LA SENSIBILIDAD CÓSMICA
EN LA LÍRICA DE PABLO NERUDA

 Por Bruno Rosario Candelier

 

Sensibilidad poética y sentido cósmico

 

Pablo Neruda (Chile, 1904-1973) es el creador hispanoamericano que dotó a la expresión poética, con su visión de la vida y su sensibilidad empática, de un profundo sentido cósmico impregnado a sus temas 'elementales', eróticos y sociales, al tiempo que plasmó en su poesía, con sus diversos registros, la entonación melancólica y el aliento festivo, articulado al lirismo de su aliento entrañable, como se puede apreciar en Crepusculario, Veinte poemas de amor, Residencia en la tierra, Canto general, Odas elementales o Todo el amor, entre otros. 

 

El oficio de poetizar, que dominó el talento creador de Pablo Neruda, concentró las tres grandes apelaciones de este inmenso poeta de América: la pasión estética, que concitó su inclinación por la belleza sensorial; la pasión erótica, que desplegó su inclinación sensual hacia el amor y las delicias de la vida; y la pasión cósmica, que potenció la fuerza germinante de su expresión vital. Esas tres facetas esenciales de su cautivante lírica contienen el sentido cósmico en su ardiente y luminosa creatividad.

El influjo de la Naturaleza es determinante en la sensibilidad humana y, en su desarrollo espiritual, participa el sentido cósmico, que Pierre Teilhard de Chardin definió de esta manera: "Llamo Sentido Cósmico a la afinidad, más o menos confusa, que nos liga psicológicamente al Todo que nos envuelve. La existencia de este sentimiento es indudable y tan antigua aparentemente como el origen del pensamiento. El Sentido Cósmico debió nacer tan pronto como el hombre se encontró frente a la selva, el mar, las estrellas. Y desde entonces se manifiesta su huella en todo lo que experimentamos de grande y de indefinible, en el arte, en la poesía, en la religión" (1).

 

El sentido cósmico despierta y configura la sensibilidad cósmica que se imanta ante el esplendor del Universo y se amucha ante la belleza de la Creación con el sentimiento de asombro, estremecimiento y desconcierto. En el sentido cósmico confluyen la corriente armónica, la fuerza telúrica, la potencia erótica y la energía divina que integra la esencia de lo viviente.

Desde niño, Pablo Neruda experimentó en el hondón de su ser esa poderosa inclinación de la sensibilidad y tuvo plena conciencia de ese sentimiento de participación e identificación con lo viviente. Ese sentido cósmico potenció también el sentido estético y el sentido erótico de su sensibilidad y el poeta supo canalizar sus emociones entrañables mediante las imágenes que enriquecen y fecundan su creación poética. La lírica nerudiana revela cuatro facetas luminosas de la sensibilidad humana:

A)  Sensibilidad estética, abierta a las incitaciones de la belleza, provoca el sentimiento de lo bello y desarrolla la emoción estética.

B) Sensibilidad social, abierta a la problemática de los pueblos, provoca el sentimiento de identificación con los sectores sociales carentes de protección económica. 

C) Sensibilidad erótica, abierta a las incitaciones de lo viviente, despierta la capacidad para el placer de los sentidos y desarrolla el sentimiento amoroso. 

D) Sensibilidad cósmica, abierta a las apelaciones naturales y al esplendor del Mundo, despliega la capacidad perceptiva de los fluidos sensoriales y suprasensibles con el desarrollo del sentido cósmico. 

El genio poético de Neruda tuvo el acierto de hacer compatible la dimensión cósmica de su sensibilidad interior con la faceta social de su vocación humanizante y la vertiente amorosa de su inclinación erótica. Con esas vetas de su talento creativo fluye y transita, bajo el vigor de su potencia creadora, el sentido cósmico que atraviesa su lírica.

Pablo Neruda estaba dotado de una sensibilidad fecunda y caudalosa y con su don poético pudo captar la fuerza vital de criaturas y elementos con el aliento entrañable de seres y fenómenos. Pudo así atrapar el hechizo que concita la belleza del Universo en el fuero de la sensibilidad humana. Consustanciado con los atributos y poderes de la sensibilidad cósmica, Neruda recibió la gracia lírica para cantar y el aliento gozoso para disfrutar las delicias de la vida y, como dijera el crítico chileno Hernán Díaz Arrieta: "Nació para gozar, no para batirse, para tomar su deleite e invitarnos, para alegrarnos la vida, haciéndola más bella. Por eso sus otras voces suenan falsas y el que tiene oído percibe el esfuerzo, nota la actitud y, si lo ama, se duele" (2). En "Llénate de mí" (3), se siente abierto a lo viviente y canta:

 

Quiero no tener límites y alzarme hacia aquel astro.

Mi corazón no debe callar hoy o mañana.

Debe participar de lo que toca,

debe ser de metales, de raíces, de alas.

No puede ser la piedra que se alza y que no vuelve,

no puedo ser la sombra que se deshace y pasa.

Y que yo pueda, al fin, correr en fuga loca,

inundando las tierras como un río terrible,

desatando estos nudos, ay Dios mío, estos nudos,

destrozando, quemando, arrasando

como una lava loca lo que existe,

correr fuera de mí mismo, perdidamente,

libre de mí, furiosamente libre.

¡Irme, Dios mío, irme!

 

Los poetas usan las palabras para crear con ellas las imágenes sensoriales que inspiran los sentimientos humanos al conjuro de la belleza y el misterio. Neruda creía que la misión del poeta era renovar la sensibilidad para sentir y apreciar el Mundo con admiración y encanto (4). El poeta chileno lo dijo en “Pensando, enredando sombras” (5):

 

Pensando, enredando sombras

en la profunda soledad.

Tú también estás lejos,

ah más lejos que nadie.

Pensando, soltando pájaros,

desvaneciendo imágenes,

enterrando lámparas.

 

En los versos de Neruda la dimensión sensorial de lo viviente nos parece original y nueva. Sus imágenes despiertan la magia de la imaginación y activa los átomos de la sensibilidad y mediante la renovación del lenguaje poético, potenciado con el sentido cósmico, articuló el aporte lírico y estético que su lírica produjo para las letras universales desde la asunción de lo propio. Como dijera Amado Alonso, el poeta chileno abrió nuevos surcos a la lírica hispana desde la voz singular del suelo americano (6). 

 

Los poetas como Pablo Neruda nos enseñan a sentir la frescura del Mundo, a vibrar ante el encanto del paisaje y a saber que, además de la belleza y el misterio, hay una dimensión de lo real que reclama la atención de la inteligencia y la sensibilidad ya que abarca el fondo sustancial, denso y hondo de lo viviente, como se aprecia en “La lluvia” (7):

 

De noche sueño que tú y yo

somos dos plantas

que se elevaron juntas,

con raíces enredadas,

y que tú conoces la tierra y la lluvia

como mi boca,

porque de tierra y de lluvia

estamos hechos.

 

También en "Alma Mía" (8) refuerza la misma actitud aun cuando su ánimo se encuentra abatido o agobiado:

 

En la alta noche mi alma se tuerce y se destroza.

La castigan los látigos del sueño y la socavan.

Para esta inmensidad ya no hay nada en la tierra.

Ya no hay nada.

Se revuelven las sombras y se derrumba todo.

Caen sobre mis ruinas las vigas de mi alma.

No lucen los luceros acerados y blancos.

Todo se rompe y cae.

Todo se borra y pasa.

Es el dolor que aúlla

como un loco en un bosque.

Soledad de la noche.

Soledad de mi alma.

 

Sentimiento de coparticipación con lo viviente

 

Pablo Neruda desarrolló la sensibilidad social y estética y fue tan poderoso el influjo de la ideología marxista en su cosmovisión, que esa inclinación ahogó en él la dimensión espiritual de su sensibilidad y, aunque fue indiferente a la dimensión mística de la cultura, a pesar de su estancia en la India, país del lejano Oriente signado por la visión espiritual del Mundo, su sensibilidad cósmica se potenció en su conciencia y esa forma trascendente de sentir los efluvios del Universo se mantuvo a lo largo de su vida de tal manera que ni siquiera la mancuerna partidaria pudo aniquilar esa copiosa veta de su talante oceánico.

 

Como el Adán del paraíso bíblico, en su creación poética Neruda fue nombrando las cosas que su sensibilidad atrapaba y dio identidad verbal al Continente americano haciendo lo que entonces reclamaba el desarrollo de las letras hispanoamericanas para situarnos en el mapa de las letras universales.  Neruda funda la materia de sus cantos en la realidad sensorial que sus ojos contemplaban con un sentido instintivo de lo primordial en una actitud fresca de comunión empática con lo viviente.

La sensibilidad cósmica entraña algunas actitudes interiores, como:

1. Una clara conciencia de su punto de contacto con el Universo.

2. Convicción de nuestra capacidad de percepción y contemplación.

3. Poder de sintonía y valoración de los elementos naturales.

4. Sentimiento de coparticipación e identificación con lo existente.

5. Uso de los recursos de la Naturaleza en nuestra obra de creación.

El acopio de tantos elementos naturales en la poesía de Neruda sirve para confirmar la intensidad y la hondura de su sensibilidad cósmica, tan consciente y tan fecunda en el creador chileno que él mismo dio testimonio de lo que sentía interiormente y de que realmente disfrutaba lo viviente.

Mediante el poder intuitivo de la sensibilidad el creador entra en sintonía con la realidad sensorial de lo viviente y, en los seres con hondo desarrollo interior, se despierta el interés por la dimensión esencial y originaria de las cosas. Al contemplar lo que apelan sus sentidos, el poeta se instala en el estadio original en que las cosas acontecen para sentir la emoción de la vivencia primordial cuando capta el esplendor de la Creación bajo la frescura de lo sensorial. Esa es la manera de sentir poéticamente el Mundo, que lo sienten los individuos que despliegan las antenas de su sensibilidad y de modo especial quienes: 1. Tienen una sensibilidad porosa a los efluvios de los elementos. 2. Entran en comunión empática y visceral con lo viviente. 3. Captan la forma primordial de lo existente. 4. Saben que sus percepciones sensoriales son valiosas y significativas. 5. Expresan con su voz personal y auténtica la verdad y la belleza que captan sus sentidos.

 

Un autor como Pablo Neruda, que asumió el lenguaje de la lírica para testimoniar sus percepciones singulares, hizo de la poesía el centro de confluencia del aliento estético, el aliento erótico y el aliento cósmico de su poetizar bajo el prisma de su caudalosa sensibilidad. La expresión ardiente y sensual de su creación poética potencia la fuerza revitalizante que lo real insufla a los sentidos del ser humano haciendo del poema un medio para ver el Mundo en forma sorprendente y asombrosa.

Como recurso de la sensibilidad, la intuición aprehende la esencia de las cosas y penetra en el interior de lo existente como lo revela la etimología de intuir (de intus ire, ´ir dentro´, ´penetrar en el interior de la cosa´), operación intelectual que realiza la inteligencia para captar el sentido profundo y entender la cosa o el fenómeno en su dimensión interna.

 

Cuando el poeta habla poéticamente deja correr su intuición, que es la llave para abrir las compuertas de lo real y entender el sentido interior de lo visible. Sentir poéticamente el Mundo es aprehenderlo en su verdadera valencia, razón por la cual los auténticos creadores revelan sus percepciones singulares. La poesía da forma y sustancia al aliento emocional que hace de la experiencia una vivencia entrañable o una verdad trascendente. Al explicar su talante creador, el propio Neruda reveló:

 

 Yo soy un poeta, el más ensimismado en la contemplación de la tierra; yo he querido romper con mi pequeña y desordenada poesía el cerco de misterio que rodea al cristal, a la madera y a la piedra; yo especialicé mi corazón para escuchar todos los sonidos que el universo desata en la oceánica noche, en las silenciosas extensiones de la tierra o del aire, pero no puedo, no puedo, un tambor ronco me llama, un latido de dolores humanos, un coro de sangre como nuevo y terrible movimiento de olas se levanta en el mundo y caen en la tierra española por los laberintos de la historia los ojos de los niños que no nacieron para ser enterrados, sino para desafiar la luz del planeta y no puedo, no puedo, porque en China salta sangre por los arrozales, porque caen los muros de Praga sobre un barro de infinitas lágrimas; porque las flores de los cerezos austriacos están manchados por el terror humano; no puedo, no puedo conservar mi cátedra de silencioso examen a la vida y el mundo, tengo que salir a gritar por los caminos y así me estaré hasta el final de mi vida (9).

Pablo Neruda tenía desarrollada la conciencia de su sensibilidad cósmica y su condición de poeta y su disposición emocional estaban desplegadas para sentir el Mundo en su esplendor rotundo, ya que su sensibilidad estaba abierta a lo viviente. A pesar de que otras motivaciones inducían su conciencia, no pudo sustraerse, como decía, al impacto de la energía del Universo. Su talante sensitivo, dispuesto para percibir la dimensión originaria de las cosas, se aprecia en la intuición y la descripción de un mundo primigenio en que la vida se resuelve en comunión con lo existente, pues como advirtiera María Magdalena Solá, cuando Neruda lamenta la pérdida del equilibrio entre Naturaleza y Hombre (10), siente un desconcierto que expresa en estos dramáticos versos (11):

 Antes de la peluca y la cosaca

fueron los ríos, ríos arteriales:

fueron las cordilleras, en cuya onda raída

el cóndor o la nieve parecían inmóviles;

fue la humedad y la espesura

el trueno sin nombre todavía

las pampas planetarias.

El hombre tierra fue, vasija, párpado

del barro trémulo, forma de la arcilla,

fue cántaro caribe, piedra chibcha,

copa imperial o sílice araucana.

Tierno y sangriento fue, pero en la empuñadura

de su arma de cristal humedecido,

las iniciales de la tierra estaban escritas.

Nadie pudo recordar después:

el viento las olvidó, el idioma del agua

fue enterrado, las claves se perdieron

o se inundaron de silencio o sangre.

No se perdió la vida, hermanos pastorales.

Pero como una rosa salvaje

cayó una gota roja en la espesura

y se apagó una lámpara de tierra.

Pablo Neruda estaba consciente de su sensibilidad cósmica, aunque no lo intuyera en esos términos y, en tal virtud, anhelaba encontrar la “veta insondable” de todo lo real, sentir y testimoniar la vibración telúrica y visceral de cuanto sus ojos contemplaban. Esa apelación de su sensibilidad empática, que fundaba su sentido cósmico, lo inducía a contemplar el Mundo en su esplendor radiante; de ahí la presencia de los elementos naturales, tan auspiciosos y fecundos en la creación que el poeta sentía con la fuerza vital del Cosmos. Más aún, en sus memorias confesó el impacto de lo natural en su espíritu: “La Naturaleza me daba allí una especie de embriaguez” (12), dijo, como parece vivirlo en “Los ríos acuden” (13):

Amada de los ríos, combatida

por agua azul y gotas transparentes,

como un árbol de venas es tu espectro

de diosa oscura que muerde manzanas:

al despertar desnuda entonces,

eras tatuada por los ríos,

y en la altura mojada tu cabeza

llenaba el mundo con nuevos rocíos.

Te trepidaba el agua en la cintura.

Eras de manantiales construida

y te brillaban lagos en la frente.

De tu espesura madre recogías

el agua como lágrimas vitales,

y arrastrabas los cauces a la arena

a través de la noche planetaria,

cruzando ásperas piedras dilatadas,

rompiendo en el camino

toda la sal de la geología,

cortando bosques de compactos muros

apartando los músculos del cuarzo.

 

Pablo Neruda fue también tocado por la presencia numénica de lo real, por la energía subyacente del Universo que imanta la sensibilidad y la conciencia y, bajo el anhelo supremo de atrapar la dimensión esencial de lo viviente, experimentó la vibración sutil que encandila al mismo espíritu, según revela en “Los enigmas” (14):

 Yo os quiero decir que esto lo sabe el mar,

que la vida en sus arcas

es ancha como la arena,

innumerable y pura

y entre las uvas sanguinarias el tiempo

ha pulido la dureza de un pétalo,

la luz de la medusa

y ha desgranado el ramo de sus hebras corales

desde una cornucopia de nácar infinito.

Yo no soy sino la red vacía que adelanta

ojos humanos, muertos en aquellas tinieblas,

dedos acostumbrados al triángulo,

medidas de un tímido hemisferio de naranja.

Anduve como vosotros escarbando

la estrella interminable,

y en mi red, en la noche,

me desperté desnudo,

única presa,

pez encerrado en el viento.

 

A pesar de la sugestión que la concepción materialista de la historia inyectó en su conciencia, más de una vez la alta sensibilidad de Neruda experimentó el aletazo soterrado del misterio al sentir el aliento vaporoso de lo ´extraño´ en la fecundación de la materia, de tal manera que el propio Neruda no vaciló en calificar de "sagrado" al océano mismo, como sagrados eran para el bardo chileno los astros, las aves y las plantas, como apreciamos en “No sólo el albatros” (15):

 Sagradas sois, no sólo la que anduvo

como gota ciclónica en la rama

del vendaval: no sólo la que anida

en las vertientes de la furia, sino

la gaviota de nieve redondeada,

la forma del guanay sobre la espuma,

la plateada fardela de platino.

Cuando cayó cerrado como un nudo

el alcatraz, hundiendo su volumen,

y cuando navegó la profecía

en las alas extensas del albatros,

y cuando el viento del petrel volaba

sobre la eternidad en movimiento,

más allá de los viejos cormoranes,

mi corazón se recogió en su copa

y extendió hacia los mares y las plumas

la desembocadura de su canto.

En atención a su sensibilidad empática, la Naturaleza está presente en cuanto el poeta chileno registra gozoso en sus cantos. Cuando quiere exaltar las condiciones físicas de la mujer amada, acude a términos comparativos de la Naturaleza y con su habitual estimación de la vida, su singular valoración de la Creación y la peculiar ternura de sus versos, le dice a la mujer de sus sueños en “La lluvia” (16):

 Ámame dormida y desnuda, que en la orilla

eres como la isla:

tu amor confuso,

tu amor asombrado,

escondido en la cavidad de los sueños,

es como el movimiento del mar que nos rodea.

Y cuando yo también vaya durmiéndome

en tu amor, desnudo,

deja mi mano entre tus pechos

para que palpite

al mismo tiempo que tus pezones

mojados en la lluvia.

 

Atributos de una creación ejemplar

Voy a sintetizar los rasgos de la creación poética del gran poeta chileno, que presento con una muestra de ilustración:

 

1. El impacto de la fuerza telúrica en su creación poética. Con una sensibilidad porosa a los efluvios naturales, determinante en la visión poética de Pablo Neruda, en su talante confluyó "la secreta revelación de la Naturaleza", como reconociera el propio poeta al recibir en Estocolmo el Premio Nobel de Literatura. Y en imágenes inspiradas en elementos naturales supo fundar su creación poética dando forma y brillantez a lo que captan sus sentidos, como este fragmento de “La pasajera de Capri” (17):

(...) aunque el clásico azul derrame todos

los racimos del cielo en su garganta,

aunque detrás de ella los templos

nimben con su blancura coronada

tanta hermosura, ella no es, ella es otra,

algo crepita en ella que me llama,

toda la tierra que me dio la vida

está en esta mirada, y estas manos sutiles

recogieron el agua en la vertiente,

y estos menudos pies fueron midiendo

las volcánicas islas de mi patria.

 

2. El vínculo cósmico que enlaza su ser íntimo y profundo con el ser del Mundo. Ese vínculo comporta una sintonía de coparticipación, identificación y entrega, como se manifiesta en su poema “Tiranía” (18):

Un tiempo total como un océano,

una herida confusa como un nuevo ser

abarcan la tenaz raíz de mi alma

mordiendo el centro de mi seguridad.

Qué espeso latido se cimbra en mi corazón

como una ola hecha de todas las olas,

y mi desesperada cabeza se levanta

en un esfuerzo de salto y de muerte.

 

3. Visión del amor y la mujer como centro fulgurante del mundo. Como Safo de Metilene en la antigua Grecia o Gustavo Adolfo Bécquer en la España decimonónica, Pablo Neruda hizo del amor el sentido de la vida cifrando en el apareamiento de la pareja el placer de los sentidos, como se lee en “Déjame sueltas las manos” (19):

 

Déjame sueltas las manos y el corazón,

¡déjame libre!

Deja que mis dedos corran

por los caminos de tu cuerpo.

La pasión

-sangre, fuego, besos-

me incendia a llamaradas trémulas.

¡Ay, tú no sabes lo que es esto!

 

4. Ponderación del encanto de lo viviente al conjuro de sus potencias sensibles. Neruda canalizó la voz que define a la mujer-hechizo y, a pesar de su talento volcánico y su aliento de arrecife, su expresión se intensifica y crece como expresión tumultuosa de su sensibilidad. Por eso escribe (20):

 

Casi fuera del cielo

ancla entre dos montañas

la mitad de la luna.

Girante, errante noche,

la cavadora de ojos.

A ver cuántas estrellas

trizadas en la charca.

Hace una cruz de luto

entre mis cejas, huye.

Fragua de metales azules,

noche de las calladas luchas,

mi corazón da vueltas

como un volante loco.

Niña venida de tan lejos,

traída de tan lejos,

a veces fulgurece su mirada

debajo del cielo.

Quejumbre, tempestad, remolino de furia,

cruza encima de mi corazón,

sin detenerte.

Viento de los sepulcros acarrea,

destroza,

dispersa tu raíz soñolienta.

Desarraiga los grandes árboles

al otro lado de ella.

Pero tú clara niña,

pregunta de humo, espiga.

Era la que iba formando

el viento con hojas iluminadas.

Detrás de las montañas nocturnas,

blanco lirio de incendio,

¡ah nada puedo decir!

Era hecha de todas las cosas.

 

5. Empleo de recursos e imágenes con intención enfática. En la lírica de Neruda la enumeración, formulada mediante comparaciones y metáforas fundadas en la Naturaleza, fundamenta la visión poética que finca su apreciación en la fuerza inherente de las cosas subrayada con símbolos y epítetos vigorosos y precisos para hacer sentir lo que demanda el corazón, como "Barcarola" (21):

 

Si solamente me tocaras el corazón,

si solamente pusieras

tu boca en mi corazón,

tu fina boca, tus dientes,

si pusieras tu lengua

como una flecha roja

allí donde mi corazón,

cerca del mar,

llorando,

sonaría con un ruido oscuro,

con sonido de ruedas de tren con sueño,

como aguas vacilantes,

como el otoño en hojas,

como sangre,

con un ruido de llamas húmedas

quemando el cielo,

sonando como sueños o ramas o lluvias,

o bocinas de puerto triste,

si tú soplaras en mi corazón,

cerca del mar,

como un fantasma blanco,

al borde de la espuma, en mitad del viento,

como un fantasma desencadenado,

a la orilla del mar, llorando.

Como ausencia extendida,

como campana súbita,

el mar reparte el sonido del corazón,

lloviendo, atardeciendo,

en una costa sola:

la noche cae sin duda,

y su lúgubre azul

de estandarte en naufragio

se puebla de planetas de plata enronquecida. 

 

6. Apertura de los sentidos para captar el esplendor de lo originario. Atrapando la emoción primordial que sacudía su sensibilidad, sus antenas perceptivas eran porosas y fecundas a todo lo existente, especialmente al encanto de lo prístino y puro, como en "El pueblo" (22), donde el creador revela la apertura ´oceánica´ de su talante estético y cósmico:

La sombra de este monte protector y propicio,

como una manta indiana fresca y rural me cubre:

bebo el azul del cielo por mis ojos sin vicio

como un ternero mama la leche de las ubres.

 

Al pie de la colina se extiende el pueblo y siento,

sin quererlo, el rodar de los tranways urbanos:

una iglesia se eleva para clavar el viento,

pero el muy vagabundo se le va de las manos.

 

Pueblo, eres triste y gris. Tienes las calles largas,

y un olor de almacén por tus calles pasea.

El agua de tus pozos, la encuentro más amarga.

Las almas de tus hombres me parecen más feas.

 

El pueblo es gris y triste. Si estoy ausente pienso

que la ausencia parece que lo acercara a mí.

Regreso, y hasta el cielo tiene un bostezo inmenso.

Y crece en mi alma un odio, como el de antes, intenso.

Pero ella vive aquí.

 

7. Imágenes frescas, luminosas y fragantes en representación de la fuerza eróticade su sensibilidad. En “La pasajera de Capri” (23) el poeta enmarca a la mujer como centro de sus apelaciones sensuales:

 

Sombra del continente más lejano

hay en tus ojos, luna abierta

en tu boca salvaje,

y tu rostro es el párpado

de una fruta dormida,

el pezón satinado de una estrella

es tu forma,

sangre y fuego de antiguas lanzas

hay en tus labios.

 

8. Captación y expresión del aliento vital de criaturas y elementos. En su vínculo entrañable con la fuerza elemental del Cosmos, en cuya unión ancla su sensibilidad, Neruda subraya ese singular aliento en "Ángela adónica" (23):

 

Hoy me he tendido junto a una joven pura

como a la orilla de un océano blanco,

como en el centro de una ardiente estrella

de lento espacio.

De su mirada largamente verde

la luz caía como un agua seca,

en transparentes y profundos círculos

de fresca fuerza.

Su pecho como un fuego de dos llamas

ardía en dos regiones levantado,

y en doble río llegaba a sus pies,

grandes y claros.

Un clima de oro maduraba apenas

las diurnas longitudes de su cuerpo

llenándolo de frutas extendidas

y oculto fuego.

 

9. Coparticipación rotunda para sentir y expresar el rasgo peculiar de lo existente en su confluencia cósmica. Se trata de una virtud lírica y estética de su sensibilidad empática que le permitía atrapar la dimensión singular de lo viviente, como se aprecia en "La Reina" (24):

 

Yo te he nombrado reina.

Hay más altas que tú,

más altas.

Hay más puras que tú,

más puras.

Hay más bellas que tú,

más bellas.

Pero tú eres la reina.

Cuando vas por las calles

nadie te reconoce.

Nadie ve tu corona de cristal,

nadie mira

la alfombra de oro rojo

que pisas donde pasas,

la alfombra que no existe.

Y cuando asomas

suenan todos los ríos en mi cuerpo,

sacuden el cielo las campanas,

y un himno llena el mundo.

Solo tú y yo,

solo tú y yo, amor mío,

lo escuchamos.

 

10. Configuración de los rasgos que conforman la estructura del poema. La lírica de Pablo Neruda es también ejemplo en la organización del poema cuyo modelo cabal lo brinda "Aquí te amo", que presenta los cinco pasos de la estructura poemática: a. Descripción de una situación (o ambientación contextual). b. Evocación de la vivencia que inspira la creación. c. Confrontación del problema o conflicto. d. Transformación de la situación para mitigar el dolor o lo adverso. e. Solución o salida al anhelo irredento. En “Aquí te amo” (25) escribe Neruda:

 

Aquí te amo.

En los oscuros pinos se desenreda el viento.

Fosforece la luna sobre las aguas errantes.

Andan días iguales persiguiéndose.

Se desciñe la niebla en danzantes figuras.

Una gaviota de plata se descuelga del ocaso.

A veces una vela. Altas, altas estrellas.

O la cruz negra de un barco.

Solo.

 

A veces amanezco, y hasta mi alma está húmeda.

Suena, resuena el mar lejano.

Este es un puerto. Aquí te amo.

 

Aquí te amo y en vano te oculta el horizonte.

Te estoy amando aún entre estas frías cosas.

A veces van mis besos en esos barcos graves

que corren por el mar hacia donde no llegan.

 

Ya me veo olvidado como estas viejas anclas.

Son más tristes los muelles cuando atraca la tarde.

 

Se fatiga mi vida inútilmente hambrienta.

Amo lo que no tengo. Estás tú tan distante.

Mi hastío forcejea con los lentos crepúsculos.

Pero la noche llega y comienza a cantarme.

 

La luna hace girar su rodaja de sueño.

Me miran con tus ojos las estrellas más grandes.

Y como yo te amo, los pinos, en el viento,

quieren cantar tu nombre con sus hojas de alambre. 

 

En sus poemas Pablo Neruda escribe concitado por una pasión vital que enfatiza su acento luminoso, desata su aliento poético y enciende su aliento cósmico. En "Alturas de Macchu Picchu" (26) el poeta chileno desarrolla su más honda vinculación cósmica con la fuerza telúrica y planetaria que conjuga el impacto emocional de la sensibilidad ardiente y caudalosa del poeta americano con una visión lírica, estética, social y simbólica de la presencia numénica del Cosmos en la conciencia humana (27):

 

Madre de piedra,

espuma de los cóndores.

Alto arrecife de la aurora humana.

Pala perdida en la primera arena.

Esta fue la morada,

éste es el sitio:

aquí los anchos granos

del maíz ascendieron

y bajaron de nuevo como granizo rojo.

Aquí la hebra dorada

salió de la vicuña

a vestir los amores,

los túmulos, las madres,

el rey, las oraciones, los guerreros.

Aquí los pies del hombre

descansaron de noche

junto a los pies del águila,

en las altas guaridas carniceras,

y en la aurora

pisaron con los pies del trueno

la niebla enrarecida,

y tocaron las tierras y las piedras

hasta reconocerlas en la noche o la muerte.

Miro las vestiduras y las manos

el vestigio del agua

en la oquedad sonora,

la pared suavizada

por el tacto de un rostro

que miró con mis ojos

las lámparas terrestres,

que aceitó con mis manos

las desaparecidas maderas.

Porque todo:

ropaje, piel, vasijas,

palabras, vino, panes,

se fue,

cayó a la tierra.

Y el aire entró con dedos

de azahar sobre todos los dormidos:

mil años de aire,

meses,

semanas de aire, de viento azul,

de cordillera férrea,

que fueron

como suaves huracanes de pasos

lustrando el solitario

recinto de la piedra.

 

 

Bruno Rosario Candelier

Academia Dominicana de la Lengua

Santo Domingo, Ciudad Colonial, 8 de abril de 2010.

 

Notas:

1) Pierre Teilhard de Chardin, Yo me explico, Madrid, Taurus, 1996, p. 151.

2) Alone, Los cuatro grandes de la literatura chilena, Santiago de Chile, Zig-Zag, 1963, p. 205.

3) Pablo Neruda, Todo el amor, Buenos Aires, Losada, 1964, pp. 86-7.

4) Alone, Los cuatro grandes de la literatura chilena, p.199.

5) Pablo Neruda, Todo el amor, p. 47.

6) Amado Alonso, Poesía y estilo de Pablo Neruda, Buenos Aires, Editorial Sudamericana, 1966, pp. 222ss.

7) En María Magdalena Solá, Poesía y política en Pablo Neruda, Río Piedras, Universidad de Puerto Rico, 1980, p. 186.

8) Pablo Neruda, Todo el amor, p. 84.

9) En María Magdalena Solá, Poesía y política en Pablo Neruda, p. 75.

10) María Magdalena Solá, Poesía y política en Pablo Neruda, p. 77.

11) Ibídem, p. 77.

12) Pablo Neruda, Confieso que he vivido, Buenos Aires, Losada, 2003, l7a. edición, p.15.

13) En María Magdalena Solá, Poesía y política en Pablo Neruda, p. 125.

14) Ibídem, p. 127.

15) Ibídem, p. 131.

16) Ibídem, p. 204.

17) Pablo Neruda, Todo el amor, citado, p. 137.

18) Ibídem, p. 105.

19) Ibídem, p. 83.

20) Ibídem, p. 37.

21) Ibídem, p. 113.

22) Ibídem, p. 25.

23) Ibídem, p. 137.

24) Ibídem, p. 137.

25) Ibídem, p. 144

26) Ibídem, p. 49.

27) Cfr. José Olivio Jiménez, Antología de la poesía hispanoamericana contemporánea (1914-1987), Madrid, Alianza Editorial, 1988, pp. 321-2.

Acerca del autor


Bruno Rosario CandelierNació en Moca el 6 de octubre de 1941. Filólogo, ensayista, crítico literario, narrador, educador y promotor literario. Es licenciado en educación por la Universidad Católica Madre y Maestra y doctor en filología hispánica por la Universidad Complutense de Madrid. Preside la Academia Dominicana de la Lengua y es miembro de la Academia Norteamericana de la Lengua Española.

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