LA SED MÍSTICA DEL CIERVO HERIDO
EN FAUSTO LEONARDO HENRÍQUEZ

Por Bruno Rosario Candelier

A Graciela Pérez,
Luminoso cauce de la belleza sutil.

Dejo al pie de la cama mis despojos
para descender a la noche.
Abrigo la esperanza. El espejo mira.
El reloj se apresta a despertar la aurora.
Cavilo mientras las cortinas se cierran
”.
(FLH, Gemidos del ciervo herido)

   Fausto Leonardo Henríquez es la más alta expresión mística de la lirica vegana. Nativo de la Concepción de la Vega Real (1), en su obra poética, variada y fecunda, aparece la huella material y espiritual que fecundó su sensibilidad estética. En el ámbito de su campiña natal vivió los primeros 18 años de su vida y, por consiguiente, su desarrollo cultural tiene raíces telúricas, afectivas y espirituales de esa pujante comunidad cibaeña, ya que allí recibió la base de su formación intelectual, la inspiración de su creencia religiosa y el fundamento de su visión del mundo. Es decir, en la alforja emocional y espiritual del poeta y sacerdote dominicano hay múltiples influjos del ambiente donde se crió, del hogar donde se formó, de la escuela donde estudió y de la cultura que lo nutrió, porque todo contribuye a forjar nuestra personalidad física y metafísica.

   El primer influjo que los humanos experimentamos es el de la tierra en virtud del poderoso efecto telúrico que inyecta en nuestra sensibilidad el aliento del terruño, que se manifiesta de un modo inexorable en la sensibilidad y la creación de un autor desde que cobra conciencia de que cuenta con vocación creadora, de que tiene el don de la palabra y, sobre todo, de que se adscribe a una tradición cultural. Entonces no se extrañen ustedes de que en alguna parte de su poesía el poeta diga: “Me consumo como un tizón”.

 

Al leer esa imagen de inspiración criollista me imaginé al padre Fausto siendo niño junto al fogón de la cocina de su hogar, viendo cómo la leña se consumía, dejando fluir su imaginación a la luz de una humeante llama. Ese dato de su experiencia campesina lo plasma en su poesía y lo usa de un modo simbólico porque emplea esa frase, dirigida a la divinidad, ya que el poeta se consume como un tizón por el anhelo divino que atiza su alma enamorada. En esa ardiente imagen hay una vinculación automática entre la tierra y el cielo, entre su historia personal y su formación intelectual, entre la experiencia infantil y la vivencia literaria, entre el influjo telúrico y el desarrollo de la creatividad, factores que han dado vida, con hermosos frutos, a lo largo de su fructífera carrera:

Avanzo sin tregua por el laberinto,
abro puertas sin llaves para el regreso.
Los muros de castillo de este monte
en que reverbera el misterio,
poseen la paciencia de la eternidad.
En cada piedra palpita el origen del mundo,
la fuerza de la vida de los que erigieron esta cumbre.
Muero con la tarde. No llevo nada
a la tumba: ni reloj ni llanto.
A fuerza de frío palidece la noche.
Me consumo como tizón. Es brasa mi alma en celo
.
(Gemidos del ciervo herido, p. 16)

   Es importante entender la dimensión espiritual y estética en la obra poética del padre Leonardo Henríquez por las variadas referencias locales y universales de su creación. Quiero, sin embargo, advertir que la frase del suscrito que citó Sérvido Candelaria de una anterior valoración que hice de la obra de nuestro querido poeta, personalmente ya no la rubrico porque en esa ocasión dije, a raíz de mi primera lectura de Gemidos del ciervo herido, que el suyo no era un poemario místico sino religioso. A veces me ocurre que al leer una obra me surge una impresión inicial que luego, en una segunda lectura, cambio de opinión tras una revisión sopesada y, entonces, concibo una otra valoración del texto. A partir de la primera lectura di el testimonio ya citado, en comunicación electrónica al padre Fausto Leonardo, pero luego constaté efectivamente que se trata de un poemario místico, sin dejar de ser religioso, pues viene atravesado por un sólido sentimiento de lo divino, no ya por su ponderación de lo ritual y lo dogmático, sino por la embriaguez mística que desbordan sus amartelados versos, lo que le da a la obra del poeta dominicano la categoría de poesía mística (2), como le fuera avalada por el prestigioso Premio Mundial de Poesía Mística Fernando Rielo otorgado en España. Este fragmento de su lírica confirma lo apuntado:

Has bajado hasta el umbral.
Tu mano se extendió en el rayo de luz.
Me amaste antes que pudiera
llevar a mis labios un suspiro.
Quedé como pichón, piando
al sentir el aleteo materno. Yo no sé
decir lo que siento en esta hora
labrada en la pureza, acuñada en la ternura.
Tengo punzada el alma. Es el amor
el que me quema y mata.
Oh, Señor, oye las campanas
que estoy mudo, sin más voz que su queja.
Tu amor desciende sobre mí
como lluvia menuda. Y yo no sé
más que balbucir cosas que no entiendo
como un pichón que mira hacia el cielo
y clama: Abbá, Abbá, Abbá
.
(Gemidos del ciervo herido, p. 32)

   Desde luego, conviene subrayar que la vertiente religiosa difiere de la vertiente mística, pues se trata de manifestaciones diferentes en la actividad espiritual de la conciencia. Mucha gente cree que ambas expresiones representan lo mismo, pero no así, pues la actitud religiosa se manifiesta en términos de súplica, de petición, ya que el religioso, cuando se dirige a Dios, generalmente lo hace para pedir apoyo, gracia o perdón; en cambio, el místico o el contemplativo, al dirigirse a la divinidad, no lo hace para impetrar alguna petición, sino para expresar su amor y su devoción al Bienamado. Es decir, el corazón del místico rebosa amor y piedad y, en tal virtud, se despliega para dar y exaltar, no para pedir y suplicar. Ahí hay una actitud diferenciable en ambas posiciones de la espiritualidad.

El poeta tiene un corazón puro, impregnado de amor divino, como lo expresa su búsqueda espiritual: canta la pureza de la Creación y exalta al Creador del Mundo con el aliento que expresa la pureza seráfica de su conmovida lira. Su corazón es una fragua del supremo aliento que anida el alma de los enamorados del amor sublime:

Aprietan los años, la rutina
diluye el ardor primero con el que icé mi “sí”.
Construyo sobre roca.
Levanto en el Gólgota mi cruz,
mi patena y mi cáliz.
Enamora de nuevo a esta cervatilla,
vuelve a seducir su corazón invicto,
y llévala a pasear por tus íntimas veredas.
Ya no canta tan fino el ruiseñor,
mas lleva en su pecho
concentrado el oboe.
Sal de nuevo a la ventana, Señor,
que la luna brilla para los dos
.
(Gemidos del ciervo herido, p. 65)

   Desde luego, no crean ustedes que el camino místico es suave y siempre placentero, pues la senda del misticismo que experimentan las personas con una alta dotación espiritual, como efectivamente la tiene el padre Fausto Leonardo, a menudo pasa por vericuetos, meandros y caminos oscuros, misteriosos y tortuosos, vivencia que recuerda la imagen de la “noche oscura”, tan magistralmente concebida por el inmenso místico abulense san Juan de la Cruz. En efecto, el ámbito de la mística no es una manifestación de la espiritualidad tan obvia y tan simple como al parecer podrían significar sus enaltecedoras señales, pues la esfera de la búsqueda mística tiene también sendas oscuras y dolorosas, con laberintos interiores que conllevan dificultades de comprensión y de compenetración con ese singular mundo espiritual, sobre todo, desde la peculiar perspectiva humana, tan limitada por las limitaciones para acceder al plano luminoso de la espiritualidad. El siguiente trozo de su creación ilustra esa experiencia:

Solo tu rostro hará descansar mi locura.
Ay, Amado, mira mi agonía,
el fuego que me quema sin consumirse.
Sofócalo con tu abrazo
.
(Gemidos del ciervo herido, p. 70)

   Desde antiguo, grandes iluminados entendían, cuando se daban a la contemplación del mundo, que efectivamente había algo en la naturaleza de lo viviente y en la realidad del Cosmos, así como en el esplendor de la tierra y en la encrucijada de los hombres, que respondía a una apelación diferente, pues obedecía a una connotación trascendente (3). Ya los antiguos pensadores griegos, que fueron concitados por la fuerza cósmica del Universo y la Energía espiritual del mundo, consignaron que había una Potencia sagrada que latía en todo lo existente. Desde nuestra sensibilidad tenemos la particularidad de que podemos conectar con la Energía sagrada del Universo y hay personas altamente dotadas para lograr una conexión especial con la potencia sagrada. Se trata, en primer lugar, de personas que tienen una sensibilidad estética y espiritual altamente desarrollada, por la cual pueden apreciar, a través de la belleza sensorial de lo viviente, la belleza sublime de la trascendencia, confirmando hasta cierto punto lo que decía Platón, que la belleza culmina en Dios. La persona con sensibilidad especial, como la del padre Fausto, que tiene una sensibilidad trascendente, comienza con el desarrollo de la sensibilidad estética, porque el esplendor del mundo concita su atención y despliega los resortes de su percepción. La belleza de la Creación del Mundo llama poderosamente su espíritu y, entonces, quien tiene esa inclinación experimenta una fascinación ante el encanto de lo viviente y, como esa fascinación es tan poderosa y cautivante, los agraciados con ese don divino asumen la palabra para crear y producir una obra literaria, canalizando sentimientos y actitudes que se manifiestan en su literatura, su música, su pintura o en cualquier expresión de la sensibilidad estética. Esa faceta del mundo y la vida interior de los estetas que atrapan desde su sensibilidad el esplendor de lo viviente revela esa capacidad de sentir altamente desarrollada, por lo cual Rainer María Rilke, el eminente lirico alemán, dijo que lo más grande es sentir, porque a través de la sensibilidad se puede conectar con la esencia peculiar de lo viviente y el sentido del mundo.

   Justamente las personas altamente sensibles y expresivas desarrollan una segunda vertiente, clave para el desarrollo del pensamiento trascendente y el sentido cósmico, como es la dimensión vinculada al Cosmos con la singular dimensión que se manifiesta en todo cuanto existe, como el agua, la tierra, el fuego y el aire, pues somos los primeros en sentir la frescura de los elementos porque estamos vinculados de un modo entrañable a la totalidad del Universo. Desde nuestra sensibilidad empática establecemos un punto de contacto con el Universo y en tal virtud podemos sentir las sensaciones, los fluidos, las ondas y los efluvios de la Creación. Hay personas altamente dotadas con una poderosa sensibilidad predispuesta para establecer una singular conexión cósmica, como son los poetas metafísicos y místicos, como Emily Dickinson, Paul Depuis y Olga Arias en Norteamérica; Conny Palacios, Gustavo González Villanueva y David Escobar Galindo en Centroamérica; Alfonsina Storni, Jorge Luis Borges y Martha Arévalo en Sudamérica, y como tantos creadores que han dado ese testimonio creativo. En nuestro país podría citar a varios creadores que tienen la conexión de su sensibilidad con la energía cósmica (Manuel del Cabral, Máximo Avilés Blonda, Freddy Bretón, Tulio Cordero, Fausto Leonardo Henríquez, Sally Rodríguez, Carmen Comprés, Farah Hallal y Quibian Castillo) en virtud de un singular nexo que desde su yo profundo establecen con la esencia de las cosas, con la energía cósmica y, sobre todo, con la sabiduría espiritual del Universo.

   Lo que les estoy diciendo pueden apreciarlo, no solo en Gemido del ciervo herido, de Fausto Leonardo Henríquez, sino en otros de sus libros donde se manifiesta esa conexión suya con el Universo, con especial empatía hacia lo viviente; y como nuestro poeta vino al mundo dotado con el don de los escritores, le ha resultado fácil comunicar esa manifestación espléndida de su sensibilidad cuando entra en relación con el alma de las cosas, virtualidad que lo ha convertido en creador de literatura trascendente. Esa faceta cósmica y mística de sus creaciones aparece en Gemidos del ciervo herido.

Desde luego, la dimensión más importante en la obra de Fausto Leonardo, que es la dimensión estética y espiritual de su obra, es justamente la instancia que ya conocemos en él como expresión de su misticismo, que responde a la dimensión interior que adorna su espiritualidad y que le permite sentir la gracia divina con la inefable llama de la Creación, que canaliza con singular fuerza creativa y singular talento expresivo, como lo ha sabido expresar en este libro que es una joya de la creación poética dominicana.

En este hermoso poemario, el padre Fausto da rienda suelta a lo que pasa por su mente y por su alma cuando piensa y siente a Dios, cuando comunica sus vivencias entrañables mediante la articulación de la dimensión sagrada del Universo, actitud y disposición de su sensibilidad que es pasión en nuestro poeta, tanto que ha logrado uno de los libros más hermosos, escrito por un dominicano, por la calidad poética y la belleza mística de sus poemas. Uno de los poemas donde ustedes podrán apreciar las tres instancias que he mencionado de su sensibilidad, la estética, la cósmica y la mística, es el siguiente:

Ando en busca de tu senda,
mas la bruma oculta el meridiano.
Oigo el lenguaje del viento,
el batir de alas del ángel,
mas yo aquí cato
el vino de mis soledades.
Oh, Verbo, haz saltar
la escarcha que vela el alba.
Caiga mi sombra,
crujan mis insomnios,
llamee este silencio y cobren vida
estas paredes que oscilan.
Altura que aclara mis ojos,
verdea los abismos, haz que nombre
lo que mis entrañas balbucean
.
(Gemidos del ciervo herido, p. 15)

   Como un niño que gime, el poeta balbucea su gemido, que es un grito, una expresión de desesperación ante algo que quiere y no tiene, pues está canalizando un gemido ante la Majestad de la Creación y, entonces, en ese estado emocional el poeta testimonia lo que sacude su sensibilidad con esa fuerza subyugante, con esa pasión enervante, con ese entusiasmo lírico que nace del fondo de su corazón y del hondón de su sensibilidad, porque eso es justamente el entusiasmo, una emoción divina subyacente en el alma. La palabra “entusiasmo” viene del griego en Theos, que significa ´estar en Dios´. Quien experimenta el sentimiento del entusiasmo, como efectivamente late en el alma del padre Fausto, siente en el fondo de su alma un aliento divino, es decir, un aleteo o un soplo del Espíritu que penetra en la sensibilidad de la persona. Ese aliento produce alegría, gozo y emoción, porque el entusiasmo genera una intensa fruición, que es una alegría interior, un estado de enamoramiento que supone una particular emoción mediante la cual la persona experimenta una fuerza increíble, un embeleso espiritual y una satisfacción que lo lleva a actuar con alegre disposición y a vivir de manera positiva, altruista y gozosa. Ese entusiasmo proveniente de la divinidad y aplicado a la poesía, produce no solo el estallido expresivo del sentimiento lírico sino frases hermosas y profundas, con una gestación de la conciencia que pone al sujeto creador a disfrutar el mundo ante el esplendor de lo viviente y entonces no tiene más remedio que crear, que expresar lo que sacude su sensibilidad, lo que naturalmente es fruto de una intuición estética, una intuición cósmica y una intuición mística, que forman parte de la sensibilidad espiritual del poeta al expresar un anhelo de ser y un modo de sentir en virtud de esa energía sagrada que envuelve su sensibilidad:

El pozo alberga en el fondo la memoria de la sed,
la ansiedad de los transeúntes,
la pureza de las lluvias.
La eternidad mana sin ruido en el abismo,
el cántaro la extrae tembloroso,
y mis labios agostados se incendian.
El manantial inagotable se esconde
en lo profundo de la oscuridad; el eco
de la vasija que sondea las entrañas intangibles
advierte cuán inmenso es el cielo que, allá,
en el corazón del pozo, se esconde.
El pozo espera a la Samaritana;
día y noche su boca exhala el aliento
cristalino de la vida.
Quien bebe de este pozo, bebe luz.
El misterio fluye en lo insondable.
Yo, como el cántaro, me precipito
tras el interior secreto del pozo,
sin más alas que la fe
.
(Gemidos del ciervo herido, p. 21)

   Desde luego, Fausto Leonardo es sacerdote y, como tal, es un conocedor de la Biblia; por tal razón se aprecia en este poemario una entonación bíblica, con un tono similar al que aparece en el Libro sagrado, pues nuestro agraciado poeta se expresa en actitud de súplica, como se expresaban los antiguos profetas. En este poemario su autor mantiene una vocación religiosa con un trasfondo filosófico en su creación porque no se trata simplemente de la faceta religiosa que consiste en pedir al Sumo Creador algo para solucionar un asunto o un problema en la vida, sino que se trata de la dimensión religiosa en el sentido más profundo que implica la religiosidad, sentido que entraña una vinculación con el Cosmos. El poeta se siente expulsado del Paraíso y quiere recobrar su condición edénica, su estado original, su aliento primigenio, para sentir el primor de la Creación y captar el aliento prístino de lo viviente:

Habla, Soberano; paséate por este Edén
de huesos tristes. Habla de nuevo e infunde
el aliento a este Adán milenario.
Volvamos otra vez al origen,
al amor primero, al soplo de bondad
que abrió mis pulmones. Seamos amigos
otra vez, que los peces me nombren,
las aves me gobiernen y los animales canten tu gloria.
Hice gemir la creación, la humillé, la ensordecí.
Recréame en la semilla, en el polen, en el árbol
del centro. Invierte las coordenadas y hazme iris,
alianza de los ríos. Volvamos
a ser amigos, Padre; hazte alfarero, para que
se haga la luz y Eva me sonría
y no me avergüence de mi desnudez.
Que ya no me dé la espalda el amanecer,
no me desprecie el ruiseñor;
firmemos esta carta para que suenen
los aleluyas los ángeles
.
(Gemidos del ciervo herido, p. 54)

Religión viene de religare, es decir, ´ligar´, ´unir´, ´relacionar´, ya que el poeta relaciona la propia identidad con la otredad, con la realidad del Universo, con la realidad divina; entonces, con esa fuerza espiritual, con ese aliento religioso y místico el poeta plasma momentos de infinito que ha sabido vivir y experimentar cuando se vale del silencio, la oración y la contemplación, y cuando vive y disfruta esos momentos especiales de su espiritualidad fecunda (la verdadera creación nace en soledad y hay que vivir el estado de soledad para crear), el creador se aparta del mundo y crea otra realidad, una realidad estética y una realidad metafísica, para sentir la otra esfera:

Mar, ¿por qué conteniendo tú tanta agua
no se te calma la sed?
¿Por qué no te tranquilizas si posees
la anchura total, la profundidad que no duerme? No
entiendo, Mar, tu insomnio, el parpadeo
infatigable de tu olas.
¿Cómo siendo tú tan inmenso te postras ante mí?
¿Qué tengo yo que te obliga a besarme los pies?
Tus espumas claman los sagrados silos
que almacenan cielo en el azul.
Estás ya cansado, tus olas flaquean, languidecen.
Algo te levanta, tus pulmones se hinchan
de no sé qué fuerza.
Es eterno el rugido que anida en tu abdomen.
Cesa, Mar, detén tu pena. Dile a tu Amo,
que el Ruah que te anima es más fuerte que el tiempo.
Embarco en el ala del pelícano, guardián
de tu vigilias, para dejar solamente esta estela
.
(Gemidos del ciervo herido, p. 39)

   El poeta expresa una identificación mística con lo viviente: su alma se compenetra con el alma del mundo y con la esencia divina que subyace en todo:

Bajo al sueño, tumba que madruga a la muerte.
Dejo al pie de la cama mis despojos
para descender a la noche.
Abrigo la esperanza. El espejo mira.
El reloj se apresta a despertar la aurora.
Cavilo mientras las cortinas se cierran.
Bulle la piedra que piensa. Ya nada es claro
a estas horas frías. Solo mi aliento se escucha
como cuerda de bajo. Confieso
que hoy anidó la fruta en mi boca,
que el cielo palpitó en mi interior,
que la brisa cimbreó mi árbol.
El tú se encarnó en mi sangre,
creció la raíz, mi piel en otras orillas.
Al amanecer, vencida la niebla, me alzaré
para abrazarme a la guitarra que es el mundo.
Cierro la voz, la palabra
.
(Gemidos del ciervo herido, p. 70)

Hay que experimentar la sensación de sentirse fuera de la realidad cotidiana, abstraído de la realidad sensorial, contingente y circundante, para meterse en el estadio interior de las vivencias, en un mundo entrañable como es el ámbito de la realidad estética y la realidad metafísica y, sobre todo, en el mundo ideal que tanto ponderaba Platón en la Antigüedad, el mundo ideal del pensamiento y la espiritualidad, el mundo ideal que nos lleva a establecer un vínculo cósmico profundo con la dimensión espiritual del Universo que llamamos Numen en cuya virtud se pueden atrapar las grandes verdades que vienen de la cantera del infinito y que aguardan una sensibilidad humana capaz de captar esas señales de la realidad trascendente para darle razón y sentido a esto que nosotros, los que amamos la poesía y, de un modo especial la poesía metafísica y la poesía mística, para darle a la palabra esa dimensión estética y espiritual que es la más excelsa condición de la creatividad humana, cuando los poetas trascendentes hacen uso de la palabra con un propósito edificante y luminoso, sobre todo, con el sentido de esperanza como lo hace Fausto Leonardo Henríquez en su lírica mística.

   He aquí uno de los poemas más hermosos y cautivantes, reverdecido con una cálida expresión fluvial, ardiente y florecida de la lírica mística mediante el concurso de imágenes de la cosecha bíblica, remozada y revitalizada, en una simbiosis de emoción estética y fruición espiritual a la luz de una búsqueda concitada por el anhelo de la esperanza, índice y señal de la apelación de la alta espiritualidad:

A esta vasija le puedes contar
las costillas por donde mana
la nostalgia del agua
como un gemido de ángel.
Este odre sin vino, secos
los labios, tristes los párpados,
atisba el viñedo.
Mójale la lengua con fuego,
con el lagar del cielo.
Odre viejo, párate a la orilla
del camino, y grítale fuerte al Viñador:
¡Dame de tu cáliz!
Y hará nuevas tus entrañas,
y niñas tus puertas.
Verás nacer tu vejez, renovarse
el otoño de tu sepultura.
Odre nuevo cocido en la Palabra,
revestido de agua, ornado
de vino que mana del costado del Verbo.
Odre nuevo, fiesta de uvas caídas del cielo
.
(Gemidos del ciervo herido, p. 41)

Bruno Rosario Candelier
Encuentro del Movimiento Interiorista
La Vega, R. Dom., 17 de agosto de 2013.

Notas:

  1. El padre Fausto Leonardo Henríquez (La Vega, República Dominicana, 1966). Sacerdote paúl y poeta místico del Interiorismo, realiza su doble ministerio, pastoral y literario, en Barcelona, España. Es un entusiasta promotor cultural que asume la obra literaria como vía de crecimiento humanizante y trascendente. Dirigente Internacional del Ateneo Insular, es un fervoroso cultor y promotor del ideario interiorista de la creación. Su lírica expresa la búsqueda del estadio primordial de lo viviente que intuye como fuerza espiritual del Cosmos mediante la cual canaliza el sentido de lo Eterno desde la perspectiva cristiana. En su creación testimonia el amor místico a través de una empatía cósmica con vocación contemplativa a favor de los más altos valores del espíritu. Con su creación poética, Gemidos del ciervo herido, obtuvo el Premio “Fernando Rielo” de Poesía Mística en España. Cultor apasionado del amor divino, su lírica fragua el sentimiento sublime desde la onda interior de la belleza y el sentido.
  2. Los textos poéticos citados proceden del poemario de Fausto Leonardo Henríquez, Gemidos del ciervo herido, Madrid, Fundación Fernando Rielo, 2012.
  3. Cfr. Werner Jaeger, Paideia: Los ideales de la cultura griega, México, FCE, 1971, 2da. ed., p. 27ss.

 

Acerca del autor


Bruno Rosario CandelierNació en Moca el 6 de octubre de 1941. Filólogo, ensayista, crítico literario, narrador, educador y promotor literario. Es licenciado en educación por la Universidad Católica Madre y Maestra y doctor en filología hispánica por la Universidad Complutense de Madrid. Preside la Academia Dominicana de la Lengua y es miembro de la Academia Norteamericana de la Lengua Española.

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