SENTIDO DE LA VIDA Y LA MUERTE

EN LA LÍRICA MÍSTICA DE EMILIO PRADOS

 

A

Nerys Morilla,

Que vibra con el fulgor de lo viviente.

   Lo primero que hay que ponderar en la lírica de Emilio Prados es su definida ubicación en el alma de la tradición hispánica, que se caracteriza por la tendencia mística de su producción poética.

   La vocación trascendente de Prados se funda en la realidad tangible para evocar o sugerir la realidad intangible, su sueño ambicionado. Esa imbricación con lo circundante, con la belleza sensorial, con el encanto de lo viviente, no se queda en lo inmanente sino que se vale de visible para apuntar, y apuntalar, lo trascendente.

   La poesía de Emilio Prados se finca en un materialismo místico. Como se puede colegir, esta corriente apoya su visión del mundo en la concepción de la naturaleza -o de la materia de las cosas- como señal y reflejo de lo divino. En la mística cristiana, base de la mística occidental, Dios trasciende el universo visible, y en la oriental la mística concibe la Divinidad como algo inmanente al Cosmos o inherente a las cosas, y en ambas vías (inmanente y trascendente) puede el hombre mediante el amor compenetrarse con lo existente y por ende con Dios. Esas dos corrientes se fusionan en el materialismo místico, la tendencia practicada por este valioso poeta español (1).

   Emilio Prados es un auténtico poeta místico contemporáneo de las letras españolas. Nació en Málaga en 1899, y en 1917 fundó y dirigió la revista Litoral, que aglutinó a un nutrido grupo de poetas andaluces, entre los que sobresalían Manuel Altolaguirre y Vicente Aleixandre. Prados estudió en la Universidad Complutense de Madrid y en la Universidad de Freiburg, Alemania. Tras la guerra española de 1936-1939 se exilió en México donde murió en 1962 (2).

   La inclinación hacia lo Absoluto, que compartían otros poetas de la generación del 27, como Jorge Guillén, Pedro Salinas, Gerardo Diego, Vicente Aleixandre y Dámaso Alonso, fue una inclinación arraigada en el poeta de Málaga desde sus primeros libros y de un modo eminente en Jardín cerrado, el libro que ocupa nuestra atención en este estudio (3).

   En esta obra, editada en 1946, Prados reafirma su concepción poética y concibe la vida y la muerte como estadios del ser, como tránsito de todo lo creado, pues según su estimación, ni la vida -esta apariencia corporizada- ni la muerte -esa apariencia del no-ser- no son estadios permanentes y definitivos, sino tránsitos o sucesiones, principio misterioso que da pie al ansia de lo infinito, a la búsqueda de lo Absoluto, ya que nada de lo creado parece transmutaciones hacia su verdadero ser. En este sentido místico, nada muere, según un postulado de la física, ni nada deja de ser, según un postulado de la mística, pues todo fluye hacia un nuevo ser, en una encrucijada dialéctica muerte/vida según la cual vida y muerte forman parte ineludible del ciclo temporal de lo existente. Como expresa el poeta en "Bajo la alameda", vamos hacia un destino superior o, para decirlo con su palabra: "Me voy perdiendo de mí,/ para buscarme en lo eterno..." (p.167). En "Cantar del dormido en la yerba" hace más explícitos ese planteamiento y, tras subrayar que con él está la muerte, y con ella la vida, apunta  (p.184):

Con la noche, el día.

Luz, igual que tú, sombra.

Fin, comienzo del alma.

Principio igual que término.

Vida: cuerpo en la muerte...

Muerte, igual porque es vida...

   El poeta andaluz todo lo confronta en la sombra, en la noche y en el sueño, y en ese "jardín cerrado", en ese laberinto ameno y excitante, abstraído de reclamos indeseables y libre de inhibiciones y adversidades, siente que todo acontece como anhela en ese reino puro de las presencias insondables. Así, para el poeta el sueño es sinónimo de muerte, y el ser se dispone a contemplar el discurrir del mundo desde una perspectiva onírica, vale decir, del sueño y de la 'muerte', y desde ese ámbito "cerrado", valora y "vive" lo divino o su particular reflejo en cada cosa o elemento. De ahí que percibe la muerte como una forma peculiar de vida. Por eso el sujeto se transmuta en noche, ama y goza la noche -vale decir ¿muerte- para sentir la vida y entender la muerte no sólo como estadio singular del ser, sino como estado especial compatible con la vida, como se aprecia en "Muerto en el sueño" (p.188):

Aquí estoy. ¡Junto al jazmín!

Si  por mi preguntan,

aquí estoy junto al jazmín.

Ay, amor, junto al jazmín:

 

Arriba brilla el lucero,

sobre el agua su reflejo

y, bajo el agua, mi sueño,

¡ay, amor, junto al jazmín!

 

Amor: bajo el agua, muerto

junto al jazmín.

Amor, si por mí preguntan,

amor, sí, junto al jazmín:

¡toda la noche me oculta!

(¡Noche soy, para vivir!)

 

   En la poética de Prados, el sueño se identifica con la muerte, y desde ella vive el ser su anhelo de trascendencia. Siendo el sueño una contra-réplica de la vida, se opera en él, por virtud de su reproducción de lo vivido, como enseñara Freud, una cristalización de lo anhelado en el plano de la idealización. De ahí que el ser experimente, en su estado mortal, los mismos anhelos de todo lo viviente, y según Prados, se siente con igual intensidad el ansia de lo Eterno. En la concepción mística de Emilio Prados, la muerte como la vida, no solo son un tránsito hacia el ser último y definitivo, sino el lugar común donde nos encontraremos todos, que es estar en Dios. Y el ser humano, como "jardín cerrado", se abre hacia la luz, fuente de la verdadera vida que anhela todo lo existente. El destino inexorable de todo lo creado es ser, pero ser para la luz. De ahí que la ley intrínseca de todo lo existente, como escribiera Loreina Santos Silva, sea la de fluir hacia su meta final, que es "ser para lo Absoluto" (4). En su poema "Sobre la tierra", manifiesta Prados:

Todo puede nacer

y volver a ser muerte

en el momento mismo,

fugaz, en que se llaman:

libres los hombres,

el fuego llama,

luz el reflejo,

espiga el trigo,

manantial el agua transparente.

Luego, pueden también

vivir eternamente juntos

o ser eternamente muerte, juntos.

Pero lo muerto en mí, busca su vida (p.210).

   En la lírica de Prados, el ser es un "jardín cerrado", con un destino ineludible hacia la muerte, pero también con un destino inexorable hacia la vida, como leemos en "El dormido en la yerba":

La muerte está conmigo;

más la muerte es jardín

cerrado, espacio, coto,

silencio amurallado

por la piel de mi cuerpo,

donde, inmóvil almendra

viva, virgen-, mi luz

contempla y da la imagen

redimida, del fuego (p.182).

   En la concepción poética de Emilio Prados, el Logos se hace palabra y se vuelve canción de amor, expresión de vida, aliento vivificante contra el no-ser. Transcribo del citado poema  (p.183):

Si he de morir: mis labios,

vencidos de misterio,

ya nada buscan: cantan,

pues no ha de ser mi olvido

la tierra ni el silencio...

   La mayoría de las composiciones de Prados están preñadas de una ternura mística articulada a la sustancia poética que mueve su cantar. Leamos en "Soledad en el alba": "Ay rosa, calla, calla:/ ocultémonos juntos/ bajo los pies del agua./ Ay, calla, calla viento:/ bajo los pies del monte/ dejemos nuestros cuerpos./ -¿Qué ocurre?/ -El sol naciente,/ -joya de primavera-/ luce sobre lo verde./ -¿Y el amor?.../ -En olvido./ (Como un rumor de sueños/ rueda el agua en el río”.

   Obviamente el poeta combina procedimientos surrealistas y técnicas simbolistas, lo que facilita su entrada a la realidad trascendente, donde se mueve con soltura y naturalidad, y donde se siente a gusto, y donde el hablante lírico recrea el lugar superior que nos aguarda.

   La búsqueda de lo Absoluto es el motor de su cantar, y motivado por esa apelación trascendente, la poética de Emilio Prados se vitaliza y se insufla del aliento espiritual que motoriza la vida de los seres elegidos para tan suprema vocación humanizada. Por eso todo lo que verbaliza se vuelve canción de amor, canto gozoso impregnado de fruición y encantamiento por las maravillas que sus ojos contemplan, como fluye en "Temor de abril" (p.169):

 

-¿Tanta luz y tan tierna

y tan dulce y constante

en esta primavera?...

¿Tanta flor, tanto aroma,

tato amor en la tierra?

¿Tanto beso en el aire?

¿Tanta esperanza en flecha?

   De ahí que Prados acuda al cantar tradicional tan del gusto de la lírica hispánica y tan afín a la poesía andaluza. En su poética Prados transpira, como auténtico español y genuino malagueño, esa gracia jocunda de la estirpe de Iberia, con ese tono suave y tierno, con esa lírica dulce y melodiosa, y con ese timbre cantarín, coloquial y campechano de su lenguaje, que aúna al rasgo inconfundible de la literatura española, que es la mística, sacralizando el canto, "toda ciencia trascendiendo", como decía san Juan de la Cruz, para hacer confluir lo humano y lo divino en un canto de amor sutil, como se aprecia en "Media noche" (pp.170-171):

La luna arriba entre nubes,

igual que un pétalo errante.

Sobre la tierra, callada,

Mayo nace.

-¿Mayo nace?

¡Nació la rosa!

-Al nacer,

nadie la vio.

-¿Nadie?

-Nadie.

-¿Quién la vio vivir?

El viento

escondido entre los árboles.

-¿Quién la vio morir?

-El viento,

ya medio hundido en la tarde.

Está la tierra parada.

Mayo nace...

-¿Mayo nace?...

(Yo sueño con un camino,

Nadie lo ve, nadie, nadie...).

   La búsqueda de lo Absoluto que se opera en la lírica de Emilio Prados es una variante, contemporánea y florida, de lo que anhelaba santa Teresa de Jesús (6) en su vida y en su obra. Mientras la Doctora de Ávila "muere porque no muere", el poeta de Málaga siente que tanto le teme a su cuerpo, que no sabe si "el estar vivo es morir o estar despierto/o muerto soñar dormido" (“Tres canciones de despedida").

   Según la tradición mística, el amor verdadero lleva a Dios (decía san Agustín: "Inquietum est cor meum donec requiescat in Te":“Inquieto está mi corazón mientras no descanse en Ti”), y por tanto quien lo siente funda su vida en armonía con el amor universal poniendo en primer lugar la búsqueda de lo Absoluto ("Sal, sal despacio, sombra,/ cerco de mi jardín:/ dolor, piel de mi llanto", p. 196). De ahí su énfasis reiterativo en fundar sus actitudes místicas con ánimo gozoso ante la contemplación de todo lo viviente, mediante imágenes y símbolos comunicantes que desnuden su yo lírico en una amorosa unción sensorial, afectiva y espiritual con las cosas: "Ahora sí que ya os miro/ cielo, tierra, sol, piedra,/ como si al contemplaros/ viera mi propia carne", p.255

   Evidentemente, Prados poetiza el pensamiento, fundando su verdad poética en la visión del mundo que ampara su lírica, que es hacer de cada elemento un reflejo de lo divino, y en ello finca la contemplación de lo Absoluto. Como todo español, 'conceptista nato', Prados como Salinas, descubren los hechos del pensamiento en las cosas vistas (7) y  en ellas basan no solo su identificación entrañable derivada de su materialismo místico, sino las pautas de su vida mística según la cual en la materia converge la presencia divina en el mundo. De ahí también, como correlato coherente y como buen místico, Prados anhela el amor puro, el de los elegidos, el amor que hace a los humanos trascenderse, el amor universal que siembra en las criaturas el anhelo del lugar final donde todos nos hallaremos: “Agua de Dios, soledad:/ por los mares del olvido/ mi cuerpo nadando va.../ Que a tus playas llegue vivo” (p. 226).

   En su apetencia de llegar a ser lo que ha de ser, todo lo creado potencia su existencia perfilando la plenitud vital en una búsqueda angustiosa de lo que afirma la razón de ser contra el no-ser, que en su encrucijada hacia la luz, en su destino inexorable, se hace rebozo de misterio en lucha contra la nada por la apetencia de ser (p.167):

 

Me voy perdiendo en mí,

para buscarme en lo eterno...

Bruno Rosario Candelier

Encuentro del Movimiento Interiorista

Puerto Plata, Ayuntamiento Municipal, 10 de sept. de 1992.

Notas:

  1. Anna Balakian habla de “misticismo materialista”, en Literary origins of Surrealism, New York, Kinas Crown Press, 1947, p. 136. Cfr. Loreina Santos Silva ("Mi cantar de cantares: Una vía a lo Absoluto", en El Cuervo, no. 1, Colegio Regional de Aguadilla, Puerto Rico, enero-junio 1989, p. 67).
  2. Emilio Prados publicó Tiempo(1925) , Canciones del Alfarero(1926), Vuelta (1927), El llanto subterráneo (1936), Llanto en la sangre (1937), Cancionero menor para los combatientes (1938 ),  Memoria del olvido (1940), Mínima muerte (1944), Dormido en la yerba (1953), Antología (1954), Río natural (1957), Circuncisión del sueño (1957), Jardín cerrado (1960), La sombra abierta (1961), La piedra escrita (1961), Transparencias (1962), Signos del ser (1962), Últimos poemas (1965), Diario íntimo (1966) y Poesías completas (1970).
  3. Emilio Prados,  Antología, Buenos Aires, Losada, 1954, 159-257. Las siguientes citas de Jardín cerradoproceden de esta edición.
  4. Loreina Santos Silva, "Circuncisión del sueño", en El Cuervono. 6, julio-diciembre de 1991, Colegio Regional de Aguadilla, Puert Rico, p. 33.
  5. Ibídem, p. 32.
  6. Me refiero al "Vivo sin vivir en mi/ y tan alta vida espero/ que muero porque no muero". Teresa de Jesús, Obras completas, Madrid, BAC, 1954, T.II, p. 955.
  7. Una cosa es el hecho material, y otra el hecho de pensamiento o de lengua; así como hay verdades de juicio, hay también verdades de hecho. Ver Leo Spitzer, "El conceptismo interior de Pedro Salinas", en Lingüística e historia literaria, Madrid, Gredos, 1968, p. 224.

Acerca del autor


Bruno Rosario CandelierNació en Moca el 6 de octubre de 1941. Filólogo, ensayista, crítico literario, narrador, educador y promotor literario. Es licenciado en educación por la Universidad Católica Madre y Maestra y doctor en filología hispánica por la Universidad Complutense de Madrid. Preside la Academia Dominicana de la Lengua y es miembro de la Academia Norteamericana de la Lengua Española.

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