LA POESÍA RELIGIOSA EN LAS LETRAS DOMINICANAS
EXPERIENCIA ESPIRITUAL Y CONEXIÓN CÓSMICA

 

Por Bruno Rosario Candelier

 

A Ofelia Berrido,
Que vive el fulgor de la Llama divina.

“Soy un gorrión que habita entre vosotros”.
(Salmos bíblicos)

 

Las tendencias de la espiritualidad se manifiestan en la creación literaria, que autores y estudiosos de las humanidades asumen como una expresión del talento creativo de ser humano y, en consecuencia, su cultivo y su estudio responden a una necesidad interior inherente a nuestra esencia, aunque a menudo, en virtud de corrientes adversas de pensamiento con actitudes displicentes de descreimiento, vaivenes ideológicos y prejuicios conceptuosos, algunos intelectuales y científicos soslayan las tendencias espirituales que fortalecen la base de la condición humana, vinculada al desarrollo de la conciencia.

 

En virtud de la Sabiduría Espiritual del Numen y de doctrinas y creencias, se potencian las mejores fuerzas de nuestro espíritu y se canalizan las manifestaciones creativas de la inteligencia y la sensibilidad. Las dos grandes vertientes de la dimensión espiritual del creyente son la religiosa y la mística, que tienen su cauce expresivo en el arte y la poesía.

 

La espiritualidad, la religiosidad y la mística constituyen una genuina expresión de la dimensión trascendente del ser humano. En tal virtud, tenemos una vida interior que fragua el crecimiento del espíritu, con la obra emanada de la dimensión metafísica de la conciencia. Esa dimensión propicia la experiencia estética, la experiencia religiosa y la experiencia mística, cauce de un placer emocional, una fruición interior y un éxtasis arrobador, como se ha plasmado en la poesía religiosa y la lírica mística.

 

La esencia profunda de la poesía religiosa se funda en una conexión con la dimensión espiritual de lo viviente. Desde luego, tanto el hombre religioso, como el místico, tienen un vínculo con Dios. Para el religioso, el Mundo es una Creación de Dios; para el místico, la Creación del Mundo es una expresión de Dios y todo lo existente encarna una emanación de lo divino. Asimismo, el religioso busca a Dios como expresión de una necesidad, mientras el místico lo busca como una manifestación de su amor divino. Por eso, mientras el poeta religioso habla de Dios, el místico lo siente y lo expresa en su lírica. En ese sentido, el religioso tiene una mirada devota, siendo la del místico una mirada amorosa.

 

La mística es la disciplina humanística que mejor contribuye al desarrollo de la conciencia y, si asumimos el cultivo de las letras como expresión del desarrollo intelectual, moral, estético y espiritual, ese testimonio de la sensibilidad trascendente constituye la más alta instancia del espíritu, ya que esa vertiente de la espiritualidad responde a una profunda necesidad de nuestra conciencia, razón por la cual ha de ser correspondida en el plano de lo trascendente, como expresión de una inclinación natural del ser humano. Por eso dijo Alexis Carrel que la expresión mística es una inclinación natural del ser humano, signo de la búsqueda de lo divino.

 

Dios es la suprema conciencia del espíritu. Desde luego, lo que importa es sentirlo, ya que no lo podemos conocer. Tanto el religioso, como el místico, tienen en común su identificación en la búsqueda de Dios. Pero, mientras el religioso tributa un canto de plegaria, de súplica o de expiación, el místico proclama un canto de alabanza, de exaltación o de donación. Por eso, cuando el religioso ve en las criaturas una bondad de Dios, el místico ve una bondad en las criaturas. “Vio Dios que todo era bueno”, leemos en el texto del Génesis.

 

La apelación mística está asociada al sentido más hondo de la vida interior de la conciencia, de modo que la sabiduría, que es un conocimiento intuitivo de verdades trascendentes, guarda una entrañable afinidad con el sentido de lo Eterno. Por supuesto, no todo el que siente atracción por lo divino es un místico. Al místico lo distingue la pureza de vida, la vivencia de la gracia y el cultivo de la sabiduría con un sentido sagrado de trascendencia. Suele ser el místico una persona con un genuino sentimiento de ternura y piedad hacia criaturas y elementos. Y un ente de comunión entre los hombres. En todo lo que hace, crea o promueve, busca un fin sagrado y trascendente, por lo cual procura vivir en armonía con la Energía Espiritual del Universo.

 

La aplicación de la religiosidad y la mística en las artes y las letras, como la creación teopoética que cultivan los creadores de esa dimensión de la sensibilidad, se inspiran en la presencia de lo divino, al tiempo que cada una de esas disciplinas dan cuenta del modo como cada cultor y cada cultura recrean en su vida y en su obra esa honda dotación de lo divino. Todas las tendencias contemplativas de las diversas culturas de Oriente y Occidente asumen y promueven los valores interiores de la conciencia: la luz espiritual, el amor divino, la paz interior, la belleza sublime, la verdad profunda, la pureza entrañable y el bien supremo. Desde la simple contemplación estética hasta el arrebato del misterio en su trance extático transformador, la experiencia mística es la culminación de una vida interior, auténtica y profunda.

 

Desde los tiempos antiguos, las grandes culturas cuentan con una literatura inspirada en la vida sobrenatural. Se atribuye a los antiguos egipcios la creación de un sentido religioso consagrado a la salvación del hombre. El carácter sagrado de su religiosidad y el sentido profundo de su espiritualidad explica la tendencia religiosa de este pueblo occidental que se distingue por el sentido trascendente de su concepción del Mundo y el misterioso aliento de su cultura milenaria. El fenómeno de la muerte, que provoca en los humanos un acontecimiento de conciencia, troquela el sentido de la cultura egipcia. Los egipcios vivían el sentido de la muerte y fundaban su concepción del Mundo en una visión metafísica de la existencia, lo que inspira una concepción del orden y la disciplina, sustentada en la fe y las creencias, que se manifiesta en sus creaciones artísticas, su vida cotidiana y su espiritualidad. El arte egipcio, como el de los orientales, tiene un valor sagrado porque se hacía para expresar el sentido de lo Eterno. Y sus iluminados estimaban que la vida hay que orientarla hacia la meta final que a todos nos aguarda.

 

El poder temporal, que encarnaba el Faraón como centro del mundo e intermediario entre Dios y los hombres, tenía una connotación trascendente por el vínculo con lo sagrado, como se aprecia en la novela de Mika Waltari, Sinuhé el Egipcio, de la cual transcribo estos versos dirigidos a la Divinidad (1):

 

No hay nadie que te conozca verdaderamente:

solo tu hijo, el Faraón Akhenaton, te conoce

y brillas eternamente en su corazón,

día y noche, noche y día;

solo a él le revelas tus intenciones y tu fuerza;

el mundo entero reposa en tus manos

tal como Tú lo has creado.

Cuando te levantas,

el hombre renace a la vida,

cuando ocultas tu Luz, muere.

Tú mides su vida, solo en ti vive el hombre.

 

Los textos literarios inspirados en la religiosidad y la mística, que ilustran el modo trascendente de la poesía y ficción de las diferentes culturas, ponen de manifiesto que la vocación contemplativa puede materializarse en la vida ordinaria, como lo han evidenciado las personas piadosas y los simples creyentes, o como se ha manifestado en el claustro monacal, como lo testimonian los monjes cristianos, los sufíes mahometanos o los chamanes aborígenes. En cualquier caso, la experiencia espiritual propicia el desarrollo de los tres niveles de la sensibilidad, que son la conciencia estética, la conciencia cósmica y la conciencia mística.

 

Esos estadios de la conciencia entrañan un alto desarrollo del espíritu, como lo manifiestan quienes saben disfrutar la inspiración divina. Desde luego, la conciencia mística constituye el más alto estadio del ascenso espiritual que logran iluminados, contemplativos y místicos.

 

Es significativo el hecho de que la fuente originaria de la experiencia mística y la creatividad sea la misma: el “Mundo ideal” de Platón, el “Soplo o Neuma” de los hebreos, las “Musas” de los antiguos griegos o el “Inconsciente colectivo” de Carl J. Jung. Por eso afirmaba este psiquiatra alemán que el Misticismo constituye una tendencia natural del inconsciente más profundo, mientras que Alexis Carrel decía que la mística es una inclinación natural del espíritu humano (2). De ahí que cuando el hombre intuye verdades profundas o aprehende verdades reveladas, no permanece indiferente a su expresión trascendente.

El pensamiento hebreo está permeado por el sentimiento religioso de la búsqueda de Dios, el anhelo de hallar el camino hacia Dios y desarrollar la valoración de su Presencia y su Poder. El pueblo de Israel se dio a conocer como un pueblo creyente dependiente de Dios, elegido y guiado por Dios, con su mirada puesta en Sus leyes y, en tal sentido, se le reveló el designio divino en la tierra y se distinguió, desde su aparición en la historia, como un pueblo vinculado a un designio trascendente. El sentimiento de destierro, fundado en la impronta dramática de la separación, imprimió en la conciencia del pueblo judío un desgarramiento emocional e inspiró el concepto místico de la separación y, según lo que sostiene el Zohar, “todas las criaturas se encuentran en un estado de separación”, por lo cual el destino del hombre es volver al seno de donde partió, que es la unión con Dios, razón y ser de la mística hebrea.

 

Con el advenimiento del Cristianismo, la cultura occidental, fraguada según los ideales de la antigua Grecia, asumió una nueva visión del Mundo, cifrada en la trascendencia. El desarrollo de las humanidades y la creación artística recibieron esa orientación espiritual y estética, en cuyo signo nació el arte cristiano, la poesía religiosa y la literatura mística.

 

Lo que debemos al Creador, según expresa el testimonio religioso de san Francisco de Asís en “Cántico de las Criaturas”, se funda en el mero hecho de ser, milagro que se operó entre nosotros por voluntad divina. Se trata de un acontecimiento que da lugar a la ponderación de lo viviente y a la proclamación, con júbilo entrañable, del Creador del Mundo. Por eso dijo el poeta de Asís:

 

Loado seas por toda criatura,

mi Señor,

y en especial loado por el hermano sol,

que  alumbra y abre el día

y es bello en su esplendor,

y lleva por los cielos noticias de su autor.

Y por la hermana luna,

de blanca luz menor,

y las estrellas claras, que tu poder creó,

tan limpias, tan hermosas, tan vivas como son,

y brillan en los cielos:

¡loado, mi Señor!

Y por la hermana agua, preciosa en su candor,

que es útil, casta, humilde:

¡loado, mi Señor!

por el hermano fuego, que alumbra al irse el sol,

y es fuerte, hermoso, alegre:

¡Loado, mi Señor!

 

El soneto “A Jesús Crucificado”, modelo de poesía religiosa, constituye la expresión de una emoción estremecida al calor de la sensibilidad espiritual. La vida conventual, intensa en fervores religiosos, estimula la aspiración del consagrado de pasar “De la celda al cielo”, sugiriendo el sueño místico del monje, que es alcanzar el seno de la gloria celestial. Ese sentimiento subyace en el célebre soneto del agustino mexicano Miguel de Guevara, que expresa el amor a Dios, la piedad humana por el dolor de Cristo en la Cruz y la ternura infinita que enciende la pasión sagrada que inspiró ese monumento de la espiritualidad cristiana en versos encendidos de Conceptismo místico:

 

No me mueve, mi Dios, para quererte,

el cielo que me tienes prometido

ni me mueve el infierno tan temido

para dejar por eso de ofenderte.

 

Tú me mueves, Señor; muéveme al verte

clavado en una cruz y escarnecido;

muéveme ver tu cuerpo tan herido;

muévenme tus afrentas y tu muerte.

 

Muéveme, al fin, tu amor y, en tal manera,

que aunque no hubiera cielo, yo te amara,

y aunque no hubiera infierno, te temiera.

 

No me tienes que dar porque te quiera:

pues aunque lo que espero no esperara,

lo mismo que te quiero te quisiera. 

 

El soneto de Miguel de Guevara rebosa ternura y belleza sutil. La piedad imanta al poeta hasta la conmoción rotunda, desde su lacerada interioridad, por el dolor del Crucificado. La persona lírica se conmueve y repite el verbo “mover” hasta la persuasión, para acentuar el estremecimiento de penares, conmovido en el hondón de su sensibilidad profunda. Y esa conmoción interior lo lleva a retirarse del mundanal ruido, a compartir la Cruz de Cristo en la retirada vida conventual para vivir el Gólgota interior con cilicios y devocionarios en los fueros del claustro religioso siguiendo el camino hacia lo Eterno mediante la ascesis, el silencio y la contemplación. Los monasterios henchían en sus celdas la gema de la piedad mística que mana de las almas piadosas de los consagrados al estudio, el trabajo y la oración. En la vida monacal todo va dirigido a fortalecer la senda espiritual mediante el amor divino, la vivencia religiosa y la santidad de vida.

 

Si nos planteamos la pregunta del destino humano y el sentido de la existencia, damos satisfacción a una inclinación metafísica que puede desembocar en una apelación religiosa y mística. Por supuesto, la mística entraña una iluminada revelación de la realidad por cuanto concibe y valora lo existente como creación divina. Quien ha desarrollado la sensibilidad espiritual siente el Mundo como una cantera de símbolos que representan a la Divinidad. El místico ve en todo la huella de Dios y siente que todo culmina en Dios. Por eso dijo Platón que el sentimiento de la belleza culmina en el sentimiento de lo divino. Ese sentimiento ha generado una hermosa frase atribuida a Heráclito de Éfeo: “Todo viene del Todo. Y todo vuelve al Todo”. Con esa convicción profunda adviene el sentimiento místico, que aparece cuando el hombre descubre que es uno con la Totalidad de lo existente, ya que forma parte entrañable con la esencia de lo viviente. Esa sensación se ahonda al tomar conciencia del Logos, el principio de la energía interior de la conciencia hecho sensible en la palabra con la cual articulamos sonidos y sentidos que testimonian, no solo nuestra percepción del Mundo sino nuestras intuiciones profundas y las revelaciones trascendentes, evidencia de que estamos hechos a imagen y semejanza de la Divinidad, por lo cual san Juan comienza su Evangelio diciendo: “Al principio era el Verbo y el Verbo era Dios” (Jn., I, 1).

La experiencia mística entraña un estado singular de la conciencia en virtud de la unión del sujeto con la Divinidad. Se trata de la unión transformante o deificación interior, como le llamara san Juan de la Cruz a ese singular estado de conciencia en el que se vive una coparticipación de lo divino (3). Esa singular vivencia conlleva una sensación de armonía con el Mundo y una la liberación de los sentidos, compelida la conciencia por un estado de arrebato que implica estar ‘fuera de sí’, sintiéndose embriagada por una serenidad iluminadora. Esa experiencia mística requiere la participación de la sensibilidad trascendente para acceder a ese estado especial de la conciencia, con gozo espiritual y empatía universal. En esa operación interior intervienen la intuición, la pasión, la memoria y la imaginación pues esa dimensión de la vida interior tiene requerimientos que van más allá de la razón, del lenguaje ordinario y hasta de la fe.

 

Los espirituales de las diversas tendencias contemplativas (Platón, Pablo de Tarso, Plotino, san Agustín, Pseudo Dionisio Areopagita, Yalaludin Rumi, santa Teresa de Jesús, san Juan de la Cruz, Meister Eckhart, Rabindranath Tagore, Jalil Gibrán, Thomas Merton, Francisco Matos Paoli, Karol Wojtyla, entre otros) hablan de las tres vías para alcanzar la Unio Mystica o la ‘unión divina’: 1. Purificación del ser. 2. Iluminación de la conciencia. 3. Unión con lo divino. En su interacción con la Trascendencia, el místico descubre un fuerte vínculo con la Energía Superior, aprehendiendo el Ser de lo existente en coparticipación en el Todo, mediante la Presencia de la Divinidad en su interior.

El cultivo del espíritu, el amor a la sabiduría, el respeto a la verdad, el sentimiento de bondad y la búsqueda de la divino alientan la vocación que eleva a lo más puro, constituyendo una señal que pauta en la conciencia el derrotero interior de la experiencia trascendente. La sensibilidad mística conlleva una mirada amorosa a todo lo existente. Esa disposición de la interioridad supone la contemplación del mundo con amor. Por supuesto, quien contempla el mundo con amor, ya lo está redimiendo. En esa gran donación está el sentido que consagra, ilumina y enaltece.

 

En su experiencia mística, los iluminados, contemplativos y poetas místicos de las diversas tendencias espirituales, tanto de Oriente como de Occidente, hallaron la solución al dilema de la palabra, al que se han enfrentado los poetas que experimentan vivencias místicas, como es el hecho de generar emociones inefables con expresiones de una índole tan peculiar que reclama expresarse con términos y giros no comunes del lenguaje ordinario, puesto que esas emociones, fundadas en vivencias profundas e indecibles, comportan una particular experiencia del espíritu, ya que entrañan el vínculo con lo divino, que muchos han alcanzado mediante la vivencia del éxtasis contemplativo en cuyo estadio se anula la experiencia sensorial y se doblegan los sentidos. Esa peculiar vivencia teopática, que provoca un estado alterado de conciencia, conlleva un ejercicio intelectual, imaginativo, estético y espiritual de naturaleza trascendente y ese estado sobrenatural reclama una forma particular de expresión que traslade la dimensión interior de esa vivencia subjetiva a un tipo de expresión afín a nuestra capacidad de comprensión, asumida como sustancia y expresión de un lenguaje sensible para quien ignora esa experiencia de la interioridad profunda, cuya solución han logrado los poetas místicos al proporcionar una forma de expresión mediante el uso de imágenes y símbolos.

La comprensión mística de lo viviente tiene su fundamento en la convicción de que el Mundo es creación divina y, en tal virtud, refleja o contiene la huella de la presencia divina. Como factor que auspicia la conciencia profunda, en atención al más alto estadio de desarrollo espiritual del ser humano, la estética mística postula la asunción de elementos naturales como símbolos de lo divino, procedimiento que arranca de una sensibilidad trascendente que responde al ritmo del Universo en sintonía con la Energía Espiritual del Mundo, cuya empatía hace florecer la expresión e invita al júbilo, con el alma vibrante de emoción, piedad y ternura, lo que concita el corazón enamorado al contacto con criaturas y elementos, como se aprecia en el “Cántico espiritual” de san Juan de la Cruz, en cuya visión lírica y simbólica acude a términos como montes, riberas, prados, fieras, fronteras, etc., que no aluden al sentido directo de su significado sino al indirecto y figurado de la expresión traslaticia: “Oh bosques y espesuras / plantadas por la mano del Amado; / oh prado de verduras/ de flores esmaltado / decid si por vosotros ha pasado”.

 

Nada como la lírica para la expresión de lo divino porque justamente esa vertiente de la creatividad es el canal más adecuado para la comunicación de intuiciones y vivencias que atrapan la verdad profunda y la belleza sublime en conexión con la Trascendencia, razón por la cual los iluminados de las diferentes tendencias contemplativas acuden a la lírica mística para traducir en versos embriagados de amor divino lo que su corazón experimenta. Fueron místicos sufíes quienes descubrieron que el corazón es el campo de revelación de atributos divinos, como enseñara Luce López-Baralt (4).

Sabemos que la mística, lejos de distanciar de la realidad a quien experimenta ese desarrollo profundo de su sensibilidad, lo vincula más plenamente, pues como han testimoniado muchos iluminados, entre ellos Evelyn Underhill, Thomas Merton y Luce López-Baralt, desde esa vivencia singular de la conciencia se puede sentir y entender mejor el Mundo. Por la vía de la sensibilidad trascendente, la persona despliega su potencial oculto y su ser interior se abre a lo viviente y puede sintonizar cuanto lo apela o afecta, como el clamor de justicia y piedad, el debate entre el bien y el mal, la lucha entre lo fugaz y lo permanente, el testimonio de los valores trascendentes y el ideal superior a favor del crecimiento humano.

 

En La incógnita del Hombre, Alexis Carrel presenta un diagnóstico de la realidad humana, cuando escribe: “La mayor parte de los hombres civilizados solo manifiestan una forma elemental de conciencia. Son capaces del trabajo fácil, que en la sociedad moderna, asegura la supervivencia del individuo.  Producen, consumen y satisfacen sus apetitos fisiológicos. Se complacen asistiendo, entre grandes gentíos, a los espectáculos atléticos, viendo películas vulgares, dejándose transportar a gran velocidad y sin esfuerzo o contemplando objetos que se mueven rápidamente. Son blandos, sentimentales, lascivos y violentos. No tienen ni sentido moral, ni estético, ni religioso. Forman legión” (5).

 

Debemos al Misticismo el cultivo de los valores más altos del espíritu, como la ternura cósmica, el amor universal, la belleza sublime, la unión armoniosa, el aprecio por la verdad, el sentimiento de la belleza, la inclinación al bien y la valoración del silencio, la soledad, la gracia, la paz interior y la contemplación.

El esplendor del Mundo ha sido asumido por las tendencias místicas para explicar no solo el sentido estético, sino el sentido cósmico y el sentimiento místico que despiertan el asombro de la Creación, como han enseñado importantes sabios y místicos, entre ellos el padre Pierre Teilhard de Chardin, que exaltaba la Naturaleza como expresión de lo divino, o poetas como Amado Nervo y Concha Urquiza en México, Gabriela Mistral en Chile, Francisco Matos Paoli en Puerto Rico, Dulce María Loinaz en Cuba, fray Pablo de Jesús en Norteamérica, Gustavo González Villanueva en Guatemala, Helena Ospina Garcés en Colombia y Freddy Bretón y Tulio Cordero en República Dominicana, que centran en el amor divino la visión mística del Mundo. El impulso del místico es satisfacer esa llamada entrañable para darle cauce a sus vivencias, realización a su anhelo y sentido espiritual a su vida. Con ese fin acude al silencio, la soledad y la contemplación para escapar del cerco social y vivir su más alto anhelo, que es sentirse integrado con el Todo a través de la experiencia teopática.

 

En virtud de su sensibilidad trascendente, el místico tiene una conciencia espiritual del Universo y asume el Mundo con sus criaturas, elementos y fenómenos como una manifestación de lo divino, procurando sintonizar los efluvios que establecen un vínculo afectivo, intelectual y espiritual con la Realidad Trascendente. El místico tiene también inquietudes profundas en su dimensión interior. La conciencia de sentirse separado de la Totalidad a la que entrañablemente pertenece, lleva al místico a buscar el lenguaje del amor para establecer la unión de su ser íntimo con Dios. Y cuando expresa ese estado peculiar de la conciencia, que lo vive con emoción y júbilo creciente, lo hace en forma gozosa y entrañable. Su meta es lograr la unión divina, previa a la liberación y la iluminación de sus sentidos. Para conseguir ese objetivo, renuncia a bienes, vicios y pasiones. Y tiene una sola meta en su vida: la unión divina. Paradójicamente, una manera de ir al Todo es renunciando a todo. Porque en la posesión de la nada está la posesión del Todo. Santa Teresa de Jesús escribe unos versos henchidos de reflexión con una convicción religiosa y mística: “Nada te turbe, / nada te espante. / Todo se pasa. / Dios no se muda. / La paciencia / todo lo alcanza; / quien a Dios tiene / nada le falta: / solo Dios basta”.

En virtud de su ternura empática, el místico se distingue por su capacidad de amor y tiene una meta definida. En su convicción profunda, el místico posee la certidumbre de lo Eterno y, en tal virtud, certifica la verdad de lo Absoluto, así como su disposición afectiva por la Verdad, la Belleza y el Bien. En ese sentido, la vocación mística no es una actividad exclusiva de monasterios y conventos, sino una inclinación natural del hombre en todos los tiempos, circunstancias y culturas, aunque la vida moderna, con la mitificación de la ciencia, la desacralización de la cultura y la exaltación de la subjetividad, tiende a marginar esta suprema inclinación del alma humana. La vivencia de lo divino, meta final de la búsqueda mística, lo explica todo, desde la inicial estimación de las cosas, hasta la culminación final de su anhelo profundo.

 

Por lo que revelan sus poemas, inferimos que Emily Dickinson se debatía en una lucha interior entre el reclamo del amor humano y el amor a Dios, reto que conformó el sentido de su creación poética y la potencia de su numen lírico. Probablemente la insatisfacción de su apelación amorosa le hizo ponerle atención al tema de la Eternidad, que concitó su vocación espiritual y potenció el valor de lo trascendente. "La única apariencia que veo, / hoy y mañana, / acaso la Eternidad", escribió la poeta de Amherst. Esa profunda convicción, que proviene de su fe en el más allá y de su hondo sentido religioso, estuvo presente en su vida, aunque a veces flaqueara, como les ha sucedido a grandes creyentes. Esta agraciada poeta concibió la muerte como "el milagro que nos devuelve al hogar".

 

Los personas que han escogido, como decía fray Luis de León, "la escondida senda por donde han ido/ los pocos sabios que en el mundo han sido", viven y disfrutan, con honda fruición y singular encanto, el silencio, la contemplación y la soledad. La peculiar soledad que otro ilustre místico español bautizó con el apelativo de sonora, la soledad sonora, según el decir del inmortal abulense, amparados bajo su manto fulgurante, iluminados y estetas han reflexionado sobre el sentido del Mundo y valorado el significado de cuanto acontece en la vida, advirtiendo que todo pasa y, en tal virtud, viven, como expresara la agraciada poeta, el estado en que "pudiera yo, esta noche, en Ti anclar", en alusión a la Divinidad.

La dimensión religiosa y la mística no distancian al hombre del mundo circundante, aunque así lo parezca. La persona dotada de esa dimensión interior de la sensibilidad, siente y vive en comunión entrañable con el Cosmos y se compenetra cordialmente con criaturas y elementos y, en atención a esa cordial empatía de su sensibilidad, experimenta un sentimiento de coparticipación cósmica, como la sienten los niños, los primitivos y los místicos, al sentir una identificación con lo viviente, sintiendo el dolor del Mundo, gimiendo o gozando con sus dolores y sus gozos en una correlación íntima de sus fluidos naturales y sobrenaturales.

 

Como movimiento espiritual y literario, la poesía religiosa y mística se funda en la convicción no solo de la existencia de Dios, sino en la idea de que la persona encarna una porción de la esencia divina en su interior. La certeza de nuestro origen, avalado por el Génesis bíblico, funda la creencia del destino divino signado a cada ser humano, entraña una vinculación especial con la Energía Superior de lo Viviente y potencia la dotación espiritual que nos distingue mediante el Logos que nos dota de la energía interior de la conciencia.

 

El místico vive una profunda conexión espiritual con la energía del Mundo. Puede incluso existir un místico sin Dios, si alguien no creyente experimenta esa conexión profunda con la dimensión espiritual de lo viviente.  Desde luego, en su negación de Dios, el ateo hace de la nada una réplica de lo que niega, con lo cual, exaltando lo que no es, crea un alter ego de la Divinidad. Esa es la paradoja de autores que le recriminan a Dios su indiferencia ante los problemas existenciales, reclamando una participación compatible con su anhelo, sentimiento que certifica emocionalmente lo que intelectualmente cuestionan o rechazan, pues el de Dios es un sentimiento enraizado en el hondón de la sensibilidad humana, como dijera Mons. Adolfo Alejando Nouel. En “Salmo 1” escribe Miguel de Unamuno: “¿Por qué, Señor, no te nos muestras sin velos, sin engaños? / ¿Por qué, Señor, nos dejas en la duda, / duda de muerte?/ ¿Por qué te escondes?/ ¿Por qué encendiste en nuestro pecho/ el ansia de conocerte, el ansia de que existas, / para velarte así a nuestras miradas? ¿Dónde estás, mi Señor, acaso existes?

Desde luego, los poetas que hablan de Dios son poetas metafísicos; los que suplican a Dios, son poetas religiosos. Y los que sienten a Dios son poetas místicos. Concha Urquiza, cuyas dos grandes vocaciones eran la lírica y la mística, supo aunar, en su vida y su obra, esas dos grandes inclinaciones del espíritu. Esta singular poeta mística michoacana vivió como un moderno juglar de Dios. En “Variaciones sobre el Evangelio”, al tiempo que da cuenta de su devoción lírica por fray Luis de León, el maestro de su inspiración poética, a quien imita y recrea con diáfana pureza lírica y lúcida hondura seráfica, revela el amor divino bajo la ardiente apelación de lo sagrado, como se constata en “Christus”:

 

Después de la tormenta

a sonreír tornaron mar y cielo;

la brisa soñolienta,

como leve y lento vuelo

empuja dulcemente el barquichuelo.

 

Los ojos peregrinos

-luz en ondas concéntricas de oro-

tras los párpados finos,

al espantado coro

y al día devolvieron su tesoro.

 

La nube blanca y leve,

de la borrasca tímida rüina,

duplica el rostro breve

por cielo y mar, y mina

al anchuroso espacio do camina.

 

Prosigue y se desliza

la barquilla feliz, mojando apena

las alas en la brisa,

de tierra gerasena

ambicionando la templada arena.

 

Los remos van llevando

compás al silencioso pensamiento,

y con azote blando,

del sol en movimiento

las astillas dispersan en el viento.

 

Espumas impolutas

acarician el mar adormecido…

Por las movibles rutas,

el ánimo ha perdido

todo afán, de Sus ojos suspendido.

(Hambre del Corazón, pp. 61-62)

 

Alexis Carrel consignó que el amor a la belleza conduce al Misticismo. El científico francés escribió: "La belleza que el místico persigue es todavía más rica y más indefinible que el ideal del artista. No tiene forma. No puede expresarse en lenguaje alguno. Se esconde en el interior de las cosas del mundo visible. Rara vez se manifiesta. Requiere una elevación espiritual hacia un Ser que es el manantial de todas las cosas, hacia un poder, un centro de fuerzas, que el místico llama Dios" (6).

 

En la América hispana, el cultivo de la poesía religiosa y poesía mística tiene un significativo caudal de obras ejemplares. La vibración trascendente de la lírica de Gabriela Mistral se funda en la vertiente espiritual de su cosmovisión, mediante la cual asume la dimensión interna y mística de lo viviente; en la visión cristiana de su formación intelectual, que dota su obra de una religiosidad profunda; en la vocación contemplativa de su franciscanismo, que alienta la faceta humanizada de su ternura luminosa; en la connotación deificante de su idiosincrasia espiritual, que conforma la hondura sutil de su sensibilidad estética; y, desde luego, en la dimensión contemplativa de su talante místico, que confiere a su lírica un hermoso aliento trascendente. En “La fervorosa”, escribió la gran lírica de América: “En todos los lugares he encendido/ con mi brazo y mi aliento/ el viejo fuego”. El “viejo fuego” no es sino la ardorosa llama de lo divino mismo. En una de sus primeras producciones líricas, la iluminada Maestra de Elqui consignó que en su interior bullía el aliento creador de una onda sutil que la apelaba intensamente hacia las altas regiones de la pureza seráfica, apelación a la que ella se sentía indigna por la miserable condición humana que, alguna vez, experimentamos. El sentido de “El suplicio” es la inexorable saeta que atraviesa la conciencia de los elegidos cuando emprenden la ruta de la conciencia religiosa y mística:

 

Tengo ha veinte años en la carne hundido

-y es caliente el puñal-

un verso enorme, un verso con cimeras

de pleamar.

De albergarlo sumisa, las entrañas

cansa, su majestad.

¿Con esta pobre boca que ha mentido

se ha de cantar?

Las palabras caducas de los hombres

no han el calor

de sus lenguas de fuego, de su viva tremolación.

Como un hijo, con cuajo de mi sangre

se sustenta él,

y un hijo no bebió más sangre

en seno de una mujer.

¡Terrible don! ¡Socarradura larga,

que hace aullar!

El que vino a clavarlo en mis entrañas

¡tenga piedad!

 

Con una alta conciencia de la poquedad humana, el poeta guatemalteco Gustavo González Villanueva vuela alto y se eleva a la región impoluta del espíritu para consignar lo que anhela su sensibilidad profunda, expresada con humildad seráfica y devota unción, ungido por la potencia interior que lo concita. Mediante antítesis y paradojas, el poeta captura el sentido escondido mediante el contraste de la sombra y la luz que su lírica expresa:

 

Nostalgia de la luz.

Azarosa aventura

en medio de la noche,

y el silencio moviendo

su cabeza de sabio

y diciendo, en silencio:

-No, así no, así no.

La oscuridad,

y después la oscuridad.

Oscuridad y sombras

que alcanzan a ser sombras

en tanta oscuridad.

-¡Tanta es la sombra

que sobra

la misma oscuridad!-

Bastaría la sombra

-la sombra de mi sombra-

para fábrica umbrosa

de una lóbrega noche

de inmensa,

inacabable oscuridad.

(Enigma de la almeja, p. 30)

 

Jorge Luis Borges conoció la experiencia mística, de la que da testimonio en “Mateo, XXV, 30”, cuyos versos citamos: 

 

El primer puente de Constitución y a mis pies

fragor de trenes que tejían laberintos de hierro.

Humo y silbatos escalaban la noche,

que de golpe fue el Juicio Universal.

Desde el invisible horizonte y desde el centro de mi ser,

una voz infinita dijo estas cosas

(estas cosas, no estas palabras, que son

mi pobre traducción temporal de una sola palabra):

-Estrellas, pan, bibliotecas orientales y occidentales,

naipes, tableros de ajedrez, galerías, claraboyas y sótanos,

un cuerpo humano para andar por la tierra,

uñas que crecen en la noche, en la muerte,

sombra que olvida, atareados espejos que multiplican,

declives de la música,

la más dócil de las formas del tiempo,

fronteras del Brasil y del Uruguay,

caballos y mañanas, una pesa de bronce

y un ejemplar de la Saga de Grettir,

álgebra y fuego, la carga de Junín en tu sangre,

días más populosos que Balzac, el olor de la madreselva,

amor y víspera de amor y recuerdos intolerables,

el sueño como un tesoro enterrado, el dadivoso azar

y la memoria, que el hombre no mira sin vértigo,

todo eso te fue dado y también

el antiguo alimento de los héroes:

la falsía, la derrota, la humillación.

En vano te hemos prodigado el océano, en vano el Sol,

que vieron los maravillados ojos de Whitman;

has gastado los años y te han gastado,

y todavía no has escrito el poema. 

 

Al leer la poesía de Helena Ospina sentimos que en sus versos fluye la llama del Verbo increado con un alto sentido de la conciencia mística. Cristiana devota y mujer de fe, la poeta colombiana radicada en Costa Rica amasa su verbo amartelado en lo divino mismo. Verbaliza en la imagen poética un lenguaje impregnado de intuiciones y reflexiones poéticas.  Helena Ospina representa, para Colombia y América, el ideal de la poesía mística que su intuición recrea con la llama de su visión trascendente. La creación poética de esta seguidora de san Juan de la Cruz y Teresa de Jesús, activa y actualiza, con la sensibilidad espiritual de una mujer de nuestro tiempo, el numen alado y simbólico que se resuelve, sustanciado y edificante, en su misterio perenne:

 

Sólo Él sabe que su verbo sabe

de mies y de trigal.

Y sólo Él sabe que si no sale

a sembrar y a segar…

Se quedan

–la belleza de los cielos

y la mies de los campos–,

¡sin cultivar!

(Poiein)

 

En un breve recorrido por la trayectoria de la poesía religiosa y mística en las letras dominicanas, hemos de decir que muchos autores tienen poemas inspirados en ambas dimensiones de la espiritualidad, pero son muy pocos los poetas religiosos y místicos que han consagrado su talento creador al cultivo de esa vertiente de la espiritualidad. Tanto la religiosidad, como la mística, constituyen una expresión de la condición espiritual humana. En la cosmovisión de nuestra cultura subyace la formación religiosa y el sello de nuestra lengua, la española, que nació en un monasterio hace ya más de mil años. De ahí la vertiente mística determinante de la poesía española.

 

Sor Leonor de Ovando (1550-1610) es la primera poeta del Nuevo Mundo y la primera autora americana de poesía mística, escrita en un convento colonial de Santo Domingo. Su nombre figura como una de las monjas del Convento Regina Angelorum, ubicado en la Ciudad Colonial de la capital dominicana, establecida y desarrollada según los patrones sociales y culturales implantados por las autoridades de la Colonia española en América. Esta monja poeta ejerció la docencia en el Convento de su Orden y, desde luego, el cultivo de la poesía en sonetos y versificaciones, algunos de los cuales remitió en respuesta a otros suyos al Oidor de la Real Audiencia con motivo de festividades religiosas. Sor Leonor de Ovando ostenta el título de la más antigua poeta del Nuevo Mundo. Esta poeta y religiosa dominicana cultivó la poesía mística con hondura conceptual y belleza expresiva. Varios críticos dominicanos no han vacilado en calificar como “deliciosos” los poemas de esta culta monja dominicana y en ellos esa dimensión de la espiritualidad llegó a elevarse a conceptos devotos. La monja del Regina Angelorum escribió cautivantes versos inspirados en el Conceptismo místico: “Y si por mí sola padeciera /y a mí sola me hubiera redimido /si sola en este mundo me criara”. En su celebrado “Soneto de Pentecostés”, encendido del amor divino en la devota poeta, contiene una reflexión sobre el quehacer de la poesía y sobre la búsqueda de lo divino y tiene también la intención poética de ilustrar la idea de que la poesía, como creación verbal del ingenio humano, lleva en sí el germen de lo sagrado, ya que en su numen creador subyace una motivación divina:

 

Pecho que tal concepto ha producido,

la lengua que lo ha manifestado,

la mano que escribió, me han declarado

que el dedo divinal os ha movido.

 

Entre los autores dominicanos contemporáneos, sobresalen los poetas Freddy Bretón, Máximo Avilés Blonda, Tulio Cordero, Ramón de la Rosa y Carpio, Daniel Baruc, Teresa Ortiz y Fausto Leonardo Henríquez.

 

Freddy Bretón Martínez (Moca, República Dominicana, 1947), escribe una obra poética inspirada en lo divino. Sacerdote y poeta místico, de su alma fluye una fuente que rebosa amor y piedad. Su expresión poética rezuma el encanto de una tradición mística fundada en el ideal cristiano, que cobra fuerza con san Francisco de Asís y llega hasta hoy en poetas ejemplares como Karol Wojtyla, al tiempo que asume la Naturaleza como fuente nutricia de un poetizar hermoso y cautivante. El prelado de la Iglesia, en su teopoética atisba la luz que sacia el ansia de lo Eterno. La ternura interior, propia de una sensibilidad fraguada en el sentimiento de empatía universal, atiza el fuego interior del poeta que experimenta el sentimiento de lo divino con el júbilo del entusiasmo compartido y así lo vive este creador, que siente su corazón incendiado en la llama de amor divino, como lo reclama en “Oración para pedir un incendio”:

 

Incéndiame de amor, te lo suplico.

No quiero arder con llama pasajera.

Arda mi corazón -mi pobre casa:

quiero oírlo crepitar cual pino viejo.

Quema tanta basura,

la escoria que amontono en mis adentros.

Quisiera levantarme renovado

sin los viejos temores que aposento.

No quede en pie madero alguno:

lo quiero todo calcinado.

Vuelen ardientes las astillas

de mis antiguos sueños

de leyes torpes que dictó el pasado.

Quiero que estalle todo,

que reviente hasta el último cimiento

y que así pueda volver aprisa

a la nada que me regale el fuego.

Y cuando se hayan dispersado mis cenizas

y del viento no cuelgue ni el olvido,

¡que hablen las mil bocas de la piedra!

¡Que se levante la pared bruñida!

 

Máximo Avilés Blonda. (Santo Domingo, Rep. Dom., 1930). Con su obra Los Profetas, Máximo Avilés Blonda se  inspira en los personajes bíblicos del Antiguo Testamento y se apoya en la Naturaleza como una forma de captar y exaltar la Presencia de lo divino en la realidad circundante. Siguiendo, a su manera lírica y simbólica, la orientación filosófica de los antiguos pensadores presocráticos que fundaban en los elementos naturales el ser de lo viviente, Avilés Blonda los asume como soporte de su creación. De los cuatro elementos consignados por los antiguos presocráticos, le atrae particularmente el aire en sus diversas formas de concreción: soplo, aliento, voz, canto y halo, términos que vincula al Espíritu Santo. En efecto, el poeta asume el aire como la sustancia vital de su creación y, desde su peculiar sensibilidad, observa la realidad que le concita, como en “Déborah”:

 

Sacudió la cabellera el monte

se hizo el azul torrente…

Fino mañanero,

casi aliento que empaña copas,

espejos, espejismos, y luego grueso

canto de la tierra y el cielo.

 

Ramón de la Rosa y Carpio (Higüey, R. Dom., 1939). Prelado católico y poeta religioso, se inspira en pasajes bíblicos, canaliza sus reflexiones o sus oraciones como expresión o justificación de sus actitudes y reclamos a favor del bien común y el crecimiento del espíritu. A menudo acude a formas parabólicas para fijar una idea o un mensaje, siguiendo los pasos de un Jalil Gibrán o de Tony de Mello. Sirva este fragmento de ilustración:

 

Mendigabas luz en las calles y la agarrabas de los carros.

La echabas sobre tu cuerpo, como agua:

buscabas bañarte todo entero,

pero no te alcanzaba y no lograbas empaparte.

Ven a bañarte en los ríos de luz del Sol de justicia.

Sumérgete a placer, deja que te empape,

se cuele por tu piel,

cale tus huesos, inunde tu cuerpo y tu alma

y seas hombre luminoso.

Te has bañado.

¡Tanta luz sale de ti que te has vuelto una estrella!

Tú nos iluminas.

Caminaremos a tu luz.

Eres lucero-guía en el mundo.

 

Daniel Baruc Espinal Rivera (Sánchez, Samaná, República Dominicana, 1962). Licenciado en Filosofía por la Universidad Católica Madre y Maestra,  y Licenciado en Ciencias Religiosas por el Seminario Pontificio Santo Tomás de Aquino de la capital dominicana. Reside en Acapulco, México. Ordenado sacerdote católico romano en 1989 en Monterrey, fue luego recibido como sacerdote anglicano en 1996. Ha publicado varios poemarios y ganado varios premios literarios. Tiene inéditos libros de cuentos, teatro y novela. Abrazó el ideario estético del Movimiento Interiorista. Su poesía revela la formación intelectual de inspiración teológica y la inclinación mística de su sensibilidad espiritual y estética, signada por la llama de lo Eterno.

SOLO  DIOS

 

Sólo Dios, sólo Dios

puede apagar el fuego,

Refundar los paraísos interiores deshechos,

sacar de los añicos del ser

la imagen primigenia,

devolver la ternura perdida

y la memoria a la ciudad que arde.

Sólo Dios puede hacerlo y nunca es tarde.

Ojalá no tengamos que volver a mirar

a Sodoma y Gomorra bajo llamas.

 

Tulio Cordero (San Juan de la Maguana, República Dominicana, 1957). Cultiva una lírica fundada en la búsqueda de lo divino. Agraciado con el triple don de la gracia poética, la gracia mística y la gracia sacerdotal, este creador interiorista refleja, en La sed del junco, la sed espiritual que atraviesa el corazón humano. En sus poemas formaliza con belleza y emoción la búsqueda mística en la que expresa no solo la ternura de su alma iluminada sino la humanización de sus imágenes que canalizan la onda sublime de los susurros intangibles. Su corazón se vuelca hacia lo viviente y su sensibilidad, signada por la llama de lo divino, se conjuga con las apelaciones que consignan el sentido último de la existencia humana. En “Poema 8”, recrea el Mundo que habita místicamente y en su lírica, fraguada con motivos naturales como expresión de lo sagrado, pondera la intuición profunda de su más hondo anhelo:

 

Agua que albea mi pecho, 

Tu voz. 

Fuego que se deslíe sobre el mar, 

Tu aliento. 

Flor que acaricia el oído de esta noche, 

Tu mirada. 

Bates cabe mí tus alas y respiro. 

Y si estoy aquí 

-después de temblar 

toda una noche en el acantilado- 

es porque sé que me amas. 

Ya no puedo ocultarte más 

el sendero que lleva a mi morada.

 

Teresa Ortiz (San Pedro de Macorís, República Dominicana, 1951) vive ataviada a la Naturaleza en una actitud de amor y espiritualidad, engarzando a su hermosa lírica, fundada en el acontecer de lo viviente, el sentimiento de lo divino y haciendo de su sensibilidad, porosa a la Belleza y el Misterio, una fuente espiritual de ternura mística en cordial sintonía con el ideario interiorista de la creación poética. Es su poesía un testimonio lírico y simbólico de su valoración de lo sagrado. Con dulzura infinita y empatía amorosa, capta y expresa la voz profunda del Cosmos, que empata a lo divino, como se aprecia en “Lirio profundo”:

 

Sé pródigo en mí.

En las venturas

del dolor humano, la fortaleza;

valentía, en lo solitario.

Sin la negación, pastor de un día,

de tu Creación, obra maestra.

Soy de Ti en lo sosegado,

en las enervantes agonías.

Que mis obnubilados se despierten

como las notas,

sobre las rectas,

descansando sobre los himnos,

en dulces notas de las sinalefas.

 

Fausto Leonardo Henríquez (La Vega, República Dominicana, 1966). Sacerdote paúl y poeta místico del Interiorismo, actualmente realiza su doble ministerio, pastoral y literario, en la ciudad española de Valencia. Es un entusiasta promotor cultural que asume la obra literaria como vía de ascenso humanizante y trascendente. Dirigente del Ateneo Insular, formó en Honduras al grupo de poetas seguidores del Interiorismo. Su lírica expresa la búsqueda del estadio primordial de lo viviente que intuye como fuerza espiritual del Cosmos mediante la cual canaliza el sentido de lo Eterno desde la perspectiva cristiana de su fe y el aliento de su vocación religiosa. En su creación testimonia el amor místico a través de una empatía cósmica con vocación contemplativa a favor de los más altos valores del espíritu. Obtuvo el Premio “Fernando Rielo” de Poesía Mística en Roma. Cultor apasionado del amor divino, su lírica fragua el sentimiento espiritual de lo sublime desde la onda interior de la belleza y el misterio:

 

Abeja celeste, pon en mis labios

la miel del misterio.

Si pruebo esa miel

conoceré el rocío de tu amor.

Déjame acceder, aunque sea

un instante a tu casa.

La amargura

se levanta como un muro

entre tu divinidad y mi alma.

Abejita divina,

zumba en mi colmena, y pícame. 

 

Estas muestras poéticas constituyen una expresión de la verdad que edifica y la belleza que eleva con la sabiduría interior que potencia la intuición y enaltece la conciencia desde la fragua purificante de la sensibilidad estremecida bajo el fulgor de lo divino.

 

Bruno Rosario Candelier
Feria Internacional del Libro
Santo Domingo, 18 de mayo de 2011.-

 

Notas:

1. Mika Waltari, Sinuhé el Egipcio, México, Latinoamericana, 1956, p. 382.
2. Alexis Carrel, La incógnita del hombre, México, Diana, 1963, 8ª. Ed., pp. 134ss.
3. San Juan de la Cruz, Vida y Obras, Madrid, BAC, 1960, 4ª. Ed., p. 910.
4. Luce López-Baralt, San Juan de la Cruz y el Islam, Madrid, Hiperión, 1990, pp. 227ss.
5. Alexis Carrel, La incógnita del Hombre, citado, p.138.
6. Cfr. Bruno Rosario Candelier, La Mística en América, Santo Domingo, Ateneo Insular, 2010.
7. Alexis Carrel, La incógnita del hombre, citado, p. 135.-

Acerca del autor


Bruno Rosario CandelierNació en Moca el 6 de octubre de 1941. Filólogo, ensayista, crítico literario, narrador, educador y promotor literario. Es licenciado en educación por la Universidad Católica Madre y Maestra y doctor en filología hispánica por la Universidad Complutense de Madrid. Preside la Academia Dominicana de la Lengua y es miembro de la Academia Norteamericana de la Lengua Española.

Email: Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.