LA CONCIENCIA DEL LENGUAJE
EN LA ENSEÑANZA DE LENGUA ESPAÑOLA

 

Por Bruno Rosario Candelier
“Llave del ser fue en un principio el Verbo;
por él se hizo todo cuanto muda”.
(Miguel de Unamuno: “La palabra”)

 A Jacqueline Cáceres,

que se regocija con la conciencia del lenguaje.

 

Factores que coadyuvan a la enseñanza de la lengua

 

El conocimiento y la valoración de la lengua tienen mucho que ver con las actitudes que, frente al sistema de signos y de reglas, tenían nuestros padres, maestros y personas de alta significación para nosotros. La experiencia personal, la lectura de libros, la formación literaria y el testimonio de intelectuales y profesores competentes, refuerza la motivación para ejercer una buena docencia, razón por la cual es pertinente despertar y potenciar la vocación por la enseñanza en las personas dedicadas a la práctica docente de la lengua española.

 

En esta jornada de reflexión sobre la docencia del español, este salón reúne a profesores de lengua española interesados en refrescar incentivos y motivaciones. El objetivo de esta convocatoria es muy explícito ya que pretendemos revivir la vocación por la docencia y el estudio de nuestra lengua de manera que podamos transmitir a nuestros estudiantes una conciencia de la lengua con el correspondiente interés por esta materia tan vital para el desarrollo de nuestras potencias intelectuales.

 

Se trata, en esencia, de enfocar temas y motivos que propicien en los docentes la gestación de actitudes y valores a favor del interés por nuestro idioma en los propios profesores de lengua, para que los planteamientos y las orientaciones les sean estimulantes y motivadores para la enseñanza de español. Asimismo, dada la situación comprobable de un conocimiento precario de la lengua, incluso entre los profesores de lengua española, es oportuno y pertinente motivar a nuestros docentes para que asuman una actitud diferente ante su propia lengua y logren impartir una enseñanza enriquecedora, interesante y entretenida para los alumnos.

 

Es oportuno enfocar aspectos que resulten de especial interés para los profesores de lengua española. Por ejemplo, el dominio de los temas, la técnica de enseñanza, las actitudes ante la lengua, la asignación de tareas, el uso de recursos audiovisuales, el incentivo mediante tareas y otros asuntos que entusiasmen, con la impartición de una buena docencia, que sin duda ejerce una efectiva influencia en la conciencia de nuestros estudiantes.

 

La situación de la enseñanza en República Dominicana no es auspiciosa. No solo en la lengua española, sino en cualquier disciplina. En el ámbito de la lengua hay que insistir menos en aspectos que se repiten cada año, como la sintaxis, que debería dejarse para la etapa de la escuela secundaria y enfatizar el conocimiento del vocabulario, la práctica de la redacción y, sobre todo, la comprensión de la lectura mediante textos adecuados en prosa y verso que trasmitan verdades con belleza. Por suerte, obras con esas condiciones no escasean en nuestra literatura. La valoración de la belleza, promovida con un buen comentario de texto, es una magnífica ocasión para despertar el interés por la lengua, así como la sensibilidad espiritual y estética, una vez desentrañadas las dificultades léxicas derivadas de un vocabulario inapropiado y reducido.

 

La motivación para los profesores tiene que proceder desde dos perspectivas concretas: la concepción del deber y la vocación por el saber, con lo cual obramos en el primer caso por compromiso y en el segundo caso por placer. Aunque las decepciones abundan en el campo de la docencia, de pronto descubrimos en una explicación de textos o en un examen rutinario una frase o un comentario que hemos dicho en clase y para nuestra complacencia experimentamos la grata sensación de que HEMOS SIDO ESCUCHADOS. Así que no debemos cejar en nuestro empeño de sembrar, educar, orientar...con la convicción de que, aunque los resultados no sean los mejores, nuestras palabras dejan huella. Esa percepción importa ya que genera en el profesor un sentimiento de satisfacción y recompensa intelectual, emocional y espiritual. En mi experiencia puedo testimoniar momentos maravillosos tras la lectura de un poema o fragmentos de relatos con un pensamiento profundo y he podido apreciar la concentración de mis alumnos y un inusitado interés por temas aparentemente distantes de sus inquietudes cotidianas.

 

La selección de libros o textos de ilustración es importante ya que la lectura, si es obligada, ha de estimular la curiosidad de los estudiantes hacia el saber. Ha de procurarse obras que tengan novedad y actualidad o que signifiquen algo para sus inquietudes y edades. La lectura de capítulos del Quijote o los clásicos de la tragedia griega en primero o segundo curso del bachillerato suele ser contraproducente. La inmadurez de los estudiantes de ese nivel convierte esas grandes obras de las letras universales en fuente de aburrimiento, cuando, años después, en una edición bien comentada, como la de Martín de Riquer, puede motivar un genuino goce para mentes mejor formadas.  Sabemos que la palabra bien manejada es una expresión del arte y, en cuanto arte, es difícil no despertar la emoción que genera la vivencia estética. El mayor problema radica, como dice el experimentado profesor español y poeta interiorista de San Lorenzo de El Escorial, José Nicás, en que buena parte de los profesores de lengua no se sienten artistas, sino simples trabajadores (sin que ello presuponga negar la entrega con que acometen su dura labor en un ambiente de indisciplina poco auspicioso) (1).

 

Un factor perturbador es la indisciplina de los estudiantes y la pérdida de autoridad de los profesores, tiempo que se pierde y desaliento que genera la indisciplina de los estudiantes, lo que afecta la calidad de la enseñanza por la tensión, el estrés y el desgaste que acarrean esos comportamientos díscolos, en lugar de entregarse a satisfacer las necesidades espirituales propias y de los alumnos que se ven arrastrados por el mal ejemplo de una minoría que siembra en los demás la incuria y el desinterés.

 

El entusiasmo siempre ha sido clave para el éxito de una buena enseñanza, una disertación o una conferencia, ya que puede contagiar y estimular a los oyentes. Supone un esfuerzo de persuasión pensar que efectivamente realizamos una buena obra, que la docencia es el medio que hemos elegido no solo para vivir sino para encender el entusiasmo y la creatividad y contribuir a cambiar mentalidades atrasadas por mentalidades encaminadas hacia la idea de crecimiento y ascenso espiritual. Un buen profesor no es un mero eslabón en el proceso productivo de una fábrica, sino el transmisor, el mediador entre la herencia espiritual del pasado y la ruta ascendente hacia el futuro mediante el legado lingüístico de un pueblo cuyo derrotero y avance está en las manos de quien imparte la docencia. Si tenemos la convicción de que la lengua es el vehículo del pensamiento y la creatividad, vamos a experimentar el sentimiento de la más alta fruición por la elevada misión que realizamos. Y, sobre todo, la convicción de que podemos acceder a los bienes de la cultura, con la satisfacción de entender y disfrutar las creaciones más sublimes y edificantes de nuestros ilustres antepasados que honraron con la palabra la faceta luminosa de la condición humana.

 

 

 

Motivación para el profesor de lengua española

 

 

 

Sé que es difícil motivar a profesores carentes de motivación, pero algo hay que hacer para recrear un entusiasmo, si lo hubo alguna vez, o sembrar un nuevo aliento donde no lo hubo nunca. No debemos olvidar que si la palabra se impregna de valor, ideal y fervor, podría encauzar un rumbo enaltecedor y auspicioso en la formación intelectual, el crecimiento del espíritu y la creatividad.

 

Los seres humanos procuramos orientación en la vida, mientras atendemos diferentes necesidades, intereses y pautas de actuación en nuestro medio sociocultural. La motivación o su carencia influyen, con otros factores, en el éxito de la educación, formal o informal, con las consecuencias que la disciplina imprime al aprendizaje.

 

Según el Diccionario de la Real Academia Española, motivación es el “ensayo mental preparatorio de una acción para animar o animarse a ejecutarla con interés y diligencia”. La motivación comporta un impulso intelectivo y afectivo para hacer algo, ya que enciende el interés del sujeto para hacer lo que tiene que hacer. A la energía creadora, que subyace en nuestro potencial profundo, le sigue el impulso de creación para hacer algo, indispensable para poner en acción la fuerza de la voluntad con tesón y eficacia. Todo lo grande requiere esfuerzo y entusiasmo para plasmar con eficacia la obra que emprendemos.

 

La motivación para emprender una tarea educativa debe ser entendida en atención a las condiciones intelectuales, morales y espirituales de los educandos, pues cada criatura humana tiene condiciones peculiares y una vocación peculiar que está sujeta a sus potencialidades y posibilidades.

 

Para el éxito en la enseñanza de la lengua, hay que enfocar la motivación. Para motivar a un profesor hay que proporcionarle las condiciones que le permitan realizar su tarea, pues, de lo contrario, trabajará para obtener un sueldo que le garantice su subsistencia. Si damos por supuesto que las condiciones materiales del aula y los alumnos están medianamente satisfechas, la problemática que entraña la falta de motivación en los docentes del idioma es una realidad no solo de la República Dominicana, sino que parece una realidad global, tanto en los países de habla hispana, sin excluir al país que originó nuestra lengua, como a los países que en otro tiempo eran modelos de enseñanza y de la alta cultura.

 

Al centrar nuestro interés en la motivación de los docentes de lengua española, conviene advertir que, en cualquier área de la educación, la motivación desempeña un importante rol en la psicología de la enseñanza, ya que la experiencia revela que la motivación en el docente se funda en una especial simpatía por la materia que enseña. Si el profesor cuenta con la pertinente motivación, podrá inspirar una actitud positiva hacia su materia y, en tal virtud, despertará inquietudes y entusiasmo en sus discípulos, con la satisfacción de cumplimentar, de forma creadora, las inclinaciones intelectuales, morales, estéticas y espirituales.

 

La motivación en la enseñanza de la lengua española, desde la dimensión afectiva hasta la vertiente espiritual, ha de inspirar en los docentes la convicción de que está a su alcance satisfacer inquietudes humanísticas y científicas, así como algunas de las expresiones de los sueños humanos. En su condición de co-protagonista del acto docente, al profesor se le supone capacitación, disciplina y organización para canalizar o motivar el anhelo de preparación intelectual de sus discípulos, pues si hay una profesión que debe renovarse, actualizarse  y adecuarse a la realidad cambiante de los tiempos es la labor docente.

 

Quien labora en la enseñanza de su propio idioma debe saber que realiza un trabajo muy importante para el desarrollo del intelecto y la cultura. El hecho de enseñar requiere una vocación que inspire a dar lo mejor de sí a aquellos cuya educación está en sus manos. El maestro debe estar consciente de sus actitudes y valores, ya que es referente para sus alumnos. El educador es un guía y si está movido por grandes ideales será fuente de inspiración para sus alumnos. De ahí la importancia de que los docentes se sientan motivados para llevar a cabo la hermosa misión que desempeñan, circunstancia que les ayudará a realizar mejor las funciones a su cargo.

 

Para los docentes de la lengua española hay algunas sugerencias motivacionales específicas, enfocadas en tres vertientes o aspectos para impulsar el interés de los docentes en la enseñanza del idioma. Esas vertientes se corresponden con la dimensión intelectual, afectiva y espiritual.

 
 

1. Trabajar la autoestima que favorezca su formación académica y su desarrollo intelectual en el conocimiento de la lengua.

 

2. Adquirir un adecuado nivel de preparación para lograr una enseñanza efectiva del idioma, de manera que sus educandos aprendan la lengua por su valor intrínseco y su mediación de conocimientos y relaciones.

 

3. Estudiar y asumir la lengua como la disciplina fundamental para sembrar en los alumnos una genuina motivación que inspire y aliente su identificación, valoración y estudio.

 

4. Procurar una cabal capacitación sobre los temas de lengua para que la docencia será efectiva y provechosa.

 

5. Reconocer que el maestro cumple una labor esencial como lo es la enseñanza y conocimiento de la lengua materna de sus alumnos. Entre el profesor y los estudiantes, así como entre ambos y el idioma hay un vínculo entrañable que se potencia cuando valoramos la importancia de hablar, leer, escuchar y comprender correctamente el sistema verbal de signos y de reglas.

 

El profesor que posee una adecuada motivación para enseñar la lengua que habla ha de saber lo que anhelan sus estudiantes y, en la medida de lo posible, buscar la manera de satisfacer esas inquietudes mediante investigaciones pertinentes, con técnicas y recursos de enseñanza que despierten la curiosidad intelectual, con tareas que estimulen el deseo de saber y el interés de progresar, lo que se puede incentivar mediante oportunas actividades, temas y contenidos que conciten un genuino interés por el conocimiento de la lengua. Se puede pasar del lenguaje como fin en sí mismo al lenguaje como medio para un juego, una actividad creativa, etc.

 

La motivación es siempre posible en atención a los diferentes factores que la concitan. La motivación depende del amor y de la identificación que experimentemos con lo que hacemos. Si el profesor sabe canalizar una oportuna motivación, podrá generar una actitud positiva, inspiradora y estimulante hacia la lengua misma. Desde luego, la valoración por la propia lengua ha de motivarse desde la etapa inicial de la formación escolar.

 

Las motivaciones específicas para los profesores de lengua española pueden sintetizarse en las siguientes consideraciones: a. La concepción de que la lengua es la herramienta indispensable para socializarse e interactuar con los demás. b. La convicción de que el profesor se sienta forjador de conciencia y, en tal virtud, responsable del buen uso del lenguaje en sus estudiantes. c. La percepción de que, mediante el dominio de un léxico abundante y apropiado, forjamos el horizonte intelectual de nuestra visión del mundo. d. La persuasión de que, mediante el uso adecuado del lenguaje, tendremos éxito en nuestras operaciones intelectuales y creativas. e. La determinación de que una buena enseñanza del idioma es indispensable para que nuestros alumnos puedan aprender adecuadamente la lengua, lo que favorece su formación intelectual, espiritual, artística y científica.

 

 

La conciencia lingüística en la formación intelectual

 
 

¿Qué despierta en la conciencia y la sensibilidad de las personas el interés por la lengua y cómo se desarrolla la CONCIENCIA LINGÜÍSTICA?

 

Sé que algunas personas, desde temprana edad, tienen una clara conciencia de su lengua y, en consecuencia, esa valoración es un poderoso estímulo que les ayuda a despertar el interés y el desarrollo de determinadas habilidades, conocimientos y pericias. En mi caso particular, estimo que mi padre fue un factor determinante en ese sentido puesto que, desde pequeño, me llamaba la atención el hecho de que, en su tiempo libre, tenía en sus manos un libro, una revista o un periódico. También me sorprendía la correcta pronunciación y el vocabulario escogido con que mis tías empleaban la lengua. El autor de este trabajo se crió en un campo de Moca, una población del interior de la República Dominicana, donde, por razones que no es el momento de enfocar, la variante del español dominicano se manifiesta con deficiencias en la pronunciación, pobreza de vocabulario, impropiedad en el significado y abundantes faltas ortográficas en la escritura. Sin embargo, en la escuela no se nos permitía hablar mal o tener faltas ortográficas, lo que indicaba que había buenos profesores con conciencia de su lengua. Tuve un profesor que era implacable con los errores gramaticales y nos exigía una redacción correcta y elegante. Era una cuestión de honor personal y orgullo legítimo expresarnos con esmero, corrección y propiedad, ya que vivimos en un país en el que se habla con deficiencias léxicas, fonéticas y ortográficas. Creo que los estudiantes percibíamos la necesidad de conocer mejor la lengua ya que era de vital importancia expresarnos correctamente. Los profesores salesianos que me transmitieron la formación humanística en el bachillerato y los sacerdotes jesuitas que completaron mi formación filosófica en la universidad fueron fundamentales en mi desarrollo intelectual y espiritual. La disciplina era importante y en todas las materias, como debía ser, se exigía la aplicación de conocimientos de caligrafía, ortografía y sintaxis. Las materias relacionadas con la lengua eran privilegiadas por todos los profesores. Se nos exigía fidelidad a la caligrafía Palmer, junto a la limpieza de los cuadernos y el cuidado en la entrega de investigaciones y tareas. Y ni hablar de las faltas ortográficas, que se reprimían sin piedad.

 

Puedo asegurar que he tenido las mismas exigencias con mis alumnos. Cuando les explicaba las reglas gramaticales les hacía saber que la limpieza expresiva era la antesala del pensamiento ordenado y genuino. Aunque muchos despreciaban tales exigencias, otros tantos terminaban valorando el alcance de esa normativa para beneficio de su desarrollo cultural, razón la cual podían finalmente percibir que todo lo relacionado con nuestro lenguaje es importante para encajar en la esencia de la cultura y el saber.

 

En estos tiempos las exigencias han cambiado. No se puede corregir con firmeza porque se trauman los alumnos. No se puede ejercer exigencias porque se quejan ante el director. No se puede incomodar al niño porque se desmotiva para el estudio. Resultado, unos estudiantes con pobre formación intelectual, desinteresados por el estudio, desmotivados por la lectura, conectados a la Internet y adictos al chateo. No nos damos cuenta de que hay alumnos consentidos que pretenden llamar la atención para que se les toleren sus ñoñerías. Por eso, los modelos humanos son fundamentales en la formación seria y rigurosa para canalizar nuestras inclinaciones, preferencias y rechazos. Los adultos disciplinados de la época anterior a la nuestra decían que su formación, con los paradigmas de Albert Schweitzer, Alexis Carrel o Nikos Kazantzakis, que el mundo de ayer, a la manera antigua, moldeó su actitud ante la vida, fraguada en una escuela con disciplina espartana para educar el carácter y las inclinaciones intelectuales, morales y espirituales. Los estudiantes de mi generación fuimos educados bajo la consigna de “la letra con sangre entra” y la verdad que ese método daba buenos resultados: o aprendías o te echaban de la escuela. Hay que entender que no todo el mundo tiene vocación para el estudio y la disciplina intelectual. De alguna manera, los modelos humanos que tuvimos desde nuestra más tierna infancia lograron comunicarnos la trascendencia del lenguaje, el valor de la verdad y la estimación por la belleza y los valores sublimes. Enfatizaban que una persona revela lo que es por la forma como habla, ya que el buen decir es un reflejo del buen pensar. La excelencia se muestra por mediación del lenguaje.

 

Cuando le pregunté a Jacqueline Cáceres, veterana de la comunicación y lectora voraz, cómo despertar en el profesor de lengua española la MOTIVACIÓN y el AMOR POR SU LENGUA para que dé una buena clase de español, me aseguró que para hallar la manera de motivar a los profesores, eso que los empuje a dar su capacidad plena, deberíamos aplicarles a cada uno un test de pasión. ¿Qué tanto interesa a ese profesor lo concerniente a la lengua? ¿En dónde se encuentran sus talentos, sus inclinaciones y su vocación? Recomendó enfocar todo aquello que incentive su pasión y su sensibilidad estética. Pero hay tantos caminos como personas en el mundo. Y la experiencia de cada individuo es única, singular y peculiar.

 

Tenemos la experiencia de que nuestros mejores maestros fueron aquellos que estaban enamorados de su materia, que sentían pasión por la misma. Trataron de contagiarnos de sus sentimientos (porque quien ama busca del otro el amor recíproco). Recordamos a aquellos profesores que enseñaban con fervor y pasión. Se trata de poseer un entusiasmo por la materia que se enseña y ya sabemos que entusiasmo viene del griego Entheos, que significa ´estar en Dios´, recibir el influjo divino en la sensibilidad y la conciencia. Percibimos en los buenos maestros un amor increíble por la materia que enseñan. Tuve un profesor de lengua española que nos hablaba de Castilla con un ideal de leyenda y describía sus viajes por Alcarria, los paisajes de la meseta castellana con pasajes de Cervantes y otros autores españoles. A través de sus relatos y vivencias nació en varios de nosotros un fervor por España, el anhelo de conocer mejor la lengua, de dominar las raíces etimológicas de las palabras, de entender el sentido de determinadas metáforas y, sobre todo, de poder plasmar en la escritura intuiciones y sentimientos fraguados en el buen decir.

 

Cada docente debería enseñar la materia hacia la cual siente determinada apelación o complacencia. Sabemos, lamentablemente, que hay personas que carecen de las condiciones necesarias para ser docentes y la vida los ha llevado a ese trabajo, aunque sean incapaces de buscar aquello que anhelan o de rechazar lo que contraviene el crecimiento de la conciencia. Si cada quien eligió la profesión a su medida, entonces la motivación fluye de manera espontánea. Porque si no se tienen las condiciones intelectuales y espirituales para sintonizar con la onda que cada disciplina entraña, de nada vale hablar de identificación, motivación y, mucho menos, de amor por lo que no se está inclinado naturalmente. Hay personas muy buenas para las matemáticas o la física, así como las hay con las mejores condiciones para las humanidades.

 

A los profesores hay que evaluarlos con criterios precisos para determinar el grado de excelencia en las materias que imparten. Y hay que establecer incentivos para los que demuestren condiciones de auténticos docentes. Es importante determinar qué tipo de profesor tenemos entre manos. Los que estén por encima del promedio deben recibir una remuneración consecuente.

 

Concha Maldonado, la destacada lexicógrafa española de la Editorial SM de Madrid, ha dicho que hay que reinventar la motivación intelectual para mantener viva la inquietud por nuestra lengua, tanto en los profesores como en los estudiantes. Se trata de “resucitar en ellos la vocación por la docencia y por el estudio, esa vocación que el día a día en el aula gasta y desgasta tanto...” Con ese fin es oportuno pensar en el desarrollo de temas y motivos que les interesen como amantes de la lengua y les sean útiles como profesores de español. Preparar cada día una clase activa y atractiva no es fácil, pero hay que esforzarse por conseguir que la docencia sea enriquecedora y entretenida.

 

¿Cómo se crear en los estudiantes el INTERÉS POR LA LECTURA o el deseo de leer? He aquí otro asunto espinoso. ¿Qué puede hacer "clic" en la conciencia de un individuo? ¿Qué despierta su sensibilidad y su conciencia? ¿Cómo motivar la lectura en personas que nunca han leído un libro? Esas cuestiones me las he formulado mil veces como lector, como profesor, como escritor. Ejercí la docencia de lengua española durante 40 años y cada curso lo iniciaba con este pasaje de Pedro Salinas: “Está el hombre junto a su lengua, como en la margen del agua de un estanque, que tiene en el fondo joyas y pedrerías, misterioso tesoro celado. La mirada no suele pasar del haz del agua donde se reflejan las apariencias de la vida con belleza suficiente. Pero el que hunda la mano más allá, más adentro, nunca la sacará sin premio” (2).

 

Confieso que no sé exactamente cómo motivar la inclinación por la lectura. Pienso que lo primero sería incentivar a los padres a leer. Porque una realidad indiscutible es el hecho de que aprendemos a través del ejemplo. Dije que crecí viendo a mi padre leer y nunca me dijo que leyera. Y un buen día, yo comencé a leer, hasta el día de hoy. Lo segundo sería revisar los libros de texto que tenemos que leer desde la escuela primaria. En el nivel medio (y hasta en la universidad) se asignan obras sumamente pesadas, inadecuadas para los iniciados. Y es cierto que debemos conocer las principales creaciones de nuestro idioma, pero a nadie le interesa Fuente Ovejuna, con todo y los méritos que tenga. Hay lecturas que se ordenan como actividad extracurricular y los estudiantes buscan la manera de evadirlas porque no les interesa.

 

En la educación formal existe la creencia de que debemos conocer todo aquello que fomenta nuestra cultura y que ha dado sentido a los pueblos. Es verdad que hay obras fundamentales que es preciso conocer. Es verdad que no es necesario leer todos los libros considerados obras maestras. Sin embargo, nunca advertimos que esas glorias de las letras universales no concitan el interés entre los adolescentes y los jóvenes, con todo el amor y la dedicación que les consagre el profesor.

 

Hay una carencia de imaginación en los libros de texto. El principio del interés es inmutable y sencillo: nos encanta aquello que nos divierte y rechazamos lo que nos aburre. Ese principio tiene cabal asidero en la juventud de nuestro tiempo, ya que tiene a su alcance importantes medios tecnológicos de entretenimiento y siente una especial atracción por los juegos electrónicos.

 

Un educador debe tener en cuenta que hay cada cosa para cada edad. La madurez que los adultos hemos alcanzado ha sido fruto de muchos procesos y vivencias que se han ido acumulando a lo largo del tiempo y esa madurez nos permite apreciar muchas cosas que antes jamás habríamos disfrutado. El comportamiento del desarrollo humano revela que las personas con alto desarrollo espiritual poseen una paz inspirada en imágenes agradables y son esas imágenes las que propician una vida serena y feliz, como la de los sabios, iluminados y místicos, que experimentan mansedumbre, paz interior y un sosiego de dicha y alegría (3). Pero para llegar a ese estadio de la conciencia hay que escalar años y peldaños, que no se compran en botica.

 

Asimismo, hay obras para cada edad y determinados niveles de comprensión como son los enfoques estilísticos, de contenido o de algunas connotaciones simbólicas o culturales. Cuando obligamos a leer cosas para las que nuestros alumnos no están preparados lo que hacemos es inspirar miedo y rechazo a la lectura y entonces los estudiantes infieren una conclusión inevitable: LAS GRANDES OBRAS SON ABURRIDAS. ¿Y quién, en esta vida, quiere aburrirse? Hay suficientes problemas en el mundo como para salir a buscarlos.

 

Hay varios asuntos a ponderar para llegar al corazón de los lectores potenciales: 1. Una tipografía demasiado pequeña, que requiere un esfuerzo de atención. 2. Obras demasiado voluminosas, que dan miedo leerlas. 3. Un contenido que no interesa (debe ser un material adecuado para un iniciado). 4. Una obra profunda y complicada. (El contenido debe ser divertido y ligero en la primera etapa. Es importante que las primeras lecturas nos provoquen curiosidad, pasión y sed de aventuras, etc.). Los gringos son geniales en esta materia, por lo menos en el cine. Diseñan películas específicas para adolescentes (la chica bonita, el tipo tímido que triunfa y al final se lleva a la más bella, etc.). Y se inventaron la edición reducida de las grandes obras.

 

Los lectores de los años ´30 leían los cuentos de Calleja, que llegaban de España y las revistas Carteles y Bohemia, procedentes de Cuba. En los años ´50 eran muy populares las revistas Selecciones y a partir de los ´60, las ediciones de Vanidades y Cosmopolitan atraían la atención no solo por su formato con ilustración atractiva sino por sus  cuentos y estampas sobre temas de interés general, especialmente para la juventud. Muchos jóvenes de la generación de los ´80 y ´90 comenzaron a leer a temprana edad los paquitos de "Sussy, secretos del corazón", así como novelas policiales. Pero cuando se trataba de leer la obra asignada por el colegio la reacción era de desplante y menosprecio. Muchos de esos estudiantes optaban por leer fotonovelas, entretenidas con ilustración y todo. Eran novelitas románticas y se leían sin esfuerzo. En muchas mujeres tuvieron gran impacto las novelas de Corín Tellado y Caridad Bravo Adams, que traían las revistas del corazón, como Vanidades y Cosmopolitan. Jacqueline Cáceres me comentó que una vez, al ver a su madre enfrascada en la lectura de una de las novelitas de Corín Tellado le  preguntó: "¿Qué le encuentras a eso? ¿Cómo puedes leer todas esas letritas tan pequeñas? ¿Algo tan largo y difícil?" Entonces su madre le dijo: "Ay, son buenísimas. Mira, léete esta y me cuentas..." Me confesó que le fascinó tanto, que se leyó la colección completa, así como se leyó también la colección de novelas policíacas. Se trata, desde luego, de una lectora voraz y adicta a las novelas. Después, pasó a leer las llamadas novelas rosa, como "Julia", "Jazmín", novelas de vaqueros, etc., etc. Había descubierto el placer de leer y se volvió adicta a la lectura. Luego pasó al género de suspenso, con Agatha Christie. Se enfermó de tanto leerlas. Esas lecturas, por superficiales que parezcan, cumplen un cometido en el desarrollo de la intelectualidad, al tiempo que propician cierto disfrute imaginativo y cultural (4). La lectura de cualquier subgénero conduce a obras más refinadas y profundas, como las narraciones de Gustave Flauvert, Edgar Allan Poe, Nikos Kazantzakis y Thomas Mann o afamadas novelas de nuestra lengua, como las de Camilo José Cela, Alejo Carpentier, Carlos Fuentes o Gabriel García Márquez.

 

El ejercicio de leer cualquier librito, periódico o revistilla aparentemente sin importancia, contribuye a eliminar el temor a los libros de gran extensión. Esos libros relatan historias fascinantes de otras culturas y van creando en el ánimo de los lectores el deseo de conocer más a fondo la vida y de leer obras de más peso. Llegará el momento de ´entrarle´ a la lectura de los clásicos, a la "buena literatura". Esas lecturas ligeras de vez en cuando hacen referencia a Homero, Dante, Shakespeare, Goethe, Cervantes, Víctor Hugo, Tolstoy... y en algún momento nace el interés por conocer sus grandes obras.

 

Los que se inician en la lectura de temas suaves y agradables, a su debido tiempo experimentan la necesidad de formarse seriamente y, en consecuencia, de leer las grandes obras de la literatura universal. Llega la etapa en que se siente el apremio, como lector exigente, de pasar a leer lo que realmente contribuye al conocimiento de la alta cultura y al ascenso del espíritu y entonces pensamos en lecturas de las obras trascendentes. Si en el momento apropiado aparece un buen profesor que encienda el entusiasmo y aliente la conciencia, se abre otro horizonte intelectual, estético y espiritual. Entonces procuramos las enseñanzas de Platón, de la Biblia, de Rabindranah Tagore… Con razón dijo Plutarco que “Las almas no son vasos que se han de llenar, sino antorchas que se han de encender”. Al despertar de las inquietudes intelectuales, espirituales y estéticas le sigue la necesidad de leer las obras fundamentales de la cultura universal y si no podemos comprar libros, buscamos a quien los tenga para pedirlos prestados.

 

 

 

Motivaciones por la enseñanza de la lengua

 

 

 

Es importante que todo profesor valore la dignidad del magisterio. De la palabra latina magis, ‘más’, se deriva magíster, ´el que más´, vale decir, el que más sabe, el que más conoce. Se supone, entonces, que los enseñantes deben honrar el significado de la palabra que define su profesión o su tarea, vinculada de alguna manera a la ciencia, la cultura y la sabiduría.

 

Esa conciencia permite entender la elevada misión que implica enseñar para transmitir conocimientos que transformen las conciencias. Los antiguos griegos hablaban del numen, concepto que asumían como el vínculo sagrado con la sabiduría universal. Porque la palabra nos conecta con la sabiduría universal de la memoria cósmica, aunque para llegar a ese elevado estadio del saber hay que escalar previamente importantes peldaños del conocimiento.

 

Para conseguirlo, es preciso motivar el desarrollo de la inteligencia y la sensibilidad (no influir o inducir desde fuera, sino concitar su gestación desde dentro) mediante los conocimientos apropiados y las motivaciones oportunas. Para ello es importante que nuestros profesores adquieran la conciencia lingüística y sepan transmitirla a nuestros estudiantes.

 

El buen profesor de lengua ha de lograr el desarrollo de:

 

1. LA CONCIENCIA LINGÜÍSTICA, vinculada al plano de la inteligencia.

 

En la antigua cultura griega, Heráclito intuyó el concepto de Logos como energía interior de la conciencia, vale decir, como el fundamento de los demás saberes. Para despertar la conciencia lingüística en nuestros estudiantes es preciso realizar algunas operaciones, como corregir con firmeza los errores, hacer ver el valor de la palabra y asumir la lengua como la base del crecimiento y desarrollo.

 

2. MOTIVACIÓN ESPIRITUAL, vinculada al plano de la sensibilidad.

 

La palabra canaliza la potencia de los sentidos físicos y metafísicos en  orden al desarrollo intelectual, espiritual y la creatividad. La lengua garantiza no solo una buena comunicación, sino el reconocimiento de las apelaciones profundas de la sensibilidad y la conciencia. Y desde luego, es la base de los demás conocimientos y del usufructo de la cultura académica.

 

3. MOTIVACIÓN LITERARIA, vinculada al plano de la espiritualidad.

 

La palabra encauza el deseo de saber (Eros, para los antiguos griegos, comprendía el impulso para el crecimiento espiritual, el anhelo de desarrollo, el deseo de medrar). Mediante sus atributos gnoseológicos, el lenguaje ensancha el horizonte mental ya que despliega las inclinaciones intelectuales, morales, estéticas y espirituales.

 

4. MOTIVACIÓN HUMANA, vinculada al plano de la voluntad.

 

Al subrayar la importancia de la toma de conciencia de nuestra relación con la lengua, nos permite establecer el vínculo de la palabra como lectores, como docentes y como creadores.

 

De ahí la importancia de concientizar sobre el rol del profesor como despertador de conciencia. Es oportuno destacar cómo sienten los profesores que sus estudiantes se relacionan con la lengua y, desde luego, ponderar las deficiencias notorias, subrayar las virtudes lingüísticas y consignar el orgullo de hablar esta lengua y la satisfacción de ser sus portadores y promotores.

 

Los buenos hablantes han desarrollado la conciencia de la lengua, razón por la cual la estudian, la cultivan, la perfeccionan. Un buen profesor, como hablante con conciencia de su lengua es:

  1. Un cultor de la palabra que estudia y profundiza el dominio de los códigos esenciales de su lengua, como la gramática, la ortografía y el vocabulario.
  2. Un hablante ejemplar de su lengua que cultiva y aplica las cualidades del lenguaje como la propiedad, la claridad, la corrección y la elegancia en la expresión.
  3. Un defensor y promotor de la esencia y la unidad de nuestra lengua para la conservación del genio de nuestro idioma con sus atributos intelectuales, estéticos y espirituales.
  4. Un usuario de la palabra que respeta, valora y enaltece lo peculiar de nuestra lengua en sus principios, ideales y objetivos.
  5. Un protector del patrimonio lingüístico heredado de nuestros mayores, herencia que nos define como hablantes de la lengua que enaltecieron grandes escritores de España, como Antonio de Nebrija, Gonzalo de Berceo, Miguel de Cervantes, san Juan de la Cruz, Víctor García de la Concha, así como de América, como Rubén Darío, Pablo Neruda, Carlos Fuentes, Mario Vargas Llosa, Juan Bosch y Luce López-Baralt, entre tantos grandes creadores que han hecho del español el instrumento de su talento creativo.

Paralelamente hay una motivación didáctica que hemos de tomar en cuenta. Hay que enseñar con ejercicios estimuladores, como:

 

-Películas inspiradas en obras literarias

 

-Semblanza biográfica en forma documental (al modo como lo hace TVE)

 

-Reporte de lecturas vinculadas a sus propios intereses e inquietudes:

 

-sobre su pueblo o su barrio, con sus peculiaridades y aportes

 

-sobre su deporte favorito o cualquier otro pasatiempo

 

-sobre alimentos predilectos o manjares típicos de la comunidad

 

-sobre música popular, con la ponderación de las figuras del canto

 

-sobre paseos y ejercicios, con las ventajas para el desarrollo físico

 

-sobre baile, danza o cualquier otra expresión artística

 

-sobre grupos de lectores o de creadores para incentivar el cultivo de la palabra, la imaginación y la creación, etc.

 

Se puede también orientar la enseñanza de la lengua y la literatura como entretenimiento (con ese fin, se pueden identificar los gustos y los intereses de los estudiantes). No olvidemos que estudiantes aburridos, producen profesores aburridos y viceversa.

 

No podemos obviar la existencia de factores negativos que arroja la realidad:

 

-Profesores de lengua española sin interés por su conocimiento y sin vocación por su estudio y la lectura.

 

-Estudiantes desinteresados por su formación intelectual.

 

-Hablantes con deficiencias de su lengua: pronunciación defectuosa, pobreza de vocabulario, uso de términos soeces y vulgares y faltas ortográficas.

 

Por suerte, contamos con remedios correctivos, como los siguientes:

 

-Realización de ejercicios de lectura expresiva para mejorar la dicción, la comprensión y los conocimientos.

 

-Aumento de vocabulario mediante lecturas que reflejan un contenido edificante en forma bella. Es pertinente enfatizar que el conocimiento de la palabra es la base del aprendizaje ya que comprende la clave simbólica del concepto, que sintetiza el conocimiento del mundo y de la experiencia. En ese sentido, la comprensión de lo existente depende en gran medida de la riqueza y la propiedad del léxico.

 

-Fomento de tareas de redacción sobre temas del interés de los estudiantes.

 

-Cultivo de la belleza a través de la lectura de obras atractivas. El florecimiento de la literatura revela la grandeza de la creación de poesía y ficción, así como el alcance de la palabra y la potencia de la creatividad.

 

-Trato frecuente con obras que ilustren el contenido de la enseñanza mediante el método inductivo, sin tantas teorías, reglas o principios que desensibilizan y desagradan.

 

-Esfuerzo consciente de la voluntad para concitar la atención. La atención es la clave para el desarrollo de la inteligencia, la memoria y la comprensión.

 

-Lectura de pasajes breves y atractivos que generen imágenes agradables. Jamás asignar en primaria la lectura del Quijote de Cervantes o La guerra y la paz de Tolstoy, sino selecciones escogidas de, por ejemplo, Platero y yo, de J. R. Jiménez o Viaje a la Alcarria de Camilo José Cela o poemas de Antonio Machado o Federico García Lorca, pero no poemas de Federico Hölderlin o William Worthsword, que son para el nivel universitario de letras.

 

-Organizar seminarios, conferencias, coloquios, conversatorios y talleres sobre asuntos de lengua para actualizar a los profesores y motivar su vocación didáctica, su formación intelectual y su renovación académica.

 

-Igualmente es importante que la dirección del plantel escolar encomie a los buenos maestros con el reconocimiento de sus méritos, esfuerzos y aporte.

 

A los profesores, por supuesto, hay que motivarlos. Si el docente no tiene amor por lo que enseña, al menos debería experimentar el celo o el cuidado en hacerlo bien, aunque ese esmero obedezca a un orgullo personal ante su responsabilidad como profesor. Hemos de subrayar la concepción kantiana del deber, convenciéndonos de que estamos obligados a enseñar bien.  El deseo de hacerlo bien genera una actitud positiva, importante para la eficacia educativa, lo que redunda en beneficio intelectual, moral y espiritual. En atención a esa finalidad, hay varios aspectos correlativos, que hemos de tomar en cuenta:

 

1. El profesor de lengua ha de tener dominio de la asignatura, lo que hace que el docente se sienta seguro y esa seguridad aumenta la autoestima y la convicción de que enseña bien o puede enseñar bien.

 

2. Además de lecturas obligatorias, hay que asignar lecturas optativas, dándole libertad al profesor para que él elija las lecturas o los materiales didácticos, así como celebrar certámenes de lecturas y de creación literaria entre los alumnos para incentivarlos.

 

3. La conciencia de que enseñar lengua española es un privilegio ya que enseñamos lo que funda la base de nuestra cultura.

 

4. La convicción de que la formación lingüística de nuestros alumnos depende de nuestra preparación constituye una honrosa encomienda que enaltece la labor docente.

 

5. La persuasión de que, como profesor de lengua española soy referente de mis estudiantes, me impulsa a prepararme para la docencia con rigor y entrega plena para conocer y enseñar bien la lengua.

 

6. La concepción de que en las manos del profesor está la posibilidad de formar y orientar a quienes se abren al mundo y a la vida mediante el desarrollo cultural, eleva su autoestima y, en consecuencia, la motivación para el esfuerzo de sembrar genuinas inquietudes intelectuales.

 

7. La consideración de la apelación de la vocación, que es una llamada para hacer las cosas bien. Experimentamos una alta satisfacción intelectual y emocional cuando un alumno repite una frase que dijimos en una clase, que sembró una inquietud o despertó su sensibilidad.

 

8. La comprensión de que nuestras palabras no caen en el vacío, aunque lo aparenten. Cuando se lanza un guijarro al agua genera ondas concéntricas en expansión. Si la motivación prende, aunque sea en un solo alumno, justifica el esfuerzo realizado por el profesor.

 

9. La presentación de una buena selección de libros o textos a trabajar. Un buen libro despierta hondas intuiciones y estimulantes emociones.

 

10. La idea de que, más que enseñar mucho, enseñar poco pero bien. Es menester centrar la enseñanza en temas específicos. La palabra bien manejada es clave en el arte de la docencia. La enseñanza ha de dirigirse a despertar emociones y el profesor ha de sentirse identificado con lo que enseña para enfatizar el contenido que le agrada y ser más efectivo en su enseñanza.

 

11. La calidad de la enseñanza depende de la compenetración intelectual, emocional y espiritual del profesor con el contenido de su enseñanza.

 

12. Aunque los alumnos pocos receptivos e indisciplinados desmotivan al profesor, la convicción de que el docente es el interlocutor válido del saber humano, enaltece la misión de educar, que nos brinda el orgullo de realizar esta honrosa encomienda.

 

En fin, la conciencia de que el mayor bien cultural que poseemos es la lengua es el principal incentivo intelectual para la motivación del profesor que enseña su propia lengua. Los que tenemos la misión de dirigir, orientar y educar, hemos de tener la convicción de que los ideales y valores que encarnamos se fundan en la certeza de valiosos principios que hacen crecer la conciencia mediante el desarrollo de la sensibilidad espiritual y estética. Sembrar motivaciones y actitudes que procuren una vida armoniosa, sana, alegre, altruista, positiva y creadora mediante imágenes agradables, edificantes y luminosas es siempre una tarea encomiástica. Cambiar las tendencias negativas, como mezquindades, incurias y envidias, por actitudes de tolerancia, respeto y comprensión será siempre una manera de construir y encauzar el desarrollo humano.

 

Desarrollar en los hablantes su capacidad para comunicarse correcta y elegantemente mediante la palabra, puede convertir al usuario de la lengua en un forjador de ideas, valores y actitudes que sirven para orientar a la sociedad y auspiciar el crecimiento del espíritu. Esa función de la palabra justifica el esfuerzo y la misión que realiza el buen profesor de nuestra lengua.

 

Cuando nos reconcentramos en la intimidad de nuestra recámara entrañable, desde la energía interior de la conciencia aflora un destello clarificador al fluir, con la verdad que edifica y la sabiduría que ilumina, la palabra ejemplar, esplendorosa y elocuente.

 

 

 

Bruno Rosario Candelier

 

LOS CAMINOS DE LA LENGUA

 

San Millán de la Cogolla, 28 de junio de 2010.

 

 

 

Notas:

 
  1. José Nicás, Carta a Bruno Rosario Candelier sobre la situación docente en España. San Lorenzo de El Escorial, 6 de junio de 2010.
  2. Pedro Salinas, La responsabilidad del escritor, Barcelona, Seix Barral, 1969, p. 69.
  3. José Silié Ruiz (“Mi cumpleaños”, en Hoy, Santo Domingo, 13 de junio de 2010, p. 8-A) escribió: “El estudio demostró que con los años, las imágenes agradables son las que predominan en nuestros pensamientos; quizás sea esa la explicación de por qué esos humanos superiores, esas personas sabias, viven en una mansedumbre y una paz que en verdad sorprende.  Son felices con lo poco o mucho que tienen e irradian una envidiable felicidad espiritual”.
  4. El testimonio de Jacqueline Cáceres, mediante correo electrónico al suscrito fechado en Santiago, República Dominicana, el 12 de junio de 2010, ilustra con claridad el efecto que una corrección oportuna puede generar en la actitud de los niños ante la propia lengua.

 

Acerca del autor


Bruno Rosario CandelierNació en Moca el 6 de octubre de 1941. Filólogo, ensayista, crítico literario, narrador, educador y promotor literario. Es licenciado en educación por la Universidad Católica Madre y Maestra y doctor en filología hispánica por la Universidad Complutense de Madrid. Preside la Academia Dominicana de la Lengua y es miembro de la Academia Norteamericana de la Lengua Española.

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