IMAGEN ARQUETÍPICA Y PROTOIDIOMA
EN LA LÍRICA METAFÍSICA DE NOÉ ZAYAS

 

A Ramón Antonio Jiménez,

 

Navegante del espacio brumoso del Misterio.
“Desmemoriado el cuerpo se recrea en fuentes íntimas.
Corremos en el bosque siempre oscuro del río que bebemos”.
(Noé Zayas, Navegar en lo seco)

 Por Bruno Rosario Candelier

 

Me complace presentar la poesía de Noé Zayas, valioso promotor cultural y destacado creador dominicano (San Francisco de Macorís, República Dominicana, 1969) que se distingue por su ejemplar trayectoria poética inspirada en las huellas reminiscentes de la interioridad y la trascendencia.

 

Noé Zayas tiene una personalidad metafísica afín a su sensibilidad interior, condición que le ha permitido experimentar el aliento superior de la conciencia, con la huella de la sabiduría espiritual de lo viviente.

 

Revelan sus poemas una honda connotación trascendente, en atención a estos singulares atributos: 1. Tiene la formación intelectual, espiritual y estética que le permite entender la dimensión profunda de la vertiente sensorial de las cosas. 2. Posee la vertiente de la sensibilidad que le permite SENTIR EN EL ESPÍRITU la dimensión interna y esencial de fenómenos y cosas. 3. Usa la intuición metafísica para auscultar, con el lenguaje de lo profundo, el hondón y el sentido de hechos, fenómenos y cosas. 4. Comulga con el ideal de la creación poética, que plasma a través del teatro, la poesía y la narrativa, apelación que lo lleva a sentir y experimentar la emoción estética, la transfiguración cósmica y la fruición del espíritu. 5. Apelado por la Energía Interior de la Conciencia, realiza una obra que concita la realización de las altas instancias del espíritu.

El desarrollo de la sensibilidad trascendente es connatural a la conciencia espiritual y estética de Noé Zayas. En pro de su consecución, observa, medita, contempla, lee y escribe. Ha leído a los grandes poetas de la trascendencia, como Platón, san Juan de la Cruz, fray Luis de León,  William Blake, Emely Dickinson, Rabindranah Tagore, Paul Valery, Rainer María Rilke, Francisco Matos Paoli y Jorge Luis Borges, entre otros grandes de las letras universales. Y entre los dominicanos, a D. Moreno Jimenes, Manuel del Cabral, Franklin Mieses Burgos, Freddy Gatón Arce, Manuel Valerio, Máximo Avilés Blonda, José Enrique García, Cayo Claudio Espinal, Pedro José Gris, Julio Adames y Ramón Antonio Jiménez. Como ellos, Noé Zayas participa de la “dolencia interior” que lo apela.

 

 

Nuestro poeta ha navegado en el ámbito de lo trascendente en busca del ser que lo define y complementa. Ha entrado en sintonía con los susurros intangibles en pos de la esencia de verdades profundas. Y ha dialogado con el alma de las cosas en su contemplación metafísica. Su lírica revela una valoración sagrada y profunda hacia el fenómeno poético y el fenómeno del misterio. Tiene un espíritu abierto, un corazón amplio y una apertura altruista. Dispone de una sensibilidad empática y fecunda, razón por la cual puede escribir una poesía con belleza y hondura metafísica.

 

Con el lenguaje de la intuición, nuestro poeta indaga facetas de la realidad trascendente. Las diversas manifestaciones de lo real, que captan la inteligencia y la sensibilidad, la intuyen los poetas en su contacto con las cosas, al experimentar una misteriosa atracción hacia la voz profunda del ser o las señales provenientes del espacio infinito. Ahora bien, los poetas describen, más que lo que dicen las señales sensoriales, los efluvios de su interior, la dimensión interna y esencial de lo existente o los indicios del más allá, para lo cual activan la sensibilidad espiritual que se adentra en su misterio. Así como captan el valor de cosas sencillas y menudas, de hechos y manifestaciones de cuanto acontece en la vida, revelan lo que está más adentro, al tiempo que captan los indicios superiores o la voz de la cantera infinita. Esa intuición de lo profundo es propia del ámbito de la metafísica, que entraña ir más allá de lo sensorial, centro del meollo esencial y místico.

 

Los poemas de Noé Zayas constituyen una honda creación, reflejo de la dimensión espiritual y estética de su sensibilidad. En Navegar en lo seco (1) vibra la esencia del Universo con el aliento numénico del Cosmos. Esa aproximación a la connotación profunda, faceta inexorable de la gran poesía, despabila su intuición, alerta sus sentidos y explora el hondón de lo viviente para atrapar el aliento de la sabiduría universal, que recrea en las imágenes arquetípicas. Por eso escribe fincado en la certeza de sus vivencias: “Corremos en el bosque siempre oscuro del río que bebemos”.

 

En ese estadio singular de la conciencia, escucha el eco de la memoria cósmica que canaliza en la imagen arquetípica del lenguaje poético del Protoidioma, mediante el concurso de dos voces, la suya, escrita con una tipografía menor y la del más allá,  que registra “el murmullo de la multitud que le persigue desde siglos”, como se aprecia en “El Mesías”:

 

No quiero perecer en un remolino de dudas: Turbios pasadizos

donde tambalea mi mirada de mentiras 

ni que la certeza: Camisa de fuerza que me exilia del sueño 

me preste amparo.

Pero oigo la voz y atrás,

muy atrás, el murmullo de la multitud

que me persigue desde siglos.

Yo aún corro entre bosques de piedras amarillas:

Ocres, pardas como panteras agazapadas

Alaridos, gritos, rostros entre neblina llenos de miedo:

El suelo es un espejo de sangre que refleja el techo de los árboles

del otro lado del corazón hace falta un cuchillo

más agudo que el odio para romper los vínculos reales.

(Navegar en lo seco, p. 11)

 

Hay una sabiduría espiritual que atesora la memoria cósmica, como han intuido iluminados, contemplativos y poetas a lo largo de la historia. En virtud de su sensibilidad trascendente, los poetas metafísicos y místicos sintonizan señales y mensajes de la memoria metafísica del Universo, en virtud de su empatía cósmica con la dimensión numénica de lo viviente, de la que captan con su intuición voces del más allá o lo que Heráclito de Éfeso consignaba como “la huella de la sabiduría universal”, que Carl Jung llamara “el inconsciente colectivo” y Carl Sagan denominara “la memoria cósmica” de lo viviente. Así como cada uno de nosotros tenemos una memoria particular, hay una memoria general de la historia humana. La supervivencia del pasado en el presente, que el Logos canaliza en el lenguaje de los iluminados y poetas al revelar ecos de esa cantera secreta del Universo, encierra una clave sorprendente para la comprensión de las ideas y las intuiciones que el arte, la filosofía y la mística plasman en sus creaciones. Las verdades profundas que intuyen los poetas cuando acceden a la memoria colectiva de la Humanidad mediante la intuición o la revelación, comprende la voz universal de la sabiduría cósmica, que se suma a la voz personal de las intuiciones individuales. La voz personal revela la verdad que el poeta descubre cuando expresa el contenido de sus hallazgos. En cambio, la voz universal testimonia la verdad que le es revelada al poeta desde las capas del Universo, como amanuense de efluvios provenientes de la cantera del infinito. En “Devoción del cuerpo sin reposo” revela nuestro poeta:

 

Porque no tendrá fin: Es inmutable 

la rueda por la que somos siempre demolidos

débil pulsación del hombre que no muere: ni muere ni se repara 

ni cesa de engendrar sus dolores: Así fluyen los sacrificios 

como un cuchillo que se ahoga en la carne

Las piedras humedecidas por la sangre

dejan florecer seda amarilla

sobre su superficie bordada de escrituras.

Sus manos homicidas recluidas en el vacío:

mordiendo el polvo de sus propias criaturas 

llantean el barro sosegado;

superficies; obesos cortinajes de miedo que enceguecen;

neblinas de rostros bifurcados, llorosos:

esto es un paisaje de miedo 

Y el árbol, el hombre y la ciudad se apagan;

son un barco sin sentido navegando en lo seco.

(Navegar en lo seco, p. 17)

 

En los poemas de Noé Zayas vibra la esencia del Universo, que husmea en cuanto existe. Como esponja de lo viviente, ha logrado recrear secuelas de las vivencias de su interior profundo al reproducir el impacto que una determinada experiencia prohijó en su conciencia como índice y señal de una realidad trascendente. En la expresión lírica y simbólica de sus versos aflora la dimensión metafísica de su búsqueda, que revela la profundidad de su espíritu y el derrotero de sus inclinaciones intelectuales, estéticas y espirituales, al tiempo que refleja un elevado desarrollo de la conciencia.

 

Connotan sus poemas la naturaleza de sus vivencias, que enfocan la onda sutil de lo viviente. Es un indicio de cercanía a la Verdad, un vínculo sutil con el Tabor de la Luz, detalle de la semejanza con lo Eterno. Indagar el Centro de lo Viviente desde el dato esencial con una aproximación a la esencia profunda, es signo de posesión de una intuición honda y luminosa.

 

Ha podido descubrir nuestro poeta, con su sensibilidad estética, una vertiente de la Verdad que fulgura y de la Luz que embriaga, quizás la más bella forma de entrega y alabanza al Creador mediante una singular transustanciación de su yo con el Todo en un encuentro con el Misterio. Esa hondura de su sensibilidad, fragua de la creación que ausculta el fondo inasible de las cosas, la del estremecimiento de fulgores, sabe de esa iluminación inenarrable, desde el soplo de la luz que, en kénosis de amor, plasma la imagen arquetípica con la Llama irredenta.

El poema “Minerva” simboliza una contemplación metafísica del alma mediante la visión especular de la persona que atisba el pasado como índice y réplica del trayecto existencial del ser humano:

 

Al despertar

piedra o sal mi cuerpo:

polvo mis palabras mi aliento cuando abro mi boca

De piedra o sal: ¡qué importa! 

por mis venas de polvo corre el secreto deseo de ser otra:

Así transmigro

no huyendo hacia lugares de acechanzas

ni languideciendo en mi prisión, en las formas

Así soñé este lugar en otros tiempos:

siendo bosque, prado florecido, fruto caído por gravedad

y comidos sin prisa

y los que hemos despertado no dentro de la casa,

sino en los linderos de su ruina,

¿no aprenderemos?

Nosotras que hemos perdido nuestras manos

no sobre la espalda, no sobre la tierra fértil,

sino sobre la CASA-TUMBA:

nuestro habitat primero y último.

(Navegar en lo seco, pp. 18-19)

 

Al apreciar lo que revelan sus poemas, intuyo que Noé sabe situarse en el Centro del Universo en virtud de su talante metafísico, fenómeno de la conciencia que de alguna manera refleja una singular vivencia del espíritu mediante el vínculo sutil con la Energía Superior del Universo. La onda de su sensibilidad, réplica y horizonte de la Voz que lo apela, capta señales del infinito mediante la huella que su lírica proyecta con belleza y hondura. Su creación poética, cauce de una enajenación de fulgores bajo la Sabiduría infinita, encierra una forma de entrega, donación de iluminación bajo la palabra consentida. Su lírica interior asume y recrea la fragua de una experiencia alucinante bajo la luz que embriaga. Al experimentar la más sublime de las sensaciones, signo de su experiencia trascendente, su talante espiritual hace de su obra un producto con hondas intuiciones, categoría que plasman sus imágenes y connotan sus símbolos.  Desde el fondo de su lírica, sus palabras convocan la voz del arcano, que sus versos atrapan.

 

La concepción de la poesía como expresión de una voz metafísica o de la inspiración, que Platón situaba en un origen divino, para Fredo Arias de la Canal procede del propio sujeto creador. Para Carl Jung proviene de la memoria colectiva de la humanidad, fragua del concepto de “personalidad metafísica” que recrean los arquetipos del Protoidioma (2). Al fundar en el paleocortex o memoria colectiva de la Humanidad la fuente de la creación, el analista mexicano le asigna un carácter humano a la creación que Platón, y quienes lo seguimos, le atribuimos una inspiración divina. Mientras creo, con el pensador ateniense, que la inspiración tiene una fuente trascendente, Carl Jung y Fredo Arias, entre otros, le atribuyen una fuente personal y cósmica. La teoría del Protoidioma que enarbola el crítico mexicano, fecunda y auspiciosa por su eficacia psicoanalítica, la valoro como una vía instrumental de la creación. Creo que las señales de la Trascendencia, vinculadas a la memoria cósmica del inconsciente colectivo (Jung) o a las Musas provenientes del más allá (Platón), que atrapa la intuición y que el lenguaje poético transmuta en imágenes arquetípicas con verdades profundas, reflejan más que el testimonio de la voz personal, la revelación de la voz universal.

 

Con la apelación del sujeto que horada el misterio, en “Devoción del cuerpo sin reposo” y en otros poemas de Navegar en lo seco, Noé Zayas reflexiona sobre el destino de la existencia humana, signada por el “dolorido sentir” que Garcilaso intuyera como flecha que atraviesa el alma, el vate francomacorisano reconstruye mediante imágenes arquetípicas del Protoidioma (“Las piedras humedecidas por la sangre/ mordiendo el polvo/ de sus propias criaturas”) en términos simbólicos y deícticos de la navegación interior de la conciencia. Las imágenes arquetípicas reproducen conceptos y sentimientos del inconsciente colectivo, que la poesía canaliza en sus metáforas originarias. A esas singulares “imágenes primordiales” aludía Sócrates cuando en su Apología, consignó: “Entonces comprendí que no por sabiduría escriben los poetas poesía, sino por una especie de genio e inspiración; ellos son como los adivinos y profetas, quienes además dicen muchas cosas sabias cuyo significado desconocen” (3).

 

El sujeto lírico, sobrecogido por lo que presiente, recrea el peligro que lo asedia y, al sentirse asediado por el Minotauro de la conciencia, reproduce el miedo mediante las imágenes apocalípticas de estirpe bíblica:

 

Se me ordena escribir: Yo entro en los caminos, en los conflictos, 

en las peripecias

no lo que he de padecer, lo que padezco;

caigo con mi casa, que es mi cuerpo

en actitud de ser quemado,

entreabro los ojos, escribo sobre el polvo;

mis pies sobre la ceniza sienten llamas;

en el pozo hay más de un rostro,

más de un muerto en el pórtico.

Rompo mi cabeza de madera: De hombretoro, de minotauro en

ruinas, de destierro

el abismo traspone mis caminos: Intento incorporarme, resbalo

y caigo en lugares aún más profundos

oscilante geometría del valle en que soy desterrado;

muros holgados de miedo en los que estoy aprisionado,

en los que me desangro

No importa, destruir los castillos reales es quitarle a la vida su apariencia.

(Navegar en lo seco, pp. 12-13)

 

En la intimidad del yo profundo, la memoria recapitula la fragua de vivencias y obsesiones, que el poeta recrea para sustancia de su arte. En tal virtud, la creación poética constituye una muestra fehaciente de verdades profundas que la lírica o la narrativa comunican a través del contenido simbólico de la escritura.

 

La vida da respuestas a interrogantes de la conciencia y cada experiencia deja su huella, que se potencia cuando valoramos el sentido de la Creación. La lírica de Noé Zayas parece provenir de otro mundo y de alguna manera así es, porque el mundo interior de la conciencia, el ámbito metafísico de la realidad trascendente y el arcano profundo de la cantera del infinito constituyen laderas que sobrepasan la percepción sensorial por lo cual proyectan señales y mensajes que es preciso interpretar adecuadamente para entender su sentido profundo.  Para interpretar con eficacia y provecho las grandes verdades metafísicas tenemos a nuestro alcance la intuición, la tradición poética, la crítica filológica y la ciencia psicoanalítica y, en general, los conocimientos lingüísticos y culturales que permiten conducirnos por el camino acertado. Hay que saber, desde luego, que la poesía metafísica se funda en imágenes arquetípicas que connotan el caudal significativo de la ladera profunda para articular la belleza de lo sublime a la hondura del pensamiento.

 

Si se tienen desarrolladas la sensibilidad y la intuición, el caudal de las vivencias entrañables da un indicio de los fenómenos de conciencia que se operan en el interior de la persona. La poesía metafísica es la creación, con belleza y hondura, de una vivencia trascendente que plasma una verdad profunda. En su peculiar lenguaje poético, perfila la dimensión estética y espiritual con sus connotaciones entrañables.

En atención a la dimensión metafísica de la creación, hay cuatro maneras de escribir poesía. Esos diferentes modos poéticos suelen ofrecer: 1. Una visión poética de la realidad sensible con el talante del sujeto contemplativo. 2. Una visión poética de las vivencias interiores del sujeto contemplativo. 3. Una visión poética de la dimensión metafísica de cosas y fenómenos. 4. Una visión poética de las revelaciones trascendentes provenientes de la cantera del infinito.

 

La creación poética de Noé Zayas aborda la vertiente metafísica. Paralelamente, de acuerdo con mi percepción del fenómeno poético, podemos hablar de cuatro tipos de factura poética, que secunda la visión interiorista de la creación: 1. La expresión del impacto que lo real produce en la conciencia, asumido desde el hondón de la sensibilidad con la disposición espiritual y estética de intuir, mediante la voz personal, verdades poéticas. 2. Enfoque de la dimensión esencial de cosas y fenómenos a cuyo través se busca su dimensión trascendente con el sentido profundo, según el criterio pautado por William Blake de “ver un mundo en un grano de arena”. 3. Ponderación de la connotación interna y mística de lo viviente, con el criterio de los contemplativos espirituales que tienen una visión iluminada de la realidad como creación o expresión de lo divino. 4. Auscultación de las señales provenientes de la memoria cósmica para transmitir las verdades reveladas por la sabiduría espiritual del Cosmos, mediante el concurso del Logos.

 

“Nomen, omen”, decían los antiguos romanos. “El nombre entraña un augurio”, significa esa frase en latín, que se atribuye a Plauto. Parece que el nombre de Noé anuncia el poder de atisbar la dimensión interna y trascendente de hechos y fenómenos en razón de que experimenta hondas vivencias espirituales, rayanas en la experiencia religiosa. Zayas sabe usar ese poder de la intuición para captar mensajes provenientes de la cantera infinita, donde se halla la memoria de la sabiduría espiritual del Universo, a la que acceden los poetas metafísicos, así como los iluminados y los místicos. No sin razón Heráclito de Éfeso, el antiguo pensador presocrático, intuyó el concepto del Logos al cifrar en la palabra la energía interior de la conciencia, cuyo centro espiritual es de orden divino, cauce de la memoria cósmica. Con razón, Zayas consignó: “Pero oigo la voz y atrás,/ muy atrás, el murmullo de la multitud/que me persigue desde siglos”. También: “Se me ordena escribir”, como amanuense de una voz diferente de la propia.

 

Si nos llevamos de lo que el nombre propio sugiere, Noé articula su sensibilidad y su creación a los efluvios celestes y a los fluidos de la tierra, mediante una combinación de inmanencia y trascendencia, que plasma en la obra literaria. El nombre de Noé está vinculado a la cultura hebrea y para los antiguos israelitas, que contribuyeron con el fundamento espiritual de la cultura de Occidente, el sentimiento de lo divino estaba inserto en todo lo que hacían, concebían o creaban. En tal virtud, estimo que su nombre y, con el nombre, el augurio que porta su significado, le ha permitido encauzar y potenciar los valores trascendentes de las cosas, que tienen que ver con el más allá. De ahí la inclinación metafísica de su sensibilidad y la connotación sagrada de los asuntos trascendentes, que encauza en su obra como expresión de su talante espiritual.

 

Extasiado ante el misterio, el poeta sofrena su impulso ante la eclosión de sus compulsiones interiores. En su trayecto imaginario parece desandar el tiempo en oleadas de luz. Y mediante imágenes de la navegación (“Para dentro se me derrama el cielo”), evidencia que el aletazo del misterio le aterra y se desangran las metáforas con su torrente infinito. Entonces aflora la huella traumática de la infancia, que abre las compuertas de la intuición a la savia de lo profundo:

 

Te pierdes en interiores,

encuentras tu propia sombra:

ese animal precoz que te satura

rugiendo enferma

con una pena que no le permite levantarse: así te ven

llorar en las esquinas, tirado entre los pisos descubiertos de los

zaguanes, desnudando la piedra del pastoso musgo afrodisíaco

con el que se inician las doncellas.

Allí el límite de lo tangible, las sub-criaturas ciegas

besuqueándose, entre la destrucción y lo apacible:

como si entendieran el misterio del origen.

Dan finos alaridos, se sumergen en el polvo

con la naturaleza con que el manatí y la foca

se sumergen en el agua; emergen entre  

sacudidas súbitas que lo retornan a su anterior estado:

¡oh fuentes!, llovizna de oro, para dentro se me derrama el cielo,

en tus agudos ojos de mujer me veo, no herido, no corriendo

entre piedras, no perdido entre sombras, sino entre bosques florecidos.

Oh andar en la lentitud del día hacia la noche, 

cruzar los paisajes secos, sobre aquel temblor en que

suelen sostenerse los pájaros al volar. Aquel ir como

huyendo a lo desierto, a los callados espejos donde nos

encontramos con nuestras torceduras, con nuestras risas

perdidas. Allá un cansado o pasivo animal nos devora

con pequeños mordiscos.

(Navegar en lo seco, pp. 82-83)

 

Reveladora es la descripción de esa singular vivencia de su sensibilidad, reflejo del pozo profundo de vivencias entrañables y de la onda sutil de su espíritu. Tanto como la hondura de los conceptos, pesa la belleza del contenido que su sentido connota, con la valoración de su identificación emocional, espiritual y estética desde la sustancia de una vivencia estremecedora. En “Monólogo del perro”, el poeta presenta una alegoría de la apelación suprema cuando algo profundo desconcierta la conciencia, siempre alerta ante la saeta del misterio:

 

Te sigo hacia la luz y me devuelvo

me falta una vejez como la tuya

para entender la oscuridad

el pequeño misterio que nos deja solo

en todo esto de la sed y el agua

quisiera defenderme y solo ladro

y todos me mandan a callar y estoy callado.

(Navegar en lo seco, p. 88)

 

La huella traumática de una experiencia espantosa en la infancia provoca un daño psíquico que la memoria guarda en el inconsciente personal (4). Al recrear las vivencias que despiertan el rastro del subconsciente, el poeta acude a la imagen arquetípica que elabora, en términos sugerentes, las compulsiones interiores de su sensibilidad estremecida:

 

En el viaje a su interior sintió el delirio.

Soñando lo invertido: Delirio del que debió ser y no fue 

la infancia de lo real: Refugio del que ha muerto 

alguien dejaba desangrar su espada en el polvo ocre

del yermo de los huesos

osamenta que sirve de refugio: ¡Oh el desamparo! 

La cosecha ha de sembrarse aún;

los bordes de la casa permanecen, el patio humedecido

¿Y si mi sangre nunca mengua?

colocar las cayenas sobre la boca de los muertos:

Así parecíamos menos.

Otras eran las ciudades, los linderos, los lloros y los sacrificios

¡Oh cabeza que tengo, que no es mía y soporta mi yelmo!

¡Oh atrio de ruinas donde cambió mi sexo!

El que es polvo descansa en el sueño de su carne

No permanecer, no crear camino hacia lo invertido:

Sea breve la muerte del que danza en el tacto de la hiena,

del que humedece de exquisita bebida su memoria. 

(Navegar en lo seco, pp. 14-15)

 

La sensibilidad espiritual de Noé Zayas, como la de Enrique González Martínez, Jorge Luis Borges o Máximo Avilés Blonda, que vibraban con la Energía Espiritual del Universo desde el alto vuelo de su espíritu (“¡Oh cabeza que tengo, que no es mía y soporta mi yelmo!”), potencian el sustrato de lo trascendente en atención a su inteligencia intuitiva y su talante profundo, que nuestro poeta enaltece con su obra.

 

Quien experimenta una profunda sintonía con lo real suele cultivar un arte elevado, como la poesía mística o metafísica, para comunicar la experiencia interior de su contacto con el centro del Universo en pos de la sabiduría espiritual de lo viviente o los efluvios de la memoria cósmica, bajo la rienda de la inspiración creadora. Los poetas metafísicos, así como los iluminados y los místicos, tienen esa capacidad de vinculación con la radiosa forma de lo Eterno y suelen articular a su creación la savia de un mundo trascendente.

 

Crear desde el interior de la cosa, según el principio interiorista de HABITAR EL INTERIOR DE LO CONTEMPLADO, única manera de lograr una COMUNIÓN CON LO VIVIENTE, es indispensable para realizar una genuina creación poética. Igualmente, crear desde la sensorialidad de lo viviente, para articular IMÁGENES SENSORIALES que establezcan un vínculo con la dimensión física de las cosas, es indispensable para tocar la sensibilidad del lector y provocar la EMOCIÓN ESTÉTICA. Y, desde luego, crear desde la pasión estremecida al calor de lo trascendente, única manera de revelar la llama interior de la conciencia que hace SENTIR EN EL ESPÍRITU, atributo de las grandes obras de las letras universales.

 

Un miedo subyace en el fondo del inconsciente de quien ha experimentado una vivencia estremecedora en su infancia. Fragua del dolor la vida, como arúspice de la nostalgia, el poeta visualiza la trayectoria del hombre en la historia, menguada sombra errante, “exorcizado en su dolor”, ataviado en el temor que cercena su esperanza:

 

Esos lugares que florecían en tu adentro,

valles que repugnaban vigilancia,

bailarinas fundidas sobre el ocio

hilando interminable sobre el agua

mantos de cabezas de hiena.

Mujer de tramadura de miedo y de múltiples muertes.

Su casa en el ayer era un jardín

donde rondaban sombras de muchachas abortadas.

El hombre nacido y crecido en su jardín,

exorcizado en su dolor,

se ha descuerpado.

Y ha sobrevivido apenas su sombra

que se desangra sobre el piso.

Porque el árbol sembrado, ya crecido,

le ha bordado una rama de frutas en su paladar seco

y su rostro es solo un charco de sangre ya negruzco;

la sombra, el polvo, el sueño se levantan

llorando en los umbrales del miedo.

Porque es solo un sueño sentado en medio de los muros reales.

Sabe que será fisura del recuerdo, grito del recuerdo.

Si no le ampara el hombre.

Si no despierta a cortar su atadura.

(Navegar en lo seco, pp. 22-23)

 

Reflejo del trauma oral, en “La trama ciega” encauza la carencia de un anhelo acariciado con el impacto en la sensibilidad que el poeta rememora en imágenes originarias y personajes del Antiguo Testamento bíblico, recuerdo que horada su conciencia:

 

Esa paloma apuñalada

que besa la fisura de tus dientes: Tienes una sonrisa siempre fija 

tu boca descarnada, ríe: aunque llores o te retuerzas del dolor 

Una sonrisa, premio de haber perdido tu carne.

Absalón herido de tristandad toca el laúd de los carruajes:

Mientras, el bufón vierte una copa de sangre en el piso de mármol

Tamar rasga su vestidura de payaso;

en la hendidura de su pecho muestra la liquidez del alma,

los frágiles trazos de su cuerpo,

súbitamente oblicuo, sobre el lienzo.

El niño o el hombre o Absalón ya muerto,

miran el capirote de papel lleno de ojos encima del altar

dispuesto a la enarboladura del fuego:

Los incontables lienzos de ceniza sobre el atrio del templo

La máscara del bisonte o el elefante derribado

por el toque furtivo de la rosa;

las alambicadas señoritas inclinándose sobre los conjuros,

sus corazones flotando sobre el aire

apenas el fuego clausura su círculo de llamas.

La ceniza del hombre nevando sobre el valle.

El tumulto de miradas.

La huella de sangre sobre el camino polvoroso.

(Navegar en lo seco, pp. 26-27)

 

Alude el poeta, con “Muerte del árbol y del hombre”, a la soledad interior o soledumbre, que adviene cuando la criatura humana, carente de fe y del vínculo entre su ser y el Ser del Mundo, vive superficialmente la vida, sin un sentido trascendente, sin la motivación interior que lo conforte, sin el ideal que enciende y entusiasma, sino que es mero “árbol triste” y solitario, sin relaciones fecundas y empáticas:

 

A su lado las cosas caen o se levantan o ríen,

muere en la mordedura de su boca apestosa:

Y su grito es solo un susurro

desfalleciendo en su garganta

Y ellos serán vagamente un recuerdo,

la hilera de hombres sonámbulos

construyendo la ciudad

El árbol triste, humanamente triste:

llorando en el horror del desamparo

su corteza húmeda de sangre

mantiene al hombre flotando

sobre la ceniza de los hombres,

el árbol y el hombre solos en la negrura.

El paisaje que los hiere es otro.

(Navegar en lo seco, pp. 28-29)

 

El poeta recrea la huella que una dura experiencia inoculó en su infancia, que asume como sustancia de imágenes de vivencias cautivas:

 

Miramos por los ojos del abismo,

podrida espada del guerrero.

Si andamos de paso, huyendo hacia la muerte,

¿a quién le escribo estos poemas tan callados?

Forzando su estructura, rellenándolos de gasa,

mondándoles la infancia

como a pájaros domésticos o toscos enanos

misteriosos y tristísimos.

En este paisaje gastronómico,

donde vamos comiéndonos la momia del arenque,

hundiéndonos en sutiles manteles de veneno

¡Oh, morirnos en este acto en que un terco cuchillo

nos corta en pedazos el corazón!

(Navegar en lo seco, p. 53)

 

Centrada en la realidad trascendente a la que su sensibilidad se inclina, este genuino poeta revela la huella de una experiencia que asume un modo de sentir, al fundar en vivencias entrañables un aliento espiritual no común, al tiempo que encauza una apelación complementaria. Al atrapar el eco de una vivencia entrañable, la lírica de Noé Zayas se potencia con el aliento de la Trascendencia. Inspirada en la realidad de sus vivencias, la fe que cultiva desde niño, nutrida en la savia fecunda de la cultura bíblica, fundamenta su sensibilidad poética en la palabra que edifica los altos ideales del espíritu.

 

La pasión lírica encuentra su cauce creador en la escritura, donde el poeta canaliza el caudal de su sensibilidad estremecida. La experiencia de una vivencia superior, humana o divina, ayuda a comprender la naturaleza de cualquier experiencia interior y la necesidad de encauzar, mediante una obra de arte, el torrente que sacude la sensibilidad y, justamente, lo que la mediación artística propicia a la sensibilidad profunda es una catarsis de las emociones para conseguir la liberación interior con el correspondiente desahogo revelado en una pintura, una pieza musical o un poema, como se aprecia en esta poesía. En una recreación poética del Génesis, nuestro poeta evoca la expulsión del Paraíso, que se reitera en cada criatura humana a lo largo de la historia con un sentido de continuidad y culpa bajo la sombra de una estirpe genética que el mito rememora:

 

El hombre ya no puede incorporarse en las colinas,

no puede aullar, ni ahuyentar con el fuego a su perseguidor.

Sus manos ya no saben agarrar el cuchillo en la defensa,

toda batalla es inútil.

Sirve solo para ver incorporarse

cada vez más grande al enemigo.

Luciendo nuestro rostro o el de nuestros hijos.

Qué manera de mantenernos acobachados.

Requiriendo piadosamente el río hacia cualquier lugar

donde termine acompañando al hombre

a la pérdida total del paraíso.

Oh mi rostro, el desconocido, el extraviado

ya mi grito no es el grito del hombre: ese triste bufón de

cementerio, sintiendo nostalgia por la luna como si esta fuese su

antigua casa

si no el de la bestia que intenta ahuyentar la oscuridad.

Corro entre la multitud de disecados, la ciudad tambalea

se lame como una perra que se alimenta de sus propias heridas

y ahí, en tu jardín. Tu jardín es solo un reflejo del otro, es tan

solo el reflejo de la piedra sobre el fango

donde duermes como si añoraras el musgo o la levedad

que sentías en el agua cuando solías caminar

o dormir sobre ella.

(Navegar en lo seco, pp. 75-76)

 

Cuando los antiguos griegos descubrieron que había una fuerza genesíaca que norma el comportamiento afectivo del hombre, apreciaron en su virtualidad operativa el impacto de la energía que encabrita la sensibilidad y cabrea la conciencia, potencia que llamaron energía erótica.

 

La poesía es una búsqueda y una respuesta a la apelación de la conciencia. El poeta viaja a través del cuerpo de la amada, que atiza sus sentidos y enciende su deseo, fragua y réplica de la pasión que lo encabrita. La realidad sensorial que inspira el poema, se duplica ante su sed escrutadora. Sustancia y fuente de su indagación lírica y estética, ve un cielo en el paisaje que otea:

 

Viajo en tu cuerpo.

¡Oh, espacio, dislocación,

madeja del tiempo en sus batallas,

muerte, incertidumbre;

nadie estará el día del descenso!

Sé que la ventana por donde miro

(desolado rincón, páramo, polvo de carne y sangre)

puede ser tú, y el mirar me ha hecho un hombre triste.

Ir al pozo (sin cántaro; cárcel del agua)

dudar del paisaje que es la ventana,

luz, cuerpo tornasol de la navaja en la herida.

Y a una yarda más allá del límite (sin apresuramientos)

al niño que nos ofrece la rosa perfumada, se le dibuja,

como un escarabajo de cristal, la pobreza

por diez pesos devaluados en sus trescientas veces menos.

(Navegar en lo seco, p. 106)

 

Con el aliento de Eros en sus versos, el poeta juega a morir en complicidad con Thánatos, mediante la evocación de vivencias amatorias que dan un toque de eternidad a la pasión que embriaga. Al recrear la visión de la mística hindú, el goce de la carne perfila y sutiliza la fruición del espíritu encarnada en la palabra poética:

 

Estar vivo o muerto, da lo mismo:

el paisaje revienta de sobriedad y espesura,

estamos en el sueño como olvidados de nosotros

a plena luz del día.

Muero y no es tan diferente: sigo en lo mismo

dando vueltas, huyendo de los perros,

buscándote en el parque, en el reflejo de los árboles,

con aquel terrible dolor en las rodillas

(solo que no están tus caricias).

Y me siento en el banco del Sur que lleva nuestros nombres.

Y están los mismos viejos y las palomas

en vuelo ejecutando cabriolas, como nerviosas trapecistas en los alambres del tendido eléctrico

Allí está nuestra tumba, nuestro Taj Mahal

por el que corríamos hasta la sombra del samán

en las mañanas. Vivíamos como aquellos amantes hindúes,

que se encerraron en un pozo a hurgarse los sexos,

a comerse, a practicar el acto de amarse hasta morir.

Se levanta como una fortaleza de piedra.

Nuestra mesa está llena (con duraznos, yogur, miel, vino

y una variedad de asados y ensaladas sobre un juego de

vajillas de cerámica y oro del Japón)

sin que el hambre llegue aún.

Mis deseos atentos a tu cuerpo en penitencia…

(Navegar en lo seco, pp. 111-112)

 

Noé Zayas busca la hondura trascendente. Tanto como la belleza de las cosas, le importa la faceta contemplada, cuya esencia internaliza en la conciencia en virtud de la relación vinculante entre el contemplador y lo contemplado. Al observar la hondura de su lírica, caudal de imágenes arquetípicas, no es la palabra la que se anonada ante el misterio, sino el espíritu que se postra ante el fulgor de lo extraño. El salto del gorrión nos revela de pronto el paisaje que dibuja en su vuelo. Lo que deja en el trayecto, inunda de luz la estancia.

 

En “Paisaje sur”, el poeta se refugia en el santuario de su realidad estética, matizada por imágenes apocalípticas que reactivan los recuerdos traumáticos de la infancia, horrenda visión que le permite navegar del pasado al futuro y viceversa, en un viaje al interior de sus cuitas y tormentos provenientes de una realidad hechizada:

 

¿Cómo hemos llegado hasta aquí?

La sombra robusta de los días

se esparce en mi sangre:

es una lombriz huyendo en un tapiz de hielo.

Y esperamos que se escape el miedo,

que nos pesa en el rostro

como pieza de plomo mal tallada.

¿Quién me ha dejado aquí?

Pregunta el niño cuando va a matarlo el abandono.

El mundo es un horrendo cementerio apretujado

entre las piedras y el aire.

Y hay lloros, estallidos y cabezas

de niñas que interrogan con su último gesto

de horror entre la luz del estallido

y la sombra de su infancia.

Nos pesan los presagios

como heridas de cristales sobre el cuerpo.

No vayamos a la absurda mañana;

a la escena donde unos perros lamedores

borran la noche o al momento en que nos

ríe la muerte, cuando el hombre muere, frente al otro.

¿Por qué he de recordarme de ese cuchillo que se hundía

apresurado en la carne, alardeando, amenazándolo,

atravesando su piel, siguiéndolo hasta que el suelo

lo recibió como un lienzo de pasión irrepetible y bueno,

con un delgado sueño bajo los párpados,

con un deseo de llegarle al corazón

que le tiembla como a un árbol en el fuego

(rostizadas delicias de labios que se besan)?

Y así, como en los misterios del deseo,

algo oscuro guía esta mano mutiladora, un miedo, un dolor,

un antiguo rencor de dagas enterrándose,

lleva en su palma un lobo despierto,

una hiena hambrienta comiéndose sus dedos.

Entonces, nosotros seguimos piadosamente el río,

esa criatura conspicua y misteriosa

sobre el florecer de las caricias,

corriendo, dando saltos, aullidos

sobre las sombras de las amapolas

en la lentitud del año cuando inicia,

cuando nos muestra sus lívidas configuraciones

de infante dictador.

¡Oh, así lloramos sin lágrimas,

como cántaros secos

cuando la mano sale de cacería

hacia el corral de la  mañana!

(Navegar en lo seco, pp. 131-133)

 

En la lírica de Noé Zayas fluye y relumbra la esencia de la Creación como lumbre de luna llena, que es lo mismo que decir, viva huella de Dios.  Quien capta la esencia que lo real encierra, conoce el centro del Universo. Cercanía con la Verdad que eleva y el pensamiento que deslumbra (5). Cabreada ante el misterio, la conciencia se refugia en su guarida, como animal en acecho.

 

Lo que guarda la memoria, lo revela la luz que altera la sombra fluyente:

 

Bronce, madera tallada, imantación del agua

reflejándote a flor de piel las llamas,

tu imperturbable luz, iluminando

hasta lo más oscuro de mis sueños,

tu secreto recuerdo sembrado en mi memoria,

creciendo como un grito en medio del silencio.

Tus ojos y los míos fluyen como dos fuentes de agua

que se beben, se miran, se desnudan sin temores;

se comen a mordiscos.

(Navegar en lo seco, p. 141)

 

Bajo el fulgor de la luz, en cautivantes imágenes el poeta recrea el estremecimiento de conciencia con el aliento consentido del misterio:

 

Éramos tú, yo, la mañana y el viento susurrando.

En tus ojos se vislumbra una tormenta creciendo

hacia la noche única de nuestro encuentro.

Éramos tú, yo, el perro

y la muralla donde siempre nos golpeábamos;

el silencio de los pájaros.

Éramos el manso río, sus turbias piedras,

la rojiza tierra del hondo Sur y sus viejos rencores.

No nos apresurábamos, saltábamos sobre pequeñas

verdades ya olvidadas.

Éramos tú, yo, la madrugada

y los estallidos sobre la ciudad.

Éramos yo y el perro; tú huías entre el fuego.

Ya era solo yo, el perro, y tú,

encendidas ascendían las escalinatas

de la catedral en ruina.

Era aquel muchacho en la esquina;

tú, yo y el perro nos perdíamos en el humo.

Era la esquina; tú, yo, el perro y el muchacho

éramos fuego solamente.

¡Llamaradas!

(Navegar en lo seco, p. 150)

 

Puedo sintetizar el aporte poético de este valioso creador dominicano:

 

1. Noé Zayas asume y recrea, como aliento y sustancia de su creación poética, el fecundo linaje espiritual con el grávido fondo social, histórico y antropológico, que articula la fecunda huella de una milenaria TRADICIÓN BÍBLICA de inspiración sagrada para fundamentar la enseñanza que edifica y transforma.

 

2. Noé Zayas asume y recrea, con el talante de su sensibilidad estética, el linaje de una TRADICIÓN IMAGINARIA de inspiración clásica, simbolista e interiorista, que alienta y fecunda el arte de la palabra, con la estirpe literaria de la belleza de la forma y la hondura del pensamiento, a la luz de su experiencia personal y entrañable.

 

3. Noé Zayas asume y recrea, para sustancia y fortuna de su obra, el linaje trascendente de la TRADICIÓN NUMÉNICA de inspiración humanística cuya sabiduría espiritual encauza en su lírica mediante el torrente arquetípico de las imágenes primordiales del Protoidioma poético.

 

4. Noé Zayas asume y recrea, como base de su creación poética, el triple caudal de la sabiduría bíblica, literaria y cultural que empalma, con armonía y eficacia, al linaje de la TRADICIÓN NACIONAL dominicana mediante el concurso de voces criollas, el aporte de la intuición y el acopio de sus vivencias con un sentido de creación y edificación.

 

Es preciso que la palabra fulgure el sentido que connota. No apremia la vivencia que deslumbra. Mana al respirar la huella del Todo en sus entrañas. Por eso decía Heráclito que todo vuelve al Todo. Prado de luz la Creación, fulgura el Verbo consustanciado en la materia. Quien asume con pasión la materia que le apela, ya la está redimiendo. El sentido deslumbra la conciencia que atiza. Y alumbra la comprensión de lo existente.

 

Brillante y profundo, Noé Zayas es un moderno amanuense de misteriosas verdades poéticas en imágenes originarias. Los poetas mayores procuran el Numen de la Sabiduría Espiritual del Universo a través de imágenes arquetípicas. En tal virtud, Noé Zayas es una POETA MAYOR de nuestras letras, con una obra que enaltece la tradición poética nacional.

 

Cultor de la palabra con la connotación metafísica de lo viviente, Noé Zayas recrea poéticamente el caudal de su experiencia existencial, emplea imágenes arquetípicas del Protoidioma y asume el ámbito interior de la conciencia en la elaboración de una hermosa lírica trascendente.

 

Bruno Rosario Candelier

Encuentro del Movimiento Interiorista

Jarabacoa, Rep. Dominicana, 19 de junio de 2010.

 

Notas:

  1. Noé Zayas, Navegar en lo seco: Antología 1990-2010, San Francisco de Macorís, República Dominicana, 2009, 156 pp.
  2. En Fredo Arias de la Canal, La personalidad metafísica del poeta, México, Frente de Afirmación Hispanista, 2008, pp. 117 ss.
  3. Cfr. Fredo Arias de la Canal, Génesis del psicoanálisis literario, México, Frente de Afirmación Hispanista, 2010, p. 7.
  4. Citado por Fredo Arias de la Canal, en Génesis del psicoanálisis literario, México, Frente de Afirmación Hispanista, 2010, p. 97.
  5. En Juan Miguel Domínguez, Diarios (1990-2004), inédito. Copia mecanográfica obsequiada por el poeta contemplativo de Guadalajara al autor de este estudio.

Acerca del autor


Bruno Rosario CandelierNació en Moca el 6 de octubre de 1941. Filólogo, ensayista, crítico literario, narrador, educador y promotor literario. Es licenciado en educación por la Universidad Católica Madre y Maestra y doctor en filología hispánica por la Universidad Complutense de Madrid. Preside la Academia Dominicana de la Lengua y es miembro de la Academia Norteamericana de la Lengua Española.

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