LA LENGUA Y LA BELLEZA DE LA PALABRA

La belleza de la forma y la belleza del concepto

 

Por Bruno Rosario Candelier

 

“…el don de la vida es ya poema,

aunque estemos necesitados, todos,

de la belleza encarnada de su Verbo”.

(Helena Ospina Garcés)

 

A Érika Chinchilla,

que apacienta la belleza sutil.

 

La belleza de la forma en la palabra

 

Como un don singular de la condición humana y como expresión de la energía interior de la conciencia, la lengua encarna el caudal de palabras y conceptos que refieren la percepción de lo real, el testimonio de nuestra capacidad de reflexión y el poder de nuestra creatividad.

La palabra tiene dos aspectos claramente definibles: la belleza de la forma y la belleza del concepto. La primera se vincula con la forma de presentación que, en el arte literario, se canaliza en el estilo; la segunda se relaciona con la conceptuación del pensamiento que, en la obra literaria tiene la función de apelación, cosmovisión y orientación.

La poesía propicia una luminosa comprensión de lo real ya que la esencia de esa creación verbal radica en ser la voz de la conciencia y la voz profunda del Cosmos. En tal virtud, además de la belleza de su forma, tiene un perfil conceptual de honda repercusión intelectiva y espiritual, ya que la gran poesía revela la voz interior, tanto del hablante, como de la realidad misma de las cosas.

 

Por esa razón, cuando hablamos de la belleza en la palabra, se puede enfocar desde tres perspectivas diferentes:

  1. La belleza conceptual de la palabra, que es lo mismo que decir, la belleza del concepto o la belleza del pensamiento, fundada en la verdad de las cosas, dimensión que entraña una manera de percibir y expresar el sentido de la belleza profunda. En este aspecto se manifiesta la voz interior, como expresión de la intuición profunda, y la voz universal, como expresión de las verdades reveladas. Asimismo, la capacidad de reflexión sobre el sentido del mundo y la capacidad de conceptuación de cosas y fenómenos para evidenciar nuestra percepción de lo existente, lo que genera la capacidad de creación para ampliar nuestro horizonte intelectual, imaginativo, afectivo y espiritual (1).
  2. La belleza formal de la palabra, que basa el encanto de la expresión en su dimensión sonora y elocuente. La belleza de la forma, centrada en la sensorialidad y la musicalidad de las palabras, es una vía adecuada para concitar la fascinación que la expresión encierra. Se trata del splendor formae, una manera de sentir y expresar la hermosura del lenguaje como signo del fulgor de lo viviente o huella de lo divino mismo. Esta faceta comprende la dimensión estética del lenguaje y la expresión de formas primorosas, cuando miramos adecuadamente. “Y vio Dios que todo era bueno y hermoso”, leemos en el Génesis, pues al sentir la belleza del mundo, valoramos su bondad y su verdad. En tal virtud, descubrimos la verdad poética o lo que Luis Cernuda llamaba, en “El muchacho andaluz”, la verdad de vida: “Eras tú una verdad, / sola verdad que busco, / más que verdad de amor, / verdad de vida”. Además, la belleza también concita el sentimiento de la emoción estética, dimensión exclusiva del ser humano en virtud del don de creatividad que lo distingue.
  3. La belleza interior de la palabra, dimensión que alude a la energía interior de la conciencia: El Logos de Heráclito, que entendía la palabra como lenguaje y como concepto, o el Logos en san Juan evangelista, en cuya concepción aludía a la Divinidad, finca la visión profunda de la palabra, así como el lenguaje del Protoidioma que comprende, según Fredo Arias, la intuición de la belleza trascendente mediante el conocimiento de las imágenes arquetípicas (2). Esta concepción comprende la dimensión metafísica del lenguaje, predilecta de poetas, iluminados y contemplativos. Desde luego, implica también, como decía William Blake, ver “un mundo en un grano de arena”, al tiempo que entraña la vertiente mística de lo viviente, cuando se asume el mundo como expresión de lo divino. En tal virtud, la palabra nos otorga un poder de convicción, de persuasión, de creación, de iluminación y, por supuesto, nos conecta con la Sabiduría Espiritual de la Memoria Cósmica.

La palabra confiere un singular poder al hablante con conciencia de la lengua: un don para nombrar las cosas; un atributo para conceptualizar el pensamiento; una convicción para edificar con nuestras verdades; una señal para diseñar la visión de lo real; una persuasión para testimoniar nuestra valoración de las cosas y una dotación para crear una nueva realidad verbal con belleza y sentido.

Desde los tiempos antiguos, los estudiosos del lenguaje han consignado dos dimensiones esenciales inherentes a la naturaleza de la palabra: el pensamiento y la expresión. La palabra es forma y contenido y, en tal virtud, hay una relación entre la palabra y la expresión, así como también entre el pensamiento y la palabra. Por esa razón, la palabra se impregna de poder si la dotamos de convicción, entusiasmo, ideal y amor.

Si hay adecuación entre la palabra y el concepto, se produce un lenguaje diáfano, correcto y preciso. De lo contrario, la expresión es torpe, superficial y vacía. Si hay armonía entre la expresión y el contenido, podemos testimoniar con eficacia lo que percibe la sensibilidad y lo que intuye la inteligencia. Si hay adecuación entre el pensamiento y la palabra, fluye la conceptualización mediante la idea que procuramos transmitir.

El hablante ordinario expresa en conceptos lo que quiere comunicar; en cambio, cuando el poeta escribe, expresa lo que piensa mediante imágenes, que es el lenguaje que canaliza la emoción de la belleza, propio del arte de la creación poética. Al usar la palabra, los hablantes pensamos y, al pensar, formalizamos en conceptos lo que percibimos de las cosas; en consecuencia, podemos crear verdades de hecho, basadas en una realidad objetiva, que difieren de las verdades de juicio, inspiradas en la estimación personal. Hay que distinguir también las verdades históricas, basadas en los acontecimientos del pasado, de las verdades poéticas, provenientes de la percepción de nuestra intuición.

La verdad poética es fruto de una percepción intuitiva de nuestra inteligencia de las cosas.  Intuir (de intus ‘dentro’ y de ire ‘entrar’) es percibir el valor interior de cosas y fenómenos o la dimensión interna, metafísica o mística de lo existente.

Lo que percibimos o creemos lo internalizamos en la conciencia. Hasta cierto punto, somos lo que pensamos y sentimos interiormente. Del conjunto de cuanto captamos o valoramos, creamos una conciencia de las cosas y una estimación de hechos y fenómenos: una conciencia intelectual, moral, estética, espiritual.

Mediante el don del lenguaje, tenemos una singular capacidad para expresar nuestra percepción de las cosas, que enriquecemos con nuestra capacidad para embellecerlas y que potenciamos con nuestra capacidad de reflexión sobre su sentido o creamos una nueva realidad con los recursos del lenguaje.  La palabra está a nuestro servicio para crear belleza y generar verdad; para edificar, no para herir o injuriar; para expandir el horizonte cultural; para canalizar lo que percibe la intuición y la sensibilidad.

La palabra posee significado, concepto, valor, sentido y verdad. Son términos de la dimensión conceptual de los vocablos y expresiones.   Hay verdades profundas percibidas por la inteligencia intuitiva. Son nuestras verdades de vida o verdades derivadas de una experiencia vivencial o existencial. Hay verdades trascendentes, reveladas por una voz superior. Son las verdades universales, con valor en cualquier lengua y cultura. Se trata de la sabiduría espiritual del Universo, a la que acceden los grandes poetas cuyo torrente imaginativo o espiritual revelan mediante las imágenes y símbolos arquetípicos.

Poetas, iluminados y contemplativos suelen ser intermediarios, como amanuenses del Espíritu o de la Voz alta del Cosmos, de esas verdades trascendentes. Los antiguos griegos hablaban de las Musas como fuente de inspiración, concepto emparentado con el Pneuma o soplo del Espíritu para los hebreos y el Inconsciente colectivo de la Psicología moderna de Carl Jung. Musa, Pneuma o Inconsciente colectivo aluden a lo que los cristianos identificamos como la señal del Espíritu Santo. La frase bíblica lo sintetiza mejor: “El Espíritu sopla donde quiere”.

Desde luego, para proyectar la verdad, la palabra ha de reflejar la relación del contenido con el referente. Entre la palabra y el concepto hay una relación de adecuación, ya que, entre la palabra y el referente que la inspira hay un vínculo de representación.

Entre la palabra y la experiencia vivencial hay una sintonía afectiva, imaginativa y conceptual -una genuina poesía se apoya en verdades intuidas, no en especulaciones o suposiciones imaginativas-.

Entre la palabra y la idea que la conforma hay una sintonía conceptual fundada en la adecuación con la realidad de la cosa.

Si la palabra no se corresponde con la realidad que representa o con la huella que lo real imprime en la conciencia, se producen actitudes contradictorias. Si se hace una defensa teórica del indio, del negro o del necesitado, ha de ser generar una conducta consecuente, para que no sea una mera pose intelectual. El drama de América Latina radica en que muchos de sus intelectuales y políticos ostentan una dualidad conceptual, ya que expresan una propuesta retórica sin la correspondiente identificación operativa. Si entre lo que decimos y hacemos no hay correspondencia, la palabra es falsa y retórica.

En virtud de la relación entre la palabra y el concepto, la capacidad de conceptualización conlleva el entendimiento para comprender el significado que las cosas entrañan. Hay una relación entre la palabra y el sentido que la palabra denota: procurar el sentido es entender la dimensión profunda de las cosas. Esa percepción permite identificar el bien o la bondad que encierra.

 

La belleza del concepto en la verdad de la palabra

 

La palabra tiene un sentido directo y una dimensión connotativa. La realidad auspicia también una dimensión metafórica o una virtualidad subjetiva. Cuando ambos aspectos se concilian, se produce una expresión armoniosa con la realidad y el lenguaje canaliza la faceta simbólica de la expresión. Si aceptamos que, además de la verdad objetiva, hay una verdad subjetiva, aprendemos a respetar o a tolerar la verdad ajena.

Entre la palabra, la verdad y la belleza de las cosas hay una relación empática en virtud de la conexión que establece el contemplador con la cosa contemplada y la expresión que la revela. La creación poética suele ser el producto estético de ese vínculo entrañable entre esos factores de la comunicación.

Ante el impacto que lo real ejerce en la sensibilidad y la conciencia, el contemplador registra la emoción que la hermosura de lo viviente genera en la persona cuando entra en sintonía con la cosa: entonces fluye la expresión hermosa y elocuente, la frase luminosa que encandila, la verdad profunda que ilumina o la belleza sutil que embriaga. En tal virtud, entre la dimensión formal y conceptual de la palabra y la realidad de la cosa que la inspira, hay una fecunda relación de coparticipación, que el lenguaje formaliza en la expresión.

Mediante la intuición, el contemplador percibe la esencia de lo real cuando entra en el interior de la cosa y vive lo contemplado (3). Entonces el enunciado de su expresión porta un contenido revelador, edificante y sugerente.

Entre la palabra, el contenido y la belleza que expresa, hay una empatía sugerente. El contemplador experimenta esa vinculación cuando se abre a los fluidos de las cosas mediante la mirada interior que atrapa el valor y el encanto de lo real. Entonces percibe el bien que el ser contiene, con la verdad de su aliento inherente o la hermosura de su dimensión sensible.

Entre la palabra y el sujeto que la nombra hay un vínculo de posesión y de compenetración. Cuando el hablante se deja poseer por la esencia de la cosa o la hermosura que revela, se convierte en canal de verdades intuidas  o en amanuense de verdades reveladas. La verdad intuida es la que descubrimos cuando observamos la dimensión profunda de realidad objetiva; la verdad revelada es la que nos llega de la memoria cósmica o de la sabiduría espiritual del Universo cuando sus efluvios trascendentes traspasan las compuertas de nuestra sensibilidad interior. La existencia de esas verdades y de otras manifestaciones de la realidad sensible y suprasensible da lugar a que distingamos entre la voz personal y la voz universal: la primera entraña el testimonio de lo que perciben nuestros sentidos; la segunda, contiene el torrente de conocimientos revelados por una fuerza misteriosa y profunda.

Asimismo, entre la realidad que nos apela y la capacidad intelectiva, afectiva o imaginativa del contemplador, se produce también un tipo de relación en su vertiente psicológica. La persona acordada con su interior genuino, vive en armonía con lo que piensa, siente y hace. Esa armonía interior no solo refleja el sosiego de la conciencia, sino la apertura de la sensibilidad con sentido positivo, altruista y creador.

Por esa razón, si entre lo que pensamos y sentimos no hay correspondencia, nuestra palabra es falsa. Si entre lo que pensamos y decimos no hay adecuación, nuestra palabra es hipócrita. Si entre lo que sentimos y hacemos no hay identidad, nuestra palabra es fingida, a menos que se trate de una ficción, que la obra literaria lo consiente. Cuando acontece el divorcio entre la palabra, el pensamiento y la expresión, no hay verdad genuina, ni belleza posible, ni acción creíble. En esa condición, tampoco fluye la esperanza y, mucho menos, la fe. Ese desconcierto explica muchas contradicciones conceptuales, morales, estéticas y espirituales. Por ejemplo, si decimos que creemos en un más allá, pero experimentamos el sentimiento del horror vacui, el miedo a la muerte desmiente esa creencia; si decimos que sentimos inclinación por la mística, nuestras acciones deben cortejar ese postulado espiritual. Si nuestra obra contradice lo que decimos, es incierto lo que predicamos. En resumen, si la palabra es una trabazón de forma y contenido, su virtualidad operativa debe reflejar ambas vertientes con claridad, propiedad y autenticidad. Esa adecuación es inexorable por el hecho de que entre la palabra y el sentido se dan varias concatenaciones consecuentes:

-Una relación intelectual que sustenta la coherencia entre lo que pensamos, decimos y hacemos.

-Una relación afectiva que genera la identificación con lo que sentimos y expresamos.

-Una relación imaginativa que certifica la vinculación entre la realidad que concebimos y la realidad que vivimos.

-Una relación espiritual que genera la dimensión interna y mística de lo viviente en la expresión de la palabra.

(Cuando suceden incongruencias derivadas de las relaciones implicadas en el lenguaje, la conducta o la creación explican la incoherencia en que incurren quienes, cobijados bajo la cultura de Occidente, despotrican contra el Hispanismo o el Cristianismo por su procedencia europea o de quienes adversan la institución cuyos beneficios usufructúan).

Si aplicamos estos planteamientos a la creación literaria, podemos inferir que una poesía sin un contenido denso, bello y trascendente, sin la vibración de la sensibilidad estremecida, del pensamiento edificante o del amor que involucra, es mera forma expresiva sin trascendencia.

Thomas Merton, el monje poeta que vivió el sentimiento del amor divino, consignó: “Tú sanarás mi alma /cuando te plazca. /Y se serenó mi corazón, /que jadeaba por Ti”.

El anhelo del buen escritor es decir verdades con sentido y belleza. Desde luego, si podemos encauzar lo que el corazón anhela, también podemos plasmar lo que la sensibilidad privilegia. Para formalizar la belleza de la forma y la hondura del concepto hemos de elegir la palabra que le dé trascendencia al contenido y fulgor a la expresión.

El poema de Helena Ospina Garcés, “¡Ábreme... paloma mía!”, inspirado en uno de los versículos del Cantar de cantares, ilustra el sentido de la belleza con el fulgor del concepto que ilumina la expresión:

 

Ábreme... paloma mía;

mi cabeza está cubierta de rocío,

mis cabellos del relente de la noche.

Cant. V, 2 

 

¡Ábreme... paloma mía!

Que está lleno de rocío

el cabello mío

y del relente de la noche

el rizo mío.

Que necesito

que la palma de tu mano roce

este ardor que llevo dentro,

que me trae corriendo

–con paz y sin sosiego–

tras el Amor.

 

Bruno Rosario Candelier

VI Encuentro de Literatura Mesoamericana

San José, Universidad de Costa Rica, 23 de septiembre de 2011.-

 

Notas:

  1. Cfr. Bruno Rosario Candelier, El Logos en la conciencia, Santo Domingo, Academia Dominicana de la Lengua, 2010, pp. 7ss.
  2. En Fredo Arias de la Canal, Diálogos intemporales, México, FAH, 2008, pp. 37ss.
  3. Cfr. Henri Bergson, Introducción a la metafísica, Buenos Aires, Ediciones Leviatán, 1956, p. 16.{jcomments on}

Acerca del autor


Bruno Rosario CandelierNació en Moca el 6 de octubre de 1941. Filólogo, ensayista, crítico literario, narrador, educador y promotor literario. Es licenciado en educación por la Universidad Católica Madre y Maestra y doctor en filología hispánica por la Universidad Complutense de Madrid. Preside la Academia Dominicana de la Lengua y es miembro de la Academia Norteamericana de la Lengua Española.

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