HOMENAJE AL SACERDOTE Y POETA INTERIORISTA

LA MÍSTICA DE TULIO CORDERO

Una connotación simbólica le permite a Tulio Cordero asignarle una matización mística a su creación poética porque esos símbolos aluden a la espiritualidad, específicamente, a la Divinidad o a una expresión de lo divino porque cuando el poeta habla de paloma, con la paloma alude, simbólicamente, al Espíritu Santo, o al aliento superior vinculado a lo divino, y esa es una virtualidad estética que le da mayor valor a la creación teopoética de Tulio Cordero porque su poesía ya no es mera poesía, sino poesía mística, y es poesía mística porque encarna el sentimiento de lo divino, y acontece que en Tulio Cordero eso le sale de una manera natural, lo que es admirable en él, ya que esa expresión mística no es forzada. Aun las expresiones simples en Tulio Cordero contienen una connotación de dulzura, hondura y trascendencia; no es expresión de una pobreza estilística, sino cauce de una honda capacidad intelectual y espiritual, ya que mediante una expresión simple y llana sabe trasmitir una hondura intelectual y una trascendente significación simbólica.

Bruno Rosario Candelier

 

LA GRACIA MÍSTICA DE TULIO CORDERO
POESÍA, INTERIORISMO Y ESPIRITUALIDAD

Por Bruno Rosario Candelier

“Solo puedo otear la orla
de esta vida y a Ti
sentado sobre lumbre
en el Abismo”.
(Tulio Cordero)

La sed mística del alba

El instrumento musical que sirve para la expresión de los sentimientos, llamado lira, originó el término lírica, usado para aludir a la creación poética que canaliza las emociones entrañables. Y la palabra mística, del griego myein, ´misterio de lo divino´, sugiere el silencio y el asombro que inspira el misterio, la dimensión de lo sagrado o lo divino mismo. La lírica mística supone el desarrollo de la sensibilidad estética, sensibilidad cósmica y sensibilidad mística, que alcanzan los poetas contemplativos mediante el silencio, la soledad y el sosiego interior para usufructuar la contemplación de lo viviente. La interiorización de la realidad entraña la capacidad de sentir en el espíritu. El cultivo de la mística supone un proceso de interiorización, razón por la cual el Interiorismo postula el desarrollo de la sensibilidad interior para acceder a la vivencia espiritual de lo divino. Sentir lo divino bajo el esplendor de lo viviente es el principio de la vocación mística y sentirse concitado por efluvios trascendentes conlleva esa singular apelación de la conciencia.

El estado de emoción espiritual produce un júbilo interior cuya expresión nutre la lírica mística. La experiencia mística, como fenómeno de conciencia, trasciende la experiencia ordinaria y sumerge al contemplativo en los predios intangibles de la realidad trascendente. En tal virtud, el místico vive y disfruta la contemplación de la Naturaleza que siente como expresión de lo divino. Experimenta la emoción de la belleza, goza la Hermosura sutil y le atrae el Misterio inefable, que canaliza en su lírica. Poseído por la llama de la Creación, siente el corazón lleno de luz y canta.

Tres poetas dominicanos han consagrado toda creación poética a la poesía mística -Martha María Lamarche (la precursora), Freddy Bretón (el introductor) y Tulio Cordero (el implantador)- y entre ellos Tulio Cordero es quien ha logrado la más pura y luminosa lírica mística. Este valioso creador dominicano aúna, a su estado sacerdotal, su condición de místico y su vocación de poeta. Su formación teológica, su dotación espiritual y su sensibilidad estética reflejan su Humanismo trascendente con una entrañable ternura empática. Sus cuatro libros de poesía, Latido cierto, Si el alba se tardara, La sed del junco y La noche, las hojas y el viento confirman esa trayectoria lírica (1).

El místico contempla la Creación y disfruta lo contemplado como expresión divina. El producto de su contemplación, hecha vivencia interior o poesía, afirma una manera de sentir el Mundo. Como poeta, Tulio Cordero siente que su tarea no es nombrar las cosas, como lo hizo el primer hombre, sino vislumbrar a su Creador: “No soy quién para nombrar las cosas/ y volverlas a su jardín primero. /Solo puedo otear la orla de esta vida y a Ti /sentado sobre lumbre en el Abismo”. El poeta crea símbolos y alegorías para expresar lo que impacta al yo lírico con sus sueños, anhelos y desvelos que confluyen en la actitud mística: “¡Tanto he vivido de memorias muertas! /¡Tanto, sobre pajas jugando, /distraído de lirios!/Y espinas me tocaron y no supe”.

Tulio Cordero revela una profunda sensibilidad empática. Su poesía afirma su talante espiritual y su apelación mayor, que es la búsqueda divina. Por eso interroga: “Y dura esta noche/ y no dejas Tú que yo te toque./ ¿Es que aun no te olvidas/que ayer verdores míos/ hurté de tu mirada?”.

La conciencia del más allá forma parte de la visión mística del Mundo. La búsqueda de Dios o la preocupación por lo trascendente ha sido siempre una inquietud propia de filósofos, iluminados y contemplativos y, desde luego, los poetas y los místicos han puesto en primer plano esta inclinación excelsa de la tendencia espiritual humana. La mística no es una actividad exclusiva de la vida monacal y, aunque ha sido una preocupación central de las religiones, como tendencia excelsa del espíritu ha desempeñado un papel importante en la historia de la humanidad, pero no es un logro que pueda adquirirse fácilmente, “ni siquiera un conocimiento superficial de esta forma, hoy tan rara, de nuestras funciones mentales” (2).

La mística refleja el más alto desarrollo de la conciencia, constituye el peldaño más elevado del ascenso del espíritu y abre la sensibilidad “a una percepción más honda y verdadera de la realidad” (3). Tulio Cordero vive la gracia de la contemplación mística y sabe recrear estéticamente esa singular vivencia. En “Búscame”, se dirige al Tú, con mayúscula, que es la forma gramatical de aludir a la Divinidad, a la cual ‘confunde’ con criaturas y elementos:

Búscame Tú
con tus ojos de rocío.
Llámame Tú
con tu voz de paloma.
Sostenme Tú
con tus manos de espiga.
Y ríeme
con tus dientes de lirio.

El Misticismo tiene tres formas de plasmación: la MÍSTICA TRASCENDENTE, que concibe a Dios más allá de lo visible, propia de Occidente; la MÍSTICA INMANENTE, que percibe a Dios inmerso en lo viviente, propia del Oriente; y la MÍSTICA TRASMANENTE, que ve una huella de Dios en la Naturaleza, aunque lo sitúa trascendente al Mundo, concepción que integra las dos visiones anteriores (4). La lírica de Tulio Cordero concilia la tradición mística cristiana con la mística naturalista. El lírico dominicano ve a Dios en el rocío, la paloma, las cigarras, las espigas, la noche, la sombra, el viento y, mediante esa correlación, alienta la concepción espiritual que humaniza cosas y elementos, como en “Ascesis”:

Luna escondida.
Flautas y vihuelas de noches secretas.
Chatarras mudas.
Cantos y visiones luminosas.
Musgos, flautas, riscos, lunas.
Y mansa calma, cortina gris
detrás de lo asible...
Callad de una vez por todas,
o hablad y explicadme.
O tal vez salvadmede esta sombra feroz,
de esta sustancia abismal,
de estos ríos traviesosen donde las bestias
con ángeles de fuegodanzan.

Al experimentar el proceso místico de la “noche oscura” del alma, según el paradigma sanjuanista, nuestro poeta llora entre las sombras: “Y no me ve llorar/ y piensa que el alma/se me ha ido./Y no sabe que yo lloro /también entre las sombras./Que, a veces, abatido,/recuerdo que tuve alas rebeldes, /como las suyas,/ que tuve manos gráciles/ y pies infatigables,/como los tuyos./Y que mi sangre fue gacela herida,/como la suya”.

La persona lírica de estos dolientes versos se siente “gacela herida”, expresión bíblica de El cantar de cantares que nuestro poeta emplea como símbolo de lo divino, para reflejar el movimiento del alma, la agitación que experimenta su espíritu cuando se lanza, en medio del fragor humano, a la búsqueda en que culminan todos los anhelos:

Y mi sangre fue gacela herida,
como la suya,
y que el tiempo entonces corría
con estridente prisa.
Y quería atraparlo todo.
Y todo se me iba.
Y un buen día el tiempo se detuvo
porque Tú apareciste.

Cada persona experimenta su singular momento para sentir la llama que concita y transfigura. Cada etapa del desarrollo espiritual llega a su oportuna hora. Y a cada uno le llega el rayo de luz que le atraviesa el alma, como dijera Quasimodo. La lírica es la más bella forma de expresión de cuanto siente el alma que, aunada a la mística, deviene la más hermosa manifestación de los iluminados, para quienes Dios es, según la tradición contemplativa, la esencia de la vocación sublime:

Dios te me trajo

como una gota ardiente,

como un soplo hondo y terrible,

como un ansia frenética,

como un suave brasero.

Como nieve reciente

detrás de la ventana.

Como inerme polluelo

que se aprieta en el pecho.

Como ese viento loco, el mar y el cielo juntos.

La reiteración del comparativo como se usa para enfatizar el propósito divino en cada instancia o fenómeno. Y como el poeta intuye el destino de su vocación suprema, busca el reencuentro con la apelación interior que reclama con gozo. Como factor de comunión entre criaturas y elementos, el místico enfatiza el vínculo entrañable, la relación cordial con lo viviente. Tulio Cordero concluye su poema situando la circunstancia temporal y la pauta indeleble de los seres y las cosas: “Otro otoño volvió y me miro al espejo. /Y me miro en tu espejo. /Y te amo”. ¿Por qué el poeta enfatiza, reiteradamente, la mirada en el espejo? Porque el espejo simboliza su otra dimensión, el referente del alter ego como expresión de misterio, reflexión y reencuentro. Ese mirarse a sí mismo provoca abrirse al otro, romper el autismo de la mismidad y descubrir el sentido de la otredad, lo que implica conocer y valorarlo con amor ágape: “Y me miro en tu espejo y te amo”.

El místico tiene una consciencia espiritual del Universo para asumir lo existente como una manifestación de lo divino. En tal virtud, posee una sensibilidad amorosa para identificarse con la realidad y una sensibilidad trascendente para sintonizar los efluvios sutiles. En “Encuentro” revela su percepción mística del Mundo:

Admito
que han habido tardes turbadas
por crepúsculos ausentes.
Que una voz tosca
ha herido tantas veces
estos capullos palabreros.
Que aquella mano violenta
-que impuso el silencio a mi hermano-
hizo que el pabilo de nuestra lámpara
temblara de frío.
Y que tanto dolor,
tanto quejido inocente han amenazado
con secar mi última lágrima.
Pero llegaste...
(Te juro que no estaba en acecho
cuando cruzaste el umbral de mi mirada).
...Y sonrió de nuevo la tarde.

 

El carismático creador interiorista vuelca su corazón hacia lo viviente. Su sensibilidad trascendente, motor de su labor pastoral, educativa y poética, se conjuga admirablemente con su apelación espiritual y estética para hacer más amable el Mundo con su visión edificante y luminosa. Cada uno tiene una expresión espiritual afín a su sensibilidad para vivir interiormente ese carisma del Espíritu. Dotado de una poderosa sensibilidad, este ilustre varón de la Iglesia combina, con su rol de sacerdote, poeta y místico, el cultivo de la mística, la pintura y la poesía, con su anhelo de saciar su sed de lo divino.

Con un título simbólico del ideario místico, La sed del junco, alegoría del misterio que atraviesa el corazón humano, como lo expresa el poema “Parábola”, es decir, ´la palabra preparatoria´ para entender el sentido místico, refleja la imagen que somos. Con profunda intuición mística, Tulio formaliza la búsqueda de lo divino en “Querría ser junco” (5):

-¿Es cierto que al junco le llega el agua al corazón?
    -Siempre húmedo y fresco, su corazón sería como luz que permanece.

Solo el corazón siente la sed. A nada obliga el poseer algo. Solo el ser poseído es cosa
formidable.

-¿Y si se ausenta por un instante la llama?
-Él sabe los secretos del viento. Él es el arúspice fiel de la noche y sus misterios. No podría ser desleal ni cambiadizo.

-Entonces, ¿es el junco poseído?
-No lo sé.

La conciencia de sentirse separado de la Totalidad lleva al místico dominicano a buscar, con el lenguaje del amor, “la cópula del ser extático y el objeto, verdadero sujeto de la búsqueda” (6).

El poeta místico pondera la fuente de lo creado, el Hacedor del Mundo, a quien busca ardorosamente, como lo sentimos en la lírica de Tulio Cordero. “Y el prado es tu pecho preñado de luceros”, proclama en “Inocencia”. Estoy hablando de un hombre dotado de una triple gracia: la vocación poética, el aliento místico y el don sacerdotal, triple llama que da cuenta de una vida consagrada, movida por un ideal cifrado en la onda sutil de lo Eterno, que el poeta engarza a la virtualidad operativa de la palabra.

Con términos contrapuestos, el poeta formaliza, en “Imagen crepuscular”, la connotación mística de un pozo iluminado por la lumbre que enciende el corazón en llamas: “Un nenúfar que se abre/en el fondo muy hondo. /Que se cierra /y se abre en aguas de un limpio pozo. /Un nenúfar muy quedo/que se abre y se cierra/en el fondo muy otro. /En tu fondo, el silencio. /En mi fondo, tu fuego. / (Y el nenúfar risueño)”.

Tulio Cordero pertenece a la selecta legión de agraciados que habitan místicamente el Mundo, distinción que entraña una compenetración afectiva, imaginativa y espiritual con criaturas y elementos, percibidos como expresión de lo divino, actitud que genera una ternura entrañable y una empatía entusiasta. Y, sobre todo, la pasión de sentir en el espíritu la dimensión sagrada que late en lo viviente. El anhelo profundo de vivir ese destello infinito, que se trueca en una sed permanente de lo Eterno, subyace en la sensibilidad del poeta caribeño. En “Esta sed” el creador interiorista expresa esa ansia inmortal que atiza lo insaciable:

Si es cierto
que en este manantial
has de venir a encontrarme,
entonces date prisa.
Cántaro no tengo y me dan miedo
estos montes inhóspitos
y estas bestias hambrientas.
Tú sabes que yo sé de muchos pozos
pero ignoraba el tuyo.
Ven que mis manos se abrasan
y esta sed se hace honda.
Esta sed no se calma.

En el silencio, la soledad y la contemplación fragua el alma humana su ámbito de cielo y la secreta música del concierto cósmico. Y la intuición estampa su prístino acento con su huella susurrante. Solo los poetas atrapan ese aliento secreto y solo los místicos concitan esa onda intangible. Tulio Cordero atrae ambos dones con la virtud de compartir la expresión de sus percepciones entrañables bajo el anhelo profundo de la nostalgia divina. Las personas atraídas por la belleza y el misterio suelen sentir esa nostalgia infinita que se expresa en una añoranza de la separación con una conciencia del más allá, que anhelan entrañablemente, razón por lo cual perciben la belleza natural como señal de la hermosura sobrenatural.

En “Ofrenda”, Tulio Cordero testimonia, con resignación franciscana, su renuncia al deseo de posesión, excepto el anhelo supremo de su alma: “Ahora solo busco/ no buscar ya más nada”, para sentir la belleza y el misterio que su lírica concita. En virtud del singular don de poeta, el escritor místico puede canalizar a través de símbolos y alegorías el sentimiento inefable del misterio. La belleza que mueve su alma es la manera sensible que le permite canalizar las vivencias entrañables de su creación espiritual mediante el silencio, la soledad y la contemplación, paso previo para sentir la inspiración de lo sobrenatural, el sentido de lo sagrado, la vida interior, la luz espiritual y el amor divino. El poeta interiorista escribió que cantaba “con la nada en las manos”. En el reboso de su pasión sublime, llegó a sentirse “gacela herida” al correr tras lo divino para simbolizar que su sed no es de agua sino del amor sutil que imanta el alma.

Al comentar la interacción del poeta y el místico, ha dicho Emilio Orozco: “Si el místico ha podido decir algo de lo inefable ha sido sobre todo por sus dotes de poeta, pero si el poeta se ha lanzado a cantar ha sido esencialmente por una necesidad o impulso del místico” (7). Ese doble sentimiento, espiritual y estético, se aúna en “Esta noche”: Si acaso la rosa presumida preguntase, / invéntate una excusa. / Esta noche quiero ascender estos peldaños / sin menester de lumbre”.

La unión mística es la más alta cima de la espiritualidad cuya vivencia supone transitar algunos peldaños de comprensión y humanismo. Tal la ternura mística con su vocación de empatía amorosa, como la del alma sacerdotal y contemplativa de este creador antillano. Nuestro poeta aprecia en toda criatura viviente la presencia de lo divino. La fuerza que imanta a Tulio Cordero a vivir y a luchar es el amor divino que lo inclina con dulzura y piedad hacia todo lo viviente (8).

Acerca del autor


Bruno Rosario CandelierNació en Moca el 6 de octubre de 1941. Filólogo, ensayista, crítico literario, narrador, educador y promotor literario. Es licenciado en educación por la Universidad Católica Madre y Maestra y doctor en filología hispánica por la Universidad Complutense de Madrid. Preside la Academia Dominicana de la Lengua y es miembro de la Academia Norteamericana de la Lengua Española.

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