LOS AMANUENSES DEL ESPÍRITU
EN LA REVELACIÓN POÉTICA

 

Por Bruno Rosario Candelier

A Ángel Rivera Juliao,
Intermediario entre las Musas y los hombres.
“Una onda que viene de no terrestres puntos
y alimenta con hondo e inefable alimento
los más sutiles filtros que hay en el pensamiento”.
(Manuel del Cabral, “Ego de huésped”)

“Son palabras dispersas, acaso sin sentido,
palabras misteriosas que afluyen a mi boca, cuyo origen ignoro”.
(Franklin Mieses Burgos, “Canción del sembrador de voces”)

Protocolo imaginativo y conceptual

   La realidad de lo existente comprende no solo la vertiente sensorial captable mediante los sentidos físicos, sino la dimensión suprasensible con su red amplia y profunda, lo mismo en la interioridad de fenómenos y cosas, que en el ámbito de la trascendencia, del que se ocupan los sentidos interiores por sus aspectos intangibles.

   Además de la percepción sensorial del mundo circundante, tenemos un conocimiento intuido de las cosas y una sabiduría revelada de verdades metafísicas, pues nuestra inteligencia cuenta con un circuito interior para captar mensajes provenientes de la cantera infinita, que los poetas metafísicos, como intermediarios de voces y señales trascendentes, comunican en imágenes a través de las cuales dan cuenta de un saber oculto cuya clave cifran en el lenguaje simbólico de la poesía.

   La percepción de fenómenos y cosas genera diferentes conceptos mediante el concurso de los datos sensoriales y suprasensibles que provocan cogitaciones interiores, como la verdad, el amor o la fe, con actitudes y conceptos que concitan el conocimiento e iluminan la comprensión de lo existente y el esplendor de lo viviente. La dimensión de la belleza sensible despliega el encanto de las cosas y anticipa el fulgor trascendente del misterio. Por eso dijo Platón que el sentimiento de la belleza culmina en Dios.

   Se puede sentir el impacto que las cosas provocan en la sensibilidad y la conciencia, como también ponderar diversas manifestaciones de la realidad, como la voz subjetiva de las cosas, los efluvios cósmicos o la revelación trascendente que reclaman una atención especial por su connotación profunda. Es propio de la búsqueda metafísica, que es la búsqueda del sentido, y de la sabiduría mística, que es la búsqueda de lo divino, inspirar una disposición de apertura hacia la realidad trascendente, faceta de lo real que no captan los sentidos físicos, sino nuestros sentidos metafísicos.

   Las tres vertientes principales de la realidad (realidad objetiva, realidad imaginaria y realidad trascendente), que la literatura convierte en modos de ficción (mimética, mítica y metafísica), sustancian el proceso de la creación. Inspirado en la existencia de esos modos de creación, desde la apariencia de las cosas hasta el fuero intangible, podemos hablar de cuatro niveles de percepción:

1. Percepción sensorial, fundada en los datos físicos percibidos por los sentidos corporales, que se manifiestan a través de los colores, olores, sabores, sonidos y texturas de las cosas. La dimensión sensorial alienta la comprensión estética de lo viviente.

   2. Reflexión teorética, fundada en la contemplación de lo existente, se manifiesta a través de un proceso intelectual e imaginativo mediante el cual nuestra inteligencia formaliza ideas de las cosas para convertir en conceptos e imágenes la representación de lo real. La reflexión teorética funda la visión del mundo.

   3. Captación intuitiva, centrada en la dimensión interna de fenómenos y cosas, es el dato esencial y trascendente captado por la intuición que permite al contemplador tener una percepción profunda de las cosas.

   4. Aprehensión noética, fundada en la captación de la intuición, profundiza en los datos intangibles captados por la inteligencia sutil en procura de la clave del secreto que funda la cosmovisión metafísica de lo existente.

   5. Recepción revelada, fundada en efluvios trascendentes que, mediante un circuito especial de la conciencia, se percibe en voces, visiones o señales de la trascendencia, como un conocimiento revelado. Corresponde a la poesía metafísica y a la lírica teopoética canalizar el conocimiento revelado.

En el Universo hay múltiples instancias que registran la historia del mundo desde el principio de los tiempos. Una memoria atesora esa historia con su sabiduría, que en el hombre es el resultado del cultivo de la inteligencia intuitiva y la sensibilidad trascendente cuando están desarrolladas las potencias interiores que propician el crecimiento espiritual con la comprensión de lo viviente. La sabiduría de la memoria cósmica está al alcance de iluminados, contemplativos y poetas que sintonizan los efluvios procedentes de la cantera del infinito. Los poetas, especialmente metafísicos y místicos, han desarrollado no solo su intuición y su sensibilidad profunda, sino los más hondos estratos de su psiquis mediante la apertura de los sentidos interiores para recibir la onda de la sabiduría universal, razón por la cual esos elegidos son genuinos amanuenses, es decir, intermediarios o interlocutores de la sabiduría cósmica que canalizan a través de imágenes y símbolos arquetípicos para expresar una verdad proveniente del infinito, aunque la expresen de una manera inconsciente, pues cuando se les pregunta qué han plasmado en sus imágenes, no siempre saben responder con propiedad porque se trata de un saber irracional que recibieron mediante una revelación en sueños o en dictados de una voz superior, a menudo en estado de trance o arrebato.

   La voz de la Creación ha sido canalizada por amanuenses que transmiten un saber espiritual o una verdad profunda, como han enseñado sabios, iluminados y místicos, desde Platón hasta Karol Wojtyla, pasando por san Francisco de Asís, Halal-ud-in Rumi, san Juan de la Cruz, Walt Whitman, Jorge Luis Borges, Francisco Matos Paoli y Luce López-Baralt, entre otros espirituales de diferentes países y culturas que canalizan la expresión del más allá. Se trata de creadores que le dan curso a la inspiración, ya que reciben revelaciones provenientes de la sabiduría de la memoria cósmica, de una Musa o de la Divinidad. Místicos y metafísicos captan la dimensión profunda de las cosas, impregnados del aliento de su contemplación. Ambos procesos, el poético o intuitivo y el inspirado o revelado, son indispensables para la poesía metafísica o la lírica mística, fraguadas con la sustancia de la trascendencia. La operación poética roza el misterio, vivencia que el poeta realiza desde su sensibilidad. Y la inspiración o revelación viene de un Soplo espiritual o trascendente, que dicta un mensaje. Como la creación poética entraña una operación creativa bajo una onda espiritual y estética, a ese alto nivel de la creatividad se llega con los sentidos interiores, pues la creación metafísica y la lírica mística son los estadios más profundos del trabajo creador que requiere intuición, disciplina e inspiración, razón por la cual los poetas acuden al lenguaje de los símbolos para comunicar el estado indescriptible de las vivencias trascendentes.

   En virtud de la reflexión trascendente, los poetas místicos y metafísicos, como los niños, los primitivos y los contemplativos, aprehenden la verdad directa o, lo que es lo mismo, tienen una percepción de lo real no mediatizada por la razón o la imaginación. Eso es propio de la percepción intuitiva de fenómenos y cosas, nivel de aprehensión que, en virtud de su cercanía con la zona irracional de la dimensión trascendente, supone una percepción noética, vocablo formado del original griego nous [nous], del que se forma numen, que comprende el mundo interior de la conciencia y de la sabiduría espiritual del Universo, bajo el estado puro y prístino de la percepción intuitiva o inspirada. La búsqueda metafísica es una operación intelectual fundada en la exploración del sentido. La búsqueda mística es una vivencia espiritual centrada en la experiencia de lo divino. Se trata de dos motivaciones diferentes que diferencian la poesía metafísica y la lírica mística, aunque ambas creaciones forman parte del nivel trascendente de la creatividad. La poesía sensorial se funda en la realidad tangible y la poesía metafísica, en lo intangible. En ambas funciona el brillo de la inspiración.

Los exégetas antiguos enseñaban que el Espíritu Santo habla por mediación de autores que firman los textos sagrados de la Biblia, una manera de decir que hablan por revelación divina en cuyo caso se acepta la condición de amanuense aplicada al escritor que escribe bajo el dictado de otro. Jorge Luis Borges dijo que no solo los autores bíblicos sino también los poetas son amanuenses de inspiraciones superiores. Según el escritor argentino, cuando en el versículo inicial de la Ilíada dice Homero “Canta, Musa, la cólera de Aquiles”, acepta el hecho de que él (Homero) era un interlocutor o amanuense de una voz trascendente, que los griegos llamaban Musa, fenómeno que los hebreos atribuían al Pneuma o Espíritu, concepto que se corresponde con lo que la psicología denomina, con Carl Jung, el inconsciente colectivo (1). Los antiguos escribas creían que los escritores sagrados recibían un soplo del infinito, dictado con las palabras que revelaban su contenido y pensaban que cada sílaba de la revelación había sido preestablecida. A eso se llama inspiración, palabra que significa ‘soplo del espíritu’, con mensajes que los autores inspirados ajustaban al ritmo de su lengua. “Cómo no hablar, si tu voz me quema dentro”, exclamaba el profeta Jeremías

   Desde antiguo se denominaba amanuense a la persona que tenía por oficio escribir a mano, copiando o transcribiendo escritos ajenos o lo que otro le dictaba, según consigna el DRAE. Me parece que los llamados amanuenses, no por el olor de las reliquias monacales sino por la sagrada función que desempeñan, pueden considerarse hagiógrafos. Atendiendo a los efluvios místicos, en su rol había una dimensión indescifrable, en virtud de la comunión entre la Supereminencia (el Paráclito, el Espíritu santo) y el espíritu humano o la sabiduría humana. No me refiero a los retos que confrontaban los copistas (entre plumas de caña, tallos de papiro) puesto que, escribir con una pluma de tallo en una hoja de papiro, revela una comunión espiritual indescifrable. Pues bien, a los interlocutores de la sabiduría cósmica metafóricamente también se les llama amanuenses del Espíritu porque son intermediarios de una conciencia universal o de la sabiduría cósmica o de la Divinidad. El singular don de esos peculiares amanuenses despliega la capacidad perceptiva de la inteligencia sutil, que es la parte intelectiva de la mente para captar la dimensión profunda del sentido y la revelación de verdades procedentes de la cantera espiritual del Cosmos. A través de la vivencia de lo trascendente, que experimentan los que han desarrollado la sensibilidad espiritual, algunos escogidos reciben revelaciones de verdades universales o verdades eternas, profundas e inmutables que edifican el camino del bien, la belleza y la verdad. Pero esas verdades metafísicas, cercanas a la fuente del Misterio, no son traducibles al lenguaje ordinario por su carácter trascendente, por lo que esas vivencias sobrenaturales precisan de símbolos, imágenes, símiles y parábolas que encaucen el contenido de revelaciones, voces, arquetipos y visiones provenientes del ámbito suprasensible.

   El concepto hebreo del Pneuma (‘soplo’ o ‘espíritu’), como fuente de revelación, se aproxima al concepto de Musa, según los antiguos griegos, y a inspiración de la Divinidad en la concepción cristiana, pues según el Evangelista Juan, “el Espíritu sopla donde quiere”, con lo que enfatiza el influjo de lo divino en el acontecer humano. Aunque hubo místicos entre los antiguos patriarcas y profetas bíblicos, esos contemplativos no plasmaron unos principios místicos o una tendencia contemplativa como lo hicieron los sabios de otras culturas antiguas o los iluminados del Judaísmo, el Cristianismo y el Islam. La Biblia, sin embargo, da cuenta de la creación y el destino del hombre en la tierra y la razón de la Creación del Mundo en atención al propósito divino. Por eso la Biblia es la fuente de inspiración mística de cristianos y judíos.

   Quienes han atrapado la voz del Espíritu o la voz del Cosmos han acoplado su sensibilidad a los efluvios de la Creación mediante la participación de los sentidos interiores en el fluir de lo viviente. El mundo circundante, con sus señales y connotaciones, está a la disposición del contemplador con dotación sensible para instalarse en la realidad natural, social y cultural; entonces, si observamos la realidad del mundo circundante y usamos el poder perceptivo de la sensibilidad, mediante la contemplación de los datos sensoriales, podemos desarrollar la sensibilidad estética y espiritual, indispensable para la vivencia de la emoción estética y la fruición espiritual. Activada la sensibilidad trascendente, fluye la vida interior de la conciencia y la vivencia de fenómenos superiores con sus manifestaciones metafísicas.

   La mente sutil puede atrapar mensajes de la trascendencia, que canaliza con el “idioma universal” de la poesía, la “sabiduría universal” de la memoria cósmica y la “voz universal” de la cantera infinita del Universo. ¿Cómo canalizar ese “idioma universal”, esa “sabiduría universal” y esa “voz universal”? Para conseguirlo, hay quedesarrollar la sensibilidad trascendente, ejercitar la contemplación de lo viviente y dejar que el Espíritu sople. Hay que atizar la vivencia interior de la conciencia: saber cómo operan los sentidos interiores, especialmente la intuición, la imaginación y la memoria; apreciar el impacto que la realidad ejerce en la sensibilidad y la conciencia; emplear las imágenes y los símbolos arquetípicos de la creación. Y sentir en el espíritu la emoción de la belleza sutil. Esa disposición de la sensibilidad profunda puede abrir los canales de la percepción interior para que fluya la voz universal de la conciencia cósmica.

   Los grandes artistas y creadores son canales del aliento sobrenatural que los elige como vehículo de elevados conocimientos, que formaliza la revelación. La obra de los grandes creadores plasma un caudal de imágenes y símbolos arquetípicos cuyos usos y sentidos supera la intelección de la mente consciente, ya que no suele ser el producto de una elaboración racional, sino efecto de una revelación y, entonces, en virtud de su atributo comunicante, a sus portadores se les llama amanuenses del Espíritu, es decir, interlocutores o intermediarios de las fuerzas sobrenaturales, ya sea de las Musas, el Numen o la Divinidad. La Energía Espiritual del Universo se vale de intermediarios con alta dotación sensible, como los poetas, para transmitir verdades o revelaciones provenientes del infinito.

La revelación no la podemos analizar de la manera como se analiza una técnica literaria o un producto de la intuición, porque el contenido de la revelación viene endosado en una forma simbólica, a veces incomprensible para el propio autor. Las técnicas de la escritura y los mensajes codificados en el arte literario tienen una forma compositiva, como las figuras literarias que sirven para transmitir la parte irracional del mensaje que la creación sustancia en imágenes literarias. La dimensión irracional de la creación literaria, que se manifiesta en imágenes y símbolos, juega un rol importante en la creación y en la valoración del fenómeno creador que encauza la voz del creador, como la voz interior y la voz universal.

   Ahora bien, ¿cómo identificar y canalizar el aliento que llamamos voz universal? Cuando los poetas perciben la señal de la voz universal tienen la sensación de que “otro” les dicta un mensaje que suelen articular en un lenguaje que ni ellos mismos saben interpretar plenamente, ya que son meros amanuenses de una voz extraña. El poeta dotado de una caudalosa sensibilidad es el canal adecuado para comunicar esa voz mediante ese peculiar fenómeno espiritual conocido como “revelación”.

   Llamo REVELACIÓN al fenómeno metafísico-puro proveniente de una fuerza superior al propio receptor. La revelación hay que distinguirla del SUEÑO, que es el aliento real-imaginario suprasensible que la imaginación puede recrear; de la CLARIVIDENCIA, dato real-metafísico captado por el instinto y que hace posible vislumbrar anticipaciones y presagios. Diferente es también el PRESENTIMIENTO o la CORAZONADA, un factor presentido atrapado por el sentido común; y el RECUERDO, dato evocado generado por la memoria con la acumulación de vivencias y conocimientos. Esas manifestaciones interiores comprenden los fenómenos que están más allá de lo físico, superan la realidad sensorial y abarcan las señales que van desde el soplo intangible de lo etéreo hasta el aletazo inefable del misterio.

Los fenómenos metafísicos de la realidad y la apelación mística de lo viviente entrañan la valoración de la dimensión espiritual con la conciencia de lo trascendente, que es una expresión de la sensibilidad profunda, en la que concurren varios factores: la conciencia de la sensibilidad profunda en cuya virtud establecemos un punto de contacto con el Universo, que genera sensaciones y sentimientos exclusivos; la percepción de que nuestra sensibilidad está abierta a los fluidos de la Naturaleza y, en tal virtud, podemos captar sus manifestaciones sensoriales y extrasensoriales; la convicción de que hemos sido creados por un Creador Superior en cuya virtud somos criaturas de la Creación dotadas con un vínculo divino; la certeza de nuestra coparticipación en la totalidad de lo existente en virtud de un vínculo entrañable por el cual establecemos una conexión profunda para recibir la gracia imponderable por la cual algunos alcanzan, como los iluminados, místicos y santos, la unión transformante; y la virtualidad de experimentar la recepción de fenómenos trascendentes con la onda de lo divino por lo cual la expresión sagrada deviene un reclamo de la conciencia para satisfacer la sed de lo sobrenatural, como dije en La belleza y el sentido (2).

   Con el Logos de la mente humana, dotación lingüística que desarrolla la energía interior de la conciencia, establecemos una relación con la realidad sensible de las cosas y la realidad trascendente del Universo. En la dimensión del lenguaje y en la dimensión de la conciencia intervienen la participación de la realidad circundante y la realidad cósmica, aunque muchos fenómenos y cosas no se ven, ya que están fuera de nuestro alcance sensorial, se perciben sus señales. Hay una cantera infinita que intuye la conciencia humana y que registra la conciencia cósmica, cuya sabiduría atesora el Numen de la memoria universal. ¿Qué es el Numen? Es el caudal espiritual de la memoria cósmica que acumula la sabiduría del Universo, a la que algunos creadores, especialmente dotados para experimentar los fenómenos metafísicos, acceden mediante el poder intuitivo y receptivo de su sensibilidad profunda. A esa cantera de la trascendencia suelen acceder los iluminados, contemplativos y poetas metafísicos y místicos en su condición de interlocutores o amanuenses del Espíritu para servir de canales de transmisión de esa sabiduría del Universo. El mundo tiene una sabiduría acumulada en diversas capas del ámbito cósmico. En esa realidad trascendente los contemplativos han figurado la dimensión del “mundo ideal” o “mundo metafísico” cuyo torrente de imágenes y conceptos canaliza el lenguaje del “idioma universal” que los poetas conocen de manera instintiva en forma simbólica. Ya decía Platón que la verdadera realidad está más allá de la percepción de los sentidos, pues la realidad que percibimos no es más que un pálido reflejo de la genuina realidad ubicada en un ámbito utópico (de u, ´sin´; topos, ´lugar´) del más allá, en la dimensión sobrenatural.

   Hay personas dotadas de un poder receptivo para captar las señales profundas de la cantera infinita. Esas personas tienen acceso a esos planos superiores de la realidad por el desarrollo de la conciencia profunda de fenómenos y cosas y, sobre todo, porque poseen un singular circuito interior, que he llamado cordón umbilical de la conciencia, en cuya virtud pueden captar la clave del secreto y algunos misterios del Universo, como han sabido capturar los poetas metafísicos y místicos, que han desarrollado el dispositivo de su sensibilidad interior y, en tal virtud, son canales de verdades provenientes de la trascendencia.

La historia recoge la experiencia visionaria de grandes guías, iluminados y ascetas, como la experiencia de Moisés ante la zarza ardiente cuya llama le dio valor y luz para conducir al pueblo israelita hacia su liberación; o el rapto místico de Pablo de Tarso, que cayó fulminado por el fulgor de la visión divina, hecho que cambió radicalmente su actitud ante los cristianos. La revelación divina entraña un vínculo entre la Potencia superior y el contemplador, nexo que hace posible la relación mística del hombre con la Divinidad, como lo evidenciaron los patriarcas y profetas bíblicos de la Antigüedad.

   Para escuchar la voz universal de la sabiduría cósmica se necesita: 1. Abrir las compuertas de la sensibilidad profunda. 2. Experimentar la contemplación metafísica de lo viviente. 3. Tener un canal de recepción de los efluvios trascendentes. 4.Lograr una compenetración imaginativa y espiritual con la Energía Superior del Mundo.

   La recepción y comunicación de fenómenos trascendentes de la conciencia precisa de fórmulas expresivas que canalicen la voz de la revelación, como imágenes y símbolos arquetípicos, aunque algunos oyen voces en las palabras ordinarias de su propia lengua o en lenguas extrañas; de ahí la dificultad en atrapar y expresar esas singulares vivencias que generan episodios interiores de la conciencia, que la lírica metafísica asume, perfila y encauza. La vertiente creativa de la revelación, que viene de la sabiduría espiritual de la memoria cósmica o de la Divinidad, tiene una dimensión mistérica. Las intuiciones suelen proceder de la percepción de la realidad, cuando sintonizamos la sustancia de cosas y vivencias, pero las revelaciones no se intuyen, sino que simplemente se reciben ya que se trata de mensajes del más allá, que poetas, místicos y metafísicos perciben en los efluvios del Cosmos, en cuya percepción intervienen especiales neuronas cerebrales, que juegan un rol en el proceso de la percepción, la creación y la interpretación.

   Entiendo que los poetas metafísicos y místicos suelen ser amanuenses del Espíritu, vale decir, de la Potencia que “sopla donde quiere”, como dice el texto bíblico. De ahí la grandeza de esos creadores que, desde su sensibilidad interior, establecen una conexión con la Energía Superior de lo Viviente. Unos inspirados versos de la mística oriental, que aluden a la percepción de esa realidad profunda, consignan: “Cuando estás silencioso, Él habla. / Cuando tú hablas, Él guarda silencio./La gran puerta está completamente abierta/ para las almas sensibles/ y ninguna multitud impide el paso”.

   El arte y, de un modo especial, la poesía, la música y la danza, constituyen una expresión estética que despierta la energía interior de la conciencia. Al intuir la dimensión profunda y trascendente, el poeta asume la dimensión interna de fenómenos y cosas o la vertiente esencial de lo viviente. Hay creaciones que expresan el estado interior de la conciencia, cuando el autor se instala en el interior de la cosa o se sumerge en el interior de su vivencia. Hay vivencias intelectuales, estéticas y espirituales que superan la conciencia ordinaria puesto que las experiencias profundas, como la experiencia religiosa o el éxtasis místico, acontecen en un nivel de la sensibilidad donde la razón no llega. Se trata de casos, singulares y profundos, que plasma la creación teopoética inspirada en el rapto espiritual de la conciencia. Esa operación comprende un viaje al interior de la conciencia o al interior de la vivencia, desde la dimensión de la palabra, que la poesía revela en imágenes y símbolos.

   Asociado al registro de la religiosidad, el concepto de revelación, como aparece en mi libro El Logos en la conciencia, constituye un fenómeno de la trascendencia y, en esos linderos de la interioridad, no tenemos cabal dominio para entender la naturaleza peculiar del ámbito enigmático y sutil. Al experimentar el estado de conciencia que supera el fuero de los sentidos físicos, los poetas se turban, los iluminados se anonadan y los científicos se marginan porque no pueden explicar el rasgo distintivo del fenómeno de la revelación. Se trata de una suerte singular de la gracia y una vertiente operativa de la fe. Aunque los poetas son amanuenses de verdades profundas, unos pocos logran expresar el torrente de mensajes revelados mediante el lenguaje simbólico de la creación poética, pues no siempre tienen cabal conciencia de su mensaje.

   En una comunicación epistolar de Rafael Acevedo Pérez, vía correo electrónico, recibí un mensaje fechado el 11 de agosto de 2010 en el que alude al tema: “Muy estimado Bruno: He estado disfrutando la lectura de tu libro El Logos en la conciencia. En las páginas 42 y 43 propones tres modos de percepción, basadas en tres modos de conocimiento: objetiva, imaginaria y trascendente. Y pasas a describir o definir la percepción sensorial, la reflexión teorética y la aprehensión noética. Con respecto a estas categorías, tengo dificultad para establecer en cuál de estas cae el conocimiento revelado, esto es, el que viene directamente de Dios a sus profetas. Conozco personas que han recibido palabras de Dios o de alguien que les habla, que han recibido mensajes estructurados, con un contenido gramatical preciso, con palabras del idioma común, es decir, en español y con significados no confundibles. Te lo expreso porque sé que no se trata de intuición, ni cabe en ninguna de las otras categorías o conceptos que propones. Cualquiera puede alegar que el conocimiento o experiencia cognoscitiva a la que aludo es imaginaria o es falsa. El problema para cualquier cristiano estribaría en que todo lo que dice la Biblia que Dios dijo a sus profetas o al propio Jesucristo, caería en ese conocimiento quimérico. Y, como te digo, me consta personalmente que esa experiencia existe. Que no sea compatible con el principio de la comprobabilidad libre y por cualquiera, es discutible, pues el Señor les habla a los que quieren y se esfuerzan en que Él les hable. Tampoco la ciencia empírica es accesible a los no iniciados. En fin, que mi interés es ver de qué manera un creyente no sigue colocando sistemáticamente afuera del conocimiento "cultivado" lo que sabemos que es cierto y verdadero, y no tengamos que condenar a la mayor y más importante de las verdades, a la clandestinidad. Con afecto, Rafael”.

En la misma fecha le envié en contestación a la suya la siguiente misiva: “Creo, como creemos los creyentes en la Belleza sutil y el Misterio trascendente, que hay una realidad inaprehensible por los sentidos físicos e, incluso, por la razón. Y hay también un conocimiento no intuido sino revelado, bien directamente, como lo recibieron iluminados y profetas o a través del sueño, como les sucediera a muchos elegidos. Mediante la revelación, muchos han recibido señales y verdades del más allá. No se trata, como dicen los no creyentes, de asuntos imaginarios, sino de una realidad genuina y auténtica. Cuando Heráclito de Éfeso intuyó el concepto de Logos, que entiendo que alude a la energía interior de la conciencia, también intuyó la existencia de una sabiduría universal que atesora alguna capa del Cosmos, que Pierre Teilhard de Chardin llamó la Noosfera, la esfera del Noos [se pronuncia Nus], que encierra el pensamiento mismo. Me gusta más el concepto de NUMEN, que comprende la dimensión espiritual de lo viviente y, en tal virtud, tiene un vínculo con la Energía Interior del Universo, es decir, con la Divinidad. El tercer modo de conocimiento, al que aludo en mi estudio, está vinculado a la dimensión noética, vocablo derivado de noos, que es un conocimiento revelado, como lo han tenido místicos y contemplativos, así como santos y profetas, en todos los tiempos y culturas. Esa revelación no es exclusiva de los cristianos, pues se ha documentado en creyentes de otras confesiones religiosas, así como también en poetas y filósofos en cuya virtud tienen acceso al umbral de la sabiduría mística a través de su sensibilidad trascendente. El conocimiento revelado, como bien dices, no es una intuición sino una donación o recepción, tal vez un modo de kénosis o ´anonadación´ del conocimiento profundo en la criatura humana; se trata, en verdad, de algo que ha sido dado, otorgado, revelado por una fuerza superior a la humana. Los antiguos griegos hablaban de musas o ´inspiración´, concepto equiparable al ´soplo´ o pneuma de los hebreos o al ´Espíritu´ de los cristianos. Fíjate que los tres términos (musa, soplo, espíritu), tienen en común la idea de inspiración o ´soplo del Espíritu´, aliento proveniente del más allá. Quien se inspira, recibe un aliento espiritual que le llega misteriosamente. Mediante el Logos, los humanos establecemos un contacto con la Energía Espiritual del Universo y, por consiguiente, hay un vínculo entrañable entre nosotros y la Divinidad. Ahí radica la grandeza de la condición humana, que muchas veces marginamos o despreciamos, especialmente quienes imbuidos del rigor científico, creen que solo existe la materia y lo objetivamente dado. No dudo, incluso, que muchos descubrimientos y logros científicos fueron no solo intuidos sino revelados. No es descartable que un día se descubra un aparato que registre los conocimientos profundos de la memoria cósmica o la sabiduría espiritual del Universo. Entonces se aclararán muchas dudas y tergiversaciones. Me complace saber que tus inquietudes intelectuales y espirituales orillan una connotación profunda y trascendente”.

   En fecha 12 de agosto de 2010, Rafael Acevedo Pérez me escribió y dijo: “En mi nota anterior, te escribí:"Conozco personas que han recibido palabras de Dios o de alguien que les habla, que han recibido mensajes estructurados, con un contenido gramatical preciso, con palabras del idioma común, es decir, en español y con significados no confundibles". Como ves, no estoy hablando de un numen o noosfera, no de un elemento universal y cósmico, que permea o compone nuestro universo o nuestro ser como homo sapiens. Sino de experiencias comunicacionales con estructuras convencionales, normales, excepto porque el emisor no está visible, ni hay una audición propiamente dicha, porque no interviene el oído; en cambio, el mensaje entra al cerebro de la misma manera que lo hace una palabra hablada o escrita. A eso me  refiero con "contenidos gramaticales, semánticos, claros, precisos y conocidos". Eso es lo que ocurría y ocurre con los profetas, de antes y de ahora. Desde luego, tengo que insistir en que se requiere, normalmente de iniciación de alguna especie, si no es que alguien colocado en algún lugar o desde alguna dimensión desconocida, Dios u otra entidad, toma la iniciativa de realizarla según propósitos que no podemos conocer. Que nadie del ámbito de la ciencia le conste, es una pena. Pero es un hecho, aunque no sea verificable por métodos conocidos. En todo caso, la ciencia debería investigar más a fondo esta forma de conocimiento que, te repito, no cabe en las categorías que tú tratas. Gracias por tu pronta y amable respuesta. Un abrazo, Rafael”.

   En contestación a su interesante observación, el 13 de agosto de 2010 le escribí al destacado comunicador y sociólogo: “Sé que hay personas que han escuchado voces en su propia lengua, exactamente como si les dictaran mensajes con claros contenidos expresados en lenguaje directo y también en lenguaje simbólico. A veces, esas voces proceden del Numen, una manera de llamarle a la Sabiduría Universal de la Memoria Cósmica, pero también a veces proceden de Dios o de la Energía Espiritual del Universo o como se le llame, como las han escuchado los antiguos y actuales profetas y los elegidos de la Gracia, en cualquier tiempo y circunstancia. La audición de voces es un fenómeno sobrenatural o paranormal, razón por la cual los científicos no ponen la debida atención que amerita. El fenómeno de la revelación siempre ha desconcertado a los seres humanos, ya que se trata de una ocurrencia que altera y sobrepasa la condición natural de la comunicación humana. Tienes razón al decir que la revelación no cabe en la clasificación que establezco en mi libro El Logos en la conciencia, pero entiendo que hay que lograr una denominación o clasificación que la comprenda. El hecho irrebatible de que Dios o la entidad supra humana que habla a través de los profetas y también de los poetas se ha constatado en todas las lenguas y culturas, antes y ahora. Francisco Matos Paoli, el inmenso lírico puertorriqueño, llegó a decirme que él escuchaba voces del más allá, como lo testimonió en sus libros Canto de la locura y Diario de un poeta.

Los exégetas bíblicos creen que la Creación del Mundo es una forma de la Revelación, aunque la revelación primordial acontece a través de la voz, la Voz de lo Alto, que algunos seres escuchan en su propia lengua, con estructuras lingüísticas convencionales, es decir, con un contenido conceptual y una forma expresiva verbalizada. Entre esos seres privilegiados figuran profetas, místicos y poetas a cuyo través habla la voz del Ser o la voz de Dios. Lo que la revelación entraña es siempre algo que no siempre puede descubrir el hombre ni siquiera por la intuición, poder de la inteligencia mediante la cual captamos la dimensión interior de lo existente. Estimo que hay tres estadios de percepción del conocimiento profundo, centrados en la realidad real, la realidad imaginaria y la realidad trascendente: LA INTUICIÓN POÉTICA, que capta la dimensión interna y esencial de lo existente, como la han evidenciado los poetas; LA REVELACIÓN METAFÍSICA, que atrapa verdades de la sabiduría de la memoria cósmica, como lo han testimoniado los metafísicos; y LA IRRADIACIÓN MÍSTICA, que es una inspiración de lo divino mismo, generalmente inefable, a través del estado expandido de conciencia, como lo han experimentado contemplativos, santos y profetas. Esas tres facetas de la creación se corresponden con las tres voces a las que tiene acceso el creador: la VOZ INTERIOR, como expresión de la intuición, la conciencia y la sensibilidad; la VOZ SUBJETIVA, como expresión de las cosas, como la voz del ser; la VOZ UNIVERSAL, como expresión del Cosmos, la voz de la revelación. Cuando el hablante se deja poseer por la esencia de la cosa o la hermosura que revela, se convierte en canal de verdades intuidas o en amanuense de verdades reveladas. La verdad intuida es la que descubrimos cuando observamos la dimensión profunda de la realidad objetiva; la verdad revelada es la que nos llega de la memoria cósmica o de la sabiduría espiritual del Universo cuando los efluvios trascendentes traspasan las compuertas de nuestra sensibilidad interior. La existencia de esas verdades y de otras manifestaciones de la realidad sensible y suprasensible da lugar a que distingamos entre la voz personal y la voz universal: la primera entraña el testimonio de lo que perciben nuestros sentidos; la segunda, contiene el torrente de conocimientos revelados por una fuerza misteriosa y profunda. Muchas veces los poetas, que son amanuenses de esas voces extrañas, aunque pueden percibir esas voces y transmitir el mensaje que portan, a menudo no saben interpretar su sentido ya que les llega a través de imágenes arquetípicas cuyos significados ignoran. Yo mismo he hecho interpretaciones de creaciones poéticas cuyos autores me han confesado que lo que les dije lo entendían como una interpretación acertada, pero que ellos desconocían que habían creado lo que interpreté. Reconocían que habían expresado un torrente de verdades metafísicas, inherentes en las imágenes y los símbolos de su lírica, pero ignoraban su trasfondo. Esa es la razón por la cual los expertos en literatura hablan de imágenes y símbolos arquetípicos, que dan cuenta de lo que Fredo Arias de la Canal llama el Protoidioma de los poetas, es decir, el lenguaje primario centrado en las imágenes arquetípicas que aluden a la voz honda del Cosmos proveniente del Numen del Universo que registra la sabiduría espiritual de la memoria cósmica. Los tres estadios de percepción y de expresión superan el conocimiento ordinario e, incluso, el científico y el filosófico, ya que sus intuiciones y revelaciones trascienden los datos de la experiencia sensible. El silencio, la contemplación y la oración son vías para adentrarse a esos estadios del conocimiento profundo y, desde luego, al tema de la revelación. Por supuesto, la revelación no se elige, es decir, no se alcanza por un deseo de la voluntad, sino que es una donación de la gracia divina. Tanto los poetas metafísicos, como los místicos, son amanuenses de fuerzas superiores a su condición humana y, por lo mismo, no siempre son ´responsables´ del contenido que les ha sido dictado mediante voces o señales trascendentes. La palabra tiene también su dimensión mistérica. Desde luego, se pueden canalizar los efluvios del Universo que percibimos en el interior de nuestra sensibilidad o nuestra conciencia, en cuya realización el autor no es más que un instrumento de comunicación, un canal de revelación o un amanuense de sentidos provenientes del inconsciente colectivo, de la memoria cósmica o de la Divinidad. Esa posibilidad de creación es exclusiva de elegidos que tienen la encomienda de ser canales de transmisión de verdades de la sabiduría universal; pero esa opción creativa no se elige, ya que nadie puede decir “voy a escribir una verdad que Dios me va a revelar”. Quien no es elegido, no debe brindarse. En el paleocórtex del cerebro hay unas antenas neurotransmisoras que captan los mensajes suprasensibles y mediante un mecanismo que la ciencia del lenguaje no domina, convierte esas señales suprasensibles en señales verbales de orden metafísico o de orden místico. Pero los interlocutores, como meros amanuenses del Espíritu, no son más que simples agentes o intermediarios de esa energía cósmica o aliento divino que la palabra formaliza. Por eso, en la esfera de lo sobrenatural intervienen, en unos casos, voces de la Energía Cósmica del Numen o Noosfera, que encierra la sabiduría universal y, en otros casos, voces de la Divinidad, especialmente a través de personas que son elegidas por la Gracia divina a cuyo través fluye, de manera misteriosa y sorprendente, la voz del Espíritu Santo, como la experimentaron Pablo de Tarso, san Juan de la Cruz y otros iluminados y místicos que sintieron el aletazo del Misterio y escucharon voces claras y entendibles. Por eso el santo contemplativo y místico poeta de Ávila, san Juan de la Cruz, cuando la madre Magdalena del Espíritu Santo le preguntó, admirada por el portento de sus palabras, de dónde las sacaba para crear versos maravillosos, el carmelita le contestó: “-Hija, unas veces me las daba Dios y otras las buscaba yo”.

   “Alude el místico abulense, obviamente, a la Revelación, don y gracia que mereció el iluminado poeta del Carmelo, que siempre usó para hacer el bien. Hay, pues, una VOZ PERSONAL y una VOZ UNIVERSAL. Algunos confunden la voz interior, que es personal e intuitiva, con la voz universal, que es impersonal y revelada. La voz interior puede ser la voz de su yo profundo o la voz de las cosas; en cambio, la voz universal nunca es personal sino supraindividual, ya que se funda en los efluvios de la sabiduría universal o en la estricta revelación, que es donación de la gracia. La clave para diferenciarla está en la recepción involuntaria de la revelación, que es dictada por una voz audible de un hablante invisible. Tampoco debe confundirse esa voz con la voz del Inconsciente Colectivo, del que hablaba Carl Jung, que es diferente de la voz de la Revelación, de la que hablan los profetas de la Biblia y los místicos y santos de diferentes confesiones religiosas. La del Inconsciente Colectivo se empata a la MEMORIA CÓSMICA; la de la Revelación, a la DIVINIDAD. Existen, por tanto, el CONOCIMIENTO INTUITIVO, fundado en la intuición, que descubre verdades profundas derivadas de vivencias, fenómenos y cosas; el CONOCIMIENTO PRESENTIDO, fundado en el paleocórtex del cerebro, que descubre las señales del Inconsciente Colectivo o de la memoria cósmica; y el CONOCIMIENTO REVELADO, fundado en la Revelación, que recibe verdades reveladas, como han testimoniado autores de Teología Mística y de poesía. Como puedes apreciar, mi querido Rafael, ese ámbito del conocimiento profundo no es para sujetos de mente simple, sino para personas con inquietudes profundas en el mundo del pensamiento y la sensibilidad trascendente, como es tu caso. Te abraza con afecto, Bruno Rosario Candelier” (3).

Formalización lírica, simbólica y estética

 

Para sentir y expresar los efluvios de la Creación hay vías sutiles o canales interiores que propician una apertura de la sensibilidad hacia la voz del Cosmos, como expliqué en mi libro La belleza y el sentido, en los siguientes términos: 1. El canal del “idioma universal”, con el lenguaje del Protoidioma de la poesía. 2. El contacto con la “sabiduría universal” del Numen de la memoria cósmica. 3. La percepción de los efluvios trascendentes del Cosmos, que se expresan en voces, señales, susurros o una música interior. 4. Vivencia del estado expandido de conciencia, con la coparticipación del sujeto contemplativo en la sustancia de la revelación, para dar paso a los efluvios trascendentes mediante el “cordón umbilical” entre la conciencia individual y la Conciencia Cósmica. La formalización de voces en el lenguaje de imágenes y símbolos es una operación literaria que realiza el literato de acuerdo con su formación intelectual y estética. Hay múltiples voces provenientes del torrente espiritual de la memoria cósmica que portan diversos contenidos y connotaciones, que capta la mente del amanuense al entrar en contacto con la dimensión superior de la realidad trascendente para capturar el torrente de ese mundo interior con su sentido metafísico. A ese sentido metafísico de la conciencia trascendente lo he denominado intranumenio (de inter, ´dentro´ y numen, ´sabiduría cósmica´), ya que tiene el poder de recepción de las verdades provenientes de la sabiduría cósmica, heraldo de lo Eterno.

En el ámbito de la voz universal caben diferentes registros, como la voz de los ancestros, la voz de la tierra, la voz de la memoria cósmica y la voz de la Divinidad. Para escuchar esas voces de la trascendencia, además del sentido superior que denomino “intranumenio”, hay que tener vida interior de la conciencia, aptitud para realizar retiros espirituales al modo de los contemplativos que se apartan del “mundanal ruido” y viven el caudal de vivencias y fenómenos superiores de la conciencia, previo a la limpieza de las “sombras” intelectuales, de manera que fluyan las señales de la Creación y opere el don de la intuición, el soplo de la inspiración y el dictado de la revelación. Las vías que canalizan el flujo de la conciencia trascendente para la vivencia metafísica, fuera del bullicio y la cotidianidad de la vida ordinaria, conlleva experimentar singulares episodios de la conciencia metafísica. Por eso es importante tener un espacio adecuado para la reflexión, el estudio y el trabajo creador. Por supuesto, aunque oír “voces” o sentir “visiones” supone una alteración de la conciencia ordinaria, esos fenómenos de la sensibilidad interior se distinguen de las expresiones patológicas de las percepciones alteradas, como “figurar voces” o “visualizar celajes”, alteraciones generadas en el paleocórtex del cerebro, no por una entidad extrasensorial. De modo que hay una percepción de fenómenos extrasensoriales y una expresión patológica de la realidad. La percepción extrasensorial suele ser ´atípica´, aunque es fuente de creatividad en virtud de su condición de señales trascendentes. La categoría de amanuense del Espíritu no es una expresión patológica sino una dimensión privilegiada de la conciencia.

   Las Musas elegían entre los poetas a quienes usaban como canales o interlocutores de un conocimiento revelado, como es la sabiduría espiritual del Numen, razón por la cual esos creadores tenían la obligación de acatar el dictado de las deidades cuando estas les insuflaban sus inspiraciones y soplos, sus éxtasis y revelaciones. Al inicio de la Ilíada, Homero le pide a la Musa que cante, una manera de consignar que aguarda el dictado de lo Alto. Naturalmente, el soplo de las Musas se tenía como algo sagrado y a los poetas se les reverenciaba como a seres sagrados porque eran elegidos por esas fuerzas espirituales para transmitir verdades provenientes de la sabiduría espiritual del Cosmos, que la palabra canaliza en versos y estrofas, en cuya virtud se les tenía un respeto sagrado a los poetas, de tal manera que los ciudadanos los reverenciaban con una singular veneración porque eran signatarios de revelaciones. Por eso Platón decía que los poetas eran elegidos por los dioses, porque eran amanuenses de la sabiduría divina; de ahí la pertinencia de la vida interior, el silencio creativo, la contemplación estética y la consagración creadora para hacer una obra que inspire sabiduría en atención a sus implicaciones espirituales y estéticas para el crecimiento de la conciencia.

   Esa disposición de la inteligencia y la sensibilidad espiritual da cuenta de una creación, como la del poeta español fray Luis de León, que canaliza los efluvios provenientes de los estratos superiores del Cosmos. Fray Luis de León es la voz más pura de la poesía española en cuya virtud la epifanía de lo Eterno halla un cauce metafísico y simbólico. Percibe el lírico español, influido por la concepción pitagórica y platónica de la trascendencia, la armonía del mundo en el concierto de la naturaleza mediante la visión inspirada en los acordes cósmicos, concepción que el religioso agustino asimiló en su formación clásica al concebir la imagen de la cítara sonora en manos celestiales, en cuya virtud la armonía del Universo deja fluir el aliento que nos vincula a lo divino. La potencia de la revelación orillada en nostálgicos versos confirma la calidad de una lírica que se vale de un amanuense humano para encauzar el soplo divino, como se ve en “A Francisco de Salinas” (4). Esa singular oda, inspirada en la concepción pitagórica de la música, exalta la armonía de la Creación en rimados versos alternos. El poema alcanza ecos de la más pura armonía cuando la sensibilidad presiente los efluvios celestiales que el poeta atribuye a un músico eminente. Y con esa disposición espiritual engarza al contenido de su poema una revelación bajo las coordenadas del pensamiento presocrático y místico:

El aire se serena
y viste de hermosura y luz no usada,
Salinas, cuando suena
la música extremada
por vuestra sabia mano gobernada.
A cuyo son divino
el alma que en olvido está sumida,
torna a cobrar el tino
y memoria perdida
de su origen primera esclarecida.
Y como se conoce,
en suerte y pensamientos se mejora,
el oro desconoce
que el vulgo ciego adora,
la belleza caduca engañadora.
Traspasa el aire todo
hasta llegar a la más alta esfera,
y oye allí otro modo
de no perecedera
música, que es de todas la primera.
Ve cómo el gran Maestro,
a aquesta inmensa cítara aplicado,
con movimiento diestro
produce el son sagrado
con que este eterno templo es sustentado.
Y como está compuesta
de números concordes, luego envía
consonante respuesta,
y entrambas a porfía
mezclan una dulcísima armonía.
Aquí el alma navega
por un mar de dulzura, y finalmente
en él ansí se anega,
que ningún accidente
extraño o peregrino oye o siente.
¡Oh desmayo dichoso!
¡Oh muerte que das vida! ¡Oh dulce olvido!
¡Durase en tu reposo
sin ser restituido
jamás a aqueste bajo y vil sentido!
A este bien os llamo,
gloria del Apolíneo sacro coro,
amigos, a quien amo
sobre todo tesoro,
que todo lo visible es triste lloro.
!Oh!, suene de continuo,
Salinas, vuestro son en mis oídos,
por quien al bien divino
despiertan los sentidos,
quedando a lo demás amortecidos
.

   La “Oda a la inmortalidad”, del poeta inglés William Wordsworth, es una muestra de los grandes poemas trascendentes por su contenido profundo y su connotación espiritual, que reclama una atención especial en virtud del trasfondo simbólico de sus revelaciones. Por la naturaleza del poema no siempre el poeta puede transmitir con claridad lo que atisba su intuición o capta su cerebro cuando se trata de revelaciones trascendentes que recibe y escribe en su condición de amanuense de mensajes suprasensibles, aun cuando, como creador consciente de su rol, se siente concitado a tejer verdades profundas, que pueden ser intuidas en el ámbito de la realidad sensible o reveladas del mundo suprasensible. Wordsworth se movía entre el arrebato de la intuición, la reflexión filosófica y la onda de la revelación y esas manifestaciones no siempre son comprensibles para el lector que no ha desplegado las antenas de la sensibilidad profunda con la consecuente intelección de la dimensión sutil. El poeta anglosajón tenía una hipersensibilidad abierta a lo viviente mediante la cual expresaba su percepción de verdades profundas y su valoración de la belleza sublime. Su vocación por la trascendencia, con el cauce metafísico como vía para canalizar el sentido de lo sagrado y la búsqueda de lo Absoluto, fue una derivación de su actitud contemplativa dirigida hacia los efluvios superiores de la Naturaleza. El tema de la “Oda” es la inmortalidad; sin embargo, el poeta menciona asuntos pasajeros y todo lo existente le parece atravesado por la luz celestial. ¿Se trata de un poder suprasensible propio de una conciencia superior para percibir significados profundos? Algo inquietante percibe el poeta mediante la percepción visionaria que menciona en la primera estrofa del poema, cuando alude a “visiones cotidianas”. Cuando niño percibía voces y señales que, siendo adulto, no capta. Como amanuense del Espíritu, de las Musas o de la memoria cósmica, el poeta comunica lo que recibe por mediación de sus sentidos o mediante el agente que Borges llamaba “el otro”. Wordsworth se sentía un amanuense y se valió de las aves, que empleaba como símbolo espiritual de la ‘fuerza superior’ inherente al aire, para decir: “Alzad, pues, vosotras, aves, el canto jubiloso”, y ya sabemos, por la tradición literaria de la mística, el valor del ave como símbolo del alma en vuelo extático. En el “Canto 9” el poeta expresa: “Tú, cuyo semblante exterior calumnia la inmensidad de tu alma; tú, el mejor filósofo, que aún conservas tu herencia; tú, ojo entre los ciegos, que sordo y silencioso lees la hondura eterna, rondada por siempre por la mente eterna. ¡Profeta todopoderoso! ¡Vidente bendito! Sobre ti reposan estas verdades que luchamos toda nuestra vida por hallar, perdidos en la oscuridad, oscuridad de tumba. Tú, sobre quien tu Inmortalidad se cierne como el día, amo sobre un esclavo, una presencia que no ha de ser puesta a un lado; tú, niño pequeño pero glorioso por el poder de la libertad nacida del cielo sobre la cumbre de tu ser, ¿por qué con esfuerzo tan denodado haces que los años traigan el yugo, de tal modo, luchando ciegamente con tu bendición? Muy pronto tu alma tendrá su carga terrena y la costumbre pondrá su peso sobre ti, gravoso como el hielo y casi tan profundo como la vida” (5).

“Xanadú”, del poemario Kubla Khan del poeta inglés Samuel Taylor Coleridge, fue concebido en un sueño bajo la influencia del opio, después de leer una biografía del Gran Khan del Imperio mongol Kublai Khan. Al despertar, Coleridge escribió los inspirados versos que había soñado, pero fue interrumpido por un visitante y no pudo continuarlo. En esa composición se puede apreciar el enunciado de una revelación cuyo valor radica, no tanto en su connotación romántica, sino en su vertiente trascendente. Mediante la descripción de la cúpula de placer construida por Khan en Xanadú junto a un río sagrado que fluye a través de cavernas hacia un mar ignoto, canaliza el proceso creativo de una inspiración. La canción de la doncella de Abisinia anuncia la inspiración de la que el poeta es mediador:

En Xanadú, Kubla Khan mandó que levantaran su cúpula señera:
allí donde discurre Alfa, el río sagrado, por cavernas que nunca
ha sondeado el hombre, hacia una mar que el sol no alcanza nunca.
Dos veces cinco millas de tierra muy feraz ciñeron
de altas torres y murallas: y había allí jardines con brillo
de arroyuelos, donde, abundoso, el árbol de incienso florecía,
y bosques viejos como las colinas cercando los rincones
de verde soleado.
¡Oh sima de misterio, que se abría bajo la verde loma,
cruzando entre los cedros!
Era un lugar salvaje, tan sacro y hechizado
como el que frecuentara,
bajo menguante luna, una mujer, gimiendo de amor
por un espíritu.
Y del abismo hirviente y con fragores sin fin,
cual si la tierra jadeara,
hízose que brotara un agua caudalosa,
entre cuyo manar veloz e intermitente
se enlazaban fragmentos enormes,
a manera de granizo o de mieses
que el trillador separa: y en medio de las rocas danzantes,
para siempre, lanzóse el sacro río.
Cinco millas de sierpe, como en un laberinto,
siguió el sagrado río por valles y collados,
hacia aquellas cavernas que no ha medido el hombre,
y hundióse con fragor en una mar sin vida:
y en medio del estruendo, oyó Kubla,
lejanas, las voces de otros tiempos,
augurio de la guerra.
La sombra de la cúpula deliciosa flotaba encima de las ondas,
y allí se oía aquel rumor mezclado del agua y las cavernas.
¡Oh, singular, maravillosa fábrica:
sobre heladas cavernas la cúpula de sol!
Un día, en mis ensueños, una joven con un salterio aparecía
llegaba de Abisinia esa doncella y pulsaba el salterio;
cantando las montañas de Aboré.
Si revivir lograra en mis entrañas su música y su canto,
tal fuera mi delicia, que con la melodía potente y sostenida
alzaría en el aire aquella cúpula,
la cúpula de sol y las cuevas de hielo.
«¡Deteneos! ¡Ved sus ojos de llama y su cabello loco!
Tres círculos trazad en torno suyo y los ojos cerrados
con miedo sacro, pues se nutrió con néctar de las flores
y la leche probó del Paraíso
».

   Similar vivencia experimentó el poeta alemán Frederich Hölderlin en su condición de amanuense de lo sagrado. Mediante el cauce de su sensibilidad interior, en la que confluyen apelaciones trascendentes, se despliega su creatividad y su inspiración. Con sus antenas interiores, abiertas y sensibles, este creador vivía en sintonía espiritual con lo viviente, tanto del ámbito sensorial como del intangible; dialogaba con los elementos y los espíritus, y percibía la voz de la Creación, según expresa en “El archipiélago” (6):

Ellas también, las celestiales, las potestades de lo alto,
las silenciosas, que traen desde lejos, de la fuerza en su plenitud,
el día sereno y el plácido sueño sobre la cabeza
de los hombres sensibles; ellos también, los viejos
compañeros de tus juegos viven contigo, como antaño;
y muchas veces, al atardecer, cuando la sagrada luz de la luna
viene de las montañas de Asia y las estrellas se encuentran
en tus olas, luces tú con fulgor celestial,
cambiándose tus aguas a su paso, y resuena de nuevo la alta
melodía de los hermanos,
su nocturna canción, en tu pecho amantísimo…\
Y la luz desde arriba habla aún a los hombres,
llena de sentidos hermosos
y la voz del gran tonante clama: ¿pensáis en mí?
y resuenan las olas entristecidas del dios del mar:
¿ya nunca, como antaño, os acordáis de mí?
Pues los seres celestes
aman descansar en corazones sensibles,
y siempre, como entonces,
las potestades inspiradoras de grado acompañan
al hombre esforzado;
y sobre los montes de la patria descansa, impera y vive,
omnipresente el éter para que un pueblo amante,
acogido en los brazos del Padre,
alegre esté y humanamente, como entonces,
y que un espíritu a todos sea común
.

   Se trata de un autor que, mediante su sensibilidad trascendente, es portavoz del aliento sobrenatural. De ahí el tono gozoso, exultante y entusiasta, de una lírica que se rinde ante el rumor de voces y mensajes con la cordial comprensión emocional y espiritual al percibir los efluvios de la Creación: “Yo os aplacaré con la voz del corazón,/ con piadosos cantos, ¡sagradas sombras!/hasta que mi alma se habitúe a vivir con vosotros, /y cuando esté más iniciado/muchas preguntas os haré, a ¡vosotros, muertos! y a vosotras,/vivientes, altas potestades del cielo, cuando pasáis sobre /las ruinas con vuestros muchos años!,/vosotras, las de los caminos seguros!/Muy a menudo el desvarío de las mortales/estremece mi corazón con su aire siniestro/y busco ansioso algún consejo; pero hace mucho tiempo/que los proféticos bosques de Dodona no hablan ya/ para consuelo de los necesitados; mudo el délfico dios está,/y solitarios y abandonados se encuentran los senderos/por donde, antaño, dulcemente conducido por las esperanzas/subía el hombre preguntando a la ciudad del profeta”.

   El poeta estadounidense Walt Whitman, en Hojas de hierba (7), atrapa la voz del Cosmos en una lírica que deviene vínculo entre la esencia del Universo y la potencia humana, pues supo apreciar el espíritu de cada cosa y elemento en versos que encauzan el aliento de lo viviente en su esplendor rotundo con lenguaje claro, abierto y sugerente:

Walt Whitman, un cosmos, el hijo de Manhattan,
turbulento, carnal, sensual, comedor, bebedor y procreador,
ni sentimental, ni erguido por encima de los hombres y mujeres,
Ni alejado de ellos, ni modesto ni inmodesto.
¡Arrancad los cerrojos de las puertas!
¡Arrancad las puertas mismas de sus quicios!
Quien degrada a otro me degrada a mí,
y todo lo que se dice o se hace vuelve al fin a mí.
A través de mi ser la inspiración divina se agita y se agita,
a través de mi ser la corriente y el índice.
Pronuncio la palabra prístina, hago el signo de la democracia.
¡Por Dios!, yo no aceptaré sino aquello cuyo duplicado acepten
todos en las mismas condiciones.
Brotan de mí muchas voces largo tiempo mudas,
voces de interminables generaciones de prisioneros y esclavos,
voces de los enfermos y los desesperados, de los ladrones y los enanos,
voces de ciclos de preparación y crecimiento,
de los hilos que unen a los astros, de los úteros
y de la simiente paterna, y de los derechos de aquellos
a quienes los otros pisotean,
de los seres deformes, vulgares, simples, locos, despreciados,
niebla en el aire, escarabajos que arrastran su bola de estiércol.
Brotan de mí voces vedadas,
voces de los sexos y las lujurias, voces veladas cuyo velo aparto,
voces indecentes que yo he clarificado y he trasfigurado.
Yo no me cubro la boca con la mano,
me conservo tan puro en mis entrañas..
.

   Según una milenaria tradición mística, Dios habla a través de unos pocos elegidos cuyos cultores, al escuchar la voz divina, buscan la pureza seráfica y experimentan un desapego de los asuntos materiales liberándose de las inclinaciones que desnaturalizan la condición humana para hacer del barro que acuna nuestro espíritu una vasija digna del sagrado soplo. Así lo entendía Jalil Gibrán, el contemplativo del Líbano, conforme testimonia en "El canto de la flor" (8):

Soy la afectuosa palabra pronunciada
y repetida por la voz de la Naturaleza.
Soy una estrella caída desde la azul bóveda
del cielo a la verde alfombra
Soy la hija que los elementos y el invierno
han engendrado;
que la primavera ha dado a luz.
Fui acunada en el regazo del verano
y dormí en el lecho del otoño.
Al alba me uno a la brisa
para anunciar la llegada de la luz.
Al atardecer me uno a las aves
para despedir a la luz
.

   A su vez, la poeta chilena Gabriela Mistral escribió en “La fervorosa”: “En todos los lugares he encendido/ con mi brazo y mi aliento/ el viejo fuego” (9). El “viejo fuego” no era sino la ardorosa llama de lo divino a través de la palabra. En una de sus primeras producciones poéticas, la iluminada Maestra de Elqui consignó que en su interior bullía el aliento inspirador de una onda sutil que la apelaba hacia las altas regiones del aura seráfica, aliento del que se sentía indigna por la miserable condición humana. El sentido de “El suplicio” es la inexorable saeta que atraviesa, con “lengua de fuego”, la sensibilidad de los llamados a testimoniar voces, visiones y sueños:

Tengo ha veinte años en la carne hundido
-y es caliente el puñal-
un verso enorme, un verso con cimeras
de pleamar.
De albergarlo sumisa, las entrañas
cansa, su majestad.
¿Con esta pobre boca que ha mentido
se ha de cantar?
Las palabras caducas de los hombres
no han el calor
de sus lenguas de fuego,
de su viva tremolación.
Como un hijo, con cuajo de mi sangre
se sustenta él,
y un hijo no bebió más sangre
en seno de una mujer.
¡Terrible don! ¡Socarradura larga,
que hace aullar!
El que vino a clavarlo en mis entrañas
¡tenga piedad!

   En “Tribulación”, la poeta chilena encarna el dolor que la criatura humana padece en vida y pide a Dios clemencia, no para evadir la cruz que la tortura, sino para soportar con ascética entrega la carga que la agobia. Actitud encomiable y valiente de una mujer impregnada de entereza espiritual para hacer de su condición de amanuense de lo trascendente la fragua de un ideal edificante y luminoso:

Tú viste que dormía al margen del sendero,
la frente de paz llena;
Tú viste que vinieron a tocar los cristales
de mi fuente serena.
Sabes cómo la triste temía abrir el párpado
a la visión terrible:
¡y sabes de qué modo maravilloso hacíase
el prodigio indecible!
Ahora, que llego, huérfana, tu zona por señales
confusas rastreando,
Tú no esquives el rostro; Tú no apagues la lámpara…

   Igualmente, el poeta argentino Jorge Luis Borges, en “Juan, I, 14”, dice que es de “otro” la voz que sus signos revelan: “Que otro, no el que es ahora su amanuense, escriba el poema”. Y en otra parte de su producción escritural, en el prólogo a Rosa profunda, consignó: “(Por Musa debemos entender lo que los hebreos y Milton llamaron el Espíritu y lo que nuestra triste mitología llama lo Subconsciente). En lo que me concierne, el proceso es más o menos invariable. Empiezo por divisar una forma, una suerte de isla remota, que será después un relato o una poesía. Veo el fin y veo el principio, no lo que halla entre los dos. Esto gradualmente me es revelado, cuando los astros o el azar son propicios. Más de una vez tengo que desandar el camino por la zona de sombra. Trato de intervenir lo menos posible en la evolución de la obra. No quiero que la tuerzan mis opiniones, que, sin duda, son baladíes” (10). En “El otro, el mismo”, expresa el poeta argentino:

En el primero de sus largos miles
de hexámetros de bronce invoca el griego
a la ardua musa o a un arcano fuego
para cantar la cólera de Aquiles.
Sabía que otro -un Dios- es el que hiere
de brusca luz nuestra labor oscura;
siglos después diría la Escritura
que el Espíritu sopla donde quiere.
La cabal herramienta a su elegido
da el despiadado dios que no se nombra:
a Milton las paredes de la sombra,
el destierro a Cervantes y el olvido.
Suyo es lo que perdura en la memoria
del tiempo secular. Nuestra la escoria
.

   El poema que le inspiró al poeta argentino la experiencia mística es “Mateo, XXV, 30”, donde afirma que una voz superior le reveló verdades metafísicas. Citamos:

Desde el invisible horizonte
y desde el centro de mi ser,
una voz infinita dijo estas cosas
(estas cosas, no estas palabras, que son
mi pobre traducción temporal de una sola palabra):
-Estrellas, pan, bibliotecas orientales y occidentales,
naipes, tableros de ajedrez, galerías, claraboyas y sótanos,
un cuerpo humano para andar por la tierra,
uñas que crecen en la noche, en la muerte,
sombra que olvida, atareados espejos que multiplican,
declives de la música,
la más dócil de las formas del tiempo,
fronteras del Brasil y del Uruguay,
caballos y mañanas, una pesa de bronce
y un ejemplar de la Saga de Grettir,
álgebra y fuego, la carga de Junín en tu sangre,
días más populosos que Balzac,
el olor de la madreselva,
amor y víspera de amor y recuerdos intolerables,
el sueño como un tesoro enterrado, el dadivoso azar
y la memoria, que el hombre no mira sin vértigo,
todo eso te fue dado y también
el antiguo alimento de los héroes:
la falsía, la derrota, la humillación
.

   En nuestro ámbito antillano del Caribe insular, insuflado por su vocación poética, el aliento místico y el motivo patriótico, el poeta puertorriqueño Francisco Matos Paoli cultivó la lírica mística con el arrebato de un moderno profeta de la palabra y el entusiasmo de un genuino creador de formas trascendentes. Su libro Canto de la locura (11) configuró una valiosa creación poética inspirada en el estado contemplativo y el éxtasis transformante. Así lo revelan estos cautivantes versos:

 

Ya está transido, pobre de rocío,
este enorme quetzal
de la nada
.
No bastan los signos hirvientes,
las manos colmadas,
los ríos,
las lenguas atadas.
No bastan los dolorosos caminos.
(El ciego puebla ardores.
Sentimos que se cierran las palomas
y las islas amadas mutilan
los floridos horizontes).
Yo dije un día largo de esperanza;
qué espesor,
qué triste plenitud,
qué azul aridez de vuelos.
¿Y por qué la calandria,
la misma de astros extendidos,
pugna por no morir cuando Dios
la conculca con su asalto
?

   Cuando el sujeto lírico internaliza en su conciencia los más hondos valores del ideal humano y lleva a la expresión estética un contenido místico, se produce la eclosión de la belleza sublime y la fruición interior. Entonces se despierta, como le acontecía al poeta boricua, la percepción del mundo como la “huella” de Dios en la tierra: “Huella que destila voz. / La semilla que se yergue contra el olvido / en la llama”. El emisor de esos versos menciona la calandria que, con su vuelo cautivante y su canto luminoso, representa la libertad de movimientos, que para los teólogos de la liberación simboliza la esperanza de los pueblos oprimidos: "¿Y por qué la calandria / la mimosa de astros extendidos / pugna por no morir / cuando Dios la conculca con su asalto?".

   Asimismo, la poeta española Clara Janés entiende que, cuando Dios le habla al hombre, despierta su entendimiento al tiempo que por su mediación habla la voz de lo Alto. La persona lírica ausculta el fondo de la sensibilidad profunda y en una expresión simbólica y deíctica, “el agua de las simas de la noche”, alude al fondo inasible de la nada al que llegan los místicos en su arrebato extático, una forma de sugerir el despojamiento y su nada imantados por el Misterio, anulando todo intento de conciencia, cuando el alma está absorta por una estela de luz y un aliento mágico de la fuerza que asume el control de los sentidos y, atenta a la voz del firmamento, en una descripción poética del éxtasis, advierte la voz lírica que quien “se pierde en pos del fondo, en la nada se pierde” (12):

Paisaje abrupto:

monte de roca pura y negro estanque

que encierra el agua

de las simas de la noche.

Quien en ella se pierde en pos del fondo,

en la nada se pierde acaso definitivamente.

Permanecí en espera

y la voz que pronunció mi nombre

llegó del firmamento,

de un punto tan lejano

que resultó irreflejable en la negrura.

La superficie inmóvil,

replegada en sí misma,

me apartaba, llenándome el espanto

de un agua sin reflejos.

Volví el rostro, y en ascensión,

por un hilo de luz me entregué,

dejando todo lastre ”.

   Del poema “De Layla a una voz luminosa que en sueños oyó”, Clara Janés infiere que el Universo tiene singulares voces y hay seres privilegiados que participan de esa apelación sagrada. A la agraciada poeta catalana le fascinan los misterios de la Creación y expresa, con la belleza del lenguaje poético y la hondura del contenido trascendente, las revelaciones que atrapa en una poesía impregnada de amor, espiritualidad y teofanía mediante un canto místico que aprecia en cada porción del Universo, como lo sienten los iluminados y los místicos, la voz y el rostro del Amado:

¿Quién es el ángel

que al alba me saluda,

la voz azul

que se derrama por mis venas,

abre las puertas de la vida

y del paraíso, de ese paraíso

que no es más que la vida,

que no es más

que el jardín invisible de la vida?

¿Quién es aquel cuyo canto,

el universo en vuelo condensa

y con levedad de ala anuncia

la perfecta desnudez de los sentidos,

el puro fluir del hontanar de amor?

   En la misma onda espiritual, la poeta nicaragüense Conny Palacios, en “Ay, cómo pesa todo” (13), canta el dolor de no poder transmitir con claridad lo que el Espíritu le sopla a su fatigada voz para decir verdades eternas. La poeta se siente amanuense de una voz profunda y un aliento metafísico, que se vuelve carga para sus entrañas y fulgor resplandeciente para su visión, cuyo torrente sutil la desconcierta:

Ay, cómo pesa TODO…

Cómo pesa tu nombre…

marea sucia

que golpea sobre mis espaldas,

asediante certeza que va y viene

y me quiebra con su golpe.

Cómo pesa este tiempo…

silencio madurado a la intemperie

que me cabalga, fatiga de gestos

y voces repetitivas,

sonata de grillos al anochecer.

Cómo pesa esta resaca de sal…

muerte lenta que en oleadas me visita,

disidencia tenaz que se vierte

en llovizna constante sobre el tejado.

Cómo pesa este canto que no florece,

acuciosa tormenta

que no logra subir por la garganta.

Cómo pesa esta arena fina

que se domicilia en mi carne, río de desgana

que se desborda en los huesos.

Ay, cómo pesa TODO.

La revelación de la voz universal

   Desde una perspectiva cósmica, poeta dominicano del grupo de la Poesía Sorprendida, Manuel Valerio, en “Invocación” (14) canaliza la voz de la Creación que su lírica encauza con primor estético, sentido simbólico y aliento metafísico:

Oh suave y dulce espiga de luz,

que en rebrillo de oro se ornamenta

para este resplandecimiento de todos los caminos

que conducen a tu morada.

EL TESTIMONIO TUYO ES REBELIÓN DEL ÁNGEL

las tinieblas cuando alza su espada

para que todo en mi centro sea luminoso,

y caigo en la extraexistencia.

DÍAS DE SOLEDAD SIN DESAMPARO LLENAN MI CASA

este huésped de la luz y la belleza,

porque todo es perfectamente hermoso

después que encendiste mi lámpara

y me inundaste el corazón con tu presencia.

UN SURTIDOR AMOROSO EN FUENTE DE LA GRACIA

me rebosa para este júbilo imperante de mi cuerpo:

por ese lavatorio en que me sumerjo

cuando no hay más testigo que la vasta magnificencia

de tus hechuras,

y salgo a la luz y me recreo

con este aliento vital que me remonta

hasta el paraíso de tu sombra.

TÚ QUE ERES MANADERO DE AMOR

en prados de pastoreo para el viandante de la luz

y para todo caminante perdido en medio de la noche

como viajero de la sombra

sin esos heraldos que te anuncian centro de la luz

que ronda el Universo,

recibe el aliento de mis palabras.

   En su poema “Por qué tanta prisa” (15), el poeta dominicano Máximo Avilés Blonda se sentía interlocutor de las voces provenientes de la cantera del infinito para llegar con su aliento al alma humana:

Por qué tanta prisa si esas voces han sonado tanto tiempo,

tanto tiempo han temblado en el aire,

en la rama del árbol

y en la brizna pequeña de la hierba olvidada,

si han subido a lo azul como suspiro de novia

en la ventana con rejas,

como canto de monja

como gozo de hojuelas de la tía soltera,

que llega al corazón y uno no entiende

si es el cuerpo o el alma quien se alegra?

¿Por qué me apremian tanto esos pasos, esas voces,

esas pesadas palabras

dichas con relámpagos,

esos dedos crispados que acusan,

esas manos grabadoras de signos

que anotan devociones?

¿Por qué esa prisa me pregunto yo,

y no lo entiendo?

Y entonces pienso que la luz de un día dura poco,

que la sombra de la noche

se convierte en la penumbra del sueño

y que de repente puede, con prisa

romperse una vena en el costado del Hombre.

   Desde una perspectiva religiosa, el sacerdote dominicano Freddy Bretón celebra el don de la interlocución divina por cuya dotación sagrada fue elegido. Con la música, el canto y la poesía, este poeta místico exalta la unión amorosa con Dios y canta su agraciada condición de amanuense de lo eterno. En “Hacia la fiesta” (16), el poeta mocano intuye la melodía que aprecia en el aire y en las fuentes, y expresa la fascinación que experimenta el hondón de su sensibilidad por ser canal de lo sagrado:

Padre de la armonía:

yo sé bien que tu voz divaga por el mundo.

Te canta suavemente la brisa en los pinares,

o en los vientos que rozan

las rocas de la altura.

Padre del Universo,

del que soy parte mínima:

preste yo mi voz a tus cantares,

como lo hace la fuente

o el arroyo en las piedras;

que no sólo a las aves les fue encomendado

cantar tus maravillas.

Sea todo mi ser el instrumento

en que hagas resonar tus melodías.

   El poeta español Teodoro Rubio, coordinador del Movimiento Interiorista en Madrid, con el lenguaje de la lírica establece un vínculo armonioso entre su sensibilidad interior y la realidad sobrenatural, que se manifiesta en una interacción recíproca con la tierra y su historia junto al aliento que lo engarza a la Fuerza Espiritual de lo Viviente. Asume la Naturaleza como expresión de lo divino, con la consecuente connotación espiritual para usufructuar la gracia de la vida, la llama del amor y la energía de la inspiración, virtudes que despiertan la pasión mística de su talante contemplativo. Apelado por la llama divina, se siente concitado por el amor sagrado, que engarza a su lírica mediante el aliento trascendente. El sentimiento místico prevalece en este poeta burgalés, quien procura la voz subyacente en la noche, el mar o la estrella, mientras experimenta una vibración emocional y espiritual con una singular ternura hacia las cosas, como se manifiesta en “Al comienzo” (17), donde el poeta se siente amanuense de la Palabra:

Un presagio de caos y oscuridad,

como al principio del mundo,

adolecía tus entrañas.

Así la tristeza fecundó en el costado

de la noche la penumbra.

Y la Palabra quiso hacerse fuego

para allanar la estepa anillada de espesura

y alumbrar con su nervado sol,

la amorfa luz cenital sin pliegues ni colores,

que existía.

Hilvanaste los bolsillos de esta alma agostada

y fueron esencia y dicha desde entonces

sus pardos caminos.

Y la Palabra

quiso hacerse carne para vivir con los hombres

en la húmeda alcoba,

en el terrazo frío,

en el mismo suelo de la tierra

cubierto por el techo de vibrantes estrellas

y la falta de ozono que nos asfixia.

Quiso compartir el pan blando

en una mesa entrelazada por la concordia

y le dimos el pan de la complicidad,

el pan duro, que nos sobra en cada fiesta de noche.

La Palabra se hizo carne

y le cerramos los labios.

Mendigó el recuerdo hasta el instante preciso

y por una rendija introdujo sin doblar nuestro saludo

la llama de la vida

y tu imagen quebró nuestra ceguera,

la turbia esperanza en el desánimo.

La Palabra fue palabra.

Alzó su plegaria de amor a los mendigos,

ese acento mecido por el aire,

espíritu, intuición casual,

en el espacio, el devenir,

y nació el verso más bello y recordado.

   Juan Miguel Domínguez Prieto, poeta místico de Guadalajara, España, nutrido en las vivencias de la gracia divina e imantado por los efluvios telúricos y celestes de la Alcarria, territorio que le sirve de inspiración y base, hace de la oración un canto de amor a la fuerza espiritual que lo apela: “Si el poeta orante -ha dicho este creador interiorista- ha sido convocado a cantar, no ha sido llamado a tallar a cualquier precio su Nombre entre los hombres” (18). Nuestro poeta tiene clara conciencia de su categoría de amanuense del Espíritu. Por eso escribió: “Mientras se escribe, se está en un exilio; se sabe que las altas son las palabras silenciosas, y a ellas tiende en parte por lo que es, en forma, coincidente a la delicia de Babel, de Babilonia; allí te dicen: canta para nosotros, mientras lloro la Tierra junto a sus canales”, ya que “el trabajo del poeta está llamado a ser un testimonio de profecía limpia, inmaculado, una manera de iluminación de las sendas”. En la concepción de Domínguez Prieto, Dios da la gracia para sentir su alieno divino y se hace sensible a través de una presencia singular, y esa gracia se hace entusiasmo, gozo y ternura. Con su don de escucha, el ánfora sagrada de su alma moldea lo que su corazón ausculta en los efluvios suprasensibles que percibe:

Oído echado en los campos,

es escucharte, y a ella, Tú,

a su arcilla como antecántaro;

noche aún, Tú.

Arcilla y Luz, ¡os escucháis!

Os veo.

Qué no alcanza el limo arrodillando

frescor de Virgen afgana.

Os veo, arcilla y Luz, horizonte y pájaro.

Sobre doce bosques, una sola ave

cómo “pone el pico al aire”.

Azul de la tierra, azul es rama.

Y a ella, Tú; a escuchar

cómo calla a tu oído descalzo,

cómo calla a tu oído.

   El poeta español José Nicás Montoto, coordinador del Grupo del Ateneo Insular en San Lorenzo de El Escorial, se inspira en la sustancia de sus vivencias entrañables desde la doble dimensión sensorial y suprasensible de una visión evocada y trascendida mediante el aliento que las Musas otorgan a su inspiración poética. En la forma clásica del verso, el poeta interiorista encauza en “Dilmun” (19), con su claro concepto de amanuense, el dictado del Numen:

Yo sé bien que no existe, ni por mar ni por tierra,

un camino que lleve a la intocada Dilmun,

ni un sendero celeste que pueda conducirnos

a la dorada estancia en que los dioses

sueñan el devenir que aquí nos trajo.

Lo sé, pero ellos saben que mi mente lo crea,

que, aunque apenas más fuerte que una tela de araña,

trasciende con su impulso de devorante fuego

esta prisión de sílice y de bronce agrietado

en que las cosas nacen, se corrompen y mueren.

En numen inmortal, cuya conciencia turbia

hace que aflore yo, como complejo absurdo

que se niega a admitir en su vigilia,

recordará mi amor por gentes y lugares,

hechos a semejanza de su afecto divino,

y me bendecirá por revelarle

lo que sin mí jamás hubiera conocido.

Y ahora, cuando escribo, sé que evoco en su mente

los rostros que he querido en el valle de Dilmun,

cuyo amable recuerdo me devuelve la vida

en forma de torrente que no puede agotarse,

y recorre conmigo, en anhelante paso,

tantos viejos caminos que separan o unen

a quien ama y no ama, a quien se va y se queda,

y la eterna prisión, de agridulce recuerdo,

en que la estupidez o la crueldad -¿quién sabe?-

me destrozó la vida en sus mejores años.

Ésa es la realidad, y mi deidad lo sabe,

y en esta absurda historia, que yo llamo mi vida,

hay un mensaje oculto, que de verdad le atañe,

que se refiere a ambos, como en una moneda

existen cara y cruz, lo terrible y lo amable.

Porque, aunque todo fluya, no sé por cuántos años,

ha de llegar el día que su divina mente

se acepte tal cual es y la deidad dormida

recobre su equilibrio y se despierte

en paz consigo mismo, sin ocultarse nada,

y agradecido, entonces, me hará vivir de veras,

retornándome al punto, con lo que soy ahora,

a todas esas cosas que, en el fondo del tiempo,

duermen sagrado sueño en la intocada Dilmun.

Ya no me quedan fuerzas para seguir viviendo:

Sé bien que no soy viejo y que puedo hacer mucho,

que hay gente que me quiere y nunca, como ahora,

me dictan tantos versos las caprichosas Musas.

Tengo muchas razones para seguir viviendo,

pero ninguna gana, y el llegar a otro día

-pensar que hay otro día- me resulta insufrible.

Todo es como una rueda de curso fatigoso:

tener para perder, caminar sin sentido

y morir como el mar, tras correr y agitarse,

absorbido en la playa por la estéril arena.

¡Qué fácil el camino para llegar al sueño

y dejar bien atrás esta estúpida lucha!

La divina conciencia, hastiada de lo eterno,

soñó con esta vida y este mundo mutable,

y le pareció digno y se dispuso a hacerlo.

Luego, se arrepintió del resultado:

hasta los dioses fallan, igual que los artistas,

y hay una diferencia tan tremenda entre aquello

que soñaron plasmar y el resultado,

que, a veces, uno y otro, viendo lo que hemos hecho,

sentimos la vergüenza del esfuerzo fallido.

Y, al fin, compadecido, por la boca de Loxias,

le dijo a cada hombre su terrible sentencia:

Da lo mismo que vayas o que quieras quedarte:

te vas a equivocar, hagas lo que hagas”.

   La poeta española María del Carmen Soler, coordinadora del Grupo “Juan Ramón Jiménez”, del Movimiento Interiorista en Barcelona, canaliza ecos de connotaciones trascendentes que su sensibilidad atrapa. En “El alfabeto ciego” (20) da a conocer su percepción de extrañas voces que su mente alumbra como enlace entre los hombres:

Van rodando, palabra tras palabra,

los penúltimos versos

-hace poco, leídos,

pero no comprendidos por completo-

hacia el acantilado de los sueños.

Resbalan por el valle blanco y verde,

galopando en el viento de la tarde.

Luego, será la noche, que no falta a la cita,

la que desvelará el sentido de los oscuros textos.

Cuando nos hablan las estrellas con su alfabeto ciego,

se hace luz, cada signo, en el amanecer de la conciencia.

Los penúltimos versos, eran, sin duda, los mejores.

Los versos, no entendidos hablaban

de los muertos sin memoria.

Las almas se preguntan por sus antepasados;

los hombres se interrogan por su propio destino,

por lo que existirá después de lo existido.

Los ´muertos´ nunca explican lo que saben.

   La poeta peruana Rosamarina García Munive experimenta una compenetración visceral con la esencia universal que revive en sus entrañas y rebrota hecha imagen trascendente amasada con el fuego sagrado del Misterio. Cántaro o vasija del aliento sonoro de la cantera cósmica, a su través fluye la voz del enigma que su verbo humanizado envasa en cauce estético. La persona lírica se siente un Simurg o Pájaro cósmico en cuya virtud habla la voz del Universo o la memoria del inconsciente colectivo con el lenguaje poético del Protoidioma, que el paleocórtex cerebral conforma mediante voces, visiones, sueños y revelaciones. Simurg del canto y útero de la gracia, en “Develando señales” (21) García Munive da forma a la inspiración metafísica:

Estelas cuneiformes   pupila de la Vida

¿Acaso la Verdad

es substancia de las cosas develando señales

o son las cosas un ir y volver aun estando

y llenándolo todo sin volverse?

 

Círculo del rito enciende mis venas

graníticas gemas   tinta giratoria

espiral azul

un millón de años luz apenas

para encontrar la voz de los espectros

escupiendo luz en las palabras

 

-Transubstanciada en palabra y viento

percibo lo profundo que aglutina-

 

Mis manos son de piedra en este remolino

siete esferas más allá del Gran Viento

atenagoran el rostro de la vida-

 

-Selene reaparece por las venas del tacto

otra energía convincente

poe-misa-

   Desde su atalaya lírica de aedo impertérrito, Tony Raful escucha la voz del horizonte expandido en las regiones intangibles del misterio en donde la belleza declina sus reales ante la orden inminente de inmortales designios. En “Desde el Punto Sur donde escribo” (22), el poeta dominicano entroncado en la tradición estética de la lírica occidental, abre cauce y sentido al linaje hermético cuya clave metafísica y simbólica se hace recipiendaria de un mandato que la poesía cristaliza en el lenguaje inveterado de la imagen arquetípica:

Punto Sur que se deshace en tu ígnea frente

donde alternan amarillo, azul lila, soledad gris,

itsmo de luna abisal en arrobamiento infinito

en tus dominios inmarcesibles

insertado en cristales y albas,

en círculos que estallan giratorios,

bóvedas en la vecindad de mis manos,

legados piramidales, llamas violentas.

Amo tu amor inacabable,

tus retoños imantados que tejen pulpos y búhos

en los agujeros de la noche,

amo tu plan de evolución en los confines de Alfa,

tu voz que amotina silencios cósmicos.

He estado en ti

peregrino de tu corazón de luz

que multiplica pájaros y estrellas con tu palabra

y retorna en la edad de acuario

como efluvios que recaban las almas.

Esfinge del maestro que adviene hermético,

sustanciación doctrinal que se regocija en milenios,

mientras me extingo terrenal e inevitable

desde el Punto Sur donde escribo solícito

este recurso recurrente de los aedas

que se deshace en tu ígnea frente omnipresente.

   Con los pies fincados en el barro impuro del mundo circundante y el alma puesta en la límpida región del ultramundo celestial, Oscar de León Silverio es un paladín de la palabra que hace de puente entre los hados inmortales de la cantera infinita y la humana escoria que nos ata a formas caducas para canalizar en versos y mensajes deícticos lo que una voz arcana dicta al mensajero interiorista dominicano que lo acoge, como lo revela en “El universo está en mí” (23):

No padre, no desista de revelarme los designios de la Creación

Tu cielo, tu profunda voz, es mi verdad, mi única verdad,

El Universo está en mí, te niego y estoy sin presencia

Soy yo quien da órbitas sobre el cosmos que me desvive

Dios es la luz, la luz es su forma, la guía de su voz

No hay más conjeturas, el Mar de lo alto, el Mar galante

celestial y puro derrumba mis ojos y puedo oírte mi Dios

en la flor sin mancha en el cirio irrepetible en el vino y la palabra

Oh cielo, qué cenizas le ganó al destino para que el polvo me confine

en tu creación o es que nadie ha muerto, nadie ha padecido el dolor

que le impida entrar a tu reino o es que en el ocaso obra el nacimiento

por el solo hecho de morir en ti, o cómo es que tengo final si no tuve

principio, la eternidad no es solo suspensión del tiempo,

misterio y revelación de un latir en Dios,

es la vida en el corro del paraíso, deleitación

celeste, hielo que se deshace del frío y vuelve a ser gota intangible

y vuelve a ser calor en lo infinito.

Aquí estoy, Padre, en el odre del mundo, con tu lámpara cósmica

en el espacio en busca del espíritu, del sol de los cuerpos,

de la llave que abre el límite donde te ocultas,

he llegado a puerto y traigo mi renuncia, no estás

a mi lado, debo ampliar la búsqueda

Oh escucho una voz que me enternece:

la eternidad es lo temporal de la muerte.

   Desde una perspectiva cuántica, el dominicano Noé Zayas anuncia la voz profunda del Cosmos que capta y transmite con vocación de aeda. Este joven creador interiorista escucha la voz de lo arcano y el eco de la memoria cósmica, que canaliza a través de la imagen arquetípica del lenguaje del Protoidioma. En tal virtud, percibe el trasfondo del eco inveterado de la sabiduría del Universo. Todo tiene una conexión cósmica y todo cuanto existe forma parte del Todo, como han enseñado iluminados y místicos. Las percepciones de la inteligencia sutil, que canalizan artistas y poetas, han sido ratificadas por la ciencia, la filosofía y la mística, según las intuiciones y revelaciones de poetas y contemplativos que se han adelantado a los hallazgos de diferentes disciplinas filosóficas y científicas, que ahora la física cuántica certifica, hecho que entraña una valoración de los poetas metafísicos. El eco de la memoria cósmica apela al poeta, conforme se expresa en “El Mesías” (24):

No quiero perecer en un remolino de dudas: Turbios pasadizos

donde tambalea mi mirada de mentiras

ni que la certeza: camisa de fuerza que me exilia del sueño

me preste amparo.

Pero oigo la voz y atrás,

muy atrás el murmullo de la multitud

que me persigue desde siglos.

Yo aún corro entre bosques de piedras amarillas:

Ocres, pardas como panteras agazapadas

Alaridos, gritos, rostros entre neblina llenos de miedo:

El suelo es un espejo de sangre que refleja el techo de los árboles

del otro lado del corazón hace falta un cuchillo más agudo

que el odio para romper los vínculo reales.

   La poeta cubana Ana Luz García Calzada, coordinadora del Grupo Literario del Movimiento Interiorista en Guantánamo, construye un puente hacia el infinito para hacer de la poesía el cauce que atrapa la voz del Cosmos en su condición de amanuense del Arcano, que su lírica formaliza con la imagen de pájaros, rayos y sombras bajo el impacto estremecedor del Misterio, según se manifiesta en “Resistencia” (25):

Es la noche que raja a dentelladas

esqueletos borrosos.

Hay un abismo detrás de las tablas

un ojo inamovible una serpiente.

Hay una espada al filo de su sombra.

Es la noche y los cuerpos separados se deshacen.

Hay un fulgor de cera un naipe abandonado

un golpe de través y su antifaz de agua.

Hay también una sed sus dunas infinitas.

I

Maravilla de un tiempo sin espacio

tus manos obstinadas, inseguras,

ángeles indefensos y desnudos

alas son de luz en sonora estancia.

 

Poquedades sin sol de tanto olvido,

tus manos en relámpagos partidas,

nueces enracimadas y maduras

son árboles sedientos y en pobreza.

 

Tus manos, resentidas, inclementes,

a latigazos quiebran sin descanso,

con ademán de rota maravilla.

II

La mirada sutil con que me acechas

es punto diminuto en el espacio

del universo, estela planetaria

en el fulgor del rayo.

 

Cristal esmerilado cuando llega

en un oscuro filo de silencios

agua subterránea en que circulan

los líquenes perpetuos.

 

Oculta maravilla que aprisiona

un torrente de márgenes adversos

pedernal de una veta milenaria

y de color angosto.

III

Esa línea que baja por tu espalda

tacto creciente en el ritual del beso

albo ciervo que escapa perseguido.

 

Tablero que en la luz se desenreda

en un oscuro juego de falanges,

pieza en el ajedrez de la columna,

alfil en los extremos de su sombra.

 

Esa línea que toco y memorizo

con un éxodo de ángeles terribles

y un silencio de códigos equívocos.

 

Símbolo indescifrable, surtidor

de fuentes milenarias y serenas,

perfil que reconozco en la nostalgia

y en su abismo de ausente maravilla.

   A la luz del sentido de la percepción y el soplo de la revelación, que el símbolo expresa en crepúsculos, capullos, umbral o sueños, el místico dominicano y poeta interiorista Tulio Cordero alude al aliento divino que atisba desde el horizonte enhiesto de su mirada intensa. En “Gota de cristal” describe, en versos que delatan su mayor anhelo, lo que siente bajo la sombra de lo divino: “Gota de cristal/resbalando en la nada. /Nada es:/El velo que me arrojas/en este afán por asir un ápice de Tu sombra. /Por debajo de mi puerta has dejado una hoja / color del Otoño con esta leyenda:/“Soy de quien me espere, si no vuelvo”. En sus imágenes fluye la onda sublime de susurros intangibles, que el poeta atrapa en virtud de su dotación de amanuense del Espíritu, según revela en “Encuentro” (26):

Admito que ha habido tardes turbadas

por crepúsculos ausentes.

Que una voz tosca ha herido tantas veces

estos capullos palabreros.

Que aquella mano violenta

-que impuso el silencio a mi hermano-

hizo que la pavesa de nuestra lámpara temblara de frío.

Y que tanto dolor, tanto quejido inocente

han amenazado con secar mi última lágrima.

Pero llegaste…

(te juro que no estaba en acecho

cuando cruzaste el umbral de mi mirada).

… y sonrió de nuevo la tarde.

Se irguió la palabra vulnerada.

Y los ojos de mi niño despertaron albeados

como mañana en gracia.

Y otra lágrima gozosa anegó estos sueños.

Por favor, permanece aquí.

Lo deseo ardientemente.

   La dominicana Carmen Pérez Valerio, cuya sensibilidad tiene un circuito indeleble con el alma de lo viviente, como amanuense y poeta interiorista escucha y transmite la voz de los efluvios trascendentes que su palabra ensalma con el arte de la expresión simbólica, encandilada en el rumor intangible de lo Eterno. Con ternura consentida y aliento vaporoso, nuestra poeta suma su voz al murmullo que flota en la noche del Misterio, como lo revela en “Tropel incierto” (27):

Ebria de oscuridad

y cansada de silencio

me confundo en imágenes dispersas

en tropel incierto

Hundo mi cabeza en tu solaz

y fluyo manantial naciente

extraña red que me posee

aferrada a tus rodillas

Escudriño voces

derretidas en la noche

y anido en tu frente

punto diminuto

de eternidad.

   El sacerdote y poeta dominicano Fausto Leonardo Henríquez, interiorista y místico, escribe poesía a la luz del fluir de lo viviente. Apelado por el aliento de lo divino, el poeta encauza en su lírica, con el lenguaje de las imágenes, lo que capta su mente de la fuente del misterio, que expresa en una visión lírica, metafísica y simbólica afín a su sensibilidad espiritual y estética. Su poesía canaliza el sentido de lo viviente mediante la energía interior de la conciencia, que el poeta expresa desde la perspectiva de su concepción teológica, por lo cual asume la vertiente interiorista de la creación con la connotación mística de fenómenos y cosas. Sin desvirtuar la dimensión espiritual y estética de su creación, hace de la poesía un vínculo sublime a favor del más alto sentido de la vida, como se manifiesta en Ínsula presentida (28):

En medio del desierto, del mundo, en la soledad

más callada, el que ES ha descendido

hasta hacer temblar mi carne

como una débil hoja. Alguien que no puedo

nombrar, alto en su propia mañana, anda

cerca, revelándome sus secretos

en este Edén arrepentido.

Mi historia se escribe en la lluvia.

Mi lengua se petrifica. Rezo.

En su seno mi libertad es un hallazgo,

Un vuelo.

   El poeta dominicano Pedro José Gris experimenta un estado de revelación. Algunas de sus creaciones son el producto de un proceso de arrebato, trance, inspiración, dictado o revelación, mediante un mecanismo interior de la conciencia que percibe verdades reveladas, provenientes de la sabiduría cósmica. Mediante la revelación, muchos han recibido señales, dictados y mensajes del más allá. No se trata, como dicen los que no creen en la existencia de fuerzas espirituales, de asuntos imaginarios, alucinaciones o delirios, sino de auténticas vivencias de una realidad interior, genuina y entrañable, que se vincula a una dimensión inherente a la realidad trascendente. El silencio y la contemplación son vías para entrar a esos estadios del conocimiento profundo y, desde luego, al tema de la revelación. Por supuesto, la revelación no se elige, es decir, no se logra por un deseo de la voluntad, sino que es una donación de una fuerza superior del Cosmos. Los poetas místicos y metafísicos son amanuenses de fuerzas superiores a su condición humana y, por lo mismo, no siempre son ´responsables´ del contenido que les dictan las voces o señales trascendentes, como se infiere del poema “Salmo 4” (29):

El éxtasis no era éxtasis, invertido

(Yo contemplé, no lo sentía,

el barco que se llevaba lo vivido)

La iluminación sin dicha, impura certeza

certeza sin alegrías de conciencia

(¿De qué hablamos? Atracaban los dolores

sin dolor, sin dicha ¿Existían, dónde, las cosas reunidas

en Ti   Congregadas volvían a abandonarme?)

(Todos los que en la vida te han dejado, me dijo

vuelven y te dejan cuando alguien te abandona)

La verdad de hierro: (el porvenir ya aconteció, lo veo)

Silencio o llanto: improductivo

silencio que en este caso no cierra ni abre nada

(También que la casa en Miami, el lago, el césped,

el patio, las menudencias de estar ahí, eran todas irreales

Verdades -no- de vida   Yo solo, sólido, absolutamente

existiendo, sin grandeza que ocultarme,

sin la silla que me sostenía…)

Aviso: Falsificaremos lo viviente en canto

(Un perverso impulso de transcribir,

¿para cuándo?, ¿para qué?)

Decir que todos moriremos a quién?

Vigilancia y suceso (son las vidas)

Estremecimiento de conciencia que no es emoción

Evento de claridad que me empobreció

Daño   “Damage”   Error de manufactura: yo mismo

Dictado del software de la conciencia para apaciguarnos

la última verdad de vida:¡El salto de las almas en cosas!

   Apelado por fuerzas desconocidas, el poeta dominicano Roberto José Adames escribe una poesía interiorista en connubio con el misterio para dar con el sentido de lo que concita su sensibilidad. Mediante imágenes que connotan la exploración del inconsciente colectivo, en “Oquedades” (30) el sujeto lírico doblega su cerviz aterrada ante la revelación del misterio a cuyo través registra los efluvios metafísicos de la memoria cósmica que su condición de amanuense capta de lo arcano. Instaurado en el ámbito de la noche profunda, el poeta parece conturbado ante el ordenamiento de lo existente, cuya voz transmite mediante el lenguaje del Protoidioma y el lenguaje del yo profundo y, concitado por el horror vacui, anhela conjurar el aliento que sobrecoge su sensibilidad ante las resonancias que fluyen en la conciencia que interroga el misterio:

El ojo muere

y cuando cae asume la inmortalidad del péndulo

en su agonía se suceden rastros de sol

y heridas anónimas permanecen silentes

escamadas y seducidas al dorso de lo indestructible

Estas heridas cohabitan el crepúsculo de las palabras

como un enjambre de cuervos disueltos en el verso

y desleído en el ojo que se desploma

sobre el muro de tu oído

y traza la fiera sal que salpica el alma

y la posee y la fecunda

La misma que fosiliza mis miedos

y destruye mis inacabadas palomas

Y en tierno encaje de sueños diseña huellas esquemáticas

antiguas y roídas

huellas que arden en lo descontemplado de cada letra

y de cada ojo en tempestad que otea la culpa

agazapada entre el original revés que articula las ansias

y el húmedo eco que las perfila

y un ir hacia el olfato y un ir hacia el recuerdo

y una llaga sangrante y una náusea provocada por otro

Y el ojo que me mira y se incendia

y me ata al cristal al pensamiento

como escrutándome las raíces del cosmos

Y abre sus alas cataratas de luz

diáspora de vuelo y desbandada

¿Quién edificará esta lluvia desde una ventana cerrada?

¿Quién de repente hace que las piedras sean

palomas y los peces agua en la memoria?

El verso se dispersa en la agrura de los pasos

consuela la rendija de la duda que cruje

y cae sobre el miedo

Y justo allí existen voces difíciles de recordar

Allí donde el ojo porta lámparas sobre círculos distraídos

y esparce puertas enanas y rebeldes

sin embargo cerrando el ojo tenazmente abriremos las puertas.

   El poeta dominicano Ángel Rivera Juliao procura en su lírica una fusión de la imagen y el concepto a la luz de una honda dotación espiritual y estética. Ante su percepción profunda fluye un fulgor que atiza su secreta llama con el rumor sutil de luminosa onda. Al auscultar el latido del Cosmos, una manera de arrimarse a la orilla del Misterio, el poeta se sitúa en el vórtice de las cosas en virtud de su arrebato metafísico en su vivencia espiritual con fruición sagrada. De ahí su amartelada empatía con la gracia que purifica y el soplo que enajena. Irradiación de lo divino cabe la voz suprema que lo apela. Por eso escribió: “Corrí en pos de mí, /desesperado, buscándome. / Dejé atrás mi cuerpo y mis vestidos. /Era una luz, solo una luz. /Y tu voz en mi interior me hablaba” (“Buscándome”). Como amanuense de lo divino, el poeta interiorista consignó en “Paisaje” (31) por qué es un interlocutor de la cantera infinita:

Siento que me desnuda el aire,

que me quedo solo y sin carnes

y huérfano del cuerpo y del sentido

voy hacia ese Sol que cae

en inmensa cascada sobre los cactus

transparentando sus espinas en rayos

hasta hacerlas invisibles.

Nada me turba, todo me atrae;

soy el ungido de la tarde

en una simbléresis de ángeles y alas

que se rozan apretujándose.

Es la unción del ser que asciende

en tránsito de palomas

arrebatado

hasta una puerta que se abre

sin piedad hacia la noche.

   En “Tres días sin sueño” (32), la poeta dominicana Ofelia Berrido manifiesta la cosmovisión de una creación fundada en el ordenamiento de lo viviente al que todo inexorablemente se somete. El contenido de sus versos proyecta el acoplamiento de su alma al dictado de la Creación en cuyo aliento metafísico confirma una visión espiritual con sentido trascendente. La poeta interiorista anhela “develar” el misterio, vale decir, ´quitar el velo´, ´descubrir´ o ´revelar´ lo que el Espíritu sopla a su través:

Es mejor descifrar los sonidos

de la noche profunda,

de la noche que se acerca

a la madrugada de su muerte.

Todo se escucha,

todo se siente, se ve, se intuye…

ante la nada.

Una hormiga trepa

el tallo de una rosa.

Oigo la hoja que se mueve,

el abrir de los pétalos de un capullo;

veo como su aroma se esparce;

y siento que se acerca la abeja.

La noche me ha atrapado

me mantiene en vigilia.

Hay algún secreto

que estoy supuesta a develar

despierta en la noche...

   Y la poeta haitiana Katia San Millán, creadora realista con arraigo en la metafísica, se abraza al Centro de la Creación y, concitada con el fulgor de lo viviente, hace de su alma el canal para que hable la voz honda del Cosmos mediante una dramática reflexión bajo el toque sutil de la intuición profunda en conexión con la Fuerza Superior del Mundo. Mediadora de lo Eterno, cuenta con el aliento inspirador de la cultura africana, el auspicio de entrañables vivencias trascendentes y el cauce infinito de la revelación. Su creación nace de la convicción de sentirse poseída por lo divino, como se manifiesta en el inspirado “Poema de la tierra” (33), en el que revela el alcance de una mente sutil y el arrebato de una sensibilidad estremecida, factores propiciadores de la lírica metafísica de una poeta interiorista que se siente “puente entre la realidad y el misterio”:

Soy hija bastarda de la luna y del sol.

Fruto de un eclipse total de sol,

del acoplamiento de la luz y la sombra

cada una perfecta, cada una única.

De un encuentro pasión, de un encuentro ternura,

celebración cósmica de armonía pura.

Soy el resultado mágico del momento sagrado

en que los números, precisos, lógicos

en un acceso de locura hicieron

que uno más uno sumaran tres.

Y desde entonces,

llevo impresa en mí el anhelo eterno

del tres en Uno.

Soy hija del día, hija de la noche

y para no vagar como niña perdida

entre polvo de estrellas,

la Tierra me acogió tierna y amante,

me nutrió y me cobijó.

Por eso la llamo Madre.

Y desde entonces soy mineral, vegetal,

animal y humana.

En mi piel mestiza soy barro, soy polvo.

En mi pelo bastardo soy musgo, soy liana.

En mis venas recias soy sangre, soy savia

Y hago mi cama en el humus blando y fecundo

y lanzo raíces profundas

hasta el mismo centro del Universo

y hago brotar retoños tiernos,

y multiplico hojas y ramas

y me hago flor y me hago fruta

y celebro el árbol altivo e imponente

que también soy yo, que desdibuja la frontera

entre lo limitado y lo infinito.

que es puente entre la realidad y el misterio.

Esto me lo susurró la voz de los ancestros

que llegó cabalgando sobre el viento,

mientras él jadeaba de alegría

entre la hierba mojada en los campos,

mientras suspiraba en la soledad de la sabana,

mientras aullaba en la tristeza del desierto,

mientras chismeaba entre los arrozales,

mientras rugía y escupía su ira

entre las ráfagas mortales de los relámpagos

mientras se hacía murmullo

tierno y suave en la brisa del alba.

Mientras invisible pero presente

fecundándolo todo, fecundaba mis pensamientos.

Ese viento que también soy yo.

Y también soy fuego.

Tengo mis raíces en el mismo Sol.

Y cada intento mío de manifestarme

me lleva hacia arriba, siempre arriba

lamiendo el aire con miles de lenguas

verticales y temblorosas,

siempre aspirando al reencuentro con mi linaje real,

estremecido por mi propia belleza.

Soy lava dorada hecha luz,

translúcida, diáfana, frágil,

dadora de caricias cálidas y tiernas.

También soy mordisco ardiente

que insufla pasión y brío.

En el atanor de los alquimistas,

en el secreto del misterio

celebro el negro, el rojo, el blanco,

limpiando, calcinando, purificando,

dejando como pruebas irrefutables

de la gran transmutación,

las cenizas todavía humeantes,

abono imprescindible y vital,

materia prima del próximo nivel.

Y me muevo pero con frescura, húmeda y azul.

Transparente y líquida, fluida e inasible

en variaciones ondulantes, inventando olas,

volviéndome marea o espejo.

Y a mi antojo escupo la espuma,

o me dejo tragar por la arena golosa,

me deslizo sensual y atrevida

sobre los peñascos afilados del rechazo

lamiéndolos incansablemente

hasta volverlos guijarros pulidos y juguetones

con la promesa de surcar mi superficie

en miles de anillos concéntricos.

Me dejo alborotar por el viento insolente,

apago el fuego del deseo

o fecundo la tierra sedienta.

Esa soy yo el agua,

cerrando la cuadratura perfecta de la materia.

Y para celebrarme entera,

renuevo el pacto del encuentro primero

entre el Cielo y la Tierra.

Dibujo un arco iris-puente.

Me deslizo sobre sus colores hechos luz

y alcanzo la esfera de mi alma,

la siempre presente,

la que espera sedienta pero paciente

que yo vuelva a la raíz,

que yo recuerde el origen,

que mi hambre de Luz sea mayor

que mi apetito por los destellos de la ilusión.

que la Voz del que planeaba

sobre la superficie del agua primigenia

sea más fuerte que los cantos de sirenas.

Esa, mensajera del Innombrable en la Tierra,

esa la que crece o desfallece.

La que vive o muere, esa, enlace perfecto,

engranaje imprescindible

en la Tríada que forma mi Esencia,

esa que hace posible

el cuatro más siete que no es más que Uno.

Esa que espera el beso último,

el abrazo consentido, infinito e imborrable

de la Nada que no es más que El Todo.

   En fin, la revelación de la voz universal la expresan los poetas cuando por su mediación habla otro ser, musa o entidad del más allá que usa al sujeto creador como intermediario o amanuense (34) entre la Potencia del Universo y las criaturas humanas para encauzar un dictado, un mensaje o una inspiración metafísica. La voz universal canaliza una revelación; afortunados los escogidos para transmitirla.

Bruno Rosario Candelier
Movimiento Interiorista del Ateneo Insular
Moca, República Dominicana, 3 de enero 2013.-


Notas:
1. Cfr. Jorge Luis Borges, Siete noches, México, FCE, 1980, p. 128.
2. Bruno Rosario Candelier, La belleza y el sentido, Sto. Dom., Ateneo Insular, 2012, pp. 132ss.
3. En Bruno Rosario Candelier, Santo Domingo, Academia Dominicana de la Lengua, 2010, pp. 19ss. Ver Bruno Rosario Candelier, Fundamento estético del Interiorismo, Moca, Ateneo Insular, 2011, p. 374.
4. Fray Luis de León, Poesías, Madrid, Ediciones Cátedra, 1994, pp. 81-83.
5. William Wordsworth, “Oda”. En Lionel Trilling, La imaginación liberal, Buenos Aires, Sudamericana, 1956, pp. 187-190. El poema de Coleridge fue tomado vía Google en Internet.
6. Frederich Hölderlin, El archipiélago, Madrid, Hiperión, 1990, p. 40.
7. Walt Whitman, Hojas de hierba, Barcelona, Ediciones Mayol Pujo, 1983, pp. 141-142.
8. Jalil Gibrán, Obras completas, Barcelona, Cosmolibro, 1982, T. I, p.69.
9. Los poemas citados se encuentran en José Olivio Jiménez, Antología de la poesía hispanoamericana contemporánea 1914-1987, Madrid, Alianza Editorial, 1988, 3ª ed., p. 67; Cfr. Gabriela Mistral y Cecilia Meireles, Academia Chilena de la Lengua, Santiago de Chile, 2008. pp. 36-74; y Julio Caillet Bois, Antología de la poesía hispanoamericana, Madrid, Aguilar, 1965, 2ª ed., pp. 1111 y 1118.
10. Jorge Luis Borges, Nueva antología personal, México, FCE, 1980, 10ª. Edición, pp. 211. También Fredo Arias de la Canal, Antología de la poesía oral-traumática y tanática de Jorge Luis Borges, México, Frente de Afirmación Hispanista, 2010, p. VIII-IX.
11. Francisco Matos Paoli, Canto de la locura, San Juan, Universidad de Puerto Rico, 1962.
12. Clara Janés, Roses of Fire, Varanasi, Aranyakas Indica, 2004,  p. 10. También Clara Janés, Diván del ópalo de fuego, Murcia, Editora General de Murcia, 2005, 2ª. ed., p. 99.
13. Conny Palacios, Radiografía del silencio, Madrid, Ed. Torremozas, 2003, p. 26.
14. Manuel Valerio, Coral de sombras, Santo Domingo, Edición de Cultura, pp. 142-143.
15. Máximo Avilés Blonda, Los profetas, Santo Domingo, Secretaría de Educación, 1976, p. 6.
16. Freddy Bretón, Entre la voz y el fuego, Santo Domingo, Amigo del Hogar, 2007, p. 240.
17. Teodoro Rubio, Luminosa andadura, Ayuntamiento de Carreño, España, 1999, p. 207.
18. Juan Miguel Domínguez, “Los poetas también oran”, en Orar, no. 158, Burgos, España, 2003, p. 18. En “Contestación a Bruno Rosario Candelier”, Guadalajara, España, enero de 2006. Cfr. Juan Miguel Domínguez, “Oído echado en los campos”, en Orar, no. 158, citado, p. 19.
19. José Nicás Montoto, Océanos de Dilmun, Madrid, Ediciones Clásicas, 2001, pp. 4-6.
20. En Bruno Rosario Candelier, El ideal interior, Moca, Ateneo Insular, 2005, p. 349.
21. Rosamarina García Munive, Simurg, México, Frente de Afirmación hispanista, 2007, p.15.
22. Tony Raful, Pájaros y horizontes sitiados, Santo Domingo, Edit. Gente, 1984, p. 26.
23. Noé Zayas, Navegar en lo seco, San Francisco de Macorís, Ángeles de Fierro, 2009, p. 11.
24. Oscar de León Silverio, En la huella de Dios, inédito.
25. Del poemario inédito de Ana Luz García Calzada, Dossier de Betty Boop.
26. Tulio Cordero, Latido cierto, Santo Domingo, Amigo del Hogar, 1986, p. 12.
27. Carmen Pérez Valerio, Rumor cotidiano, Santo Domingo, Cocolo Editorial, 2003, p. 83.
28. Fausto Leonardo Henríquez, Ínsula presentida, San Pedro Sula, Ateneo Insular, 2004, p. 23.
29. Pedro José Gris, El libro de los saltos, Santo Domingo, Ateneo Insular, 2010, pp. 53-54.
30. Roberto José Adames, Partículas fugaces, Constanza, Paso Bajito, 2007, pp. 45.
31. Ángel Rivera Juliao, Tierra vertical, Santo Domingo, Santuario, 2011, p. 38.
32. Ofelia Berrido, Pájaros del olvido, Santo Domingo, Academia Dominicana de la Lengua, 2012, p. 118.
33. Poema inédito de Katia San Millán, enviado al autor de este estudio el 13 de marzo de 2011.
34. Agradezco a Noris Eusebio-Pol la invitación para desarrollar el tema de esta disertación, conforme el mensaje electrónico de fecha 3 de diciembre de 2012, en los siguientes términos: “Estuve en la presentación de tu libro (La belleza y el sentido, en Funglode) y quedé capturada por algo que dijiste, que ciertos escritores son “amanuenses del Espíritu”.  Es una idea que comparto totalmente y es tan hermosa que me encantaría que escribieras para la revista Global sobre eso. Recuerdo en los ´90s, leyendo el poema de Pablo Neruda, “Alturas de Machu Pichu”, sentí la descripción tan real, tan ahí en ese lugar que describía, que tuve la percepción de que Neruda había “visto” y “sentido” en carne propia la vida de esa ciudad en su tiempo de gloria. Pero claro, esa experiencia fue más de vidente o de viajero del tiempo que de amanuense, que es una categoría más profunda”.

Acerca del autor


Bruno Rosario CandelierNació en Moca el 6 de octubre de 1941. Filólogo, ensayista, crítico literario, narrador, educador y promotor literario. Es licenciado en educación por la Universidad Católica Madre y Maestra y doctor en filología hispánica por la Universidad Complutense de Madrid. Preside la Academia Dominicana de la Lengua y es miembro de la Academia Norteamericana de la Lengua Española.

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