En el año 2004, no recuerdo bien el mes, acepté la invitación de un amigo para participar en un encuentro de poetas en La Romana, bajo la coordinación de dirigentes del Ateneo Insular, con fines de propagar los principios estéticos del movimiento Interiorista. En aquel momento pasaba por un período de transición mi vida, por lo que buscaba nuevos horizontes y creí no poder encontrar mejor ambiente para auscultarlos que el recreado por autores de metáforas, dignos puentes hacia los inimaginables mundos que se esconden dentro de nuestro mundo.


Allí escuché por primera vez los planteamientos conceptuales de este movimiento literario y recibí algún material impreso donde se delineaban sus características. Cuatro años han pasado y más, tiempo en el que he asistido a diferentes encuentros donde he recopilado suficiente información como para ubicarme en una privilegiada posición que me facilita entender el verdadero concepto de dicha corriente poética.

Y he aquí que lo iniciado como una curiosidad tendente a encontrar la ruta para regresar a las veredas escritúrales que había soñado transitar cuando niño, se ha convertido en una nueva forma de vida para mí. Una nueva forma de vida que me ha hecho releer a Whitman para solazarme en la lógica trascendental y sencilla de sus palabras cuando dice:(1)

He oído lo que decían los charlatanes sobre el principio y el fin,
Pero yo no hablo del principio y del fin.
Jamás hubo otro principio que el de ahora, ni más juventud o vejez que la de ahora, ni más cielo o infierno que estos de ahora.
Instintito, instinto, instinto,
Siempre el instinto procreando al mundo.


De acuerdo con los postulados (2) del movimiento interiorista, magistralmente condensados por su mentor y guía, doctor Bruno Rosario Candelier, en la poética interior (es mi conclusión) se trata de buscar introspectivamente la realidad trascendente de las cosas, para expresarla por medio de figuras y símbolos, en versos arquetípicos que no necesariamente tienen que ajustarse a determinada estructura.

Partiendo de ello se pretende elevar la expresión poética a una nueva dimensión que trascienda las rutas de anteriores creadores, aprovechando sus inconscientes aportes y sin menospreciar sus escuelas estéticas. Así, el interiorismo persigue dar un giro al enfoque del artista de la palabra para producir una poesía que saliendo de sus sentidos interiores recree la belleza de las cosas a partir de la esencia que a todas ellas le es inherente. ¿Es nuevo este concepto estético?


No y sí.


No es nuevo en el sentido absoluto de la palabra puesto que su base puede ser encontrada en poetas tan antiguos como los creadores presocráticos y los fundadores del movimiento sufí. Y podría decirse que en toda la historia de la literatura se pueden detectar poetas que consciente o inconscientemente hicieron el esfuerzo de buscar en las entrañas de las cosas para desentrañarles su belleza esencial. Pero es ya en la poesía del medioevo español cuando comienza a percibirse una fuerte incidencia de la intuición del poeta para sacar a flote esa belleza que va mas allá de los patrones sugeridos por las formas percibidas a través de nuestros sentidos físicos o las creadas por nuestra imaginación. Así, los místicos, poetas interioristas por antonomasia, es el primer grupo que podemos identificar en el tiempo como precursores “organizados” del movimiento, al dedicarse por convicción a hurgar profundamente en la esencia de las cosas para extraer la belleza desapercibida por los sentidos tradicionales. De ellos hemos heredado grandes ejemplos de introspección poética, como estos versos de San Juan de la Cruz: (3)


Mas, ¿Cómo perseveras,
¡Oh vida!, no viendo donde vives,
Y haciendo porque mueras
Las flechas que recibes
De lo que del Amado en ti concibes?
O estos de fray Luís de León, que auscultándose profundamente proclama lo siguiente: (4)
En el profundo del abismo estaba
Del no ser encerrado y detenido
Sin poder ni saber salir afuera
Y todo lo que es algo en mi faltaba,
La vida, el alma, el cuerpo y el sentido;
Y en fin, mi ser no ser entonces era,
Y así de esta manera
Estuve eternamente
Nada visible y sin tratar con gente,
En tal suerte que aun era muy mas buena
Del ancho mar la mas menuda arena;
Y el gusanillo de la gente hollado
Un rey era, conmigo comparado.



Pero no cometamos el error de creer, como otros así lo han inferido, que las bases y posterior desarrollo de este movimiento tienen sus fundamentos exclusivamente en la obra de ascetas y místicos, pues casi medio siglo antes qu e estos insuperables poetas de todos los tiempos, un mundano (que posteriormente demostró con sus más conocidos versos tener los dones para adentrarse en el alma de las cosas por medio de la intuición) hizo sentir toda su capacidad de hurgar en lo entrañable -sobreponiéndose al inconveniente de la inmadurez lingüística que todavía afectaba al idioma español- cuando escribió: (5)


No tardes, Muerte, que muero
Ven, porque biva contigo;
Quiéreme pues que te quiero,
Que con tu venida espero
No tener guerra conmigo.



Estos versos, aunque parecen salidos de una pluma mística, pertenecen a Jorge Manrique, de quien, casi toda su producción poética fue inspirada por amores profanos y por la vida cortesana en general pero que paradójicamente se inmortaliza por la composición de una obra en que su vuelo de poeta se desplaza de los cielos rutinarios hacia los espacios de la inconciencia donde realiza su “meditación poética”, como llaman muchos estudiosos a las coplas por la muerte de su padre, poema que se yergue sobre el tiempo y el espacio y donde él explora, en forma aún no superada, la más habitual cotidianidad metafísica del ser: la muerte.

De Manrique saltamos una isla temporaria de cuatro siglos, con fines de agilizar este trabajo, para llegar a otro pilar de las letras universales quien en una de sus más conocidas composiciones nos presenta, quizás, la más descarnada alegoría del sufrimiento registrada en los anales de la poesía, al penetrar entrañablemente en el misterio que acabo de mencionar en el párrafo anterior.


No es otra cosa lo que hace Edgar A. Poe en El Cuervo, algunos de cuyos versos transcribimos a continuación: (6)


Largo tiempo, ante la sombra, duda el ánima y se asombra
Y medita, y sueña sueños que jamás osó un mortal.
Todo calla taciturno; todo abismase, nocturno…
¿No eres –dije- algún menguado Cuervo antiguo que has dejado las riberas de la Noche, fantasma l y señorial?...



En esos versos Poe nos muestra el desgarramiento de un alma, no con la narración “racional” de su estado de ánimo, sino a través de palabras claves como sombra, abismase, riberas, Noche, Cuervo, que –parafraseando a José Frank Rosario- (7) son símbolos usados por los interioristas no para que el lector entienda la experiencia a que el autor se refiere, sino para que la sienta. Para que la sienta –acoto yo- como el temblor que inexplicablemente nos embarga ante la presencia de lo impenetrable sin que necesariamente seamos recipientes de su manifestación física.
Eso, en definitiva, es lo que persiguen los poetas que intentan producir bajo los lineamientos interioristas: provocar, que no describir, ese estremecimiento en lector, contagiarlo de esa experiencia entrañable que vive el poeta en su papel de catalizador, de médium entre la belleza imperceptible a los sentidos físicos y el gran público inadiestrado para percibirla.


Quizás es por ello que don Manuel del Cabral califica a tres genios de la poesía de la siguiente manera: (8)

Góngora es magia;
Rilke es metafísica;
San Juan es temblor.



Ahora, trasladándonos específicamente a nuestro patio literario, podríamos detectar con facilidad la semilla del Interiorismo, en luminarias de nuestras letras como Domingo Moreno Jimenes, Manuel del Cabral, Marcio Veloz Maggiolo, León David y otros que ya se han labrado un nombre imperecedero en la literatura dominicana. Pero yo me quiero detener en un curioso y tangencialmente mencionado poeta en el que se percibe la marca inconfun dible de los símbolos interioristas y que, aunque no disponemos de una cronología confiable de su producción, podríamos señalarlo como el primer criollo* en haber producido poesía dentro de los hoy conocidos lineamientos estéticos del Interiorismo. Me refiero a Rafael Augusto Zorrilla de quien, por razones de inaccesibilidad a su producción completa, me limitaré a señalar algunos ejemplos de sus versos que pueden servir de sustento a mi postulado. (9)


* El doctor Bruno Rosario Candelier señala a Domingo Moreno Jimenes como el primer creador dominicano en trillar la senda interiorista.


Por coincidencia ambos poetas compartieron su vida literaria en el movimiento Postumista y sería una loable tarea el que algún investigador de nuestras letras se decidiera a establecer la verdad histórica para determinar con datos irrefutables, cuál de ellos fue el primero en escribir poemas con estos ribetes, ya que fueron contemporáneos, con dos años de diferencia, a favor de Zorrilla.


¿Qué quieren esos hombres
Que noche y día
Tanto me persiguen,
Que tanto manchan mis vergeles?...
Son los seres de la noche…
Cuajarte los senderos de cimas y de abismos…
Abismos
tórnanse montañas,
átomos, que estrangulan infinitos.
…Yo lo vi detrás del tiempo
llevaba el torbellino cósmico en las manos…



Entonces, queridos amigos, si podemos rastrear a través de tantos siglos y tendencias literarias la presencia de autores con esa honda sensibilidad, ¿cuál es la novedad del Interiorismo?


La novedad del movimiento como tal, se encuentra en la enunciación conceptualizada y la estructuración armónica de los principios que se deben seguir para lograr ese tipo de poesía; es el apercibimiento al creador interesado en producir la poesía de belleza entrañable, de sublimidad físicamente imperceptible, de que en base al rigor del estudio y la práctica de la ejecución, se puede amaestrar el espíritu para su logro. Este resultado ha sido posible por el esfuerzo intelectual y el ejercicio práctico de un grupo de creadores que, arremolinados en torno al personaje conceptualizador del movimiento, han producido una nueva y coherente propuesta estética para el enriquecimiento de la poesía universal. Veamos lo que al respecto nos dice Bruno Rosario Candelier en su ensayo “El Sentido de la Interioridad”. (10)

“He dicho que D. Moreno Jiménez, Manuel del Cabral y Manuel Valerio son nuestros precursores dominicanos en la búsqueda de lo trascendente, pero nadie antes del suscrito había formalizado una estética de carácter interiorista, y nadie en el mundo ha concebido y conceptualizado la idea de lo real trascendente, o de la realidad trascendente, como lo ha concebido y propuesto el autor de la Poética Interior, que ha conceptualizado un nuevo modo de ficción con una triple aplicación en crítica, teoría y ficción. Probablemente el Interiorismo llegue a ser el primer y único movimiento literario dominicano reconocido fuera de nuestras fronteras por su aporte de una técnica de la escritura y del lenguaje expresivo”

Ahora bien, lo que a mi particularmente me llama la atención en el movimiento interiorista es la libertad de criterio, la amplitud de conceptos que pueden enarbolar y practicar, los integrantes del conglomerado poético, siempre que ello no vaya en detrimento de la cohesión del grupo. Por eso allí, apretujados dentro del ideal que los convoca en busca de esa belleza inmaterial de las cosas, comulgan creadores identificados con la vertiente social de la poesía como Blas Jiménez y Guillermo Pérez Castillo con místicos natos como Tulio Cordero y Fray Pablo de Jesús; o metafísicos verso-libristas como Roberto José Adames y Miguel Solano con el amante de las formas tradicionales que es Eduardo Tavares Justo. ¿Y no es esto una de las cosas que han perseguido los poetas a través de todos los tiempos y por intermedio de todas sus obras, la exaltación del género humano con sus virtudes, derechos, deberes y defectos?

Ya, para mí, este es un logro excepcional del Interiorismo, pues la tónica predominante en la historia de los movimientos y las escuelas, durante todo el discurrir de la humanidad, ha sido la vana porfía por imponer unos criterios sobre otros y la exclusión que ello provoca. Desde las casi imperceptibles fricciones entre los seguidores de las antiguas escuelas filosóficas, hasta las inefables masacres provocadas por las interpretaciones antagónicas de una misma conceptualización sociopolítica en épocas recientes, pasando por las mezquinas rivalidades literarias del Siglo de Oro y los injustificables desmanes provocados por la Ilustración.

En la escuela interiorista no solo se puede aprender a domesticar los instintos creadores enfocándolos hacia “la meta de arribar a la realidad interior, a la dimensión trascendente, a la faceta entrañable de las cosas con el auxilio de los sentidos, físicos y metafísicos, y captar el sentido profundo, interno y permanente a través de lo existente para sentir la más honda apelación=2 0de lo viviente”, (11) sino que el contacto con el método para lograr ese objetivo le proporciona a los participantes una comprensión y avenencia cósmica capaz de salvar cualquier obstáculo que se pueda interponer en la consecución del ideario aglutinador lo cual hace del movimiento un instrumento que trasciende los convencionalismos retóricos que tradicionalmente se han aplicado en estos casos.

En mi situación particular puedo dar fe de que la interacción con los miembros del grupo me ha hecho una persona más empática y tolerante, aparte de que me ha convertido en un balbuceante escribidor de versos, como los que siguen a continuación:


Muerte
Caer de un velo
distorsión de la tarde
trepidar de alaridos
murmullo de silencios.
Tropel del viento
en sigilosa fanfarria;
canción sorpresa
a la orilla del crepúsculo;
cierre de sueños.
¿Moriré esperándote?


*Sélvido Candelaria es el autor de dos novelas de fácil digestión: El Testaferro y El Reino de Santa Cruz y de dos libros de cuentos: Cuentos de salitre y sol y Miserias; un anedoctario: Americano no me mate; un decimario: Política para hacer reír; y, un libro de cuentos infantiles: El caballero Geremy. El último encuentro interiorista se celebro en la última semana del pasado mes de septiembre, en San Pedro de Macorís, en el Servido Candelaria presento el trabajo que ustedes leyeron, todos quedamos admirados por la belleza, la sencillez y la honestidad con que Servido trabajo el tema; por esa razón mi columna, como una honra, lo publica.


Notas:

1) “Canto a mí mismo”. Walt Whitman. Edimat Libros, S.A. Año 2003.
2) “Poética Interior”. Ensayo. Bruno Rosario Candelier. 1992.*
3) “Cántico espiritual” San Juan de la Cruz. Ediciones Olimpia. Año 1995.
4) “Fray Luís de León, Poesías”. Preparada por Miguel de Santiago. Ediciones 29.
5) “Poesía completa”. Jorge Manrique. Ediciones Mestas. Año 2004.
6) “Los titanes de la poesía universal”. Editorial Diana, S. A. Año 1964.
7) “Técnica de la poética interior”. José Frank Rosario. Ensayo. 1997.*
8) “La magia de lo permanente”. Antología poética de Manuel del Cabral. Tomás Castro Burdiez. Editorial Ciguapa. Año 2001.
9) Colección “Antología de nuestra voz”. No. 11. Rodolfo Coiscou Weber. Año 1985.
10) “El sentido de la interioridad”. Ensayo. Bruno Rosario Candelier.*
11)”El Interiorismo en las letras americanas”. Ensayo de Bruno Rosario Candelier. Año 2002. *

 



*Publicado en el libro “El ideal interior”. Ediciones Ateneo Insular. Año 2005

Acerca del autor


Bruno Rosario CandelierNació en Moca el 6 de octubre de 1941. Filólogo, ensayista, crítico literario, narrador, educador y promotor literario. Es licenciado en educación por la Universidad Católica Madre y Maestra y doctor en filología hispánica por la Universidad Complutense de Madrid. Preside la Academia Dominicana de la Lengua y es miembro de la Academia Norteamericana de la Lengua Española.

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