INTUICIÓN MÍSTICA DE FRAY MIGUEL DE GUEVARA

EN EL SONETO “A CRISTO CRUCIFICADO”

Por Bruno Rosario Candelier

A

Luis Maximiliano Quezada Pérez,

Que vive el sentido religioso de la mística.

   Fue el escritor y académico mexicano Alberto María Carreño, autor de Joyas literarias del siglo XVII, el primer investigador literario en consignar la autoría del soneto “A Cristo crucificado” al fraile agustino Miguel de Guevara, que validamos porque se conoció a partir del hallazgo del citado poema en una libreta manuscrita del agraciado poeta mexicano. Igual opinión comparten filólogos de la talla de Pedro Henríquez Ureña y Rodolfo Ragucci.

   La referencia de que el soneto “A Cristo crucificado” es de autoría anónima o atribuida a reconocidos poetas del siglo XVI no es solo una información de tiempos pasados, sino también de nuestros días. En todas las antologías poéticas en lengua española se dice del afamado soneto “A Cristo crucificado” que es anónimo o se atribuye a santa Teresa de Jesús, san Ignacio de Loyola, fray Pedro de los Reyes o a san Francisco Javier, excepto el antólogo Vicente Gómez Bravo, quien en su antología poética Lyra hispana (Madrid, Razón y Fe, 1958, p. 110), lo atribuye al fraile mexicano Miguel de Guevara.

   El antólogo español, profesor y sacerdote jesuita Vicente Gómez Bravo, incluye el famoso soneto en su obra Lyra Hispana con el título “Acto de contrición”, consignando el nombre de Miguel de Guevara como su autor, con esta nota: “En Ciudad de México se ha edificado una iglesia, en cuyo interior va esculpido este célebre soneto con el nombre del citado autor” (Vicente Gómez Bravo, Lyra hispana, p. 110).

   Apenas hace un año de la publicación en el semanario católico nacional, Camino (Santiago, 7 de abril de 2019, p. 2), donde se reproduce el celebrado soneto y se atribuye su autoría a santa Teresa de Jesús, y el mismo dato se repite en otros artículos publicados en otros medios de comunicación.

   En mi libro La mística en América (Santo Domingo, Ateneo Insular, 2010, p. 19), en el capítulo “La mística monástica en la lírica hispanoamericana”, consigno la siguiente referencia sobre el afortunado soneto, que reproduzco.

   Fray Miguel de Guevara (1585-1646) es el más antiguo monje americano reconocido con una obra de poesía mística forjada en un convento colonial de América. Escribió un soneto inmortal por su aliento creador y su encanto seráfico, ascético y místico. Natural de México, consagrado sacerdote en la Orden de San Agustín, este venerable hombre de la Iglesia Católica adquirió nombradía por la creación del admirable soneto “A Jesús Crucificado”, poema reproducido en las más importantes antologías de la lengua española, aunque pocos autores se lo reconocen. Este eminente religioso agustino figura también entre los poetas mexicanos más antiguos del gran país azteca. Creador de los sonetos “Levántame, Señor, que estoy caído”, “Poner al hijo en Cruz, abierto al seno” y “A Cristo crucificado”, soneto que le granjeó un merecido reconocimiento. Aunque “A Cristo crucificado” se ha atribuido a otros autores, el susodicho soneto pertenece al citado fraile mexicano, pues dicho poema se halló en 1638, junto a otras poesías de fray Miguel de Guevara, en un texto suyo, entre otros manuscritos de su autoría dentro de un cuaderno de su propiedad. El dato lo confirma Eduardo Cárdenas, en 20.000 biografías breves (México, Libros de América, 1963, p. 384).

   El sacerdote salesiano y escritor argentino Rodolfo Ragucci califica el soneto de “joya de la literatura sagrada”, y reconoce que el manuscrito es de la autoría de Miguel de Guevara, y agrega que el dato de su publicación es “la fecha más lejana en que figura en papeles” (Rodolfo M. Ragucci, Cumbres del idioma, Buenos Aires, Editora Don Bosco, 1963, p. 187).

   La vocación mística, centrada en el cultivo de lo divino, entraña un sentimiento de coparticipación con lo viviente mediante la llama del amor, el acopio de la sabiduría y la valoración sagrada de la Creación. La dotación del Logos, fuero y cauce del poder de creatividad, implica un desarrollo espiritual que conecta con la sabiduría divina mediante el soplo del Espíritu. Cuestión de fe, dirán algunos; certeza de una vivencia trascendente, opinan los creyentes. La conciencia religiosa, como la conciencia mística, entrañan una singular comprensión y valoración del mundo a la luz de la espiritualidad sagrada.

   Lo que el pensador reflexiona y el iluminado vive, el poeta lo plasma en su creación estética. Es la materialización de una intuición espiritual que atiza la vocación creadora y concita la consagración espiritual.

   El lenguaje de la poesía, que es la expresión estética y espiritual de la creación, expresa la intuición de la conciencia y los misterios de lo intangible. La creación poética, tan poco valorada aun entre intelectuales, es la expresión creadora más profunda, más luminosa y más trascendente por su incardinación en el fuero de la conciencia, su conexión con el sentido de las cosas y su revelación de verdades supremas. La intuición de la conciencia es su fuerte, y la comprensión del sentido su finalidad.

   El soneto “A Cristo crucificado”, de fray Miguel de Guevara, plasma la expresión de una verdad religiosa y una verdad mística. Leamos el celebrado poema del monje agustino:

No me mueve, mi Dios, para quererte,

el cielo que me tienes prometido,

ni me mueve el infierno tan temido

para dejar por eso de ofenderte.

 

Tú me mueves, Señor; muéveme al verte

clavado en una cruz y escarnecido;

muéveme ver tu cuerpo tan herido;

muévenme tus afrentas y tu muerte.

 

Muéveme, en fin, tu amor y, en tal manera,

que aunque no hubiera cielo, yo te amara,

y aunque no hubiera infierno, te temiera.

 

No me tienes que dar porque te quiera:

pues aunque lo que espero no esperara,

lo mismo que te quiero te quisiera.

   Hay dos verdades de la espiritualidad sagrada plasmadas en el citado soneto: la verdad religiosa y la verdad mística. La verdad religiosa, inspirada en la fe, es la intuición de la relación del hombre con la Divinidad en la que el creyente confía para sentir el aliento divino y suplicar el amparo sobrenatural. Y la verdad mística, inspirada en la esperanza, es la intuición de lo sagrado inmerso en la conformación de lo viviente como señal de la creación divina.

   El soneto “A Cristo crucificado” constituye la expresión de una emoción entrañable al calor de la sensibilidad religiosa y mística. Y fruto de esa vivencia entrañable, raigalmente espiritual, el poema de Miguel de Guevara, “A Cristo crucificado” contiene una verdad religiosa y una verdad mística.

   La verdad religiosa, en el soneto del fraile agustino, se expresa al decir:

Muéveme, en fin, tu amor y, en tal manera,

que aunque no hubiera cielo, yo te amara,

y aunque no hubiera infierno, te temiera.

   Y la verdad mística, en el susodicho poema, consiste en afirmar que:

No me tienes que dar porque te quiera:

pues aunque lo que espero no esperara,

lo mismo que te quiero te quisiera.

   La vida conventual, contexto de fervores religiosos, estimula la aspiración del monje consagrado de pasar “De la celda al cielo”, apuntalando el más alto sueño místico de los consagrados, que es alcanzar la gloria celestial. Ese sentimiento espiritual subyace en el célebre soneto guevariano, que expresa el amor a Dios, imbuido de la piedad humana traspasada por el dolor de Cristo en la Cruz, con la ternura infinita que enciende la pasión sagrada que inspiró este monumento de la espiritualidad cristiana compuesto en encendidos versos de conceptismo místico.

    Conviene releer el celebrado soneto “A Cristo crucificado” bajo la óptica de la forma expresiva y el contenido conceptual orillado en el poema: “No me mueve, mi Dios, para quererte,/el cielo que me tienes prometido/ni me mueve el infierno tan temido/para dejar por eso de ofenderte.//Tú me mueves, Señor; muéveme al verte/clavado en una cruz y escarnecido;/muéveme ver tu cuerpo tan herido;/muévenme tus afrentas y tu muerte. //Muéveme, en fin, tu amor y, en tal manera,/que aunque no hubiera cielo, yo te amara,/y aunque no hubiera infierno, te temiera.//No me tienes que dar porque te quiera:/pues aunque lo que espero no esperara,/lo mismo que te quiero te quisiera”.

   El soneto de Miguel de Guevara rebosa ternura mística y piedad religiosa.  La ternura mística es la expresión del amor divino y puro, el amor de los elegidos, el amor sagrado de los iluminados, místicos y santos. La piedad religiosa es una expresión de conmiseración por el dolor de quien sufre. En el citado soneto, la piedad imanta al poeta hasta la conmoción rotunda, desde su lacerada interioridad, estremecida por el dolor del Crucificado. El poeta se conmueve y repite el verbo hasta la persuasión (muéveme, muévenme), para acentuar no solo la angustia del contemplativo, sino el estremecimiento de penares del alma dolorida, conmovido el sujeto en el hondón de su sensibilidad y acongojado en el fuero de su conciencia. Y esa profunda conmoción interior lo lleva a retirarse del mundo, a compartir la cruz de Cristo en la retirada vida conventual para sufrir con y por Jesús el Nazareno, para vivir el Gólgota interior con cilicios y devocionarios en el claustro del recinto monacal siguiendo el camino hacia lo Eterno mediante la ascesis, el silencio, el sacrificio, la contemplación y la oración.

   Los monjes henchían en sus celdas la gema de la piedad mística que mana de las almas puras de los religiosos consagrados al estudio, el trabajo y la oración. En la vida monacal todo va dirigido a fortalecer la senda religiosa y la vía mística mediante el amor divino, la vivencia espiritual y la santidad inmaculada, que cada día ofrendan al Creador en sacrificio por la humanidad.

   Los dos versos iniciales del soneto (“No me mueve, mi Dios, para quererte, /el cielo que me tienes prometido”) sitúan el punto de partida de la reflexión religiosa de quien siente amor puro y sagrado, y, en una contraposición de la esperanza celestial, presenta lo que concita el temor infinito que inspira la reconversión y el arrepentimiento (“ni me mueve el infierno tan temido/ para dejar por eso de ofenderte”). Son los cuatro versos con que el autor inicia el soneto que, según el protocolo establecido por la retórica literaria, comprende dos estrofas de cuatro versos y dos estrofas de tres versos, respectivamente.

   El poeta expresa sin rodeos lo que concita su sensibilidad, extenuada ante el dolor del Crucificado, pues no es sino la piedad misma, limpia y genuina, rotunda y estremecedora, la que enciende el fuego de su expresión dolorosa y compungida con el “dolorido sentir” del alma estremecida por la pasión sagrada (“Tú me mueves, Señor; muéveme al verte clavado en una cruz y escarnecido”). Y es el motor del sentimiento, la fragua de la pasión dolorosa, que, en un estremecimiento de extremado dolor, de dolor intenso y genuino, del dolor de carne y alma, el dolor físico de los sentidos y el dolor sutil del espíritu, que hacen que el poeta concluya la segunda estrofa dictada por el llanto compungido del alma sacudida por el dolor que desmaya los sentidos: (“muéveme ver tu cuerpo tan herido; muévenme tus afrentas y tu muerte”).

   La segunda parte del soneto, la de los dos tercetos, sigue la misma senda de dolor ante la ruta del calvario y el misterio de la cruz: entonces el dolor concita amor, el dolor provoca piedad, el dolor genera conmiseración sagrada y mística. Sin el rubor fementido de la falsa conciencia, el estremecido emisor de los dolientes versos no subvierte el temor solapado de los falsos creyentes porque el monje poeta no ama por temor, sino que ama por un sentimiento de auténtica piedad consentida: (“Muéveme, al fin, tu amor y, en tal manera, /que aunque no hubiera cielo, yo te amara,/y aunque no hubiera infierno, te temiera”).

   Y en la conflagración final de su amartelado corazón, estremecido y agotado pero firme y esperanzado, el monje poeta canta la razón de amor de su pasión mística. No espera amor porque aguarda contra fallida esperanza, como el protagonista de La divina comedia, que espera contra toda esperanza. El sujeto lírico de estos estremecedores versos no esconde lo que anhela, sino que revela lo que espera, y espera porque sabe que puede esperar, pero advierte que su amor, inmaculado y puro, quiere porque quiere querer con amor casto y puro, sagrado y místico (“No me tienes que dar porque te quiera:/pues aunque lo que espero no esperara, /lo mismo que te quiero te quisiera”).

   El agraciado autor del soneto “A Cristo crucificado” padeció en el hondón de su sensibilidad y en el sótano de su conciencia, el calvario que sufrió Jesús de Nazaret. Y lo vivió con la pasión que estremece los sentidos y el dolor que compunge el corazón bajo una angustia infinita. En su caso, fue una doble pasión, psicológica y espiritual y, como el monje agustino era poeta, convirtió en sustancia para la creación poética el padecimiento de esa pasión dolorosa, para que todos entendamos lo que experimenta el alma de un ser sufriente.

   El soneto “A Cristo crucificado” es un canto a la pasión, inspirado en la pasión de Jesús. La palabra “pasión” tiene dos acepciones claves: el sentido de sufrir y el sentido de soñar. La pasión de sufrir (del griego patos [pathos], significa ‘padecimiento’, que es el dolor que se siente por una pena inmensa o por una angustia enraizada en el alma. Y la pasión de soñar, alentada por un ideal creador o una vocación espiritual, se anida en el corazón de los poetas, los científicos y los que quieren hacer con su obra un mundo mejor.

   La piadosa vocación del monje poeta, que vive para Dios su vocación religiosa y mística, también canaliza para el arte su sensibilidad estética y, en tal virtud, es natural y consecuente que se aflija al conmemorar la pasión y muerte de Cristo en la cruz, tras el calvario del Gólgota, donde murió.

   La sentencia de que “por la verdad murió Cristo”, entre otras cosas enseña que la verdad le da fundamento y sentido a nuestra vida. Desde la literatura podemos apreciar una verdad poética, que inspirada en la vivencia de la sensorialidad, alumbra una intuición que ilumina la conciencia. También podemos descubrir una verdad espiritual, centrada en una inspiración de la conciencia o en el soplo del Espíritu, para entender y ahondar el sentido trascendente de la vida. O experimentar una revelación de lo Alto, para sentir y comprender una verdad primordial, vinculada al sentido religioso y místico de lo viviente que nos vincula al desarrollo de la espiritualidad.

   La pasión expresada en el soneto del monje agustino la viven los creyentes en la conmemoración de la Semana Santa, y la está viviendo el mundo en este estadio de confinamiento obligado por un virus inclemente. Hemos hecho del mundo un calvario. Los que hacen del dolor humano la base de su proyecto personal son los sicarios del cristo encarnado en los desposeídos y sufrientes. Los que hacen de su saber, su poder y su fortuna el látigo inmisericorde contra otros son los torturadores de la naturaleza, contra las aves silvestres y los jumentos de toda clase. La amenaza de la peste china que estamos sufriendo en esta etapa del devenir humano nos da una idea de lo que es verle la cara a la muerte, y sufrirla con inusitada angustia, como la sufrió el mártir del Gólgota.

   Leamos con los atributos de la sensibilidad y la dotación de la conciencia el celebrado soneto de fray Miguel de Guevara con el fin de vivir el sentimiento de la emoción estética y la vivencia de la fruición espiritual:

No me mueve, mi Dios, para quererte,

el cielo que me tienes prometido

ni me mueve el infierno tan temido

para dejar por eso de ofenderte.

 

Tú me mueves, Señor; muéveme al verte

clavado en una cruz y escarnecido;

muéveme ver tu cuerpo tan herido;

muévenme tus afrentas y tu muerte.

 

Muéveme, en fin, tu amor y, en tal manera,

que aunque no hubiera cielo, yo te amara,

y aunque no hubiera infierno, te temiera.

 

No me tienes que dar porque te quiera:

pues aunque lo que espero no esperara,

lo mismo que te quiero te quisiera.

 

Bruno Rosario Candelier

Valoración del soneto de Miguel de Guevara

Moca, Rep. Dom., Viernes Santo, 10 de abril de 2020.

Acerca del autor


Bruno Rosario CandelierNació en Moca el 6 de octubre de 1941. Filólogo, ensayista, crítico literario, narrador, educador y promotor literario. Es licenciado en educación por la Universidad Católica Madre y Maestra y doctor en filología hispánica por la Universidad Complutense de Madrid. Preside la Academia Dominicana de la Lengua y es miembro de la Academia Norteamericana de la Lengua Española.

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