CONCIENCIA Y CREACIÓN POÉTICA
EN LA LÍRICA DE ROBERTO JOSÉ ADAMES

Por Bruno Rosario Candelier

A Eduardo Gautreau de Windt
Voz acabalgante de la belleza y el misterio.

Por donde escapa distendida la luz
El ojo de la carne digo
no el inmortal que nos devela
una gravitación o una presencia
”.
(Roberto José Adames)

Hay un tema vinculante entre el contenido de una obra poética y la realidad que la inspira en atención al vínculo entrañable en todo lo que existe. Lo que percibimos a través de los sentidos (datos sensoriales de cosas, personas y bestias, fenómenos naturales, mares y estrellas) constituye una manifestación de la realidad natural y una expresión de la Energía Superior de lo existente, cantera de la que procede el ordenamiento natural. Ese ORDENAMIENTO es la clave del COSMOS, con el ORDEN DEL MUNDO. Todo, entonces, se somete a un orden en función de una relación armoniosa y ordenada.

 

Lo que existe, responde a una vocación de convivencia entre orden y caos, bien y mal, pasado y futuro, arriba y abajo, luz y sombra, etc., disposición que entraña una disciplina que norma las relaciones entre las cosas, las personas y la realidad. Las pautas de comportamiento, así como las reglas de relación, lo mismo del lenguaje que de la conducta humana, constituyen una manera de formalizar ese ordenamiento de lo existente, que el Creador del Mundo instauró para el acoplamiento consentido. En tal virtud, el orden existente tiene una connotación cósmica, ya que apuntala el ordenamiento primordial de lo viviente, que funda la normativa de cuanto existe y funciona.

 

La obra de Roberto José Adames, Partículas fugaces, que asume el vértigo de la conciencia como sustancia de su creación, en su cuestionamiento profundo parece indagar el ordenamiento establecido, testimonio de una inquietud intelectual, espiritual y estética, expresión de un sentimiento de coparticipación y empatía de todo con el Todo.

 

En la presentación de cuatro libros de poesía de la autoría de cuatro poetas de Constanza, entre los cuales figuraba Roberto José Adames, aludí al libro del crítico chileno Alone (Hernán Díaz Arrieta), Los cuatro grandes de la literatura chilena, para ponderar el singular acontecimiento escenificado en ese agraciado poblado montañés del Cibao central, cuya atalaya geográfica ha generado valiosos creadores que en esa estancia de la cordillera central dominicana asientan la base de su tradición poética. Entonces signifiqué que estaba presentando a los cuatro grandes de la poesía constancera (1).

 

Roberto José Adames escribe concitado bajo la sombra luminosa de la noche mágica de Constanza. La voz de la noche ha impactado la conciencia espiritual y estética de los poetas de Constanza y ese influjo se aprecia en la creación poética de estos poetas dominicanos con la fuerza gravitacional que ese fenómeno de la Naturaleza ejerce en la sensibilidad humana.

 

La sombra de la noche ha sido fecunda en inspiración poética. Cuando Pedro Prado hablaba del tutelaje del amor paterno, consignó:

 

 

 

“No eran conversaciones entre el padre y el hijo. Eran voces alucinantes, nacidas de la sombra y que a la sombra volvían, siempre como desencarnadas. Así aprendí desde mi primera infancia a conocer y emplear esa voz desconocida y olvidada que brota en nosotros cuando la obscuridad nos penetra y nos libera. Y así lo hicimos por largos años. Y era gratísimo realizarlo: era como alcanzar una mayor desnudez que proseguíamos después de habernos despojado de nuestros vestidos y actitudes. Y así adquirí el uso de esas partes ignoradas de la conciencia que solo se iluminan si actuamos en la atmósfera que las sombras alimentan” (2).

 

 

 

De igual manera acontece en los poetas de Constanza, sobre todo los que han recibido el influjo estético del Interiorismo, como Julio Adames, Roberto José Adames y Juan Emilio Batista, creadores en los que la huella de la noche impregna su creación poética con el triple impacto del aliento telúrico, cósmico y metafísico de ese singular paraje de la República Dominicana, como se puede comprobar en la lírica de estos jóvenes creadores. En efecto, la poesía de Roberto José Adames parece emerger de esa parte de la conciencia que se ilumina bajo la presencia de la sombra insumisa. Y a su través, se despierta esa “parte ignorada de la conciencia”, que suele concitar en los grandes creadores de poesía y ficción la vertiente luminosa de la creatividad.

 

Entre los autores de poesía se pueden apreciar poetas buenos y poetas excelentes. Los poetas ordinarios se conforman con la descripción de su percepción de las cosas. Los buenos poetas enfocan, además de la belleza y el misterio, el sentido y la emoción que las cosas concitan. Estos últimos son los poetas que, al encanto de la emoción estética y la belleza sublime, endosan la hondura de lo trascendente. Entonces se hace poesía metafísica. Roberto José Adames pertenece al grupo de los genuinos poetas metafísicos.

 

Como poeta, Roberto José Adames tiene creaciones que rayan el ámbito de la trascendencia con una calidad ejemplar. Una vez le dije a nuestro querido poeta constancero que si escribía un libro con diez poemas con la calidad que exhibe el titulado “Absorto”, lograría un puesto eminente en nuestras letras, similar al de nuestros grandes creadores. Apelado por fuerzas desconocidas, escribe ese poema en connubio con el misterio para alumbrar  el sentido que concita su sensibilidad y su conciencia (3):

 

A plenitud de sangre un tropel de bestias

 

me aferra a tus misterios

 

de báculos roídos

 

Raíces y círculos me visten y me pierden

 

Círculos varados sobre los vórtices de la noche

 

enmohecidos de caos

 

Y al final hay un túnel voraz como la nada

 

y tan infinito como una oración

 

como una súplica de luces plenas

 

que viajan hacia ningún crepúsculo

 

Galopando sobre una melodía de musgos

 

blancos y agrios y cerca muy cerca

 

estos buitres.

 

(Partículas fugaces, p. 17)

 

He ahí una creación que refleja la pasión por la belleza y el encanto del misterio, índice de una fecunda sensibilidad espiritual y estética. Y una inequívoca señal del cultivo de la poesía con hondura metafísica.

 

A veces acontece que lo que percibimos de la realidad es una proyección de lo que nuestro interior concibe. La interioridad modifica la percepción de lo real con sus matices y costados. Metafísica del sentido, más el contenido de la subjetividad en su riqueza trascendente, es parte de esa indagación de la conciencia. Por eso su creación despliega ondas concéntricas fraguadas a la luz de la conciencia.

 

Ha sido progresiva y auspiciosa la trayectoria intelectual de nuestro poeta, que tiene en su haber varios libros, entre ellos dos de poesía (4). Por sus méritos literarios, Roberto José Adames figura en cinco antologías poéticas del Movimiento Interiorista del Ateneo Insular, de cuya organización es Dirigente Nacional en su comunidad serrana (5). Su creación revela una angustia existencial y una apelación metafísica que lo induce a cuestionar el sentido de las cosas con una simbología poética derivada de su intuición trascendente. Su sensibilidad afina con el ideario del Interiorismo, cuya estética asume y profesa. Coordina el Grupo Literario “Manuel del Cabral”, del Ateneo Insular en Constanza, en cuyos integrantes imprime el carisma de su presencia y el influjo de su potencial poético.

 

Nuestro poeta cree, con Rainer María Rilke, que la poesía salva al hombre del miedo, la soledad y la angustia. Por eso se instaura en el centro de las manifestaciones dramáticas de la conciencia, que asume y recrea como sustancia de su poesía, desde de la cual explora lo que sacude su sensibilidad, que se distingue por su disposición abierta y empática hacia todo lo viviente.

 

Del caudal de sus pasiones, vivencias u obsesiones, amasa la sustancia con la cual crea la realidad estética, paralela a la realidad constancera de sus vivencias cotidianas y a la realidad metafísica de su interior profundo. En esa atalaya geográfica de Constanza, encimada de la cúspide del  Cibao, el poeta crea una atalaya lírica, metafísica y simbólica, desde la cual contempla el mundo y se contempla a sí mismo, para recrear otro mundo, el mundo interior, irracional y trascendente de su lírica metafísica.

 

Para entender el sentido profundo de la lírica de Adames, que parece horadar lo desconocido, basta orillar el trasfondo de sus imágenes, que abren las compuertas del misterio que la conciencia entraña. Puede más la conciencia que la luz en la sombra, a la hora de intuir lo que el sentido oculta. El poema trascendente es aquel que revela el trasfondo significativo de la energía que fluye. En “Plegaria al infinito”, nuestro poeta habla de la Palabra, que en su concepción no es sino el Verbo o el Logos de que hablaban Heráclito de Éfeso y Juan el Evangelista, ya que el poeta interiorista mira el mundo (“detrás del musgo”) y se angustia. Mediante imágenes que connotan la exploración del inconsciente, doblega su cerviz aterrado ante la nada que lo desconcierta (5):

 

Desde mis sentidos hasta la Palabra

 

peces antiguos danzan su extravío

 

y entre puertas derretidas

 

emergen llantos desde cada rincón de la noche

 

y un río que se bebe su encanto

 

y espejos y espadas

 

y un remar de breas

 

en retorno hacia el círculo

 

Y justo allí

 

detrás del musgo

 

agazapándose la nada o la vergüenza.

 

(Partículas fugaces, p. 18)

 

En esta obra literaria afloran la intuición, el talante expresivo y la visión de la vida de un creador que otea lo viviente a través de la exploración que realiza su inteligencia cuestionadora. A veces no suceden las cosas como creemos y entonces advienen el desconcierto, la decepción o el desaliento. Cuando así acontece, conviene pensar que hay otras fuerzas concurrentes.

 

En atención a hechos y reacciones, hay una compensación cósmica que nivela todo lo existente y, en tal virtud, quien ha sido perjudicado por una acción injusta, en su momento recibe lo que equilibran merecimientos y tributos. Por esa razón hay que aprender a ser paciente, pues casi siempre sucede lo que conviene y nada acontece por azar, sino por razón o necesidad, como decía Leucipo de Abdera, el antiguo pensador presocrático.

 

A causa de nuestras debilidades, errores o mezquindades, cometemos desaciertos y, en consecuencia, incurrimos en acciones indebidas o incoherentes con reglas y principios. Para remediar lo hecho, como decía William Blake, hay que limpiar las puertas de la percepción para que todo fluya como es -todo integrado al Todo-. Lo que altera la conciencia o la sensibilidad prohíja una acción o un pensamiento, que se puede encauzar como ofrenda sacrificial, una manera expiatoria de dejar que las cosas sean, sin interponer voluntad o fuerza. Dije que al poeta lo mueve una vocación metafísica en pos del sentido trascendente. A la fuerza de la tierra y al influjo del Numen, recibe la inyección del aliento cósmico que plasma en una factura literaria afín a su cosmovisión, según se puede apreciar en “Deseo”, donde la búsqueda de lo que reclama su interior profundo concita el sentido de la vida y despierta la lira de su sensibilidad estética con la onda de la metafísica (6).

 

Quiero conducir mi voz hacia Ninguna Parte

 

Transitar el sendero por donde emigran

 

todos los cuerpos y todos los abismos

 

y por sobre cualquier azar

 

ver fluir lo que de ti salvan ya sin mí estos espejos

 

Quiero desgranar este grito en mi alba

 

extenderlo desde las ínsulas del humo que perforo

 

hasta lo resignado del reloj

 

¡Ay! Cómo ignorar que estoy atado a este lecho

 

y al fatigado pedazo de cuerpo-aliento

 

Quiero embriagar de delirios mis estatuas

 

y comenzar a evadir el nombre de las cosas que pierdo

 

y ser solo yo y tú y mi resonancia

 

Amasar en mi canto el horror vacui

 

que teje y desteje mis insomnios

 

y el hado que inmóvil me derrota

 

Quiero inventar un racimo de cifras indescifrables

 

ser inmune al llanto de mi último llanto

 

y a este acertijo de nieblas que reposa en lo nunca

 

Quiero simplemente renunciar a todas las cosas

 

de la misma manera y con el mismo impulso

 

que las cosas han renunciado a mí.

 

(Partículas fugaces, pp. 20-21)

 

Influido por las enseñanzas estéticas del Interiorismo, en “Lamentos” nuestro poeta plasma verdades poéticas desde la voz interior de la conciencia con el hallazgo de su intuición y el impulso de su espíritu:

 

El reloj es memoria

 

sucesión y yugo del cuchillo que te cercena

 

sin que importe en qué templos

 

sucumbe el heroísmo

 

sin que baste siquiera con llamar

 

a tus ojos llenos de lágrimas

 

sin que haga falta una cosmética:

 

moda   pose   cursilerías

 

porque solo importa quién soy

 

y que tú seas como eres

 

con tus sueños y tus manos vacías

 

llenas de lámparas

 

con tu esperanza de ciudad al viento

 

y mi estatura de lodo

 

porque solo importa mi razón de poeta y mi arpa

 

Solo hace falta que se olviden de mí

 

y que te olviden.

 

En fin solo eso y ya verás como los cuervos

 

con su rutina a cuestas

 

inexorablemente se irán de nuestro lado (7).  

 

En “Llueve” acude a su mundo alucinante y, en una traslación de tiempo y espacio, evoca visiones y delirios para consignar el polvo de cuanto fue con el entendimiento del porqué de tanto hastío y la razón de tantas acciones vacuas y fallidas. Este poema registra las ondas metafísicas de una experiencia onírica que su alma de poeta asocia al mundo trascendente de lo arcano:

 

Una enorme ciudad clavada en la multitud

 

Adentro escribo visiones y miedos

 

y glorias y estandartes y pastos y luna

 

con todo lo que de polvo fue

 

con todo lo que de polvo será

 

como queriendo a fuerza de soledad

 

perforar mis espantos

 

Al contemplar estos ocasos despiadados

 

para evitar que todo se torne vano y agredido

 

y luego entender el porqué de tanto hastío

 

Quizás entonces sea posible

 

que abandone el nombre de mi dios

 

y hasta mis certidumbres de ayer

 

Todo por defender mi derecho a vivir

 

efímero de la eternidad

 

No la eternidad del mármol de los templos

 

sino la que habita en el polvo

 

que un día fue besado.

 

(Partículas fugaces, p. 23)

 

En la creación poética de Roberto José Adames hay una dimensión simbólica con sentido trascendente. Cuando una sensibilidad es movida por la apelación de la belleza y el misterio, la creación estética es el derrotero final de sus inquietudes interiores que el poeta encauza, mediante el arte de la palabra, para dar rienda suelta a sus inclinaciones intelectuales, morales, estéticas y espirituales. Esas inquietudes fluyen en “Efímera permanencia”:

 

Siempre el mármol

 

en su recatada eternidad nos rige

 

Mármol que se derrama sobre la hora

 

del vuelo sin retorno

 

Y el mar…duerme en su densidad de siglos

 

Amanece en espejos hirientes

 

aúlla y salta sobre el suave pasto de la noche

 

sobre el duro lecho de la sal (9).

 

En “Gaviota espejada” el poeta se inspira en el “Cementerio marino” de Paul Valery, uno de los poetas mayores de las letras universales, que con Jorge Luis Borges, Francisco Matos Paoli y Francisco de Quevedo, han incendiado la pasión estética del poeta dominicano. La creación poética es probablemente la cantera que da cuenta cabal de hondas y arcanas expresiones del inconsciente personal y colectivo mediante las sugerencias sutiles de las imágenes poéticas y de los símbolos arquetípicos que canalizan facetas entrañables de esa dimensión de la conciencia, conforme apuntan estos versos estremecedores en un vuelo lírico, potenciado con las verdades metafísicas y las resonancias universales que alientan el dramatismo de una poesía centrada en el fluir de la conciencia que interroga el misterio (10).

 

También el pescador se horroriza

 

El mar a veces olvida

 

¿Habrá algo de mar en el ojo del agua

 

algo que se bebe a sí mismo

 

y abraza la distancia?

 

La golondrina desconoce

 

su confabulación de lluvia

 

A su vuelo el mar

 

confía saciar su hambre

 

El mar

 

ese mar que blande su vastedad y su rabia

 

emancipado

 

Imposible sosiego abraza

 

Mar soñado y quimérico

 

temible mar  mal temido que vuelve

 

Mar que acoge el rastro de todos los senderos

 

Mar inmenso y vasto mar de la memoria

 

del herido Valery clavándose mil dagas

 

Mar espléndido de arrebatado misterio

 

y arrebatada seducción

 

Mar que tantea ocasos y auroras

 

mar que hoy es fiera-mariposa

 

luego mariposa-fiera

 

Mar de la sal

 

¡Oh la sal!

 

Sal sin memoria viva

 

sal que indaga el mar o lo revienta

 

sal que es negación

 

Ingratitud y desmemoria

 

El mar también desecha estos manantiales

 

El mar ¿cuándo empezará esta vez?

 

El mar desconoce al podrido liquen de los labios

 

y el pavoroso sueño del mármol

 

Mas trama su grandeza

 

al instrumentar conjura y esplendor

 

Mar que reniega el clamor de su arrebato

 

Y mar y tormenta y arroyo y canto

 

gota de espejo descontemplado

 

En una gota cabe el mar

 

y todos los mares son la gota

 

que por indulto sacro se ignora

 

El mar nunca sabrá que en la ternura del rocío

 

alguien tatuó su esencia su humildad su grandeza

 

y hasta su memoria

 

El mar existe en el epíteto primero de la palabra llanto

 

y en el abismo impensable que nos oculta del contra-espacio.

 

(Partículas fugaces, pp. 32-33)

 

Instaurado en el ámbito interior del inconsciente, el poeta parece conturbado ante el ordenamiento de lo existente, como se decanta en “Inocencia” mediante la creación de deslumbrantes metáforas en las que la conciencia se inculpa a sí misma por la pérdida de la inocencia y el arrebato del misterio:

 

Pájaro de hades oscuro

 

Incierta entraña de tiempo

 

Sangre esbirro

 

Sombras son labios

 

¿Qué ingenio pudre la luna?

 

¿Por qué las rosas granan áspid de rata?

 

Hay voces que claman fragmentos

 

astillas cosmogónicas piedras

 

Voces que parecen estrangular la aurora

 

Ah las aguas la luz el estanque:

 

Disueltos trozos de sol en la memoria

 

¿Por qué al ganar los nombres de las cosas

 

habré perdido mi inocencia?

 

No lo sé: hay lluvias

 

que no pueden cuestionarse.

 

(Partículas fugaces, p. 27)

 

Mediante el lenguaje del Protoidioma y el lenguaje del yo profundo, el emisor de estos versos ahonda en la intuición de lo interior con la certeza de lo que añora, como revela en “Persistencia”:

 

Puerta  Silencio

 

Algún ángel en brote tardío

 

Despojos   Resguardos

 

Marea de sangre que santifica las horas

 

La hostilidad no es entre nosotros

 

Es nosotros

 

Nosotros a quienes la piedra no escucha

 

ni nos otorga su perdón

 

ni nos alumbra con su muerte

 

Por eso fecundo estas ruinas y me digo:

 

Sé paciente: el ser ganará.

 

(Partículas fugaces, p. 29)

 

El tema de la vida y la muerte, la soledad y la angustia, el dolor y la pasión fecundan la obra de Roberto José Adames cuya lírica, estremecida por el sobresalto de la conciencia, genera el caudal expresivo de hondas repercusiones metafísicas impregnadas de grávidas resonancias ancestrales.  Entre el horror vacui y el vértigo existencial, acude a la palabra para conjurar lo que concita su aliento. El sentido de culpa también provoca la lira del poeta como expiación y donación, disposición que comunica con la reiteración de la copulativa “y” mediante el sentimiento que lo abate:

 

El ojo muere y cuando cae

 

asume la inmortalidad del péndulo

 

En su agonía se suceden rastros de sol

 

y heridas anónimas permanecen silentes

 

escamadas y seducidas al dorso de lo indestructible

 

Estas heridas cohabitan el crepúsculo de las palabras

 

como un enjambre de cuervos disueltos en el verso

 

y desleído en el ojo que se desploma

 

sobre el muro de tu oído

 

y traza la fiera sal que salpica el alma

 

y la posee y la fecunda

 

La misma que fosiliza mis miedos

 

y destruye mis inacabadas palomas

 

y en tierno encaje de sueños

 

diseña huellas esquemáticas antiguas y roídas

 

huellas que arden en lo descontemplado

 

de cada letra y de cada ojo en tempestad que otea

 

la culpa agazapada entre el original revés

 

que articula las ansias

 

y el húmedo eco que las perfila

 

y un ir hacia el olfato

 

y un ir hacia el recuerdo

 

y una llaga sangrante

 

y una náusea provocada por otro

 

y el ojo que me mira y se incendia

 

y me ata al cristal al pensamiento

 

Como escrutándome las raíces del cosmos

 

Y abre sus alas cataratas de luz

 

diáspora de vuelo y desbandada

 

¿Quién edificará esta lluvia desde una ventana cerrada?

 

¿Quién de repente hace que las piedras sean palomas

 

y los peces agua en la memoria?

 

El verso se dispersa en la agrura de los pasos

 

consuela la rendija de la duda que cruje

 

y cae sobre el miedo

 

Y justo allí existen voces difíciles de recordar

 

Allí donde el ojo porta lámparas

 

sobre círculos distraídos

 

y esparce puertas enanas y rebeldes

 

Sin embargo cerrando el ojo

 

tenazmente abriremos las puertas

 

(Partículas fugaces, pp. 45-46)

 

En fin, en esta creación poética estremecida de una angustia fraguada en la sombra del misterio, Roberto José Adames amasa, del manadero de delirios y tormentos entrañables, la voz del ser y la conciencia, hirsuta con la llama de la noche constancera bajo la augusta sombra de lo arcano en cuyo vórtice insumiso armoniza lo fugaz y lo esencial, lo anodino y lo trascendente ante el hechizo de la gracia y el susurro de lo eterno.

 

Bruno Rosario Candelier
Encuentro del Movimiento Interiorista
Constanza, Ateneo Insular, 25 de marzo de 2011.

 

Notas:

 

1. Los poetas de Constanza, aludidos en esta presentación, son René Rodríguez Soriano (Apunte de lápiz), Julio Adames (Infameturba), Roberto José Adames (Partículas fugaces) y Juan Emilio Batista (Vivir en regreso), quienes pusieron a circular sus libros en un acto público celebrado en la Casa de la Cultura, de ese agraciado pueblo, el 7 de septiembre de 2007.

 

2. En Alone, Los cuatro grandes de la literatura chilena, Santiago de Chile, Zig-Zag, 1963, pp. 60-61.

 

3. Roberto José Adames, Partículas fugaces, Santo Domingo, Editorial Gente, 2007, p. 17.

 

4. Roberto José Adames, además de poeta, escritor y promotor cultural, es abogado penalista, diplomado en Psicología Forense, con Post-grado en Derechos Humanos y Derecho Internacional. Nacido en Constanza el 7 de junio de 1969, fundó el Grupo Literario de la Universidad Católica Tecnológica del Cibao (UCATECI). Dirigente Nacional del Ateneo Insular y cultor del Movimiento Interiorista, ha tenido una destacada trayectoria intelectual y profesional. Publicó Antología del Suicidio (2001), Diccionario jurídico para médicos (2005) y Manual para el establecimiento de una política criminal de prevención del delito (2006). Su poemario Partículas fugaces (2007) es su segunda obra poética.

5. Roberto José Adames, Partículas fugaces, p. 18.

 

6. Ibídem, pp. 20-21.

 

7. Ibídem, p. 22.

 

8. Ibídem, p. 23.

 

9. Ibídem, p. 31.

 

10.Ibídem, p. 32.

Acerca del autor


Bruno Rosario CandelierNació en Moca el 6 de octubre de 1941. Filólogo, ensayista, crítico literario, narrador, educador y promotor literario. Es licenciado en educación por la Universidad Católica Madre y Maestra y doctor en filología hispánica por la Universidad Complutense de Madrid. Preside la Academia Dominicana de la Lengua y es miembro de la Academia Norteamericana de la Lengua Española.

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