Equilibrio y Felicidad en Utopía

 

 

La búsqueda de la felicidad supone el encuentro con el  equilibrio. En el mundo de los cuatro elementos, es decir, el fuego, la tierra, el aire y el agua, la presencia o no de ese equilibrio podemos medirla digitalmente, en el universo espiritual, en el mapa del alma la medida del mismo es ilusoria, sentida su presencia  por un sentimiento de fuerza interior que los humanos hemos bautizado como Fe. El punto más álgido de felicidad que puede alcanzar una persona, tanto en el universo físico como en el espiritual, es que logre su sueño. Y Utopía culmina su aventura haciéndolo, logra el sueño de reunirse con Tarzán, aunque lo haya encontrado en un estado de desintegración arrancador de lágrimas, parido de dolor.

Expliquemos  el  concepto con dos ejemplos: Usted monta su automóvil y toma las calles en busca de una dirección a la que quiere llegar. Su auto posee una pantalla con múltiples luces que le indican la posición del vehiculo y usted lo conduce en base a leyes que los hombres han establecido como forma de lograr la convivencia pacífica. Transita a unos 45 kilómetros por hora y al llegar a un punto determinado observa la existencia de un semáforo con luz roja, entonces pisa los frenos y su auto empieza a disminuir la velocidad hasta que se detiene y al usted mirar la pantalla comprueba que su velocidad por kilómetro es cero: Allí, en ese momento, en ese mundo físico, el equilibrio ha llegado del hecho de que leyes establecidas y conducta humana se han puesto de acuerdo y ambas han generado un momento de convivencia pacífica que se transforma en goce. Y ese momento usted puede verlo digitalmente, tanto en la luz del semáforo como en la pantalla de su auto donde se indica la velocidad.

 

El equilibrio o el desequilibrio en el mundo espiritual está condicionado por la reacción nuestra ante los  movimientos que efectúan el virus perverso y el virus de la bondad que corre en nuestras sangres, que habitan en nuestras almas, que flotan en nuestros espíritus. Ahora, pongamos el mismo personaje del primer ejemplo de regreso a su casa. Ya sabemos que ha manejado de acuerdo con la prudencia y que vive, en el mundo físico, un estado de equilibrio, pero empieza a pensar en el hecho de que cuando salió su mujer le preguntó a qué hora regresaba y él está plenamente seguro de que la pregunta la hizo no para tenerle la casa limpia y la comida servida, sino para saber cuanto tiempo podría pasar con el hombre con el cual está teniendo una fabulosa aventura amorosa.  El tormento palpita en cada latido de su corazón, vibra en cada rayo de sus células cerebrales. Mira su reloj y comprueba el hecho de que llegará a su casa una hora antes de lo que le había dicho a su mujer y está plenamente seguro de que la atrapará. Se para en una tienda de armas y compra una pistola: ¡vengará su  manchado honor!

 

¡Sorpresa!: Al llegar a su casa encuentra a su mujer sudada con las faenas del hogar, quien se lanza a sus brazos y le reclama, con verdadera pasión: ¡amor!, ¿por qué no llamaste para decirme que vendrías más temprano? Y con auténtico dolor se lamenta: Mira amor lo atrasada que estoy con tu comida. Él piensa: por esta vez te escapaste, hija de madre desconocida, pero la próxima vez te mato. Como podemos observar, a pesar de la noble conducta de su mujer, el equilibrio espiritual del esposo es espantoso, tentador de tragedia. ¿Cómo logra este ser humano librarse del virus perverso que le atormenta? Debe hacer lo mismo que hizo con el auto: frenarlo. Decirle con todo el poder de  su Fe, estás equivocado amigo Diablo, elegiste un mal actor para tus actos porque no complaceré tus perversidades. Sólo los que son capaces de realizar ese acto cada vez que el virus perverso se manifiesta logran el equilibrio espiritual, viven una vida sana. Los que no, viven la tragedia y si son atrapados la pasan en la cárcel; sí no lo son, entonces el mismo virus que lo llevó al acto diabólico lo toma a él como el centro del escenario y el actor pasa a vivir el tormento de conciencia conocido como “peor que ser delatado es no ser delatado”. A partir de ahí, la noche no será el refugio de su descanso.

 

Me sorprendió el hecho de que lanzado en su mundo de aventura, en su mundo ilusorio, cada vez que Utopía fue tentado por el virus perverso, supo decir que no, supo controlarlo y esa conducta pasa a la conciencia del lector como un estímulo hacia el bien, como un sendero en el que se abren las posibilidades del ser humano redentor: ¡gracias, Rafael!

 

Todo ese proceso es un mundo ilusorio, sólo usted lo siente, solo usted lo vive y para enfrentarnos a él, fuimos dotados del poder de la palabra, de la palabra que cura porque se manifiesta como acto de Fe. Los poetas que han dejado una impronta, una huella inmortal en la historia humana lo lograron porque tuvieron Fe en sus alucinaciones y convirtieron esas alucinaciones en palabras entendibles para el espíritu humano.

 

¿Qué tormento más grande sería para los humanos de la antigüedad el plantearse el hecho de explicarse la creación del Universo? Cualquiera explicación que exigiese el aporte de pruebas estaba fuera de su alcance. ¿Qué solución tenían? El poder de sus palabras, la Fe en sus alucinaciones. Por esa razón el poeta creó uno de los versos más bellos jamás escritos:

 

“Y dijo Dios: Sea la luz; y fue la luz”. Todos sabemos que desde el punto de vista físico la creación del Universo tal y como lo describe el Génesis no es posible y la ciencia ya tiene algunas teorías acerca de cómo han evolucionado las cosas, pero ninguna teoría científica podrá superar la Fe que esos poetas lograron tener en sus alucinaciones, porque la verosimilitud de aquellas alucinaciones tiene un poder de Fe tan grandioso que el cuestionarlas constituye un insano acto de ofensa.

 

Fíjense qué alucinación con tanto poder de Fe: “Y vio Dios que la luz era buena; y separó Dios la luz de las tinieblas”. ¿Cómo discutir eso? ¿Cómo rebatir una alucinación tan poderosa, tan llena de Fe, tan embarazada de esperanza? No es posible:¿Saben por qué? Porque verdaderamente la palabra crea mundo.

 

Un ejemplo: Yo tomo las manos de Ángela y mirando a sus ojos, sintiendo el olor de su idilio, le digo: Mi palpitar se une al tuyo por la misteriosa soga del amor. Allí he creado un mundo y Ángela lo siente, lo vive y lo alucina. Pero puedo crear otro mundo diferente: llego a la casa de Emilia y sin mirarla y sin querer una explicación de su conducta o la mía, le expreso: El último esfuerzo mío en esta relación lo constituye el hecho de que recogeré mis libros y me marcharé. Era lo que menos ella  esperaba y un nuevo mundo le ha sido creado y comenzará a navegar con La Pinta, La Niña y La Santa María.

 

Lo que encontramos en Utopía, es a un poeta, Rafael Peralta Romero, que tuvo Fe en sus alucinaciones: ¡y fue bueno que así haya sido y que así sea y que así siga siendo! Tuvo Fe cuando lanzó a Utopía a un juego que consistía en lograr la felicidad a través del goce equilibrado: “---Bueno, sin misterio la vida es incompleta. El cuchillo encierra un misterio, pero a Uto ese misterio le resulta gozoso”, Pág. 17, 2do. párrafo.

 

Cuando uno es pequeño, no importa que tan cerca esté la ciudad, el río, la montaña o la mar que uno va a ver por primera vez, el acontecimiento es un misterio. Al leer a Utopía ese misterio se reapodera de nosotros y nos genera un gran goce, un recuerdo inconmensurable. Les invito a que lo sientan:

 

“---Aunque nació y se crió en tierra de animales mansos y pacíficos, Uto piensa en eso. A veces ese pensamiento  lo posee con una fuerza tal, que Uto siente que es una misión que deberá cumplir. Y por momentos, quiere enfrentar a un toro bravo, tal vez el más peligroso de los animales de su tierra”, pág. 16, 4to. párrafo. Fíjense cómo juega el equilibrio en la búsqueda de la felicidad, ya que vive en tierra mansa, por lo menos debe aparecer un toro salvaje, por lo menos alucina e ilusiona  con esa posibilidad.

 

En Utopía un maravilloso detalle lo constituye el hecho de que “…Uto se acercó a la mesa de una señora que vendía café y té de jengibre y sin que el muchacho dijera nada, la señora le tendió una tasa de té. Sorprendido, pero alegre, Uto bebió…”, pág. 94, 5to párrafo. Ahí, en ese párrafo tan bello, está poéticamente descrita la esencia de la quisqueyanía

 

“---La verdad es que Uto, o mejor dicho Augusto, el hijo de Pía y Leopoldo, no perdía tiempo en eso de prepararse para su proyecto, al que también podría llamársele sueño  o aventura”, pág. 8, 6to. párrafo.

 

En su mundo, “para Uto es más importante treparse a un árbol en la ribera del río para lanzarse a un charco. O asirse a un bejuco y moverse de un lado a otro para caer en una posición lejana, dentro del agua, claro. Cuando lo hace siempre está pensando en su proyecto”, pág. 10, 5to. párrafo.

 

Los que crecimos en el campo sabemos que la máxima felicidad consistía en seguir nuestras alucinaciones en el mismo momento en que nos librábamos de nuestros temores. Uto vivió ese proceso de confrontar sus  alucinaciones con sus temores: el autor lo describe en el párrafo 2do. de la pág. 11.

 

Como académico estoy obligado a decirle, y con ello le rindo culto al Maestro, Fundador y Líder del Interiorismo y Director de nuestra Academia Dominicana de la Lengua, Don Bruno Rosario Candelier, que de acuerdo con nuestro  Diccionario, “Utopía o Utopia.(Del gr. οὐ, no, y τόπος, lugar: lugar que no existe).1. f. Plan, proyecto, doctrina o sistema optimista que aparece como irrealizable en el momento de su formulación”. Pero para mí, Utopía no es más que la falta de Fe del poeta en sus alucinaciones.

 

Rafael Peralta Romero, invirtió la realidad de esa palabra y la convirtió en un hecho palpable, oíble, sensible, mirable y leíble . Pues bien, Uto Pía ya no es una Utopía: es un mundo donde un personaje sale al ruedo de la vida en la búsqueda del equilibrio generador de  felicidad y la consigue, pues “De cómo Uto Pía encontró  a Tarzán”   es premio El Barco de Vapor 2009. ¡Y Rafael todavía tiene en el banco dinero del que le dieron!

 

La cosa más admirable lo constituye el hecho de que Rafael Peralta Romero construyó un personaje que a pesar de ser un aventurero, Utopía no corría tras la vida, la dejaba que lo alcance: Y ese es un elemento fundamental en el juego entre equilibrio y felicidad en Utopía. Cómprela, léala y luego diga: al decir lo que dijo, Miguel Solano también tuvo Fe en sus alucinaciones.

 

Gracias Rafael Peralta Romero por acompañarnos en el   grupo Mester de Narradores de la ADL.

 

Academia Dominicana de la Lengua

 

Mercedes 204, Zona Colonial, Santo Domingo, D. N, R. D.

 

Septiembre 8, 2010.

Acerca del autor


Bruno Rosario CandelierNació en Moca el 6 de octubre de 1941. Filólogo, ensayista, crítico literario, narrador, educador y promotor literario. Es licenciado en educación por la Universidad Católica Madre y Maestra y doctor en filología hispánica por la Universidad Complutense de Madrid. Preside la Academia Dominicana de la Lengua y es miembro de la Academia Norteamericana de la Lengua Española.

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