Por Bruno Rosario Candelier

A Aída Montero,

Que vive el sentido de la emoción estética.

Recurro a la palabra, mi herramienta.

Me la enseñaste Tú, Dios expresado.

Pero no es la palabra lo sagrado:

lo sagrado es la sed que la alimenta”.

(David Escobar Galindo)

 

La expresión de la imagen y el concepto

Tenemos dos formas de expresión: el concepto y la imagen. Mediante una operación intelectual, nuestra convierte la percepción de las cosas en conceptos o la formaliza en imágenes, que es el lenguaje del arte, cuya creación se funda en una intuición. La intuición captura una imagen o un concepto de la cosa al entrar en contacto con su esencia. Si en nuestra percepción predomina la imagen, con los rasgos sensoriales de las cosas creamos belleza, que es lo propio del lenguaje literario; en cambio, si en nuestra expresión predomina el concepto, creamos pensamiento, que da cuenta del sentido de la cosa, propio del lenguaje discursivo.

 

Con la energía interior de la conciencia, que el Logos formaliza en la palabra, desarrollamos la capacidad creativa de la mente al convertir en signos, imágenes y símbolos los conceptos que forjamos de las cosas, así como la expresión de lo que percibimos, intuimos y valoramos mediante el concurso de la inteligencia y la sensibilidad.

Los seres humanos vivimos múltiples experiencias fraguadas en hechos y fenómenos que marcan nuestra percepción y nuestra interioridad. La impronta que la realidad ejerce en nuestra sensibilidad se manifiesta en vivencias gozosas, dolorosas o traumáticas y, a veces, misteriosas y sorprendentes. Las vivencias que experimenta la sensibilidad se disfrutan en el interior de la conciencia y se canalizan a través de creaciones y actitudes, al tiempo que dan cuenta de la naturaleza de nuestras emociones y del talante espiritual y estético de nuestra sensibilidad.

La creación que realizamos con el concurso de la palabra es el resultado de la percepción de la inteligencia y la sensibilidad mediante un poder que el sujeto creador plasma en el lenguaje peculiar de su creación literaria (1).

La huella que lo real produce en la sensibilidad del sujeto concita una relación entre la realidad y la conciencia del contemplador, ya que cuanto experimenta, genera un efecto en su espíritu, puesto que lo que acontece, impregna los centros perceptivos de la conciencia. En tal virtud, contamos con la sustancia y el poder para encauzar creativamente esas vivencias y convertirlas en fuente de conocimiento y de sabiduría, lo que, naturalmente, enriquece la calidad del ser humano, razón por la cual Rainer María Rilke, el gran lírico alemán, consignó que lo más importante es sentir, justamente por lo que entraña la sensibilidad para el disfrute de la vida, la vivencia del esplendor de lo viviente y la creación de la obra literaria.

Mediante el cauce intuitivo de la sensibilidad, podemos enfocar tres aspectos vinculados con la percepción de lo real: el sujeto contemplador, que enfoca la dimensión sensorial de lo existente; el objeto de la contemplación, que comprende la sustancia de lo contemplado; y la relación que se establece entre el contemplador y lo contemplado, que da lugar a vivencias y expresiones que el arte canaliza mediante el lenguaje estético, como la poesía y la ficción, o mediante otra forma artística de la creatividad, como la pintura, la música o la danza. El poder de la sensibilidad, así como el hecho de la contemplación, están a nuestro alcance y, desde luego, enriquecen nuestro mundo interior con la belleza del contenido y el sentido de la creación.

La realidad de lo existente no tiene una sola dimensión, sino varias facetas y texturas, con diferentes ventanas, registros o niveles compartidos que conforman una totalidad con diferentes expresiones o sentidos, que están a la disposición de nuestra inteligencia y pueden modificar nuestra percepción de lo real con la impronta de nuestra cosmovisión.

La realidad objetiva que perciben nuestros sentidos corporales conforma la base primaria del conocimiento del mundo. La dimensión objetiva de lo existente comprende lo que perciben nuestros sentidos corporales del ámbito circundante, que está lleno de colores, olores, sabores, sonidos y formas cuyos datos sensoriales captan los poderes perceptivos de la sensibilidad. Por tal razón, quien sabe mirar adecuadamente, es decir, quien sabe percibir lo que la realidad contiene y sugiere, puede captar la dimensión hermosa de lo viviente con su sentido profundo. La sensibilidad que nos conecta con lo real circundante, también nos vincula con la dimensión trascendente de las cosas, gracias a los sentidos interiores o sentidos metafísicos dispuestos para la captación de la vertiente interna y esencial de lo existente, que comprende la dimensión metafísica y mística. Además, la realidad subjetiva que creamos con nuestra imaginación, que es la realidad imaginaria, se distingue por su carácter subjetivo plasmado en sueños, utopías, fantasías, invenciones imaginarias y especulaciones. Esa realidad imaginaria, impalpable y subjetiva, no se debe confundir con la realidad trascendente, que capta la dimensión interior e intangible de lo real, puesto que supera la percepción sensorial de los sentidos y se adentra en la dimensión metafísica de lo existente, como es su dimensión interna y mística, a la que podemos acceder en virtud de los sentidos interiores. No solamente poseemos sentidos físicos, como la vista, el tacto, el olfato, el oído y el gusto. Tenemos también sentidos metafísicos, como la intuición, la imaginación, la memoria, el sentido común y la estimativa, que perciben la dimensión extrasensorial de lo existente.

Pues bien, la realidad sensible tiene una dimensión aparente, que perciben los sentidos físicos, así como una dimensión intangible, interna y esencial, que perciben los sentidos metafísicos. Esos sentidos interiores auspician las grandes creaciones humanas que se manifiestan en el arte, la filosofía, la ciencia, la religión, la literatura y la mística, con el saber intuitivo que hace posible la  comprensión de lo existente. Por esa razón, ya en la Antigüedad griega, Heráclito de Éfeso subrayó la importancia del Logos, en cuya virtud el hombre habla, razona y crea. En tanto energía interior de la conciencia, el Logos canaliza en la palabra nuestros conceptos, voliciones y sentimientos, al tiempo que hace posible nuestras creaciones, así como nuestras relaciones verbales con la formalización de nuestras vivencias espirituales y estéticas, que la literatura canaliza en la expresión de la belleza con sentido.

En virtud del poder de la conciencia podemos acceder al plano profundo de la realidad, que comprende la dimensión interior de lo existente y la sabiduría espiritual de la memoria cósmica. A esa sabiduría espiritual acceden algunos seres privilegiados cuando afinan la intuición y desarrollan los poderes perceptivos de la sensibilidad trascendente. Justamente, porque tenemos poderes interiores, como la intuición, la reflexión y la creación, podemos desarrollar la excelsa condición de la naturaleza humana, como es la capacidad de entender el sentido del mundo y recrearlo con nuestra particular estimativa espiritual y estética. Una de nuestras grandes virtualidades se cifra en el poder de creación, ya que crear, es decir, generar una nueva realidad o producir imágenes y conceptos mediante la palabra o la imagen, conlleva generar ideas y expresiones que formalizan nuestra percepción de la realidad, con la plasmación del sentido que atribuimos a nuestras observaciones y experiencias de la vida, que encauzamos mediante el don creativo de la inteligencia y la sensibilidad. Tener la capacidad de trascendencia, es decir, el hecho de poder vincularnos con lo que está más allá de la realidad física es un fenómeno relevante y significativo. Por esa razón, Antoine de Saint-Exupery, en El principito, dijo que lo más importante no se ve, porque esa dimensión de la realidad, que alude a la dimensión metafísica de lo viviente, representa la vertiente interna y mística de lo real. Esa dimensión esencial y trascendente subyace en el interior de lo existente, a cuya instancia podemos llegar mediante el concurso de los sentidos interiores cuando nos instalamos en el interior de la cosa cuya esencia convertimos en sustancia de nuestras vivencias espirituales y estéticas, núcleo operativo de las creaciones literarias y artísticas.

Con la palabra recreamos nuestra percepción de la realidad, que la intuición atrapa, la inteligencia interpreta y el lenguaje formaliza, lo mismo del ámbito objetivo del mundo circundante, que de la dimensión subjetiva de nuestro interior profundo o la vertiente interna de lo viviente, eco de lo divino mismo, pues todo comenzó a ser cuando fue enunciado verbalmente, como una emanación de la Energía Espiritual que el Creador del Mundo insufló al hombre cuando lo hizo a su imagen y semejanza, razón por la cual la potencia del Logos, portador del Aliento Primordial de lo Viviente, sintetiza y expresa el genio de una estirpe que el lenguaje atesora en singulares efluvios de aliento, gracia y luz.

 

Expresión del sentido profundo y la belleza sutil

 

Los creadores, pensadores y estudiosos del pensamiento y la creatividad, en cualquiera de sus manifestaciones intelectuales o estéticas, requieren del desarrollo de la inteligencia sutil y la sensibilidad trascendente y, con ese desarrollo, la coparticipación de la intuición, la imaginación, la memoria, el lenguaje, la tradición y la inspiración, ya que esos factores se aúnan para hacer posible la creación inspirada en la realidad sensorial y metafísica.

Todos tenemos el don de la creatividad, potencial que recibimos con los  demás dones con que venimos a la vida. La creatividad no es un atributo exclusivo de seres privilegiados; está al alcance de todos los seres humanos, sin distinción de raza y cultura, condición que poseemos en virtud del poder creador de la palabra, mediante el testimonio de nuestra percepción singular del mundo. Desde que despertamos a la vida, nuestra sensibilidad se pone en contacto con los datos sensibles de la realidad circundante. Ese contacto con la naturaleza de lo viviente es individual, singular y peculiar, ya que cada uno percibe, según su talante y circunstancia, una faceta exclusiva de lo real. Desde su perspectiva y punto de vista, cada uno testimonia lo que su sensibilidad capta y tamiza con sus sentidos. Ese atributo de la sensibilidad revela el poder creativo que permite ensanchar la visión del mundo, enriquecer la tradición humanística y compartir nuestras percepciones y valoraciones, con la posibilidad de atizar la vida interior de la conciencia.

En la obra intelectual y artística, como creación de la inteligencia y la sensibilidad, intervienen el lenguaje, la imitación, la técnica y la tradición. La obra del creador canaliza varias manifestaciones de la realidad vivencial, así como el hallazgo de la intuición y el aporte de la invención, que realiza con el concurso de la memoria y la imaginación, facultades que nos permiten recordar, asociar, inventar y crear. Cuando Federico García Lorca dijo que era poeta por la gracia de Dios o del demonio, añadió que también lo era por la gracia del esfuerzo y la técnica, con lo que enfatizaba al rol de la inspiración y la transpiración (2).

Desarrollamos la creatividad con el aporte de la inspiración y el concurso de la dedicación, mediante el estudio, la disciplina, la observación de la realidad y, desde luego, la lectura y el conocimiento del legado de nuestros predecesores en los diversos campos del saber. En el estadio actual del desarrollo científico y artístico, nadie comienza de cero, puesto que hay una inveterada tradición con un inmenso caudal de conocimientos en todos los órdenes, cuyos fundamentos debemos conocer para iniciar nuestro despegue a partir del logro alcanzado por nuestros más inmediatos predecesores, de manera que el proceso de evolución y crecimiento siga su ascenso evolutivo con la contribución que podamos aportar.

Lo que estoy diciendo respecto a la tradición de las artes y las letras, cada uno lo puede adaptar a su propia disciplina y vocación, ya que cada cual puede adecuar a sus personales circunstancias, la experiencia y las opciones de formación y desarrollo en atención a su nivel intelectual, estético y espiritual. Cada uno tiene sus peculiares condiciones e inclinaciones enmarcadas en su personalidad, su intelecto y su talante. Nos vamos preparando en lo que nos motiva o interesa, por lo que tenemos a nuestro alcance la posibilidad de satisfacer las demandas de nuestra vocación.

La vocación obedece a una singular apelación. Todos experimentamos una determinada llamada para realizar algo en la vida. Como fuerza que nos concita a emprender una acción vinculada con nuestras inclinaciones creativas, la apelación genera un incentivo en la creación. Cada uno experimenta una singular inclinación en conformidad con su intelecto, su sensibilidad, su situación personal, la formación recibida en el hogar y la escuela, los incentivos que concitan allegados y amigos o los maestros que influyen en nuestra formación y todo cuanto incide en el desarrollo de la inteligencia y la sensibilidad, como la cultura de la tierra, el lenguaje heredado, el afecto y la familia, clave para el desarrollo de la personalidad (3). Las diversas apelaciones suelen enmarcar y señalar el rumbo que debemos seguir en nuestra vida y lo que podemos hacer con el talento y los bienes recibidos. Paralelamente, contamos con una energía creadora que demanda la realización de esas inclinaciones intelectuales, morales, estéticas y espirituales, que se suman al impulso de creación. Por eso es importante identificar la vocación y hacer lo que conlleva esa llamada interior de la conciencia. Podemos dar lo mejor de nosotros si damos cabal satisfacción a lo que entraña esa apelación, porque podemos consagrarnos con plena entrega a la acción que realizamos, la profesión que elegimos o la tarea a la que dedicamos esfuerzo, talento y pasión.

Hay expresiones de la realidad que a todos nos alientan, como la verdad, la belleza y el bien. La verdad es la apelación del sentido; la belleza es el fulgor de lo viviente que nos llama; y el bien, una dación de amor que nos convoca. La verdad, la belleza y el bien tienen un vínculo con la inteligencia, la sensibilidad y la voluntad, las tres grandes potencias de la naturaleza humana.

Cuando la sensación que genera la belleza hace sentir el esplendor de lo viviente, se despierta el SENTIDO ESTÉTICO. La vivencia de la belleza genera la emoción estética, el gozo de sentir el encanto de lo viviente.

Cuando la contemplación de la belleza concita el encanto de lo viviente, se despierta la sensibilidad estética. La vivencia de la emoción estética genera el sentido estético.

Cuando la vivencia de la emoción estética concita el encanto de lo viviente, se despierta la sensibilidad cósmica. La emoción de esa vivencia genera el SENTIDO CÓSMICO. La emoción que produce del esplendor de lo viviente genera un asombro que despierta el sentido cósmico. El sentido cósmico, según Pierre Teilhard de Chardin, debió nacer tan pronto como el hombre se encontró frente a la selva, el mar y las estrellas con el consecuente sentimiento que concita el esplendor de lo viviente (4).

Cuando la vivencia del sentido cósmico concita el encanto de la Creación, se despierta la sensibilidad mística. La emoción de ese sentimiento de lo divino despierta el SENTIDO MÍSTICO. En la vivencia de la belleza y el sentido aflora la fruición espiritual del aliento místico, que en algunos casos llega al éxtasis, como lo han experimentado iluminados, místicos y contemplativos, con el consecuente efecto transformante.

La contemplación de lo natural permite aprovechar lo que nos aporta el mundo circundante, al tiempo que genera una compenetración sensorial, intelectual, afectiva, imaginativa y espiritual con lo viviente. La vivencia del sentido cósmico produce un sentimiento de afinidad con lo existente y, en tal virtud, genera una empatía cósmica. Esa vivencia de la sensibilidad nos enriquece interiormente, genera una valoración de la dimensión espiritual de lo existente y proporciona el disfrute de la fruición mística (5).

Con el concepto del Logos, Heráclito de Éfeso intuyó también la existencia de una sabiduría espiritual registrada en la memoria cósmica y esa sabiduría, que potencia la energía interior de la conciencia, permite establecer un vínculo con la dimensión numénica de lo viviente. De esa manera podemos tomar conciencia de la conexión que establece nuestro yo profundo, como contemplador de lo viviente, con la sustancia de lo contemplado, como esencia de la Creación, al tiempo que concita el aliento de la contemplación, que atiza la creación artística o literaria.

Los contemplativos de las diferentes confesiones y culturas han llegado a la conclusión de que “todo forma parte de Todo”. Muchos iluminados y poetas han reiterado su intuición de una verdad profunda, que infieren de la vivencia interior de su conciencia o de la revelación de una sabiduría superior. Constituye una manera de aludir al vínculo entrañable que se establece entre una criatura con la dimensión esencial del Universo. Cuando tenemos conciencia de esa realidad, podemos establecer una relación armoniosa y empática con el mundo circundante. Mediante ese vínculo se fortalecen los poderes de la sensibilidad y la conciencia, al tiempo que despertamos los sentimientos estéticos, cósmicos y místicos, vertientes luminosas de nuestra dimensión espiritual y creativa.

Las diferentes manifestaciones del arte, la filosofía, la literatura, la religión y la mística despiertan la sensibilidad estética y espiritual, ahondan en la energía interior de la conciencia y potencian la vida del espíritu, cuyo disfrute permite ahondar en el sentido de lo viviente mediante el cultivo de la verdad que edifica y la belleza que ilumina.

 Sensibilidad, contemplación y  creación

En vista del impacto que lo real produce en la conciencia, hay implicaciones físicas y metafísicas en el desarrollo de la sensibilidad estética y espiritual. La obra de arte suele ser el producto más reputado de la sensibilidad estética y, en tal virtud, genera la emoción estética con el reconocimiento de lo que somos interiormente. En atención a la valoración de lo que permanece y trasciende, esta valiosa faceta de la creación artística y literaria presenta un nivel de intelección que no suele llegar a la multitud, sino al interior de la persona con sensibilidad estética y espiritual, al interior del contemplador consciente, en cuya virtud experimenta lo que estremece la sensibilidad y la conciencia. Si valoramos esa dimensión espiritual de la sensibilidad, podemos tener una vida más luminosa, creativa y fecunda.

Contamos con varios poderes perceptivos, como los sentidos físicos, que perciben la dimensión sensorial de lo existente, así como los sentidos metafísicos, que captan la faceta trascendente de las cosas. Entre esos sentidos metafísicos o interiores prevalecen la intuición, la imaginación y la memoria, claves para la operación intelectiva y operativa de la creación.

Hay fuerzas que motorizan la creatividad y con ella el disfrute de la belleza y el sentido. Existen también fuerzas negativas, como el miedo, baja autoestima y, en el peor de los casos, el desaliento del espíritu, que menguan el disfrute de la vida y la creación. Por suerte, hay fuerzas positivas, como el amor, la confianza y el entusiasmo, que impulsan la vivencia interior y la creatividad. Desde luego, los aspectos negativos que disminuyen la capacidad de creación, como la ignorancia, el atraso o la indiferencia, se pueden combatir. La indiferencia ante la belleza y el sentido es una expresión de un estado de aneromia (palabra formada por los vocablos griegos an, ´sin´ y eros ´amor´), una dolencia de la sensibilidad. Para los antiguos griegos, el concepto de eros no se refería solo a la dimensión sexual o erótica del amor, sino también a la potencia interior de la conciencia que concita entusiasmo para vivir, aliento para crear y anhelo para progresar, de manera que la energía erótica entraña un poder interior que desata la potencia creadora, así como el deseo de vivir y de saber. Sin eros el hombre carece de aliento y entusiasmo. En estado anerómico, el individuo no tiene motivación para actuar, desarrollarse o medrar. En cambio, el entusiasmo alienta la sensibilidad y la conciencia. El entusiasmo es un don  divino (“entusiasmo” viene del griego en ´dentro´ y Theos ´Dios´, ´estar en Dios´, vale decir, experimentar el estado interior de la conciencia en cuya virtud el sujeto recibe el aliento divino. (Del griego ἐνθουσιασμός se formó enthusiasmus en latín y entusiasmo en español).

Una persona entusiasta se muestra henchida de emoción y alegría, ya que cuenta con el aliento vigoroso de la divinidad. Por eso, los místicos son seres entusiastas y jubilosos porque tienen el aliento que estimula el intelecto, la llama que atiza la sensibilidad y el impulso que alienta la creatividad. Mediante la contemplación de lo viviente, usufructuamos el encanto de la Creación y se enriquecen nuestras vivencias y emociones.

Entre los atributos del lenguaje, están el poder de reflexión y el de la creatividad, como una manifestación singular de nuestra condición humana, derivado del Logos, identificado por los antiguos pensadores presocráticos como la clave del homo sapiens. El Logos funda la energía interior de la conciencia, poder que posibilita el desarrollo del lenguaje, el poder de reflexión y la creatividad. Entre las manifestaciones operativas del Logos, contamos con la vida interior de la conciencia, el disfrute de la vivencia estética y la vocación de trascendencia. El creador de una obra literaria, de pensamiento o de ciencia, cuenta con esos atributos, a los que suma la intuición y la inspiración.

Es ingente el aporte de la inteligencia y la sensibilidad en orden a la creación científica, humanística o artística: el fenómeno de la percepción, mediante los sentidos físicos y metafísicos; el poder de comprensión, mediante la captación de lo sensorial y lo trascendente; el sentido profundo de las cosas, con su valor y su connotación simbólica; y la dimensión interior de lo viviente, en cuya virtud consignó William Blake que el genuino creador es aquel que sabe “ver un mundo en un grano de arena o un cielo en el pétalo de una flor”. De ahí la importancia de la intuición, básica para entender el lenguaje del arte, sentir la emoción estética y disfrutar la fruición espiritual. Por eso, los creadores de poesía y ficción no pueden ser meramente intuitivos, sino individuos con formación intelectual y estética.

Respecto a la valoración y el sentimiento de la belleza y el sentido, los dos polos esenciales de la creación literaria, hay tres manifestaciones de la sensibilidad trascendente:

  1. La vivencia estética en cuya virtud la contemplación de la belleza concita el encanto ante el esplendor de lo viviente, con el disfrute de la emoción estética.
  2. El sentido cósmico en cuya virtud la contemplación de la belleza genera admiración y asombro, con el consecuente sentido de lo bello. La vivencia del sentido cósmico genera un sentimiento de afinidad con lo existente que llamamos empatía cósmica.
  3. El sentimiento místico en cuya virtud la contemplación de la belleza genera el sentimiento de lo divino, con la admiración por el Creador del Mundo. Esa vivencia de la sensibilidad combina el deleite sensorial, el sentido cósmico y la fruición mística. La vivencia de la mística genera la fruición espiritual y, a veces, la experiencia extática.

Esos aspectos son complementarios de los motivos que propician la energía creadora y el impulso de creación. Por eso los griegos llamaban poiesiς (poiesis) a la creación artística y literaria (6).

 

Sentido trascendente del arte y la literatura

 

El arte encauza el sentimiento de ternura cósmica o sentimiento espiritual hacia la Naturaleza: permite recuperar la relación con el ambiente natural, a través de la contemplación del bosque, la lluvia, la noche, las estrellas… Al sentir sus efluvios, la sensibilidad establece el vínculo espiritual con lo viviente y atiza el sentido estético, el sentido cósmico y el sentido místico.

En tal virtud, el desarrollo de la sensibilidad trascendente concita:

1. La contemplación de la Naturaleza como recurso para recuperar la relación empática con lo viviente a través de sus fenómenos y cosas.

2. La sensación de compenetración sensorial, afectiva, intelectual, imaginativa y espiritual con lo existente. Los niños, los primitivos y los místicos experimentan un sentimiento de coparticipación con lo viviente de una manera entrañable y rotunda.

3. La percepción de la dimensión espiritual de lo existente, hecho que permite sintonizar los efluvios de las cosas y valorar su dimensión esencial.

4. La comprensión de pertenencia a la totalidad de lo existente, en virtud del concepto de que todo forma del Todo. La sabiduría espiritual de la memoria cósmica es la fuente vinculante con el Numen del Cosmos.

5. El sentimiento místico de lo viviente, con la convicción de que, al compartir un vínculo con la Energía Espiritual del Universo, la vida tiene un sentido con una misión inherente a la condición humana.

Desde luego, la obra artística o literaria tiene funciones específicas, ya que encauza el sentido de la creatividad; desarrolla la energía espiritual de la conciencia; concita la emoción estética; imprime un sentido trascendente a la vida y canaliza el sentido de la belleza, la verdad y el bien (7).

El arte propicia el reconocimiento de las apelaciones profundas de la sensibilidad y la conciencia. El desarrollo de la sensibilidad estética y espiritual entraña la contemplación y la valoración de la Naturaleza, con el consecuente sentimiento de identificación afectiva, intelectual y espiritual con lo existente. Ese hecho conlleva la valoración de lo existente, con la convicción de que todo tiene belleza y sentido (8). De ahí la captación de la fuerza espiritual de lo viviente con el aliento del poder creativo que testimonia la percepción del mundo, canaliza la dimensión interior de lo viviente y formaliza nuestro punto de contacto con el Universo.

Quien ama la belleza percibe la energía espiritual de lo viviente. En tal virtud, el contemplador entra en conexión con el espíritu de lo viviente, al tiempo que percibe el mundo como expresión de la potencia divina, razón por la cual puede vivir poética y místicamente el mundo. Con razón decía Platón que el sentimiento de la belleza culmina en la valoración de Dios.

Finalmente, es importante subrayar el sentido ético del arte. El artista (y desde luego, el intelectual) tienen conciencia de que: 1. Puede edificar con su arte o su escritura. 2. Impulsar el conocimiento y la sabiduría. 3. Usar su talento para hacer crecer en el espíritu. 4. Mostrar que la creación se escribe, no para gloria personal, sino para el bien común y, sobre todo, para contribuir al crecimiento del espíritu. 5. Comprender que la creación constituyen una búsqueda del destino final que a todos nos aguarda.

La siguiente creación poética de Tulio Cordero, del poeta interiorista dominicano (9), alude a los tres aspectos vinculados a la sensibilidad espiritual y estética para la valoración de la belleza y el sentido, ya que ilustra el sentimiento estético, el sentimiento cósmico y el sentimiento místico, como se aprecia en “A veces la noche y sus espejos”:

 

Sobre el pináculo de este día

cuelga su halo el azul.

Se postra.

Todas las gotas de agua en mil fuentes salpican.

Y el miedo se repliega. ¿Eres Tú que te acercas?

Tarde la vida en esta esquina bosteza.

Y tiembla la llama azul de la vela en la mesa.

¿Eres Tú que te asomas?

Espejo que son los vientos…

Jadea la brisa y se espanta.

¡Tardaste tanto! ¡Tardaste tanto!

Un ángel duerme en la puerta que nadie toca.

Espera. Dime. ¿Eres Tú que vienes a buscarme?

Pura como piedra en el arroyo va la noche.

A medio vestir la luna calla. Grillos se despiertan.

Viento zarandea puertas que no abre.

Viento alguna flor desnuda.

Canto de cristal la noche es.

Cada cosa está en el mismo lugar

donde la dejara el viento.

Duerme la noche.

(Era necesaria esta quietud para despertar los sueños).

Espera la luna que esa nube pase para acercar su lumbre

y desnudar bosques donde ya nadie va.

La luz espera para reunir los pétalos

que el viento nocturno ha de dispersar.

 

Bruno Rosario Candelier

Academia Dominicana de la Lengua

Santo Domingo, 7 de noviembre de 2011.-

 

Notas:

  1. Cfr. Werner Jaeger, Paideia: Los ideales de la cultura griega, México, FCE, 1973, 5ta. Ed., pp. 13ss. La persona que ha desarrollado el don de la creación, poieiς  para los griegos, hace un aporte creativo con sentido estético, que realiza mediante la sensibilidad => la base de la creación; la intuición => la chispa de la creación; la imaginación => la fuente de la creación; la pasión => el aliento de la creación; y la inspiración => el motivo de la creación.
  2. Cfr. Federico García Lorca, en Obras completas, Madrid, Aguilar, 1954, p. 93. La frase de García Lorca consigna: “(…) si es verdad que soy poeta por la gracia de Dios -o del demonio- también es verdad que lo soy por la gracia de la técnica y el esfuerzo, y de darme cuenta en absoluto de lo que es un poema”.
  3. Cfr. Bruno Rosario Candelier, El Logos en la conciencia, Santo Domingo, Academia Dominicana de la Lengua, 2010, pp. 9-21.
  4. Dice Pierre Teilhard de Chardin (Yo me explico, Madrid, Taurus Ediciones, 1996, p. 151): “Llamo Sentido Cósmico a la afinidad, más o menos confusa, que nos liga sicológicamente al Todo que nos envuelve. La existencia de este sentimiento es indudable y tan antigua aparentemente como el origen del pensamiento. El Sentido Cósmico debió nacer tan pronto como el hombre se encontró frente a la selva, el mar, las estrellas. Y desde entonces se manifiesta su huella en todo lo que experimenta de grande y e indefinible en el arte, la poesía y la religión”.
  5. Cfr. Bruno Rosario Candelier, La mística en América: Contemplación, poesía y espiritualidad, Santo Domingo, Ateneo Insular, 2010, pp. 13ss.
  6. Entre los motivos creadores figuran sueños, desventuras, miedos y obsesiones. Mientras que, entre los factores de la creación, contamos con la nostalgia, la búsqueda, la apertura, la recuperación y la utopía.
  7. Cfr. Alexis Carrel, La incógnita del hombre, México, Editorial Diana, 1963, 2ª. ed., pp. 69ss. Los atributos de la inteligencia, la intuición y la sensibilidad son percepción, comprensión, interpretación, valoración e identificación.
  8. El arte tiene como objetivo generar una emoción estética y un sentido trascendente. En tal virtud, desarrolla la sensibilidad estética y espiritual; despierta el sentido de la belleza y el encanto del misterio; d­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­espliega la energía espiritual subyacente en el ser humano; potencia las inclinaciones intelectuales, morales, estéticas y espirituales; canaliza los valores interiores que dan un fundamento ético a la sociedad y la cultura; y propicia el desarrollo del espíritu.
  9. Tulio Cordero es un poeta dominicano del Movimiento Interiorista. Autor de valiosos poemas inspirados en el sentimiento de lo divino, tiene el don del sacerdocio, que comparte con el don de la poesía y la gracia de la mística. Tulio Cordero ha enaltecido la línea mística de la creación con la que potencia el desarrollo de la sensibilidad trascendente, mediante la cual disfruta la belleza sublime y el sentido profundo. La creatividad es un poder del que disponemos los hablantes y, justamente, un poder que se nos da para hacer la vida más hermosa, edificante y auspiciosa. Cfr. Bruno Rosario Candelier, Poesía Mística del Interiorismo, Santo Domingo, Ateneo Insular, 2007, pp. 217-223.

 

INTUICIÓN DE LA IMAGEN Y EL CONCEPTO

EN EL ARTE DE LA CREACIÓN LITERARIA

 

RESUMEN

La creación literaria es expresión de la sensibilidad espiritual y estética, que manifiesta tres aspectos vinculados con el hecho creador: el sujeto contemplador, que enfoca la dimensión sensorial de lo existente; el objeto de la contemplación, que aporta la sustancia de lo contemplado; y la relación entre el contemplador y lo contemplado, que genera intuiciones y vivencias canalizables mediante el lenguaje apropiado a cada arte.

El impacto que lo real produce en la conciencia genera una relación entre la inteligencia y la sensibilidad, ya que cuanto sucede, impregna una huella en la interioridad, que la obra literaria asume y recrea con sus recursos y figuraciones. En tal virtud, podemos encauzar creativamente el caudal de nuestras intuiciones y vivencias como fuente de emoción estética y fruición espiritual.

El mundo circundante está lleno de datos sensoriales que captan los poderes perceptivos de nuestra sensibilidad. El creador literario percibe lo que las cosas aparentan y sugieren, ya que puede captar el sentido profundo de su dimensión hermosa y elocuente. La sensibilidad espiritual y estética también nos vincula con la realidad profunda, que complementa y potencia, ya que la realidad no tiene una sola textura, sino varias facetas y vertientes, que en sus diferentes expresiones, están a disposición de nuestra percepción y pueden modificar nuestra valoración de lo existente e, incluso, nuestra misma creatividad. Tenemos la realidad objetiva, que perciben nuestros sentidos corporales; la realidad subjetiva, que crea nuestra imaginación; y la realidad trascendente, que no se agota en la percepción sensorial de los sentidos ni en la invención de la imaginación, sino que comprende la dimensión interna y metafísica, a la que podemos acceder mediante los sentidos interiores. La razón profunda del arte y la literatura es contribuir al desarrollo de la sensibilidad trascendente para impulsar la vivencia de la emoción estética y la fruición espiritual de la conciencia. Mediante el concurso de la palabra, las imágenes simbólicas y los recursos compositivos, formalizamos la percepción de la belleza y el sentido.

Acerca del autor


Bruno Rosario CandelierNació en Moca el 6 de octubre de 1941. Filólogo, ensayista, crítico literario, narrador, educador y promotor literario. Es licenciado en educación por la Universidad Católica Madre y Maestra y doctor en filología hispánica por la Universidad Complutense de Madrid. Preside la Academia Dominicana de la Lengua y es miembro de la Academia Norteamericana de la Lengua Española.

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