lamento,

y el Tiempo y lo que fue; todo se acerca,

girando en esta lóbrega morada.

 

Y estar aquí, caído, móvil llama,

bajo el sueño doliente de los astros

que no saben del llanto que vacila.

Esperar la respuesta que no llega,

cuando todo es perdido.

 

Mas ganar ya no importa,

y perder es un sueño que nos ata

al último reclamo de la sombra,

a este punto celeste donde estamos

más cerca del secreto de la muerte (2).

   Los creadores del Movimiento Postumista pusieron su atención a los datos del contorno; los de la Poesía Sorprendida privilegiaron el dictado de la imaginación; y los integrantes de la Generación del 48 obedecieron al reclamo de la conciencia. En la segunda parte de “Medianoche”, el poeta alude a la conciencia como “la copa inmensa” (Solo en la copa inmensa, despiertos, con nosotros, los altos mundos nos protegen desde el cielo) para aludir al estado particular de la interioridad estremecida:

He callado el secreto,

de niebla soñolienta o lenta bruma,

de sombra fría.

 

Tú, que miras las últimas estrellas

correr muertas de frío,

de miedo el cielo dilatado

sobre la vida inerte,

puedes oírlo, ahora cuando mueres

con tu secreto a voces.

 

Porque ya con la duda

de caer o morir sin ser llorado,

de estar o de ser niebla

débil columna fría,

no puedes tú decir tu seco grito

ni yo callar el mío.

 

Solo en la copa inmensa,

despiertos, con nosotros,

los altos mundos nos protegen desde el cielo (3).

   Cuando el poeta dice que “los fríos copos de la noche…tiemblan” no hace sino acudir al mecanismo compositivo de la transferencia de sentimientos y pasiones hacia cosas y objetos inertes de la naturaleza, una manera de desplazar hacia una realidad externa al ser humano lo que este sufre en su intimidad dolida, como se puede apreciar en los siguientes versos de la tercera parte del poema de Peña Lebrón:

Los fríos copos de la noche

llegan, caídos en olvido

en lentas notas

de niebla, alrededor

girando, tiemblan

alrededor de un faro,

de una voz muerta, de un objeto

perdido.

 

Los fríos copos de la noche

ruedan, alrededor,

vencidos, muertos.

 

Inclinado en la sombra,

no un nombre,

no una huella,

no un pañuelo;

 

Una verdad,

un signo cierto

en esta noche busco (4).

   Cuando el poeta, después de sofocar el dolor de la angustia soterrada, dice “he guardado mi ansiedad despierta en este brocal duro/donde nadie se asoma/a interrogar las voces…”, una forma simbólica de aludir al fuero de la conciencia, según aparece en la segunda parte del poema “Aniversario del silencio”, manifiesta:

Yo he pensado en la triste,

en la augusta blancura de la muerte otorgada,

en la dulce agonía de los niños,

en el rumor de la sangre

cuando se precipita por su cauce,

y en muchas cosas simples y veranos

para ocultar mis últimas sospechas.

Yo he mirado la noche en las pupilas,

yo he tocado los círculos profundos de la materia rota,

yo he sentido la sed de los dormidos,

la angustia del cobarde,

la pálida inocencia de la ignorancia adulta,

pero he guardado mi ansiedad despierta

en este brocal duro

donde nadie se asoma a interrogar las voces (5).

   Esa forma simbólica de aludir a la conciencia (“tu solitaria alcoba”, “solitarias hojas”) ha hecho que el poeta dé su testimonio de su visión del mundo. En “Los años” el poeta reitera el dolor de sentir lo que no puede proclamar a voz en cuello:

Por eso, nunca sabes

a quien clamar, cuando la luz se apaga,

cuando ya no hay alivio

que pueda detener lo que alguien precipita,

como una lluvia sobre ti cayendo,

como el olvido en que te pierdes.

 

Entonces, solo entonces, algo

muy dentro de la noche agita

un leve soplo que te envuelve, frío

como el último aviso de la muerte,

pero no puedes comenzar de nuevo

ni decir: “Ahora he comprendido”.

 

Porque ya es tarde, y quizás no vuelva

la luz que iluminó de pronto el cielo

a visitar tu solitaria alcoba,

donde el polvo caído

te ceñirá en su brazo para siempre (7).

   En “Tormenta en otoño” el poeta tiene conciencia de que habla en símbolos que fijan la suerte del enigma que pocos entienden, pero que el poeta no puede callar aunque lo diga en forma subrepticia:

Hay rostros decididos que, sin embargo, ocultan

un gesto diferente, pero no menos verdadero,

y todo sigue igual, lo mismo siempre,

variando, renaciendo en relación constante;

estos símbolos, estos ocultos mantos tienen su interés,

porque son una fácil preceptiva, un útil dato

para fijar la suerte del enigma

que pocos saben cómo definir (7).

   Cuando di a conocer en el suplemento cultural “Coloquio”, del periódico El Siglo, el poema “Ofrenda”, de Alberto Peña Lebrón, consigné que el poeta y crítico literario del Ateneo de Moca posee un gran aliento lírico y una profunda carga reflexiva de inspiración social y acento bíblico. He aquí el susodicho poema:

Hijo mío, por ti he orado y comido mi pan con humildad,

y compartido mi silencio con el hombre, no mis lágrimas;

la vida es dura, los sueños difíciles, pero la esperanza

sostiene en la trinchera al combatiente herido.

Afanadas en la mezquina labor de la injusticia,

manos inicuas humillan los días que te tocaron:

muchos cayeron, otros han doblegado la cerviz,

pero la luz, aunque escasa, sigue siendo pura.

 

Tiempos vendrán como el amor, y vendrán otros sueños

que colmarán tu sed y tu alegría.

Ama la libertad como la imponente eternidad del mar,

y no olvides mirar de vez en cuando al cielo.

A pesar de la muerte y el rencor

habremos de vencer la sombra abominable.

Pero así es necesario: solo la noche cruel

hace amar el milagro de la aurora.

   En fin, quiero ponderar el hecho de que, a través de su creación poética, en su contacto con la realidad circundante y mediante el conocimiento de lo que acontecía en el mundo, Alberto Peña Lebrón supo integrar a la cantera de su sentir y al modo de apreciar el mundo, la expresión del dictado más hondo de su conciencia. Los poetas, los genuinos poetas, cuando escriben lo hacen a partir de sus intuiciones y vivencias, y el hecho de asumir esas circunstancias, pueden testimoniar la dimensión inédita de fenómenos y cosas. Cuando se trata de un poeta que tiene la capacidad para orillar esa vertiente sutil de lo viviente, para canalizar su percepción entrañable desde su sensibilidad trascendente, procuran hallar la verdad poética (“Una verdad, /un signo cierto/ en esta noche busco”), desde su inteligencia sutil y su sensibilidad estremecida, dan cuenta de una búsqueda, la búsqueda determinante que apela su espíritu y que es la búsqueda de la apelación de su conciencia, que el poeta quiere testimoniar con la onda de lo que hiere su espíritu porque ciertamente él quiere dar ese testimonio desde la creación poética, dotación con la que vino a esta vida con alta conciencia de lo que ese don entraña, ya que está dotado del don de la palabra y, sobre todo, con la dotación intelectual y espiritual de la gracia de los elegidos del Espíritu.

   Resumo en los siguientes rasgos los atributos de la creación poética de Peña Lebrón:

  1. Asume el yo poético desde el fuero de la conciencia para buscar la verdad profunda y la belleza sutil.
  2. Canta lo que sacude su sensibilidad y su conciencia para testimoniar su visión social y metafísica de lo viviente.
  3. Aborda el arte de la creación poética para hacer de la palabra la voz que alienta la conciencia y la llama que entusiasma y edifica.

   Finalmente, quiero comentar una última consideración sobre la personalidad que hoy y aquí nos congrega a los mocanos en esta actividad convocada por la oficina senatorial de Espaillat y la Academia Dominicana de la Lengua: la imagen que tengo del hombre bueno y noble la encarna Peña Lebrón; la imagen que tengo del modelo de orientador literario la encarna Peña Lebrón; la imagen que tengo del ideal de la mocanidad la encarna Peña lebrón. Y la imagen que tengo del cultor de la palabra que edifica y la belleza que conmueve la encarna Peña Lebrón.

   Al ponderar el aporte de Alberto Peña Lebrón a la creación poética hay que decir que con su obra, su ejemplo y su palabra, le ha permitido a nuestro poeta, como efectivamente lo supo hacer de una manera ejemplar, dar la orientación pertinente, edificante y auspiciosa para hacer la vida más humana y el arte más luminoso.

Bruno Rosario Candelier

Homenaje nacional a Alberto Peña Lebrón

Moca, Teatro Don Bosco, 23 de julio de 2015.

Notas:

  1. 1. Oriundo de Estero Hondo, Luperón, Provincia de Puerto Plata, Alberto Peña Lebrón nació el 23 de junio de 1930. Habiendo ganado el Premio Ranfis, se trasladó a Santo Domingo a continuar sus estudios secundarios y universitarios, y obtuvo el título de doctor en derecho por la Universidad de Santo Domingo. Su obra poética, Órbita inviolable fue una fuente de inspiración para los poetas de su agrupación, la Generación del 48, quienes desde el sentimiento de la angustia por la patria y el deseo de liberarse del oscurantismo y la opresión, acudían a la expresión simbólica como medio de expresión y testimonio. “Dentro del cuadro oscuro de la realidad imperante, está la fe cristiana, religiosidad presente en sus últimos poemas, donde el poeta revela, trasmutado en la palabra, lo permanente y trascendente del ser dominicano”, escribió su compañero de promoción Lupo Hernández Rueda. Co-dirigió la revista Testimonio, de 1964-1966, donde publicó varios estudios. También escribió varios ensayos en Revelación, órgano literario del grupo de intelectuales y poetas que orientaba el poeta mocano Manuel Valerio; y en la revista Eme-Eme, de la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra, de Santiago, donde fue profesor de literatura hispánica y lengua española.
  2. Alberto Peña Lebrón, Órbita inviolable, Ciudad Trujillo, Rep. Dominicana, Arte y Cine, 1953, pp. 31-32.
  3. 3. Ibídem, pp. 33-34.
  4. 4. Ibídem, pp. 35-36.
  5. 5. Ibídem, pp. 48-49.
  6. 6. Ibídem, pp. 54-55.
  7. 7. Ibídem, p. 59.

Acerca del autor


Bruno Rosario CandelierNació en Moca el 6 de octubre de 1941. Filólogo, ensayista, crítico literario, narrador, educador y promotor literario. Es licenciado en educación por la Universidad Católica Madre y Maestra y doctor en filología hispánica por la Universidad Complutense de Madrid. Preside la Academia Dominicana de la Lengua y es miembro de la Academia Norteamericana de la Lengua Española.

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