LA LÍRICA INTERIOR DE FARAH HALLAL
La veta psicológica de una poesía metafísica

 Por Bruno Rosario Candelier

A Milady González
 que supo torear su sueño de niña.


Bajo cayenas que perfuman el viento,
un dolor muy hondo muda a la garganta.
(Farah Hallal)

 

   Farah Hallal es un brote primoroso de las letras dominicanas. Autora de cuentos y poemas, vino al mundo en el pueblo de Salcedo, signada por la gracia lírica de la sensibilidad estética y el aliento trascendente de la apelación metafísica (1).

   La poesía de Farah Hallal permite, a quien sabe desentrañar el sentido del costado secreto escondido en el sagrado recinto de su privacidad, acceder al significado que los arquetipos del inconsciente revelan mediante imágenes y símbolos. Desde luego, que hemos de saber interpretar la índole de esa privacidad. No hay cosa más entrañable que la privacidad personal y quienes la valoramos, sabemos apreciar ese fuero interior de la conciencia.

   Estoy convencido de que Farah Hallal vino al mundo con el don de los escritores y de que está llamada a realizar una grandiosa obra que le dará lustre a nuestras letras y honra al Interiorismo. Tiene la agraciada poeta de Salcedo dones hermosos que son para un fin enaltecedor.

   En una comunicación electrónica con la poeta, le dije: “Comprendo que personas de tu sensibilidad y talante se sientan fuera de este mundo. Los que han sido llamados a realizar los planes de la Creación, tienen que aceptar la realidad y crear su propio espacio, su propio mundo interior y vivir conforme lo que sienten. No importa que los demás piensen otra cosa o subvaloren ideales y proyectos según su parámetro social. Valora siempre esa vocación para la cual fuiste elegida. El Movimiento Interiorista te ayudará a realizarte como anhelas y quien te escribe, está en la disposición de orientar tu carrera literaria, tu visión del Mundo y cuanto necesites para plasmar tan honda y sublime vocación trascendente” (2).

   Quien tiene una entrañable sintonía con lo viviente, como la tiene Farah Hallal, ha de cultivar un arte, como la poesía, para comunicar el impacto que experimenta su sensibilidad cuando entra en contacto con los efluvios del Universo, con la sabiduría espiritual de lo viviente o con la memoria cósmica. Los poetas trascendentes, especialmente los místicos y metafísicos, tienen esa capacidad de sintonía profunda y suelen articular a su creación la reacción de su interioridad con las señales provenientes de la cantera del infinito.

   El poemario de Farah Hallal, Una mujer en caracol (3), da cuenta de su visión poética del Mundo y de su singular manera de auscultar el sentido de lo viviente. Desde su lírica metafísica, conmovedora y angustiosa, pondera su condición de mujer y la apertura de su sensibilidad para crear una sinfonía de voces bajo el anhelo de vivir el sentido de la fragilidad y el deseo, mediante la purificación de la catarsis que la palabra convoca y canaliza.

   El caracol es un molusco que se sumerge en su concha, donde mora y descansa libre de peligros y aventuras. El título de este poemario, Una mujer en caracol, tiene una connotación psicológica de hondas repercusiones vitales. La poeta acude al símbolo del caracol para aludir a la necesidad de una concha interior en cuyas cavidades se introduce la persona lírica para vivir a su aire el mundo. Se trata de una referencia sutil al ámbito profundo del inconsciente personal, que la psicolingüística identifica como fuente y refugio de vivencias y obsesiones que tipifican actitudes y conductas del accionar humano y que la poesía, con su caudal de imágenes y símbolos arquetípicos, capta y revela a quienes pueden interpretar sus señales profundas.

   Una de las voces poéticas más genuinas de la promoción poética de este nuevo milenio es Farah Hallal, que profundiza en el abismo de la condición humana. Su lírica parece intuir los estratos enturbiados del psiquismo en su lucha contra la sordidez y las actuaciones subalternas que afectan la conciencia humana. En su agonía y ascensión, la poeta lucha contra la nada y el vacío con su anhelo de proceder libre y genuinamente. Como un capullo del ser, Farah anhela la integración con lo viviente, según “Noche extensa”:

 

La noche es más extensa y desmedida

en ese instante

cuando mi cabeza es un círculo

a ojos vendados,

cuando mis horas se forman en capullos

y sigo una curva inevitable.

Puntos negros forman la espera

de lo que no se espera.

Punto.

Todo pensamiento es un pájaro atado,

una sombra nocturna que habla sola.

(Una mujer en caracol, p. 10)

 

   Acosada por delirios, demonios o fantasmas, la persona lírica acude a la imagen materna pues, como ha dicho Fredo Arias de la Canal, “cuando el poeta regresa a su imagen materna o se enamora, siente que la muerte le ronda” (4). Por eso nuestra poeta describe sollozante el sentimiento de “quedarse dormida en medio del bosque”, con el temor de no despertar de nuevo, puesto que se ve “exactamente como no lo contaría”, según revela en “La bruja que envenena la manzana”:

 

No sé cómo abrir el frasco del tiempo

para quedarme dormida

en medio del bosque.

Ningún beso silba sobre la rama de un árbol.

Ninguna manzana puede hacerme dormir

tanto como quiero.  

Mi príncipe ya duerme conmigo

en un bosque pintado en nuestra sábana,

allí me tiendo cada noche,

en una urna tallada de ácaros y plumas,

y tomo una píldora para asegurarle

que me despertaré de nuevo.

Pero cada amanecer

el rocío se empapa en mis mejillas

y me asomo al estanque

para escuchar atenta el croar de la rana

y me veo exactamente como no lo contaría.

Me muestra que no soy la princesa,

soy la bruja que envenena la manzana.

(Una mujer en caracol, pp. 11-12)

 

   El poema revela una lucha interior de la persona lírica contra la nada y el vacío. Esa lucha despierta el sentimiento del carpe diem en las personas con inclinación al placer de los sentidos y activa el sentimiento de purificación interior en las personas atraídas por los valores superiores del espíritu. De ahí la elección entre la soledad y el bullicio, el pasatiempo y el retiro o entre las delicias de la carne y el éxtasis del espíritu. La poeta resuelve su particular llamado ante la tentación de un combate imaginario frente a tantas voces apremiantes, como se aprecia en “Todas las voces”, escrito con el lenguaje simbólico de la poesía y algunas referencias a los arquetipos cósmicos: 

 

Todas las voces encienden el amanecer,

los misterios alzan los brazos

con trozos de mí, cantos que rondan,

lágrimas sin misericordia bajo el vestido,

dientes desmenuzados en las calles…

Van cuando todo se derrama

sobre juncos hartos de hambre y sed.

Entre cerdas mojadas, rodeado de balcones,

un espejismo se bordó sobre el tejado solo,

y un nombre se dijo

 con la inocente voz del trueno.

(Una mujer en caracol, p. 13)

 

   Cuando los poetas asumen frontalmente su vocación para vivir el llamado de la poesía, no solo tienen que enfrentar la mezquindad de un ambiente hostil a la creatividad poética, sino la resistencia de factores adversos, como el miedo, la vagancia y la carencia de metas, ante la seguridad, la disciplina y el aliento del ideal que el estado de inspiración requiere para encauzar, con belleza y sentido, lo que sacude la sensibilidad o concita la propia conciencia a la luz del impacto de lo real circundante o de los efluvios cósmicos. Nada mejor para ilustrar esa vocación de duende o amanuense, propia de los poetas, que pensar en una niña, como hace Farah Hallal, para mostrar el proceso interior que libra en la realidad estética el sujeto creador, situado ante la realidad sensorial de lo viviente y la realidad suprasensible del mundo metafísico. El poema “Una mujer en caracol” así lo revela:

 

Una niña libera su sombra

su sombra amiga en claro oscuro.

Ambas se esconden debajo

de los escombros de las luciérnagas.

Cavan los pasos sobre la playa,

guardan sus voces temblorosas,

luciérnagas que encienden y callan

siguiendo las líneas de arena,

como las líneas del tiempo,

una espiral habrá de llevarlas

al último rincón atormentado.

La niña abre la puerta trasera

de su montaña rusa y ríe,

ríe, ríe, ríe,

ríe en repetición instantánea,

y en instantánea kodak

aborda la penumbra de la mujer en caracol

y ambas se miran ¿sabes?

ambas se miran como si se quisieran.

(Una mujer en caracol, p. 13)

 

   La persona lírica asume la condición real de la persona histórica y, mediante los recursos simbólicos de la poesía, expresa el estado de rebeldía, insatisfacción y desencanto que unas experiencias traumáticas de la infancia marcan la sensibilidad interior que la personalidad metafísica de la poeta asume, recrea y transmuta.

   La poesía ejerce, como la religión o el amor, una función de liberación interna de los estados patológicos o alterados de la conciencia y libra de enfermedades, de la locura y hasta del suicidio. Tenemos que enfrentar no solo situaciones indeseables, derivadas de traumas, miedos y obsesiones, sino manifestaciones sociales de intolerancia ideológica, atraso metal y prejuicios culturales que limitan o controlan el desahogo de las inclinaciones naturales de la persona. Cuando en el Hamlet de William Shakespeare leemos el aserto (“Me encerraré en una cáscara de nuez, para no soñar horrores”), el poeta alude simbólicamente al estado emocional en que nos refugiamos en la concha interior de la conciencia para escapar de los miedos y peligros que provocan la realidad nefasta o para evadir los monstruos que genera la propia imaginación apocalíptica en estado de terror y angustia ante peligros, traumas y delirios.

   Ha sido la poesía, entre todas las artes y las ciencias, el mejor canal de transmutación y expresión que ha dado rienda suelta a los estados patológicos de la conciencia y a las señales del inconsciente en cuya virtud ha servido de catarsis la creación poética, que propicia la purificación de las emociones.

   Probablemente sin saberlo, al acudir a la creación poética Farah Hallal ha sido la psicóloga de sus turbulencias interiores y en tal virtud enseña que mediante las imágenes arquetípicas que su lírica encauza, revela lo que su interior amasa a la luz de sus vivencias entrañables. Su poesía desarticula y desata lo que a otros aterra y desconcierta, como en “Un poema redondo”:

 

Si la tierra fuera plana,

aunque fuera solo en mi propio pecho,

a lo mejor el horizonte no tardaría tanto,

los océanos no tendrían que contenerse

y la baba del misterio se derramaría

por los bordes.

Pero mi pecho no es tierra llana

se levanta como un muro para estrellar con todo,

se levanta,

 montaña que se desvanece,

aunque lleve prendida en sus faldas un loco.

No me encierren si corro desnuda por la calle

con un poema redondo en cada mano.

(Una mujer en caracol, p. 15)

 

   La poesía no es solo un canal de expresión de la belleza y el misterio. Es también, con su inmenso caudal de verdades profundas, una fuente reveladora de los bloqueos emocionales que nos acorralan en la infancia y de los sentimientos reprimidos que la sensibilidad esconde (5). Farah Hallal, con el lenguaje de la poesía y el hallazgo de sus intuiciones, ha sabido captar y comprender algunas de las misteriosas señales del arcano humano y algunos rasgos reveladores del sentido trascendente, como apreciamos en “Diosa y medusa”, alusión simbólica a la cultura griega y, mediante su referencia traslaticia, al fondo siempre oscuro del inconsciente personal, un fondo secreto y enigmático que guarda, de manera velada y subyacente, muchas de las claves que dan cuenta de actitudes y actos fallidos: 

 

El fondo oscuro de la caja de Pandora,

se pierde entre las copas como nido de pájaro.

Un dios llora y canta su égida perdida y encontrada.

Sus manos rezan en espiral un ruego misterioso

muchos lados vemos con un par de ojos

cuando de muerte se viste el resto de la vida.

(Una mujer en caracol, p. 17)

 

   Nada concita tanta atracción como lo que se nos niega o prohíbe, lo mismo la codiciada manzana tentadora que las delicias prohibidas. Como reacción, se despiertan en los hombres no solo el deseo de violentar la barrera de lo prohibido, sino sentimientos de agresividad en los seres aguerridos o sentimientos ascéticos en los espíritus puros. En “Ahoguemos la palabra nunca”, la mujer guerrera que convive con la mística en Farah Hallal, intuimos que la poeta de Salcedo no quiere sucumbir ante la impostura ajena, sino asumir el derrotero que señala su vocación entre la sonrisa y el llanto, para testimoniar su propia seña, su voz personal y auténtica, sintiéndose llamada por una voz que la reclama y grita:

 

Bebo de un canto.

Mientras bajo la calle,

espera el mar tendido como un hombre solo.

Me acompaña en la suma de mis huesos rotos

dejándome lamer por usuras y perros.

Me acompaña una sonrisa desbordada en llanto

abrazada al lunar que se esconde en la

corva de una montaña.

Desnudo escapa el gesto como un pájaro,

pintémosle de un color que tiemble,

de un color cálido

como la mañana que susurra nombres sin acento.

Y si el acento llama,

y si el acento toca la puerta y nadie abre,

tiremos el horizonte al río,

ahoguemos la palabra nunca

para que no estorbe como los centinelas

que se levantan vestidos de ciudades.

(Una mujer en caracol, pp. 19-20)

 

   Cuando los poetas auscultan su interior, suelen evocar su infancia y entonces se adentran en el fuero escondido de sí mismos y pueden acceder al costado secreto de su personalidad metafísica y a la memoria cósmica, que Carl Jung asoció al “inconsciente colectivo”, concepto que derivó del “inconsciente personal” intuido por Sigmund Freud y que suelen revelar los poetas en su lírica mediante las imágenes arquetípicas del Protoidioma, descubierto por Fredo Arias (6). En “Paisaje de guerra”, título simbólico de la lucha interior que libra el niño con su entorno, la poeta evoca el mundo infantil de su experiencia personal y se ve a sí misma “escondida en la arena” y llora ante el vuelo de las aves y, al escribir lo que siente, emplea arquetipos cósmicos (“negros arrecifes que tiznan de rojo el mundo”, “sus nombres comunes se deslizarán sobre las rocas”, “el cielo se cubrirá de escarlata”), que evidencia el estado convulsionado de la persona lírica: 

 

El mundo: la pelota.

La carne tostada escondida

en las arenas,

la perfección del cielo sobre las aguas.

Llora una niña el vuelo de ágiles pájaros.

Más allá de negros arrecifes

 tizna de rojo el mundo.

Pronto las escuelas más pobres batallarán

y sus nombres comunes de deslizarán

sobre las rocas.

El cielo se cubrirá de escarlata

y las madres enterrarán a sus hijos

con oro negro tildándoles los ojos.

Marcharán hacia otra parte

 cuando todo termine,

alucinógenas risas calmarán

mutilados cuerpos recién formados. 

(Una mujer en caracol, p. 21)

 

   La poesía de Farah Hallal revela el tremendo impacto del miedo en la sensibilidad y la conciencia. Gracias al caudal expresivo de su talento poético, fluyen a raudales y sin contención las imágenes que dan cuenta del estado de conciencia que experimenta la angustiada poeta y, desde luego, las palabras que canalizan, mediante el arte de la versificación con fluencia y sentido, el torrente emocional sin bridas y con belleza.

   Farah canta al dolor, la angustia y al estado depresivo que le sirve de reto para formalizar su creación y de pretexto para rectificar la causa que lo provoca. Hay un dolor hondo, subterráneo y oculto, subyacente en el inconsciente de la poeta que mueve su impulso creador para testimoniar lo que horada su corazón o lo que corcovea su conciencia. Con la alusión a luis, la poeta remite a la rutina, la realidad indeseable, lo maldito que supedita y sugestiona su sensibilidad. Farah Hallal se sabe poeta y vive para realizar esa vocación suprema de su sensibilidad. La energía que le ha sido otorgada le confiere saber y le permite sentir el poder que la distingue.

   Mediante la conciencia, por la cual sabemos lo que somos y lo que queremos, se da cuenta de su grandeza interior y del potencial que la sostiene. Advierte la potencialidad de sus dones para desarrollar lo mejor que hay en ella, que se manifiesta en su creatividad con el aporte de su visión del Mundo y de la vida.

   Para escribir, el escritor ha de tener una honda motivación sentida desde la sensibilidad profunda para rehacer el Mundo a su imagen y manera. Ante la realidad de lo viviente, los poetas pueden asumir variadas actitudes y posiciones en sintonía con sus intuiciones peculiares. Se dan estas vertientes:

   1. Visión estética de lo real, para ver la belleza del Mundo (Pablo Neruda, Ángel Rivera Juliao, Carmen Comprés).

   2. Visión poética de lo imaginario, para ver el mundo maravilloso de la subjetividad (Federico García Lorca, Pedro José Gris, Roberto José Adames).

   3. Visión metafísica de lo existente, para ver un mundo en cualquier partícula de lo viviente (Emily Dickinson, Manuel Rueda, Fari Rosario).

   4. Visión arquetípica de la sabiduría universal, para ver la huella de la memoria cósmica (Alfonsina Storni, José Frank Rosario, Guillermo Pérez Castillo).

   5. Visión mística de lo viviente, para ver la expresión sagrada de lo divino (Karol Wojtyla, Tulio Cordero, Fausto Leonardo Henríquez).

   Ya los poetas no saben hacer una poesía de lo viviente. Son figurativos y abstractos y no saben ver la dimensión poética de la realidad. No saben decir: “El río cuanto más hondo/ aparenta más sereno/ y a medida que está más lleno/ oculta mejor el fondo”. Ahora dicen al semejante o peor: “En el abismo sutil de lo impensable/ o en la frágil corola del delirio/ bajo la fragua de pétalos ocultos/ ronca el vago rumor de lo inconsútil”.

   La creación poética genuina entraña una celebración. Los poetas que cantan la dimensión nefasta de lo real o su faceta sórdida y oscura han errado el camino, ya que el sentido de la poesía es cantar la belleza del Mundo, el esplendor de lo viviente o la vertiente luminosa de la Creación. Da la impresión de que Farah Hallal asume la vertiente oscura de la conciencia y es verdad; pero la asume para testimoniar el estado patológico de la conciencia que impide ver la belleza del Mundo o vivir el sentido hermoso de lo viviente.

   La poesía de Farah Hallal enfoca algunos aspectos del psiquismo humano:

   1. La conciencia de sí misma, con la carga de vivencias y obsesiones.

   2. La conciencia que entraña la conciencia, que deviene una metaconciencia.

   3. La conciencia de lo circundante con su influjo en el interior de la persona.

   4. La conciencia de la creatividad, con el sentido de la palabra edificante.

   5. La conciencia de la trascendencia, con la imantación del Logos en el decir poético.

   A los poetas genuinos los impulsa la dimensión maravillosa de lo viviente. Decía el inmenso lírico polaco, Karol Wojtyla, que “la realidad es más maravillosa que dolorosa”. Esa percepción es propia de un poeta, que en virtud del don creativo de su vocación, sabe afinar con la faceta positiva, elocuente y luminosa de lo viviente.

   A nuestra poeta le duele que muchos no afinen cordialmente con la visión fresca y luminosa de las cosas, conforme lo proclama mediante el lenguaje de la lírica, en “Dragones y llamas”:

 

La luz espantosamente bella de un cuarto

espera desmedida al cruzar la calle

rota por dolores ajenos

antigua como la perversidad del mundo

rebelde como el silencio

de cara al talón de Aquiles. 

(Una mujer en caracol, p. 25)

 

   Pero lo que más anhela la persona lírica de estos versos reflexivos y dolientes es hacer lo que nunca ha hecho, cambiar su paciente forma de asistir a la vida, modificar su manera de situarse ante lo que no tiene remedio y transformar lo que vale la pena. En “Ten piedad”, escrito al modo elocuente de “Llénate de mí” de Pablo Neruda, que nuestra poeta formaliza con la garra de una Alfonsina Storni, vemos imágenes ardientes y luminosas, como “hazme perforada, como noche clavada por estrellas”:

 

Ten piedad de mí, oh Dios,

hazme rebelde,

hazme capaz de quemar Alejandría

y una voz rota que me perfore el sueño.

Hazme desalmada para rodar desnuda,

impura, bastarda y poseída,

hazme interminable como la hora que espero,

hazme imprudente, nerviosa y obstinada,

hazme capaz de empujar de las alturas

mi pecho abierto y fingir que se suicida.

Ten piedad de mí, oh Dios,

hazme traviesa,

que comulgue en mí toda malicia,

hazme despiadada

para hacer gemir a tus ángeles descalzos,

hazme terrible, dura, inmisericorde,

hazme condenada como la hora que espero,

hazme perforada, como noche clavada por estrellas,

conviérteme pronto en tierra sin cultivo.

Ten piedad, oh Dios,

hazme maldita,

hazme capaz de matar esta hora espesa,

mutiladora, perniciosa, vengativa.

Ten piedad, oh Dios,

mírame ahora,

rogando por piedad: hazme perversa

para que pueda matar esto que mata

y pueda quemar en el infierno

todas mis pasiones. 

(Una mujer en caracol, pp. 27-28)

 

   Como la dimensión nefasta y mostrenca de la realidad ejerce un impacto poderoso en la conciencia de los seres puros, la poeta se desespera y se desata su furia dramática, se activa su poder creador y, con la pasión que le da el don de la palabra y la energía que insufla el Numen en su lírica, empuña el verso con la potencia lírica de Safo de Metilene, el entusiasmo fervoroso de Teresa de Jesús y el coraje impulsivo de Emily Dickinson para decir lo que su sensibilidad anhela. “Horizonte ocre” testimonia la imantación lírica y estética, metafísica y simbólica del aliento femenino de esta genuina poeta cuya piedad y ternura formaliza en versos compasivos y amorosos: 

 

Otoño se irá derrumbando

con la fragilidad de sus hojas.

Mis ojos se irán cerrando para no ver

la hora que nunca llega.

Entonces un pañuelo rojo ahogará

los tonos que oscurecen el paisaje

para detenerlos por siempre justo en mi garganta.

No llevará bordado un nombre en el viento

ni un sabor definitivo se escurrirá por su cuello,

donde todos los gestos se esconden

perseguidos por una pálida caricia.

Otoño no llegará.

No verlo, hará el paisaje inalterable, aún más tarde,

cuando intente traicionarme la memoria.

El corazón y el abrazo se sentarán de golpe,

como torres caídas

y el hierro forjado se desvanecerá como un hilo,

como una pluma que se fue de las manos.

Afuera estará el parque y su horizonte ocre.

Dentro, yo y un banco solo.

(Una mujer en caracol, pp. 29-30)

 

   El anhelo literario de Farah Hallal es hallar, en la creación poética, una vía que transmute los fantasmas de la infancia y, sobre todo, un instrumento edificante y hermoso que aporte una razón para vivir. Y lo ha logrado. Cuando el mundo circundante se nos vuelve inhóspito, creamos medios de evasión que provoquen alucinaciones y sueños sustitutos, que en las personas con el desarrollo de la creatividad plasman en la poesía y la ficción. Farah Hallal lo intuye y, en tal virtud, transmuta sus rebeldías e inquietudes en versos elocuentes y dramáticos.

   Entre susurros y asombro, suele fluir redivivo y serpenteante el misterio. Farah siente una extraña voz, un grito que la estremece, un anhelo de ser lo que desde el hondón de su sensibilidad le reclama la pasión irredenta. Mediante imágenes arquetípicas (7), como hablar de un prado “donde pastan las ovejas que sueñan sus alas”, lo que es una manera surrealista de aludir al estado ideal que el sueño anhela, contrapone al estado de desesperación y miedo refrendado por una imagen apocalíptica de alta prosapia literaria (“espejos que muestran lobos”) y el polvo que connota nuestro origen, según el texto bíblico. Con razón intitula con la palabra “Fuego” el poema que desnuda abiertamente su alma y que parece tener influjo de la lírica del creador interiorista, el francomacorisano Ramón Antonio Jiménez:

 

Sin duda di dos pasos al frente

y una voz partida

 y redoblada

gritaba fuego, fuego, fuego,

como si una vez no bastara

para callar todas las rebeliones

para dejar salir todos los gritos

envueltos en una patria sin bandera

para tenderme toda

en un cordel mojado por la lluvia.

Y también dije fuego como si murmurara

te amé

evocando una cruz roja sobre el prado seco

donde pastan las ovejas que sueñan sus alas,

y sueñan con espejos que muestren lobos

y sueñan con pasar más allá de esta ladera

donde el polvo susurra que fuimos

un punto de partida.

(Una mujer en caracol, p. 31)

 

   Farah Hallal quiere también, como representante auténtica del sector creativo de los intelectuales, creer en el mundo, creer en la gente, creer en sí misma. Este poemario de la nueva portalira dominicana, en cuyos versos fluye el aliento de la memoria cósmica, es también un reflejo de su yo profundo. En “Deo volente” escribe nuestra poeta: “Se posee lo que se mira”, una manera de decir que los sentidos se apropian de las cosas cuando la sensibilidad entra en contacto con ellas. Y es verdad. Desde nuestra sensibilidad establecemos un punto de contacto con el Mundo y accedemos a un costado singular y exclusivo que nos permite testimoniar lo que captamos con plena certeza de cuanto percibimos y valoramos, sea de la dimensión sensorial de lo real, de la realidad interior de nuestro mundo imaginario o de la vertiente sutil de lo trascendente (8). Por eso el enunciado del poema contiene una verdad que la intelección confirma sin ápice de duda. Por eso la poesía es fuente de las grandes verdades que la intuición descubre. El objetivo poético es “un eterno anhelo por alcanzar el blanco”: 

 

La memoria se vuelve un rebaño de

cuentas rotas.

Se desperdigan por el suelo en los ojos de un gato.

Las pongo en mi cuello como cinto de luna

reflejada en este mar condenado y hondo.

Un rayo cae entre dos labios

señalando la ruta que guiará la memoria.

Miramos por ventanas,

se posee lo que se mira.

Se sustituyen guerras,

unas por otras,

y la memoria dispara sus armas perpetuas

en eterno anhelo por alcanzar el blanco.

Encuentras la memoria cuando no la buscas.

(Una mujer en caracol, p. 37)

 

   En la lírica de Farah Hallal se regocija lo viviente. Aunque todo poema se funda en un contenido formalizado en un lenguaje, cuando una fuerza interior concita la vena lírica, se supeditan técnicas y fórmulas compositivas a la esencia del poetizar. Farah sabe sensibilizar sobre las vivencias que su intuición recrea y, en tal virtud, puede auscultar el meollo de psiquismo profundo con el deseo de sentir y valorar la belleza de la Creación y el encanto del Misterio.

   Al visualizar las cosas, la poeta se visualiza a sí misma. Es una relación empática entre la realidad sensorial de lo viviente y la realidad metafísica del mundo interior de la persona, que mira el Mundo y se compenetra con él. Cuando hablamos sin reparo del otro, podemos herir susceptibilidades ajenas. Pedir perdón es un sentimiento noble, pero no siempre revierte la herida provocada. “Una mano sangrante/se me funde en el pecho”, escribe la poeta en “Una boca pálida”. Y transfiere a las cosas lo que su interior experimenta. A menudo percibimos las cosas como sentimos interiormente. De ahí el influjo de la subjetividad en la valoración de lo existente. El fuego que calcina las entrañas de la persona lírica tiene el poder de encender hasta las mismas velas. Es la conciencia de la potencialidad que encarnamos para hacer real lo que idealizamos o soñamos. Así lo sugiere el siguiente poema: 

 

Una mano sangrante

se me funde en el pecho.

La perfección del pétalo

tiene este charco de sangre.

Una boca muere gozosa y poseída,

mendigando perderse en un flujo

de saliva pura.

El agonizante beso, destilado y solo,

rueda en mí con la pesadez de la roca.

No habrá happy face esta noche

porque el dolor es una mueca

y la muerte se ha desvelado,

la vi pasar con los ojos abiertos.

Encenderé las velas

con el fuego que prestará mi lengua

y serviré el café extraído del marrón

de los ojos que uso para mirarte

cuando no te veo.

Dentro de poco

también me desangraré de alma

y mi boca será tan pálida

como una orquídea

que sugiere sexo.

(Una mujer en caracol, pp. 39-40) 

 

   Cinco atributos perfilan la lírica de Farah Hallal, que sintetizo en los siguientes rasgos estéticos y espirituales:

   1. Creación de un caracol imaginario en cuya concha interior la poeta lidia contra los fantasmas de traumas y tormentos que vive en el reino placentero de la realidad estética y el reino ideal de la realidad metafísica, mediante las vivencias interiores que articula y revela en las imágenes poéticas.

   2. Exorcización de bloqueos mentales, delirios y fantasmas fraguados en su infancia y que generan estados patológicos de la conducta.

   3. Certificación de la vocación que le fuere otorgada con el talento que recibió para crear belleza con verdades profundas.

   4. Conversión de la poesía y la ficción en fuente de vivencias entrañables para hacer de la hermosura de la vida la fragua de ideales trascendentes.

   5. Ponderación de las vivencias espirituales y estéticas como centro del desarrollo cabal de la persona en cuya realización exalta las artes y las letras, entre las cuales privilegia la poesía como cauce sublimante de los demonios interiores y cauce gozoso del aliento sutil que insuflan las altas instancias del espíritu.

   En una de sus cartas por correo electrónico, Farah Hallal le reveló al autor de este estudio: “Yo escribo poesía empujada por una fuerza superior a mí, no porque me ponga a escribir. Incluso a veces, sintiendo deseos de escribir para sacarme algo del alma, no puedo. Cuando escribo poesía, escribo poseída. Completamente poseída. Y al revés, cuando escribo, aunque quiera darle prioridad a otra cosa más importante, la urgencia de la poesía se me impone. Me secuestra. Entonces, inevitablemente sale. No siempre buena, a veces escribo poemas insalvables. Pero hay días de todos los colores” (9).

   En fin, la lírica interior de Farah Hallal horada el manadero profundo de la personalidad metafísica de la poeta (10). Así como la mirada revela o esconde el deseo, también pueden revelarlo y ocultarlo el corazón y la sensibilidad profunda. La autora de estos versos entrañables se adentra en la mirada de su mirar profundo y descubre un mundo de vivencias interiores que su lírica destapa cuando ausculta el caracol de su alma y desde su concha interior devela y airea lo que amasó secretamente bajo la soterrada fragua de su sentir profundo.

 

 

 

Bruno Rosario Candelier

 

 

Encuentro del Movimiento Interiorista

Ateneo Insular de Puerto Plata, 27 de marzo de 2010. 

 

Notas:

  1.   Farah Hallal nació en Salcedo, Rep. Dominicana, el 10 de septiembre de 1975. Desde niña sintió el llamado para la creación poética. Estudió Artes Gráficas y Mercadeo. Publicó el poemario Sol infinito y dirigió la revista de temas infantiles Revulú. Miembro del Ateneo Insular en Santo Domingo, donde reside y hace vida familiar, laboral y cultural, es una de las integrantes del Movimiento Interiorista.
  2.   Carta de Bruno Rosario Candelier para Farah Hallal. Moca, 1º. de enero de 2009.
  3.   Farah Hallal, Una mujer en caracol, San Francisco de Macorís, Ángeles de Fierro, 2009.
  4.   Cfr. Fredo Arias de la Canal, “Enrique González Martínez”, en Antología de la poesía oral traumática y cósmica de Enrique González Martínez, México, Frente de Afirmación Hispanista, 2007, p. XI.
  5.   Sigmund Freud, en Introducción al psicoanálisis (Barcelona, Lumen, 1971, 10ª. Edición, pp. 29ss) plantea que el soñador dispone de “una forma de expresión simbólica” que expresa de manera inconsciente mediante la cual comunica “contenidos reprimidos y olvidados”. De igual manera, iguales símbolos disponen los poetas para canalizar los traumas de la infancia y contenidos reprimidos.

 

  1.   Cfr. Fredo Arias de la Canal, De la Filosofía al Protoidioma, México, FAH, 2005, p. XIII.
  2.   Carl Jung, en El hombre y sus símbolos (Barcelona, Planeta, 1969, 69ss.) consigna que mediante las imágenes arquetípicas expresan los poetas sueños y conceptos vinculados a la memoria ancestral del ser humano.
  3.   Lógico y natural es, para una poeta metafísica como Farah Hallal, que atesore un caudal inmenso del interior profundo que su lírica revela. En un correo de la poeta al autor de este estudio, escribe la poeta: “Conversando con usted me sentí, si supiera, que más que bien, reparada. Sentí que la vida me pagó algo que me debía cuando tuvimos nuestra conversación en Santo Domingo. Aunque a usted le parezca extravagante, deberé confesarle que sus palabras me hicieron recordar tres aspectos de mi dimensión personal: a) que la vocación debe ser un propósito en mi vida; b) que los dones son un regalo de Dios que debemos cultivar con el respeto que merecen; c) y la estimación de mi propia valía, no en función del mundo tal y como lo conocemos, sino en función del mundo tal y como debería ser: completamente espiritual”.  Farah Hallal, Correo a Bruno Rosario Candelier, Santo Domingo, 31 de diciembre de 2008.
  4.   Comunicación de Farah Hallal a Bruno Rosario Candelier en correo electrónico. Santo Domingo, 14 de enero de 2009.
  5.   En la citada comunicación, la autora consigna: “Me suelo sentir fuera de lugar y a lo que tiendo es a callar y a escuchar. A la formación que recibí en el politécnico, agradezco tal habilidad. Es una habilidad que me ha ayudado a sobrevivir. Por lo regular lo que tengo que decir no le importa a ninguna persona que me rodea. Pertenezco a una generación donde se vive al margen de los valores. Y pertenezco a un grupo laboral donde se le da importancia a los trajes, los celulares de última generación y los carros de lujo. Pero yo me niego a dibujar una cara de mujer en mi rostro. Me niego rotundamente y la razón es que, cuando se pierde la inocencia de la infancia, cuando se pierde la candidez que nos diferencia de los lobos y las hienas, pues se pierde todo. Dicho esto: le agradezco sus palabras cálidas y estimulantes”.

 

 

Acerca del autor


Bruno Rosario CandelierNació en Moca el 6 de octubre de 1941. Filólogo, ensayista, crítico literario, narrador, educador y promotor literario. Es licenciado en educación por la Universidad Católica Madre y Maestra y doctor en filología hispánica por la Universidad Complutense de Madrid. Preside la Academia Dominicana de la Lengua y es miembro de la Academia Norteamericana de la Lengua Española.

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