Hay cinco palabras que aprendimos de niños, seguramente de los labios de nuestra madre, cinco de las palabras que más pronunciamos, cinco de las palabras más hermosas del diccionario, cinco de las palabras que se trasforman en conceptos y en símbolos creando ensamblajes con luces interpretativas diferentes, cinco de las palabras que se convierten en tema de inspiración para los escritores.

 

1ª GRACIAS

La primera palabra, cuando nace del corazón y después la alimentamos con nuestra voz adquiere un sentido sublime: Merci, Thanks, Danke, Mulzumesc, Spasibo, Grazie, Gratias, Evgaristó, Arigato, Duo xié, Brigada, Todá, Shokrán, Baracá offit…, una palabra que en todos los idiomas es hermosa, pero de manera particular en español: “Gracias”.

Quiero comenzar mi discurso con esta palabra: “Gracias”. Gracias, Señores académicos por el aporte que hacen a la lengua castellana, que hermana a Iberoamérica, por su contribución a la patria de Duarte con la lingüística, la filología y la literatura.  Gracias, Señores Académicos por este honor que me hacen hoy de aceptarme entre ustedes, quizás sin merecerlo.

Me invade un gozo inmenso por esta oportunidad de sumarme a las tareas de la Academia dominicana de la Lengua para aprender de los grandes maestros, que hay aquí presentes y que la enriquecen.

 

Yo nací en una aldea de Castilla,

en la tierra del Cid, adusta estepa

de trigos y viñedos, a la orilla

 

del Duero, en Peñaranda, donde trepa

el sol por los andamios del estío

y la nieve desciende y nos increpa

 

con su manto de luz y escalofrío.

Yo nací con la lluvia, con la brisa

con la niebla; aprendí de su albedrío.

 

Llevé como estandarte la sonrisa,

la verdad y el amor entre mis manos,

y escuché, sí, con devoción la misa.

 

Respeté desde niño a los ancianos,

socorrí casi siempre a los mendigos,

vi que los hombres son samaritanos.

 

Yo no comprendí nunca los castigos,

abominé la guerra, la injusticia

y abracé con orgullo a los amigos.

 

Y todavía creo en la noticia

de que Dios sigue amando a cada hombre,

redime el corazón y lo acaricia.

 

Que no te inquiete más, que no te asombre,

si al pan lo llamo pan y al vino, vino,

y a los hombres los llamo por su nombre.

 

Que llevo con mi nombre mi destino

y junto al nombre se me abrió la herida,

que siendo tan humano es don divino.

 

Cuando mi alma del mundo se despida,

si Dios me contemplase cara a cara

le daría las gracias por la vida.

 

Y este nacimiento me ata y me encadena a un paisaje, a un vivir, a un destino, a un lenguaje, a un mar soñado, que se hace realidad en esta tierra de República Dominicana, en estas gentes que, como yo, llevan en su alma cada sonido, cada signo, cada señal inequívoca del tiempo, del amor y de la dicha. Y que me hace clamar como Violeta Parra “Gracias a la vida, que me ha dado tanto.”

 

2ª PALABRA


El segundo vocablo es el término “palabra” y todos sus derivados: lenguaje, lengua. La escritora de la Real Academia Española, Ana María Matute, que hace unos meses recibió el Premio Cervantes, afirma que “la palabra es el arma de los humanos para aproximarse unos a otros”. Uno de los grandes maestros que tenemos en la literatura universal, William Shakespeare exhortaba: “Sea como fuere lo que pienses, creo que es mejor decirlo con buenas palabras”.           

La importancia que, en ocasiones, los autores conceden a su vocación poética viene acrecentada por el hecho de relacionar su destino como ser humano al de la palabra misma (1): “No te puedes perder, no nos podemos perder, palabra mía” (2).


Blas de Otero pide la paz y la palabra, y Gabriel Celaya afirma que la palabra es un arma cargada de futuro.

 

(1)             Cf. María Payeras Grau, “Ángel Crespo: la voz de la creación”, en Entre el poema y el autor. La figura del autor en varios poetas del 50. Losé Joaquín Goytisolo, III Congreso Internacional, Ajuntament de Cambrils, Tarragona, 2007, pp. 45-48).

(2)             Ángel Crespo, “Mi palabra”, Libro primero “En medio del camino”, Vol. I, 38-39).

Lo más determinante en la vida de las mujeres y de los hombres para expresar sus sentimientos es la palabra:

 

“Palabra, dulce y triste persona pequeñita,

dulce y triste querida vieja, yo te acaricio…

 

…Palabra, me acompañas, me das la mano, eres

maroma en la cintura cada vez que me hundo;

cuando te llamo veo que vienes, que me quieres,

que intentas construirme un mundo en este  mundo”.

                                            Félix Grande

 

que se nutre en el corazón y necesita ser expresada, que salta a los labios con emoción, con pasión desbordante a través del idioma.

 

 ¡Palabra, qué grande eres palabra!

En ti no existen blancos ni negros,

ni propiedades ni patrias.

En ti se refugian los ricos, los pobres

de América y de Asia,

de Europa y de Oceanía,

los pobres y ricos de África.

Unos cansados replican:

“tengo sed de tantos bienes que tengo”;

otros, en cambio, “tengo sed de agua”.

Pero todos pronuncian lo mismo:

“vida”, “madre”, “amor” y “gracias”.

¡Palabra, qué grande eres, palabra!

 

  

Idioma que compartimos y nos hace sentirnos ciudadanos próximos a un sentimiento inmenso y profundo que nos une. El idioma es la única patria que tienen los seres humanos para realizarse en plenitud. El español es una lengua hablada por cerca de quinientos millones de personas en los cinco continentes del planeta.

  

Es este idioma el que nos tiene unidos en estrechos lazos a Iberoamérica y a España.

Más de mil años han pasado desde que el Abad de San Millán de la Cogolla selló el nacimiento de una nueva lengua, el castellano, en un rincón de España. Nadie supuso entonces la importancia que en siglos futuros alcanzaría este nuevo idioma.

 

Sentenciaba Oliver W. Holmes: “Toda lengua es un templo, en el cual está encerrada, como en un relicario, el alma del que habla”. El humanista del Renacimiento Nebrija cuando publicó su Gramática Castellana, la primera de las lenguas europeas, dijo a los Reyes Católicos, Fernando e Isabel, que “la lengua era la compañera del Imperio”. Iberoamérica y España se complementan.

 

   Iberoamérica, y en particular República Dominicana, es beneficiaria de una larga herencia de valores humanos, espirituales y culturales  Sobre todo, es el relacionado con la unidad lingüística el mayor potencial del hombre iberoamericano. Más de una veintena de países poseen el valioso don de la lengua común, la castellana. La unidad lingüística no sólo se conserva, sino que también se ha consolidado. La rapidez de los medios de comunicación ha contribuido a ello. Pero de manera rotunda las Academias Iberoamericanas con el mantenimiento de la lengua y con el aporte de nuevos y necesarios vocablos que han surgido en el habla sencilla de la gente del pueblo.

 

Raras veces ha sucedido que tantos excelentes escritores se expresen en el mismo idioma común, a pesar de la variedad de sus procedencias. Las letras hispanoamericanas han despertado de un sueño que les sumió el siglo XIX. En España la generación del 98 marcó el primer despertar. Y después, la Generación del 27; y novelistas posteriores como Ana María Matute, Carmen Laforet, Camino José de Cela o Miguel Delibes, que han ennoblecido el humanismo español. Mientras en América, sus contemporáneos escritores han conseguido establecer un auténtico esplendor entre las letras hispánicas universales: Rubén Darío, Pablo Neruda, Jorge Luis Borges, Alfonsina Storni, Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa, Mario Benedetti, Julio Cortázar, Juan Rulfo, Ernesto Sábato, Carlos Fuentes, José Martí, Octavio Paz, Cabrera Infante, Miguel Ángel Asturias, Roa de Bastos;  y los dominicanos: Salomé Ureña, Pedro Henríquez Ureña, Domingo Moreno Jiménez, Federico Henríquez Gratereaux, Franklin Mieses Burgos, Manuel  del Cabral, Tomas Hernández Franco, Máximo Avilés Blonda, Bruno Rosario Candelier, José Enrique García, Cayo Claudio Espinal. Y otros muchos que dan prestigio a la Hispanidad en las letras.  En estos últimos 25 años se ha producido un gran dinamismo de la literatura, de la palabra poética y de la narrativa dominicana. A finales de los 80 nace la “Poética del Pensar” con el poeta y ensayista José Mármol a la cabeza; en 1990 nace el Movimiento Interiorista creado por Bruno Rosario Candelier con un grupo de signatarios fundamentales, entre ellos destacan Pedro José Gris, Tulio Cordero, Manuel Salvador Gautier y Ofelia Berrido; el Movimiento de la Metapoesía, creado por Jorge Piña y el Contextualismo, creado por Cayo Claudio Espinal.

 

Yo también, sin saber por qué, empecé a “entretejer naderías”, parafraseando a  Jorge Luis Borges, a reinventar un mundo cargado de significado con las palabras.

 

El verso llegó a mis labios y a mi memoria, a través de los poemas de Gustavo Adolfo Bécquer, Antonio Machado, Juan Ramón. Así han permanecido durante muchos años algunos versos en el recuerdo.

De Bécquer: “¿Qué es poesía?’, dices mientras clavas / en mi pupila  tu pupila azul. / ‘¿Qué es poesía?’ ‘¿Y tú me lo preguntas? / Poesía… eres tú’ “. De Antonio Machado: “En el corazón tenía / la espina de una pasión. / Logré arrancármela un día. / Ya no siento el corazón.” De Juan Ramón Jiménez “No lo toquéis ya más, así es la rosa.” De Rubén Darío: “Puede una gota de lodo / sobre un diamante caer, / puede igual de este modo / su fulgor oscurecer; / pero aunque el diamante todo / se encuentre de fango lleno, / el valor que lo hace bueno / no perderá ni un instante, / y ha de ser siempre diamante / por más que lo manche el cieno.” De José María Gabriel y Galán: “Hoy que con los hombres voy / viendo a Jesús padecer / interrogándome estoy: / ¿somos los hombres de hoy / aquellos niños de ayer?”.

 

Y el ser humano, la espina de la pasión, la rosa, el diamante y el tiempo fueron símbolos, los acaricié y los uní como eslabones de una cadena, y vi el mundo por primera vez y fue la palabra y la poesía en mi vida un horizonte amplio al que me dirijo y que aún no he llegado plenamente a tocar.

 

3ª AMOR

La tercera palabra es el Amor, el tema por antonomasia de la literatura Iberoamericana y Española.

Nietzsche en Así habló Zaratustra, sitúa al hombre como un ser que ejerce el amor como un hábito continuo de amar: “Es verdad: nosotros amamos la vida no porque estamos habituados a vivir, sino porque estamos habituados a amar (3)

Pero si hay algo maravilloso en la vida del ser humano es el amor. El poeta hindú Rabindranath Tagore sentenciaba: “Tengan los muertos la inmortalidad de la fama, pero sea para los vivos la del amor”. Algún escritor, incluso afirma que “Sólo se vive el tiempo en que se ama”.  Claude A. Helvetius

 

Amamos este existir bajo las aves, amamos la tierra, amamos a aquellos que nos han cubierto de abrazos o simplemente pronuncian nuestro nombre en el reino del recuerdo y de los vivos. El amor es la eterna realidad de la memoria que pervive por siempre en el tiempo. El dominicano, en concreto, es ‘telúrico’, es un enamorado de su trópico, de su lar nativo: ama sus tradiciones; ama la música, el ritmo, la diversión.

Para algunos escritores el amor es la norma de su vida y de su escritura. Decía el poeta Gerardo Diego, académico de la RAE,  “yo no sé hacer sonetos, más que amando” (4).

 

(3)             Nietzsche, Así habló Zaratustra, en el capítulo “Del leer y el escribir” (p.44)

 

(4)             Gerardo Diego, Sonetos a Violante, v.1, en Sonetos a Violante. Obra completa, Poesía I, p.1311, Aguilar, Madrid, 1999).

Todos los escritores han cantado en alguna ocasión al amor, quizás porque como decía Dante Alighieri “el amor mueve el sol y las estrellas” o como reflexiona Voltaire “el amor es la más fuerte de las pasiones, porque ataca al mismo tiempo a la cabeza, al cuerpo y al corazón”.

 

Si nos adentramos en la historia de la literatura comprobamos que desde sus inicios sobresale el amor como columna vertebral de la poesía: Amores de Apolonio y Luciana (S. XIII), Razón de amor (S. XIII), Lamentaciones de Amor (Garci Sánchez de Badajoz, S.XV y VVI), Visita de amor (Cristóbal de Castillejo (1490-1550), Angélica y Medoro (Luis de Góngora,1561-1627), Efectos del amor (Lope de Vega, 1562-1635), A Venus (José Cadalso, 1741-1782), Amor y orgullo (Gertrudis Gómez de Avellaneda, 1814-1873), A buen juez, mejor testigo (José Zorrilla,1817-1893), El tren expreso (Ramón de Campoamor, 1817-1901), El amor de mis amores (Carolina Coronado, 1823, 1911), Amor oculto (Manuel del Palacio,1832-1906), Rimas (Gustavo Adolfo Bécquer, 1836-1870), Veinte poemas de Amor y una canción desesperada (Pablo Neruda), La destrucción o el amor (Vicente Aleixandre), Amor sólo (Gerardo Diego).

 

Hay dos breves poemas sobremanera que marcaron la melancolía y la ilusión en mi adolescencia, con su aguijón y su néctar. El primero de Garci Sánchez de Badajoz: “Sois la más hermosa cosa que hizo Dios / y lo menos que hay en vos / es ser hermosa”. El segundo de Gustavo Adolfo Bécquer: “Por una mirada, un mundo, /  por una sonrisa, un cielo, / por un beso,…¡ yo no sé, / qué te diera por un beso!”; y unos versos sueltos de Miguel Hernández: “Te me mueres de casta y de sencilla. / Estoy convicto amor, estoy confeso, / que raptor intrépido de un beso, / yo te libé la flor de la mejilla…”; y otros de Pablo Neruda: “Me gustas cuando callas, porque estás como ausente, / y me oyes desde lejos, / y mi voz no te toca”.

 

La literatura ha tratado el amor en todas sus vertientes, de manera especial la del amor eros. En unas ocasiones, desde una vivencia real, en otras desde un deseo o una ficción, siguiendo el criterio del escritor portugués Fernando Pessoa, “El poeta es un fingidor”. Respecto a esta vertiente, Antonio Machado aseveraba  “A las palabras de amor les sienta bien un poco de exageración”.

 

Para algunos escritores, el amor es simplemente un sentimiento pasajero, que hay que aprovechar y saborear hasta el final, sin pensar  en sentimientos de eternidad. Otras veces, este sentimiento se reduce al esplendor del sexo, “sublimado en ocasiones por el sentimiento profundo y la palabra estremecida” (5).

Para otros, en cambio, el amor es un sentimiento que se aprende. Así lo han expresado poetas, como José María Gabriel y Galán, que en su poema “La pedrada” dice: “

 

Me enseñaron a rezar,

enseñáronme a sentir

y me enseñaron a amar,

y como amar es sufrir,

también aprendí a llorar”

 

Aunque algunos escritores piensen lo contrario, como Benito Pérez Galdós que escribirá: “El amor es un arte que nunca se aprende y siempre se sabe”.

 

(5)             Luis María Ansón, “El amor y el esplendor del sexo” en Palabras de amor de los poetas, Discurso  de Incorporación en la RAE).

 

Coincide en numerosos escritores el pensamiento de que el amor no está exento de sufrimiento. Jorge Luis Borges piensa que “la poesía nace del dolor”. “Cualquier amor que no se haya nutrido de un poco de dolor, puro, muere”, dice un autor, Maeterlinck. También el escritor ruso Fiódor Dostoievski constataba que “en nuestro planeta sólo podemos amar sufriendo y a través del dolor. No sabemos amar de otro modo ni conocemos otra clase de amor”.

 

Un amor, lleno de dolor y, a la vez, de vivencias gratificantes, como plasmará el poeta español Félix Grande:

 

“Para envejecer juntos nos tomamos las manos,

yo miro tu sonrisa, tú miras mi tristeza;

irán saliendo arrugas en mi alma y tu cabeza

y canas sobre nuestros espíritus humanos.”

“Si yo te abandonara me quedaría sin sueño

como un mar que de pronto se quedó sin orillas,

me extendería buscándolas, con olas amarillas,

enormes, y no obstante, yo sería muy pequeño.”

 

Y también el poeta dominicano Miguel A. Peguero:

 

Amor es eso, amar como te amo,
sin medir tu desdén, sin que un reclamo
haga que el alma de esperanza estalle.

Amor sin arrebatos y sin ruido,
que espera que tu hogar esté dormido
para pasar entonces por tu calle.



Anécdota: Encuentro de escritores en Béjar (Juan Manuel de Prada, Ana María Matute, Alfonso Sastre…), leía poemas de mi libro “Fría desnudez del calendario”, y dije que estaba dedicado a mi madre. En el coloquio, un joven, según los del pueblo “con pocas luces”, me hizo meditar, al decirme: ¡qué pena que no tengamos más de una madre! Y yo pregunté ¿por qué? Y él me respondió: “Porque si el amor a tu madre te ha hecho escribir un libro, si tuvieras tres madres hubieras escrito tres libros”.

Sea como fuere lo cierto es que el ser humano necesita querer y ser querido para realizarse, y los poetas, profetas de su tiempo lo cantan, lo viven, lo inventan, o simplemente lo expresan como el escritor Herman Hesse: “Supe que ser amado no es nada; que amar, en cambio, lo es todo.”

 

4ª MUERTE

El concepto de muerte tradicional ha sido el de la separación del alma y cuerpo, como si de dos mitades se trataran, con la particularidad de que la primera, el alma, era realmente importante, mientras que el cuerpo venía a ser, como la envoltura. Esta concepción, en el fondo platónica, pero que en el cristianismo ha asumido y repetido hasta la saciedad, hoy está puesta en tela de juicio. La noción de espíritu encarnado o, como dirá el filósofo Zubiri, de carne animada constituyendo un solo y único aspecto y elemento, no encaja con la expresión tradicional.

 

La vida es vista, en ocasiones, como una muerte. Por eso Francisco de Quevedo afirma que “Mejor es morir que vivir muerto”.

 

Y la muerte es vista, también en ocasiones, como una oscuridad, como un vacío. Por ejemplo, Julián Ayesta, en su libro “Helena o el mar del verano” presenta, de manera indirecta, esta connotación de la muerte: “La última claridad del crepúsculo iba hundiéndose detrás de los tejados, detrás de los árboles del jardín del colegio, detrás de una gran soledad como un enorme vacío amargo que se acercaba, que venía creciendo, haciéndose cada vez más cóncava, y nos íbamos sumiendo en ella como en la muerte” (6). 

 

(6)             Julián Ayesta, Helena o el mar del verano, Sirmio, Barcelona, 1987, p.43.

Algunos poetas presentan el desgarro provocado por la muerte:

“Dejaré sin recuerdos mi aposento,

rasgaré del retrato tu figura,

destrozaré los libros polvorientos.

 

Los versos que escribí en mi desventura,

troceados calmarán mi sufrimiento.

Nuestras camas serán mi sepultura”

 

A veces, en la concisión del verso está recogido todo el dolor junto, y a través de la metáfora se expresa la angustia:

“Mi vida es una playa de agonía

y el mar de la amargura está a mi lado”.

 

O la elegía a Ramón Sijé, de Miguel Hernández, en la que el dolor va aumentado hasta adquirir una intensidad rabiosa:

 

“No hay extensión más grande que mi herida,

lloro mi desventura y sus conjuntos

y siento más tu muerte que mi vida…

…Quiero escarbar la tierra con mis dientes,

quiero apartar la tierra parte a parte

a dentelladas secas y calientes”.

 

Si hay algo de cierto en la vida del hombre es su muerte, y en muchas ocasiones la persona vive atormentada no sólo por el dolor, sino por el miedo a desaparecer” (7), “pone en crisis a las personas, ideologías y poderes” (8). El poeta portugués Fernando Pessoa dice en unos versos: “Aunque yo haya muerto, la primavera llegará, las flores florecerán como siempre y los árboles reverdecerán como en años anteriores. La realidad no tiene necesidad de mí, y yo siento una alegría inmensa al pensar que mi muerte es insignificante”.

 

Es cierto que todo seguirá igual a pesar de nuestra muerte, como dice este espléndido poeta, pero se equivoca al pensar que nuestra vida es insignificante. Muchas cosas estarán cargadas del recuerdo y de la presencia de la persona que muere. El hombre sólo es persona cuando ama, pero también estoy convencido de que el hombre ama plenamente cuando muere, porque muere a sus egoísmos.

Quizás sea como Fiódor Dostoievski predice: “El hombre teme a la muerte porque ama la vida”. Sin duda, por lo general, el hombre se aferra a la vida, y no quiere  hablar de la muerte, y cuando está llegando la simple idea le aterroriza:

“Es más fuerte, si es vieja

la verde encina;

más bello el sol parece

cuando declina;

y eso se infiere

porque ama uno la vida

cuando se muere”.

                  Rosalía de Castro

 

(7)             Cf. Concilio Vaticano II, Gaudium et spes, 18.

(8)             Cf. Eliseo Tourón, Escatología Cristiana, Madrid, Ed. Pío X, 1990, p.144).

Aún cuando uno cree en otra vida tiene reservas: “Lo malo de la inmortalidad es que hay que morir para alcanzarla” (Víctor Hugo).

La progresión de la senectud de un autor le hace tomar conciencia de la proximidad de su muerte y suele adquirir su obra una porción cada vez mayor de sentimiento elegiaco. Por eso en algunas de sus composiciones los poetas son conscientes de que la muerte le sobrevendrá como ser humano: “Más creo firmemente que nací y moriré” (“Rafael y Azarías”, G.D.).

                 

Quizás se acerque ya la muerte. Temo

no verte, no sentirte, no...¡Me quemo!

¡Estoy sólo en el mundo. No hay salida!

 

¡Grito fuerte!, ¿me escuchas?, ¡más, más fuerte!,

¡que se aproxima más y más la muerte!

¡Qué suerte, estás aquí! ¡Te siento, Vida!

 

Podemos afirmar, pues, que la muerte marca la ruptura de un proceso, crea una división entre el tiempo y la eternidad. Sólo abarca un aspecto del hombre: el biológico y temporal. Pero además de animal y tiempo, es persona e interioridad; por eso, la muerte no es un fin. Así lo entienden muchos poetas contemporáneos, por ejemplo Gerardo Diego. En su poema “Vida” de Cementerio civil, sin dramatismo, asegura: “Siempre habrá algo después de la muerte”. Siguiendo su visión creyente, alecciona con su pensamiento porque la muerte es la prolongación de la vida “la vida en la vida revierte”. Esta misma idea aparecía ya en su poema “Ángelus” de su libroImagen: “La vida es un único verso interminable. / Nadie llegó a su fin. / Nadie sabe que el cielo es un jardín”.

 

En su poema Matusalem, después de hacer una reflexión sobre la identidad de la vida y de la muerte, concluye que lo importante no son los muchos años que se viven, sino la intensidad con que se viven. Intensidad en sentido de donación, entrega, hacer el bien o, en palabras del autor, “vivir en presencia de Dios”, como glosa el salmo 90, y el capítulo 4 del libro de La Sabiduría. G. Diego plantea el deseo de morir como conclusión de un proceso intenso de fidelidad y amor a la vida; como si el hombre, al esclarecer el misterio, hubiese ya llegado a la plenitud, conseguido el objetivo; como un despertarse en los brazos de Dios (vv.90-93), al estilo de los místicos: “Vivo sin vivir en mí / y tan alta vida espero / que muero porque no muero!”. Teresa de Jesús “se muere de amor”, dice el periodista y escritor Luis María Ansón, en el Discurso de Incorporación en la Real Academia Española; es el ansia infinita y sencilla de ver a Dios, de reposar eternamente en Él. También Calderón de la Barca, en su obra “La vida es sueño” clamará a través de Segismundo:

 

“Ven muerte tan escondida

que no te sienta venir,

porque el placer del morir

no me vuelva a dar la vida”

 

La vida es un gastarse a diario, es un morir a lo que nos estorba y también es un morir en lo físico:

 

“El que no saber morir

mientras vive, es vano y loco;

morir cada hora su poco

es el modo de vivir”.

 

         José María Pemán

En esta misma sintonía se mueve Antonio Machado, que consciente de la muerte del ser humano afirmará:

“Hay que llegar al final desnudo como los hijos de la mar.”

                             

Muchos poetas utilizan la imagen del mar para referirse a la muerte, y la del río para referirse a la vida humana. Recordemos los versos de Jorge Manrique:

Nuestras vidas son los ríos

que van a dar a la mar,

que es el morir.

 

Antonio Machado, siguiendo esta misma imagen manriqueña dirá:


              “La vida baja como un ancho río

y cuando va al mar…”

 

Y también Miguel Hernández escribirá:

Que después de meditar

tomó el camino del mar,

es decir, el de la muerte

 

En la teología actual, la muerte, la característica más común de todo ser vivo, donde más radicalmente se descubre la finitud del ser humano, es considerada por muchos escritores como un descanso. Aunque, a veces, la muerte de un niño o un joven suponga un desgarro y una falta de comprensión. Plutarco y después Baltasar Gracián decían cosas semejantes: “La muerte de los jóvenes constituye un naufragio. La de los viejos es un atracar en el puerto”.

Pero la mayoría de los escritores ven la muerte como una continuación del tiempo y de la vejez. A veces, ven la muerte como una dormición, la muerte es acostarse a dormir” (“Matusalem”, vv.17-19) (9), dormir mucho y profundo sin sueños (vv.50-52), con sueños (vv.90-91).

 

Siguiendo esta idea, la muerte, en ocasiones, no constituye un disfraz, sino un abandono del dramatismo, un aspecto amable, una forma de interpretar este término dentro de unas magnitudes humanas y domésticas: así la persona querida no va a morir, sino que “le ha de sobrevenir el sueño / quizás antes que a mí” (10).

 

Ya Pitágoras exhortaba en su tiempo: “No temas morir. La muerte no es más que una parada”, y Annie Besant dirá que “no existe la muerte, sólo cambian las condiciones de vida”.

 

Eso mismo expresan en verso algunos poetas, como Jorge Manrique, en la elegía inigualable dedicada a la muerte de su padre:

 

                 “Este mundo es el camino

para el otro, que es morada

sin pesar;

mas cumple tener buen tino

para andar esta jornada

sin errar.

             

(9)             G. Diego, “Matusalem”, vv.17-19, en Versos Divinos, Fundación Conrado Blanco, Madrid, 1970 (Col. Alforjas para la poesía).

(10)          María Victoria Atienza, “La hebra” de Las Contemplaciones.

Partimos cuando nacemos,

andamos mientras vivimos

y llegamos

al tiempo que fenecemos;

 

así que cuando morimos descansamos. Jorge Manrique

Mucho más explícito es el testimonio del poeta español contemporáneo que os habla, y que interpreta la muerte como un encuentro con Dios, un estar abrazado a Dios. En la muerte de su madre escribirá:

              “Se detiene la música quebrada

               en el árbol cansado de tus hijos.

 

               Y Dios se duerme, madre, entre tus brazos”.

Y en el poema “Oración de un moribundo, concluirá:

                           

“Sí, suena la campana nuevamente

y oigo que tu voz me está llamando

por mi nombre: “¡Hijo, es hora de abrazarte!”.

 

5ª DIOS

La quinta palabra es Dios. Muchos poetas descubren que la fuente de su vida y de la creación poética es Dios, y en los versos se desnudan ante Él como un acto de humildad y confianza, como en un acto de amor en el que dos enamorados se prometen amor eterno.

 

Ya los psicólogos aseguraban que “acercarse a lo sobrenatural es verdadera terapia” (Carl Gustav Jung). Pero eso mismo lo afirman muchos escritores. Así Fëdor Mikhailovich Dostoyevski dirá: “Amigos míos, Dios me es necesario, porque es el único ser que puede amar eternamente”. Y Henry Miller: “Si Dios no es amor, no vale la pena que exista”.

 

Dios, el Amor con mayúsculas y Dios, el Poeta. Son las imágenes más frecuentes que utilizan los escritores.

 

Pero no sólo nuestros clásicos del siglo XX, sino también poetas actuales: “Dios sólo tiene una traducción: amor. Y exactamente como principal representación del amor”.

Estas palabras son de José Javier Aleixandre, sobrino del Premio nobel Vicente Aleixandre, uno de los poetas contemporáneos más novedosos en el horizonte literario, una de las voces más personales, con una madurez estética que caracteriza el núcleo de su obra literaria, y tocado por ese rayo de luz espiritual que le hace tener confianza en ese Dios de la vida, que nos abraza a pesar  de estar empapados de ceniza y de tristeza. 

Ya el inmortal Miguel de Cervantes Saavedra decía: “Encomiéndate a Dios de todo corazón, que muchas veces suele llover sus misericordias en el tiempo que están secas las esperanzas”.

Sin duda, muchos poetas han seguido sus enseñanzas. Gerardo Diego escribirá en unos versos:

 

 “¡Dios mío, tú el Poeta!

¿Porqué no me concedes la gracia de acertar a decir cosas bellas?

Dame que yo consiga –merced de las mercedes-

interpretar las flores, traducir las estrellas.”

 

Hay tres poetas dominicanos, los sacerdotes Tulio Cordero y Fausto Leonardo Henríquez  y el obispo Freddy Bretón, que en sus obras siguen este mismo pensamiento.

“Búscame Tú

con tus ojos de rocío,

Llámame Tú

con tu voz de paloma,

Sostenme Tú

con tu manos de espigas.”

                   Tulio Cordero

 

“Escrutas con tu mirada

el lienzo de mi vida y orillas mi lecho de barro

con tus impalpables brazos

que me estrechan con divina ternura”

                          Fausto Leonardo

 

“Ábreme las puertas de tus ojos,

llévame a tus luces interiores…

…Alza, mi Dios, la pobre tierra;

pueda ver yo cristalizado el barro”

                            Freddy Bretón

 

Cuando el poeta se coloca ante el Misterio con la mente libre de todo prejuicio, como el niño que aún no sabe hablar, se convierte no el “Algo” que hay que decir, sino en Alguien” al que hay que nombrar y poner rostro dándole forma con las propias palabras (11).

 

(11)          Cf. José L. Ortiz de Lanzagorta, El Dios del mediodía, BAC maior, Madrid,    1997, p.

 

 

            Si por tu amor, Señor, la vida vino
           y vino la esperanza de tu mano,
           ¡qué misterio de amor, tu amor humano
           y qué humano, Señor, tu amor divino!

                            

                               

Para muchos escritores Dios es la fuente de inspiración. Así Gerardo Diego, define la poesía desde múltiples perspectivas, pero siempre dando valor a la inspiración:

 

“El primer verso nunca se puede escribir de dentro afuera.

Hay que esperar que venga, a que llueva del cielo” (12).

 

Contemplemos la similitud de esta palabras con el verso que más tarde escribirá el poeta zamorano, académico de la RAE, Claudio Rodríguez: “Siempre la claridad viene del cielo, es un don” (13).

El poeta español, Premio Nacional de Literatura, Ángel García López, afirma también:

Detrás de cada una de las palabras que maneja, el poeta sabe que anda Dios. ¿Cómo si no el milagro de la poesía y todos estos textos imperecederos que integran el libro total de la canción del mundo?” “(14).

 

(12)          Gerardo Diego “Manera de silencio”, Panorama Poético Español, 18 de agosto de 1956. Obras Completas. Prosa VIII, p.873, Aguilar, Madrid, 1999.

 

(13)          Claudio Rodríguez, El don de la ebriedad, Madrid, Castalia, 1998.

(14)          Cf. Ángel García López, en Teodoro Rubio “También los poetas oran”, Revista Orar, nº 158, Monte Carmelo, 2002, p. 22.

 

En este mundo dividido por la guerra, por el egoísmo, en esta tierra que recientemente ha sido devastada por un huracán, se necesitan muchos poetas que hagan de sus versos una denuncia para que este mundo sea más justo, y, a la vez, un anuncio gozoso de las palabras de aliento a los artistas, dadas el 4 de abril de 1999 por el poeta Karol Woitila, en ese momento el Papa Juan Pablo II:

 “Que vuestros múltiples senderos, artistas del mundo, puedan conducir a todos hacia aquel Océano infinito de belleza donde el asombro se hace admiración, embriaguez, indecible alegría” (15).

                                                      ….

Cinco términos, que pronunciamos a menudo, y que aparecen como tema en nuestros escritos: Gracias, Palabra, Amor, Muerte y Dios.

Tengamos en cuenta  que las obras del corazón y la obra escrita e impresa son inmortales. De ahí, que afirme el escritor Rabindranath Tagore: “Cuando mi voz calle con la muerte, mi corazón te seguirá hablando”.

Señoras y Señores Académico reitero mi agradecimiento por haberme elegido miembro Correspondiente, y deseo que mis humildes conocimientos sirvan para favorecer a la consumación de los objetivos que establezca la Academia.

 

Teodoro Rubio
Academia Dominicana de la Lengua
Santo Domingo, 8 de septiembre de 2011.

 

Acerca del autor


Bruno Rosario CandelierNació en Moca el 6 de octubre de 1941. Filólogo, ensayista, crítico literario, narrador, educador y promotor literario. Es licenciado en educación por la Universidad Católica Madre y Maestra y doctor en filología hispánica por la Universidad Complutense de Madrid. Preside la Academia Dominicana de la Lengua y es miembro de la Academia Norteamericana de la Lengua Española.

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